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Full text of "Pájinas chilenas: Colección de artículos, narraciones y cuentos de 1897 a 1907"

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I 



JOAQUÍN DÍAZ GARCES 

' (ANJEL PINO) 



3 



ajinas Chilenas 



\ 



COLECCIÓN DE ARTÍCULOS, 
NARRACIONES Y CUENTOS DE 1897 A 1907 



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ILUSTRACIONES DE PEDRO SUBERGASEAUX 




SANTIAGO DE CHILE 
Imprenta "ZIg - Zag" 

1907 



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Imprenta -Zlg-Zaij.. 

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SANTIAGO DE CHILE 

Imprenta ••Zig-Zan.. 

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Joaquín Diaz Bcsoain 



dedica respetuosamente este home- 
naje de cariño filial y de amistad. 

ei ñüTOR 



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ñDUERTEHCIñ 



Asi como a nadie se le ocurre confundir al monagruillo que 
encuende las luces del templo, abre las puertas para que 
enti-en los fieles a orar y coloca los vasos sagrados sobre 
^ el ara; con el levita, que oficia en los altares, ])redica 
desde el pulpito o reza la encendida plegaria desde el 
coro; he cmdo siempre que no debe confundírsenos a los ])e- 
riodistas que impulsamos los diarios, estos rápidos vehículos 
(le la idea, de la información y de la propaganda, con el hom- 
bre de letras que en la intensa jestacion de un libro estudia 
his almas v sabe conmoverlas. 

Foresta razón apenas se esplica este libro. Formado de 
Iiojas sueltas destinadas a desaparecer revela la improvisa- 
cion nerviosa de cada dia, nunca la meditación, ni el estudio 
«le una verdadera labor literaria. Como el vuelo medroso de 
una golondrina posada sobre los hilos del telégrafo levanta 
un millar de otras en ajitada fuga, así los cuatro o cinco ar- 
tí(*ulo8 que hemos querido salvar del olvido, han traido con 
tallos un centenar que solamente como brisas fugaces conser- 
van cierto recuerdo de una hora pasada. 



VI 



Sentados a la mecia en la mañana, pura el diario de la tar- 
de, o en la noche para el diario de la mañana (1) recorriendo 
febrilmente las carillas ven viándoselas en una racha violen, 
ta a lajs linotipias ¿pueden merecer esos artículos vivir mas 
(]ue la efímera hoja en que aparecieron? Uno que otro, de los 
dos mil escritos en diez años de periodismo, pueden salvarse 
ante la benevolencia de lectores y críticos, porque su inten- 
ción y pensamiento mas duraderos no los han condenado 
aun a morir. 

Ademas de este deseo de supervivencia no seria honra- 
do negar que otro i)ropósito ha sido también poderoso 
a<iuij(m de este libro. Desde la dirección de un diario, y de un 
diario metropolitano, se consiguen amigos. Debo confesar 
que creo tenerlos desde las salitreras hasta los bosques del 
sur, pocos pero decididos y sinceros. Todos ellos o han desfi- 
lado por la capital en demanda de algo y han encontrado 
justicia y apoyo desinteresados, o han hallado cristalizadas 
sus ideas y sus aspiraciones en algún artíííulo. De todos estos 
luchadores del desierto, del valle central o del estremo sur. 
he esperado hoí un amistoso recuerdo y confiando en esa 
amistad he lanzado este libro. 

Algunas pajinas con alusiones ardientes a los paises veci- 
nos se esplican por la fecha en que fueron escritas. Esa^ es- 
presiones disuenan lioi tanto como paivcieron entonces dis- 
cretas. El ánimo del autor ha sido borrarla. 

Las pajinas sobre la vida del cuartel, escritas cuando i'ecieu 
tomaba la pluma, se comprenden en este libro por el esi)íritu 
que los insi)iró durante la vijencia de la lei de Guardia Nacio- 



(1) EstoM artículos han sido escritos en SUR cuatro quintas partes para 
El Mercurio y Ultimas Noticias de Santiago y han sido insertados también 
en Yalparaiso en ]as ediciones de la misma empresa Alg^unos del primer 
tiempo aparw'ieron en El Chileno y otros en las iwiHtas ilustradas Instan- 
tSneas y /Afr-Zufí. 



VII 



nal. Desgraciadamente el entusiasmo de entonces no acompa- 
ñó a la lei de servicio oblijL>:atorio que vino en seguida. 

En fin, el autor que rara A'ez retrocedió ante la inserción 
de un artículo en los periódicos, aunque le constaran las 
deficiencias de la forma y el fondo, tiembla hoi al cerrar estas 
pajinas. Y es que el i)eriódico pasa tanto mas rápidamente que 
el libro! Confiamos (pie la jeneral benevolencia y los nombres 
con que hemos encabezado estas pajinas han de traerle bue- 
na fortuna. 




. V 



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(ANJEL PINO) 



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BN Btí artículos, ; 

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SANTIAGO DE CHILE 
Imprenta "Zlg-ZaK., 

ieo7 



parte de sus ramas sobre la casita blanca con techo de totora; en 
el corredor, eternamente la Andrea, su mujer, lavando en la arteza 
una ropa mas blanca que la nieve; una montura llena de pellones 
y amarras colgada sobre un caballete de palo; y dos gansos chi- 
llones y provocativos en la puerta, amagando eternamente nuestras 
medias rojas que parecían indignarles. 

Cada año, cuando a vuelta de los exámenes llegábamos a las 
casas de los Sauces, nuestra primera visita era a la Andrea, que 
suspendía el jabonado de la ropa para lanzar un par de gritos de 
sorpresa y llorar después como una chica consentida. Siempre nos 
encontraba mas altos, mas gordos, mas buenos mozos (con per- 
don) y concluía por ofrecernos el obsequio de siempre: harina tos- 
tata con miel de abejas. 

Después habia que ir a buscar a ño Neira, seguramente ron- 
dando por los cerros. Desde lejos, al recodo del camino, nos cono- 
cía el capataz y pegando espuelas a su mulato, llegaba como un 
celaje hasta nuestro lado. Qué risas, qué esclamaciones, qué aga- 
sajos; a nuestros cigarros correspondía con nidos de perdices que 
ya con tiempo tenia vistos entre los boldos y teatinas, y comenzaba 
a preguntamos de todo, de si habría guerra, de sí habíamos con- 
cluido la carrera, de si habíamos encontrado novia. Pero lo debe- 
mos repetir que aun andábamos de calzón corto, y sí nó, ahí esta- 
ban los ganzos de la Andrea que nos dieron mas de un picotazo 
en las piernas, débilmente defendidas. 

Desde nuestra llegada a los Sauces, ño Neira no daba un paso 
sin nosotros: yo a su lado, mi amigo al otro. ¡Qué preguntar, y 
averiguar y curiosear! 

Terminaba ño Neira de responder y ya le caía una nueva pre- 
gunta encima y si é^ tenia placer en contestarnos, no lo teníamos 
menor nosotros en oír su lenguaje espresívo, su peculiar manera 
de comerse las palabras, y hasta el colorido especial con que lo 
revestía todo. 

Dos años dejé de ir a los Sauces, y cuando ya bachiller en 
humanidades me lo permitieron mis padres, avisé a mi amigo 
coniin telegrama que en el tren espreso de la mañana dejaba a 
Santiago. Al llegar el tren a la estación, estaba él allí a caballo, 
con el mío a su lado y el sinúente apretandc» cuidadosamente 



la cincha. Un abrazo entusiasta, las preguntas de estilo sobre 
nuestras familias y ¡a caballo! 

— ¿Qué llevas ahí? — me preguntó mi amigo, aludiendo a un 
paquete que asomaba a mi bolsillo. . . 

— Un corvo para ño Neira. . . 

— ¡Bien le hubiera venido cuando lo asesinaron! 

— ¡Cómo! ¿A ño Neira? ¿Es posible? 

Y entonces se me escapó una pregunta, la única que podia ha- 
cerse tratándose del valiente capataz: 

— ¿Y Neira se dejó asesinar? 

— Te lo contaré todo — me dijo mi amigo — pero apura el paso 
porque nos va a pillar la noche en el camino, y en casa estarán 
con cuidado. 

Y tomamos trote por la alameda, 

VÉ » Vi 

Lo que de mi amigo oí y que me conmovió profundamente, es 
lo que cuento en seguida, tres años desp uesde la muerte de Neira. 

Ño Neira estaba sentenciado. En nuestros campos se dá a esta 
palabra una importancia escepcional. El capataz dio un día de chi- 
cotazos a un individuo de mala índole, a quien habia pillado en 
un robo, negándole en seguida todo trabajo dentro del fundo. 
Este habia «sentenciado» a Neira. 

— Deja no mas; — le dijo — algún dia nos encontraremos solos. 

Neira se encojió de hombros; bien sabia él que .al infeliz no le 
convenia ponérsele solo por delante; lo malo era que buscaría una 
cuadrilla para asaltarle. Pero en fin, ¿no tenia él en su silla un 
cuchillo que ya le habia servido muchas veces para defenderse? 

Pasaron los dias. Neira no faltaba ninguno a su ronda del cerro 
y paso a paso regresaba al caer la tarde para llegar hasta la casa 
del administrador y decir que no habia novedad en el ganado. 

Un dia fué al cerro con su hijo mayor, un muchachito de doce 
años, con grandes ojos negros, fiel retrato de su padre y fundada 
esperanza de los patrones de los Sauces. Llevaba al chico por de- 
lante de la silla y conversaba con él. mientras mas abajo, en el 
plan, la vieja Andrea, de cabeza sobre la ropa, la hacia levantar 



lavaza y blanquísima espuma de jabón, al restregarla entre sus 
manos. 

Llegaba la tarde, y el sol poniente sin rayos ya y convertido en 
un disco rojo, se 
iiundia como un 
rei depuesto, l'na 
desordenada orjia 

de colores inun- ~~ 

daba el horizonte 
y el resto del 
cielo era intensa- i 
mente azul y lim- 
pio de nubes blan- 
cas. 

¿Quién no ha visto 
los cerros chilenos 
cubiertos de boldos? 
Un faldeo gris, con 
manchas doradas de 
teatinas; algunos quis- 
cos que se levantan 
como brazos armados; 
y los boldos del mas 
oscuro e intenso verde 

recen escalar el cerr ; 

peregrinos hacien< * 

tencia. 

En la plana superí 
Neira se habla dest 
para apretar la cinch 
echar una pitada al aire. El chico se ha,- 
bia puesto a andar en busca de algunos 

guillaves maduros , . De repente, Neira creyó notar que un boldo 
se movía: tomó una piedra pequeña y la arrojó. 

Un individuo se separó del árbol y comenzó a andar en su 
dirección silbando alegremente. Una mirada solo bastó para hacer 
comprender a Xeira que estaba frente a una emboscada: el 



gañan que tenia por delante era el que lo habla «sentenciado» y no 
habla sido tan necio para ir solo a buscarlo al cerro. Con una 
mano se palpó la cintura, y al encontrarse allí su corvo de los días 
de fiesta, sacó con la otra la tabaquera, y se puso a liar un cigarro. 

— ¿Estabas escondido? ¿ah? — preguntó burlonamente vaciando 
el tabaco en la hoja de maiz. . . 

— Superándolo, ño Neira. 

— ^No vendrás solo, por supuesto — continuó el capataz— no sois 
vos de los que pelean cara a cara. . 

— Eso, . . ¡quién sabe, iñor! — y d gañan avanzaba lentamente, 
como avanza un gato, arrastrándose casL 

— Bueno, párate un poco y déjame pitar este cigarro. Hai 
tianpo. . . 

El peón se paió. O era admiración o era miedo; pero el asesino 
quedó dudando. 

Neira chupaba de prisa un cigarro, porque le debia quedar poco 
tiempo. £1 sol apenas asomaba ya un estremo de su disco rojo, 
que parecía mancha de sangre, y las sombras alargadas de los bol- 
dos^ duplicaban el número de peregrinos que escalaban el faldeo y 
parecían apurarse para que no les pillara la noche en tarea tan 
pesada. 

Ei cigarro se concluía y Alegría se pasaba la mano por la cin- 
tura buscando algo. 

— ^Tu— dijo Neiía, tomando del brazo al chico — te pones detras 
de mí, y no te mueves. ¡Cuidado con llorar!. . . 

Y una mirada lanzada abajo a la llanura, lo hizo recordar a la 
vieja que probablemente colgaba en ese momento la ropa en el 
cordel!. . . 

Después puso la mano en la cacha de su corvo, enrolló con el 
otro brazo su poncho negro de castilla y le dijo el gañan: 

— ¡No te espongais, Alegría! Llama a tus amigos. No ensucio 
mi corvo de los domingos en tí solo. 

Un subido sonó y Alegría volvió la cabeza para ver si estaban 
todos. Cinco hombres caminaban subiendo a saltos, y buscándose 
los cuchillos en la cintura. 

— Ño Neira, le ha llegao su hora. 

— Y la tuya tamien, cobarde. . . 



8 

Y de un salto todos estuvieron encima del capataz que se echó 
atrás y levantó el brazo en que tenia envuelto su poncho. 

En ese instante el crepúsculo invadía con su indeciso y vago 
resplandor las cosas todas haciendo ya difícil distinguir los obje- 
tos. Neira, con los ojos fruncidos para ver mejor, se colocó de un 
salto fuera de este círculo en que alevosamente le podían matar 
como un perro, pensando en defender su espalda y ese pedazo de 
su corazón que tras de ellas se refujiaba llorando a gritos. 

Alegría logra alcanzarle un brazo con la punta del cuchillo, al 
mismo tiempo que otro de los bandidos le estrella el suyo en las 
costillas. Neira se contenta con defenderse barajando los golpes. 
De repente el viejo capataz se trasforma, es el soldado del Valdivia 
y el saijento del Buin, las dos heridas le arden y lo irritan como a 
un toro bravo, y en vez de huir del círculo que lo quiere estrechar, 
salta adelante y hace silbar el aire con la mas fiera de las cuchi- 
lladas que ha dado brazo chileno. 

Uno de los bandidos se desploma y cae y la furia de los otros se 
duplica en medio de rujidos, amenazas e insultos. Neira es una 
fiera; tan pronto acomete cómo se defiende; ya la batalla es silen- 
ciosa y solo se siente el ronquido del que agoriza y el aliento ja- 
deante y cortado de los que se acuchillan. Todos están tan juntos 
que cada cuchillada de ellos encuentra por delante la vigorosa 
carne de Neira, y todo avance del heroico capataz abre un vientre 
o rasga un pecho. 

En el momento en que las sombras se hacen mas densas, surje 
de abajo del llano, una voz que todos han oído con la cabeza des- 
cubierta. . . Es la campanilla del fundo que toca el «Ángelus», y que 
el viento hace aparecer a ratos como un jemido y a ratos con una 
voz de mujer que llama. 

Pero hay demasiada sangre para que al través de ella se sienta y 
se mire. Los cuchillos se chocan, el corvo entra cada vez hasta la 
empuñadura y la sangre corre cerro abajo en un delgado chorro 
que va rodeando las piedras y abriéndose paso al través de las 
matas. Pero los bandidos están sintiendo ya el vigor de Neira, 
porque otro de ellos cae al suelo en fuerza de la sangre perdida, y 
el capataz no da muestras de cansancio. 

El asedio aumenta, el capataz abraza a Alegría que lia errado un 



lO 



golpe y trata de estrangularlo con sus manos; pero al verlo inde- 
fenso los otros In acribillan a puñaladas. Neira lanza un grito de 
angustia y cae al suelo abrazado con su enemigo. £1 combate ha 
llegado a un momento supremo y desesperado. Neira ya no es 
temible para los otros y todos sus esfuerzos se concretan a estran- 
gular a Alegría que se retuerce desesperadamente en el suelo 
mientras sus vigorosos dedos apretan y apretan el pescuezo ensan- 
grentado del traidor, y se sumen entre las secas fauces que todavía 
lanzan ronquidos de ira. 

Los tres bandidos comprenden que aquello ha terminado y 
echan a correr. Neira salta del suelo, abandonando a su victima y 
quiere alcanzarlos y apuñalearlos por la espalda, pero siente que 
vacila como un ebrio y tambaleando, vuelve donde su hijo, que 
pálido y desencajado, no puede ya ni llorar. 

— jAsesinos! — alcanza a gritar. — ¡Infames! ¡Cobardes! — y rueda 
por el suelo al lado de los tres cadáveres que no valen juntos lo 
que vale una gota de sangre de ese héroe. 

Y la noche cae con toda su pavorosa, helada e inliospitalaria 
oscuridad. 

Largo rato Neira respira fatigosamente y el chico inclinado 
sobra él, calla lleno de estupor y de miedo. De repente el capa- 
taz se incorpora, se arrastra hasta un árbol y tomándose de él logra 
ponerse de pié. 

— Trae el mulato — alcanza a decir. 

El chico lleno de sangre también, aunque no herido, pálido como 
un cadáver, se acerca a tientas al mulato y vuelve con él paso a 
paso. Pero Neira ha vuelto a caer al suelo desfallecido y solo tiene 
fuerzas para quejarse. 

— ¿Está el caballo?— pregunta cdn voz apenas perceptible. 

—Sí, taitita, 

— Bueno. 

Y de un nuevo esfuerzo Neira está de pié, tomando a su hijo lo 
coloca sobre el mulato que pacientemente tasca el freno. En se- 
guida, reúne todas sus fuerzas y poniendo un pié sobre el estribo 
logra montar dolorosamente no sin que se le escape un quejido 
de angustia y sufrimiento. 

El caballo comienza a marchar. Neira siente abiertas todas las 



II 



heridas y el calor de la sangre que corre a través de su cuerpo 
y de su ropa. Pero no importa; el capataz quiere llegar solo a las 
casas del administrador y pronunciar las palabras sacramentales de 
todas las tardes: 

— No hai novedad en el ganado. — Y después agrega en voz baja 
al oido de su hijo — me llevarás a mi casita para morir tranquilo en 
mi cama, porque estoi mui cansado. Ahí está la cruz con que murió 
mi padre y también quiero yo que me la ponga la Andrea sobre el 
pecho. 

Pero ya era tarde. Neira sintió un desvanecimiento y cayó al 
suelo como un tronco que se desploma £1 mulato dio un brinco y 
arrancó furiosamente alameda abajo, mientras el chico, aferrado a 
la silla, creia llegado su último momento. £1 caballo detuvo su 
galope frente a la casa del administrador, donde casi todos los vi- 
vientes del fundo, alarma4os por la larga demora de Neira, se apro- 
visionaban de luces para ir al cerro en su busca. 

£1 chico filé tomado en brazos, interrogado, suplicado, pero solo 
podia leerse en sus ojos dilatados, que habia ocurrido algo mui 
grave al capataz. 

Y todos los vivientes, incluso la Andrea y el administrador, se 
pusieron en marcha, y gran parte de esa noche se sentían gritos 
de hombres y mujeres, que el eco respondía pavorosamente: 

— ¡Ño Neira! ¡ño Neira! 

Y Neira veia a lo lejos las luces que le buscaban, como ánimas 
errantes que lo llamaban a sí. Su pecho latia como una caldera 
próxima a estallar, y sus labios convulsos y ensangrentados, que- 
rían en vano responden ¡aquí estoi! Pero la voz moría en la seca 
garganta y solo sallan las palabras en secreto como si fuera una 
confesión. 

Por fin las luces se acercaron, y el primero que llegó al lado de 
Neira fué don José, el administrador, que se inclinó paternalmente 
sobre el capataz sumido en un estenso charco de sangre y palpi- 
tando como una fiera cansada: 

Neira reunió sus últimos esfuerzos, el último resto de su asom- 
brosa vitalidad y dijo con voz entera: 

— No hai novedad. 

Y fueron las últimas palabras del valeroso capataz de los Sau- 



ees. Siguiendo la lioea de sangre que se veía en el camino dieron, 
casi a media noche, con los tres cadáveres de los bandidos, y allí 
pudieron medir el heroísmo de Juan Xeira, el ex-soldado del Val- 
divia y ex-sarjento del Bnin. 

— ¡Sesenta cuchilladas tenia en cl cuerpo! — me dijo mi amigo. 
— ¡Pobre Neira! 

•K « 1S 

Al dia siguiente fui al cerro, solo, y me arrodillé al lado de la 
verja de madera con que se había rodeado tina modesta crucecita 
que recordaba el sitio del asalto. Allí recé por el alma de Juan 
Neira, el mas valeroso, bueno y leal de los servidores. jQué cora- 
zonazo tan grande habia en ese cueqjo tan robusto! 

Ese hombre, instruido, habría sido un jeneral formidable, un 
león de tos combates; malo habria sido el mas fiero bandido de la 
sierra. 

En cambio fué leal como un perro guardián, bueno como leche y 
valeroso como un tigre. 



SEBOUlñ 



NO habría podido decir qué hora era. Algo desvelado, me 
daba \nieltas y mas vueltas en la cama, poniendo cuitado 
oido a esos lejanos clamores del campo, que forman un con- 
fuso y apagado murmullo que no se sabe si es el rumor del 
silencio o es el silencio del rumor. 
De repente, en medio de los ladridos de los perros y del lejano 
canto de un gallo trasnochador, me pareció sentir el galope de un 
caballo. Claras y distintas se sentían las pisotadas en la tierra en- 
durecida del camino; claras y distintas cada vez mas, porque indu- 
dablemente se trataba de una carrera vertijinosa que iba a tener 
su fin en el patio de nuestras casas. 

Contuve la respiración, salté sobre la cama, y oí. El galope se- 
guía, seguia, atravesaba ya el pedregal cercano del patio y se estre- 
llaba por fin ruidosamente cerca del corredor, donde sentí el jadeo 
desesperado del caballo. Un instante después dos golpes sonaron 
en mi ventana. 
— ¿Quién es? 

— El patrón don Ignacio, señor, está agonizando. 
La voz temblorosa (jue me lo dijo, era la del sirviente de don 



14 

Ignacio García, nuestro vecino del otro lado del Aconcagua, vie- 
jecito simpático a quien debíamos una antigua y nunca rota 
amistad 

Salté del lecho, corrí a la ventana y abrí el postigo. Aun estaba 
la noche oscura como una boca de lobo. Allí supe por el mensa- 
jero que con Ignacio daba las últimas boqueadas, y que sus hijos 
querían que les acompañara en el temblé trance. 

No sé cómo ensillamos en tan poco tiempo al mulato, pillado 
con grandes dificultades en el corralón vecino a las casas. El 
hecho es que me di tres vueltas a la garganta con un pañuelo de 
seda, me puse el poncho mas grueso que encontré a mano. . . y al 
galope! 

Cuando atravesamos el rio, prendía ya en el oríente cierta clari- 
dad indecisa, que mas bien semejaba un vapor amaríllo, suxjiendo 
de la tierra como una gasa que desplegara el viento. Al llegar a 
la opuesta orilla, un gallo aleteó sobre un matorral y lanzó al aire 
su cacareo vigoroso, alegre, vivaz y aijentino. A lo lejos sonó otro 
cantCLmas apagado y se sucedieron, rodando, los de la vecindad, 
precursores infalibles de la ya cercana aurora. 

Entre tanto, habíamos vuelto a tomar galope, despertando en 
todo el camino a los perros de las posesiones, que nos perseguían 
furíosamente un buen trecho para volverse con la cola entre las 
piernas, a ocupar su puesto de vijilantes centinelas. De repente, 
sonó en la punta de un álamo el metálico graznido de una lechuza. 
El sirviente acercó su caballo al mío como huyendo de un peligro 
invisible y me dijo temblando de miedo: 

— Señor, el patrón debe haber muerto. 

— ¿Por qué? 

— ¿No oyó al chuncho? 

Hubiera querido, a fuer de hombre culto y despreocupado, de- 
cirle al pobre huaso que no creyera en tales supersticiones; pero 
mis ojos se sintieron atraídos allá en el fondo lejano por algunas 
lucesitas que se movían. . . 

Era la casa de don Ignacio, y esas luces podrían ser las dd San* 
tísimo, porque sentí al mismo tiempo el lejano sonido de una cam- 
panilla, y hasta si el viento no me mentía, el rumor de rezos y de 
sollozos. 



i6 

Inconsientemente apreté espuelas, y v^olé rompiendo el aire, por- 
que algo me decia que el viejo amigo, don Ignacio, el que habia 
visto en la cuna, el que habia acompañado mis primeros pasos, se 
moria en esos mismos instantes. 

ni «í )^ 



No alcancé a entrar al cuarto porque de él salia llorando el pobre 
Pepe. Le eché los brazos al cuello, murmuré en su oido algunas 
banales frases de consuelo, y lo llevé hasta un banco de madera 
del corredor donde me senté a su lado, estrechándole la mano. 

Pero esa puerta abierta, dentro de la cual se veian pasar las som- 
bras de los que acompañaban al agonizante, y por la cual salia la 
voz del cura que rezaba las letanias de la buena muerte, me atraia 
con el misterio de su solemne y relijioso silencio. Me levanté, lle- 
gué empinado hasta ella y salvé el umbral. 

Algo hirió mi fantasía de muchacho, de manera tal, que parece 
lo llevara embutido con caracteres de bronce en la cabeza. Era un 
cuarto blanqueado, con paredes lisas y no muy altas. Un catre de 
fierro "iiegro, con las ropas blancas, perfectamente estiradas, y la 
cabeza de don Ignacio apoyada en la almohada, con los ojos entre- 
abiertos y respirando con cierto estertor anhelante. 

Arrodillado a su lado estaba Segovia, el viqo sirviente de don 
Ignacio, con su cabeza blanca, sus ojos brillantes y preñados de 
lágrimas. Al otro lado el cura, que rezaba con voz entrecortada: 
«cuando, perdido el uso de mis sentidos, desaparezca el uso de mi 
vista y jima entre las últimas agonías y congojas de la muerte >. 
Y en el fondo una media docena de huasos, arrodillados también, 
contestaban con sus voces roncas e incultas: «Jesús misericor- 
dioso, tened compasión de mí». 

»í )^ ttí 

Habia muerto el dueño del fundo de La Quebrada, el bueno, el 
excelente, el santo viejo don Ignacio Garcia. 



Volví como a las doce del dia a su cuarto y habla sido colocado 
ya el ataúd entre cuatro cirios. Creí que estaba solo, pero un so- 
llozo me hizo saltar de repente y abrir los ojos. En un rincón, en 
cuclillas y con la cabeza metida entre las manos tostadas y callo- 
sas, rezaba Segovia, llorando a mares. 

Los hijos de don Ignacio acordaron que esta tarde a las tres se 
llevarían los restos del anciano al cementerio parroquial. Los in- 
quilinos hablan pedido algo, algo que no se les podia negar algo 
que, seg^n dijo el capataz, era su derecho: llevar el ataúd en hom- 
bros. ¿Cómo impedirlo? 

Tres veces estuve aquel dia en el cuarto de don Ignacio y las 
tres veces encontré a Segovia en cuclillas en un rincón, con la 
cabeza sumerjida entre las manos y llorando a mares. 

No tardó en llegar el momento en que don Ignacio Garcia aban- 
donara para siempre su casa de La Quebrada. El dia estaba algo 
nublado y muy frió. Un vientecillo norte soplaba incesantemente, 
presajiando lluvia; y en sus alas venia el sonido triste de la cam- 
panita d^ la parroquia, que doblaba por su benefactor. 

Salió el ataúd en hombros de cuatro inquilinos fuertes y robus- 
tos, y camino abajo, nos pusimos todos en marcha. 

Habla mucha tristeza en el aire, mucha melancolía en la Natu- 
raleza que nos rodeaba, mucha pena en el alma. Los que llevaban 
el ataúd se detuvieron y otroa cuatro avanzaron a relevar a los ya 
fatigados inquilinos. Pero uno de ellos se negó a dejar su carga y 
continuó con sus nuevos compañeros. 

— ¿Quién es ese? — pregunté yo a Pepe, que venia a mi lado con 
los brazos caidos y la cabeza inclinada sobre el pecho. 

— Es Segovia — me dijo. 

Y seguimos andando. El viento se arremolinaba, levantando 
mangas de tierra. El camino se hacia cada vez mas duro, porque 
repechábamos y el suelo estaba cubierto de cascajo. A poco andar, 
nos detuvimos de nuevo para que se efectuara el relevo de los car- 
gadores. Segovia movió la cabeza negativamente y dijo en voz 
baja. 

—Yo sigo. 

Se oscurecia la tarde y el paisaje tomaba un tinte ceniciento. 
A lo Iqos, se veian las alamedas, cortando la llanura como si fuera 



^9 

el plano de un injeniero; y allá mas lejos, corriendo por la falda de 
un cerro, como una línea tirada a cordel, el canal, la magna obra 
proseguida por don Ignacio durante treinta años de su vida. 

¡Qué pesado estaba el camino! Yo casi arrastraba los pies y ape- 
nas tenia fuerza para evitar las piedras que encontraba al paso y no 
tropezar con ellas. De nuevo se detuvo el cortejo y cuatro inquili- 
nos avanzaron a relevar a los otros. Segovia movió la cabeza y dijo 
con voz mui apagada: 

—Sigo. 

;Y adelante! La noche se venia encima con la lentitud con que 
se viene aun en abril. Se encendieron algunos faroles y seguimos, 
esta vez bajando por un camino de tierra suelta. Era dificilísimo 
avanzar y veíamos con inquietud que los cargadores bamboleaban 
y tenian que clavar los tacos en el suelo para no resbalar. Hasta 
raí llegaba la respiración jadeante y entrecortada de los fieles ser- 
vidores y algo desconocido me oprimía el corazón. 

El cortejo se detuvo de nuevo, y de nuevo Segovia se negó a 
aceptar el cambio, diciendo con absoluta firmeza: 

— Yo sigo. 

La campanita de la parroquia seguía doblando y ya divisábamos 
la lucecita inquieta de la torre, donde talvez el campanero enjugaba 
también una lágrima por el patriarca de La Quebrada. 

A la luz de los faroles se destacaba delante el fúnebre grupo de 
los cuatro buasos, que suspendían en sus hombros el pesado ataúd; 
Segovia temblaba de pies a cabeza, y cada vez que afirmaba el pié 
en el suelo, se le doblaba la cintura al peso de tan horrible cansan- 
cio. Pepe avanzó entonces hasta la cabeza del cortejo, y detuvo a la 
iente. 

— Segovia; está bien. Deje que lo releve otro. 

— Nó, señor; yo llego al cementerio 

;Y adelante! Faltaba lo mas pesado: una vuelta llena de zanjas 
que fué necesario salvar paso a paso, y llevando por delante dos 
faroles. Allí esperaba el cura, y allí se descargó el cajón sobre el 
suelo. 

Comenzaron entonces los responsos. Todos rodeábamos el ataúd 
con la cabeza descubierta y el viento entre tanto soplaba con furia, 
haciendo caer las hojas de los árboles. 



20 



En ese momento algo pesado se desplomó sobre el suelo. Era 
Segovia, que con una mano sobre el corazón, respiraba como un 
caballo fatigado después de una carrera de leguas. 

Estaba pálido, y en el rostro mate le brillaban sus dos ojos como 
dos luces... 

Hoi dia los patriarcas de los grandes fundos ya no existen. Se 
han marchado alameda abajo en hombros de sus inquilinos. 

Sus sucesores, que han recibido despedazada la tierra, lejos de 
tener apego a las viejas casas que habitó el fundador de la fortuna, 
emigran a la ciudad a edificar allí el palacio. 

Al presente, el hacendado que agoniza no va al cementerio sino 
a la Caja Hipotecaria. 

Y para llegar allí no necesita cortejo. 

Basta con un corredor de comercio. 



% % K 



Qlorías de la Lhícotera 



LA cuestión era difícil de resolver y venia desde muchos años 
atrás, ajitando y revolviendo a los dueños, arrendatarios y 
vivientes de las dos glandes haciendas el Colmenar y la 
Granja de Arriba. El asunto se debatía en todos los terrenos 
y en todos los tonos: con tinta ante el juez del departamento 
y con sangre en cada topeadura o bochinche en que se juntaban 
los inquilinos o los patrones de ambos fundos. 

El pleito versaba, naturalmente, sobre aguas, elemento que, ca- 
yendo sobre los perros que pelean, los separa en el acto, pero que 
metiéndose en medio de jente de campo, los enardece y los ajita. 
El papeleo ante el juez iba largo y lento, como se ventilan siempre 
estas cosas, sin dar oríjen a altercado ni violencias; pero en el te- 
rreno, mu i diversos procedimientos se ponian en práctica por las 
partes litigantes para hacer valer ilusorios derechos en que iban 
confundidos el orgullo de familia y la codicia del dinero, con algo 
que ellos decian ser la justicia y sólo la justicia. 

El cura que distaba apenas dos leguas, de los interesados en 
esta larga lucha, agotó su injenio, su buena voluntad y sus recur- 
sos, para buscar intelijencias que sin tocar la soberbia de nadie 



22 



pusieran término a rencillas manchadas ya con sangre y que ame- 
nazaban quedar en sangre ahogadas. Pero inútil fué que apelara a 
la caballerosidad del dueño del Colmenar, ni que pusiera a prueba 
sus antiguos vínculos de amistad y afecto, con los arrendatarios 
de la Granja de Arriba. La cuestión seguia candente, y a ratos que- 
maba como brazas, ocultas traidoramente bajo las ceniza de una 
tregua engañosa. 



Hf' ífl «6 



Habia comenzado feísima esa mañana de Enero. Todo publado, 
ceniciento, plomizo, disfrazaba el eterno verano que habia reinado 
sobre Colchagua durante tres meses seguidos, haciendo romper al 
trigo la tierra, crecer en seguida y madurar mas tarde requeman • 
dose al sol. Pero andando la mañana, comenzó a descorrerse laen- 
toldadura de nubes que cubría el cielo, y a aparecer por todas partes 
esa espléndida luz que hace estallar los colores y la vida. 

El arrendatario de la Granja habia madrugado y montado a ca- 
ballo, para ir a reconocer el canal que surcaba todo el faldeo del 
cerro hacia el lado norte de la hacienda. Llevaba un calañés de 
paño café, envolvía el cuello con un pañuelo de seda blanco, y seen- 
cojia en su manta de vicuña. Caminando al paso del caballo iba 
pensando en ese largo litijio tan lleno de molestias y sinsabores, 
culpando como era natural de todos los escollos y dificultades a 
su antagonista, el dueño del Colmenar. 

José Fernández, el arrendatario de la Granja era hombre de cua- 
renta años, alto, bien constituido, vigoroso, con ese continente del 
caballero y del hombre de mundo, que se ha habituado ya bastante 
a las labores rudas del campo, tostándose bajo el sol su fisonomía 
nada vulgar, y quemándose las manos que debieron ser blancas 
Raspado enteramente, con escepcion de un bigote corto y no mui 
poblado, podia representar seis u ocho años menos de los que en 
realidad tenia, y parecer todo un buen mozo a cualquier viuda con 
deseos de cambiar de vida. 

Su contrincante que a esas mismas horas se venia también acer- 



33 

cando al canal, era mas viejo, pues rayaba en los cincuenta y siete 
años, pero tenia toda esa firmeza que dá un trabajo constante, per- 
seguido con tesón y al mismo tiempo con imperturbable serenidad. 
Don Belisario González, era todavia lo que se llama un hombre, 
diestro para d caballo, activo para sus viajes y hasta con fama de 
tenorio, no sabemos si bien o mal ganada. 

Como el litijio de las aguas tenia sus altas y sus bajas, sus mo- 
mentos de tregua y sus situaciones áljidas, no estrañó absoluta- 
mente al señor Fernández divisar que su contrincante se sacaba el 
sombrero saludándolo, y hasta una vez, mui cerca de él, le estendia 
la mano para darle ese apretón que si no significa amistad es por 
lo menos señal de cortesia y de buenas relaciones. 

Se saludaron los antiguos enemigos y después de conversar dos 
o tres jeneralidades sobre el aspecto de las cosechas, la falta de 
brazos, y otros temas agrícolas al alcance de todos, tocaron al prin- 
cipio con timidez y mas tarde con valentía, el largo asunto que los 
agitaba. 



^ ^ ^ 



Mui pronto, el tono de la conversación subió un poco mas de lo 
conveniente. Los dos interlocutores se interrumpian, para rectifi- 
carse y se quitaban mutuamente la palabra, todo ello en un lenguaje 
vivo, demasiado vivo, que provocaba réplicas enérjicas y jestos de 
incomodidad y de ira. 

El diálogo sostenido tan briosamente llegó a un estremo en que 
era imposible mantenerlo con buenas palabras. £1 viejo don Beli- 
sario, con sus ínfulas de dueño del Colmenar, comenzó a dirijir al 
señor Fernández cargos y observaciones llenas del mas olímpico 
desprecio. Le llamó advenedizo, desconocido, "cualquiera"; recor- 
dó que su padre, su abuelo y su bisabuelo habian sido dueños no 
solo del Colmenar y tres o cuatro mil cuadras mas, planas y rega- 
das, sino también de la Granja de Arriba y de la de Abajo y de casi 
tado el departamento; y concluyó por fin, la retahila de jactancias, 
desprecios y tonterías declarando que no volvería a haber arrenda- 



:?4 



tarios en la Granja, porque aunque fuera hipotecando su camisa 
habia de comprarla toda entera. 

Hl señor Fernández, que comenzó por oir todo aquello con una 
ríaita de burla en los labios, que mas tarde, nervioso por alguna 
frase mal sonante, se habia puesto a golpear con la chicotera en el 
cabezal de la silla, y que en seguida habia tratado varias veces de 
interrumpirle, sin conseguir cortar ese chorro de palabras, perdió 
por fin los estribos y acercando su caballo con violencia al caballo 
de don Bdisarío, le gritó desacompasadamente 

—Acabemos de una vez. Usted es un viejo achacoso; le tengo 
a usted lástima. Quisiera entenderme con sus hijos de usted, que 
por lo menos no tendrán como usted la sangre envenenada. 

El arrendatario no alcanzó a terminar, don Belisarío se habia 
abalanzado sobre él, cruzándole la cara de un chicotazo. Ciego de 
dolor y de rabia, Fernández no echó manos a la chicotera, pero sí 
se abrazó del viejo, pugnaron ambos por desprender los brazos, 
para darse golpes libremente, pero cayeron abrazados al suelo, 
saltando de un brinco los caballos, y huyendo al trote potrero 
adentro. 

Era imposible ver en medio de la tierra, quien quedaba encima 
y quien debajo; pero es induble que se alternaban los dos encarni- 
zados rivales, porque a ratos se veia brillar al sol la cabeza algo 
calva de don Belisario y desaparecer en seguida azotándola en el 
suelo. 

El polvo se levantaba como nube espesa, en medio de la cual 
una verdadera masa humana se retorcía informe y áspera. La masa 
iba rodando, rodando, en medio de puñetazos, patadas, rodillazos 
y golpes de todo jénero, hasta que de repente llegó al borde del 
canal, y cayó pesadamente al agua. 

La corriente los arrastró; pero ninguno soltó su presa. Por el 
contrario, menudearon los golpes, para ver cada cual de deshacerse 
de su rival. Como un celaje pasaban a su lado las matas de palqui 
y de viznaga que crecian a la orilla, cediendo las ramas y arrancán- 
dose de cuajo, cada vez que una mano con\'ulsa por la d2sespera- 
cion se asia a ellas. La masa seguia saltando sobre las piedras del 
fondo, estrellándose a ciegas contra los costados, lanzando resopli- 
dos para espitlsar el ae^a que por boca, narices y oidos se les en- 



26 

traba a cada instante, dándose golpes con los codos, con las rodi- 
llas, con la cabeza, con los puños. 

Aquello era una esplosion salvije de odios y de ira. El peligro 
común que desarma a las fieras, no lograba calmar ese pujilato 
sangriento ya, y aunque ni Fernández ni don Belisario veian al 
travez del agua ni oian en medio del ruido infernal de la corriente, 
seguian insultándose y pegándose a tontas y a locas, no sin tratar 
cada uno de sumerjir al rival y trepar sobre él por la orilla. 

Los caballos sueltos en el campo, llamaron la atención de un va- 
quero que recorria los cercos, al tranco de su caballo. Alarmado, 
corrió hacia el canal, lo siguió cuidadosamente con la vista, y cre- 
yendo ver a lo lejos un objeto que se movia sobre el agua y desa- 
parecía luego para ir a salir mas lejos, se lanzó al galope por la 
orilla. Inmediatamente se dio cuenta el huaso de lo que ocurría y 
tiró, diestro como en mil ocasiones, su lazada al medio del cauce, 
donde cuatro brazos lo pescaron ansiosos de la vida. 

No eran dos hombres: eran dos estropajos. El vaquero se des- 
montó para levantarlos del suelo, donde don Belisario ya se habla 
lanzado de nuevo sobre el señor Fernández. Pero el pujilato cesó, 
con la intervención resuelta del huaso, sirviente viejo del último. 



Mí Mí )lí 



Vino el domingo. En el gran corralón, mas que plaza, que ro- 
deaba la iglesia parroquial, estaban agrupados unos dos centena- 
res de caballos, mulatos, tordillos, alazanes y overos, bien ensillados 
unos, mal puestos otros, y pertenecientes todos al inquilinaje de 
los fundos vecinos. Alineados a lo largo de una tapia de adobones 
y bajo grupo de sauces ramudos, los caballos se impacientaban por 
la larga espera de la misa, relinchando, azotándose con la cola para 
espantarse las moscas, y de cuando en cuando golpeando las pie- 
dras con patadas de impaciencia. 

Ese dia la misa habia sido mui larga, porque llegado al Evanje- 
lio el cura se dio vuelta a sus feligreses y les dirijió una plática de 
padre y señor mió, exhortando al inquilinaje a la concordia y alu- 



■^7 



diendo con mal veladas frases al reciente suceso del canal. Recor- 
dó el «amaos los unos a los otros», dijo que los agricultores que 
llevaban una vida de trabajo debían dar el qemplo de manse- 
dumbre de carácter; agregó que era poco cristiano el espectáculo 
de tanta jente encendida por el odio; y terminó aconsejando, tanto 
a los inquilinos del Colmenar como a los de la Granja de Arriba, 
que olvidaran las rencillas, que en hora desgraciada dividían a sus 
patrones. 

No sabemos si las palabras convencidas del cura llegaron o no 
ai fondo de esas almas sencillas, pero rudimentarias. Allí estaban 
dos centenares de hombres, de pié unos, en cuclillas otros, con 
mantas de vistosos colores, y camisa recien almidonada, comién- 
dose todos con la mirada al presbítero don Policarpo López, pero 
no sabemos si entendiendo palabra de lo que decia. 

Un órgano descompuesto, con la mitad de sus tubos rotos, lan- 
zó en seguida unos chillidos desacordes, y veinte minutos después 
el cura se daba vuelta para decir ite, misa est^ «idos, porque se acabó 
la misa». 

Yá era tiempo. 

Afuera abría el dia con luz espléndida. Un millar de diucas y 
chineóles, albergados en los sauces y en la barda de las tapias, 
piaban con un desenfado inimitable. Algunas palomas tendían el 
vuelo desde la torrecilla de la parroquia y después de dar una vuel- 
ta corta y de aletear en el aire, volvían a meterse por los huecos 
cuadrados de las vigas. Un viento retozón, primaveral pasaba y 
revolvía en el suelo pequeños molinillos de polvo. 

La puerta de la parroquia comenzó a vaciar huasos y huasos, 
que se ponían los enormes sombreros de pita y empinaban los 
pies para no arrastrar las espuelas. Muí pronto comenzaron a 
trepar a los caballos, y antes de cinco minvitos habia buen nú- 
mero de grupos, que esperaban moviéndc le lentamente, a que 
los demás siguieran su ejemplo. 

De repente cierta ajitacion y una polvareda, llevaron todas las 
miradas hacia un punto fijo. Sobre las cabezas de los demás y el 
▼do dorado de polvo pue se encendía al sol, se alcanzaba a ver el 
Sombrero de un jinete, la cabeza desnuda de otro, y dos chícoteras 
entrecruzándose y arremolinándose en el aire. 



28 ' 

Era una gresca» y como pasa en tales casos, todo el mundo ce* 
menzó a correr en la misma dirección, ansiosos los unos de ver el 
torneo y los otros de intervenir en él. 

Dos muchachos fuertes y bien montados se habían ido de pala- 
bras por mui poca cosa, con seguridad por simple enredo de faldas, 
y mui pronto habian recurrido a zanjarel asunto a chicotazos. Pero 
ociurió la desgracia que uno fuera inquilino del Colmenar y otro de 
la Granja. 

Bl último se iba encontrando perdido, y ya en vez de asestar gol- 
pes, levantaba los brazos y la manta, para defenderse de los enérji- 
eos chicotazos de su antagonista. Pero prendió la chispa mui lue- 
go, y por un hecho insignificante al parecer. El vencedor en este 
duelo, al retroceder con su caballo paia esquivar una acometida 
violenta, topó con el suyo a uno de los espectadores granjinos que 
con la sangre agolpada a la cabeza, presenciaba la derrota de su 
coterráneo. Este espoleó su caballo, se lanzó sobre el triunfador, y 
lo llevó por delante en una envestida terrible. 

Y aquí fué Troya. Cien jinetes contra otros cien se lanzaron bor- 
neando las chicoteras y gritando. Todo el mundo reconoció ihme- 
diatamente sus filas, y separados granjtnos de gonzalinos^ se echaron 
unos sobre otros, con el impeto irresistible de esos dos centenares 
de caballos de vara. 

Una enorme polvareda se levantó en el corralón, subió como el 
humo de un incendio y envolvió en una funda griz, esa masa que 
iba compenetrándose y enredándose. 

La gpriteria era enorme, y los resoplidos de los caballos se con- 
fundían con el jadeo de los jinetes. Cada caballo tenia el cuello so- 
bre el caballo enemigo, y el pecho sudoroso como una coraza de 
músculos se atracaba a su costado. Los brazos levantando las chi- 
coteras y dejándolas caer como balas, o abrazando otras veces para 
tumbar al suelo, se habian convertido en verdaderas tenazas de 
hierro que lo destrozaban todo. 

La masa se movia a un lado o a otro, se escarmenaba a ratos, y 
volvia a comprimirse luego; corría como si fuera una gran rueda de 
carne humana, y chocaba como una ola con otra. 

Cada racha de viento, barriendo a medias el polvo, dejaba asomar 
como al través de una trama de hilos que se abrieran, sombreros 



^9 

rotos, caras llenas de tierra y de sangre, mantas despedazadas, ca- 
ballos sudorosos. Pero luego volvía a recrudecer el combate, y a 
volar la tierra y a envolverlo todo. 

De repente un grito suena, claro y distinto: i la policía! Y en efec- 
to por la larga alameda abierta al sol, a todo el galope de sus roci- 
nes, venían diez infelices policiales del vecino pueblo de Pu- 
nitun. 

Un momento paró la gresca. Se desenredaron los caballos, se 
bajaron las chicoteras y en silencio, mui en silencio, se separaron 
las Uneas enemigas, mientras los caballos palpitando por el can- 
sancio parecían cortar las cinchas. 

La policía apareció en la desembocadura de la Alameda, hosca, 
se\-era, muí posesionada de su papel de pacificadora. Un cabo con 
un dormán verdoso y ceniciento, se adelantó, e intimó rendición 
ig^ualmente a granjinos y gonzalinos. 

Hubo un momento de silencio. Las espuelas de los guardianes 
chocaban contra las cinchas, ante la idea de que esos doscientos 
huasos se negaran a seguirlos. 

No sabemos si este temblor fué advertido a tiempo, pero después 
de un balanceo de la masa, y de dos o tres palabras dichas a media 
voz, todos aquellos hombres que hacia un rato se estaban despeda- 
zando, se unieron en una sola idea, la única que podía unirlos, y se 
lanzaron sobre la policía. 

Los guardianes dieron espaldas a sus perseguidores y se dispa- 
raron a carrera tendida por la alameda. Detras corrían también los 
huasós gritando en un enorme chibateo. Y toda aquella polvareda 
se alejaba por el camino, junto con el ruido del galope y el clamo- 
reo de los jinetes. 



El cura salió en ese momento después de tomar desayuno, y al 
darse cuenta de todo lo que allí habia pasado, se santiguó y se en- 
tró de nuevo a su casa. 



M" 3r 




meterse con Cristianos 



SI SE hubiera criado en un cerro, entre quiscos y espinos, a 
todo aire, sol y tierra, haciendo siempre su regalada voluntad, 
dueña y señora de sus actos, sin reconocer autoridad ni ren- 
dir obediencia a nadie; no habría resultado mas arisca, huraña, 
cerril y endemoniada la hija de don Basilio Reinoso, el 

boticario del pueblo de 

Era de regular estatura, gruesa de cintura, de caderas y de todo 
lo que a la vista llevaba. La nariz arremangada, decididamente 
arremangada, era en su rostro, al par que una ruidosa protesta 
contra las líneas griegas, un signo evidente de carácter, eneijia y 
robustez. Seguían los ojos en importancia; dos enormes ojos ne- 
gros, brillantes, apasionados; pero no dulces, ni húmedos, ni tibios, 
ni nada de eso. Después, una bocaza enorme, elástica, que rara vez 
>e contraía con una sonrisa; adoptaba jeneralmente una mueca de 
disgusto y de mal humor. Morena, pero de excelente color, parecia 
ftU cara la lustrosa tez de una manzana remadura, y a veces la ve- 
tada pero reluciente superficie de un meloncito de olor. 

A pesar de la nariz, que ni siquiera llegaba a ser como la de la 
zarzuela "cuasi griega" y de la boca que era demasiado boca para 



32 

•una sola persona, Clarisa era lo mejor del bello sexo de... El con- 
junto de su persona, la exuberante salud que emanaba por cada 
uno de sus poros, la limpieza que se notaba en toda ella, desde la 
cara que tenia solo el color natural, hasta el borde de las enaguas 
que era siempre blanco; la hacian simpática, atrayente y hasta 
tentadora. 

Pero ¡ai! que llevaba en sí mismo. Clarisa el remedio eficaz para 
quien, con mirarla se enfermera de mal de amor. Hemos dicho que 
era huraña como una cabra montes, arisca como una gata alzada. 
Inútil era que doña Tránsito, su mamá, le demostrara con las me- 
jores palabras, que debia llegar un día en que sus destinos se unie- 
ran a los de un hombre, en que su corazón aspirara al hogar pro- 
pio y al nido nuevo. Clarisa callaba y oia: pero apenas entendía 
que de exhortarla al matrimonio se trataba, levantaba la cara, le 
centelleaban los ojos y decia con voz decidida: 

— ¿Casarme yo? Que se me acerque alguno a decírmelo y verá 
bueno! 

Y acompañaba esta resohicion dejando ver un brazo mas fuerte 
y nervudo que la pierna de un cargador. 

Y no eran vanas palabras. El diputado del departamento, jo- 
ven, no mal parecido, mas amable con el bello sexo que con 
el sexo elector, se habia dedicado a hacer con la vista, diversas 
y encendidas declaraciones a Clarisa. Era el diputado hom- 
bre entendido en "terracottas" comprendia la belleza, aun den- 
tro de un vaso algo rudo e imperfecto, y desde el primer momento 
se habia declarado rendido admirador de la arisca lugareña. En 
una ocasión, almorzaba el joven lejislador en casa de don Basilio, 
y no sabemos sí impulsado por la cazuela de estomaguillo, suma- 
mente cargada de ají, o estimulado por el picante chacolí de la úl- 
tima cosecha, o por solo y espontáneo aguijón de su naturaleza 
exaltada, el hecho es que estiró un pié, busc<5 el de su vecina Cla- 
risa y le dio uno de esos insinuantes pisotones que no dejan lugar 
a duda y que significan mas que una larga declaración verbal. 

Clarisa se puso de pié como una pantera y descargó sobre la cara 
del lejislador un puñetazo tan tremendo, tan enérjico, tan rudo, que 
se quedó el diputado con ambas manos en la cabeza. Don Basilio 
pujó entre el amor filial y su respeto al representante del departa- 



33 

mentó, se puso primero pálido, después rojo, después gris oscuro 
y terminó por celebrar, junto con el diputado y con una risa ner- 
vosa y simulada lo que sencillamente había sido una salvajada de 
su retoño. 

Eso era Clasisa. Consecuente como nunca lo habia sido político 
alguno, tenia su honor en los puños, y no valían contra ella las afi- 
ladas flechas de cupido. Para tumbarla en el lecho de rosas, habría 
uecesitado el niño ciego un cañón con balas «dum-dum», y no la 
sublime tontería de esas flechas que ya con tanto uso están me- 
lladas. 

Sin embargo, se decía que Clarisa era sensible y tierna por la 
parte de adentro, y que a veces sentía su corazón derretido por un 
mozo; pero que de repente una voz secreta le decía: ¡pega! y ella 
pegaba sin compasión. 

Así pasó una mañana. El sol subía, subía, arreciando el calor de 
sus rayos y volatilizando el aire esas ondas cristalinas, que parecían 
impalpables gasas blancas deshechas en el aire. Escaso viento so- 
plaba las ramas verde oscuras de los olmos, y apenas lograba disi- 
par las columnítas de humo de las cocinas de caldeándose para 

el almuerzo. Clarisa salió sola para llegar hasta la casa de una cu- 
ñada que vivía no lejos del pueblo, andando dos o tres cuadras por 
una pintoresca alameda de árboles nuevos. Iba peinada y lavada 
como para día domingo, con toda la ropa interior y esterior inve- 
rosímilmente almidonada, y un pañuelito de punto, color celeste 
suelto sobre los hombros. La crujidera (no es el «fru-fru», distin- 
gamos) de tanta ropa tiesa y acartonada impidieron oír a Clarisa 
los apresurados pasos de Juaníto, el ayudante de la botica, que rá- 
pido como una exhalación, trataba de alcanzarla. Por último, logró 
ponérsele por delante en actitud de barajar algo y le espetó de co- 
rrido una declaración de amor de cuarenta grados a la sombra. 
Clarisa vaciló, se apoyó en el tronco de un álamo, y en vez de 
empuñar la derecha y asestarle la bofetadada de costumbre, bajó 
los ojos e inclinó la cabeza. 

¿Qué pasaba? ¿Qué tenia esa mañana el sol? ¿Qué veneno llevaba 
el viento en sus alas? ¿Qué especial magnetismo tenían los ojos de 
conejo malicioso del ayudante déla botica? juanito, envalentonado 
avanzó un paso, y mientras no daba tregua a la lengua, saqueando 



54 

a * Mal la», a «Pablo y Virjinia» y a otros repertorios de dulzuras 
al aire libre, se avanzó hasta jugar con una de las borlitas del pa- 
ñuelo de punto de la chica. Y Clariza bajaba los ojos e inclinaba 
la cabeza. 

Si en esos momentos hubiera pasado por allí don Basilio, se ha- 
bría ido de espaldas; si el señor cura hubiera podido presenciar ese 
comienzo de idilio habría dejado de pensar que Clarisa tenia el 
diablo en persona dentro del cuerpo; y doña Tránsito misma hubie- 
ra creido que sus consejos de todos los dias, encontraban por fin, 
eco en el corazón de roca de Clarisa. 

Juanito no cabia en sí. Pulgada por pulgada iba ganando terre- 
no, y habia dejado ya su acción de quien baraja algo para adoptar 
la rendida actitud de palomo tierno. La plaza parecia tomada: era 
Troya vencida por el caballo de madera; era Jericó abierta sobre- 
naturalmente al enemigo. Un paso mas y habia casorio y gran al- 
gazara en el pueblo. Juanito avanzó aun mas: estiró temblando su 
mano y acomodó una guedeja del negrísimo pelo de Clarisa, suelta 
por el viento, tras de su oreja. . . Y Clarisa seguia con los ojos ba- 
jos y la cabeza inclinada. 

Aquí cabria hablar de la calma que precede a las tempestades, 
del despertar de un león dormido, y de mil cosas mas. Porque de 
repente Clarisa levantó la cabeza erguida, miró altivamente al ayu- 
dante, y antes de que éste comprendiera el cambio de la situación, 
ya tenia encima la mas soberbia bofetada que habia recibido en su 
vida. Pero no paró aquí el castigo: Juanito echó a correr y la chica 
lo siguió detras, disparándole con fuerza desconocida, piedra tras 
piedra, con la mas certera de las punterías. 

Pasó la tempestad. El sol subió hasta el cénit, ardió la tierra, y 
el humo de las cocinas de. se alargó en cien columnitas que se- 
guían derechas hasta el cielo. 



Pi Pi 9i 



Bien sabido es lo que se preocupan los pueblos chicos de colo- 
car a las mejores representantes de su bello sexo. No habia 



35 

dia en que las comadres, después del rosario, en torno de la lám- 
para de paraíina, no hablaran de la necesidad de casar a Clarisa, 
porque ya estaba en edad de hacerlo y podría ser una excelente 
esposa y una perfecta madre de familia. 

En estas charlas fué surjiendo la candidatura matrimoniil de 
Pancho Olivares, partido excelente, a creer a esa «vox populi*, que 
según dicen es la ^ vox Dei^^. Pancho Olivares era . amanzador. 
Rechazamos la sonrisa que se puede dibujar en muchas caras, por- 
que nadie pensó en esta cualidad de Olivares, que ni pintada le 
venia a la arisca y cerril hija del boticario. 

No habia mala fé ni ironia en la elección de Pancho, del fuerte, 
del robusto, del enérjico amansador que se montaba en un novillo 
bravo riéndose de todos los toreros que visten el traje de luces, 
que de un salto cabalgaba las mas indómitas potrancas de los fun- 
dos vecinos, que una vez sobre la silla no habia poder humano que 
lo moviera. Alto, bruto como un poste, moreno tostado, simpático, 
con las piernas curvas a manera de compás, con dos buenos parches, 
de hule negro en toda la parte en que los pantalones tocaban a la 
silla. Pancho reunia, ademas de su carácter a toda prueba, la ex- 
celente cualidad de no saber hablar dos palabras. 

Nosotros, que somos los únicos mcliciosos y de mala fé, podre- 
mos pensar si se nos viene en voluntad, que tenia ademas la espe- 
riencia de domar las potrancas indómitas. Y no somos, por cier- 
to, de los que piensan como aquel que, haciendo un salpicón de 
todos los refranes, decía: < la esperiencia es la madre de todos los 
vicios». 

Comenzó, pues, Pancho a dar crédito al rumor de que él era el 
único novio de Clarisa y se dedicó a seguirla y a decirla cosas con 
los ojos, ya que por la boca nada podia salir. Largas horas se pa- 
saba Olivares sentado, mudo como un tronco, al lado de Clarisa 
que cosia en la máquina ropa blanca o delantales de «vichy >. Ella 
con la boca fruncida en señal de enojo, con una hebra de hilo en- 
tre los labios, y el ceño severo y mal humorado; él con la boca 
abierta, los ojos fijos en la arisca Julieta, y sentado en cuclillas: esa 
era la pareja y ése su estado permanente, durante semanas y se- 
manas. 

Si Pancho no hablaba palabra, Clarisa no podia tampoco ensa- 



56 

yar en él mis vigorosos pnx^dimlentoa, y así, empujados por don 
Basilio y doña Tránsito y tras ellos, por todo el pueblo, la pareja 
avanzaba lentamente hacia el curato. 

Por fin, llegó el día del matrimonio. Pancho, sin decir esta boca 
es mia, y Clarisa 
sin dejarle caer ni 
por curiosidad los 
ojoa encima. Sola- 
mente cuando al 
despertar, doña 
Tránsito le dqó 
sobre la cama un 
mundo de ropa, 
aun mas almido- 
nada y tiesa que 
<le costumbre, la 
chica se puso sería 
y preguntó de qué 
se trataba. Se le 
dijo que de su ca- 
samiento con Pan - 
cho y no se pudo 
arrancarle otra 
cosa que estas pa- 
labras. 
— ¿Y con 



me tengo que 

, Pero la chi- 

ca debía ha- 
llarse en el 
mismo estado 
de ánimo que 
en el idilio interrumpido de la alameda, porque sin chistar y conlos 
ojos bajos, llegó a la parroquia, recibió las bendiciones y la epístola 
y salió muí oronda entre la algazara de los amigos y conocidos. 



37 

Antes de que don Basilio cerrara la botica, para dedicar toda su 
actividad al suculento almuerzo con que se celebraba la boda, vio 
que Juanito vaciaba árnica en una taza y alistaba sobre el mostra- 
dor, vendas y amarras de toda clase. 

— ¿Qué haces? le preguntó. 

— Nada. . Ser precavido. Mañana al amanecer no faltará quien 
tenga la cabeza rota. 

Y al salir a la calle decia entre un grupo de amigos: 

— Ahora mucho almuerzo, mucha música y mucho amor . . Pero 
¡dejen que don Pancho le quiera acomodar el pelito tras de la 
oreja! 

Llegó la noche y con la noche el silencio, y la pareja de recien 
casados se sumió en la sombra. 




A ^ ^ 



Muí de mañanita abrió Juanito la botica y se puso a silpar en él 
mostrador, cuando ¡zas! se abre la puerta del fondo y entra Pancho 
con la cabeza envuelta y forrada en mil pañuelos. 

—Juanito. ¿Tenis árnica? Es mas serio que lo que dicen el ca- 
sarse. 

— Mas sabe el diablo por viejo que por diablo, amigo Olivares. 
Aquí tiene árnica. , . ¡Jesús, ese ojo! ¡Pero, Pancho! ¡Aquí te han ti- 
rado un florero por lo menos! 

Pero el pobre Olivares seguia desenvolviéndose el pañuelo y lu- 
ciendo nuevas magulladuras. 

— Quién me ha metido a mí en estos andurriales ¡cáspita! Mien- 
tras me las tuve con potrancas chucaras, nada me pasó; bien me 
merezco esto por meterme con cristianos! 

Y el amansador echó dos lagrimones inmensos. 



i 






^f #1^ f''^ f"^ #•? i ^ 



El mas bruto de los héroes 



ESTAI había sido preso por homecida^ como decía él a los que 
indiscretamente se lo preguntaban, al través de las rejas de 
la cárcel. Y a confesión de parte. . 
Pero, en fin, malo no era el pobre EstaL Se hablan metido 
faldas de por medio, y seguramente copas también. Alguien 
le insultó, salieron a la vuelta de la esquina, pusieron de testigo 
al policial y se acuchillaron durante media hora. ¿Qué culpa tenia 
Estai, que el muerto hubiera sido el otro? En cambio, habia saca- 
do una cuchillada en la cara, otra cerca del ojo, un puntazo en la 
frente y rasmillones por todas partes. 

Con la cara llena de sangre fué llevado a la comisaria, donde se 
la estancó, antes que pudieran evitarlo, con tierra recojida en el 
suelo. Y así, con el rostro mitad fiero, mitad grotesco, se paró 
ante el juez, se encojió de hombros, no le sacaron palabra y fué a 
parar al presidio. 

Allí vejetó el infeliz homecida, muñéndose de inanición. No era la 
Vergüenza ni el remordimiento, los que le enflaquecían: muchas 
veces había dicho a propósito de su víctima, que bien muerto es- 
taba y que no rezaría ni siquiera un Padr^ Nuestro a las ánimas, 



40 

por el descanso de la suya. Lo que debilitaba sus fuerzas era la 
falta de libertad. Palta de libertad que era la muerte para ese in- 
cansable aventurero, libre y soberano como un cóndor, que no re- 
conocía autoridad, ni lei, ni superior siquiera, que no dormia bajo 
techo, ni calentaba sus manos en brasero alguno, ni conocía ma- 
dre, ni mujer alguna. Falta de libertad, que era la muerte para ese 
hombre que no sentia el amor, que no entendia la virtud, que no 
sabia el alfabeto, que no usaba caballo ni carretela, ni tren, para 
movilizarle leguas arriba o leguas abajo, buscando un jornal, un 
compañero o una trilla. Falta de libertad, que era la muerte para 
ese hombre, que si estaba enfermo se emborrachaba, que si alguien 
se le ponia por delante lo 'despachaba de una cuchillada, que si 
quemaba el sol se acostaba a medio dia con la cara contra el suelo 
y si estaba húmeda la tierra, de espaldas contra ella. 

Esta! se moría, sin majestad, sin convulsiones, sin tristezas. 
Moría, como muere un animal de su clase emperrado. Juntó un 
dia los labios, se los mordió para no abrirlos, y se tendió junto a 
una muralla. Lo pateó el guardián y él ni gruñó siquiera. 

— Ese bruto se muere — le dijeron al caldo. 

Y el alcaide, que en esa fecha — 1879 — era dueño y señor del pre- 
sidio, hizo tomar a Estai, ponerlo en la puerta de la calle, pegarle 
una patada por la espalda y decirle: 

— ¡Camina, asno! jAnda a tomar un rifle! La pólvora te sentará 
bien. 

Estai abrió los ojos y vio no ya la urdiembre mezquina del sol 
que entraba a la celda, ni esa luz sucia y como mortecina que caia 
por la ventana. Era aquella esplosion de sol, aquella abundancia 
de aire, lo único que podia ser. la libertad absoluta. Y corríó como 
un loco y se cayó varías veces al suelo, y fué a golpear un portón 
grande, macizo, donde sabia que le iban a recibir con los bra- 
zos abiertos; y allí le gritaron: ¡quién vive! y él contestó con 
bríos: 

— ¡Quién ha de ser, cáspita! ¡Quién ha de ser! ¡Yo! 

El sarjento Lambrech torció el jesto, y esclamó en el cuarto de 
banderas: 

— O me equivoco, o el que llega es lo único que nos falta para 
barrer con los peruanos. 



41 

Y era él, era el famoso, el conocido Bstai, el mas bruto de los 
rotos. 

A los dos días, harto ya de fréjoles, no era el homecida, era el 
soldado. 



O O O 



«Las marchas han sido largas — escribía meses después el sár- 
jenlo a su mujer —largas; pero nadie se ha aburrido. Esta! habla, 
canta, insulta todo el dia y toda la noche. No deja dormir, pero 
tampoco deja bostezar a nadie. Tiene a los penianos en la punta 
de la lengua, parece que no les tiene mucha lei y que si los en- 
contramos luego, Kstai hará alguna de las suyas. > 

Iba en la tercera compañía; pero le conocía todo el rejimiento. 
Cuando armaban carpas, le pasaban a Bstai un cigarro para de- 
satarle la lengua: y tendidos unos, y sentados otros, y los demás 
de pié, formaban esos grupos en que los pintores recrean el pincel, 
grupos de soldados en víspera de batalla, que se ríen a carcajadas, 
como si la muerte no les siguiera a retaguardia. 

Contaba Estai todas las cuchilladas que habia recibido en su 
vida. ¡Eran muchas! A los quince años habia saltado, en compañía 
de otro pillo, las murallas de una arboleda para robar gallinas. Sur- 
jió la discusión sobre quien se llevaba el gallo; Estai quiso zanjar 
el asunto a bofetadas; pero el otro tenia mas mundo y, sin decir 
agua va, le metió un cuchillazo en el pecho. Y el homecida se abrió 
entonces la camisa, para que otro le alumbrara con un fósforo y se 
viera la zanja, aun no cerrada por el tiempo, en sus carnes duras y 
tostadas. 

Desde entonces, apenas pasó un año sin que le tocara dar o re- 
cibir puñaladas. ¡Qué hacerle! Habia tanta jen te mala en el mundo; 
y luego, todo era llegar a una parte sin meterse con naide^ y ar- 
marse la camorra en menos que canta un gallo. Porque, franca- 
mente, hai cristianos que parecen judios! 

Era un arnero ese bruto de Estai. Dicen que los gatos tie- 



4f 

nen siete vidas; pero el soldado del Buin debía tener sete- 
cientas. 

Al caer la noche, los ronquidos de Estai eran los últimos. Prin- 
cipiaba por cantar, y seguia después con el tema de los peruanos. 
Y aun dormido, arrollado ya con la manta, bajo la atmósfera pesa- 
da y sofocante de la carpa, insultaba todavía con una pesadilla de 
tigre. 



O O O 



La mañana había amanecido luminosa; pero con olor a pólvora. 
A las cinco, se levantaba en el oriente como un vapor amarillo, la 
primera luz del alba, que mas tarde alumbrarla un campo de bata- 
lla, A esa hora, el cometa brincó sobre su manta, despertado por 
el capitán de la compañía, oyó dos palabras, vibrantes y secas co- 
mo un disparo, empuñó el instrumento de bronce y momentos 
después el toque de zafarrancho convertía el campamento en un 
infierno. 

El primer grupo fué el de Estai. Sus ojos vivaces lo hablan adi- 
vinado todo: iba a comenzar la batalla. Instintivamente palpó su 
rifle, se lo acercó al cuerpo y lo estrechó como si fuera una mujer 
amada. 

Entre tanto, a su lado habla un infierno de carreras, gritos, in- 
terjenciones violentas, saltos, movimientos desesperados, ese pre- 
liminar de un rejimiento que despierta con el enemigo encima, con 
la muerte aleteando como un murciélago enorme sobre las cabezas 
aun dormidas. 

Cinco minutos después, la tempestad se calmaba^ las compañías 
buscaban las líneas, el rumor decrecía lentamente y bajaba sobre 
el antiguo vivac desordenado y bullicioso, esa majestad silenciosa 
del ejército que aguarda el combate. 

El rejimiento se puso en marcha, descendió una ladera, ocu- 
pó el camino, torció una cur\'a, desembocó en un valle estenso 



43 

y no tardó en hacer alto y aguardar a discreción. Por todos la- 
dos, corrían ayudantes a caballo, llevando órdenes y trayendo 
datos. 

Un instante después, allá a lo lejos comenzaba un tiroteo parejo, 
continuado, lejano, y una línea de globitos blancos, como copos 
de algodón, aparecía entre los árboles, marcando la infantería 
enemiga. 

Suena la cometa, las voces de mando se suceden lacónicas, como 
pistoletazos, y el rejimiento se desgrana como un rosario de cuen- 
tas. Un instante después, diseminadas las compañías y tendidos 
sobre la yerba los soldados, comienza el fuego, desgranado e inse- 
guro al principio, continuado mas tarde, y parejo como cien ame- 
tralladoras, en seguida. 



O O O 



Estai acompaña sus disparos de una verdadera esplosíon de 
insultos. Con los pies da golpes furiosos en el pasto y llega a en- 
terrar en la tierra húmeda la roma punta de sus botas despedazadas. 
El sudor le cubre la cara y el humo deja caer sobre ella un hollín 
glorioso, bautizo de los reclutas. 

Sobre la línea de cabezas, recostadas en el pasto, barre el viento 
la nube de humo blanco como si quisiera ocultar las compañías. 
Una bandada de pájaros vuela ajitada, proyectando sus sombras 
en el suelo. Y mas lejos, un trueno lejano demuestra que la artille- 
ría entra en combate y que éste es de vida o muerte. 

Dos veces en una hora avanza el rejimiento, volviendo a tender- 
se en linea. El tiroteo tiene sus alternativas, pero no se estingue; 
y ya se ve que las balas son mortíferas porque la línea se ralea y 
quedan muchos bravos con la barriga al sol. 

Kstai grita y dispara, dispara y grita. Lambrecht lo admira: 

— Cállate animal! — le dice — deja que hable tu rifle. 

— ¡Si es que las balas se me atoran, sarjento! 



44 

— Lo que a tí se te atoran son las palabras, bandido. ¿Quieres 
callar? 

— jYa me callo! Las ganas que tengo yo de botar esta es- 
copeta y echarlas a cuchillo limpio. . . Mire usted que se mueran 
los niños como moscas, por éstos. . . de peruanos! 

Y Estai echaba mano a la cartuchera y queria meter de a tres 
balas juntas en el riñe, y se desesperaba de que aquello no matara 
como él deseaba que mátase. 

£1 combate se háciá fuerte, fuerte. £1 sol quemaba como un 
tizón. Lá sangre corría á hilitos entre el pasto, y cada soldado 
con tierra y sangre, con sudor y pólvora, se veia fiero como un 
perro bravo. 

¡Adelante! Estai se revuelve como un toro, biama, ruje. se en- 
ronquece. Tira el rifle, lo recoje, se lo echa a lá cara, dispara 
vuelve a gritar. Es un endemoniado que ya no se contiene tendido, 
que ya no cree en su rifle, que rebosa ira y coraje. 

— ¡Bah! Saijento, ahí va la escopeta, es un trasto inútil, gritó de 
pronto el bruto de Estai, botando lejos el rifle humeante y 
echando a correr hacia el enemigo, sin que Lambrecht lograra al- 
canzarlo. 

— ¿Qué va a hacer este bandido? preguntó aterrado el sar- 
jento. 

Pero Estai corria, corria. De pronto se detuvo y pareció tro- 
pezar. 

— Le metieron una pildora— gritó un soldado. 

— ¡Nada! — dijo otro — este tiene siete vidas. Sigue. . . ¿lo ven? 

Y Estai seguia, pero pareció cambiar de pronto su plan. Se de- 
tuvo, accionó enérjicamente insultando a las líneas peruanas. Su 
voz se oyó desde las guerrillas del Buin, y centenares de ojos en- 
rojecidos lo miraron con asombro. Y en seguida, dio vuelta la 
espalda a los enemigos, se desató la correa que ataba los anchos 
calzones de dril blanco, volvió hacia ellos lo que encontró mas 
despreciativo volver, inclinó casi hasta el suelo la cabeza para mi- 
rar a los peruanos por entre sus piernas, y g^tó casi con un rujido 
supremo: 

— ¡Apunten aquí . . cochinos, bandidos, facinerosos! 

Una bala fué a vengar el insulto. Estai cayó de lado, con la 



45 

desnuda espalda bañada en sangre, y se estiró, tieso como un 
poste. 
Lambrecht se quedó con la boca abierta. 

••• •-•.•••.. ••••••••«.... •■•.« •• •.<• .•..•■.••••• 

Otros han caldo con majestad, con heroísmo, con firmeza; Estai 
tenia que morir como era: a lo bruto. 







LOS CHUnCHOS 



ESTÁBAMOS reunidos en el pequeño salón de la casa de Ricardo^ 
nuestro amigo del colejio, que, como ustedes deben recordar, 
se casó el año pasado con una de las muchachas mas encan- 
tadoras de Santiago. Era uno de esos salones de casa de 
campo que conocemos tan bien: ventana con fuertes barrotes 
de fierro, a un lado; una puerta fuertemente asegurada con su tran- 
ca, al otro; mesa redonda al centro y sobre ella la lámpara de para- 
fina con su quemador belga y la campana de cristal, balanceándose 
con el tiraje del aire caliente; el piano, en seguida, arrinconado y 
abierto casi siempre para pasar las largas veladas del campo, con 
las dulcísimas armonías de Shumman y los trozos inspirados de 
Mendelsson, Rubinstein y Greig. 

Esa noche habia principiado admirablemente bien. Abierto so- 
bre el atril del piano un grueso cuaderno de PagUacci, con una fan- 
tástica portada en sepia, sobre la cual se destacaba la cara de un 
payaso con su gorro puntiagudo, se pidió a Elena, la mujer de Ri- 
cardo, que nos tocara algunas de las piezas de su repertorio. Del 
ridi, pagliaccio se pasó insensiblemente al intermezzo de Caballería, 
Estaba encantadora la velada. En una mesa se hacia intrincada 
partida de damas entre Ricardo y el mayor García; en la otra hojea- 



48 

bamos con la chica, hermana de Elena, un álbum de la revolución 
francesa, en que desfilaban jacobinos y jirondinos con gorros fri- 
jios y amenazantes picas, los retratos de Mirabeau, Danton y Ro- 
bespierre, y los de la infortunada María Antonieta y de la princesa 
de Lamballe. De cuando en cuando caian sobre las hojas maripo- 
sillas nocturnas, tostadas en el tubo caliente de la lámpara, y que 
nos veíamos precisados a barrer con un soplido. 

Calló el piano con las últimas melodías de una pieza de Chami- 
nade, y Elena se dio vuelta hacia nosotros, haciendo jirar el piso 
del piano. 

— ¿Qué hai? Esos jugadores todavía no se cansan. Con seguri- 
dad que ni saben lo que he tocado. . . Y vamos a ver usted, señorita 
Sara, ¿no piensa acostarse esta noche? 

—¡Ai, hermana! ¡Qué lindas son estas estampas! 

En el instante de silencio que siguió, se escuchó a lo lejos la can- 
turria pertinaz de los sapos, tan suave, tan plateada como si fueran 
gorgoritos de agua, eternamente golpeados por un chorro. Hubo 
un momento en que todos pusieron atento oido a esa melodia del 
silencio, que parece el himno que entonan los campos al sosiego 
reparador de las noches serenas. 

De repente, un graznido metálico, cortante, seco, sonó afuera en 
uno de los árboles vecinos a la ventana. Elena abrió sus ojos azu - 
les, palideció un tanto y esclamó con marcado acento de susto: 

— ¡Un chuncho! 

El mayor Garcia dejó caer las cartas, levantó su cara de artillero, 
con los gruesos bigotes erizados a la prusiana, y preguntó: 

— ¿Cree usted en estas supercherías, Elena? 

— No. . . talvez no. Pero, francamente, preferiria no sentir nunca 
cantar a un chuncho. 

— Pero eso es una niñeria, agregó Ricardo. El que después que 
cante un chuncho se muera una persona, es lo que puede ocurrir 
después de cualquier canto. ¿Tienes seguridad de que después de 
habernos tocado tú ese precioso intermezzo de la Caballería^ no puede 
morirse alguno de los presentes? ¿Echaríamos por eso la culpa 
a Leoncavallo? Vamos, Elena, eres demasiado intelijente para que 
des oído a tales tonterías. 

Elena calló; pero como yo en ese momento cerraba el álbum, 



49 

después de mirar la última lámina, que, si mal no recuerdo repre- 
sentaba a Camilo Demoulins en el juramento de la Cancha de Pe- 
lotas, me sentí tentado a tomar parte en la conversación. 

— ¿Me promete usted, Elena, no darle ninguna importancia al 
cuento que voi a contar? 

—Antes de conocerlo, imposible. 

— Es condición esencial. Si no, me veré obligado a no contarlo. 

— ^Acepto. Vamos al cuento. 

Los jugadores dejaron las cartas y se colocaron en actitud de 
escuchar; empujé yo, lejos, el álbum de la revolución; y princi- 
pié así: 

— Pasaba las vacaciones del año 93 en el fundo de Los Kosaks, 
con su arrendatario Miguel Antonio Espinosa, que ñié compañero 
mió de Universidad y un excelente amigo. 

— Conocí a su padre — dijo el mayor Garcia. 

— Era cosa averiguada que llegando yo de Santiago a Los Rosa- 
les no se dormia. Conversábamos durante la comida, después de la 
comida y hasta después de acostamos, puesto que lo hacíamos en 
un mismo dormitorio, que tenia una gran ventana hacia la huerta. 
¿De qué hablábamos? Ante todo de la situación política, después 
de los amigos, enseguida de algunos temas del repertorio masculino, 
y por último, de literatura y arte. El cuento era hablar hasta por 
los codos y en mas de una ocasión, después de luminosa diserta- 
ción mia sobre la pintura moderna, me encontraba con que Miguel 
Antonio roncaba como un bienaventurado. 

Era la noche del 23 de enero. ¿Lo olvidaré? ¡Imposible! En 
medio de nuestra charla un grito de chuncho hizo saltar sobre la 
cama a mi amigo, que era el hombre mas superticioso de la tie- 
rra. Encendió la luz y me preguntó con voz verdaderamente 
irritada. 

— ¿Has oido? ¡Caramba con el animalito fastidioso! 

— Ríete, hombre, de esas cosas .. Como te decia, la escuela 
brerafaelUta influye hoi en la pintura de una manera desesperante. . . 

— jOtra vez! ¿Pero has oido a ese pajarraco? ¿Tendré que echarle 
al cuerpo una buena dosis de municiones? 

— Cálmate, hombre. Oye lo que dice Julio Lemaitre en un artícu- 
lo del Fígaro, . , 



50 

— ¡Cáspita con el chunche! Fíjate como chilla el badulaque ¡Pero, 
hombre! £sto es para perder la paciencia. . 

Dice Lemaitre, que la potencia decorativa, va primando sobre 
el poder imajinativo de antaño. Yo, te diré, no pienso como Le- 
maitre; pero se me figura que no va en esto del todo descami- 
nado.. 

— ¡Caramba! Yo no aguanto mas esta serenata de afuera, te juro 
que lo mato. . 

Y sentí que Miguel Antonio saltaba de la cama y prendía su 
vela. 

— Pero, ¿qué vas a hacer, loco? 

— A matarlo. Déjame! 

— Pero, hazme el servicio de no ponerte imbécil ¿te arriesgas a 
cojer una polmonia, por matar un chuncho! 

A estos agoreros de cosas malas, es menester darles una buena 
lección, Anjel. Por lo demás, tu comprendes que yo me rio de las 
pulmonías. 

Miguel cojia, entre tanto, su escopeta Lafoucheux de dos caño- 
nes, la cargaba con sus respectivos cartuchos, se introducía dos en 
el bolsillo, y salía determinado a acabar con el chuncho. 

Me reí de la aventura, porque aunque Miguel por su salud de fie- 
rro estaba garantido contra las pulmonías, no dejaba de ser una 
barbaridad correr a la huerta en camisa de dormir para castigar a 
un chuncho cantor. 

Hasta aquí llegaba en mí relación, cuando noté que Elena me 
escuchaba con demasiada emoción. Sus dos enormes ojos azules 
estaban preñados de lágrimas, y su pecho se alzaba ajítado por una 
respiración nerviosa. 

--Señora: eso no es lo convenido — le dije — usted se está impre- 
sionando. 

— No, no — me contestó, azoradamente — siga usted contando. 
Me interesa mucho. 

Bueno; — al poco rato, sentí un disparo cerca de la ventana e in- 
mediatamente un volido rápido, que indicaba que el chuncho había 
escapado sano y salvo. 

Un instante después, allá mas lejos y desde la copa de un árbol. 



•al' 
8" 



53 

Y sentí en efecto que Miguel corría hacia el fondo de la huerta. 
Unos diez minutos mas tarde, el segundo disparo resonaba en el 
silencio de la noche, y no tardó en abrirse ruidosamente la puerta 
del dormitorio y entrar Miguel, diciendo con una alegría verdade- 
ramente infantil: 

— Lo he muerto, Anjel. Cayó como una flecha al suelo. Mañana 
lo buscaremos. . . Pero, ¡cáspita con el frió! 

— ¡Señora! — ^volví a decirle a Elena — justed se impresiona dema- 
siado! No sigo adelante. 

— ¡Oh! — dijo, refunfuñando, Ricardo — no le hagas caso; sigue no 
mas... 

Bien. Al dia siguiente al levantarme, Miguel, que siempre lo ha- 
cia dos horas antes que yo, permanecía en la cama. 

— Me siento mal — me dijo — estoi algo afiebrado, y siento aquí 
en la espalda una punzada. 

— ¡Malo, malo! — dije yo. — Llamaré al doctor Ruiz, que está aquí 
en Coltauco. Lo divisé antes de ayer. 

No les pondero, si les aseguro que Miguel se nos fué en veinti- 
cuatro horas. Ruiz me aseguraba que jamas había presenciado una 
pulmonía mas fulminante. Se lo voló la fiebre; todo fué inútil. Lie 
gó el cura, lo absolvió y le puso la estremauncion. Había muerto. 

— ¿Ahora me preguntarán ustedes si me asustan los chunches? 

Pues les aseguro que no. Me rio de ellos, como me he reído siem- 
pre y como me reiré toda la vida. 

— Hoi no duerme la señora Elena — dijo Ricardo en tono 
zumbón. 

Y un momento después, sentados en tomo de la mesa, bebíamos 
la taza de té, riéndonos, de muchísimas cosas divertidas. 

Veinte dias mas tarde recibí en Santiago el siguiente telegrama: 
<- Elena ha muerto, avisa a familia. Voi con cadáver en el espreso 
de mañana. — Ricardo, 




Lñ TRILLñ 



(CUADROS DEL CAMPO) 



LA AGRICULTURA nunca está tan decaída ni tan en ruinas como 
se asegura por ahí, en la prensa y en los clubs. Y la razón es 
que los agricultores son quejumbrosos de suyo y nunca con- 
fiesan el cincuenta por ciento de sus ganancias. — ¿Cómo está 
la cosecha este año? se les pregunta. — Regular, contestan en 
el mejor de los casos. — ¿Y la viña? — Helada enteramente. — ¿Y las 
chacras? — Mui atrasadas: no darán los gastos. 

Con esto y el deseo de teñimos el horizonte, varias personas de 
buena voluntad dicen por ahí que la agricultura es un cadáver in- 
sepulto, que el salitre se acaba el día menos pensado, que las 
minas no son nuestro porvenir, y que Chile va a amanecer de 
un momento a otro sin mas esperanzas que el trigo y los ga- 
nados. 

Conviene, pues, para el caso en que lleguemos a ser un pueblo 
agrícola, que nos habituemos a mirar algo mas que el mar y sus 
accesorios, y volvamos la vista a uno de esos pedazos de llanura 
verd^^surcadas de alamedas y encerradas en cerros llenos de cha- 
guales y espinos. 



54 

El trabajo comercial es árido como una operación aritmética: un 
telefouazo, una contestación, una suma, y está todo terminado, sin 
dejar otro rastro que el pago de la comisión. 

Pero el trabajo del campo tiene tanto color como la paleta re- 
vuelta y enmarañada de un artista. El cielo se abre terso y limpio 
como una concha de raso azul; por el oriente se estíende la gran 
muralla que nos ha dado Dios, por el occidente el mar, y en este 
inmenso teatro en que funciona el sol dejando caer con regularidad 
desesperante sus rayos de fuego, el agua estendiendo su riego y 
reverdeciendo los campos, y la tierra fructificando con la potente 
fecundidad de madre, se ajita todo el mundo agrícola, vivo y 
risueño. 

Han llegado los últimos días de enero, )' se está haciendo la en- 
cierra con inusitado vigor y actividad. Ya no hai siesta! Las enor- 
mes carretas cargadas hasta el tope de espigas doradas, van bam- 
boleantes por los caminos, con el eterno chirrido de sus ruedas, 
reproduciendo en forma rústica y desbordante el mejor cuerno de 
la abundancia de nuestros campos. 

La llanura sembrada se ajita por el viento en olas de espigas, 
que dan reflejos de oro. A lo lejos asoman sus cabezas en el trigo 
los segadores inclinados sobre la tierra moviendo incesantemente 
la hechona, y mas lejos se estienden los cerros de la cordillera, que 
por mas que se empinan no alcanzan a ver el mar. 

La encierra ha terminado y va a comenzar la trilla, lo que se 
nota en el ambiente, que está mas perfumado; en la brisa, que trae 
punteos sueltos de guitarras y lejanas voces de cantoras que ensa- 
yan la garganta. 

Las máquinas Ramson que turbaron un dia con su largo silbato 
el silencio de los campos, hicieron huir con alborotado y frenético 
galope a las yeguas que hacian la trilla bajo los cascos de sus pa- 
tas. La trilla se apagó, se descoloró, se fué en el medio de un esca- 
pe de vapor, como la última esencia de una vieja y poética vida de 
algazara campestre. 

Las máquinas son prosaicas de suyo, porque hacen el eterno 
cuadro del trabajo moderno con una chimenea que arroja humo 
y un volante que jira con ciclópea velocidadad. Esos émbolos 



55 

han espulsado, de entorno suyo, el color, la vida animal, el viento 
y el aroma. 

Vamos, pues, a tm rincón donde las yeguas hayan parado su 
galope y encontrado asilo contra la invasión de las Ramson. 

Ha amanecido el dia de la trilla; un dia de febrero, claro, lumi- 
noso, lleno de sol, abierto hacia todos lados. La era es un acina- 
miento de aristas doradas, que parece concentrar y atraer sobre sí 
toda la luz y todo el sol del valle. 

Por las alamedas avanza las carretas, cargadas con todos los me- 
nesteres, incluso * las niñas, que van afinando ya las guitarras y 
tamboreando sobre sus sonoras cajas. 

De todos lados vienen jinetes, con. sus espuelas de grandes ro- 
dajas, que suenan como cascabeles de plata, y la manta domingue- 
ra doblada al hombro con chic sin igual. 

Kn la ramada se van juntando, saludándose, echando cálculos 
sobre lo que rendiré la cuadra, ponderando sus caballos y esperan- 
do que lleguen las niñas a alegrarlo todo con sus ojillos de gatas 
enamoradas, y la voz plañidera y melosa con que cantarán: 



¡Tan chiquitita y con luto, 
Dime quien se te murió, 
Que si se ha muerto tu amante, 
No llores que aquí cstoi yo! 



Por fin, a lo lejos, por la puerta de trancas del potrero, aparece 
una polvareda: jSon ellas! No nos referimos a las niñas, sino a 
las yeguas. 

Su marcha remece el suelo alfalfado y endurecido por el sol, y 
se van acercando como una avalancha, sueltas al viento las crines, 
la cabeza balanceándose con coqueta alegría y el braceado galope 
mostrando la buena sangre de la yeguada. 

Los jinetes se separan de la entrada, parten al galope, revuelven 
sus caballos, y abren por fín calle a la enorme cuadrilla que relin- 
cha, se encabrita, levanta las orejas, se detiene ante la abertura de 
la quincha, y se lanza después silenciosamente sobre el trigo que 
forma un muelle colchón a la yeguada. 

8 



57 

El galope se cambia dentro, primero en trote y después en paso; 
y no se sienten ya los pasos sino el crujido de la espiga envuelta y 
desmenuzada bajo los cascos de las yeguas. 

I^os jinetes se ofrecen la preferencia, para correr; por fia se lan- 
zan dos y comienza la trilla, la alégala y la ñesta del campo. 

Las yeguas van al galope, saltando casi y enterrándose en el 
grueso colchón de espigas. Es un círculo vertijinoso, que da vuel- 
tas, que se emborracha con sol, con luz, con fuego, con el polvo 
que se levanta por el aire y cae jugueteando con millares de paji- 
tas que parecen plumilla de oro calda del cielo. 

Mas tarde las yeguas no se ven entre el remolino de la paja que 
levanta el viento y el polvo dorado que envuelve la cara; y los ji- 
netes siguen sucediéndose de dos en dos alternando sus clamores, 
con risueño y variado estribillo. 

Mas tarde aun, humea la cazuela a la sombra de los árboles, co- 
rre chacolí superior, suena el punteo de la guitarra, sale a cancha 
una pareja, y hai ojos que centellean, sangre que bulle, cuerdas que 
se destuercen y enredan, tamboreo que despierta un viejo cúmulo 
de recuerdos, y canto, canto alegre, vibrante, que va rodando por 
las alamedas y llega al faldeo del cerro, y vuelve en ondas sonoras 
despedidas por el eco. 

Y bajo ese cielo azul, que es el nuestro, ante esas montañas tes- 
tigos de toda nuestra vida de pueblo, con ese canto que es también 
nuestro, la sangre chilena hierve, como hierve dentro de la holla 
de greda la cazuela espum(»sa y picante. 

En una trilla bailaba un huaso joven y alegre, con la mano en la 
cadera, y los ojos tiernos fijos en los jiros endemoniados de su en- 
demoniada compañera de baile. Eso era cueca! Qué lijereza de pié, 
qué ctilebrear de cuerpo, qué hacer de lindezas desde la cadera para 
arriba, y de dibujos para abajo! El chacolí corria, y ese huaso era 
ya un instrumento sonoro, porque de sus labios sallan chistes a 
borbotones, de su garganta tonadas armoniosas y tristes, y de sus 
ojos un volcan de pasión. 

Cuando todos se agrupan para verlo, y oirlo, para no perderle 
una silaba, parecía que estaba allí todo el pueblo de Chile encarna- 
do en ese rotito de ojos negros. 



De repente, le brillaron los ojos; el chacolí, el canto, el amor, el 
sol, la luz, los ojos de las mujeres, el olor a la madre tierra exu- 
berante y rica de verdura, habian embriagado a ese reicito del 
campo. 

Saltó a su caballo, montó en él, apretó las espuelas y se lanzó al 
galope. 

¿Donde iba? Todos se levantaron y lo vieron desaparecer por 
una alameda a todo el escape loco de su caballo tordillo. Después 
se siguió sintiendo el ruido del galope en la calma del campo, y 
después hubo silencio. 

Los que siguieron detras para alcanzarle lo encontraron deshe- 
cho contra la primera valla de piedra del cerro. 

¿Porqué se habia lanzado ese hombre en esa carrera loca, verti- 
jinosa, suprema? 

¡Ah! Habia algo estraño en ese suicidio, en el suicidio gran- 
dioso de ese muchacho producto vírjen del suelo chileno, que tenia 
corazón grande, alma impetuosa, cabeza despierta y pasiones 
hondas. 

Y esa carrera suprema, brutal, loca, ¿no tiene una nota del himno 
de nuestras batallas, del grito de nuestras cargas a la bayoneta, y 
del viva de nuestros triunfos? • 

Chile está en las batallas; pero está también en los grandes dias 
del campo. 

En las ciudades a donde llegan los buques de Europa trayendo 
en las plegaduras de sus velas el molde universal y cosmopolita de 
la moda, va desapareciendo ese Chile criollo que aun no ha encon- 
trado su cantor. 



3C ar 



UHñ eiSURn DE ñHTñno 



Don Pedro de Castro 



No sabemos si en efecto eran mas simpáticos los padres de 
nuestros abuelos, o es que los vemos así al través de los re- 
cuerdos de familia y en las viejas telas con marcos dorados 
de las casas de Santiago. 

Pero debemos reconocer por lo menos, que hace sesenta años 
se encontraba todavía la sangre andaluza en toda su fuerza. Mas 
tarde, han dado en decir que somos los ingleses de Sud -América, 
lo que significa que se ha borrado yo. la influencia de esa simpática 
y noble sangre de holgazanes de buen humor. 

Hoi por hoi nos entregamos a los sajones, con lo que aun per- 
deremos el último resto de esa sangre, hasta que en época no re- 
mota, nadie recuerde que fué español Pedro de Valdivia. 

Pero en fin, a lo hecho pecho. La siesta ha pasado a la historia; 
las animadas charlas jugando brisca, carga burro y lotería al calor 
del brasero, son sólo un recuerdo borroso; el té ha espulsado de 
todos Jos reductos al mate colonial: hoi no se chupa la bombilla, 
se chupa el presupuesto. 
Sin embargo, a pesar de las positivas comodidades que nos da la 



6o 

vida moderna, se siente cierto agrado en detenerse a mirar esos re- 
tratos de los caballeros antiguos con su bigote afeitado, el cuello 
abierto y la triple vuelta del enorme corbatín negro. 

No hace muchos dias mirábamos uno. Rostro ovalado, ojos vi- 
vos, que parecían guardar ciertos picarones destellos de los veinte 
años, boca grande, que debió lanzar estruendosas carcajadas en las 
noches de lluvia al llamar en la lotería «los anteojos de pilatos» al 
8, «los dos patos» al 22, «la edad de Cristo» al 33, «para arriba y 
para abajo» al 69, que también sin respeto ninguno hacia las seño- 
ras se llamaba «vomitivo y purgante». En fin, era un simpático 
viejo el del retrato, uno de esos viejos a los cuales da ganas de de- 
cirles golpeándoles familiarmente la calva: «iAh,tuhantuelo, cuán- 
to te habrás divertido!» 

—¿Sabe usted quién es? nos preguntó repentinamente la dueña 
de casa. 

— Nó, señora. 

— jEste es don Pedro Castro! 

Se cumplía uno de nuestros sueños dorados: conocer lo efijie 
del hombre mas ebustcro que ha nacido bajo el suelo de Chüe; 
pero del embustero mas liviano de sangre y mas simpático. 

Recordamos en un instante cuentos y anécdotas que bajo su 
nombre corrieron por estas tierras, como una fresca ventolera 
de huerto haciendo reir a las muchachas de entonces, que hoi son 
abuelas nuestras. 

Contaba don Pedro Castro que en cierta ocasión lo perseguían 
unos bandidos, con verdadero ensañamiento. El corria a pié, sal- 
tando cercas, murallas, acequias y los bandidos detras, sin aflojar 
un punto. Llegó un momento supremo en que don Pedro Castro 
se detuvo espantado al borde de una quebrada. Un chorro de agua 
caia al abismo y se perdia en la oscuridad. Allí no era posible sal- 
tar, menos aun retroceder, y entre tanto los bandoleros avanzaban 
hasta alcanzarlo. 

— Ene^e momento decia— dando con el jesto, con la voz y con la 
acción, enorme interés a su aventura — en ese momento tuve una 
inspiración. Me santigüé y me bajé rápidamente por el chorro 
hasta poner los pies en el fondo de la quebrada. . . 



6i 

— ¡Bah! — interrumpe alguien — pero también bajaron por el cho- 
rro los bandoleros. 

— ¡Nó, señor! ¡Qué hablan de bajar! No seria yo quien sol» ni me 
llamaría Pedro Castro, para servir a ustedes por muchos años! 
Junto con llegar al sudo de la quebrada, saqué mi cuchillo y corté 
el chorro de un golpe, 

Pero ninguna anécdota de don Pedro Castro se ha guardado con 
mas respeto que la fuga de su loro, que él contaba con colores vi- 
vísimos. 

— Lo idolatraba — dccia a sus amigos — era un loro que parecía 
una persona. Cuando me acercaba a la jaula me saludaba con una 
venia elegante, y al tocar la oración se santiguaba con una patita, 
Tenia ademas una memoria sorprendente, porque llegó a apren- 
der él Ave María y la rezaba de un tirón sin equivocante jamas. Un 
dia el loro se me escapó dejando mojada la jaula con sus lágrimas. 
Seguramente habla sido la suya una tiemísima despedida. 

Pasaron los dias. Era una tarde de enero, luminosa, clara dor- 
mida. Don Pedro Castro estaba sentado en el corredor de su casa 
contemplando el paisaje de campo que se estendia delante de él 
cuando sintió un estraño rumor que venia creciendo gradualmente 
por los aires. Puso el oido alerta; aquello debía ser sobre natural, se 
escuchaba en el aire un rosario coreado: una voz alta, una voz de 
soprano llevaba el coro, y cien, mil voces, respondían al unísono. 

Don Pedro Castro saltó de su asiento, corrió al medio del patio, 
y fijó sus ojos en el azulado espacio. Pero, ¡oh sorpresa! una enor- 
me bandada de loros avanzaba en caprichosa formación. Al frente 
de todos reconoció a su loro, a su querido loro, que decia con voz 
robusta y clara: «Dios te salve, Maria», etc. . . y el coro respondía 
inmediatamente... «Santa Maria, madre de Dios, ruega por noso- 
tros pecadores» ... 

El loro ingrato suspendió de punto su aéreo rosario y mirando 
hacia la tierra esclamó con voz entrecortada: 

—¡Adiós don Pedro Castro, adiós! 

Y la bandada se alejó por los aires, haciendo sentir sobre los 
campos esa estraña plegaria. 

¿De dónde habla sacado don Pedro Castro estas colosales pero 
hermosas mentiras? ¿Dónde habla soñado ese rosario enseñado 



62 

pacientemente por su loro y rezado al través de las cañadas y po- 
treros de Aconcagua? 

Otra vez llegaba don Pedro Castro a su fundo, donde estaba su 
familia alarmada por la tardanza. Iba de Santiago escoltando una 
partida de muías. Para esplicar su demora, debida no sabemos a 
qué aventuras, se vio obligado a zurcir una historia. 

Habían hecho alto al llegar a Curacaví, en un zapallar, donde 
soltaron las muías y se tendieron los arrieros a dormir. Al amane- 
cer las muías habian desaparecido, y la consternación de todos fué 
enorme. 

Sin embargo, se sentía apagado el ruido de la campanilla de la 
madrina^ lo que quería decir que no estaban muí lejos. 

«Dos horas llevamos — decía el poda de esos tiempos — de dar 
vueltas en busca de las muías, cuando de repente casi me fui de 
espaldas por la sorpresa. Un zapallo enorme había a mi lado, y de 
adentro salía el rumor de la campanilla y los pasos de las muías. « 
Era, un zapallo hueco, dentro del cual se habian metido las muías 
buscando qué comer.» 

No sabemos si desde entonces data llamar zapaiios 2i\zs mentiras 
4emasiado grandes, a esas que no caben bajo el modesto califica- 
tivo áQ papas, 

Don Pedro Castro mintió hasta la última hora de su vída^ «Dejo 
a mis hijos doscientas mil ovejas^, decía en una de las cláusulas 
testamentarias. 

Y en el instante de lanzar su último suspiro, dijo al relijioso que 
lo asistía: 

— iQué chasco se van a llevar mis herederos! 



« K K 



BUSCñnDO UH ñOmBRE 



6 DE OCTUBRE 



EL ANH^^RSARio de la toma del «Huáscar» nos haceiecordar 
siempre la figura pálida, enfermiza y silenciosa, que recorría 
las calles de Santiago hasta hace pocos años, huyendo del bu- 
llicio de la política y del vaivén de los negocios de estado y 
contentándose con vivir de los recuerdos y de las esperanzas. 
Llevaba siempre la gorra de marino y un levita negro sencillísimo, 
ajustado a su cuerpo ríjido. 

Apoyado en un bastón, con fisonomía severa e impasible, era ese 
un espíritu de hierro dentro del mas frájil vaso que puede sumi- 
nistrar la naturaleza, un hombre en que el alma era grande y mez- 
quino el cuerpo, vigoroso el cerebro y raquítica su envoltura. 

Si uno admira a veces que sirva la tierra para imprimir en ella 
el sello jenial de un artista, dejando fresca la huella del dedo que la 
amolda, y haciendo volar sobre sus contomos groseros la vida del 
arte; era de admirar que las enerjias y el carácter del contralmirante 
Riveros, estuvieran aposentados en una naturaleza de apariencia 



64 

tan débil y tan frájil, en un cuerpo que parecía poder arrastrar una 
racha violenta y atropellar la carrera de un muchacho. 

En el año 1879; la figura del valeroso don Juan Williams Rebo- 
lledo Juzgada ya por la historia, se iba velando tras la humareda 
inútil de muchos desgraciados planes de combates. No siempre es 
el valor, el secreto de los grandes éxitos. La opinión, que tenia 
en él fíjas sus miradas y puestas sus esperanzas, comenzaba a des- 
alentarse, viendo retardarse de dia en día ese sueño dorado en que 
estribaba su ambición mas justa: la toma del «Huáscar». 

Entre tanto, el que hoi dia es un viejo recuerdo de glorias pasa- 
das, un verdadero altar al que lleva ofrendas el alma chilena, cons- 
tituía entonces una siniestra amenaza para nuestras costas. A las 
luces indecisas de los crepúsculos se vela pasar, recostado sobre el 
horizonte como una ave jigantesca, ese buque en que iba un héroe 
peruano, y el charco aun fresco de la sangre de un héroe chileno. 

El Gobierno creyó que habla llegado el momento de pensar en 
el sucesor de Williams Rebolledo. Pero. . . ¿existia ese sucesor? 
¿Podría alarmarse a la conciencia pública, nerviosa y suspicaz, pen- 
diente hora tras hora del telégrafo, con verdaderos espasmos de 
ansiedad, de alegría o de dolor, y que habría recibido un golpe de 
muerte con cualquiera vacilación? 

Resolvió el Presidente de la República llamar a su lado al inten- 
dente de Valparaíso, don Eulojlo Altamlrano, cuya serena persona- 
lidad política era ya desde entonces consultorio obligado en los 
momentos difíciles y cooperación deseadísima en las situaciones 
vacilantes. 

Se trataba de sondear en Valparaíso con suma cautela, con refi- 
nada diplomacia, a los marinos influyentes, sobre la persona que a 
juicio de ellos podría suceder a don Juan Williams en el caso des- 
graciado de que llegara a faltar. Era menester efectuar esta opera- 
ción, con mas tino que el sondaje que se hace en las entrañas de 
un enfermo; una precipitación, un olvido, una indiscreción cual- 
quiera podría hacer fracasar este paso prdimimar que se habla atre- 
vido a ensayar el Gobierno. 

Por esta razón nadie podía ser mas a propósito que don Bulojlo 
Altamlrano, para arrancar del fondo del alma el oculto pensamiento 
y la opinión sincera, a hombres naturalmente espuestos a los rece- 



65 

los, a las suspicacias y a las naturales envidias propias de todo 
gremio o profesión, por nobles que sean. Habituado a ensayar, en 
él laboratorio de la política, injeniosas aleaciones que resistieran a 
la acción de los ácidos opositores; sereno conductor de los gabi- 
netes al través de pasos nuevos y de emboscadas difíciles; hombre 
de reflexiva discreción, de sagacidad contenida, de frialdad espon- 
tánea; pudo fácilmente el intendente de Valparaíso, captar ese se- 
creto, llave de un problema que parecía sin solución, y al que tenia 
el Gobierno vinculado en ese instante todo el porvenir de las ope- 
raciones navales. 

Tócale el tumo a un capitán de navio, cuyo nombre no estam- 
pamos aquí, por temor de equivocamos. El señor Altamirano 
trató el tema, el único tema del día: la toma del «Huáscar». Su 
interlocutor, habló naturalmente de nuestros buques; de la pereza 
o poca enexjia con que se llevaban las operaciones; de la fama que 
cualquier día podría alcanzar Williams con alguno de esos actos de 
arrojo que se le conocían; en fin, de todo aquello que mas o menos 
se relacionaba con las preocupaciones de esos instantes de an- 
siedad. 

El intendente dejaba que aquellos pensamientos se encaminaran 
a su fín, empujándolos a ratos y dejándolos otros que tomaran su 
inclinación natural. Por ñn echó a fondo su estocada de esgrimista 
político. 

— Yo espero mucho de Williams — dijo despreocupadamente el 
señor Altamirano — creo que podrá colmar las esperanzas déla opi- 
nión. Por esta razón me aflije la idea de que el jefe de la escuadra 
pudiera caer herido en algún combate. Yo, francamente, no veo el 
sucesor. 

El marino inclinó la cabeza y franció el ceño para meditar. Era 
mdudable que solo en ese momento se le ocurría pensar que Wi- 
lliams era de carne y hueso, y que por consiguiente cualquier día 
podría sucumbir en d puente de la nave. 

— ¿Sucesor? Es verdad; yo tampoco lo veo. . . 

El intendente levantó alarmado la cabeza, y se quedó oyendo con 
toda el alma esa conñdencia que llevaba visos de ser sincera. 

— . . no lo veo. Porque, si yo pensara en. . . ¡pero no! Quien sabe 
si ese podría ser. . . aunque la verdad es que talvez no sirva. 



66 

Se veia claro que por allí, al rededor de esa cabeza, volaba un 
nombre, con esa incómoda persecución déla mosca que se espanta 
y vuelve con fastidiosa insistencia a posarse en la frente. El señor 
Altamirano hacia esfuerzos mentales porque su interlocutor lar> 
gara el nombre, que pugnaba por salir a sus labios, como el agua 
que burbujea y suena en la boca de la llave, momentos antes de 
que^e la abra para que suelte el chorro. Quizás violentando algo 
su reserva, el intendente se atrevió a decir 

— Pensaba usted en. . .? 

— No se estrañe usted, señor intendente; pensaba yo en Galvari- 
no Riveros. 

El señor Altamirano se enderezó aun mas que de costumbre, 
miró fijamente al marino para ver si allí no habia una burla y dijo 
serenamente: 

— ¡Riveros! Creí que estaba enfermo. Lo he visto tan mal, tan 
pálido, tan triste. . . 

— Es cierto; pero no hai otro. 

Y así, tan decisivamente terminó aquella conferencia, en cuyo 
molde se pueden vaciar las que se siguieron. Don Eulojio Altami 
rano se hizo esa semana el encontradizo con todos los marinos de 
cierta notoriedad que estaban en Valparaíso, y con todos tocó el 
mismo punto. 

Probablemente, en aquella ocasión se consultó también a cierto 
capitán de navio que ambicionaba el comando de un buque y que 
muerto de ganas de conseguirlo, le dijo un dia a don Rafael Soto- 
mayor, Ministro de la Guerra: 

— ¿Sabe usted lo que anda diciendo el pueblo? Que piensan 
nombrarme a mí comandante del Cochrane. . . 

Y el señor Sotamayor le dijo riéndose, y con un acento suma- 
mente sarcástico: 

— No le crea al pueblo, comandante. . . ¡no le crea! 

Grande fué el asombro del señor Altamirano, cuando aquellos 
sondeos termmaban siempre con el mismo nombre de ese enfermo, 
cuya amarillenta faz estaba mui lejos de delatar al próximo coman- 
dante de la escuadra. 

Eso lo ignoraba el mismo intendente y se hacia cruces, y para 
consigo mismo se preguntaba si tal pensamiento podia ser sincero; 



67 

pero, tenia que arribar a la conclusión de que todos aquellos mari- 
nos habían llegado espontáneamente, al nombre del capitán de 
navio que por inválido estaba ocupando una plaza de oficinista en 
la comandancia de marina. 

Le trasmitió al Gobierno el resultado verdaderamente sorpresivo 
de su investigación, y si don Aníbal Pinto no sufrió un síncope al 
leer el nombre de Riveros, fué porque en aquellas ocasiones esta- 
ban demás los síncopes. 

Fué el mismo intendente de Valparaíso el encargado de entregar 
a don Galvarino Riveros los pliegos cerrados para una comisión al 
norte. Es indudable que el señor Altamirano debia sentirse fuerte- 
mente exitado por las emociones de ese encargo. Conocía al hom- 
bre enfermo, pálido, seco, impasible, que andaba con dificul- 
tad, que se ayudaba de un bastón, que sufria una dolencia cró- 
nica y molesta; y en quien por el mas admirable procedimiento 
hablan recaído todas las opiniones de los marinos, después de 
vacilar éstos, de pensar, titubear, ponerse la mano sobre la frente 
y clavar los ojos en el techo. 

Era de mañana. La bahía de Valparaíso, mas desierta entonces, 
muchísimo mas desierta que hoi, dejaba ver las aguas verdes y 
tranquilas con el reflejo de los cascos negros de los buques y los 
puntos blancos de las chalupas que iban y venían. El sol reverbe- 
ando en ese cristal profundamente verde, hacia mas intensa la 
mancha oscura de cada barco, que se veía duplicado sobre el agua 
Inmóvil y pintaba con su pincel inimitable la mas hermosa acua- 
rela que se hubiera podido concebir. 

El señor Altamirano se dirijíó a la comandancia de marina, don- 
de encontró ya en su puesto de oficinista a don Galvarino Riveros, 
inclinado sobre los papeles de esa ya engorrosa tramitación de de- 
cretos y planillas. 

Debió detenerse un instante para ver el rostro enfermiso, lá mi- 
rada triste, el desfallecimiento aparente de ese hombre al que iban 
a confiarse destinos muí valiosos. Pero, sin tiempo que perder, se 
acercó a saludarlo, interrogándole por su salud. La respuesta fué 
la de siempre: — «Lo mismo». El intendente le dirijió esta súbita 
pregunta: 

— ¿Y cómo estarían los ánimos para embarcarse? 



68 

Algo pasó por allí inesplicable: un relámpago iluminó los ojos 
de ese hombre, que centellearon con un fulgor de vida; el rostro 
inerte se animó con una espresion de fiereza, que difícilmente 
se hubiera podido olvidar; la pluma se cayó de la mano, crispada 
por la emoción, y los labios se movieron durante un rato para decir 
todo lo que del pecho quería salir. 

— Señor intendente— dijo, por fin, Riveros — cada mañana, cuan- 
do apoyado en este bastón me vengo a la oficina, traigo inclinada 
la cabeza de vergüenza y de pena. . . Mientras yo me arrastro por 
la calle y vengo a enclavarme como un remero a este asiento, mis 
compañeros se baten por la patría y caen como unos leones en la 
cubierta de nuestros buques. — ¿Si estoi dispuesto a embarcarme? 
¡Ah, señor intendente! Vería colmada la única ambición de mi 
vida...! 

£1 señor Altamirano debió sentirse sobrecojido ante la esplosion 
de fuego surjida de esa mirada opaca, que volvió lentamente a apa- 
garse en el rostro frío y pálido de Riveros. Se llevó la mano al 
bolsillo y alargó al marino los pliegos cerrados, diciéndole: 

— Usted se embarca mañana mismo. 

Allí no hubo mas palabras. El alma de Prat estaba presente, 
cerniéndose sobre ellos con alas invisibles; pero Galvarino Riveros 
sintió deseos de doblar la rodilla y dar gracias al cielo. . 

ttí Mí Mí 

Inútil sería repetir, como todos los años, la narración del com- 
bate de Angamos, en que cayó, después de un inj enloso plan de 
operaciones, el monitor c Huáscar». Cúmplenos recordar en estos 
momentos la estinguida figura del contralmirante Riveros, que lo 
llevó a cabo, y enviar nuestro saludo respetuoso al contralmirante 
Latorre, que lo secundó con denodada valentía. 

A la distancia de pocos años, las líneas de las figuras de la gue- 
rra del Pacífico, que es la historia de ayer, van tomando la serena 
armonía del mármol, y se alargan inmensamente como si buscaran, 
para restablecer la proporción, un pedestal de piedra con una plan- 
cha de bronce. 



9f^ 9^ 9(^ 9$^ \^ 



Las sandillas y las sandias 



ORTOGRÁFICAMENTE considerada, la diferencia que existe entre 
ambas es insignificante: apenas dos e/rs, Pero consideradas 
socialmente hai entre las dos una distancia tan larga y un 
abismo tan profundo, que de nada serviría un puente con 
el largo del puente Bio-Bio y con la altura del viaducto 
del Malleco. 

Hermanas siameses y no obstante enemigas irreconciliables, se 
dan en una misma mata y a veces cuelgan de un mismo pezón, y 
sin embargo, por el solo hecho de que la coja a una la mano blan- 
ca de una señora, y otra, la tosca mano de un peón, agrega esta 
última dos eles a su nombre y reniega de la familia y de la cuna 
común. 

Desde entonces siguen opuestos caminos y la diferencia se hace 
cada vez mas profunda. Recibida la prímera sobre un plato, es di- 
vidida en cuatro o cinco o seis partes, cortada en trozos por un 
limpísimo cuchillo, y clavados éstos uno por uno con el tenedor. 
La otra no tiene mas plato que su propia cascara, solo se parte en 
dos trozos iguales, (que lo demás es profanarla), y queda clavado 
en una mitad el tenedor y en el otro el cuchillo. La cascara de la 



70 

sandia queda con una superficie rosada, que admitiria una segunda 
rebusca como en las minas aun no broceadas; la de la sandiUa que- 
da delgadísima, verde como la esperanza y buena solo para los ho- 
cicos de los cerdos que las adivinan al través de barro y las devo- 
ran con fruición imponderable. 

La sandia es recibida con fñaldad, llega a la mesa donde la sed 
no se siente y donde el estómago exije algo mas suculento, cae 
casi siempre mal, necesitándose la ayuda poderosa del bicarbonato 
o de la magnesia ñuida; en cambio la sandilla sale en los dias de sol 
como el arco iris después de una tormenta, como una bandera de 
tregua en las quemantes trincheras de un asedio. 

Formidable baluarte donde no llega el sol, la sandilla se abre 
como la llave de un roció y en la esponjosa carne que cruje al paso 
del cuchillo, lleva agua para la garganta, y engañoso volumen para 
el estómago necesitado. Y si éste reconociendo el engaño vuelve a 
pedir mas tarde, queda la otra mitad para volver a repetir la broma 
y mantenerlo tranquilo por muchas horas. 

Dejemos, pues, a la renegada sandia que busca las blancas manos 
y se entrega solo a los cuchillos con mango de marfil o de plaqué; 
dejémosla que abandone la pobreza de su cuna y vaya a correr mil 
peligros por recibir incienso de cortesana y rodearse de sedas no 
bien merecidas; dejémosla despreciada y deshecha sobre los hela- 
dos platos con recortes dorados, mientras su hermana, fiel al ho- 
gar y humilde a la suerte, es consuelo y paño de lágrimas, refrije- 
rio del que trabaja y "tente en pié" del que sufre hambres. 

Cuando Dios espulsó a nuestros primeros padres del Paraiso^ 
éstos no tuvieron necesidad de sacar equipaje porque la única ropa 
que tenian y que eran las hojas de parra, las llevaban puestas. El 
Creador dijo entonces a Adán. — Oye, mal hombre; para que no te 
vayas con las manos vacias, llévate ese par de sandias que hai col- 
gando en esamata. Y salió Adán con las dos sandias bajo el brazo, 
nada contento con la carga. A poco andar, nuestro primer padre, 
que no conocía todavía el sistema Sandow, se sintió cansado y 
disparó las sandias sobre unos guijarros dd camino. Al caer se 
destrozaron y algunas gotas frescas salpicaron los quemantes ros- 
tros de los dos espulsados. Entonces Adán bendijo al Creador y 
cediendo su parte a Eva, apenas perdonó las cascaras ylas pepitas 



71 

negras como azabache — Sembrémolas aquí — dijo después — porque 
habrá muchos otros que sientan sed. 

Desde entonces ella ha sido compañera fiel de los que trabajan y 
sienten sed. Vicuña Mackenna recuerda haber visto en la revolu- 
ción del 20 de abril del 51 que los soldados del Valdivia, secas las 
gargantas, bañadas de sudor las frentes, partían sobre sus rodillas 
sin detenerse, las sandias que les tiraban desde una carreta en 
que habia alguien compadecido de esas víctimas que iban a la 
muerte. 

Si en la guerra del Perú hubieran seguido a nuestro ejército las 
sandias chilenas, mas de una batalla habría comenzado a cascara- 
zos. Por lo demás, es el mismo golpe de cuchillo el que da el roto 
para dividir en dos una sandia, que el que necesita para vaciarle el 
abdomen a un enemigo. 

Alimento nacional como el poroto, cae bien a toda hora. Al ama- 
necer antes de ir al trabajo, se come la sandia para preparar el es- 
tómago al almuerzo y hace las veces de un «bitter batido». Al me- 
dio dia se come la sandia para que llene y así engañado el estóma- 
go, se entornan los ojos a la sombra de un árbol y se duerme la 
siesta. A la tarde la sandia sirve para la sed y se bebe hasta la úl- 
tima gotita de caldo. En la noche, si no hai plata para encender el 
fuego y comer algo caliente, la sandia hace olvidar la escasez y 
mantiene la concordia en el hogar. Y allá, cuando pasa la media 
noche y se acerca la madrugada y es dia domingo o lunes, la san- 
dia metida debajo el catre sirve para apagar la «bola de fuego» y 
calmar la quemante y rabiosa sed del aguardiente malo. 

Remedio para la irterisia^ infalible antídoto contra la tis, receta 
incomparable contra ^\ pasmo, recomendado calmante para las pe- 
nas dd amor podrán faltar en Chile los Andes, desaparecer las 
varas para topear, estinguirse la chicha en los barriles todos y 
apagarse el sol, secarse las alamedas y arder los ranchos; pero no 
podrán faltar los sandiales donde bajo la sombría ramada golpea 
el chacarero sandia por sandia y las clasifica en de a cinco, a diez 
y a veinte. 

Un potrillo de chicha nueva es un himno triunfal, una carcajada 
líquida, un alcohol de gloría, pero es también la perdición del que 
la bebe y sigue sus consqos. En cambióla dulce, la fresca, lablan- 



73 

dísima sandia ¿a quién hace mal? ¿qué crímenes ha causado? ¿qué 
sangre excita? 

Un huaso, un capataz de fundo grande, todo torcido a fuerza de 
topear, de acuchillarse, vivir sobre el caballo y caerse una vez en 
cada rodeo, y sin embargo, bueno como el pan, nos decia un día 
melancólicamente, mientras nos presentaba la mitad de una sandia 
con el cuchillo clavado en el medio: 

— «Buen dar, patrón, que ha salido mala este año la sandia . . No 
dá pa los gastos el sandial, contimás que hai que andar a escope- 
tazos con los lairones que saltan las pircas. Y este de sembrar y 
comer sandias, patroncito, es talmente como casarse. . . La señora 
y la sandia sescojen a ver siestán demasiado verdes o remaduras. 
La sandilla tiene la ventaja que se puede calar. En prencipiando, 
too es de durce, y después se va poniendo desabrió, desabrió, has- 
ta que no quea mas rimedio que tomarse er jugo de una sorbia; 3- 
el jugo, patroncito, son los ríales de la inora, si toca con argo. 
que si no, no hai mas que tirar la cascara y resinarse». 

¿Alientos que no exaian ambrosív? Sí, señor; así lo dijo don José 
Joaquín de Mora; pero como no se trata de ir a los salones sino 
a barretear a cielo raso, no vale la objeción y la sandia sigue 
triunfadora su camino. 

¿Quién no la ha visto descender de la carreta y saltar de mano 
en mano hasta el montón? 

Ha hecho la amiga de los pobres su entrada triunfal en Santia- 
go y es menester abrirle paso.. . . 

Trabajadores, soldados, mujeres, viejos, niños: ¿presenten,, a^- 
mas! 



^ ^ ^ 



EL COmBñTE DE IQUIQUE 



21 DE MAYO DE 1879 






TRBiNTA minutos después que la noticia oficial del combate de 
Iquique, recibía El Mercurio el siguiente telegrama: 
«Antofagasta, mayo 23. — ^Al editor de El Mercurio, — «La 
mar» llegó a Iquique. Combate de tres horas en este puerto, 
entre «Independencia», «Huáscar», «Covadonga» y «Esmeral- 
da», el 21. Resto de la escuadra chilena habia salido 16 rumbo Ca- 
llao. «Independencia» varada entre rocas y atacada rudamente por 
«Covadonga»^ «Esmeralda» atacada por «Huáscar». Continuaba 
combate. Se ignora resultado. «Huanay». «Valdivia», «Itata» y 
• Rimac» llegaron sin novedad. — El corresponsal». 

* * * 



Corria el mes de mayo, lleno de incertidumbres y temores. El 
alma chüena, estremecida con ansiedades sublimes, ponia atenta- 
mente el oido al telábalo, en cuyas trepidaciones creia sentir el 



74 

eco de ese drama de sangre desarrollado bajo el sol peruano y 
frente a frente de la metralla enemiga. 

El corazón tiene presentimientos de los seres queridos, y de su 
suerte. Algo flotaba en la atmósfera pálida y tibia de esa tarde de 
mayo. Todo los hogares, en que estaba vado el asiento del solda- 
do, se sentían secretamente asaltados de horribles ansias de nue- 
vas de la guerra. Si pasaba precipitadamente un coche, se corría a 
entreabrir el balcón para ver si en él iba algún mensaje. Si resona- 
ba alguna carrera sobre la vereda de asfalto, se acudia palpitando 
el corazón y latiendo las sienes, a ver si alguien de la casa llegaba 
con noticias. 

¡Quién sabe si era el viento que traia en sus pliegues olor de pól- 
vora y humo de batallas, clamor de arengas y burras de triunfo! 
¡Quién sabe si eran los prometidos, los hermanos, las esposas o las 
madres, que al encender una vela delante de la imájen piadosa, 
velan en el rostro de Maria el sello indefinible de tristeza y en sus 
ojos levantados al cielo, el brillo de una lágrima naciente! 

Quien sabe . . Pero cayó la noche, envolviendo a la ciudad con 
sus sombras y echando sobre ella una montaña pesadísima de in- 
certidumbres, de ansias secretas, de temores reprimidos y de duda 
pertinaz y sorda. 

Entretanto se habia librado ya en Iquique el mas sangriento de 
los combate, escribiendo con sangre y grabando con fuego la paji- 
na mas rudamente heroica de una larga campaña de heroísmos. 

* ♦ * 

Era la aurora del 21. La rada de Iquique dormia en esas som- 
bras vagas y confusas que preceden al albor primero del dia. Sobre 
las silenciosas y tranquilas aguas del mar, flotaban dos débiles y vie- 
jos buques de nuestra escuadra: la «Esmeralda», podrido cascaron de 
gloriosas astillas, y la «Covadonga», sagrada pero inútil presa, co- 
jida a España en lejendario combate 

Entretanto, a algunas millas de distancia avanzaban sijilosamen- 
te, sofocando el resuello de sus calderas y el latido de sus máqui- 
nas, dos monstruos del mar, dos formidables enemigos que eran 



espanto de nuestros mares y fantasmas veloces y temibles de nues- 
tras costas. 

En el mismo sentido volaban algunas aves mañnas, lanzando al 
aire graznidos agudos, toques de diana con que la naturaleza que- 
ría despertar a nuestros buques, agorera del sangriento drama que 
dos horas después iba a estallar como un loco torrente de fiereza y 
de %'alor. 

Fué surjiendo en el oriente, indefinida como una gaza amarilla, 
que subiera del mar, la 
claridad de una aurora 
tibia y perezosa de oto- 
ño. Las sombras se 
desgarraron como una 
veladura negra de cres- 
pones, y apareció allá, 
en el fondo de la rada. 
el puerto de Iquique, 
alhaja engastada en- 
tonces en la soberanía 
del Perú, y hoi riquí- 
sñno botín de guerra, 
cien veces pagado con 
la sangre chilena y el ' 

sacrificio de sus hijos. 

De repente el oficial de guardia, que transido de frió velaba en 
la cubierta de la «Covadonga», creyó ver en el horizonte un punto 
negro. Podrá ser una ilusión, un engaño de los ojos, cansados ya 
de interrogar constantemente el horizonte lejano. Un momento 
después, suijian precisos y netos, recortándose en el fundo azul 
del cielo, los humos negros de los blindados enemigos. 

Condell corre a comprobar con los anteojos la presencia cercana 
del terrible rival de los mares; y sin pérdida de tiempo, se hacen 
señas a la «Esmeralda» que está mas próxima a la costa, adviitién- 
dole qoe ha llegado una hora solemne y decisiva. 

* * * 



76 

Entretanto los humos crecen y crecen, acercándose con increíble 
velocidad. En pocos instantes se definen ya, concretos, claros, per- 
fectamente diseñados, los cascos negros del «Huáscar» y de la 
«^Independencia». 

Se acercaba la hora del combate. 

— ¿Ha almorzado la jente? — pregunta Prat 

— Sí — responde Condell, con el laconismo dd lenguaje de mar. 

—¡Siga mis aguas!. . . y endereza la «Esmeralda» la proa hacia el 
punto en que en ese instante se reconcentran todas las miradas. 

Los momentos eran supremos. Ya se di\nsaban los palos del 
monitor peruano, y las negras chimeneas de sus máquinas. A bor- 
do de la «Esmeralda» se toca reunión sobre cubierta; Prat avanza 
poniéndose los guantes blancos; y con la serenidad mas absoluta 
en su pálido rostro, con voz serena, robusta, sin vacilaciones ni 
temblor, les dice las memorables palabras de su arenga espartana: 

— «jMuchachosI 

La contienda es desigual. 

Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo: espero, 
pues, que no sea ésta la ocasión de hacerlo. 

Mientras yo esté vivo, esa bandera ñameará en su lugar, y os 
aseguro que si muero mis oficiales sabrán cumplir con su deber». 

Junto con acabar las palabras del héroe, y como para poner un 
sello a su juramento, una granada del «Huáscar» estalló como un 
trueno en un costado del buque. ¡Ya era la hora! 

— «¡Cada uno a su puesto!» — gritó Arturo Prat, y la tripulación, 
lanzando un hurra a Chile, que se sintió desde la playa y sonó co- 
mo un reto a los blindados peruanos, corrió a tomar el puesto dd 
combate al pié de los cañones, que pocos momentos después tro- 
naban con el ímpetu de una defensa desesperada. 

La «Independencia» se lanzó sobre la «Covadonga», en tanto 
que el «Huáscar» se acercaba a la «Esmeralda», quedando trabado 
el combate cuerpo a cuerpo y con una desigualdad abrumadora. 

* * -H 

Eran las lo de la mañana. El horizonte estallaba en una orjia 
esplendente de luz, porque era una luminosa mañana de fiesta, la 



77 

que debía contemplar el mas heroico combate que han visto los 
siglos. 

Comenzó un cañoneo terrible, desapiadado, sin cuartel. Trona- 
ban los cañones del monitor, echando llamas los de la «Esmeral- 
da», vomitaban fuego y humo los de tierra. Aquello era una tor- 
menta de plomo y de sangre, en que el tufo de la pólvora y del 
incendio, ahogaba la respiración y nublaba la vista. 

Al querer virar nuestra nave, para descargar un costado sobre el 
monitor, se rompieron sus calderos. No de otra manera din válido 
de antiguas campañas, siente al querer saltar del lecho, que se le 
dislocan los huesos recien soldados y se le abren las heridas recien 
cerradas. Aquello tenia que ser desesperado, a muerte, sin cuar- 
tel 

La «Covadonga» escapaba en esos mismos instantes, haciendo 
nutrido fuego a la «Independencia», que triplicando su andar que- 
na alcanzarla con el espolón de acero. 

Quedaba sola la vieja barca, nido de paladines y volcan de cora- 
je y rabia. Arriba, en lo mas alto, notaba al viento el tricolor glo- 
rioso, ostentando a la luz el color rojo, símbolo del sacrificio y 
mortaja de los héroes. Y abajo, ardia el incendio, saltaba lá metra- 
lla, corría la sangre y rujian las voces de aliento, de arenga y de 
mando. 

De repente el «Huáscar» se lanzó a toda máquina sobre la «Es- 
meralda». Era menester que terminara aquel drama de fuego. 
Nuestra nave no podía moverse, y soportó serena la horrible em- 
bestida, crujiendo la vieja madera al paso del espolón, descargán- 
dose los cañones, boca a boca y lanzándose las granadas pecho a 
pecho. 

El capitán Prat, que se encontraba en la toldilla, grita con voz 
de trueno, levantando en una mano el revólver y destacándose en- 
tre el humo como una visión de gloria: 
— «¡Al abordaje muchachos!» 

El sarjento Aldea, que oye su voz, se lanza esgrimiendo su ha- 
cha, y los dos van a caer heridos de muerte al pié de la torre del 
monitor. 
Arturo Prat recibe un balazo medio a medio de la frente. A los 



héroes, como a los tigres, hay que pegarles o en el corazón o en Ift 
cabeza. 



En ese instante el combate se hizo honible. Las granadas del 
• Huáscar», estallando sobre la cubierta de la *Esmeralda>, la sem- 
braban de cadáveres. La sangre resbalaba hacia el mar por todos 
lados. Los brazos, las piernas, las cabezas destrozadas, disemina- 
ban sobre los palos, los cañones, las chimeneas y los cordeles, cua- 
jarones rojos que brillaban al sol como brazas de fuego. 



Uribe salta a la toldilla y toma el 
corta, precisa, rápida: .¡redoblar 
el fuego!- Es un absurdo sublime 
esa orden desesperada del nueto 
capitán, porque los cañones es- 
tán caldeados y las gra- 
nadas estallan antes de 
salir. 

El ruido aumenta, si 
es posible. Y sobre los 
estampidos que resuenan 
al mismo tiempo, con en- 
sordecedora pertinacia, y 
sobre el discordante ru- 
mor de la batalla, 
un solo grito so- 
bresale, un solo 
grito se alza, 
grande, invenci- 
ble, atronador, 
sublime: «¡Viva 
Chile!.. 

El •Huáscar- 
vuelve a lanzar- 



ndo. Su voz de orden es 




79 

se como un rayo sobre nuestro buque. En medio del humo blanco, 
se divisa un celaje de fuego: es la espada del teniente Serraino, 3- 
las hachas de doce marineros, que han caido como una avalancha 
de muerte sobre el monitor. Y la nave peruana se aleja rápida 
como un fantasma, llevándose allí, sobre la cubierta, un puñado 
de leones que van a cubrir con sus cuerpos calientes, los destro- 
zados cadáveres de Prat y Aldea. 

IfOS cañones de la «Esmeralda» siguen tronando. Un grumete 
sube a afirmar la bandera, que flamea en el mas alto palo, aguje- 
reada por las balas y hollinada por el humo. Entretanto, cien 
cadáveres cubren la cubierta, la Santa Bárbara está inundada, y el 
barco, inclinándose de un lado, comienza a dejar escurrir hasta el 
fondo del mar, los cuerpos sagrados de los héroes. 

El monitor se lanza por tercera vez sobre la acorralada y heroica 
nave. Ya no es posible que esas cuatro tablas quemadas, resistan 
sobre las olas, y la ''Esmeralda" comienza a hundirse con la 
suprema majestad con que &e desploma el león herido. 

Todavía queda algo a flote, un estremo de la proa con un cañón 
ensangrentado. Y allí llega jadeante, lleno el rostro de sangre, de 
sudor y de pólvora, transfigurado en su sublime fealdad de tigre, 
un muchacho héroe, el guardiamarina Riquelme. Se acerca al 
último canon chileno que flota sobre el mar, y manda con el últi- 
mo cañonazo, el último viva a la patria triunfante! 



M M -^^ 



Todo ha desaparecido. La bandera tricolor llena de sangre y 
humo, desaparece también, y en medio del horrible silencio que 
se sucede, todavía parece salir del fondo del mar el discordante y 
fiero vocerío del viva Chile. 

El drama ha terminado. Los sobrevivientes son recojidos y 
llevados al "Huáscar" donde silenciosos, pálidos, atónitos, ven los 
peruanos desfilar ese puñado de héroes, desnudos y llenos de 
sangre y pólvora. 



8o 

Uribe clava los ojos en un cadáver, que tiene tirada sobre el 
rostro una casaca chilena, y arrancándola, lanza un grito y cae de 
rodillas, repitiendo con santo respeto: ¡mi capitán! Era el cadáver 
del héroe de Iquique, de Arturo Prat, que todavía parecía decir 
con voz segura y entonación viril: 

'^¡Muchachos! 

La contienda es desigual. 

Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo. . .jEspeix» 
c[ue no será ésta la ocasión de hacerlo!" 



^ M M 



¡Veintidós años han pasado! Casi un cuarto de siglo dista de 
nosotros aquello que parece ayer. Pero la vieja "Esmeralda" se ha 
convertido en un altar donde se renuevan las flores del recuerdo, 
y arde con inestinguible llana el amor de los chilenos. 

Hai a su alrededor un templo augusto cuya campana solo 
sonará cuando la patria necesite a sus hijos, cuyo incienso es la 
pólvora que se ha ofrendado al Dios de las batallas en cien glorio- 
sos encuentros, y cuyo órgano es un conjunto de cañones de 
bronce, con el que se han hecho oir las sinfonías escritas en el 
¡>entágrama rojo de cien combates! 

Pidamos a la Providencia que no llama a reunión esa campana, 
ni se eleve ese humo, ni se sienta ese himno de muerte. Pero ;ai 
también de los que la hagan souai! 



Si' 



El poder escrutador de antaño 



Corría el año 1792, es decir, hace de todo esto muchisimo tiem- 
po. Chile tan democrático, tan republicano y tan liberal como 
es hoi dia, no se conocería mirándose en el espejo de esa 
época, es decir, en ese espejo de luna opaca y de andio marco 
de plata viga. 
Hemos dicho mal al decir que el año 1792 corría; porque enton- 
ces los años no corrían, sino que caminaban como tortuga. Un 
dia de entonces no acababa nunca. Así como cuando a un cerro 
alto se le atraviesa una nube medio' a medio de su falda, se le ve 
muchísimo mas elevado de lo que es, cuando a un dia se le atra- 
viesa una siesta medio a medio, parece que duplicara el largo de 
sus minutos y el número de sus horas. 

Todo se hacia entonces mui despacio, y los bostezos eran tan 
largos, que nuestros antepasados tenían tiempo para santiguarse 
dos veces la boca, tocándose con el pulgar los cuatro estremos de 
los labios desmesuradamente abiertos. 

Eran aquellos tiempos en que por bandos solemnemente pro- 
ipulgados al son de cajas y tambores, se ordenaba recojerse a los 
vecinos, en invierno a las nueve y en verano a las diez; medida que 



82 

hoi pedirían al Congreso multitud de señoras, bastante quejosas de 
la conducta funcionaría de sus marídos. 

Eran también aquellos tiempos — y esto reza con los lectores de 
quince a veinticuatro años — en que bastaba la oposición del papá 
para que se deportara al Callao al mozo audaz que se permitiera 
rondar las ventanas y meter por ellas cartitas amorosas. 

En fin, eran los tiempos en que Chile era reino, en que se dor- 
mía la siesta, y en que a no ser por las procesiones solemnes, no 
tenia nadie en qué distraer un instante la vista. 

La ciudad, con sus casas bajas con mojinetes de piedra, con sus 
grandes puertas claveteadas y las ventanas con intrincadas labo- 
res de cobre, olia a rapé en la mañana, a mate con azúcar tos- 
tada al medio dia y a incensó, alucema y cera por la noche. 

¡Oh bendita ciudad la de entonces, que no tenia coches de posta, 
ni bicicletas, ni tranvías déctrícos, ni mortalidad de párvulos, ni 
alcantarillados, ni teléfonos! ¡Bendita ciudad, la de los oidores de 
la real audiencia, la de las repolludas y virtuosas señoras, la de los 
tiesos y afeitados abuelos, la de los ríeos alfajores de las monjas, la 
de las procesiones solemnes, la de las eternas apelaciones al rei, la 
de los sabrosos y siempre lejendaríos mate en leche! ¡Bendita ciu- 
dad en que no se bebia té ni café, en que no se fumaban habanos, 
en que no se miraban bailarinas, en que no se apostaba a las carre- 
ras, ni se pedia libertad electoral, ni se pensaba en la conversión 
metálica, ni se encendían ciríos al papel moneda, ni se pronuncia- 
ban discursos en la Cámara! 

Sí, señores; bendita ciudad aquella que teniendo en el mundo la 
palma del desaseo, no pensaba, ni soñaba siquiera pensar en su 
saneamiento; bendita ciudad aquella en que una voz no sonaba 
mas alta que otra; bendita ciudad aquella en que todos eran co- 
rrectos, finos, suaves, virtuosos, amables, contenidos, moríjerados 
y mansos. 

www 



Alquien ha dicho que existe en el hombre una invencible ten- 
dencia hacia el mal. Nosotros reformamos este concepto en el sen- 



8>^ 

tido que lo mas innato y lo mas espontáneo en el hombre, es la 
tendencia electoral. 

Ya por aquellos años se elejia, ya por entonces se apasionaba 
Santiago con el resultado de las elecciones, ya en tan remota épo- 
ca habia escrutinios y escrutinios con todas las brujerías que hoi 
se estilan. 

Los capítulos conventuales fueron en el siglo pasado aconte- 
cimientos de tal trascendencia, que la ciudad se ajitaba tanto por 
la elección de un provincial como hoi se ajita por la de un presi- 
dente. 

La efervescencia esterior invadía a los conventos, que entonces 
tenian muchísimas mas puertas que hoi. Las familias que conta- 
ban con un miembro ordenado y que ademas llevaba cerquillo y 
sandalias, trataban naturalmente de influir en la elección de pro- 
nndal, resistiendo unas veces a las influencia del presidente o se- 
cmidándolo por regla jeneral. 

De esta manara el sereno claustro, de largos y silenciosos corre- 
dores, con plácidas arcadas de piedra o ladrillos, con palmas vie- 
jas, símbolo de oración y de calma, con enredaderas de yedra, em- 
blema de fidelidad y de perseverancia, se comenzaba a poblar de 
ramores siniestros de mal entendidas protestas, de reclamos poco 
reprimidos, de ataques, de quejas, de cargos, de acusaciones y de 
comentarios bastante libres. 

El sonido apagado y opaco que ordinariamente producían las 
sandalias sobre el piso cuando los relijiosos se paseaban le- 
yendo en el breviario sus rezos, se volvia duro, áspero, como si 
en vez de pasos resonaran allí chasquidos de fusta o colazos de 
culebra. 

El provincial podia desde dentro de su celda y sin asomar por 
la ventana la cabeza, adivinar el grado de ajitacion que revistiria 
el capítulo, por el grado de nerviosidad y efervescencia que inva- 
día de antemano el claustro. 

Px escindiremos de un turbulento capítulo en que los francisca- 
nos, parapetados en la torre de sus conventos, dispararon piedras 
con tan certera punteria, que amaneció al dia siguiente casi todo 
el vecindario de Santiago con la cabeza vendada. 

Pasaremos por alto otros capítulos en que hubo prisiones, esco- 



84 



muniones y verdaderos sitios con fuerza pública, por ser demasia- 
do trascendentales, y nos concretaremos al escrutinio de uno 
que se efectuó en el ya citado año de 1792. Este es capítulo 
aparte. 



« « « 



Habia una profunda escisión entre los franciscanos, separándo- 
se de un lado la porción europea y de otro la americana. Durante 
mucho tiempo y en capítulos sucesivos fué ahondándose tal di\'i- 
sion, a consecuencia de la cual se elevaron sendos memoriales, de 
una estension exajerada, a S. M. el rei, para que «en ellos fallara 
con su inapelable voluntad. 

Por fin, después de una época sumamente revuelta, y ya en 
1803, el padre frai Francisco Javier Ramírez convocó a capítulo 
de acuerdo con el presidente, que lo era entonces Muñoz de 
Guzman. 

En la atmósfera del claustro franciscano notaba un pronunciado 
jérmen de revuelta. Seria impropio decir que se sentía olor a pól- 
vora, porque jamas se pasó en los capítulos conventuales de los 
simples y vnlgsres peñascazos, 

Dia y medio antes del capítulo, el presidente dispuso que don 
Manuel Irigóyen, oidor y alcalde de corte, en unión de don José 
Jorje Ahumada, el escribano de cámara mas antiguo, pasasen al 
convento franciscano en que debía celebrarse el capítulo. 

Parece que el señor oidor no las tenia todas consigo, porque, 
después de muchas dilijencias, resolvió hacerse escoltar de nume- 
rosa tropa. Quien no supiera que se trataba de un capítulo de 
relijiosos habría creido que aquella fuerza marchaba a la conquis- 
ta de Arauco. 

A son de campanas se convocó a los relijiosos, que fueron lle- 
gando animosamente a la sala del capítulo. 

El padre Ramírez, verdadero presidente de la junta escrutadora, 
no iba con todo el buen propósito necesario para evitar dificulta- 
des en el capítulo. Y así, apenas ocupados los asientos* espuso a 



S5 

los rdijiosos que para poder sufragar hablan de presentar docu- 
mentos que acreditasen haber leido los quince años, que sns cons- 
tituciones les prescriben. 

Se annd la primera grita. Los directamente aludidos con esta 
exijencia, alegaron en su favor, que eso era imposible, por haberse 



ido rompiendo los documentos en las diversas ocasiones en que 
habían necesitado presentarlos o utilizarlos. 

DespuesT de un debate ajitadisimo, el presidente se encontró co- 
jido, y exijió solamente que jurasen haber leido los quince años. 
Y así se hizo. 

En seRUida el muí capitulero del presidente espresó que no da- 



86 

ria comienzo a la votación mientras no saliese de la sala el pa<lre 
jubilado Mateo Zarate que, a juiciadel presidente, no podia votar 
por estar «legalmente impedido.» 

Salta el relijioso y pide, con gran enerjia, que se le declaren cuá- 
les son los impedimentos legales aquellos, porque él no tiene 
idea y oye hablar del asunto por primera vez. 

El presidente vuelve a repetir con gran calma que frai Zarate 
está legalmente impedido. Este va perdiendo la serenidad y alzan- 
do la voz, para exijir la prueba de esa afirmación tan rotunda. El 
presidente sigue, con imperturbable tenacidad, diciendo que es 
inútil darle vueltas al asunto porque el hombre está «legalmente 
impedido». Frai Zarate se dirije al oidor y le suplica obligue a ma- 
nifestar al presidente los impedimentos, lo que en el acto hace con 
mui comedidas razones don Manuel de Irigóyen, y a lo que con- 
testa frai Ramírez que los fundamentos que tiene son reservadísi- 
luos, y por esta razón no insiste en hacer salir al relijioso 
jubilado. 

Conjurada la tempestad, se nombran los secretarios escrutadores 
y se procede en el acto a votar. 

Pocos momentos después, la mesa dá lectura a una votación en 
que aparece con nueve votos el padre frai Blas Alonso y con cinco 
el padre frai Joaquin Ripol. También tenian otros relijiosos, algu- 
nos votos para custodio. 

Una voz enéijica se alza de un rincón de la sala. Es frai Domiii> 
go San Cristóbal que a grandes voces espresa que es imposible 
que sea verdad el resultado leido, y pide al señor oidor que esta 
vez no se contente con oir sino con ver, revisando prolijamente 
las cédulas. 

No habla allí comisionados de los partidos, para que se hubie- 
ran dado de tinterazos. En esto es indudable que hemos progresa- 
do. ¡Quién les hubiera soplado a los capítulos de antaño, el gran 
recurso para meter algazara y confusión que se tiene en los apo- 
derados de los candidatos! 

En ese instante, uno de los secretarios toma rápidamente los 
votos y los quiere arrojar a un brasero, que con anticipación se te- 
nia listo en la sala. Pero el oidor se lanza sobre él, le coje la mano 
y le suplica entregue en el acto los votos. Por fin se logra que así 



87 

lo haga, y él escribano conjuntamente con el oidor, hacen el es- 
crntinio y lo proclaman de nuevo. 

£1 padre frai Alonso, que habia sido proclamado provincial con 
nueve votos, resultó que solamente habia obtenido cinco; y frai 
Ripol, por el contrario, a quien se le habia declarado vencido con 
cinco votos, resultó tener nueve. Así mismo el custodio y demás 
nombres habian sido completamente alterados. 

El señor Irigóyen reprende severamente a los escrutadores, les 
maniñesta lo grave de su falta, les exhorta a imitar al santo fun- 
dador de su orden, les llama a la cordura y a la caridad, los 
amonesta para que se arrepientan y sean relijiosos respetables y 
dignos. 

En fin, allí, en esa sala cuadrada con los muros blancos, llena de 
cuadros quiteños que representan otros tantos provinciales, con 
dos ventanas por las que entra el sol brillante pero pálido que cae 
oblicuamente desde el jardin con palmas del claustro, se ve una esce- 
na curiosa, que en sí tiene algo cómico: el oidor escoltado con nume- 
rosa tropa y representantes del poder civil, recomienda imitar y se- 
guir las huellas de San Francisco a un grupo de relijiosos que lo 
oyen vencidos pero no desalentados, que lo miran de potencia a 
potencia, y que al través de los años unen sus espíritus electorales 
con nuestros modernos alquimistas de los escrutinios. 

En fin, que el poder escrutador de antaño, era primo hermano 
del poder escrutador de hoi dia. 



Jf Jf 



HISTORlñ DE UH CUñDRO 



JBNBRALMKNTE los cuadros tienen historia larga, viajes, sacri- 
fícios, privaciones, triunfos, todas esas alternativas a que vio 
sometidas stis telas el artista errante, pobre o victorioso. 
Los cuadros, mirados de frente, hablan de lo que represen- 
ta la tela; mirados por la espalda suelen mostrar al curioso 
fechas, firmas o datos de sus autores o propietarios, que suelen 

ser una animada y curiosa crónica. 

De cómo han llegado a Chile las hermosas telas de grandes 
pintores antiguos podría surcirse una movida e interesante na- 
rración. El Velasquez sobre el cual puso una mano torpe una 
oleografía de cuarenta centavos; el Murillo arrojado a un rincón del 
gallinero por no haber lugar donde colocarlo en la casa; el Rubens 
colgado en una casa de martillo, entre una palmatoria y un velador 
el Zurbarán cambiado por una imájen grabada del Señor de la 
Buena Esperanza; son documentos interesantes para esa crónica 
que segtiirá inédita por muchos años. 

Quien vaya al Museo Nacional y acierte a encontrarlo abierto 
en las pocas horas de la semana en que lo está; se topará a poco 
andar con una imájen de la Víijen con el niño en los brazos, cuyo 



9Q 

hermoso colorido, armonía inimitable y riqueza de tonos, ha 
hecho que se le atribuya a MuriUo por todos los entendidos 

Pues bien, ese cuadro tiene historia. 

No sabemos al través de qué jeneraciones, ni de qué peripecias 
difíciles, llegó esa tela a la cabecera de la cama de dos solteronas, 
que en vano se encomendaron a ella para salir de ese estado y 
contribuir también al censo jeneral de la república. 

Hablan pasado los años sobre esas dos mujeres sin dejar huella 
amarga. No echaban la culpa a nadie de haberse quedado sin 
encontrar quien las a3rudara a sobrellevar las cargas de la vida: 
de manera que eran dos personas inofensivas que oían misa por 
la mañana rezaban el trisajio al medio día y se tomaban un par 
de mates, después del rosario, a las ocho déla noche. 

La Virjen de MuriUo, con inalterable sonrisa en el rostro, no 
chocaba en esa pieza en que la marquesa de madera y las silletas 
de junco formaban un ajuar que tenia el gran mérito de no venir 
del estranjero. Estaba allí, a media luz, oyendo cada noche ese 
rosarlo largo, bostezado, pero que subía de dos almas cristalinas 
como el agua destilada. 

La hnájen pasaba por mUagrosa porque todo era encomendarse 
a ella las dos solteronas y tocarles sorteada una letríta de la Caja, 
con lo que sallan de apuros y le perdonaban su desidia en man- 
darles el par de maridos tan solicitados. 

Cómo llegó a oídos del pintor Mandiola que en casa de nuestras 
amigas habla una tela de mérito, es cosa que no tenemos averi- 
guada. 

Sospechamos que los pintores tienen buen olfato, y sienten 
desde lejos la atracción de las grandes telas. El hecho es que una 
mañana, el pintor Mandiola, golpeaba tímidamente a la puerta de 
las dos solteronas. . . 

^ ^ 9i 



Grande fué la ansiedad de ellas al pensar que podía ser el reden 
llegado uno de los maridos con tanta instancia exijidos a la mi- 
lagrosa imájen. 



91 

Pero no tardaron en convencei se de que el joven era un sim- 
plón o un loco, porque traía la estraña, la incomprensible preten- 
sión de ver la imajen. Hubo, pues, necesidad de arreglar el dor- 
mitorio con rapidez e introducir en él al pintor que iba tembloroso 
de emoción y nervioso de curiosidad. 

Mandiola se detuvo ante la imájen, la sacudió con su pañuelo. . . 
y casi se fué de espaldas. Si no era un Murillo, no sabia él dónde 
estaba parado. 

— Señora — dijo de pronto — ^yo compro este cuadrito. 

— No estamos locas, caballero. Esa Vírjen nos quiere mucho y 
nos protge. Nosotras le rezamos por la noche y ella nos sortea 
las letras de la Caja. Es una antigua conocida ¡Imposible! 

— Usted comprende, señora, que esto seria cuestión de un 
arreglo. Usted puede conservar una imájen igual, exactamente 
igual a esta, y ademas recibir trescientos pesos. 

— No entiendo. 

— Prefiero hacerlo prácticamente. Yo soi pintor, vendré aquí a 
pintar todos los días, hasta hacer una Vírjen igual a ésta, y una 
vez concluida, usted elije la que mas le guste, entendiendo que 
si yo me llevo ésta le doi a usted trescientos pesos. 

Se aceptó la oferta. Mandiola estableció su caballete en un 
corredor. Aceitó la tela blanca, echó sobre ella los confusos rasgos 
de carbón, alistó la paleta, y pincelada aquí, pincelada allá, comen- 
zó a suijir ante los ojos atónitos de las solteronas, una vírjen 
igual a la otra, pero mas clara, mas nueva, mas de fiesta. 

Inútil es decir que una vez puesta la copia en un buen marco 
de oro vivo, las solteronas prefirieron la copia, porque una re- 
gnlar copia, a los ojos de un profano, se parece como una gota 
de agua a otra gota. Tal vez sin la tentación de los trescientos pe- 
sos, aun se habrian quedado con la nueva. 

Sin embargo, en el momento en que Mandiola envolvía cuida- 
dosamente la vieja imájen, surjió un conflicto, un verdadero pro- 
blema. . . 

—¿Se habiia trasmitido a la copia el valor milagroso del ori- 

jinal? 

El pintor fué de parecer que sí, y hasta citó a San Juan Crisós- 
tomo con una desvergüenza envidiable; pero la hermana ma>'or 



93 

sostuvo que nó. El problema era grave y el pintor comenzó a 
temer que todo su trabajo quedara perdido. Pero ¡oh idea! una de 
las señoras se golpeó la frente con una mano. . . 

¡La cosa es sensilla! lo que le falta a esta nueva Vírjen es 
bendecirla. . .y a rei muerto, rei puesto 

Mandiola voló con su cuadro antes que una nueva dificultad 
volviera a surjir, y al verse las dos hermanas con trescientos pesos 
en la mano y sin haber perdido su antigua conocida, le rezaron 
esa noche un rosario mas fervoroso y mas largo que de costum- 
bre. 

Y esa noche hubo también mate en leche, y se sacó para el 
efecto la bombilla de plata 



^ ^ V 



Mientras Mandiola colocaba en su taller la hermosa tela, y la 
miraba de todos lados, y la palpaba y la examinaba, un respetable 
caballero de Santiago acababa de saber que en casa de ciertas 
señoras solteronas y pobres habia un Murillo. 

Este respetable caballero se jactaba de ser sumamente entendido 
en pintura por haber estado en Europa algún tiempo. Todo era 
ponerse delante de una tela y disertar sobre \os prena/aelisfas, 
sobre la manera de Velasquez, Rivera y Murillo. Tenia, pues, 
fama de ser un gran crítico y un hombre de gusto mui refinado. 

Saber que en la casa de dos señoras pobres habia un Murillo, 
echarse al bolsillo quinientos pesos de treinta y dos peniques (j Oh 
témpora!) tomar un coche y dirijirse sijilosamente al domicilio de 
nuestras conocidas, todo fué uno. 

Las dos solteronas hablan colocado los trescientos pesos en la 
Caja de Ahorros, y ansiosas de no tener que tocar esa milagrosa 
ganancia ni aun en momentos de apuro, le pedian de nuevo el 
sorteo de otra letrita. 

Dos golpes suaves, pero resueltos, suenan en la puerta de calle. 
Un caballero de buena presencia, avanza hasta ellas y después de 
algunas venias les esplica sin embozo que va a ver una Vírjen, 



93 

una Vírjen que tienen en la cabecera. Una mirada que se cruzó 
rápida entre las dos hermanas, una mirada de asombro, de alegria, 
defé bastó para convencer a las dos buenas mujeres que aquello 
no podía ser sino cosa de milagro. 

Hl respetable caballero, colocado frente a la copia de Mandiola, 
se caló sus gafas, observó largo rato y murmuró a media voz: 

— O esto es un Murillo lejítimo, indudable, seguro, o yo soi un 
animal. 

Y sin mas rodeos, ofreció quinientos pesos por el cuadro. 

— ¡Quinientos pesos! Es mucho dinero, se dijeron en voz baja 
las dos hermanas; pero no podemos perder una Vírjen que nos 
proteje tanto. — Diganos, usted señor, — se arriesgó a preguntar 
una — ¿no podría usted dejamos una igual?. 
/ — jOh! eso es imposible; no soi pintor, yo les doi quinientos 
pesos; con eso se pueden comprar varias imájenes. 

— También es verdad. 

De un lado sonreía con su inalterable serenidad la Vírjen, de 
otro lucian los quinientos pesos. Jamas ha asaltado a almas mas 
débiles tentación mas poderosa. 

— Aceptamos, dijeron con voz f^.ébil — y no quisieron mirarse 
para no traicionar la pena que sentían allá en lo mas hondo del 
alma. 

La Víijen salió de la cabecera, los quinientos pesos fueron a la 
Caja de Ahorros; pero esa noche no hubo mate en leche, porque 
las dos mujeres se llevaron mirando, con los ojos llenos de lágri- 
mas, el cuadrado oscuro que habla dejado en el papel desteñido 
por la luz, la antigua conocida cuyos servicios habían pagado con 
tan negra ingratitud. 

Mientras Mandiola jestionaba ante el Gobierno una módica can- 
tidad para vender el cuadro al Museo, el respetable caballero colo- 
caba al suyo en el salón, con unas cortinas verdes, para que la luz 
no diera incómodo reflejo sobre la tela. 

Horas de horas se pasaba el entendido en la manera de Vdas- 
quez y de Murillo, él familiarizado con los museos dd I^ouvre, del 
Prado, del Vaticano, examinando estasiado la tela, y didéndose a 
media voz: 



94 

— O esto es un Murillo lejítimo, indudable, seguro, o yo soi un 
animaL 

Todas sus visitas eran obligadas a espresar un juicio «franco» 
sobre el cuadro, y naturalmente se oyeron frases hechas por este 
estilo: 

— Hermoso colorido. . . Se vé la misma mano del San Antonio de 
Sevilla... ¡Qué admirable realidad!... ¡Oh! Murillo! 

Un dia nuestro hombre, orgulloso de su adquisición, se topó en 
la calle con el pintor Mandiola, y en dos palabras le contó cómo 
habia tenido noticia de la tela, cpmo la habia comprado, y cómo 
era tan idiota la jente en Santiago que no habia descubierto antes 
el cuadro. Mandiola callaba, y en su cara muda, insensible, no hu- 
biera podido descubrirse que se le reia el alma a carcajadas.. . . 

— O la tela que tengo, terminó el caballero entrándolo a su casa« 
es un MuriUo. . . o yo soi un animal. 

El pintor sin querer asintió con la cabeza a esa última frase. 

Se abrieron unas ventanas del salón, se entornaron otras y el di- 
choso propietario separando majestuosamente las cortinas verdes, 
esclamó con voz enfática: 

— ¡He aquí un Murillo! 

Mandiola contuvo la carcajada e imitando la voz solemne del 
conocedor de los Museos europeos, dejo oir esta horrible frase: 

— He ahí un Mandiola. 

En un momento quedó esplicado todo. Nuestro hombre se bus- 
có un cigarrillo en la falda del levita, lo encendió y antes de darle 
la primera chupada dio la última mirada a la tela. 

Escusado es decir que la inalterable sonrisa de la vírjen, le pare- 
ció esta vez demasiado irónica.. .. 



1fSATf&t, 



CHñCñBUCO 



SI hubiéramos de juzgar el réjimen colonial por el contr£.áte que 
alrededor de 1817, hadan sus hombres, con los sostenedores 
de la independencia americana, no quedarían mui bien para- 
dos los defensores de la causa del rei, ni en sitio mui promi- 
nente la ya maltrecha y razgada bandera que sostenían. 
Marcó del Pont ha pasado a la historia como un personaje de 
opereta, 

Sus proclamas de una fatuidad altanera y bombástica, serian hoi 
motivo codiciado para una zarzuela de poca monta. Ochenta baú- 
les trajeron a Chile sus trajes y vestuarío. y seguramente no ca- 
bia en todos ellos la pusilanimidad de su espíritu ni la pobreza de 
su entendimiento. 

Don Francisco Casimiro se destaca sobre esos cuadros vigo- 
rosos del paso de 'los Andes y de la batalla de Chacabuco como 
pudiera destacarse un zancudo en una panoplia de armas cincelada 
sobre acero. 

En cambio, eran el alma del ejército invasor dos hombres igual- 
mente grandes pero contradictoriamente dotados por la naturaleza. 
Era d uno de hierro; de sangre y de nervios el otro. Aquel pen- 



96 

saba, y sentía éste; era San Martin el cerebro y O'Higgins el co- 
razón. 

Y mientras en la soñolienta ciudad al toque de la oración se jun- 
taban las puertas, y oidos medrosos escuchaban tras ellas los pasos 
de algún mensajero a caballo, creyendo adivinar en los rumores si- 
jilosos de la noche, lo que pasaba en los Andes, Marcó del Pont, 
hacia descolgar los cortinajes de palacio y encajonarlos cuidadosa- 
mente, para ponerlos a salvo de lo que él creia ya el último dia de 
la dominación en Chile. 

El 5 de febrero, con diferencia de pocas horas, dos propios lle- 
nos de polvo y de sudíjr, con sus caballos gastados por una mar- 
cha precipitada y violenta, paraban frente a palacio y comunicaban 
a Marcó, pálido, descolorido y absorto, dos estupendas nuevas: el 
uno, enviado por el coronel don Manuel Mana Atero desde San 
Felipe, contaba que por los caminos de Putaendo y Uspallata apa- 
recía el enemigo desplegando avanzadas regulares y haciendo creer 
en la presencia de un gran ejército perfectamente disciplinado; y el 
otro, despachado por el coronel Morgado desde Cuneó, hacia igua- 
les declaraciones con respecto al paso del Tinguiririca, donde los 
guardias realistas hablan sido dispersados a balazos. 

El plan concebido fríamente por San Martin se estaba realizan- 
do con la precisión de un cálculo aljebraico. 

Marcó del Pont abrió tamaños ojos, apuró el empaquetamiento 
de sus cortinajes y vestidos, y convocó a Junta de Guena. 

Graves, pensativos, inclinada la cabeza como carneros dóciles y 
mansos, fruncido el entrecejo, lleno de zozobras el espíritu, cruza- 
das por detras las manos y metida la afeitada barbilla en el cuello 
entreabierto, fueron asomando en palacio una treintena de nuestros 
abuelos, luciendo allí lustrosas calvas de bolas de billar. Sin em- 
bargo, algo hacia creer que Marcó no acertarla allí carambola al- 
guna. 

Esa jente no estaba acostumbrada a pensar. 

El 7 de febrero llegó la tarde larga del verano, sumerjiendo a 
Santiago en un mar de recelos e inquietudes. Se notaba mucho 
ruido en tomo del palacio. 

Mensajeros a caballo partían al galope en dirección a la Palma, 
y el ruido se perdía en un silencio preñado de angustias. ¿Era ver- 



97 

dad que aquello se derrumbaba? ¿Era cierto que la jente libre esta- 
ba allí, a un paso de Santiago, repechando la cuesta de Chacabuco? 
¿Era verdad? 

Y aquí los viejos miraban a todos lados con recelo, y llevándose 
un dedo sobre los labios decían con misterio: 

-¡Chit! 



« # « 



Quien se hubiera detenido en la cumbre de las serranías de Cha- 
cabuco, y en el silencio de la noche hubiera puesto atento oido a 
todo rumor, habría escuchado mas allá del gorgoreo de los sapos 
en los charcos y vertientes cercanas y muí por sobre la canturria 
tenaz de los grillos ocultos en la teatina reseca del lomaje, una tre- 
pidación sorda y apagada, una especie de rumor creciente como de 
cascada que salta y se desborda. Eran los dos ejércitos que se 
acercaban para encontrarse. 

Quintanilla y Marqueli despacharon al abrigo de las sombras 
varios espías que recojieran datos sobre la proximidad del enemi- 
go. Las narraciones bíblicas dicen que Noé largó una paloma des- 
de el arca para ver si habían bajado las aguas a ñor de tierra, y 
qíie como la mensajera volvió a buscar abrigo en ella, dedujo que 
aun no había encontrado paraje donde posar la planta. Quintanilla 
y Marqueli debieron comprender al esperar inútilmente la vuelta 
de los espias, que éstos hablan encontrado filas cercanas en que 
tomar su fusil. 

Y en efecto O'Hggins se acercaba con la primera división del 
ejército de los Andes. 



« • « 



Marcó, que comenzaba a ver muí turbio el negocio necesitó co- 
brar fuerzas y engañarse a sí mismo, para lo cual se convocó el 9 



98 

de febrero una «aparatosa asamblea de notables — dice el señor Ba- 
rros Arana — destinada a reforzar el prestijio del gobierno y de un 
réjimen que se desplomaba >. 

Volvieron a juntarse solamente las nulidades de todo orden y 
dejaron estampado en una acta «que con sus vidas, haciendas y sin 
reserva de casa alguna, estaban prontos y resueltos a defender 
los derechos del rei, a cuya obediencia vivian gustosamente su- 
jetos. . 

Pero esta declaración se hacia sobre el papel; entretanto, mui 
luego debia estamparse otra cosa en las serranías de Chacabuco, 
con caracteres de sangre. 

El coronel don Ildefonso Elorreaga partió al dia siguiente a la 
Cuesta al frente de todas las tropas que quedaban en Santiago, y 
mui luego le siguió el jeneral en jefe recien nombrado por Marcó 
del Pont, el brigadier don Rafael Moroto. 

Todo esto ocurrió el lo. 

San Martin no pensaba empeñar la batalla antes del dia 14; pero 
mui pronto varió de opinión por la llegada a su campamento¡i de 
un hombre que todavia no tiene una estatua de bronce, represen- 
tante jenuino del hombre de campo, liso y bueno como el chagual 
bravo como un perro fiel y discreto como una roca. Era Justo Es- 
tai, guia, esplorador, espía y práctico, verdadero tentáculo que el 
ejército de los Aifdes iba avanzando en su camino, y recojiéndolo 
cada vez que queria obtener impresiones exactas. 

Justo Estai volvia después de haber estado en Santiago obser- 
vando minuciosamente la calidad y el número de las tropas rea- 
listas. 

Colocado entre los curiosos que apiñados en el puente del Ma- 
pocho miraban pasar los batallones que partían para Chacabuco, 
Estai habia contado los hombres y visto partir al brigadier Maroto 
con sus ayudantes. 

San Martin comprendió que cualquiera dilación de su parte, au- 
mentaría el número de las tropas enemigas que seguían concen- 
trándose a toda prisa en Santiago. Era menester presentar batalla 
a mas tardar en la mañana del dia siguiente. 

A media noche del 11, el ejército entero estaba formado. La in- 
fantería habia dejado a un lado sus mochilas. 



»9 

Sobre esos tres mil hombres que se aprestaban al combate, vaga- 
ba como una sombra impalpable la imajen de la patria naciente, de 
esa patria que todavía consideraba fuera de la leí a los que levan- 
taban sobre las baj'orietas el estandarte de su libertad. Allí estaba 
O'Híggins a la cabeza de la segunda división aceicándose de fren- 




te al enemigo; Soler al mando de la primera, que emprendía la 
marcha por los deshechos para atacar a Maroto por el flanco; Las 
Heras, Cramer, Zapiola, Conde, Necochea y tantos otros valientes 
jefes que se cubrieron de gloria en la histórica acción del dia 12 
que comenzaba ya a despuntar. 

Las avanzadas de Maroto sintieron durante toda la noche un 
confuso rumor en la parte bajá de la Cuesta, rumor barrido a ratos 
por el vientecillo de! alba, y comprobado mas tarde cuando con 



7;í';ocb 



loo 



las primeras luces estallaron los primeros disparos de reconoci- 
miento. 

Kl comandante Marqueli, apostado por Maroto en las alturas de 
la cuesta, rompió el fuego — según dice el historiador — sin fé ni 
confianza en la defensa que podia hacer. 

A esa hora quedó empeñada la acción. Eran las ocho de la ma- 
ñana y comenzaba a quemar el sol. 



« # # 



Maroto recibió un parte del comandante Marqueli que decia: 
«Tenemos el enemigo mui próximo en número de quinientos a 
seiscientos hombres entre caballería e infantería, los que amena- 
zan por dos puntos y dentro de pocos momentos romperemos el 
fuego». 

El brigadier español comprendió que en esos instantes supre- 
mos toda demora podia ser fatal. — Envió un propio que a mata 
caballos se dirijiera a Santiago para pedir a Marcó apurara la mar- 
cha de los demás cuerpos, que se encontraban en la capital; y él 
mismo mandó formar su tropa y avanzó aceleradamente hasta el 
pié de la Cuesta, en tanto que Quintan illa, comandante de la caba- 
llería, se adelantaba al galope con medio escuadrón de carabineros 
a reforzar la defensa de las alturas. 

A la media legua de marcha, Maroto comprendió que la acción 
no se iniciaba con buena fortuna. Los primeros dispersos de la 
vanguardia realista se venian a estrellar con su tropa, perseguidos 
mui de cerca por el tiroteo de los patriotas. El brigadier hizo alto 
y tendió allí mismo su línea. 

En el primer momento, O'Higggins no pudo darse cuenta, por 
las recuestas del camino, de la posición elejida por Maroto, y así 
junto con enfrentar la línea enemiga y recibir sus descargas simul- 
táneas, tuvo que retroceder para organizar el ataque. 

La batalla estaba iniciada bajo un sol de fuego que recalentaba 
como planchas de acero los faldeos de la cuesta. El aire parecía 



lOI 

arrastrar ascuas encendidas y azotaba el rostro de los soldados co- 
mo verdaderos fogonazos. 

Pero habia allí otro calor mas intenso que hacia olvidar el del 
medio día: era el aliento poderoso que impulsaba a esos hombres, 
el sublime aguijón que los arrojaba a la muerte. 

La división de Soler, perdida en los atajos y senderos, no apare- 
cía aun por el naneo de Maroto, levantando parecidas inquietudes 
a las que la desesperante tardanza de Grouchi habia causado dos 
años antes en Waterloo. 

O'Higgins fué en esos momentos el impetuoso y heroico capitán 
de Rancagua. Sintió una de esas grandiosas corazonadas, que hubo 
mas tarde hombres pequeños que le increparon, y ordenó a los 
granaderos cargar cerro abajo por el flanco de Maroto, en tanto 
que él mismo, a la cabeza de la infantería, se lanzaba resueltamente 
hacia el enemigo. 

Pero todo aquel enorme esfuerzo fué brutalmente detenido por 
lo escabroso del faldeo y lo bien defendido de la línea española. 
Allí quedó muerto de un balazo el pundonoroso jefe realista coro- 
nel don Ildefonso Elorreaga. 

El brigadier Maroto creyó en esos instantes que la victoria esta- 
ba de su lado. 

Pero si la dificultad de romper ese cerco de hierro y de fuego 
habría podido desalentar al mas avezado táctico, en cambio sólo 
sir\'ió para levantar en el alma de O'Higgins una verdadera tor- 
menta de pasión y de arrojo. Mandó a la carga mas ciega y mas 
vielenta que se haya dado en batalla humana: Los granaderos al 
mando de Zapiola cayeron con los ojos cerrados sobre la línea rea- 
lista, como una avalancha desprendida desde la cresta de la mon- 
taña. 

Los negros del 7 y del 8, comandados por Conde y Cramer, avan- 
zaron a bayoneta calada y fueron a romper la línea, en medio de un 
volcan de sangre y fuego. 

Maroto vio en esos momentos una enorme ave de alas negras 
que proyectaba su sombra siniestra sobie la bandera de castilla: era 
la derrota que bajaba dando aletazos y caia en medio de sus bata- 
llones rotos y aturdidos. 

Sin embargo, volvían con tesón admirable a organizarse los cua- 



I02 



dros y el tiroteo de los tercios realistas recomenzaba. Pero en esos 
momentos una nube de humo brota por las crestas del cerro. Un 
clamor de entusiasmo llena los aires. ¡Es Soler que ha llegado! 

Dos compañías de los Cazadores de los Andes se descuelga con 
rapidez en el faldeo, y un fuego nutrido corona las alturas sem* 
brando en las líneas de Maroto la muerte y el desaliento. 

El valeroso Marqueli sucumbe antes de ver el desastre 

Tras de los cuadros aguerridos de Soler, caen como un torrente 
al mando de Necochea, los Granaderos y la escolta del jeneral en 
jefe. 

Maroto monta a caballo y huyo. 

Aquel drama de sangre era en esos momentos sólo un monten 
de cadáveres. 

Las teatinas secas del faldeo, encendidas por los fogonazos, le- 
vantaban una cortina de llamas que parecía interponerse entre ven- 
cedores y vencidos para llamarlos a la clemencia. 

San Martin, que habia llegado al campo a reforzar la división de 
O'Higgins, dicta las primeras disposiciones para impedir la reor- 
ganización del enemigo, y comienza a reconcentrar las tropas en 
torno del campamento jeneral. 

a^ a^ a^ 



Y ese encuentro épico fué Chacabuco. 

Allí está mezclada en la Cuesta polvorienta la sangre chilena y 
arj entina; y cuando la ventolera de las pasiones internacionales le- 
vanta el polvo de ese camino que apretó la planta del ejército de 
los Andes, parece que las moléculas se disgregaran y fuera cada una 
a buscar su propia tierra, renegando de la vieja fraternidad! 



« * * 



Cuando Necochea llegó a Santiago al frente de los granaderos, 
levantando las aclamaciones de un pueblo frenético de entusiasmo, 



las campanas se echaron a vuelo y la criolla ciudad abrió los viejos 
portones claveteados con pernos de cobre, a esa brisa de libertad y 
de tnunfo. 

Las relucientes calvas de los solemnes consejeros de Marcó, vol- 
rieron a lucir al sol, porgúelos sombreros volaban por los aires en 
homenaje a la patria independiente. 

¡Por deito que no merecían tenerla] 



RETRñTO UIEIO 



NUESTROS historiadores y cronistas nan tratado con poco res- 
peto a la colonia. Las figuras y cuadros que se desarrollaron 
en esta española y tranquila ciudad, en el siglo pasado y 
principios del presente, han sido siempre dibujadas con cier- 
to enfermizo deseo de hacer caricaturas. Mui raras veces un 
buen lápiz, o un buen carbón nos ha dejado el boceto viviente y 
animado, pero verídico, de algún soldado, de algún oidor o de al- 
gún caballero de aquellos aunque no tan remotos por lo menos 
tan olvidados tiempos. 

Jeneralmente, ha habido cierta inesplicable inquina por maldecir 
una época histórica ya, y por consiguiente inviolable. Nos parece 
que el irritarse contra la dominación española de tres siglos, sig- 
nifica hoi dia tal candor espíritu como sufrir enojo, indignación y 
labia ante la armadura de Atila. Abrir tumbas, ha sido siempre 
una profanación; y las épocas pasadas y juzgadas, tienen también 
sus mausoleos. 



•!• 



•i- * 



¡Cuántas veces nos hemos detenido con cierna mezcla de curio- 
sidad, de respeto y de admiración, ante esos retratos viejos que 



io6 

ruedan por los salones de las casas chilenas, empujados con sacri- 
lega saña por las saltonas notas de color de los cuadros modernos! 
Una cabeza severa, una mirada pensativa, un rostro absolutamen- 
te rapado, un gran cuello abierto y blanco, un corbatín negro 
rodeándolo con triple vuelta, un frac de solapas, grandes y sueltas, 
y lodo este conjunto, seco de color, sombrío de luces, lacónico de 
toques impresionistas, metido y encuadrado en un ancho marco de 
madera sobredorada, con recortes y laboreos prolijos. 

Allí ha agregado el sol — gran colorista, como dijo alguien — su 
acción eficaz para la armonía y la suavidad en los contomos. 

Pudo ser malo el pincel, torpe la mano, y frío el espíritu que es- 
tampó en la tela ese retrato; pero allá hai algo que revela no solo 
un alma sino una época entera. No guardemos libros ni pergami- 
nos para que nos juzguen y nos comprendan los historiadores del 
siglo que viene: guardemos cuadros. El sol se encargará de deste- 
ñir los colores vivaces; el polvo entonará las notaciones resaltan- 
tes, y el nobilísimo resplandor del oro viejo trasmitirá a la tela la 
suavidad luminosa de las cosas que evocan recuerdos. 



^ ^ ^ 



Hemos ido a hojear pergaminos en busca de un retrato; y éste ha 
tardado mucho tiempo en llegar. Pero ha llegado. 

Es una cláusula testamentaria de un oidor que cerró sus ojos a 
la luz y sus oídos al mundo esterno, en una noche de invierno del 
año 1798. Leamos la cláusula y busquemos después en ella 
los razgos de una fisonomía que debió tener muchísimo relieve. 
Dice así: 

« . . gravado de algunas graves habituales enfermedades, aunque 
en pié, mando que en mi entierro no haya pompa o se ostente va- 
nidad alguna, poniendo mi cuerpo sobre el haz de la tierra^ con 
cuatro luces y cuatro hachas, sin que por ningún motivo ni pre- 
testo se permita duelo por mis herederos o albaceas en la iglesia, 
aunque digan lo costean todo, porque sin embargo, multo a cada 
uno de ellos en quinientos pesos y asimismo quiero, mando y es 



107 

mi voluntad, que tampoco haya duelo en mi casa y que cuando 
mas puedan prevenir y descolgar una pieza de las que caen a la 
puerta para que allí reciban los pésames; e igualmente mando y 
ordeno y espresamente que no se descuelgue la cuadra ni la sala, 
porque esto no sir\^e de otra cosa que de romper los lienzos y tras- 
tes, y haciendo lo contrario se les hará cargo a mis albaceas, quie- 
nes, concluyendo mi entierro y exequias funerales, no harán mas 
honras ni mandarán decir mas misas de cuerpo presente, como 
tampoco darán parte a los tribunales, porque a todos relevo de la 
asistencia y les suplico no se incomoden, sea mi entierro o por la 
mañana o por la tarde, en el cual mando se gasten, inclusive los 
latos y todo lo demás anexo, solo hasta la cantidad de doscientos 
pesos, por no permitir mas mis facultades y quedar mis hijos mui 
pobres, y asi lo declaro y ordeno y mando, para que conste.» 



T T T 



Que es éste un retrato acabado, no se atreverá nadie a ponerlo 
en duda Ahora que sea de Velásquez o de Rembrandt 
es cosa entregable ya a la discusión mas libre y amplia. De 
esa cláusula, escrita con pulso tembloroso, pero con voluntad fir- 
me, en el mismo lecho de muerte; de esas líneas enérjicamente es- 
presadas en los momentos en que el organismo se desquicia, des- 
fallece él espíritu y los ojos se enturbian; suije con un vigor 
admirable el retrato moral de uno de nuestros antepasados, hom- 
bre que quizá era de la pasta con que se han hecho los estadistas 
y los cancilleres de hierro, y que por vivir en una época en que las 
luces se apagaban al toque de la oración y los libros eran arroja- 
dos en la bahia de Valparaíso como peligroso contrabando, solo 
pudo dedicar las fuerzas de su vitalidad asombrosa a ordenar entre 
estertor y estertor agónico, que no se estropearan los muebles y 
cortinajes de su sala, y no se pusiera nadie careta llorosa y senti- 
mental para acompañar al cementerio sus restos. 

En otro medio ambiente, el modesto retrato de un oidor de 
Chile, pudo convertirse en la famosa tela del Conde Duque de Oli- 



loS 

vares, que inmortalizó a Velásquez. Pero, quien no vio mas alturas 
que las del cerro de San Cristóbal, no contempló mas correntosos 
caudales que los del Mapocho, no nutrió su espíritu y su organis- 
mo con mas alimento que el mate en leche, ni sintió ajitados sus 
nervios por mas tormentas que las de los capítulos conventuales 
tuvo que contentarse con saber las tres cosas primordiales que se 
necesitaban en esa época para ser sabio: jugar al carga burro, rezar 
de corrido y sin saltarse una palabra los misterios gloriosos, gozo- 
sos y dolorosos y tener el mayor número de hijos posible. 



V ▼ T 



No sabemos si nuestros lectores creen que son éstas disertacio- 
nes sutiles y alambicadas: pero se nos ha metido entre ceja y ceja 
que en la cláusula testamentaria del oidor Martínez de Aldunate, 
hai todo un carácter revelado. 

Que se ponga «mi cuerpo sobre la tierra con cuatro luces y cua- 
tro hachas»; «que no se descuelgue la cuadra ni la sala, porque 
esto no sirve de otra cosa que de romper los lienzos y trastes»; y 
finalmente, que no se dé «parte a los tribunales porque a todos re- 
levo de la asistencia y les suplico que no se incomoden»; he ahí 
tres declaraciones que revelan al cristiano de corazón que ve en la 
agonia la vanidad de las grandezas de la tierra; al propietario eco- 
nómico, guardador y hasta mezquino, que quiere después de muer- 
to prevenir los deterioros de su casa; y al socarrón y abierto hom- 
bre de mundo que no tolera, ni aun cadáver, que vaya escol- 
tándolo en forma hipócrita el cortejo de los que fueron sus 
amigos. 

Dadle un rostro cualquiera, ponedle un amplio cuello y un cor- 
batin de triple vuelta, encerrad el conjunto en un ancho marco 
viejo, colgado en un rincón oscuro, y tendréis el verídico, el 
fiel, el perfecto retrato de un chileno en el siglo XVIII. 



J? J? 



El maestro Tin -Tin 



ASI lo llamaban en todos los alrededores porque desde mui 
lejos ysL se sentía el golpe del yunque en su fragua del barran- 
co del rio. Era un viejo de cara sumamente bondadosa, ojos 
^ suaves, y aspecto inofensivo y simpático. Herrero desde 
muchos años, prestaba sus servicios en la hacienda, compo- 
niendo un dia la llanta de una carreta, supliendo otras el 
perno de un arado, haciendo el cerrojo de un portón o soldando 
los sunchos de una tina. 

Desde el amanecer se sentia ya el vibrante golpe del yunque, 
llenando todo el barranco y sobresaliendo sobre los mil ruidos del 
despertar de las mañanas de campo. Era una nota aguda, alta, 
cristalina, que contribuía a alegrar el comienzo del trabajo, como 
un valiente toque de diana. Y cuando pasaban los peones con la 
herramienta al hombro para ir a ocupar el puesto que a cada cual 
le correspondía en la batalla del dia, decian entre sí: 
— ^Ya está el maestro ttn^ttn en la fragua. 

Cada dia llegaba alguien hasta la puerta de su casa, abierta entre 

dos álamos viejos, y adornada con dos frondosas matas de cardenales 

jos, en consulta de algún d^calabro de ferretería. Y el maestro 



no 



tin-tin salía con las mangas arremangadas y su delantal de mezcli- 
Ha azul, y siempre sonriente, siempre amable lo resolvía todo a ojo 
de buen varón. 

A medida que la tarde declinaba iba bajando el diapasón de los 
golpes del maestro, hasta que junto con hundirse la última estre- 
midad del sol en el poniente, se sentía el último golpe, el del 
combo que caía abandonado sobre el yunque. 

Entonces el viejo salía a la puerta a ver pasar a ios que volvían 
del trabajo y allí permanecía hasta que al otro lado del río tocaban 
el ángelus y lo rezaba él con la cabeza descubierta y la vista baja 
para entrarse después a la casa donde ya hervía la j|olla de fréjoles 
al fuego. 

El maestro iin-tin tenía cuatro hijos, de 23 años el menor, y de 
32 el primero; pero ninguno vivía allí al lado de esa fragua y de 
ese yunque a cuyo golpe habían despertado y se habían dormido 
tanto tiempo. Le querían, le respetaban, le oían; pero cada uno 
había partido con su saquíto al hombro, siguiendo ese errante 
camino de nuestros peones, que no necesitan de brújulas, ni de 
reloj, ni de calendarios. 

El viejo se iba gastando. Sentía que el martillo no caía con 
tanta fuerza y echaba la culpa de esto al fierro, que según él 
"estaba >a tan duro como el corazón de un impenitente". Pero 
resultó que un día se quebró una llanta que acababa de componer; 
otro resultó inservible un perno para un arado; y cada vez demo- 
raba mas tiempo en las mas insignificantes operaciones. 

El patrón, respetando la ancianidad y los servicios del maestro 
tin-tin^ le dejó su fragua, su casa, sus herramientas y buscó en la 
vecindad otro herrero joven que fué a establecerse no lejos de él. 

Trabajaba un día el maestro y golpeaba penosamente el fierro 
enrojecido, lamentando que cada día lo hicieran mas duro y tenaz 
cuando creyó sentir alternado con sus golpes otros mas lejanos, 
pero mas fuertes, mas sonoros, mas enérjicos. Pensó en el primer 
momento que soñaba; pero dejando quieto después su martillo 
pudo escuchar claramente los golpes de otro martillo y otro 
yunque. 

Y entonces cayendo desalentada la cana cabeza sobre el 
pecho, pensó con la mas amarga sonrisa: ' 



III 



—No era el fíerro el que estaba duro, era mi brazo que estaba 
débil 

Y después alegrándosele el rostro, iluminándosele los ojos, se 
hizo todo oidos, y llamando apresuradamente a su hija, le dijo: 

— ^¡Oye. oye! ¿Sientes ese otro martillo? Asi tan fuerte, tan vigo- 
roso, tan robusto era el brazo de tu padre. ¡Así golpeaba yo! ¡Asi 
debe golpear un herrero! 

Pero vencido después por la amargura de su impotencia, sollo- 
zando como un niño, apoyó su cara en el hombro de la muchacha 
y apenas pudo hablar. 

—Ya no me ocupan, hija. . . Ya ha llegado otro herrero! ¡Si si- 
quiera tuviera yo uno de mis hijos a mi lado, para enseñarle el 
ofíciode su padre! 



O O O 



Desde entonces el maestro Hn-tin se echó a buscar por los 
caminos, trozos de hierro, pedazos de llanta, clavos, sunchos, 
pernos, tuercas, y echándolos todos a una bolsa, se volvia paso a 
paso a su casa y la vaciaba al pié de la fragua. Durante muchos 
días se le vio vacilante, rendido, sudando, pero sin cejar un punto 
en su tarea hasta el montón subió algunas varas. 

Después comenzó con el ardor de sus buenos tiempos la tarea 
de enrojecer los fierros y golpearlos y unirlos. No le era posible 
estar mano sobre mano, sin ver encendidos los carbones de la 
fragua, y sintiendo solo los golpes del otro herrero, del forastero 
que habla venido a suplantarlo. No podía el incansable viejo darse 
por derrotado antes de morir. 

¿Qué hacia el maestro tin-tin? Nadie lo sabia. Cuando con diver- 
sos trozos de hierro habia formado uno solo de medio metro de 
largo, lo dejaba y comenzaba imo nuevo; y todos estos bastones 
forjados a golpe de combo iban a parar debajo de su catre, haci- 
nados en un montón. 

De nuevo habia vuelto el vecindario a acostu mbrarse a la incan- 
sable actividad dd maestro iin-tin. Desde lejos se sentian alterna- 



dos, caoa dos golpes sonoros y vigorosos del herrero joven, mío 
apagado y débil del herrero viejo. Parecía aquello el sonar de un 
l>éndiilo. la díspnta de la vida con el tiempo, un diálogo entre vi 



aliento juvenil del que comienza y el jadeo anhelante del que 
acaba. . 

Una mañana salió el sol, avanzó el dia, comenzó el herrero 
joven a dar en el yunque, y el maestro lin'iin callaba . ¿Qué le 
pasará al maestro? se preguntaban todos, y poco a poco fueron 
llegando las vecinas, y entrando a la modesta casita de los carde- 
nales rojos. 



£1 viejo estaba en cama, tendido de espaldas y respirando con 
fatiga Muí luego pasaron el rio y avisaron al cura que debia ayu- 
dar al herrero a hacer sus maletas para el último viaje. 

Entretanto el maestro iin-tin habia dado orden de llamar a sus 
hijos, y la muchacha sentada a la puerta fué enviando el aviso con 
todas las carretas, arrieros y carruajes que pasaban en diversas 
du-ecciones. 

Un largo, un interminable dia de agonia, trascurrió con la len- 
titud del dolor y del sufrimiento. ¿Qué cosa es la vida — decia el 
cura al salir — sino una herrería que cada cual da en el joinque 
hasta que se fatigan los brazos y se apaga la fragua? 

A la noche llegaron dos de los hijos y el otro al amanecer. Mui 
tempranito, cuando apenas clareaba el alba, un ruido de campani- 
llas y de rezos se dejó sentir hacia el rio, donde atravesaba el cura 
en su carruaje a traer el viático al moribundo. 

Lo recibió éste en medio del recojimiento de todos y de los so- 
llozos de los hijos que, arrodillados en torno de la cam*a, cojian de 
sus manos curtidas y secas, al agonizante. 

El viejo quiso hablar, se incorporó, miró a los tres muchachos 
que, con los ojos llenos de lágrimas le atendían, y dijo con desma- 
yada y torpe voz: 

—Debajo de mi cama hai cincuenta varas de fierro. Mi única 
disposición es que me hagan mis tres hijos, con ellas, una cruz 
grande para plantarla en mi tumba. Trabajen en esta obra incan- 
sablemente porque no podré estar tranquilo en la otra vida, mien- 
tras no esté mi cuerpo a la sombra de esa cruz. 

Y murió. 



O O O 



Los tres hijos se pusieron entonces a la obra. Encendieron la 
íragua y comenzaron ardorosamente a unir las varas para formar 
la cruz. Durante un mes resonó todo el barranco del rio con los 
tnartillazos de los fuertes y robustos herederos del maestro tin-lin. 

Por fin, quedó la cruz concluida y los tres marcharon a la tarde 



114 

hasta el cementerio parroquial, donde la clavaron respetuosamente 
y rezaron con las cabezas descubiertas. 

A la vuelta los esperaba humeante la olla sobre el fuego; y la 
hermanita soplaba los tizones con la faz aun encendida y llo- 
rosa. 

Los hermanos se miraron y quedaron pensativos un instante 
Por fin, el mayor dijo: 

— Yo creo haber entendido la última voluntad de mi padre. 
Tanto daba poner en su tumba una cruz de palo como una cruz 
de piedra. Pero él quiso que la hiciéramos nosotros, de fierro, 
para que nos acostumbráramos a su oficio y le tomáramos cariño 
a la fragua. . . Yo no corro mas tierras; he aprendido ya a golpear 
el fierro y me quedo aqui de herrero. . . 

Kl segundo esclamó: 

— Y yo he aprendido a caldear la fragua. . . Te acompaño. 

Y agregó el tercero: 

— Yo también me quedo. 

Y se quedaron los tres. Y es fama que ios golpes de su jrunque 
sonaban diez veces mas que los del herrero nuevo, porque el 
maestro iin-tin rejuvenecido ya en la otra vida, ponia toda su 
fuerza en los brazos de sus tres hijos. 

O O O 



Un dia pasamos en coche por el barranco dd no. El señor cura 
asomando la cabeza por la ventanilla hizo un saludo cariñoso a 
los tres robustos herreros, y sonriendo, nos dijo: 

— Esos son los sucesores del maestro tin-tin. 



sr 3r 



^ 




La muerte de las arboledas ^'^ 



...El señor Lavergne pronosticó la 
ruina total, en breve plazo, de las arbo- 
ledas frutales. (Cofiferenda cientifica,i 



LAS epidemias no nos dejan en paz, pues no solo sitian nuestras 
ciudades diezmando los barrios pobres, sino que también cru- 
zan los campos y llegan a los mas apaciblas rincones, turbando 
la tranquilidad de la vida agrícola. Las enfermedades del gana- 
do, sorpresivas huéspedas con que no contaban los agriculto- 
res al confiar su ganancia al tiempo y a los pastos; las abundantes 
lluvias de los inviernos que no daban tregua para que el sol oreara 



(i) £1 señor Lavergne alndido en este artículo, envió a El Mercurio la 
carta que sigue: 

Al señor Anjel Pino: 

Pues nó, no me he reido de sus fantasías de arborícultura, mui al contra- 
río, su artículo me ha interesado y preocupado mucho, ya que, como us- 
ted,*soi admirador apasionado de todo lo que es hermoso en la naturaleza 
y el grito qne ha salido de mis labios para denunciar la pérdida progresiva 
<Te nuestras arboledas, lo hubiera lanzado como aficionado si no hubiera 



Ii6 

los campos y se pudiera derramar sobre ellos la semilla; las pestes 
de las viñas, traidoras asaltantes del racimo maduro y del sarmien- 
to vigoroso; 5- hoi las enfermedades secretas que van minando los 
huertos y destruyendo clandestinamente la poesia de la verdura y 
el encanto de la sombra. 

Huerto y arboleda son sinónimos; |>ero no obstante encontramos 
mas sujestiva la segunda denominación, tan chilena, tan agrícola, 
tan casera. En el huerto creemos ver la simétrica alineación de la 
hortaliza; las calles paralelas de duraznos jóvenes puestas allí para 
aprovechar hasta el último rincón de terreno; el parrón moderno 
de fierro o de madera pintada, que divide en cuatro partes la plan- 



sido un estricto deber de mi cargo llamar sobre ella la atención de los po- 
deres públicos y de los interesados. 

Usted me escusará ciertamente, distinguido señor, que responda a su ar- 
ticulo pues lo considero peligroso: peligroso porque escrito en una forma 
literaria y graciosa, sé que ha sido leído y comentado por muchos; pelig;ro- 
so pues, comprobado el mal y descrito humorísticamente sus causas y con- 
secuencias inmediatas, reclama simplemente la ayuda de «las tunas que de- 
ben alargar sus ramas 3' aguzar sus traidoras espinas para no dejar llegar allí 
bis plagas asi como no dejan llegar a los rateros que también saben que no 
hai nada mas dulce y sabroso que la fruta del cercado ajeno.» 

Si reflexiona, ¿no cree usted que se ha hecho el cantor «de los viejos pa- 
rrones poéticos y asoleados, «'^ los frondosos perales, de los naranjos en 
flor y de los duraznos con raii. j& decorativas cargadas de pétalos rosados 
que el \4ento hace caer a tierra» no cree usted, digo, qu¿ hai algo mejor 
que hacer para salvar «estos preciosos reductos de poesia, de recreo y hasta 
(un profano vulgar habría escríto sodrr to<io) utilidad?» 

Usted pensará así, no lo dudo, y hablará a sus lectores un lenguaje mas 
prosaico dándoles a conocer, a muchos de ellos, que el gobierno de su pais, 
con un fin de prexnslon digno de alabanza ha levantado ya una barrera a 
todos esos males, creando en Santiago una institución que existe solo des- 
de mui pocos años en las naciones mas avanzadas. 

Me permito enviarle diversos documentos que le darán una idea de esa 
institución que he sido llamado a diríjir hace tres años y de los servicios 
que puede prestar. Ojalá que la prensa intelijente de Chile y los hombres 
prácticos que gracias a ella, esparcen la luz sobre sus conciudadanos, com- 
prendan todo el bien que resultaría de su organización mas completa con- 
tra esas • enfermedades secretas que van minando los huertos y destruyen- 
do clandestinamente la poesia de la verdura y el encanto de la sombra» y 
agregaré, yo, amena/.an(lo la ríque¿a nacional. 

Gastón Lavergne,« 

Director de la estación de patolojia 
vejetal de vejetaL 



ii8 

tacion; y hasta el invernáculo de vidrios empavonados que con- 
serva dentro, al tibio y húmedo calor de su galería, las orquídeas 
colgantes que abren lozanas las exóticas flores, los heléchos de 
hoja microscópica y tallito negro como azabache y los mus- 
gos eternamente verdes y mojados con gotas de agua casi imper- 
ceptibles. 

En cambio la arboleda es el desorden armónico de los árboles 
frutales, el huerto de nuestros antepasados, plantado sin reglas 
perdiendo el terreno barato de entonces y agrupando sin arte al- 
guno los ejemplares conocidos de antaño. En el centro el viejo pa- 
rrón hecho con troncos, bajo, asclerdo, poético, dejando caer el sol 
a trechos al través de las parras; a los lados los frondosos perales 
en cuyas ramas hai que trepar osadamente para remecer los gan- 
chos mas altos; a la orilla de una acequia que corre a tajo abierto, 
los manzanos en flor; mas lejos las decorativas ramas de los duraz- 
nos cargados de pétalos rosados que el viento hace caer al suelo; y 
aun mas lejos, apegadas a las orillas de las tapias las iunas cuyas 
espinosas y carnudas hojas son martirío de los tunos salta-cercas, 
aficionados a los idilios del claro de la luna. 

¿Faltará en la arboleda el perro amarrado con cadena, el galli- 
nero desde donde lanza el gallo su primer discurso a la aurora que 
llega, y la rosa trepadora que ha tomado la reja de fierro de una 
ventana? 

En ningún pedazo de campo como en una arboleda, hai mas sol, 
mas luz y mas calor; de ahí que Helsby, Fábres y Juan Francisco 
González se hayan enamorado de las huertas asoleadas, de los du- 
raznos floridos y de los parrones viejos. Se ha dicho que la natu- 
raleza es una grande artista; pues bien, nuestras arboledas son la 
paleta en que esta artista prepara y revuelve los colores para poner- 
los después mas diluidos y borrosos en el paisaje jeneral. 

Allí está la hoja del naranjo, verde oscura; la flor del durazno^ 
rosado claro; la del almendro, blanca como plumilla de nevada; el 
brote de la parra, verde encendido; el rayo del sol que atraviesa el 
parrón y ^ruza el suelo, dorado a fuego; la hoja de la manzanilla 
silvestre, amarillo clarísimo; y todo el arco iris en la fruta ma- 
dura, en la flor abierta y en la tela de araña vista al sol. 

Esas son las arboledas; las arboledas que se ven tan encantado" 



IK ) 

ras al travos de los anti;^uos y laboreados barrotes de In ventana; 
las arboledas en que se ha puesto la primera piedra de los mas 
atroces cólicos de la infancia; las arboledas a las cuales nadie 
habrá dajado de dedicar algunos versos en la clase de literatura, y 
las arboledas a que indudablemente ha aludido Xúñez de Arce en 
su Idiliu: 

jSiempre andábamos juntos! Siempre unidos 

buscábamos los nidos 
en los frondosos árboles del huerto! 

Es, pues, apenadora y triste la profecía científica que se hace de 
su muerte; porque es profecía contra la decoración de muchos sue- 
ños viejos, pero no por eso olvidados, y de muchas novelitas sen- 
timentales, pero no por eso soñadas. 

Es cierto que debemos a Europa y a su civilización todo lo que 
tenemos; pero es también cierto que por cada progreso alcanzado 
se ha pagado su precio justo, y ademas un tributo vitalicio. Los es- 
pañoles nos trajeron la cara blanca, la relijion y los pantalones: 
nosotros pagamos con la viruela. Mas tarde nos trajeron es- 
pléndidas semillas para los campos: nosotros pagamos con el cardo 
negro. Después se importaron al pais los toros Durham: nosotros 
pagamos con el censo de la tuberculosis. Vinieron las vides france- 
sas: nosotros pagamos con el oidium y \7{. filoxera. Vinieron novísi- 
mas clases de manzanas: pagamos con el pulgón que se envuelve 
en una pelerina blanca como las damas elegantes. Vinieron las ro- 
sas cultivadas, idealizadas, divinas: nosotros pagamos con la peste 
de los rosales. Vinieron las conquistas republicanas de principios 
del siglo: nosotros pagamos con las crisis ministeriales. Vino la 
paz armada: pagamos con el papel moneda. Y siendo nosotros tan 
buenos pagadores ¿aun hai alguien que hable con sorna del /></;»« 
de ChiU? 

Las arboledas eternas de antes, han caido ahora bajo la neuras- 
tenia universal que nos llega de Europa en los pliegues del vela- 
men de sus buques. Los primeros olivos que se plantaron en Chile 
existen lozanos, nudosos, con plétora de ramas y de raices; están 
en pié los membrillos bajo los cuales la Quintrala hacia apalear con 



I20 



SUS varillas a los esclavos; jiívenes y robustos se conservan lo > 
guindos cuyas raspaduras se metían a los cántaros de la aloja para 
darle su agriecito característico; intactas, airosas y hasta coquetas 
están las palmas con que surtía todas las iglesias el Domingo de 
Ramos el piadoso pero antiquísimo obispo González Marmolejo; 
no ha pasado un año por un durazno de cuyas ramas cojia con su 
propia mano los deliciosos aboymios el ínclito Portales; todavía pro- 
ducen y dan flores los almendros que suministraban la materia 
prima para las tortas pinzadas que las monjas agustinas mandaban 
a los presidentes Búlnes y Montt «en el día de su santo»; entre- 
tanto las modernas arboledas plantadas ayer no mas, sucumben 
como si también sus árboles tuvieran nervios y sintieran la jeneral 
neurastenia que lo invade todo. 

La voz del señor Lavergne debe llegar a lo mas apartados rin- 
cones del pais, y salvar esos preciosos reductos de poesía, recreo 
y hasta utilidad. 

Las tunas deben alargar sus ramas y aguzar sus traidoras espi- 
pinas para no dejar llegar allí las plagas, así como no dejan llegar 
a los rateros que también saben que no hai nada mas dulce y sa- 
broso «qiie la fruta del cercado ajeno.» 

¿Qué ha llevado a nuestras arboledas esta gettatura? ¿Qué e/.- 
traño elemento ha llegado a contaminar con debilidades y flaque- 
zas, la imperturbable serenidad de las viejas jeneracíones de duraz- 
noz, manzanos y perales? 

Un espíritu fantástico le echaría la culpa de esta ruina a los ár- 
boles y flores asiáticos, que han llegado a crecer en el suelo chile- 
no, y que sienten la mas horrible, la mas colosal de las noltaljias. 
Los dióspiros ya tan estendidos en los huertos, los perales del 
japón, los crisantemos, advenedizos japoneses que a fuerza de su- 
frir el recuerdo de la patria lejana, llenan la tierra chilena de sus 
malos humores, serán los causantes de esta muerte terrible. . . 

Pero Mr. Gastón Lavergne se reirá— y con razón — de estas f an - 
tasias de arboricultura. 



^í $ $ 



S16UIEHD0 EL PñUO 



ALLÁ en la cuarta plana de los diarios grandes, mui cerca de la 
Neurosina Prunicr y a veces codo con codo con las Fildoraz 
rosadas del doctor Williams para personas pálidas^ S2 colocan 
los recortes de los diarios de provincia, donde se da cuenta 
del buen o mal estado de las cosechas, de la difícil captura de 
unos bandoleros con muertos y heridos, o de un zapallo mui 
grande, mui absurdamente grande, que se ha dado en la hacienda 
de un respetable vecino. De tarde en tarde, se habla en esos párra- 
fos de un ternero con cinco patas, de un chanchito con un solo 
ojo o de un recien nacido que lleva escritos unos caracteres ejip- 
cios en la retina, invenciones a que son mui aficionados los perio- 
distas de cabecera de departamento. 

De tarde en tarde el párrafo piovinciano toma color, se enciende 
como una yesca, y llama sobre sí la despreocupada atención del 
que desprecia por costumbre la cuarta pajina de un diario. Ya es 
el drama pasional de una mujer estraviada que se ha arrojado de 
cabeza al rio, recibiendo el balde de agua fria cuando ya no que- 
daba tiempo para que lé aprovechara; ya la reñida y sangrienta 
lucha de un pobre comandante de policía, injerto de soldado en 



122 



huaso, con un grupo de bandidos, injertos de canallas en héroes; 
ya en fin la simple desgracia de crónica, el sencillo accidente sin 
color local, que tanto puede ocurrir en una pobre aldea como a 
media cuadra de la Catedral de Santiago. 

Precisamente es de esta última clase, la pequeña nota provincia- 
na que nos detiene en este instante pensativos ante el diario a 
medio doblar. Alguien dirá que es nimia y hasta trivial. Perfecta- 
menté. Cuando pasan inadvertido los detalles dolorosos, se vive 
muchísimo mas y se guardan sanas e intactas las enerjias para los 
choques recios. 

Albertina del Carmen se llamaba la heroina de un corto drama 
desarrollado a toda luz, a todo aire, a todo sol, en el sitio interior 
de una casa de Talca. Duró cinco minutos apenas; hubo cortísima 
lucha porque la heroina era débil como una hoja de sensitiva; dejó 
corta huella de lágrimas porque él no arrancó ningún vínculo de 
esos que manan sangre. 

Popo después de almuerzo — dice llanamente el cronista — es 
decir, a la hora en que el sol cae perpendicular y pasa al través 
del follaje de los árboles, sembrando el suelo de discos luminosos, 
una niñita de tres años y meses llamada Albertina del Carmen, 
salió con un primo suyo de corta edad, por el interior del sitio de 
la casa, para correr sobre la tierra que estaba cubierta por las 
primeras hojas del otoño. 

Probablemente, nadie ignora cómo son esos poéticos rincones 
de las casas grandes. Juan Francisco González los ha pintado, 
agregando a los colores de todas las paletas, uno, que no lo fabrica 
sino el Creador: el rayo de sol quemante y enervador. En mayo 
predomina en esos rincones la sepia: oscura, en los sarmientos 
casi desnudos del parrón; en todas sus gradaciones, hasta el ama- 
rillo, en las hojas secas que se van aplastando en orden de caida, 
sobre la tierra húmeda. 

Albertina estaba en esa edad en que se puede impunemente 
corretear con primos. Tres años es lo necesario para tenerse en 
pié y comenzar á hacer uso de un vocabulario mas abundante que 
aquel primitivo de los primeros meses, que se concentra en una 
sola espresion universal: ¡agú!. . 

Y naturalmente, lo que mas tenia que llamar la atención de la 



"3 

niñita, en el poético rincón de arboleda que veia por delante, era 
el pavo, el solemne pavo, que con su cabeza apegada al cuerpo, 
parecía meditar sobre asuntos graves, como el Seno de Ultima 
Esperanza, u otros aun mas complicados. 

Habia comenzado ella una carrera alegre y loca, seguida mas 
lejos por el primito. Carrera, que no hubiera terminado tan tráji- 
camente, y aun terminando, podría haber sido inconsciente y anti- 
cipada imitación de otras mas serías que quizá la misma chica 
hubiera corrido mas tarde seguida por el mismo prímo. Detuvo la 
carrera delante del pavo, y se quedó un instante atraída por esa 
pequeña fiera tan negra, y sin embargo tan pacífíca. Era necesarío 
pillarla, por una pluma aunque fuera, y volver hasta la casa triun- 
fante con ese real botin de cazador afortunado. 

El prímo vio escapar a su compañera como un celaje tras del 
pavo, que alarmado por tan inopinada persecución, echó también 
a andar armado y ancho como en dia de fiestas. La cosa tenia 
gracia. Diminuta ella, pero mas alta que la fiera que perseguía, 
colorada como una manzanita, alzando las manos para no clavár- 
selas con las cardas u ortigas del camino, volaba Albertina tras el 
pavo, volaba aguijoneada por el ansia de cojerlo. De repente, la 
chica desapareció a la vista del prímo, y solo se divisó el pavo que 
seguía corríendo y escabullándose detras de las matas. 

. . Solamente saltaron del canal, en que cayó la niña, algunas 
chispas de agua helada que el sol ardiente evaporó sobre la tierra. 
Y el ríncon de la huerta quedó un instante silencioso. El chico 
mudo, pálido, afirmado en el tronco de un árbol, con los ojos fijos 
e inmóviles en las aguas del canal. . . y el pavo medio echado, y 
con una ala estendida para descansar de la carrera. . . 






RUBIñ 



Es rubia. Tiene mucho calor en su seno, mucha pasión en su 
espíritu. Cuando algo la ajita, efervesce como un volcan. Los 
que la aman y se abrazan a ella se incendian como un mano- 
jo de espigas acercado a una llama. Es traidora, porque 
cuando parece que acaricia, perturba la cabeza y sopla al 
oido la propocision del mal. Ella aconseja el amor, pone alas al 
arrojo, impulsa al trabajo; pero no tarda también en hacer mortífe- 
ro el trabajo, temerario el arrojo y sangriento el amor. Ha recibido 
dje la madre tierra su sabia benéfica; ha purificado su espíritu 
sobre el fuego; y ha largado su blanca y ondeada cabellera de 
espuma bajo el sol. 

Es ella: la chicha, la rubia y tentadora su-ena que desde el fondo 
de la pipa de raulí canta su canción de vida. Al través de las 
tablas húmedas y unidas con el zuncho de acero, aparecen las 
burbujas de espuma blanca como la nieve, y parece que la malva- 
da se rie mostrando por las rendijas sus dientes de marfil. 

Amenazadora en el fondo de cobre, cuando el blanco espumarajo 
se ajita en la superficie y arde en el fogón el tronco de espino; se 
toma tranquila, soñolienta, pacífica, como envuelta en un sopor 
inconsciente, dentro de la gran pipa metida en el rincón de la 



126 

bodega oscura. Es la crisálida que comienza a echar alitas impal- 
pables. 

La damajuana, encerrada en su cubierta de mimbres, recibe el 
chorro al través del largo embudo de latón, y al retirarse éste, 
aparece en la boca el copo de espuma que burbujea y se apaga. Ks 
la mariposa que quiere tender el vuelo. 

Mas tarde, puesta en el vaso de vidrio, larga un perfume 
picante que llega a la garganta antes que el líquido. En la superfi- 
cie, un millar de burbujas se forman y estallan. Es la esencia que 
vuela 

Barbe> d'Aurevilly ha hablado de un loco que estaba enamorado 
de su espada. £1 dia que se abrazó con ella, fué el último de su 
amor. También ha habido en Chile millares de locos enamorados 
de la baya. Y el dia que han querido unirse con ella para siempre, 
han recibido la puñalada por la espalda. — Si; la baya sabe querer; 
pero es infiel como las mujeres turcas. 

La Liga Anti- Alcohólica debe hacer la vista gorda ante las 
lejítimas espansiones que produce la primera damajuana de chi- 
cha. Lo mejor de todo, lo mas razonable, lo mas prudente, seria 
que se declarara a todos los vientos que la chicha no es alcohol. 
¡Que lo desmienten los hechos! ¿Quién le cree a los hechos? 

Cerremos por un momento los ojos para abrir los de la fantasía. 
Todas las viñas han estremecido su follaje de grandes hojas ver- 
des, bajo una plaga esterminadora e incansable. La vendimia ha 
llegado a todas partes con su chupalla de paja tostada para defen- 
derse del sol, morena la cara, morenas las manos, negros, negrísi- 
mos los ojos. Las cortadoras de racimos se han diseminado 
cantando entre dientes. Y a la tarde, la carreta se acerca al elevado 
portón de la bodega, y van pasando los canastos, cargados del 
negro racimo de uva moscatel, de los dorados pámpanos de chas- 
selat y torontel y de los largos y desnudos colgajos de la pequeña 
pero dulcísima uva del pais. 

El jugo de toda esa carga, que es azúcar puro, cae al lagar y se 
filtra lentamente hasta el fondo de cobre que espera el momento de 
poner en ebullición el líquido y hacer salir del fuego, como el ave 
fénix, la jov'en y hermosa amiga de todos. 

Maa tarde a la luz de dos o tres chonchones de parafina, se 



127 

proyecta en las murallas de adobes sin enlucr la sombra jigan- 
tesca de los trabajadores que alimentan el horno con manojos de 
sarmientos, y recojen la espuma que hierve y se ajita en la superfi- 
cie, con la gran espumadera de hoja-lata. 

El primer rayo de sol que cae a la bodega alumbra el líquido 
tibio aun en las enfriaderas, que lo retienen con la suavidad con 
que se cuida a un convalescientc. 

Cerremos los ojos para ver con los de la fantasía cómo por todas 
las largas alamedas vecinas a Santiago, vienen las carretas carga- 
das de pipas. Parece que un ejército vencedor se acerca a la ciudad 
vencida. La jente no se descubre ni aclama con burras de triunfe 
esa larga caravana que avanza y avanza hacia Santiago; pero en 
Sancha su pecho, aspira con fuerza el perfume que se escapa de 
los recipientes y siente que en sus venas la sangre corre mas de 
prisa, pesan menos los pies y se ve mas claro y mas luminoso el dia. 

No necesita el soldado que en la puerta del cuartel lleva la 
bayoneta al hpmbro, preguntar a nadie lo que va pasando en esa 
carreta que golpea trabajosamente sobre el pavimento y produce 
un ruido de ferretería que se desarma. Pero siente mas emoción 
que si divisara al comandante! 

No pregunta tampoco el roto que clava los rieles en el medio 
de la calle lo que contienen esos barriles con su espiche clavado 
en la tapa. Le emocionan mucho mas que si pasara en la platafor- 
ma del carro una conductora buenamoza. 

Todos se miran, se sonríen.. ¡Ha llegado! ¿Quién? Ella. Ha lle- 
gado y la pasearían en triunfo como se ha paseado en París a la 
belleza en noches de Carnaval. Ha llegado; y hombres, mujeres, 
niños, soldados, peones, se agrupan a su lado, con el vaso en la mano- 

Es la amiga de todos; habla en un lenguaje que todos entienden; 
llega hasta las venas como si entrara al cuerpo otra alma; dilata 
las pupilas y las alumbra; pone alas en los pies e ilumina el cerebro. 

Se ha logrado llevar a las batallas el charqui y los fréjoles con- 
densados. El dia en que se pueda llevar toda la producción d 2 
chicha de nuestras viñas concretada en pequeñas tabletas en el 
bagaje del ejército. . . ¡amarrarse los pantalones, amigos y vccincs 
del norte y del este! 



CUENTO DE REVÉS 



CUAXrQtJiERA creerá que lo que voi en seguida a contares una le- 
yenda, leyenda de esas descoloridas ya por el tiempo, como si 
se tratara de un cuadro viejo descascarado por los años y des- 
tinado por la patina del sol y de la humedad. 

Nó: la pasada de los reyes magos por la cuesta del Loro^ 
en la provincia de Bio-Bio, es un hecho averiguado, del que dan 
testimonio fidedigno cuatro arrieros y dos soldados del Pudeto, 
que pernoctaban en un recodo de la cuesta, la noche de Pascua del 
año 99. 

La noche cayó mui lenta, como noche de verano. Por sobre el 
cerro de redondeadas cimas y abiertas quebradas, fueron cayendo 
velos sucesivos de un pálido gris, que poco a poco alejaron la luz 
y echaron definitivamente sobre los viajeros, la sombra que sobre- 
coje y que detiene. 

Era menester hacer alto, y los cuatro arrieros y los dos soldados 
se desmontaron, subiendo un poco por el cerro y arrimando sus ca- 
ballos a unos cuantos quiscos que, como brazos armados, surjian 
de la pelada superficie. 

En seguida se encendió una fogata en que entraron como com- 
bustible troncos de cardo, quiscos secos y manojos de teatiua. El 



fuego estalló, con una chispería prime* o, y dos o tres detonacio- 
nes de los tronquitos resecos, después, iluminando las fisonomías 
de los seis viajeros que mui pronto echaron mano de los comesti- 
bles y del líquido que llevaban. 

El cabo Romero rompió el silencio, diciendo que esa noche era 
Noche Buena y habia nacido Jesús en el portal de Belén. Los de- 
mas se sentaron sobre las piernas cruzadas, estiraron el cuello y 
escucharon con interés vivísimo. En el cielo habia aparecido una 
estrella grande, mui grande, una especie de cometa. Los reyes ma- 
gos, que hablan sentido algo interior que les Ikmaba a Belén, tncn 
taron en sus camellos, y al ver la estrella, conocieron que seria su 
resplandor el guia de sus pasos. Y marcharon. 

En ese instante las llamas de la fogata rompieron ya por todos 
lados, lamiendo los troncos y culebreando hacia arriba. Romero 
detuvo su relación para empinar un poco el codo y vaciar algo 
del contenido de una botella que iba circulando de mano en 
mano. 

— Pues bien — continuó el cabo — la estrella se puso andar, a an- 
dar, y los reyes magos la seguían al través del desierto, por sobre 
cerros enormes, atravesando ríos anchos y correntosos. 

Y la estrella seguía andando. 

En ese momento, el cabo Romero notó que sus compañeros ron- 
caban, y se calló para fijar la vista embelesada en la fogata que ar- 
día incansable. Se santiguó después en silencio y se quedó de nue- 
vo estático, pensando en su madre, en su hermana, en su novia, en 
esas tres mujeres que formaban un círculo dulcísimo en que jiraba 
su alma. Las llamas subían y bajaban, moviendo a su lado las som- 
bras de los quiscos y difundiendo en torno suyo un resplandor ro- 
jizo y misterioso. 

Momentos mas tarde, quedaban en ese mismo lugar los tizones 
a medio apagar, crujiendo los trozos de carbón al contacto frío de 
la noche y sumerjiéndose las últimas chispas en la ceniza. Todos 
dormían menos Romero que tenia la vista fija en el recodo en que 
bajaba la cuesta, como oyendo un rumor lejano, indeterminado» 
que no habría sabido decir de dónde llegaba. 

De repente, en la bajada de la cuesta,víó levantarse una claridad 
celeste, pero vaga y descolorida. Era como ese resplandor que una 



'3' 

luz de bengala azul deja en el último círculo de luz a donde llegn 
su poder luminoso. 

Romero abrió los ojos cuanto pudo, contuvo la respiración y se 
puso de rodillas. líl 
pecho le latia con 
faerza, se le secaba 
la garganta y en 
vano quedan sus 
labios entreabiertos 
juntarse de nuevo 
para murmurar una 
oración. 

En medio de la 
claridad, surjieron 
tres puntos brillan- 
tes como tres estre- 
llas, en seguida tres 
coronas de oro que 
brillaban como es- 
pejos, después los 
rostros majestuosos 
(le los tres reyes 
magos que llevaban 
en sus manos vasos 
de metal con pie- 
flras preciosas, y 
por fin los enormes 
camellos sobre que 
iban montados, mo- 
viéndose con lenti- 
tud de aparición, 
pero con poderoso 
re!ie\'e de cosa real 
y verdadera. 

Romero remeció 
nerviosamen te a su s 
compañeros, pero 



l\2 



los ronquidos seguian inannónicos. rudos, ásperos, como si allí 
delante de sus ojos no pasara nada. 

Los re\'es fueron alejándose en medio de la atmósfera celeste que 
los envolvía, hasta que se perdieron de vista en un recodo de la 
cuesta. 

El cabo Romero despertó a sus compañeros y con la voz temblo- 
rosa les contó lo que habia visto. Todos corrieron al borde de la 
quebrada, fijando la vista en el fondo oscuro del valle, y allí, si no 
les mintió la vista, vieron la estela celeste que avanzaba, y dentro 
de ella, los tres reyes, pequeñitos ya por la distancia, como si hu- 
bieran sido juguetes de un nacimiento de cartón. 

La fogata se habia apagado. 

4* i> 4- 

Cuando los arrieros }- los soldados del Pudeto llegaron a Los 
Anjeles y contaron a quien les quiso oir que habían visto pasar a 
los reyes magos por la cuesta del Loro, todo el mundo torció el 
jesto y los tildó de borrachos. 

Sin embargo, nadie que conozca al cabo Romero, ignora que 
éste es el soldado mas temperante del ejército chileno. 




EL ULTimO CUCURUCHO 



Tristísima estaba la tarde del miércoles. Encapotado el cielo, 
helado el viento, indecisa la última luz del día, la procesión 
del Señor Cautivo entraba en el panorama para completar el 
melancólico crepúsculo de otoño. 
Las heladas rachas del norte, presajio de lluvia, hacian vaci- 
lar las Uamitas de los cirios y entrecortar las ave-mar ias rezadas en 
alta voz v fervoroso acento. Las andas pasaban llevadas sobre 
hombros, levantando un murmullo de rezos que espontáneamente 
salia del pecho hasta los labios. 

Las dos filas de acompañantes se alargaban culebreando a am- 
bos lados de la calle y formando un tajamar de luces a la muche- 
aumt>re que llegaba a oleadas. Algunos ojos encendidos por la fé 
se ñjaban, brillantes y húmedos, en la doliente figura de Cristo; 
otros miraban con el embeleso del que ha perdido la noción de lo 
presente y deja tender desenfrenado vuelo a la imajinacion ardo- 
rosa; y muchos movian los labios orando en solemne y respetuoso 
silencio. 

Cerraba la procesión la .Vírjen de los Dolores, con los ojos le- 
vantados hacia el cielo y la faz dolorida y pálida, cruzadas las 



manos cerca del pecho como para amortiguar el aguijón de las 
espadas, y erguida sobre el anda como un emblema santo del dolor 
humano. 

Y atrás, como rezagado, arrastrando los pies, algo encorvada la 
espalda, seguia un cucurucho lentamente, repitiendo con tono 
lastimero: «Para el santo entierro de Cristo y soledad de la Vír- 
jen.» 

Nos pareció en ese instante que el cucurucho forrado de choleta 
negra, bajo la cual se ocultaba seguramente un anciano, constituía 
una resurrección del espíritu de la vieja y criolla Santiago que oraba 
aterrada frente a la torva imájen del Señor de Mayo y ayunaba a 
pan y agua desde el alba hasta la noche del Viernes Santo. 

El cucurucho avanzaba casi empujado por la muchedumbre, 
dejando ver la lustrosa y puntiaguda punta de choleta sobre los 
mantos negros y las cabezas descubiertas. / / '// cucurucho! decian a 
media voz tocándose los codos, hombres y mujeres y empinándose 
para seguirle sus pasos y no perder uno solo de sus movimientos. 
Muchos chicos levantados en alto, clavaban un par de enormes 
ojos negros sobre el cucurucho y se recojian luego entro los bra- 
zos del padre, para no ver aquel fantasma siniestro que seguía 
diciendo con plañidera voz: ♦Para el santo entierro de Cristo y 
soledad de la Vírjen.» 

La tarde oscurecía y enfriaba. Las rachas del norte apagaban 
las inquietas llamitas de las velas, y la Virjen de Dolores seguia 
erguida como una flor de sangre, con los ojos clavados en el cielo 
y las manos dolorosamente cruzadas sobre el pecho. 

Las campanitas de San Miguel, mudas, no dejaron oir nota 
alguna. Gruesos goterones comenzaron a caer elevando un olor a 
tierra húmeda y a pábilo y cera mojada . . y la procesión comenzó 
a disolverse. 

El cucurucho quedó en el medio de la calle, como desorientado 
y perdido. Una nube de muchachos avanzó hacia él en actitud 
hostil y un terroncito, lan^^ado con excelente puntefia, fué a desa- 
cerse en la choleta engomada. 

Del otro lado, un tranvía eléctrico con su irrespetuosa e inscien- 
te campanita de bronce, amenazó a su vez con llevarse por delante 
al cucunicho. 



(Qué hacer? De arriba, la lluvia; de un lado los granujas impla- 
cables; del otro lado la desconocida fuerza moderna. Y el cucuru- 
cho desapareció.. . . 
Cuando pasado ya el 
vehículo, haciendo so- 
nar abajo los rieles y 
arriba el hi- 
le 



'36 

los muchachos avalanzarse sobre él, lo vieron alejándose como 
una exhalación sentado en el carrito y destacando su negra silue- 
ta de lechuza en la blanca claridad de la luz eléctrica. 

Enorme griteria se dejó oir y un clamor unánime salió de aque- 
llos provocativos labios. 

—¡Se vá el cucurucho! ¡Adiós, cucurucho! ¡Adiós, cucurucho! 

Y cuando nosotros vimos pasar el tranvía llevando dentro la 
solitaria y triste figura del cucurucho, dijimos también: 

— ¡Te vas cucurucho!. . . pero te vas para no volver. , . ¡Gasta lo 
que has conseguido para el santo entieiro de Cristo y soledad de 
la Vírjen, en tu propia soledad y en tu propio entierro! 

Y en esos momentos, deshecha ya la lluvia y oscurecida la 
tarde, entraba a San Miguel la Vírjen de Dolores con los ojos 
clavados en el cielo y pálida y descolorida la faz. . . 




Lñ compñfiíñ 



CADA año, cuando el 8 de diciembre termina en los hogares chi- 
lenos el mes de Maria y se retiran del improvisado altar los 
nardos marchitos, surje como evocado por la majia de la úl- 
tima plegaria y por el aroma de los cirios recien apagados, el 
recuerdo de aquella trajedia de que fueron testigos presen- 
ciales nuestros padres, y lacrimosos oyentes, nuestras madres. 

De esta manera, cuando con los ojos húmedos por la tierna emo- 
ción, se arrodillan los niños y niñas frente a los altares que hoi 
resplandecen llenos de flores, gasas y cirios encendidos, clavan la 
pupila en el fondo oscuro del templo con esa vaguedad de embe- 
leso y esa inconsciencia indefinida del recuerdo lejano que se agol- 
pa a la memoria. En un dia como hoi — dice ese recuerdo pálido }- 
borroso — ardió la Compañia, envolviendo en llamas voraces y de- 
sapiadadas a la madre, a la hermana, a la tia, a la abuela anciana 
que no se resignó a quedarse esa noche en la casa sin ver la célica 
figura de María en un fondo de gasa azul tachonado de estrellas y 
sobre un pedestal de rosas recien abiertas. 

¿Quién no ha oido contar cien veces aquella noche aciaga en que 
Santiago se iluminó siniestramente con la hoguera humana que 



13« 

consufiíió dos mil cadáveres? ¿Quién no ha oido temblar la voz y 
ahogársele en la garganta al narrador al describir las sangrientas 
escenas que se multiplicaban debajo de cada arco desplomado? 
¿Quién no sabe' de memoria las coincidencias que hicieron salir esa 
noche de su casa a buscar la muerte, a quienes jamas salian; y que- 
darse tranquilos esperando la vuelta délos demás, a quienes habian 
ido noche a noche al templo? 

Años atrás, cuando se hablaba del incendio de la Compañía y se 
hacia círculo al rededor del que habia sido testigo activo de aque- 
lla inolvidable y colosal trajedia, hasta las paredes parecían intere- 
sarse en ese recuerdo común. . . Estaban allí las silletas de asiento 
de totora con racimos de guindas pintados en las tablas del res- 
paldo; los mates en leche que circulaban de mano en mano y de 
los que parecían salir ecos de antaño; y a la orilla de la puerta, la 
china, esperando en cuclillas que sonara la última chupada de la 
bombilla para sacar el mate y cebar el otro, entreteniendo el tiem- 
po en poner terrones de azúcar sóbrelas brasas y suspirar, pensan- 
do en la señora que no volvió esa noche de la iglesia. Pero hoi. . . los 
jarrones chinos puestos en el rincón de la sala, deben encojerse de 
hombros sin entender una letra del cuento, los bronces fundidos 
en París se aburrirán sobre la chimenea de mármol sintiendo la 
nostaljia del bouUtmrd, y las doradas tacitas de té que se beben de 
un sorbo sobre los platillos cuadrados, no ayudarán a sujerír nada 
de esa fatídica reminiscencia de antaño. 

Sí; ya se acabó la decoración para el tema del incendio de la 
Compañía; pues, ni siquiera queda en el hueco de las ventanas la 
clásica matita de congona, desterrada en toda la línea por la begonia 
de hojas aterciopeladas o de tisú de plata. 

Por eso nuestro cuento de hoi no es fresco, sino de aquellos 
tiempos en que nos intrigaba horriblemente la definición de 
verbo de la gramática de Bello, figurándonos que era menester 
ser ministro de Estado o cosa así para entenderla y aprenderla. 

Teníamos una amiga que nos llevaba algunos años, lo que 
alejaba todo interés matrimonial de nuestra amistad: ella tenia 
ochenta años cumpliditos y nosotros ocho sin cumplir. Sin embar- 
go, conjeniábamos de tal manera con la viejecita, que nos ocupaba 
muí a menudo en la lectura de un libróte de meditaciones, llamado 



'39 

Verdades eternas, lectura que salía con un sonsonete verdaderamente 
insoportable, pero que a ella la atraía al recojimiento y a la piedad. 
Por cierto que no olvidaremos nunca uno de los capítulos que mas 
veces me vi obligado a repetir. Era una dama de honor de una 
reina, raui entregada a la piedad, que una vez tuvo la gran fortuna 
de ver su alma en la forma de una joven muí hermosa, pero con 
un sinnúmero de pecas y manchas en el rostro. Alarmada la dama, 
fué a consultar a un relijioso, quien la dijo que no temiera, porque 
las manchas representaban los pecados veníales. Nuestra amiga 
gustaba de este capítulo con la misma fruición con que un wagne- 
riano 03'e una parte de Lohengrin o Tannháuser. 

Pues bien, para ser absolutamente sinceros, debemos confesar 
que lo que mas nos atraía a su casa, no eran por cierto las verda- 
des eternas, que, como verdades solían ser amargas, sino un deli- 
cioso dulce de guindas guardado en tarros de loza vidriada, en la 
alacena del comedor, o una fragante mistela de apio conservada en 
botellas de cristal en una raistelera muí sui generis. Sí ya por enton- 
ces no nos hubiéramos creído una persona formal, con seguridad 
nos habría llamado también poderosamente la atención, un reloj de 
los llamados de Cuco, que en vez de campana marcaba con un cú 
cú algo lastimero cada hora. 

El mobiliario de la sala en que tenían lugar lus lecturas y medi- 
taciones y también donde engullíamos las guindas en almíbar o la 
olorosa mistela de apio, era escaso pero propio. 

Sobre una cómoda con cubierta de mármol, un fanal cubría un 
niño Jesús de cera, no respetado ni en gracia de su linda cara de 
manzanita madura, de las huellas de las moscas dejadas en alguna 
temporada en que permaneció descubierto; encima de la mesa una 
gruta de Lourdes de cartón piedra con todos sus menores detalles, 
y al lado la botella de agua con su vaso sumido sobre el gollete; va- 
rias sillas con tapiz verde, algo desteñido por el sol y el rose de las 
ropas; una chimenea sobre la cual descansaba el reloj de cuco al 
centro, la mis telera a un lado y la caja con los anteojos al otro; he 
ahí el conjunto de esa salita a la que muchas veces nos hemos sen- 
tido trasportados con la fantasía, huyendo de la sala de redacción 
atestada de folletos, periódicos, grabados y papeles. 



!40 

Allí se nos contó por primera vez lo que fué el incendio de la 
Compañía, y por cierto que no olvidamos un detalle. 

Esa noche nos costó mucho juntar los párpados y dormir, por- 
que nuestra amiga se habia encontrado en el incendio y lo contaba 
todo con un colorido que ponia los pelos de punta. 

— ¿Sabes por qué siento yo estos dolores reumáticos? — nos pre- 
guntó un dia. 

Nos guardamos mui bien de responder que por la edad. 

—Bueno, yo te lo voi a contar. 

«Terminaba el mes de Maria, y se habia anunciado que la última 
noche la iglesia iba a arder en luces. 

¡Quién hubiera pensado que iba a arder en llamas! 

Yo estaba sola, porque se habia ido todo el mundo a la Compa- 
ñía, y me habia puesto a cebar mi mate. 

De repente siento el repique con que entraba la función y me 
entraron unas ganas de ir yo también . . 

¡Cómo estaria de linda la Víxjen con su media luna de luces, las 
flores blancas y los miles de velas a los lados! No pude mas, rae 
puse el manto, tomé mi alfombra y salí a escape. 

Cuando entré, la iglesia era un homo. Hacia un calor insopor- 
table y las mujeres se abanicaban con el manto. . . En el fondo 
estaba el altar; pero qué altar, niño! 

Era aquello un pedazo de cielo, un sueño, una gloria. Millones 
de luces se movian con el viento sobre un enorme jardin de flores 
blancas, rosas, azucenas, claveles, nardos. I<a Vírjen estaba en el 
medio y parecia volar por sobre ese homo de llamaradas. Yo me 
hinqué y me puse a rezar una oración, encomendándole a la Seño- 
ra a mis hijos, a mi marido, a mis hermanas. 

De repente un grito de mujer, pero un grito horrible me hizo 
saltar. 

Apenas pude ver el altar de donde salian unas llamas mui largas, 
pero mui largas, que casi llegaban al techo. No pude mirar mas 
porque la jente se habia parado y corria, yo también me paré, pero 
se vinieron sobre mí y rodé con otras por el suelo. 

¡Cuidado con mi vestidol — gritaba yo acordándome que estaba 
con mi basquina de cachemira. Pero ahí nadie oia, era un clamo- 
reo, una gritería de demonios. 



Yo tenia encima de mí diez o veinte mujeres; pero asi y todo al- 
canzaba a ver el resplandor de las llamas. 

De repente pude desprenderme y correr hasta un estremo, cre- 
yendo encontrar salida. Muchas rezaban a gritos, otras en vez de 



correr se echaban al suelo llorando, otras se llamaban por sus 
nombres 

¡Dios mió, que horror! 

Yo llegué en el momento en que la torre se incendiaba y comen- 
zaban a caer vigas ardiendo; tuve miedo y me aparté de ese Jado, 
cuando se sintió una campanada, una sola campanadn, y después 



142 

un ruido terrible, seco, de fierro que se quebraba. Era la campana de 
la Compañia que habiacaido ala iglesia, aplastando a mucha jente. . . 

Mientras mas quería huir, mas me empujaban hasta ese lado, 
y tuve que ver las piernas cortadas al lado de la campana. . . 

Después del incendio, cuando la levantaron, encontraron a dos 
señoras que hablan quedada dentro destrozadas, con los ojos enor- 
mes y abiertos, casi vaciados de las cuencas. . 

En ese momento sentí que una voz me dijo de atrás: «¡mista 
Tránsito!. Yo miré y vi una señora mui linda con la cara ilumina- 
da y sonriente con un vestido largo de seda azul, que llevaba déla 
mano un niñito. 

Comprendí que era la vírjen, y le dije: «aquí estoi, pues, señora, 
por venir a verte en tu dia». 

Ella entonces se acercó, y me tomó de un brazo y comenzó a sa- 
carme. 

En la salida dejé la alfombra, el manto, parte del vestido, una 
manga, los dos zapatos, y así hecha pedazos me encontré de repen- 
te en la calle por donde corrí como una loca. 

Dos dias me pasé rezando. Una de mis hermanas habia quedado 
en los escombros y no pudo saberse de ella. Cuando logré calmar 
mi terror pude conciliar el sueño y dormir. 

Una noche se me apareció la misma señora que habia visto en 
la Compañia y la cual habia ya olvidado; pero ya no llevaba el niño, 
y su vestido era negro. 

En la mañana amaren con un dolor en la pierna, que me dura 
hasta el dia de hoi >. 

Aquella noche no pudimos dormir pensando en esa campana 
enrojecida por el fuego, que tocó por última vez un fúnebre doble 
a la agonía de tanta jente, y en los ojos redondos, enormes, medio 
vaciados de las cuencas de las infelices mujeres que quedaron bajo 
de ella. 

Y no habríamos dormido en toda la noche, si no hubiera sido 
que mientras la señora Tránsito contaba su historia, nosotros me- 
nudeábamos las copitas de mistela de apio.. . . 

Luego nos cargó el sueño y con ese supino egoísmo del que es- 
tá entre las sábanas, nos dijimos para nosotros mismos: 

¿Y será cierto todo eso? 



'43 

Hoi no nos atreveríamos a contar de nuevo aquellas impresio- 
nes, porque bastaría la campana de los tranvías eléctricos, para 
espantarlas como sombras fujitivas de otros tiempos. 

Ya no hablamos con aquella amiga: primero, porque se murió, y 
después porque habia roto desde antes nuestras relaciones por ha- 
ber sabido que la habíamos llamado señora mayor. 

Si la pobre se hubiera visto el alma como aquella dama de honor 
de aquel capítulo, se habría notado en la cara ese pequeño lunar, de 
pretender ser joven a los ochenta años! 




LOS DOS PñTIOS 



(Cuadros db la ciudad) 



EN una apartada calle de Santiago, de esas que suelen figurar 
mas en los partes de policia que en los planos de la ciudad, 
existia una especie de conventillo de no mala apariencia, 
que constaba de dos patios cuadrados y grandes. 

En el primer patio, las piezas eran espaciosas y altas y el 
valor del arrendamiento no estaba al alcance del inquilino pobre y 
desheredado. Veinte pesos no es cantidad despreciable para un 
jornalero, que gana el doble o mui poco mas; pero si lo es para el 
cajista honrado que cobra veinte pesos en la semana o para la 
costurera activa que alcanza al rededor de diez, en el mismo 
tiempo. 

El segando patio of recia el aspecto jeneral ele nuestros conven- 
tillos. Salido el empedrado no se habia tenido cuidado de renovar- 
lo y el pavimento de tierra apretada habia dejado formar charcos 
en diversos puntos, que ni olian bien ni presentaban un agradable 
aspecto. La acequia corria a tajo abierto por el medio, arrastrando 
hojas, desperdicios de cocina, cambuchos de botellas, corchos, 



146 

papeles y otras materias igualmente putrefactas. Sus bordes tenían 
cierta vejetacion musgosa y mezquina, que ni crecia ni se agotaba, 
luchando entre las aguas con jabón de las artezas derramadas que 
le llevaban la muerte, y los numerosos abonos, portadores de fósfo- 
ros y otras materias azoadas que la comunicaban nuevo vigor y 
alientos nuevos. 

Las piezas del segundo patio se llamaban despreciativamente 
«cuartos» y valían entre cinco y siete pesos, según estuvieran mas 
cerca o mas lejos del pasadizo que comunicaba con el primero. 
Allí se lavaba al aire libre, se injuriaba en voz alta y se hacían 
muchísimas otras cosas que no permitían nunca una atmósfera 
respirable y limpia. 

Con un poquito de paciencia nos podemos orientar mas en los 
dos patios, y tomar partido en favor del uno o del otro en la reñi- 
dísima lucha civil que los mantuvo divididos por largo tiempa 

Entrando al primero, en lo que debiéramos llamar zaguán, si de 
una casa particular se tratase, estaban dos hermanas huérfanas, de 
veinticinco años una y la otra de edad indefinida que podría 
fluctuar muí bien entre los cincuenta y los veinte. Ambas buenas 
como el pan, beatitas de buena leí, hacendosas y honradas, habían 
sido encargadas por el dueño del conventillo de cobrar los arríen- 
dos y reservarse un cinco por ciento de ellos por comisión. Vivían 
allí con una tía, señora buena de verdad, que se había encontrado 
en el incendio de la Compañía, tomaba indefectiblemente un mate 
por la mañana y otro por la tarde, tan puntuales, que servían para 
marcar la hora a los vecinos, y rezaba en el resto del dia sin cesar 
para que Dios le perdonara los poquísimos e insignificantes peca- 
dos que había cometido. Las chicas — llamémoslas así — tenían esas 
caras que no son ni feas ni agraciadas, tan comunes en la jente 
humilde, que no cuida de ornamentarlas, sino que cuando mucho 
las restrega con un jabón barato y el agua potable de la llave. 

Seguía por un lado un señor español, carlista furioso y profesor 
de bandurria, que se pasaba todo el dia y noche de por medio, 
dando clases y acaparando pesos, por consiguiente. 

En seguida estaba el cuarto de una señorona de buena cara y 
mejor ropa. Mirándola por detras, parecía una fragata acorazada, y 
por delante una característica sin contrata. De perfil no estaba 



M7 

todavía mala para galantearla, y aun de frente, pues el profesor de 
bandurria, todas las noches al acostarse se arrimaba a una puerta 
que daba al cuarto de su vecina, y le decía con su acento andaluz. 
— Vezinita, ¡qué malo es estar solo! El dia que usté quiera mira 
a este servior, llamamos ar cura que está aquí cerca, y entonces 
economizamos una pieza. 

I^a señorona decia entonces con voz delgada y juvenil: 
— ¡Qué se alivie, señor Fernandez! ¡Es mejor estar sola que mal 
acompañada! 

Nuestra amiga tenia un tordo en su correspondiente jaula, col- 
gado al lado afuera de la puerta, y ante él agotaba el Diccionario 
de los términos amorosos y melifluos, que parecía haber hojeado 
mucho en su vida. 

¡Ai! — decia muchas veces suspirando, y a media voz — no me 
disgusta el señor Fernandez. Lo malo está que él querría infor- 
marse de mí, y a mí solo me conviene quien me tome a fardo ce- 
rrado. 

Frente a la señorona, un colejial provinciano tenia su aposento, 
y repasaba en la puerta todas las mañanas su lección de Código. 
Abrigó ciertas esperanzas de ser correspondido de su vecina en 
cierta época, y al efecto, le envió un ramo de flores con una tarjeta 
en que la llamaba «fruta madura», «granada surtida» y «rosa 
abierta». 

A continuación seguía la perla del primer patío. . ¡Ya nos deci- 
dimos por el primer patío! Pero nó; seguimos imparciales y apun- 
tamos sólo, como cronistas de verdad. A continuación seguía una 
costurera joven y casi, casi bonita. Se daban opiniones: el profesor 
de bandurria la encontraba francamente hermosa; pero la señorona 
su vecina, decia que era los veinte añítos los que la agraciaban. 
En cuanto a las hermanas del zaguán, le reconocían una doble 
belleza: la del cuerpo y la del alma. 
— Es buena — decían — por eso se ve bonita. 
Y sin embargo, ellas eran también buenas y de ninguna manera 
bonitas. 

La costurera se llamaba lisa y llanamente Juana, como se llaman 
tantas otras que ni son costureras, ni buenas ni bonitas. Tenia 
pelo negro y ojos negros, como la jeneralidad de las chilenas, una 



148 

boca sumamente graciosa sin ser pequeña, un cuerpo que, entre- 
gado a una corsetera hábil, resultaría ideal, Pero como Juana se 
peinaba echándose todo su pelo, abundante y sedoso, hacia atrás, 
y se ponia el manto sin arte ninguno, y se calzaba a la vuelta de 
la esquina, y no usaba ni siquiera los elementales polvos de arroz 
en su tocador, se veia, poco mas o menos, como otras, sin llamar 
sobre sí la atención como la hubiera llamado con un peinado 
artístico, con im buen manto chino puesto ante un espejo por 
mano maestra, o con unos zapatitos de charol de importación casi 
europea. 

¿Que por qué vivia sola mujer tan acabada? Su madre a quien 
acompañaba, tendió un dia el vuelo, dejando a su cordera deshecha 
en llanto. Ella le cerró los ojos y le rezó las letanías de la buena 
muerte y la amortajó. Su padre, piloto de un buque y tan mal ma- 
rido como mal padre y buen piloto, no podia o no quería hacerse 
cargo de ella. En cuanto a su hermano Andrés, sarjento del Buin, 
allí estaba enteramente absorbido por el cuartel y sin poder nada 
para juntar el antiguo hogar con el par de jirones sueltos que que- 
daba en el mundo. 

— ¿Sola estoi? — se dijo Juana — bueno, entonces a trabajar, a jun- 
tar unos reales y a casarse si la suerte. . . 

Nó; no decia «si la suerte» Juana, porque era mui buena cristia- 
na y porque si algo le pedia a Dios, era que le enviara un novio de 
buena estampa, trabajador, honrado y limpio. 



Y todavía nos queda otra mujer. Rubia, un tanto desenvuelta, 
desabrida de cara, con buena voz, corista del Variedades, sin preo- 
cupaciones de ninguna clase y con ochenta y tres pesos de sueldo 
mensual por presentarse tres veces cada noche en las tablas a ha- 
cer de aldeana, de chula, de valenciana o de aragonesa, a cantar 
hoi una jota y mañana un tango, a pescar hoi un aplauso y otro 
día un silbido y hasta alguna papa cruda, si venia al caso. 

Los demás vivientes del primer patio, eran brevemente y sin re- 
trato, un francés peluquero, un ájente de frutos del pais, un ma- 
trimonio empleado en una casa de comercio y un repórter de un 
diario de la mañana. 



M9 

Xatiiralmentc el segundo patio andaba nial cu la calidad de los 
vivientes. El mas caracterizado e importante de todos era el señor 
Vildeter, alemán de oríjen, pero un incansable aventurero que ha- 
bla estado en la Finlandia de esquimal, en el Sur del África de boer 
y en el Ecuador de revolucionario y de marido, porque allí contra- 
jo matrimonio. Era gordo como una tinaja de greda, chato, colora- 
dote y corto de vista. Usaba en los dias de sol un sombrerito hon- 
go tan chico, tan diminuto, tan insuficiente que parecía una perilla, 
y en los de lluvia un sombrero te de tan largas alas que semejaba 
una tapa. Profesor de idiomas, escitaba la hilaridad de los alum- 
nos, hora con la perilla, ora con la tapa. El señor Vildeter era, ade- 
mas de profesor, un sablista incansable y un bebedor de cognac 
no menos incansable. 

El señor Vildeter estaba unido a casi todos los acontecimientos 
sud-americanos. Tenia un colejio en Chorrillos y se lo quemaron 
los chilenos el 79: puso un hotel en Rio Janeiro, y cayó el Impe- 
rio; estableció otro colejio en Guayaquil y se incendió junto con 
un hijo suyo, en el gran incendio que devoró esta ciudad; se vino 
a Chile y cayó la conversión y el viejo lloraba bajo su descolorida 
tapa porque le devolvieron en billetes un reducido depósito 
que el infeliz haba hecho pocos dias antes en relucientes monedas 
de oro. 

También habia allí un par de lavanderas, que se lo pasaban todo 
el dia canta y canta, lava y lava, restriega y restriega. Procaces co- 
mo pocas, ponían al señor Vildeter de oro y azul cada vez que un 
poco mas bebido que de ordinario, se aventuraba éste a ir a 
darles un pellizco en los brazos desnudos llenos de lavaza y de 
agua. 

Tres costureras pero de mui distinta calidad de la perla del pri- 
mer patio, cosían allí ropa militar que iban a buscar al taller de 
Justiniano, donde la llevaban después concluida. En el dia daban 
vueltas a la máquina Singer y en la moche le daban a la guitarra, 
armándose en torno suyo tales zalagardas que ya las hermanas de 
la puerta se estaban escamando. 

En seguida venia el mas tarde celebérrimo caudillo del segundo 
patio, Benjamín Hernández, oficial de carpintería, soltero, menor 
de edad, turbulento, enamorado, botarate, tuno y hablador. Se po- 



(lia ganar, marchando bien y sin San Lunes, cosa de veinte pesos 
en la semana; pero con esa cabeza de chorlito que tenia, si sacaba 
dieciseis, se daba a santo, y de puro gusto se bebia la mitad con 
sus amigos y la otra mitad con las costureras, sus vecinas, al son 
de guitarra. Alto, delgado, de espléndida talla para soldado de caba- 
Ueria, ojos vivos y alegres, Benjamín Hernández tenia mas novias, 
(jue pesos habia botado en su vida. 

Pero, ¿a qué negarlo? Juana, la hermosa Juana, la seria, modesta 
y callada costurerita del primer patio, lo trastornaba. La habia co- 
nocido con madre cuando él también vivia con su padre, y enton- 
ce el viejo le aconsejó mas de una vez que se casara con Juana. 
Pero después, andando el tiempo, Benjamín habia cambiado mu- 
cho y Juana habia quedado igual. El muchacho reconocía ahora la 
superioridad de su antigua amiga, y se complacía en reconocerse 
él inferior e indigno de conseguir su amor. Cuando Dios quiso que 
se encontraran de nuevo, Benjamín Hernández tenia ya tratada su 
pieza en el primer patio; pero al divisar en él a Juana creyó que 
debia conservar la altura en que la tenia en su corazón, y sin ave- 
riguar mas, fué a ocupar una modesta pieza del segundo. 

En cuanto a Juana, tenia puesta su alma en su almario, y a pe- 
sar de lo tímida, sensible y apasionada que era, miraba estas cosas 
con serenidad y sangre fria. Benjamín habia sido su amigo, y en 
vida de su pobre madre, casi su novio. Pero después, el muchacho 
])uen mozo y serio de entonces, se habla vuelto un truhán sin res- 
peto a nada ni a nadie. Es cierto que allá en lo mas íntimo de su 
corazón habia algo que le decia que podia ella con sus solas fuer- 
zas volver a Benjamín a su vida de antes. Y es cierto también que 
cada vez que en sus sueños pensaba en su matrimonio, única 
solución de su vida solitaria, se vela casada con Benjamín y no 
con otro. 

Hernández habia notado en los primeros dias de su llegada, que 
Juana no lo recibía mal. Muchas veces sentado frente a ella cuan- 
do cosía en la máquina en la puerta de su pieza, conversaban lar- 
gamente sobre el trabajo, sobre los vecinos, sobre el tiempo. . Ja- 
mas sobre ellos mismos, porque Juana pasaba como sobre as- 
cuas por muchas cosas a que intencionadamente la quería atraer 
Benjamín. 



151 

Pero llegó un dia en que Juana le recibió con visibles muestras 
de mal humor. A sus preguntas respondió con monosílabos; a sus 
quqjas, se calló sin decir esta boca es mia; y concluyó por mani- 
festarle mui cortesmente que la fastidiaba verlo delante de ella. 

¿Qué habia pasado? Mui poca cosa; pero al mismo tiempo mu- 
cho. Una tarde, Juana volvía de su taller con el paso menudito 
que le agraciaba tanto al andar, cuando"* de repente se encontró, al 
doblar una esquina, con un viejo que le tendió la mano pidiéndole 
limosna. Al instante se detuvo a sacar sus portamonedas; pero 
mientras buscaba en ella algo con que aliviar el hambre del limos- 
nero, le miró fijamente a la cara }- casi se fué de espaldas. Era el 
padre de Benjamin Hernández, el mismo antiguo amigp de su 
madre, el exelente viejo que tantas veces la sentó sobre sus rodi- 
llas para cantarle el 

duérmete, niñita 
duérmete, por Dios... 

-^iSeñor Andresi — dijo con^5ternada la muchacha — ¿Usted pi- 
diendo limosnas? 

— Yo, Juanita, yo mismo. 

—¿Teniendo un hijo que gana veinte pesoa a la semana? 

— ¡Que quieres, niña! No todos son buenos hijos como tú! 

Y el viejo suspiró con honda tristeza y apretó la mano que 
Juana le alargaba con una moneda. Allí oyó como Andrés habia 
perdido su puesto de portero en el Ministerio de Marina, por- 
que por sus achaques, no servia ya para maldita la cosa, y como 
desde entonces vagaba del hospital a la calle, encontrado mucho 
mas felices las horas en que lo tenían postrado en la cama los 
dolores reumáticos, que la en que Dios queria dejarlo libre de 
ellos, pero entregado a todos los vientos del hambre, de la sed y 
del frió. 

Al separarse, Juana le dijo con la voz emocionada: 

— Señor Andrés: ahí tiene usted esa miseria; todas las tardes 
que lo encuentre le daré lo mismo. Pero usted en pago, pídale a 
Dios que me dé un buen marido. 



152 

— Si se lo pediré, ánjel — esclamo el viejo — y mis súplicas seráii 
ayudadas en el cielo por tu madre. 

¿Podia, después de este incidente, mirar la impresionable Juana, 
con ojos tranquilos a Benjamin? Nó; habria sido ella también una 
ingrata. . . y no lo i ra, nó. 

Desde ese dia Juana compartió con don Andrés su escasísima 
comida, y al acabarse ésta, el viejo salia del conventillo y se iba a 
dormir en la primera grada que encontrase. 



II 



La ruptura de Juana con Benjamín terminó con el último lazo 
que unia al primero con el segundo patio. Ul seüor Videter ponia 
el grito en el cielo contra la avaricia del propietario que no cerraba 
la acequia ni empedraba el patio. Las costureras mancomunadas 
con las lavanderas, hablaban pestes de las mujeres del primero, de 
las que decian que eran unas hipócritas que guardaban la serie¿id 
y la honradez para la noche y que por el dia tendían el vuelo 
quien sabe a donde. Benjamín, esceptuando a Juana tenía cada dia 
un incidente con alguno, citándose con escándalo el caso de que 
Hernández había tomado de la nariz al estudiante y remecídolo 
en el aire, por un cambio de palabras que había ocurrido entre los 
dos. 

Las hermanas de la puerta eran buenas, pero no enéijícas. Y 
ademas la enerjia les habria costado una pérdida en su comisión 
porque habrian permanecido los cuartos largo tiempo desocupados. 
No había, pues, que esperar nada de ellas, y constituido el profe- 
sor de bandurria con el estudiante y con el ájente de frutos, en 
comité de salvación pública, resolvieron unánimemente implantar 
la leí marcial y hacerse justicia por sí mismos. 

Un dia un chiquitín, hijo de las costureras o de las lavanderas 
o de todas juntas, levantó su patita frente a la puerta de Juana. 
Le pescó el señor Hernández de un brazo y le dio una tunda de 
palmadas, despachándolo en el pasadizo del segundo, con los 
calzones aun mal amarrados y chillando como un berraco. A la 
mañana siguiente, desapareció la jaula con el tordo de la señorona 



153 

y ésta pnso el grito en el cielo y derramó mas lágrimas que una 
Magdalena. 

Ya estaba encendida la lucha civil, y vino a marcar el período 
áljido de ésta, la resolución del propietario de poner el pilón de 
agua potable en el medio del primer patio, y no en el pasadizo 
que comunicaba a éste con el segundo. De esta manera, los revol- 
tosos quedaban tributarios del primer patio. 

¡Oh! era de oir en esos dias al señor Vildeter, contar a sus alum- 
nos su asendereada existencia. 

— iQué injusticia! — decia, con su peculiar pronunciación, que 
suplirán los lectores; — ¡qué injusticia! Todo va al primer patio y 
nada al segundo patio. Los del primer patio respiran aire, los del 
segundo respiramos miasmas fétidos. Los del primer patio nadan 
en agua; nosotros no tenemos agua ni para beber. Kl dia menos 
pensado, morirán los del segundo patio. . . 

Kste era siempre el término de las quejas del señor Vildeter: la 
muerte en masa de los vivientes del segundo patio. 

Bl plan de batalla de Benjamin, era desesperar a los del primero 
y hacerlo abandonar las piezas, para que el propietario en- 
trara en cuidados y buscara una transacción poniendo el pilón en 
el pasadizo. 

El lado vulnerable del primer patio era la corista, y el lado 
invulnerable, la costurera. Pero la corista tenia a su servicio, no 
solo el repertorio de insultos chilenos, que era escojido y abun- 
dante, sino también el de insultos españoles, aprendidos entre 
bastidores. Una mañana se vestia ésta para salir y con la cortísima 
vergüenza que suele quedar después de presentarse a diario en las 
tablas, a la jente menuda de teatro menudo, se asomaba a la venta- 
na de su pieza un poco mas desnuda qne lo conveniente. Benjamin 
charlaba a la orilla de la llave con una de las lavanderas que llena- 
ba un balde de latón, cuando acertó a mirar hacia la ventana. Llenó 
inmediatamente el tarro que quedaba colgado en la llave para 
beber, y con una punteria admirable se lo lanzó a la pequeña Patti 
en el escote, mojándola enteramente. 

¡No fueron insultos y gritos los que cayeron solamente sobre 
Hernández, que reia a carcajadas en el medio del patio! 

El profesor de bandurria salió indignado de su pieza y al ente- 



1 5-1 

rarse del hecho, le disparó a Benjamm la caja de la bandttrría que 
tenia en la mano. En mala hora lo hizo, porque aunque de dos sal- 
tos corrió a refujiarse en su puerta, no alcantó a cerrarla y Benja- 
min lo saco a pescozones del cuarto, lo tumbó debajo del pilón y 
después de dos o tres sopapos demasiados fuertes para la con- 
testura del profesor, le largó el chorro en la cara. Lá señorona, 
entretanto, increpaba a Hernández, llamándolo roto, bandido, ase- 
sino, ladrón... 

— ¿Ladrón yo? 

— Sí, tu, 

— ¡Caramba! qué costumbre de tutear tiene usté, madama! 

— ¿Dónde está mi tordo? 

— ¿Cuál? Porque el grande se lo acabo de remojar debajo del pi- 
lón, y el otro, se lo di al gato para que saboreara. 

-^¡In;»olenteI — gritó la señorona — ¡Criminal! ¡Ladrón! 

Habia llegado la lucha civil a un grado intolerable y el propie- 
tario resolvió tomar cartas en el asunto. Avisó a la policía y 
acompañado de un comisionado, conminó a los del segirado patio 
con las mas enérjicas medidas en caso de que siguieran los desór- 
denes. 

Por el momento, los ánimos se apaciguaron y Benjanrin, satisfe- 
cho de todas las barbaridades cometidas, se tranquilizó. 

Era un domingo en la tarde y los dos patios estaban sumerjidos 
en la sombra y en el silencio. En el primero, dos voces de mujer 
perturbaban este silencio cantando a media voz. Una de ellas era 
la voz de las hermanas de la puerta, que ensayaban un «Tan tu ni 
ergo Sacramentum», que debia cantarse en la iglesia vecina, <n 
una de las noches del Jubileo Circulante, y la otra era de la corista 
que tarareaba aquellas coplas de la Revoltosa: 

Cuando clava mi moreno 
Sus ojazos en los míos 
Too el cuerpo se me enciende, 
Y me se pierde el sen ti o! 

Una de las costureras del segundo patio, pasaba de vuelta del 
despacho con una libra de arroz y un frasco de vinagre, cuando 



creyó sentir voz de hombre en el cuarto de la Juana. Con una son- 
risa diabólica se acercó a la puerta en puntillas y pudo, en efecto, 
constatar que allí dentro babia un hombre. 



Con eso solo, estaba derrotatlo, miserablemente derrotaao el 
primer patío. ¡La perla resultaba íalüa, indignamente falsa! 

Voló mas bien que corrió, la costurera a llevar la noticia a líen- 



156 

jamin, que estaba entretenido con sus compañeras, dándole al pon- 
che con bastante entusiasmo. 

— Hai un hombre en el cuarto de la Juana. 

— ¡Mentira! — gritó Benjamín — saltando de un piso de totora en 
que estaba sentado y tirando lejos el vaso en que bebía. — ¡Mentira 
y requete mentira! 

— ¡Hombre! — dijo riendo la costurera — si te quedan brasas es- 
condidas todavía, anda a apagarlas poniendo el oido en la puerta 
de la Juana. 

Ya habia salido Benjamin, y de dos saltos estaba con el oido 
pegado en la puerta. 

— ¡Pobre diablo yo! — pensó Benjamín. — Me ha echado la Juana y 
se ha reido de mí. Ese será su novio, joven, honrado, bueno, como 
ella lo desea y yo seguiré siendo un borracho como soi; pero 
¿es propio de la Juana que esté encerrada a estas horas con su 
hombre? 

Y pálido, tambaleándose como un borracho, llegó al cuarto 
de la costurera y, dejándose caer sobre su asiento, dijo con voz 
ronca: 

— Es cierto. 

— Bueno, pues — saltó una de las lavanderas — ha llegado el mo- 
mento de vengamos de todas las que nos han hecho. 
— Sí, ha llegado — contestó Benjamín. 
— Vamos todos al primer patio. 
— Vamos. 

Y fueron. Aun el señor Vildeter, con su perilla en la cabeza, 
se mezcló en la turba y llegaron todos ante el cuarto de In 
Juana. 

— ¡Aquí está la santa, la hipócrita! — decia en voz alta una de las 
mujeres. 

— ¡Vengo a ver a la perla! — decia otra. 

Y cada uno de esos gritos era coreado por una carcajada. De 
repente la llave del cuarto de Juana jiro violentamente, se abrió 
la puerta y apareció la costurerita pálida y temerosa en él um- 
bral. 

— ¿Qué es esto? ¿A qué han venido ustedes? ¿A qué has venido 



157 

tií, Benjamin, que nos has quitado a todos la tranquilidad? ¿Vienes 
a armar otra gorda? ¿La has tomado conmigo? 

— Señorita Juana — repuso Benjamin con sorna, buscando fuer- 
zas en el ponche que liabia bebido. ¡Señorita Juana! ¿con que tenia 
usted novedades? ¿con que se quiere usted con otro y se lo guarda 
bajo llave? 

—¡Que lo muestre! — gritó una de las lavanderas. 

— jVaya con la santa Filomena del primer patio! 

Juana, pálida a ratos, rojo a otros, ya queria entrarse, ya se arre- 
pentía y se quedaba en el umbral. Estallaron, por fin, las cuchufle- 
tas y los insultos; alguno mas fuerte que otro le arrancó dos lá- 
grimas; los vivientes del primer patio salian todos de sus piezas, y 
la reputación de Juana estaba en ese momento como si hubiera 
pasado por la acequia del segundo. 

De repente se enrojeció como púrpura, abiió la puerta de un solo 
golpe, saltó afuera y, pescando a Benjamin de la blusa, lo empujó 
hacia dentro: 

— ¿Querías ver? ¡Vé, mal hijo! Ahí está el viejo de tu padre, 
muerto de hambre, con quien comparto yo la mitad de mi co- 
mida, porque el desalmado de Benjamin Hernández no le da 
ni un pan. ¡Ahí está! Hártate de verlo, hambriento, enfermo y mo- 
ribundo. 

Benjamin estaba desencajado, verde, con la cabeza baja, frente al 
viejo que se habia puesto de pié al lado de la mesa eñ que estaba 
encendida la lámpara de parafina. 

De repente una lágrima asomó a sus ojos. 

—Perdón, padre — murmuró — perdón, Juana, yo prometo ser bue- 
no, ser honrado como tú .. . pero ¿por qué no nos juntamos los dos 
a cuidar a este viejo, para que le cerremos a él sus ojos como tú se 
los cerrastes a tu madre? 

1900 



víf sí? 



k 



► 

I 




POR UHñ KJFím 



LA Araucanita, que apenas se levantaba dos cuartas del suelo, 
fué conducida al Convento de las monjas de Temuco, donde 
la lavaron y la vistieron de nuevo. Parecia una breva arrebu- 
jada en una servilleta, o con la espresion vulgar, una mosca 
en leche, cuando salió a reunirse con otras asiladas vestidas 
igualmente con un trajecito blanco de percal. 

Mucho costó domar a ese animalito de ojos negros, negrísimos, 
de espaldas mui anchas, de bracitos fornidos y nervudos; pero 
poco a poco fué apareciendo en ella la mujer, y alejándose el indio. 
Era pequeñita, pero llevaba en el* cuerpo el futuro desarrollo de la 
mujer araucana, ni mas ni menos que esos perros de raza alemana, 
de enorme cabeza y patas gruesas, llevan en sus miembros, desde 
los primeros meses la promesa de su tamaño futuro. 

Criada suelta, al sol y al aire, como un ganso doméstico, era su 
delicia tirarse al suelo, revolcarse en compañía de los quiltros y 
correr con ellos, trepar las tapias con instinto precoz de ratería y 
asociarse a otros rapaces para empresas arriesgadas y peligrosas. 
Quedó, pues, como pez fuera del agua, dentro del Asilo de Temu- 
co, taitjiada como una perdiz metida en la jaula de mimbres. 



t6o 

Sin embargo, poco a poco fué despertando a la vida, y ya el 
ruido de la campana, la amable voz de las relijiosas, la música del 
modesto armonium de la capilla, y la camita blanca con cortinas 
de muselina, le fueron acostumbrando al nuevo estado. 

Muí pronto tomó sin recelos la cuchara, permitió que le rizaran 
las ásperas guedejas de pelo negro, y sonrió, revelación primera 
de que su almita esclava comenzaba a sentirse libre. 

)lí )lí )lí 

La Araucana creció hasta hacerse una mujercita. El pelo reco- 
jido fué a prenderse en la nuca, en un mono, sino artístico, por lo 
menos cuidado. El vestido de percal blanco con sus vuelos y bu- 
llones, cortados y cosidos por ella misma, le daba el aspecto de 
una muchacha europea. 

El pudor, esa herencia que no ha recibido de sus padres la mu- 
jer salvaje, sino mui rudimentariamente, habia rodeado a la asila- 
da de una simpática atmósfera de modestia y de dulzura. Habia 
aprendido a recatarse, a bajar los ojos, a esquivar la impertinente 
mirada de los hombres, a andar con gracia, a moverse con dis- 
tinción. 

El producto araucano se habia trasformado, acercándose mucho 
al tipo criollo de la mujer blanca. Era un cambio moral y físico 
que habia hecho de la indiecita una delicada y frájil creatura, 
pudorosa, tímida y llena de encantos. 

Las monjas de Temuco se atemorizaban ya, ante la idea de que 
la chica volviera a la ruca. ¿Cómo arrojar esa flor de pétalos blan- 
cos al pudridero de un centro salvaje, donde la embriaguez era el 
estado natural de sus moradores? Podria haberse contestado al 
reclamo de sus padres que la india habia muerto, porque era ver- 
dad que habia muerto la india. Pero luego hubiera conocido el 
engaño, y Laurita Colipí hubiera sido arrastrada con violencia. 

No era posible evitar la separación, y la chica partió llorando, 
desolada, sin ver ese camino largo que recorría al lado de su pa- 
dre. Cuando volvió la vista, la torrecita de las monjas se habia 
hundido ya en la lejanía. 



i6t 

Al caer la tarde, la ruca aparece inclinada y medio derruida, a 
cien pasos de los caminantes. La madre espera impaciente. 

El saludo es breve y frió, porque allí nadie ama a nadie. 

Un moceton que aguarda afuera de la ruca, entra y dice lacó- 
nicamente: 

— Acepto. 

El indio sale afuera, observa una vaca, que pacientemente atada 
a un poste clava sus grandes ojos impasibles y redondos y dice a 
su vez: 

—Entonces la vaca es mia. . . y la chica es tuya. 

Y el moceton toma a Laurita Colipí de una mano y se la lleva. 

¡Si lo supieran, cómo llorarían las monjas de Teuiuco! 



<a* <a* 



PñlSñlES DE UERRHO 



CUANDO encima de la mesa de albísimo mantel, con las copas 
de cristal bacarat alineadas junto al plato de dorados recortes, 
se vé el fnitero colmado de frutillas y de guindas rojas, la 
vista se resiste a ir mas lejos buscando un horizonte de luz y 
de sol, para llegar hasta la cuna de esas frutas que estraen de 
la t-íerra chilena su azúcar y su savia. 

Enredadas las guindas unas con las otras, como si fueran re- 
cuerdos de otros tiempos; gotas de sangre que ha encendido y 
cristalizado el sol; labios de mujeres que ha convertido en fruto la 
madre tierra en su antiguo laboratorio de trasformacion; están allí 
sobre el plato blanquísimo, envueltas en una capa de azúcar en 
polvo y talvez remojadas con el jeneroso y fragante y líquido de 
un jerez mui seco, de un oporto mui asoleado, o de un marrasqui- 
no lleno de esencia y de perfume. 

Allí están; pero no hablan nada. La cuchara las conduce hasta la 
ix)ca, donde, oprimidas, sueltan un jugo fresco, agridulce, sano, 
que hace volver la vista a esos lejendarios néctares con que se em- 
borrachaban los dioses del Olimpo y bajaban a la tierra haciendo 
«« y mas eses. 

Allí están; pero nada hablan del guindal lleno de claro-oscuros, 
de follajes sombríos, de claros de sol, de aire perfumado, de carca- 



i64 

jadas alegres, de rincones poéticos; ni tampoco del frutillar tendi- 
do al sol que lo hiere a plomo, formando un oleaje de melgas ver- 
des e interminables, que allá a lo lejos corta el muro de zarzamora 
o la cerca tejida entre los álamos nuevos del deslinde. 

El guindal es la poesia tranquila de la sombra; el frutillar la es- 
plosion arrebatada del sol. Allá hai contrastes, rumores, movimien- 
tos de las hojas, rayos de sol que se cuelan por el follaje, frescura 
en el ambiente. Acá hai sol, sol y sol. Todo arde, todo se enciende, 
lodo .se volatiliza bajo esos rayos que caen concentrados como al 
través de una lente. 

lü la 9i 

El gnindal está de fiesta. Plantado al capricho, no deja avenidas 
largas y anchas sino grupos de árboles y claros caprichosos que 
se entrelazan como eslabones de una cadena. 

Al través de las hojas cae el sol, formando en el suelo semi-cír- 
culos, fajas, cuadrados y rayas, que cuando los cruza alguien le 
recorren el cuerpo de pies a cabeza, formándole una atigrada vesti- 
dura que se renueva sin cesar. 

De allá del fondo vienen ecos de risas, gritos que llaman, silbi- 
dos que tararean al descuido un aire chileno y zandunguero, ruido 
de ramas que se desgajan y rumores de conversaciones que se lleva 
el viento. Podemos llegar hasta allí, siguiendo a un muchacho que 
se interna con una canasta sobre la cabeza, al aire la camisa de 
percal azul y desnudos hasta el codo los brazos, robustos y ner\ni- 
dos. De repente, la sombra lo oculta, y en la incierta lejanía no se 
sabe si viene o va; pero después un claro de sol lo rodea con luz y 
lo empuja de nuevo a la vaguedad de una penumbra llena de mis- 
terios. 

Sobre los árboles están trepados los chiquillos, desnudos los 
pies, saltones y ajiles como los pájaros; abajo, las canastas se van 
llenando de hojas y de racimos de guindas, e inclinadas hacia el 
suelo, vagan, recojiendo cuidadosamente las caldas, una docena de 
mujeres con guindas metidas en las orejas y en el pelo. 

La vista, ávida de luz, se estiende buscando el campo. A lo lejos 
se divisa el sembrado de trigo, ajitado por el viento con un oleaje 
continuo y reverberando sobre él un sol de fuego. 



i65 

La tarde va a caer. El guindal se oscurece lleno de misterios y 
de sombras. Las mujeres se van riendo, cantando, despertando, a 
su paso la algarabía de los zorzales, que ya buscan alojamiento 
entre las ramas. 

Un muchacho audaz persigue a una de las guinderas y le tiñela 
cara con un racimo de guindas maduras. Y el barullo que se for- 
ma va rodando de árbol en árbol hasta perderse a lo lejos. 

Un instante después comienzan los grillos a ensayar los hélitros, 
dando la sinfonía de ese programa nocturno, cuyo número mas im- 
portante es el gorgoreo de los sapos, esas masas corales de los 
pantanos, esteros y chepicales. 

níé ^ na 

El frutillar se estiende como una sábana verde, a todo sol, a toda 
luz, a todo aire; allí el follaje sirve solamente de marco a las 
larguísimas melgas que recorre el viento ajitado en un oleaje ince- 
sante. 

Las mujeres que recojen bajo las hojas el fruto de intenso rojo, 
van con sombreros de paja, para defenderse de esos rayos que que- 
man como brasas. 

Se alejan en una misma dirección, sin gritos ni algazaras, por- 
que la tierra y el aire abrasan como ascuas, encendiendo el rostro 
y agolpando la sangre a las mejillas. 

Y entre tanto, el corralón de las casas cercanas a Renca y Coli- 
na, está lleno de arguenas, que entre capa y capa de hojas verdes 
van recibiendo la preciosa y delicada carga que traerán a San- 
tiago. 

Al caer la tarde, el frutillar queda en silencio; pero resuena el 
bullicio en la alameda, por donde van en larga fila los argueneros, 
buscando el camino polvoriento y desierto que lleva a la ciudad. 

Y pasan sobre el cielo con las alas abiertas, dejándose suspender 
con pesada lentitud en el aire, los aguiluchos que rondan el cerro 
para buscar su nido a la sombra de algún boldo. 



ASmm 



Del carra de carga... a la morgue 



cA las doce y media del día 
de ayer fué atropellado por el 
tren de carga número 27, el 
palanquero del mismo tren, lla- 
mado Juan Idilio. 

Según esponen algnnaa per» 
sonas que presenciaron el he- 
cho, Lillo cayó entre los carros, 
cuyas metías le destrozaron el 
cuerpo. 

El cadáver de Lillo, fué re- 
cojido por los empleados del 
mismo tren, y conducido a la 
Morgue. > 

SI alguien pudo ver por primera vez un cinematógrafo, sin 
asombrarse, habrá sido, ciertamente, un palanquei o. 
¿Qué impresión de novedad ha podido producir el desarro- 
llo de la película, bajo la proyección eléctrica, a quien eter- 
namente de pié sobre los convoyes, todo se le presenta como 
un cinematógrafo inñnito? 

De dia, es el sol el que ilumina el panorama de este cinemató- 
graio viviente, haciendo saltar el color verde profundo del campo 
que se estiende a ambas orillas del camino de hierro, pintando la 
linea negra de la alameda que lo corta en diagonal, dando la pin- 



1 68 

celada chillona de la vida recien brotaba que faldea el cerro, o la 
notita pintoresca y resaltante de la casa de campo con su parque 
y su arboleda. El cinematógrafo se desarrolla en sentido contrario, 
del que devora desbocado el tren. Los álamos corren con furia 
loca y parecen tumbarse de punta al pasar; los postes telefónicos 
con sus alambres cargados de golondrinas se alejan también en 
incansable fuga. Pasa rápido como una exhalación la casita del 
cambiador que ajita la bandera verde; los machones de cal y ladri- 
llo que limitan la estación; el tren de carga que espera, caldeando 
su máquina, la hora de partida; el molino con sus murallones 
altos y su turbina sumerjida en el canal; el puente de hierro que 
tiembla, la avenida de álamos, las puertas de trancas de un potrero^ 
los grupos de espino, el estero tendido en el fondo del valle, el 
rancho, el maiten, el campanario y la carreta que se aleja lenta- 
mente por el camino polvoriento. Todo corre, como si se tratara 
de una fuga, de un sálvese quien pueda, de una retirada en de- 
sorden. 

Pero después llega la noche y el tren avanza por un abismo, 
una verdadera boca de lobo. La luz de la luna recorta siluetas 
negras, altas y bajas, sombras informes que se alargan y que se 
abaten, que de repente se acercan y desaparecen después, como si 
fueran visiones, Allá a lo lejos vacila una luz amarilla, asomando 
y ocultándose tras de los árboles. 

El rumor del convoi que parece ferretería que se desarma, toma 
entonaciones diversas y pavorosas. De repente el rumor se apaga 
sobre el terraplén, y apenas se oye otra cosa que el ruido de los 
topes, el rose de las cadenas y el resoplido de la locomotora; pero 
después al atravesar el puente un clamor sordo lo envuelve todo 
como si los machones se doblaran al peso que soportan y los arcos 
cayeran deshechos sobre el rio. El silbato ag^do y i>enetrante 
turba el silencio de los campos, rueda por las quebradas y rebota 
en los cerros tomando pavorosas gradaciones. La locomotora 
arroja tras de sí una cabellera de chispas encendidas y de humo 
negro, que parece un velo de crespón con lentejuelas doradas. Las 
chispas se elevan, jiran, saltan, y caen lentamente estinguiéndose 
al contacto del aire. 

Pero luego viene el cinematógrafo del amanecer. Allá en el ho- 



169 

rizonte clarea el cielo; un ve. o tenue comienza a subir como un 
vapor. Las sombras van bajando y apareciendo sobre ellas 1 :>s 
árboles, como si se tratara de una decoración de aparato. Quer'an 
jirones de neblina sobre la copa de los álamos, sobre los cenr s y 
sobre el rio. 

El palanquero vé desfilar este cambio de luces desde lo aJ :o d í 
su carro, con las manos sobre la palanca y la vista y el oido aten- 
tos al silbato o a la bandera. 

De noche el corazón palpita al divisar allá en el fondo del abis- 
mo el farol verde o rojo que se ajita a la orilla de la via, deteniendo 
la maicLa o alentando as#guirla. 

Jinete de un pouo de hierro verdaderamente indómito, el palan- 
quero pasa su vida aferrado sobre el carro de carga, volada al 
viento su bufanda, y firme los pies sobre el incierto y movible 
piso que le sirve de sostei). 

¡Quién no los ha vistt , al pasar como una exhalación el tren 
misto, parados sobre los carros y haciendo arriba arriesgada^ 
pruebas de ajllidad y do firmeza! Son hombres de acero, insensi- 
Dles al frió, al sol, al viento, al hambre. Se ríen del convoi como 
un buen jinete se ríe de su caballo; pero tienen a sus pies nn 
r'*3tenar de ruedas que jiran, en tanto que el jinete al caer no 
tiene mas peligro que su caida misma. 

Juan Lillo, palanquero del tren de carga número 27, debia tenr 
como todos los palanqueros, una casita de tabla a la orilla del ca- 
mino, con un cerco de colihues, dentro del cual rebalsa un jardií 
con pelargonias, cardenales y claveles. Dentro de esa casita h; 
una mnjer, que al silbato del tren que se aproxima, sale corrienco 
a la puerta para ajítar su pañuelo y saludar al amado que pasa en 
su puesto de combate. 

El sueño de ese hombre condenado a eterno movimiento, debia 
ser talvez, permanecer muchos años tranquilo en ese casuchou de 
tablas blancas, cuidando su jardín, y mirando desde allí pasar los 
convoyes, llevando sobre los carros a nuevos herederos de ese 
puesto de sobresaltos y angustias. 

Pero Lillo cayó undia del carro y quedó despedazado entre las 
ruedas. Muchos trenes han pasado por fren*^ :! a la casucha del 



170 



cambiador, y otras tantas veces ha corrido la niux^hacha hasta la 
puerta ansiosa de vista y anhelante el pecho. 

Y cada vez que suena a lo lejos, en medio de la noche, el silbato 
de un tren, salta la infeliz sobre su lecho y pone el oido alerta 
porque parece que alguien la hubiera llamado por su noanbie. . . 




i 






La Cruz de \a misión 



/\ ui¿N te ha visto y quien te vé, Totoral de mis recuerdos! 
f ■ I Ayer tan solo cada hora una dilijencia bajaba envuelta 
1 1 I en polvo,al galope de los postillones, cuesta abajo y hacien- 
1 1^ do retemblar la calle, se detenia frente al portón de las Ur- 
I ^ bina. Hoi, no bajan de la cuesta sino los aguiluchos que 
tienden en la tarde su pesado vuelo, y se remontan lentamente sin 
ajitar las alas. 

Los rosales blancos han clausurado y sellado la puerta de la 
neja posada; y los espinos y quiscos de los cerros vienen bajando 
> avanzando hacia la aldea, resueltos a conquistarse el suelo que 
les han quitado. 

Todo duerme hoi en Totoral. Las viejas Urbina no asoman ja- 
mas a la calle como antes, a esperar pasajeros. Las tapias musgo- 
sas florecen con los copos amarillos del yuyo, y las florecitas de las 
lechuguillas. Duerme la derruida parroquia y al sueño convida su 
campanito; duermen los sauces a la orilla del estero, y duermen sus 
calles cubiertas de retoños de espino que nadie combate. 

¡Quien te ha visto y quien te vé! Eras alegre y risueña como es- 
tación de tránsito de los viajeros, que reposaban sus ruidosas ca- 
balgatas en tus jardines sombríos. Eras cariñosa y abrigada como 



172 

un claustro de monjes hospitalarios. Quien cruzaba tu calle ancha, 
florida y asoleada como el sendero de un parque, se llevaba tres 
inolvidables recuerdos de tus encantos: los claveles rojos del huer- 
to de las Urbina, las estriberas talladas del maestro Lorenzo, y la 
mirada intensa y maliciosa de la Rita. 

Pero un dia el ferrocarril pasó por otra parte, lejos, mui lejos del 
Totoral, y como las zanjas hechas en la tierra se llevan la hume- 
dad de las vegas, asi se llevó él la vida, el movimiento, la alegría y 
el comercio de la vieja aldea. 

Hl primer silbato del primer convoi que se oyó a la distancia co- 
mo un jemido, fué para Totoral el adiós a la vida. 

Hí fi ^ 



Dos hombres cruzaban todos los dias la calle de la población, 3'' 
eran los amigos de todos. Uno joven, vigoroso, injénuo, el agua- 
dor Damián, que llegaba cargado de barriles silbando alegremente 
sobre su manso caballo rabicano. 

El otro, maduro, reconcentrado y oseo, era el maestro Lorenzo, 
el de las estriberas talladas, que bajaba del monte la leña y no can- 
taba jamas. 

Ambos se querían como hermanos, y solamente cuando Rita se 
interpuso entre ellos comenzó de parte de éste un sordo 5' obstina- 
do rencor para aquél. 

El cura lo dijo un dia: Damián es como un valle grande donde 
si pasa una nube por el cielo, no quita la luz; pero Lorenzo es co- 
mo las quebradas hondas donde un sólo nubarrón hace creer que 
ha llegado la noche. 

Y llegó. Nadie lo supo, sino Rita, y ella se guardó hasta la 
muerte su secreto. 

Una noche Damián, remontando la tapia del huerto de las Ur- 
binas, avanzaba cauteloso por el parrón, y los círculos, fajitas y 
semi-círculos de la luna pasando al través de las parras, le recorrían 
el cuerpo como una atigrada y movediza vestidura. Del otro estre- 
mo, desde el corredor de la casa, bajo, aplastado, donde el gran 
cántaro de greda y la piedra de la destiladera dejaban sentir como 



un péndulo las gotas isócronas, se acercaba Rita con una mano 
hacia adelante medrosa y temblando. 

Mientras el eterno dúo a la luz de la luna se desarrollaba dulce- 
mente y los dos muchachos se hacian ptomesas de felicidad futura, 
Rita sintió un pequeño rumor de ramas aplastadas y vio una som- 
bra que se e^curria cerca de la muralla. 

¿Quién era? Ella lo suponía: Lorenzo que por una inesplicable 
obcecación siempre se habia creido engañado por Rita y espiaba 
en todas partes sus encuentros con Damián. 

La muchacha calló el descubrimiento para no alterar la aparente 
amistad que habia entre los dos hombres. Y esa noche al despe- 
dirse, llena de presentimientos siniestros, rezó mucho a la Vírjen 
del Perpetuo Socorro alzada en la cabecera de su lecho. 

Damián que cada mañana y cada tarde entraba a k calle con sus 
barriles llenos de agua, desapareció poco después. ¿Qué fué de él? 
Nadie lo sabia. 

Desesperado de ese eterno sueño, remontó la cuesta y corrió a 
enrolarse como soldado para pelear en la revolución. ¿Fué asesi- 
nado en el monte y su cadáver puesto bajo tierra? 

El hecho es que no volvió jamas a recorrer el hundido parrón, y 
el tiempo, y el silencio y el sueño de esta aldea, envolvieron la de- 
saparición del joven aguador en una misteriosa red de conjeturas 
y dudas. 

Algunos meses después Lorenzo partió en un enganche de re- 
clutas para el norte. 

Si las lágrimas de la muchacha hubieran tenido el poder májico 
(le hacer revivir todo lo muerto, ya seria esa aldea la primera fac- 
toría del mundo. 

— He huido del Totoral — decia el cura — porque me habia enve- 
jecido el alma ese espectáculo de una población siempre dormida 
y de una mujer siempre llorando. 

Mí tlí » 

Durante nueve dias, al caer la tarde, esas tardes de campo, lán- 
guidas, llenas de misterio y de tristeza, la campana del fundo 
cercano ha llamado a los habitantes del Totoral a la «misión». En 



174 

\afy cmdades los hombres pueden romper la vida material y ruda 

del trabajo para volar un instante al descanso del espíritu en los 
teatros, ias iglesias, las lecturas del gabinete. Pero en los campos I 
Allí el hombre es un autómata, sale el sol y ya está inclinado 
sobre la tierra cultivándola; resbalan los rayos en sus espaldas ar- 
dientes y las sombras se alargan y se acortan y vuelven a alargarse 
y a invadirlo todo, y el hombre sigue descargando el azadón como 
un péndulo que no se cansa nunca de oscilar, y esto, un dia y el 
que sigue, y un mes y otro mes, durante años y muchos años. 

La misión llega allí reclamando la hora del espíritu, «la hora de 
la conciencia », y los hombres salen a la tarde de los ranchos, y 
llegan por las alamedas, de todos puntos a las casas del fundo 
donde se levanta la torrecita de la capilla entre unos álamos pun- 
tiagudos y sombríos. 

La capilla es como todas. Ha sido un granero disfrazado a fuer- 
za de injenio, de trabajo. Se ven las vigas recortadas, se adivina al 
través del flamante blanqueo, las húmedas y tierrosas paredes de 
antes. Una Vírjen del Carmen que tiene historia, a la cual se le 
prenden velas en las noches de invierno, con vestido de raso azul 
orlado con galones de oro y cabellera natural, se alza en el único 
altar, allá en el fondo, donde se sientan los patrones. En el otro 
estremo está el órgano viejo de manubrio, con sus flautas de latón 
abolladas, que chillan a duras penas una salmodia estraña. 

Durante nueve dias se han reunido allí los hombres y las muje- 
res de los alrededores a oir la voz de los misioneros que les traen 
consuelos luminosos y palabras alentadoras, que les recuerdan que 
no son solo máquinas de trabajo y les levantan con enerjias inspi- 
radas de los vicios de raza. 

Tocan a su fin las misiones. Los muros de la capilla han tem- 
blado nmchas veces con el rumor desacorde del «^Ven a nuestras 
almas» y del «Perdón-; sobre los disparejos y gastados ladrillos 
han caido gruesas lágrimas que han brotado de corazones secos 3- 
olvidados, de ojos pacientes y sin luz, como los del buei, de rostros 
curtidos por el polvo, el sudor del trabajo y el sol inclemente de 
los campos. Se ha contado allí la paradoja del hijo pródigo con 
ternura inmensa, con elocuencia sencilla y poderosa, con colores 
que avasallan y cautivan. Y los últimos dias la oración ha resonado 



'75 

temblorosa como un clamoreo suplicante que sale de corazones 
queresncitan, de espíritus que se despiertan, de intelijencias que 
clarean con auroras nuevas. 

Los misioneros tienen acomodado ya el equipstje. Se van a 
marchar a otros puntos donde los reclaman, y la misión está pró- 
xima a su fin. Las mujeres y los hombres han llenado sus almas 
de resignación y de consuelos, como llenan los rincones de sus 
ranchos de provisiones y leña para el invierno. 

¿Qué queda? ¿Qué recuerdo les dejará la misión en medio de los 
campos una vez que levantadas las tiendas y los pabellones de sus 
armas, los misioneros se alejen talvez para no volver en muchos 
años? 

^ ^ ii 

Queda algo, sencillo, tierno y solemne a la vez; la procesión del 
último dia, que colocará la cruz de la misión como un monumento 
y un recuerdo. 

¿Quién no ha visto esas cruces? Se levantan a la orilla de un 
camino, sobre un hoyo de ladrillos, rodeadas con una verja de 
madera; siempre hai a su lado huellas de cariño, de afección. Una 
mata de cardenales sube un poco sus hojas verde oscuro y sus 
flores encamadas sobre el pie; y un farolillo con los vidrios rotos 
dá albergue a un candil de sebo que se renueva noche a noche. 
Hai en ella algo que entristece talvez porque recuerdan que han 
pasado por allí mismo médicos para curar las enfermedades del 
alma; y los pobres han vuelto a caer al peso de leyes de raza y de 
la eterna frajilidad del hombre. Las cruces de madera, raquíticas, 
hechas de dos listones de álamo, resisten allí el sol de muchos 
veranos, las lluvias de muchos inviernos y la intemperie de muchos 
años! 

El sétimo dia, como dia de despedidas es triste: casi siempre 
le acompaña el cielo, porque se nubla, y el aire, porque sopla pe- 
netrante, frió, como vientos de chubascos de verano. En la torre- 
cita de la capilla, flamea una bandera nacional; cerca de su puerta 
atravesando el camino, se levanta un arco con ramas verdes de 
maiten: es el homenaje del fundo. Después siguen los arcos mas 



170 

pobres, frente a las posesiones de los inquiliuos, formados con 
varillas tiernas de mimbre y canastillos de papel de color. A las 
puertas de las viviendas, entre los troncos de los álamos, han 
colocado mesitas con todos los santos de la casa y virjenes de 
bulto con el rostro gastado como las monedas viejas; imájenes 
antiguas pegadas en el fondo de una caja de vidrios con ñores de 
cera o de trapo, y crucifijos de madera comprados años atias a un 
< falte», que pasó por allí como un ser estraordinario. 

En el fondo de la alameda, donde suelen aparecer de tarde en 
tarde las grandes carretas *llenas de paja, surje una aparición 
nueva que avanza entre los árbol^s con lenta y majestuosa solem- 
nidad. Se siente el ruido alternado de las campanillas, el rumor de 
los cantos, el roce de las ojotas sobre el suelo. Y adelantan las 
dos filas con velas metidas en trozos de cañas y adornadas con 
tiritas de papel y cmtas de color. 

Las dos filas de luces culebrean debajo de los árboles, los cantos 
se entrecortan con el viento; y aquella procesión humilde pero 
tierna y piadosa se alarga sobre el suelo húmedo y blando que 
comienzan a cubrir las primeras hojas secas de la estación. 

Las ráfagas de viento soplan de cuando en cuando heladas y 
cortantes, desviando las Uamitas de las velas, ájitando los recortes 
de papel de los arcos, los ponchos listados de los huasos. 

Dos o tres andas improvisadas van en el medio, llenas de flores, 
ramas y luces. Sobre angarillas de tabla blanca se han colocado 
las imájenes de bulto de la capilla, tapando la madera con hojas de 
yedra y niaiten, y adornando el resto con dalias, azucenas rosadas 
y flores blancas. 

Todo aquel grupo lleno de piedad y de fé, recorre los largos ca- 
minos regados por el sudor del trabajo, sembrados de crucesitas y 
farolillos que recuerdan los asesinatos allí cometidos, las barbaries 
la embriaguez y las locuras del vicio. 

Todo Totoral ha despertado esa tarde, corriendo a juntar sus 
jentes a los campesinos que vienen desde lejos, remontando la 
cuesta o vadeando el rio. También han corrido los soldados, los 
que han vuelto, que son pocos, de la guerra fratricida. Lorenzo, 
mas viejo, mas triste, mas apagado, ha sido arrastrado 1 imbieu por 
ese movimiento natural. Y el olor de las ramas verdes, del maiten 



177 

y de la yedra pisoteada, del arrayan y del cedrón, de las azucenas 
Y de las congonas, de los cirios ardiendo y del incienso, des- 
piertan en sus dormidas conciencias el recuerdo de la juventud 3'a 
muerta. 

Por fin se ha llegado a una loma árida y amarillenta donde se 
levantan las doradas varitas de la teatina, interrumpidas por las 
espinas secas y plomizas, inclinadas todas en una misma dirección 
como si fueran peregrinos que escalan el cerro aferrándose con las 
raices nudosas y las ramas espinudas. 

Allí se detienen. Las filas se deshacen, agrupándose todas al re- 
dedor de una reja que espera impaciente la cruz que le hará com- 
pañía. 

Uno de los misioneros se acerca en ademan de hablar. Es la des- 
pedida, una despedida llena de consejos tiernos, de ideas tristes, de 
consoladores pensamientos. Es una presentación de esa cruz que 
quedará allí, en la loma solitaria, para que la vean todos desde el 
llano y recuerden la misión. 

Mí Mí Mí 

La voz del misionero se levanta al principio temblorosa, inse- 
gura. Pero cuando tiende la vista sobre el lomaje amarillento, so- 
bre las líneas de boldos que parecen inclinarse también relijiosa- 
inente, sobre esos hombres y mujeres que abren los ojos llorosos y 
se muestran sedientos de verdad, su espíritu de creyente, de ora- 
dor y de artista se enciende, sus labios enrojecen, los ojos brillan 
con nueva luz, y las palabras salen esta vez candentes y lumino- 
sas, ruedan sobre los cerros y van a perderse a lo lejos de montaña 
en montaña como un llamado de la vida a la muerte. 

¡Qué hermosa tarde! Los cirios arden y chisporrotean. Los in- 
censarios se mueven oscilando con lentitud. El olor del arrayan 
inunda en oleadas de perfume. Y allá desde el llano sube como 
una plegaria la salmodia de los campos, la diana del crepúsculo 
combinada por sapos y grillos desde los bordes del estero. Loren- 
zo recuerda de un golpe su vida entera, su juventud de trabajo, su 
virilidad encendida por el desgraciado amor a Rita, .su vida de sol- 
dado, las bataUq<i. las alegrias del campamento, las mujeres, las 



T7B 

pendencUts, el vicio, Pero en medio de todo esto que baila ante su 
%'ista en confusa sarabauda, se destaca Damián, suplicante, arrodi- 
llado en el fondo del pozo donde fué llevTido por engaño para bus- 
car una mina que habla de enriquecerlo.. . 

— Hermanos — grita el sacerdote — aquí va a alzarse la cruz re- 
dentora donde espiró Cristo por vosotros. Ella abrirá sus brazos y 
presidirá vuestra vida de la no- 
^i... a !»«»»..«» '^•^i- mañana 
uestras 
perdo- 
estras 






que seahoga.quie- 

re apartar esa imájen de sant^ y recliaza con unamano, como a 
una invisible sombra que se le acercara. Allí mui cerca, bajo ese 
boldo que se mueve con el viento, está sepultado Damián y segu- 
ramente sus manos descamadas se habrán inmovilizado crispadas 
hada arriba como deteniendo la tierra y los guijarros que él 
derrumbara en esa hora sangrienta de odios y de venganza». 

— Es una hora solemne — esclamó el misionero— y quisiera que 
el sol detuviera su curso antes de sepultarse í» el ocaso, que el 



179 

viento se parara antes de pasar, que vuestra respiración se contu- 
viera y nada en la naturaleza vibrara. Es la hora en que Cristo dejó 
caer sobre el pecho la divina cabeza y dijo en un suspiro de dolor 
y de angustia: {Todo ha concluido! 

Lorenzo dejó escapar una queja ronca y lastimera. £1 no era un 
infame, no era un criminal. Fué la rabia, el odio, los celos, fué otro 
hombre dentro de sí mismo que esa noche horrible arrastró por 
engaño al aguador y le abrió traidora tumba en esa cumbre. ¿Cómo 
ha vuelto a llegar hasta allí? Es Dios que ha ordenado sus pasos, 
que ha conducido sus misioneros, que ha querido escojer el dia 
de sus iras? Lorenzo llegaba del norte, bajaba con otros la cuesta 
cargados con el escaso bagaje; sonaba la campana de la capilla; la 
procesión pasaba culebreando por el camino y ellos sin saber có- 
mo se enrolaban en sus filas. Y allí estaba, al lado, a un paso de 
su víctima, que en ese momento debia clamar venganza. 

— Arrodillaos .. prorrumpía el inspirado sacerdote — arrodillaos 
pecadores y unid vuestro duelo al de la naturaleza El sol se ha ocul- 
tado; el dia ha muerto. El sacrificio se ha consumado. Queda sobre 
la cruz el cuerpo inanimado del Redentor; a sus pies las santas 
mujeres que lloran y mas lejos la muchedumbre indiferente de los 
reprobos, de los hipócritas, délos ambiciosos, de los sensuales, de 
los pecadores como vosotros. 

Lorenzo jime, pero jime débilmente. Un instante ha querido dar- 
se golpes de pecho, después, a imitación de otros, ha estendido los 
brazos en cruz, ptro luego los ha dejado caer como muertos a lo 
largo del cuerpo. 

En ese instante la cruz se levanta y el sacerdote avanza hacia el 
lugar donde va a ser clavada. Un grito ahogado se siente en me- 
dio de los jenerales sollozos. Es Lorenzo que mira con los ojos 
desmesuradamente abiertos, cómo ha caido el santo signo sobre la 
fosa misma donde está la víctima de su crimen. 

— ¡Adiós, santa Cruz! — sigue el misionero — vamos empujados 
por el deber a otras tierras. Aquí os dejamos sobre estas monta- 
ñas, ^1 medio de estos campos, como un recuerdo de la santa 
palabra enseriada, de vuestra sublime doctrina predicada, de 
vuestro infinito perdón concedido. ¿Veis? Es Cristo que llega, es 
él que afirma los brazos sobre este leño inmóvil. Es él que clava 



1 8o 

de nuevo sus piernas. Es su cabeza coronada de espinas que se 
apoya; es su cuerpo que viene a ocupar el instrumento de su sa- 
crificio. 

Lorenzo ha avanzado de rodillas, con los labios abiertos; y rese- 
cos, la respiración anhelante. Ya los ojos de todos se posan sobre 
él, y Rita, con el pañuelo sobre los ojos, solloza amargamente. . . 
como siempre. El no vé a Cristo, nó; pero un sopor, una sombra* 
algo que no sabe, que no comprende, pero que es algo, sube de la 
tierra a lo largo de la cruz y va formando la silueta de un hombre 
ensangrentado, que se toma de los brazos de madera como para 
escapar del suelo que lo sujeta. 

Lorenzo se arrastra aun mas. Ahora la alucinación toma la 
exacta precisión de la realidad. Un hombre desnudo, lleno de 
sangre, su víctima, se alarga desde la tierra y cuelga sobre uno de 
los brazos de madera, su cabeza llena de tierra y de heridas. 

Un nuevo grito se alza, y un hombre corre hasta los pies del 
misionero. 

— ¡Padre! jPadrel Soi yo, Lorenzo Rejres, el asesino de Damián, 
el aguador! Soi yol Soi yo! Y un ronco estallido de sollozos y 
gritos inarticulados lo hace caer. Y luego de nuevo se oye su voz 
que grita: ¡Perdón! ¡Perdón! 

Entonces, en medio del recojimiento una sola respiración se 
siente, y los roncos clamores de un viejo canto de las misiones 
se levantan como una súplica: Perdón, oh Dios mió! 

Cuando las últimas notas mueren en las gargantas, el misionero* 
se adelanta, y alza a Lorenzo del suelo donde ha caido: 

— Hermanos — dice — hal)eis oido la confesión de este hombre. 
La justicia divina lo absuelve por las manos del último de sus 
siervos; pero la justicia humana no lo ha perdonado aun. Guardad 
este secreto como yo, sacerdote del Señor, debo guardarlo. ¡Qué 
jamas se hable de este hombre! ¡Qué jamas se vuelva a recordar 
este delito! 

Y como la cruz ya estaba fija, todo el mundo se puso de pié con 
un dedo sobre los labios. La tarde caia, el sol se habia ocultado, y 
las notas de la campanita de la iglesia se lanzaron al aire tranquilo 
como palomas blancas hacia el horizonte. 

Por todos lados, entre las teatinas que rompían las jen tes, hom- 



iSi 

bres y mujeres, viejos y niños, bajaban en silencio, y la enerjia de 
su juramento y de su secreto los hacia llevar todavia un dedo 
sobre los labios. 

Dos voladores subieron desde la aldea y estallaron en los ai- 
res. 

fi fi ^ 

Jamas ha vuelto en el Totoral a hablarse del aguador, y cuando 
un niño nombra a Lorenzo o recuerda la tarde de la despedida, 
todo el mundo dice: 

/ C/tt// 

Y se hace un silencio solemne y largo, como si en ese momento 
cruzara sobre ellos un ánjel invisible. 



\Í7 a7 



UILLñRROEL 



(Elf JENERAL, DINAMITA) 



EN una humilde casa de Santiago, pobre, olvidado, dolorido, 
acaba de morir un héroe popular, Arturo Villarroel, a quien 
los soldados del 79 y después sus hijos han llamado el «^Je- 
neral Dinamita». 
Nacido sobre el mar en la bodega de una balandra que 
ajilaban las olas; aventurero infatigable, que recoirió todo el 
mundo; especie de soñador y de loco, lleno de nobleza y de cora- 
zonadas; caballero andante mientras hubo paz; soldado de la 
vanguardia sin sujeción a bandera ni a disciplina cuando hubo 
guerra; que marchaba tomado del brazo de la muerte como qAq- 
K^e caraarada; y cortaba, como dijo Vicuña Mackenna, los alam- 
bres de las minas a la vista del enemigo, como el que receje 
lechugas para su almuerzo: Arturo Villarroel ha venido a morir, a 
solas con sus males, entre cuatro paredes desnudas, donde no 
ardia un puñado de carbones para entibiar la helada noche de in- 
vierno, prisionero en un lecho menguado, echando de menos hasta 
para morir la libertad del desierto, y sintiéndose impotente como 
un cóndor que agoniza en la jaula de un jardin zoolójico. 



UILLñRROEL 



(El* JENERAI, dinamita) 



EN una humilde casa de Santiago, pobre, olvidado, dolorido, 
acaba de morir un héroe popular, Arturo Villarroel, a quien 
los soldados del 79 y después sus hijos han llamado el *Je- 
neral Dinamita». 

Nacido sobre el mar en la bodega de una balandra que 
ajitaban las olas; aventurero infatigable, que recoirió todo el 
mundo; especie de soñador y de loco, lleno de nobleza y de cora- 
zonadas; caballero andante mientras hubo paz; soldado de la 
vanguardia sin sujeción abandera ni a disciplina cuando hubo 
guerra; que marchaba tomado del brazo de la muerte como ale- 
gre camarada; y cortaba, como elijo Vicuña Mackenna, los alam- 
bres de las minas a la vista del enemigo, como el que recoje 
lechugas para su almuerzo: Arturo Villarroel ha venido a morir, a 
solas con sus males, entre cuatro paredes desnudas, donde no 
ardia un puñado de carbones para entibiar la helada noche de in- 
vierno, prisionero en un lecho menguado, echando de menos hasta 
para morir la libertad del desierto, y sintiéndose impotente como 
un cóndor que agoniza en la jaula de un jardin zoolójico. 



Hai soldados y héroes oficiales que son los nombrados por 
decreto de los Gobiernos; hai otros videntes^ inspirados que pare- 
cen mensajeros de la Providencia; otros serenos y frios que obran 
con el cerebro y rinden la vida en cumplimiento de un deber; y 
hai otros para los cuales se enciende súbitamente el patriotismo 
como el amor; y espontáneos, libres e indómitos buscan el peligi'o 
tal vez siguiendo aquella leí de la muerte y del amor simbolizada 
en el verso de Leopardi: 

Un desiderio di morir si senU 



O O O 



De éstos era Arturo Villarroel, nacido el año 36 sobre el mar, 
en un dia de temporal borrascoso, hijo de un maderero de Chiloé 
y de una señora Garenzon, descendiente de yankee y de arjentina. 
Su madre era cualquera y los principios de su relijion le fueron 
infiltrados con la tenacidad de un fanático. Su vida fué mas tarde 
prolongación de aquel temporal y de este fanatismo ciego: mezcla 
de dos razas, injerto de marino, de soldado, de corsario y de bri- 
gante. 

Aprendió el ingles y el francés como su idioma patrio, y las 
vicisitudes de la revolución del 5 1 lo arrojaron con su padre a Lima. 
Allí el muchacho de 12 años fué colocado en un colejio y recorrió 
como niño lo que treinta años mas tarde iba a batir como sol- 
dado. 

Pasado a Guayaquil, fué herido a los trece años por una bomba 
sobre la cubierta de una nave de la descabellada espedicion del 
jeneral Flores. De allí se dirijió a Cantón, acompañando a un rico 
peruano que iba a contratar operarios chinos para sus faenas. Re- 
gresó a Estados Unidos, pasó a Europa y volvió nuevamente a 
la tierra de su abuelo. Siempre aventurero, viajaba de guerra o de 
favor, servia en todas las profesiones, hablaba todos los idiomas 
desafiaba todos los peligros. En Vera-Cruz lo batió la fiebre ama- 
rilla, fué desembarcado moribundo en Pernambuco. Hastiado del 



185 

mar, deseaba cotno otro aventurero, dormir bajo un árbol de la 
tierra natal un sueño profundo. Llegó a Chile, pero cu espíritu lo 
hizo moverse pronto y fué nuevamente al Perú. Allí ce internó 
lr.sta la frontera del Brasil, buscando minas de oro que huian a 
su paso como una lejana promesa de fortuna. 

Kn esta jomada de esplorador, llegó a Tucuman, de donde 
comenzó a pasar arreos de ganados a Tarapacá, a Arica y a Are- 
quipa. 

En 1861 vuelve a Santiago, vive en la calle de San Pablo, se 
confunde en el mar de la vulgaridad y del prosaismo, y enseña los 
idiomas que aprendió en sus largas correrlas. 

En los incendios de la Compañia y del Municipal, se muestra 
por primera vez Villarroel como el amigo de la muerte. Salvando 
víctimas cae entre las ruinas, y vuelve incansable al peligro. 

Mas tarde, su afán de viajes lo lleva por cuarta vez a Estados 
Unidos. Alii representa al pais como ájente de la esposicion inter- 
nacionaL Siempre sin ganar sueldos, viviendo de aventuras, de 
ocurrencias, de injenio. 

jPor fín llega la guerra! 

Villarroel aparece en los campamentos, como una visión de la 
camanchaca — dice Vicuña Mackenna. — No se alista como soldado. 
Es mensajero, esplorador, avanzada, tentáculo que llega hasta el 
enemigo. Un dia lo toman de un brazo y en medio del humo y de 
la batalla, lo hacen capitán de pontoneros. Siempre «ad-honorem», 
siempre por la gloria. 

Debió reproducirse el mismo diálogo que tuvo lugar entre el 
gran Rei y su soldado: 

^ean Bart, je vous ai fait chef d'escadre. 

— Sire, vous avez bien fait! 

000 



Desde ese momento Villarroel comienza su carrera. Hasta en- 
tonces ha estado desarrollando sólo sus cualidades. 

Al frente de una partida de asiáticos se avanza por los caminos, 
consttuye estanques para el agua, hace adelantar las provisiones, 



iS6 

descubre las minas subterráneas, hace volar las que no logra des- 
terrar, y su marcha es un solo estampido glorioso y audaz. 

Vuelve a Santiago en la Intendencia Jeneral a cargo de la 
sección de fuego y esplosivos: regresa con la dinamita, y aparece 
de nuevo en acción en Arica. Allí fué nombrado guia de la primera 
división y comenzó la atrevida marcha de Pisco a Lurin. Quién 
liabia andado tantas leguas llevado por su impulso ¡cómo andaria 
estas cincuenta aguijoneado por el patriotismo! 

En Lurin dio cuenta de sus trabajos y fué felicitado por don 
José Francisco Vergara, que admiraba este ciudadano-soldado, este 
loco -héroe. 

Delante de la división Lynch fué cuando Villarroel ganó ante el 
inieblo y el Ejército el guerrero título de jeneral Dinamita. El 
coronel Lagos recibió de sus manos 435 bombas, tarros y torpedos 
que desenterró en el Morro Solar y el Salto del Fraile. 

Pero aun faltaba Miraflores, donde las minas no eran automáti- 
cas, sino manejadas a distancia por la chispa eléctrica. Y allí se vio 
este humilde, abnegado y heroico chileno, fumando serenamente 
su cigarrillo, deslizarse por pendientes atrevidas, y en medio de 
una granizada de balas cortar con un cor\'o los alambre, como 
quien siega en medio del campo las espigas. 

Allí fué primero herido en el talón, y después pescado por una 
de esas máquinas infernales. Mas tarde persiguiendo su tarea de a 
caballo, cayó éste y el jeneral Dinamita perdió una pierna destro- 
zada por la esplosion. 

000 

Cuando en medio de una nube de flores llegaba el Ejército 
triunfador entre las filas de los soldados tostados, el pueblo vio 
pasar un cojo que hacia resonar sus muletas en medio de las mar- 
chas militares. Allí fué aclamado y desde entonces recibió los ga- 
lones que nunca tuvo! 

Pobre Villarroel. Ha muerto tan solo! 

A la.5 dos de la madrugada, cuando el candil st: apagaba y unas 
pocas oraciones masculladas en silencio en un rincón de la pieza 
se elevaban por su alma, juntó los ojos > descansó. 



i87 

Caiga sobre su tumba las violetas que son símbolo humilde» de 
un humilde guerrero. 

Y cuando pase su cortejo sencillo por las calles, que se descubra 
y salude esta juventud raquítica de hoi dia, que miente escusas 
pueriles para no cumplir la lei, que se avergüenza de la casaca del 
soldado y se resiste a ir a los cuarteles, burlándose alegremente de 
la patria detras del papel sellado de los tinterillos! 



^ M 



SOL Y SOmBRñS 



EN los dias 26 y 27 de estemes de junio en 1 881, y en losprime» 
ros de julio de 1882; ocurrieron en Sangra y en la Concepción, 
dos acciones heroicas mui semejantes, en que una guarnición 
chilena se batió durante muchas horas con fuerzas enemigas 
treinta o cuarenta veces superiores, hasta que el último solda- 
do cayó sin vida sobre los escombros humeantes. 

Contar una de estas acciones, es contar la otra. Solamente que 
de Sangra aun hai voces que pueden hablar: el capitán Araneda 
que dirijió sus soldados a ese combate glorioso, sirve hoi en el 
Congreso un puesto de edecán y es mudo testigo de la trasforma- 
cion de los chilenos que se dejaban matar hace treinta años por la 
patria, y que hoi al asaltar con denuedo las arcas fiscales no se de- 
jarían cortar un dedo sin hacerse pagar cada gota de sangre con una 
libra esterlina. 

En cambio sobre el combate de la Concepción reinó un solemne 
y grandioso silencio junto con caer el último soldado chileno. Un 
viento frío aventólas cenizas del incendio, y en medio de sus remo- 
linos, un jirón tricolor llevó al primer campamento amigo la noti- 
cia gloriosa del trájico combate. 
Nadie quedó que pudiera contar la proeza sublime, y solamente 



i9o 

de la pupila de los montoneros, dilatada por el. espanto y la admi- 
ración, pudo arrancarse la imájen inmortal de esos muchachos que 
no movieron un pié de donde el deber los retenia, y en medio de 
las llamas, de las lanzas y de los puñales se abrazaron a la bandera 
y quedaron tendidos de frente al sol. 

»í Mí )lí 

La campanita de la iglesia de la Concepción tocó esa tarde el 
Ángelus, y las notas se lanzaron como aves al espacio y fueron a 
perderse en la lejania. 

Pero esta vez no era esa campana símbolo de mñnita paz, ni 
anunciaba una noche serena y estrellada, ni pudo siquiera provo- 
car la intensa oración del crepúsculo. 

Un lejano rumor comenzó a turbar a la guarnición chilena de 75 
hombres, que al mando del capitán Carrera Pinto, guardaba la vi- 
lla estendiendo el plan de ocupación a todos los valles y encruci- 
jadas de los Andes peruanos. 

Mas de dos mil montoneros y tropas regulares enemigas, coro- 
naban los cerros y envolvian el cacerio en medio de gritos de anti- 
cipado júbilo. 

Contar las fuerzas, deliberar sobre si habia obligación de comba- 
tir o vacilar un sólo instante, habrian sido sentimientos de 1906 o 
1907, pero seguramente no lo eran entonces de nadie, y fué con 
sangre y carne viva que se firmó sobre la tierra el pacto con la 
muerte y con la gloria. 

Las tropas salieron a la plaza y esperaron a pié firme la embes- 
tida. 

Eran pocos, eran jóvenes, llevaban diez enfermos en las filas, 
pero se sentian arrastrados por ese sentimiento superior del deber, 
que nos llevó a conquistar tantas glorias. 

Los montoneros avanzaban, resueltos e intrépidos, estrañados 
de ver al frente esa f'ú? de imberbes con el arma a discreción. Sus 
tiro" no eran contestados, los gritos salvajes con que se animaban 
al asalto, redaban en la soledad de los montes sin eco alguno. Pero 
avanzaban siempre hasta acercarse a pocos centenares de metros, y 
.abrían ya sus cuadros para lanzarse en violento y desordenado 
choque. 



191 "' ' ' 

I 

Entonces en el pequeño grupo se sintieron algunas voces de or- 
den, frías y pausadas. 

Los rifles se echaron a la cara, una descarga resonó con la pre- 
cisión de un ejercicio de fuego, y comenzó un tiroteo que durante 
20 horas no debia cesar. 

Por un lado los enemigos armados que se retiraban y volvían 
enfurecidos, por la espalda el pueblo entero que desde los tejados 
y azoteas prestaba febril concurso a los asaltantes; la acción se ha. 
cia mortífera, implacable. 

Cuando Carrera Pinto vio que las fílas raleaban, que cada minu- 
to que pasaba era la caida de uno de sus soldados en tierra, ordenó 
replegar la compañía hacia el cuartel, llevando en el medio a los 
heridos de cara lívida y exangüe, pero que maldecían y juraban co- 
mo locos. 

Apenas concentrado el grupo dentro del viejo cuartel que iba a 
ser tumba de los 75 combatientes, la masa compacta de los monto- 
neros se agolpó por todos lados y trató de escalar las puertas y 
ventanas. 

Pero como cada hombre que se acercaba caia fatalmente, y como 
lejos de calmarse la defensa interior arreciaba como una tormenta; 
cierto supersticioso espanto produjo la desmoralización de la banda, 
y las diferentes partidas envolviéndose en sí mismas fueron reti- 
rándose una a una. 

En esos momentos en que cada cual puede mirar en torno suyoi 
los ofíciales se contaron y contaron sus soldados. Faltaban mu- 
chos qué, tendidos al pié de cada ventana, parecían con sus caras 
crispadas por la ira, descansar rendidos de una inmensa fatiga 

En un rincón oscuro, donde dos o tres mujeres lloraban desola- 
das,, nacia en esos momentos una criatura. Era la vida que salla al 
encuentro de la muerte. 

La retirada del enemigo hizo pensar al capitán Carrera Pinto en 
la posible llegada de refuerzos chilenos desde Huancayo, y resuel- 
to a terminar pronto con la horrible jomada antes de que el sol se 
ocultara en un crepúsculo arrebolado y sangriento, salió del cuar- 
tel al frente del ya reducido grupo y se lanzó nuevamente a la 
pelea. 

Los montoneros no habian huido. Parapetados en todas las ca- 



lies, comenzaron a hacer un fuego mortífero sobre el intrépido pu- 
ñado de muchachos. 

Carrera Pinto, levantando su espada con \-ivo y ardoroso jesto, 
renegando y nijiendo, cae en 
brazos de los suyos y cubierto 
>gresa al cuartel de 
e la }'a diezmada 
lañia del Chacabu- 
o volvería a salir 
para la gloria. 

tt « «f 
;gó la noche y con 
che una serie de in- 
ites asaltos, en me- 
dio de la duda, 
de la oscuridad 
de la fatiga. 

Ardian inmen- 
sas fogatas a cu- 
yoresplandorco 
miau y bebían los 
montoneros au- 
silíados por el 
vecindario, des- 
tacándose en las 
' fachadas las de- 
formes y movi- 
bles sombras 
proyectadas por 
las llamas. 

De cuando en 
cuando un gru- 
po de enemigos 
se acercaba cau- 
teloso, tresocua- 
tro fogonazos 



'93 

destellaban al través de las ventanas, v algunos aves agudos rom- 
pían vibrantes el aire. 

Entre tanto, merced a las sombras, una fracción enemiga avan- 
zaba abriendo forados al través de las casas, hasta colocarse cerca 
de la espalda del cuartel. Al mismo tiempo cargaban nuevamente 
los otros por el frente y el costado en medio de horrorosa gritería, 
incendiando los techos de paja y allegando por todas partes mate- 
rias inflamables y esplosivas. 

El capitán Carrera Pinto que ha salido nuevamente arransando 
con los enfurecidos montoneros, cae en el umbral del cuartel, esta 
vez para siempre! 

Al amanecer, el combate recrudece; el incendio avanza, la guar- 
nición se agota. 

El sub-teniente Montt, rueda herido, vuelve a levantarse y apa- 
rece de nuevo en medio de los qee pelean, envuelto en sangre glo- 
rioso y fiero como un héroe de leyenda. Pero la muerte lo persi- 
}2:ue, y pronto vuelve a caer al lado del qne fué su comandante, 
para hacerle compañía, uno al lado del otro, con las manos recoji- 
das sobre sus espadas desnudas! 

Un momento después el subteniente Pérez Canto se desploma 
en medio de los escombros incendiados y cien bayonetas lo acri- 
billan. 

El cuartel arde ya en todos sus estremos y los heridos envueltos 
por las llamas se retuercen de angustia, ya que ni siquiera tienen 
derecho a una agonia dolorosa pero serena. 

El subteniente Cruz, de i8 años, queda en pié y avanza sobre 
una decoración de humo y llamas. A su espalda los lamentos de 
las mujeres y de la criatura recien nacida le recuerdan la patria, el 
amor, la vida, el hogar, todo lo que hai de tentador y misterioso 
para quien aun no ha comenzado a vivir. Hermoso y arrogante 
como un dios griego, rodeado de sus últimos cuatro soldados, apa- 
rece sobre las murallas y desaparece con su bandera, en el medio 
de los montoneros, 
El combate ha concluido. 

Una columna de humo que se levanta en el aire tranquilo, anun- 
cia a los soldados chilenos que vienen desde Huancayo que todo 
se ha consumado en la Concepción. 



194 

Un silencio de muerte y una tarde larga y triste, se estienden 
sobre el caserío, mudo de asombro. 

^ )^ Mí 

Sangra > la Concepción en junio y julio de 1881 y 1882, son dos 
acciones de guerra que hacen son as con el antiguo temple moral 
de nuestros hombres. 

Como aquel loco que se enamoró de su espada y que cada vez 
que poseía a la amada manaba sangre, el país consiguió con esa 
guerra gloriosa conquistar las salitreras que han estendido la co- 
dicia donde antes habitaba la gloria, que han hecho nacer el inte- 
rés donde antes lucia la abnegación, que han sustituido la estrella 
del estandarte por el signo de 18 peniques, único aspiración de los 
hombres del día. 

fi^ VÉ 9É 

Berlioz compuso para la Domnaiwn de Fausi, la course a Vabime 
que imita una lejana cabalgata y sujestiona vivamente la imaji- 
nacion. 

Las notas se suceden marcando con insistente compás la marcha 
de Fausto y Mef istóf eles, hacia el abismo; al mismo tiempo desfilan 
en la escena sombras fantásticas, demonios, dragones, caballos ala- 
dos, que cruzan las nubes amenazadoras y se pierden a lo lejos. En 
el medio del golpe insócromo de la orquesta, se percibe de cuando 
en cuando la voz de Fausto que rompe el ruido de la cabalgata v 
se levanta lastimera y doliente. 

Al presentar en medio de las ajitadas horas de la jomada econó- 
mica 3^^ política de 1907, estas epopeyas gloriosas de nuestros sol- 
dados, sentimos que la cabalgata al abismo preludia los odiosos 
compaces y comienza un doble desfile. Hacia el oriente cruzan un 
convoi de siluetas jigantescas, con enormes estandartes desplega- 
dos al viento, caballería que carga furiosa, sombras inmortales que 
pasan en medio de las bayonetas coronadas de laureles; y mas aba- 
jo hacia el occidente, avanza con la precisión de figuras vivas que 
todos palpamos y conocemos, el ejército del dia, de políticos, de 



195 

economistas, de dirijentes y de dirijidos, ciegos a toda esa gloria, 
sordos a todo ese majestuoso estruendo, desplegando la bandera 
de la ambición, haciendo sentir los gritos de la discordia, y unién- 
dose solo con una entusiasta y brutal carrera hacia el oro que brilla 
en lontananza botado sobre la inmensa sábana de caliche. 

1ÍÉ f^ 9É 

Hacia una aurora que clarea, se aleja y se pierde aquella lejion 
heroica que amaba a la patria, y hacia un horizonte que oscurece 
se acerca este jentio para recojer el botin que los otros bañaron 
con su sangre. 




UH SIBLO En Unñ HOCHE 



^\ uiEN no conoce en Chile ese tipo de hacendado solterón 

Til ^^^ P^^ ^^^^ ^^^^ ^^ ^"^ ^" ^^ soledad de las viejas ca- 

J I I sas del fundo para sacar a la tierra, en permanente lucha, 

j \J el dinero con que siempre sueña fundar un hogar para la 

\^ ^ - vejez? Son de esos hombres que no aceptando a la mujer 

joven y hermosa como compañera, la quieren legar sus achaques 

y dolencias de la edad como a enfermeras. 

El señor X a quien no nombramos porque vive y es aun hom- 
bre de trabajo, posee cerca de los Andes un regular fundo que es- 
plotaba y esplota todavia a la antigua. Desparramar el trigo en 
agopto, sfl^T un poco a caballo y esperar la cosecha haciéndose los 
pcor^o j;royectos sobre su resultado, en eso consistia hasta hace 
poco r^ «abrumador» trabajo del campo como le han llamado con 
cierta ./nnia los oficinistas de Santiago que se queman las cejas 
alineando numeritos litografiados y haciendo sumas y divisiones a 
granel. 

n .".eñor X había heredado, como tantos otros, el fundo, y ha- 
bía sacado de él al rededor de diez cosechas, lo que quería decir 
que no era hombre de escasos recursos. Su padre agricultor de los 
viejos, huaso ladino, entendido en las tareas agrícolas, conocía bien 



19» 

el negocio; y había comprado el fundo a la sucesión de un señor 
que habia desaparecido allí de una manera bien misteriosa. 

Por eso la casa vieja, metida en un grupo de olmos viejos y de- 
rrengados, al final de la consabida alameda y al lado de los lejen- 
darlos corrales, tenia historia, o mejor dicho «historias», porque al 
decir de los inquilinos, por allí penaba el antiguo patrón. 

En los aleros disparejos, húmedos, musgosos, «achiguados^, 
anidaban algunas familias de palomas, cuya aristocracia se remon- 
taba a muchos años de la fecha y cuyos volidos, aleteos y murmu- 
llos turbaban el silencio de aquel vasto patio donde permanecía 
muda y solemne la trilladora Ramson, las carretas inclinadas so- 
bre los pértigos, y el caballo del patrón ensillado permanente- 
mente, y espantándose las moscas con la cola, debajo de un 
nogal. 

La casa era como todas las de su tiempo: un cañón de piezas al 
fondo y dos más haciendo ángulo recto con los estremos de aquél; 
las piezas bajas, con ventanas anchas y pesadas, rejas de fierro for- 
jado a martUlo, abiertas hacia el frente y el fondo, largos corredo- 
res con ladrillos húmedos y desiguales, y pilares de madera re- 
dondos sobre bases de piedra blanca.. . . 

El mobiliario lo componían los viejos sofaes imperio de caoba y 
crin, los sillones de banqueta, y las sillas que hoi persiguen los 
anticuarios en todas partes; y en cada rincón un rifle viejo, insti- 
tución tradicional de las casas de campo, revelaba allí que también 
al señor X se le habia ocurrido que le pudieran asaltar por el fren- 
te o el fondo de la casa. 

* * * 



Aquella noche, noche de invierno algo brumosa y seguramente 
bastante fria, estaba el señor X sentado a la mesa, solo, teniendo 
por delante un diario del dia anterior, nuevo para él, y engullendo 
lentamente unas costillas de cordero que espedían el mas excelen- 
te y apetitoso olor. ¡Qué aburridas aquellas horas! Todos los días 
lo mismo. Ignacio, el sirviente fiel, un ex-sarjento del Atacama. le 
servía los platos, unos tras otros, en un silencio imperturbable: se 



bebía después la inevitable tacita de café, se retiraba al escritorio 
a recorrer los diarios o arrojándose en un poltrona se entretenía en 
soñar, siguiendo el humo de su cigarro, con la linda mujcrcítaque 
podría haber tenido a su lado si esas malditas prevenciones contra 
el matrimonio, concebidas desde la Universidad, no le hubieran 
retraído de casarse. 

Aquel dia la comida había demorado mas. Los diarios venían 
palpitantes con una ajitacion política; una crisis de esas que traen 
cambio de decoración y en que se siente la voz del director de es- 
cena y se vé la maqninaria. De manera que la lectura de esos chis- 
peantes y candentes editoriales, le habían hecho alargar mas que 
nunca la sobremesa. 

Un golpecito seco, distinto, seguido de un carraspeo al otro la- 
do la ventana, le sacó de la interesante abstracción, para hacerle 
dirijir la vista hacía ese punto y decir, como tenía costumbre cuan- 
do le golpeaba todas las noches don Simón el administrador, para 
pedir órdenes: «¡empuje la puerta!» 

Tres pasos firmes, seguros, pero sin sonido de espuelas, como 
habrían sido los de don Simón, recorrieron el espacio que separa- 
ba la ventana de la puerta, y antes que el señor X e Ignacio hu- 
bieran podido fijar en ello la atención, moviéndose suavemente el 
cerrojo abrióse una hoja y dio paso a un hombre al cual ninguno 
de los dos conocían. Hizo éste una lijera venia, contestó con otra 
el caballero, y mientras aquél no hallaba dónde colocar su sombre- 
ro de paño negro ni sentarse él mismo, el señor X le preguntó 
tranquilamente qué asunto le traía hasta allí. 

— Sí no fuera importuno, señor, respondió, j'o le suplicaría 
me oyera dos palabras sobre un negocio, enteramente privado. . . 

— ¿Le molesta a usted la presencia del mozo? preguntó visible- 
mente inquieto el dueño de casa. 

— Si usted fuera tan bondadoso que me oyera a solas. . .? 

Antes de que una seña de su patrón se lo hubiera a dado a en- 
tender, Ignacio habia salido sin hacer ruido, librando así al recién 
llegado de un inútil testigo. 

— El negocio que me trae aquí y a tales horas, continuó dicíen - 
do éste con cierta seguridad en la voz, va a parecer a usted, señor, 
a primera vista ridículo. Pero una vez que yo le convenza de lo 



200 



serio y honrado de mi propósito, no tendrá usted inconveniente en 
aceptado. Se trata de un entierro.. . . 

— Siéntese usted aquí, interrumpió el señor X pensando ya mas 
serenamente que el hombre que tenia por delante podia ser un im- 
postor, y acompáñeme con una tacita de café 

Y sin esperar contestación, llamó a Ignacio, que apareció llevan- 
do una bandeja de madera negra con unos pajarracos chinos dora- 
dos a fuego y en ella una cafetera y dos tazas de loza dibujadas 
con colores chillones. 

De esta manera queria el señor X darse tiempo para reflexionar 
y tener mas advertido a Ignacio. Porque. . . ¡qué diablos! Un hom- 
bre solo en un caserón abandonado, con fama de rico, podia ser 
buena presa para cualquier desalmado. 

De un sorbo se bebió la taza de café el advenedizo, dejándose 
observar por la mirada rapaz del señor X su físico, desleído, que 
no decia nada, ni nada revelaba. Porque si es cierto que hai ros- 
tros^delatores y espresivos, no es menos cierto que los hai opacos 
y completamente mudos. 

Por otra parte, el hombre aquél deseaba continuar su frase inte- 
rrumpida, y así apenas vio al señor X encender su cigarro y apo- 
yarse en el respaldo de la silla en actitud de oiría siguió, ade- 
lante. 

— Como le decia, señor, se trata de un entierro. Usted creerá 
probablemente en entierros. 

— Poquísimo, caballero. 

— Es natural; jeneralmente los entierros son pretestos para esta- 
fas, burlas y engaños. El entierro de que yo vengo a hablarle es 
algo serio, real, exacto, que le probaré hasta la evidencia. Tuve yo 
un tio que fué minero, y sin embargo, murió bastante pobre, pos- 
trado por una tisis que lo fué acabando lentamente. Habla sido 
hombre de negocios y de negocios enredados; no teníamos mucha 
fé en su honradez. Pero antes de morir llamó a mi padre y a mí, y 
nos dijo que él conocía el sitio seguro, fijo, de un entierro, hecho 
entre él y un compañero de negocios. Nos entregó unos planos y 
nos dejó el convencimiento de que aquello era una cosa serla y 
digna de crédito. Ahora bien ¿estaría usted dispuesto a ayudarme 
señor X?. . . Iríamos a partir de utilidades. 



20I 

— Pero vea usted, señor, ¿dónde están las pruebas? ¿Dónde está 
ese entierro? usted no exijirá que le crea bajo su palabra. 

— Si yo le mostrara a usted un plano de esta casa, y el sitio 
donde debe hallarse el entierro, ¿usted me creerla? 

— Talvez, casi, casi con seguridad. 

— Bueno. . . 

El advenedizo llevó rápidamente la mano al bolsillo interior de 
la chaqueta, removió pausadamente algunos papeles, sacó uno algo 
ajado y amarillento, lo desdobló, apartando otro que estaba allí 
junto, y abriendo el primero lo puso ante los asombrados ojos del 
señor X que pudieron ver allí perfectamente clasificadas las pie- 
zas, los pasillos, las puertas, toda la casa con sus detalles mas mí- 
nimos. . . 

— ¿Y dónde está aquí el entieiro? preguntó ya con intensa cu- 
riosidad. 

— Usted me permitirá, señor, que exija de usted ciertas garan- 
tías. . . yo no le conozco. Antes de mostrarle este otro plano, yo 
exijo que usted me facilite esta misma noche el acceso a la pieza 
señalada, y los dos nos pongamos a la obra. 

— ¿Y por qué ha de ser esta misma noche? preguntó con enerjia 
el señor X. . . 

— Porque habiéndole ya revelado a usted que aquí hai un entie- 
rro, usted podria pretender rastrearlo para sí y dejarme a mí a un 
lado. 

Aquello parecía sincero, razonable. El señor X titubeó un mo- 
mento; pero no queria dar muestras de temor, y sin embargo, todo 
aquello era raro, estraño, sumamente peligroso. 

— ^Venga el otro plano, esclamó de pronto, acepto bajo mi pala- 
bra de honor las condiciones, — mientras recordaba con cierta tran- 
quilidad, que llevaba el revólver cargado en el bolsillo del panta- 
lón. . . 

Al instante el hombre repitió su operación de rastreo de papeles 
y sacó el otro que habia vuelto a guardar. Era el mismo plano, 
pero en una de las piezas fnas apartadas una crucesita roja llevaba 
la vista a un letrero con tinta del mismo color, que decia: «aquí 
está la tinaja». 

Un momento se fijaron sus ojos en esos caracteres rojos, letra 



202 



fina, cuidada. . . La tinaja! ¿Estarla llena de onzas? ¿Seria aquello 
verdad? ¿Qué le liabia metido aceptar aquel loco y aventurado ne- 
gocio que podia ser una celada infame? Tuvo miedo, emoción; un 
sudor frió le corrió por el cuerpo todo, y cuando levantó la vista 
del plano que lo hipnotizaba con el letrerito rojo, vio que los ojos 
incoloros del advenedizo le miraban fijos, inmóviles, brillantes 
como los del gato. 

Era necesario que no le viera dudar, y haciendo de tripas cora- 
zón, como se dice vulgarmente, devolvió el papel y contestó con 
la mas tranquila entonación: 

- Estoi a sus órdenes, caballero. 

— Es necesario un chuzo y una pala, y apartar a los criados para 
que no se den cuenta de qué se trata. 

— Lo mqor será que los vamos a sacar nosotros mismos. Yo 
tengo la llave de la bodega. 

Tomó el señor X una vela que estaba sobre la mesa y salió del 
cuarto, teniendo siempre cuidado echar a su compañero por de- 
lante. Llegaron por el corredor a un portón ancho, de dos hojas 
cuyo grosero y tosco candado fué quitado sin dificultad, separán- 
dose el cerrojo, y abriéndose un lado con el crujido inevitable de 
los goznes mohosos. Allí estaba el coche, el coche de la hacienda, 
un viejo carruaje de trompa, que inclinaba su techo lustroso como 
un lomo de barata; los arneses colgaban de algunos ganchos en la 
pared enlucida; y en todos los rincones se amontonaban chuzos de 
varios tamaños, palas, azadones, arados, cultivadoras y htchonas 
gastadas y mohosas. Era el arsenal de la hacienda donde venian 
los peones todas las mañanas a recibir la herramienta necesaria 
para trabajar todo el dia bajo el sol abrasador. 

El advenedizo se dirijió tranquilamente a un rincón, escojió una 
barreta, se acercó al otro estremo donde tomó una pala, cuyo filo 
examinó un instante y esperó al señor X que intención almente se 
quedaba atrás para tenerlo siempre ante su vista. 

Salieron, cerróse de nuevo el candado, y volvieron a tomar el 
corredor, entrando por la puerta entreabierta y llena de luz por 
donde hablan salido. 

—¡Ignacio!— llamó el señor X, afectando la mayor tranquilidad 
en la voz; puedes retirarte. 



Pero al mismo tiempo le daba una mirada bien significativa, que 
quería decir 

— Quédate, no te acuestes, 
vijila. 

El sirviente entendi 
tamente que allí pas£ 
anormal, eatraño en l£ 
esa casa tranquila, y v 
narse en el cañón d 
con visible inquietud 
tren, coa una vela en u 
llevando por delante a 
dúo con el chuzo y li 
hombro. 

¿Dónde irán? ¡Qué 
caba eso? 

—Aquí es — dijeron 
^al llegar a la última i 
corredor. 

—Y este es el rin- 
cón preciso en que 
estala tinaja — agre- 
gó el desconocido, 
d^ando caer el chu- 
zo sobre un ladrillo 
que se trizó en va- 
ria.'i direcciones. 

La pieza era gran- 
de, húmeda, helada. 
Kl pavimentode la- 
drillos viejos estaba 
mui deteriorado de-' 
jando ver en varias 
partes las manchas 
negruzcas déla hu- 
medad. Dos o tres 
baratas negras su- 



204 

bian por los guarda-polvos, con su marcha torpe, indecisa, y una 
mosca grande y verde, volaba trasnochada, zumbando de un modo 
siniestro alrededor de la vela. 

Quedó ésta en el hueco de una ventana; comenzó el desconocido 
a sacarse la blusa para poder manejar mejor el chuzo; y el señor 
X se inclinó sobre la pared para poder examinar desde allí todos 
los movimientos de su compañero. 

Sentia un visible malestar; un sentimiento estraño, nuevo, le 
llenaba enteramente. Cierto ardor en las sienes y unas punzadas 
neuráljicas le comenzaban a molestar. Sus ojos se encontraban a 
menudo con los del desconocido, que lucian de una manera estra 
ordinaria. Eran exactamente los ojos de un gato, algo vidriosos 
iluminados por dentro, centellantes e inquietos. ¿Por qué esos ojos 
que un poco antes eran opacos, esmerilados, por decirlo así, habían 
tomado ese fulgor? Era que se acercaba el momento de poner en 
práctica la celada? ¿Cuál podia ser ésa? ¿Vendrían ya acercándose 
los compañeros que debían asesinar a don Simón y a Ignacio? ¿Se 
serv/ria ese desconocido del chuzo para matarle? 

Y sin darse bien cuenta de lo que hacia, se apretaba contra la 
pared para sentir sobre su cintura el contacto del revólver y en- 
contrar en ello seguridad. 

Entre tanto, el compañero habia dado ya unos cincos golpes 
vigorosos que habían hecho saltar los ladrillos en un espacio de 
metro cuadrado, mas o menos. Estos, partidos o molidos, quedaron 
amontonados en un rincón. Ahora los golpes del chuzo eran sor- 
dos, caían sobre una tierra apretada y traposa, que se deshacía en 

costras. 

¿Por qué el hombre del chuzo le volvía a mirar con esos ojos de 
gato? ¿Qué quería hacer? El silencio era inmenso, ese silencio de 
las noches do campo; el mujído de una vaca allá lejos, en la sole- 
dad de los potreros, ladridos lejanos de los perros de los ínquilinos 
y uno que otro jemido agudo del Nerón, el perro de la casa, que 
al sentirse amarrado de un tronco, llorada con su aullido prolon- 
gado y lastimero. 

Los golpes del chuzo seguían, la tierra saltaba, el sudor bañaba 
la frente del desconocido. Pero el señor X no se ofreció a seguir 
¿í; pensaba que inclinado sobre el suelo, con las manos ocupadas 



205 

en tomar la herramienta, podía recibir fácilmente una puñalada, 
sin tener tiempo para defenderse. 

¡Qué horas aquellas! Dejemos hablar al señor X que contaba 
después este trance, temblando todavia. 

«Los golpes del chuzo caian sobre algo fofo y suelto, y, sin em- 
bargo, unido y compacto. Me pareció que evidentemente ese suelo 
podía haber sido removido después de enladrillado todo el piso. 
Ya no tuve dudas de que en pocos instantes mas vería aparecer 
un estremo de la tinaja, empolvada. . . Y entonces un nuevo temor, 
una nueva sospecha hizo correr sobre mi cuerpo un calofrío que 
me estremeció. La codicia que comenzaba a sentir yo, ¿no la sen- 
tiría con mayor fuerza ese hombre que estaba allí, sacando algo 
que en realidad le pertenecía? Con un solo golpe podía hacerse 
dueño de toda esa tinaja y reparar el error de haber cedido la mi- 
tad de su tesoro. Los ojos de mi compañero ya no brillaban, ar- 
dían, jiraban dentro de sus órbitas, estaban algo inflamados por ei 
insomnio y adquirían por momentos una inquietud siniestra. Los 
golpes del chuzo seguían cambiando de sonido y revelaban clara- 
mente' la existencia de algún objeto duro ya no distante. . . 

«Hubo un momento en que una desesperación neiviosame asal- 
tó. La vela se esting^ía ya: la llamita volteaba a todos lados la- 
miendo el borde de la palmatoria. Los ojos del hombre me seguían 
mirando de cuando en cuando, hasta que ya. la llama de la vela se 
apagó por completo. Siguió entonces un momento del mas abso- 
luto silencio, el chuzo no golpeaba, no podía ver lo que hacía mi 
compañero, pero sí sentía cerca de mí su respiración fatigosa. . . 
¿Venia a matarme? Instintivamente eché mano a mí revólver y 
esperé cualquier movimiento para tomar una actitud enérjica. 

«Aseguro que jamas he tenido sufrimiento moral mas espantoso. 
Esperé así, sin respirar. 

— Encendamos otra vela, dijo el hombre con voz aparentemente 
tranquila. 

«Mé acerqué entonces a la ventana y encendí otra vela que ha- 
bía traído de repuesto, esperando por momentos que un paso de 
mi compañero me revelara que había llegado el momento de la lu- 
cha. . . 

<Era ya la media noche, y volvió a reinar ese silencio relijioso 



206 

de la noche: mujidos lejanos, ladridos... El chozo volvió a golpear 
con verdadera fíebre la tierra, y ya comenzaba a sentirse duro el 
suelo de nue\'o, cuando sorprendí en mi compañero una mirada 
diabólica, en que se veía concentrada una gran codicia y un deste- 
llo de desconfianza. 

«Detuvo los barretazos, me miró fijamente y comenzó a ha- 
blar. 

— Dígame, señor, la mitad del entierro le pertenece, ¿ah? 

— Usted sabrá, amigo. De eso habíamos hablado. 

-Y si en vez de dinero hubiera objetos de plata u oro? 
- ¿Qué inconveniente habría en dividirlo? 

< Volvió el hombre a trabajar, pero menudearon sus miradas; 
parecia que ahora espiaba una ocasión en que me viera dis- 
traído. 

'De repente el barretazo fué aclarando el sonido de su choque 
hasta que por último pareció haber tocado en una piedra. 

— |La tinaja! — gritamos los dos con una voz sorda. 

<rKra la voz de la codicia que salia de las almas; nuestras mira- 
das se cruzaron y esa vez las del advenedizo tenia un nuevo des- 
tello, el fulgor de la ira.. . . 

< Oh! qué fatiga tan grande la de mi alma! Se siguió cavando a 
los lados, y la tinaja iba apareciendo en su curva de greda opaca^ 
algo rosada, llena de polvo. Era evidentemente una de esas gran- 
des pipas de barro cocido, que quedan todavia en los graneros y 
bodegas viejas y de cuyo fondo que resuena a los ruidos este- 
riores parecen salir las voces de los vendimiadores de antaño. 

' Sentí entonces un impulso satánico, deseos de arrojarme sobre 
mi compañero y matarlo. Y si yo sentía esos deseos, yo que jamas 
habia soñado con hacer mal a nadie, ¿qué podría pensar aquél des- 
conocido, que tenia ya su tesoro a la vista?* 

Cerca del amanecer, cuando la segunda vela parecia apagarse 
y por las rendijas de la ventana se filtraba una luz tríste, me- 
lancólica, escasa, el compañero soltó la barreta y dijo al se- 
ñor X. 

— lis menester levantar la tinaja. 

Se inclinó éste con mas temor que nunca sobre el borde de la 



ao7 

escavacion y pensó que quién sabe si ese era el último niomento 
de su vida. Recordó su niñez, su vida entera, sus deudas con Dios, 
con los hombres, y haciendo un esfuerzo sobrehumano cojió la ti- 
naja del borde, hizo un ademan poderoso para levantarla, pero 
nada se movió. 

La emoción era inmensa, ya imposible de sobrellevar. Esa tinaja 
tan pesada ¿estaba llena de oro? ¿Eran ya los dos inmensamente 
ricos? ¿Saldrían de allí con dinero o seria uno víctima de la codicia 
del otro? 

— Una idea! esclamó de pronto el señor X ¿Por qué no se rompe 
la tinaja con lá barreta? 

Un barretazo formidable cayó sobre un costado de la tinaja, otro 
mas fuerte todavía la trizó haciendo un ruido como si fuera la pro- 
testa de esos avaros que quisieran esconder ese oro que no podian 
tragarse en la tumba, 

Un tercer barretazo partió medio a medio el tosco y jigantesco 
vaso de greda. Las mitades se desprendieron con la lentitud de 
una separación dolorosa y cayeron pesadamente sobre los muros 
de la escavacion. 

Un grito sordo se les escapó a los dos, medio ahogado, en las 
gargantas secas y ardientes. 

Dentro habia un cadáver, que todavía conservaba sobre el crá- 
neo algunos pelos negros y lacios y sobre las costillas y caderas 
algunos jirones ceniciento^. . . 

Se miraron mudos, pálidos, aturdidos esos dos hombres. La vela 
se apagó y en medio de la sombra los ojos de gato del desconoci- 
do lanzaron una mirada indecisa, interrogadora, llena de zozo- 
bras. 

Y entonces una luz cayó sobre esas dos almas, haciendo desapa- 
recer la codicia, la desconfianza; y reconstituj'éndose la escena 
pasada allí en años anteriores, creyeron ver a esos dos hombres 
que vaciaron el oro de la tinaja y en que el mas fuerte encerró al 
mas débil para gozar a solas del dinero. 

Y mientras el desconocido pensaba con mortal ansiedad, que su 
padre era el único poseedor del secreto, el propietario del fundo re- 
cordaba el misterioso desaparecimiento de su antecesor . 



2o8 

Y las miradas de esos dos hombres que hasta entonces se habían 
cruzado como dos hojas de un puñal, se encontraron ahora llenan 
de indecible angustia y se perdonaron. 

Una larga faja de luz amarillenta, la primera del día, cayó al 
fondo de la lóbrega pieza. . . 



v^ s^ 



La muerte de O'Híggíns 



HAi en la menguada sala silencio de presbiterio e indecisa cla- 
ridad de cripta. La escasa luz que cruza la estrecha ventana 
por los cristales empañados y llenos de polvo, deja en la pe- 
numbra los estremos de la habitación. Apenas se dibujan en 

él los contomos vagos de un viejo catre de madera con co- 
lumnas torneadas, de un estante de caoba bruñido por el roce de 

cada dia, y de algunas imájenes clavadas en la pared, recuerdo de 

afección injénua y leal. 

En un sillón de Jacaranda, tallado, de alto respaldo, al estilo es- 
pañol del siglo XVIII, tapizado de lanipaz verde desteñido por el 
tiempo; se acaba de reclinar moribundo y examine un anciano de 
enjuto rostro, afilada nariz, ojos vivos y majestuosa y serena cabe- 
za. Una mujer que se le parece en lo físico y una criada indíjena, 
lo ayudan a tomar la posición de mayor reposo, y en puntillas se 
alejan sin dar vuelta siquiera el rostro para observar con ternura 
silenciosa cualquier movimiento del doliente. 

En la vecina sala, donde otros viejos muebles que han sido lujo- 
sos en su tiempo hablan de un pasado opulento, un rayo, de sol 
cae por la puerta entreabierta al través de los naranjos del patio. 
A su luz viva, en. cuya faja danzan su zarabanda las moléculas de 



2IO 



polvo, brilla la caoba y el bronce de los muebles imperio» que, en 
el forro manchado y descolorido revelan el uso pertinaz de los 
años y son documentos de lo tornadizo de las cosas humanas. Dos 
retratos, colgados en los muros y encuadrados en marcos que la 
patina del tiempo ha esmaltado con el tranquilo matiz del oro vie- 
jo, hacen pensar en la historia americana de los últimos años de 
un siglo, y los primeros de otro. ¡Cuánta mudanza! ¡Qué reforma 
tan inmensa en tan cortos años! El virrei Ambrosio O'Higgins y 
el libertador Bolívar se miran frente a frente; y el mas alto repre- 
sentante de la monarquía española y el mas invencible capitán de 
la independencia americana, que ejercieron en la ciudad de Lima 
el imperio de su enerjia y de su jenlo, revelan en sus sombríos 
cuadros una misma altiva y serena confianza bajo su aureola co- 
mún de imortalidad. 

La mujer y la criada pasan de la oscura y melancólica habitación 
del enfermo a esta sala mas risueña y luminosa. 

— ¡Doctor Young! querido doctor! — dice la mujer con aire deso- 
lado a un hombre que entra desde el patio. Algo me dice al cora- 
zón que es la última hora. . . 

— Confiemos en Dios, señora Rosa. Poco hai ya que esperar de 
nuestras fuerzas. El jeneral ha marchado siempre del brazo con la 
muerte; ésta quiere vengar hoi en el pobre viejo los antiguos des- 
denes del soldado. ¡Quién lo hubiera dicho cuando faltaban seis 
horas para estar a bordo del buque que lo debia llevar a 
Chile! 

— Su sueño de felicidad, doctor, durante veinte años alimentado 
con locuras! Vea usted en esta mesa. Antes de encerrarse en los 
últimos dias, acababa de hacer este discurso. Léalo usted. Contes- 
ta en él a la Municipalidad de Valparaíso que se figuraba lo ha- 
bla de recibir al desembarcai. ¡Pobre viejo! ¡Tanto que ha su- 
frido, tanto que ha amado tanta ingratitud que ha maltratado su 
corazón! 

El doctor recorre emocionado el papel, le tiemblan sus manos y 
deja caer dos lágrimas que enjuga precipitadamente. A media voz 
lee estas palabras: 

«Por preparado que viniese después de veinte años de ausencia 
íle mi cara patria, era imposible no ser sorprendido bajo un cielo 



211 



claro a la vista espléndida de la mas pintoiesca ciudad de las que 
he visitado en otras partes del mundo, con la diferencia que todos 
los edificios que coronan las alturas de Valparaíso tienen los ver- 
daderos colores de frescura y alegría de la juventud, mientras que 
los otros del mundo antiguo de que he hablado, dan pruebas evi- 
dentes de la decadencia que atiende a las edades.» 

— Señora Rosa, no sufra usted con esta separación. Para el je- 
neral la muerte es el tránsito a la inmortalidad. Usted no debe 
darle un adiós cuando en pocas horas mas lo llame el Creador a 
su presencia; porque en ese mismo instante aparecerá de nuevo 
entre nosotros en Lima, en Santiago, en Buenos Aires, trasfigura- 

do, glorioso en medio de las aclamaciones que enmudecen mien- 
tras vive. 

La dama sigue llorando silenciosamente. No es hija del virrei 
como el jeneral; pero ha nacido de la misma hermosa mujer que 
cautivó su corazón. Su amor acrisolado en cuarenta años de vida 
fraternal, en la grandeza y el destierro, la ha allegado al hermano 
como a la roca que baña al mar se allega a golpes de ola el 
caracol. 

— No olvidará nunca — prosigue exaltándose el fiel médico — que 
he asistido a la agonia del mas valeroso soldado de América. Sien- 
to que en este momento llegan en espíritu a esta casa todos los 
proceres y héroes muertos en las batallas o en el destierro; mudos 
y silenciosos contemplan el último dia del vencedor de Rancagua 
de Chacabuco y de Maipo. 

Un instante de silencio. Del patio llega un ruido de sandalias. 
Un fraile franciscano se asoma a la puerta en actitud de in- 
terrogan 

— Sigue mal, paJre. La muerte está cerca. ¿Dirá usted la misa 
como antes en la habitación del lado? El enfermo espera. 

4» «i» + 

Entre tanto, el anciano ha entornado los ojos, y aunque pa- 
rece dormir, el jesto severo que se estampa en su frente y que 
va per momentos suavizándose, revela el desarrollo de su pensa- 
miento. 



212 



¡Chile! ¡Cuanto significa, para él, esta palabra. Para él, que rodeó 
el continente por el mas tormentoso mar, en medio de tempesta- 
des horribles, en un miserable barco de vela, para llegar a sus 
costas donde ya se hablan posado antes sus mas ardientes sueños 
de niño como una bandada de blancas gaviotas. 

Para él, que conoció a su patria esclavizada, dormida en hondo 
sueño, cerrada a la luz y al pensamiento, y que, sin tiempo para 
amar ni recojer las flores de la primavera de su vida, tomó la es- 
pada para despertarla y romper sus cadenas! ¡Para él, que alcanzó 
a verla dando los primeros pasos, vestida de blanco y débil como 
una convalesciente que sale a su jardin! 

Y los labios del moribundo., secos y ardientes, se mueven para 
acariciar la palabra tan amada: ¡Chile! La ausencia, los dolores, el 
deseo febril de arribar a sus playas, la presentan vestida con todas 
las galas del paraiso de los creyentes. 

Los puertos, a la orilla de un mar intensaiñente azul; los campos 
verdes, tendidos como una sábana de esmeraldas al pié de la in- 
mensa cordillera coronada de nieves; las ciudades, nuev'as y popu- 
losas, surjiendo entre las viejas arboledas españolas como castillos 
blancos; el cielo, imperturbable en medio de una voluptuosa pri- 
mavera que lo envuelve todo en ondas tibias; y sobre este Edén 
abierto con el esfuerzo y la sangre de tantos héroes, apóstoles y 
mártires, la joven bandera flameante a las brisas de la paz y la 
concordia. 

Y toda esta aparición luminosa que, con la fiebre de sus pasio- 
nes de soldado, ha querido volver a ver un solo momento antes de 
morir, se retira de su camino para siempre. 

Le parece de pronto que estas últimas palabras las ha dicho una 
voz estraña, como una sentencia de muerte, y poniendo el oido 
atento pregunta a media voz, rfiara siempre? 

De la pieza vecina, apagadas como un rumor de insectos, vienen 
las voces de los suyos, de los únicos que acompañan sus horas de 
soledad y melancolia. 

Hai un momento en que la imajinacion cansada se paraliza. Pa- 
rece que flotara en un espacio oscuro donde no llega la luz ni la 
voz humana. Las imajenes se han borrado, los recuerdos se han 
detenido. De pronto, entre la oscuridad, surje una pequeña iglesia 



213 

blanca, algo derruida, en medio de una aldea humilde. Sus solda- 
dos lo rodean. Un incesante tiroteo resuena en todos lados. Una 
bandera cubierta con un crespón negro se ha fijado en las trinche- 
las para mostrar al enemigo el pacto con la muerte. 

¡Rancagua! 

Desde la torre en donde se encuentra en ese instante y cuya 
pequeña campana siente ahora sobre su cabeza, divisa un reji- 
miento de dragones españoles que avanza desplegado por el campo 
lleno de sol. Un corpulento jinete de poncho blanco va al frente. 
¿Quién es él? pregunta. La voz de un campesino contesta: Es 
Osorio! I/Uego descubre a la división de los Carreras que se preci- 
pita a la carga; pero mui pronto los vé dispersos por el campo y 
disparando al galope en todas direcciones. La ira, la desesperación 
lo ajitan. Junta los ojos y, sobre su frente contraída por dolorosa 
tortura, pasa la idea de una traición. 

El cañoneo no cesa; el agua ha sido cortada. Los soldados están 
negros de morder cartuchos; los tiros revientan antes de allegarles 
el lanza-fuego en los cañones caldeados. El parque estalla. La 
aldea se incendia. Entonces, el jeneral vé una figura familiar desde 
las viejas campañas: es la muerte que lo invita a seguirlo. Pero 
monta a caballo, reúne a los suyos. Carrera, Freiré, Molina, As- 
torga y otros agrupan los soldados. Y esta lejion de la muerte, en 
medio de un alarido salvaje, rompe las trincheras, atraviesa el 
enemigo y se lanza en frenética carrera hasta Los Andes. 

La Patria Vieja ha muerto! 

El anciano ahoga un sollozo y deja caer la cabeza sobre su 
pecho. 

Por la puerta entreabierta, el jeneral vé levantarse el altar con 
flores. La hermana entra en puntillas, se acerca, coloca su mano 
suave y tibia sobre la frente ardorosa del moribundo. Young 
avanza en puntillas. El jeneral lo vé y le dice en voz baja: 

— Ahora sí, doctor, que nos embarcamos. 

— ¿Para Chile, jeneral? 

— No lo sé. Se me confunden en este momento las playas del 
descanso. . . ¿Para mi patria o para olra vida mejor? ¡Quién sabe! 
Pero siento que mi barco arriba. . . 

Y como en ese momento el sacerdote revestido comenzara las 



marcha triunfal, al 
través de la Cordi- 
llera hasta Chacnbnco; sti carga heroica sohre los flancos de los 
cerros, su fatiga después del combate, cuando Soler sobre un cabs- 



215 

lio blanco, cómo podía ir la vanidad cabalgando sobre la envidia, 
le'reprendió su empuje llamándolo indisciplina y él Jadeante como 
Una fiera después de la cacería, no replicó una palabra y palideció 
como la muerte. 

lyos ojos del jeneral, cerrados un instante, vuelven a abrirse; 
pero esta vez a la realidad. Ya no es un sueño. Por lo menos la 
aparición no es vaga ni mental. Un sacerdote dice la misa frente a 
él Es la misa en acción de gracias por la batalla de Maipo! In- 
menso rumor de pueblo, de tambores y clarines, de campanas lan- 
zadas a vuelo, de petardos y vítores, viene rodando en alas del 
viento como un trueno lejano, pero como un trueno de gloria y de 
alegría. 

Las salvas de los cationes rompen de cuando en cuando este 
clamor jigantesco que sube en una marejada tempestuosa. Des- 
cargas de fusilería levantan a cada instante un nuevo vocerío que 
se mezcla a los repiques de las campanas, y a las dianas de los 
cuarteles, como un coro mas grandioso que el de los combates, 
porque es el de las victorias. 

El director supremo siente acercarse este océano de ejército y 
de pueblo sobre ti cual millares de banderas y de ramas verdes se 
ajitan en el aire en discordante aclamación. Vestido con su casaca 
bordada de oro, rodeado de sus ministros Zenteno, Zañartu y 
Echeverría; escoltado por Freiré, Prieto, Benavente, Bulnes y otros 
de rostro juvenil, mirada de fuego, figuras altivas y espadas glo- 
riosas, penetran al templo, donde al acallarse el himno de los ca- 
ñones, campanas y tambores, surje otro de cánticos sagrados, 
severo y grave, como los versículos del Te-Deum. 

Vé el jeneral- levantarse a su lado las imponentes columnas de 
la Catedral de Santiago; llenarse sus naves con una inmensa mu- 
chedumbre; avanzar las delegaciones de los rejimientos con las 
banderas inclinadas; los frailes cantando con cirios encendidos en 
las manos, los monaguillos meciendo los incensarios de plata; y 
sintiéndose un rumor de mar ajitado, de cantos, voces, pasos sobre 
la piedra del piso, espadas que se chocan, fusiles que se alinean, 
¿Qvié cortejo es éste? ¿Quiénes se avanzan hasta a dos pasos de su 
dosel de honor? Es San Martin que viene rodeado de los guerreros 



2l6 

arj entines, de Quintana, Balcarce, Las Heras y cincuenta mas de 
altivo continente y fiera apostura. 

ALí en el fondy cont'núan lo.í cánticos sagrados y de afuera 
entran en oleadas los ecos del clamor de un pueblo entero, que 
celebran la victoria, con las salvas que se disparan de minuto a 
minuto en los cuatro estremos de la ciudad. 

El sol de las victorias cae sobre los vidrios de colores, fonna un 
arco -iris que atraviesa la oscura nave y se quiebra sobre la muche- 
dumbre inquieta y rumorosa. 

Pero los cantos van estinguiéndose, las luces apagándose, las 
aclamaciones alejándose. Aquellas figuras palidecen como sombras 
éstas s¿ borran como jirones de humo, las columnas se retiran 
como los decorados de una escena; todo queda solitario, abando- 
nado, silencioso. 

¡Qué efímeros son los triunfosl 

A lo lejos, desde un rincón, una figura hace señales misteriosas: 
es la misma que lo invitó en Rancagua a seguirlo, es la misma 
que pocas horas antes ha vuelto a acercársele. Es la muerte que 
llega. 

La misa ha concluido. 

Rosa se acerca y le oprime una mano. El moribundo sonric. La 
sala vuelve a quedar un momento en silencio; sombras y amargu- 
ras invaden su mente. Son las primeras turbaciones del Gobierno. 

Ha acabado la epopeya, comienza la lucha sin laureles y sin 
glorias, las estériles batallas contra las ambiciones de los hombres, 
las calumnias y las injurias. 

Una procesión de víctimas pálidas y desencajadas pasan, con un 
hilo de sangre sobre el pecho o en el cuelhj. Xo le acusan, sin 
embargo. El viejo cierra los ojos y frota su mano sobre la frente 
como para borrar todo aquello que amarga su última hora. 

Voung y Rosa están a su lado. 

La fiebre ha subido, los ojos tienen estraño brillo. Lo levantan 
cuidadosamente y lo acercan al lecho donde la casaca del Director 
Supremo que se hizo nií)strar por la mañana cae como un trofeo, 
plegada sobre la banda de capitán jeneral que cruzaba su pecho. 

Recuerda, al verla, la escena del Consulado, los airados adema- 
nes de sus amigos, su inmensa soledad, su abandono de todos, la 



i 



217 

abdicación del mando en un supremo movimiento de heroismo, y 
grandeza de alma . "y levanta su cabeza con orgullo. 

Un instante después, tendido en el lecho y respirando con difi- 
cultad, vé pasar todavía iraájenes antiguas, su viaje a Santiago y 
Valparaiso, su arresto, su embarque a bordo de un buque ingles y 
su llegada al Callao, ¡para no volver! 

T T V 

Un incesante mido se siente en el patio: roce de pasos sobre 
las lozas, hojas oprimidas en el suelo. Medrosamente, lentamente, 
van entrando a la humilde morada, viejos y niños, soldados y mu- 
jeres, que se agrupan bajo los naranjos se imponen silencio con 
un dedo sobre los labios y esperan. 

Ha corrido la noticia de que el capitán jeneral de la República 
de Chile, el brigadier del ejército de Buenos Aires y el gran maris- 
cal del Perú, está agonizando; y un sentimiento de emoción recorre 
plazas y calles^ levantando los recuerdos de la Independencia como 
un toque de rebato. 

Y mientras en la sala triste en donde las sombras del crepúsculo 
comienzan a hacer su nido, sufre agonías de muerte, soldados de 
los tres ejércitos que han ido quedando en la ciudad de los virreyes 
después de la guerra, llegan de todas partes para ver por última 
vez al procer del Roble, de Rancagua y Candía Rayada, al jeneral 
de Chacabuco y Maipú, al proscrito de la hacienda de Montalvan, 
al primer ciudadano de Chile! 

Dos o tres veteranos, que pelearon en Maipo y que poco antes 
habían estado en el Perú con Bul n es para conquistar glorias y 
heridas en Yungaí, han logrado entrar a la habitación y lloran de 
rodillas en un estremo. 

Rosa tiene una mano sobre la frente del anciano y con la otra le 
oprime la derecha. El aliento del moribundo es entrecortado y 
difícil. 

Young y el fraile, de rodillas dos pasos mas lejos, murmuran las 
Ittanias de la buena muerte que resuenan desgarradoras en el con- 
traste de la humana gloria con la humana miseria, 



2l8 

El jeneral se incorpora súbitamente, mira sonriendo al médico 
fiel, talvez mas lejos divisa a los soldados de Chile. Con una mano 
aparta la casaca de Director y con la otra atrae hacia si un hábito 
de franciscano que ha pedido antes. 

— ^\'a a comenzar la batalla — dice — éste es el uniforme que Dios 
me manda! 

Minutos después cierra los ojos en actitud de descansar. 

Un agudo sollozo de Rosa, indica a todos que el último héroe 
de la independencia americana ha muerto. 

Las puertas son empujadas desde fuera y un incesante desfile de 
soldados inválidos, de oficiales, déjente del pueblo, de viejos y de 
mujeres, pasa toda aquella noche y al dia siguiente por la habita- 
ción de 0*Higgins. . . 

¡El proscrito despertaba a la vida de la inmortalidad! 




Artículos en Brocda 



n don C SILVn VILDÓSOLB 



Lñ CñFETERñ RUSñ 



DESDH hace mucho tiempo, desde los años de la Universidad, 
época en que se propalan los mas absurdos rumores sobre el 
matrimonio, he tenido para mí que la felicidad conyugal des- 
cansa sobre dos firmes columnas: el buen café después d' : 
las comidas y el piano bien tocado en las veladas del 
hogar. 

Tan arraigadas he tenido estas convicciones y con tanta pasión 
las desarrollé ante la que iba a ser mi mujer, que no es de estra- 
ñarse que en el primer año de mi matrimonio, nadie bebiera mejor 
café en Santiago, y nadie oyera mejor ejecutadas las sonatas de 
Beethoven, la polonesa y nocturno de Chopin y numerosas com- 
posiciones de Mendelsohn, Rubinstein, Schumman y otros maes- 
tros. 

Pero como siempre ocurre, el café fué empeorando lentamente, y 
la ejecución de las piezas relajándose. Kslo último se esplica con 
la presencia de un nuevo habitante en mi casa, que con sus gritos, 
caprichos y enfermedades variadas distraia las facultades de la pia- 
nista y hacia nacer las de la madre. 
Cada día se producía, después de comer, una escena análoga. 



222 

Mi mujer esperaba que llevara a mis labios la tacita de café para 
observar concienzudamente el efecto que éste me producia. En se- 
^guida, juzgando por la alteración de mis razgos fisionómicos, lla- 
maba a la sirviente: 

— ¿Qué café es este? 

— El mismo de ayer, señorita 

— ¿Lo has tostado mas que otras veces? 

— Nó, señorita. Lo mismo que siempre, 

— Sin embargo, está peor que nunca. 

Yo notaba, a medida que avanzaba el tiempo, una honda deses- 
peración en mi casa. El café empeoraba, como el cambio, y nada 
podia, como a éste, colocarlo en su antiguo pié. Para no agra- 
var la situación, ya grave de suyo, me abstenía de dar jui- 
cio alguno, y este silencio exasperaba indudablemente a mi mujer. 

— Tú te callas; pero por dentro estás furioso. Te conozco. Con 
tus ideas estrafalarias estarás juzgando por el café, que yo te quie- 
ro menos y que no me preocupo de tus cosas. 

— Estas equivocada. Yo tengo paciencia y creo que han de venir 
mejores dias para el café. Pero no te afanes, todo tiene com- 
pensación, y si es cierto que el café que me das parece una 
solución de tanino, también es verdad que las sopas han mejo- 
rado, . . 

— Pero, seguramente, tú crees que las sopas no tienen nada que 
hacer con la felicidad del matrilnonio. Nunca te has referido sino 
al café y al piano. 

—Tienes razón. Aunque en mi programa matrimonial no figu- 
raban las sopas, pueden, sin embargo, agregarse. . . 

— Pero, prométeme, ademas, que no irás nunca a buscar buen 
café al Club. 

— Te lo prometo, a pesar de que la tendencia natural del hom- 
bre es al progreso, a mejorar lo que es susceptible de mejora- 
miento. . . 

La cuestión se agravaba, y el café iba pasando por trasformacio- 
nes sucesivas: aclarándose unas veces hasta parecer tintura de j'O- 
do disuelta en mucha agua; ennegreciéndose otras hasta el negro 
absoluto; pero siempre sin sus cualidades de aroma y de sabor de 
los primeros tiempos. 



223 

\ 
\ 

Una tarde, mientras escribía en mi escritorio para hacer tiempo, 
mi mujer entró ruidosamente, y colocó sobre mis papeles una serie 
de piezas de latón, algo deterioradas. 

— Aquí está — me dijo con una sonrisa de triunfo. 

—¿Qué es ésto? 

—Aquí está el secreto del café malo. ¿Ves tú este filtro? Está 
roto. £1 depósito csí .1 gastado y le da al agua gusto a soldadura de 
plomo. Hai que comprar otra cafetera. Me ha costado medio dia 
de trabajo. 

Aunque no comprendía el por qué de tanto trabajo, ni me espli- 
caba que el secreto no hubiera sido develado un año antes, exami- 
né las piezas y comprendí que se imponía una nueva cafetera. Pero 
como yo sol un hombre reflexivo, detuve la impaciencia de mi mu- 
jer, que corría ya a ponerse el sombrero frente a un espejo, y le 
dije. 

— Es necesario andar con pies de plomo, lo que no quiere decir 
que la cafetera deba ser de este metal, por supuesto. Supongo que 
en el comercio hai cafeteras de diversos sistemas. Vale la pena sa- 
ber qué pais bebe mejor café, y entonces sabremos cuáles son las 
mejores cafeteras. . . 

—Eso es un disparate — replicó mi mujer — porque donde hai me- 
jor café es en Bolivia y en Costa Rica, y nunca he oído hablar de 
cafeteras bolivianas o costarricenses. 

Comenzamos a eso de las cuatro de la tarde, una larga peregri- 
nación al través de las mercerías, de las lamparerías, y hasta de las 
librerías, porque siempre tengo como aforismo que en los almace- 
nes donde no debe haber un artículo y lo hai, se encuentra éste 
mas barato que en otra parte. 

Se nos ofrecieron cafeteras Inglesas, americanas y francesas. Las 
primeras eran excesivamente sencillas y caras; las segundas eran 
de un metal nuevo que no inspiraba mucha confianza, y la tercera 
tenia numerosa piezas, y of recia en grandes letras ser económica, 
elegante y barata. 

Después de muchas vacilaciones, uno de los vendedores abrió 
una vitrina y de entre otros objetos heterojéneos estrajo uno, ase- 
gurándome que era una cafetera rusa. Me causó esta afirmación el 
mismo estupor que si mañana me dijeran que el monumento Montt- 



224 

Varas estaba destinado a disparar el cañonazo de las doce. Había 
visto muchas veces esos aparatos y los creía lámparas de enfemios 
o de minas; jamas se me paso por la mente la idea de que fueran 
lisa y llanamente cafeteras rusas. 

Cargados con la peligrosa novedad, regresamos a casa. 

El aparato venia acompañado de un plano en que estaban indi- 
cadas las diferentes piezas, con números, desde i hasta 12. Leimos 
con ínteres las instrucciones escritas en ingles, francés, portugués 
y español. líra esa eterna y engorrosa historia: se pone agua en el 
depósito número i, se introduce en su interior el filtro 2, se coloca 
el café entre éste y el filtro 3, se ajusta sobre ellos el tubo 4, con 
un ajuste a la bayoneta (esta palabra daba cierto aspecto sangriento 
a la descripción), se tapa todo con el depósito 5, se atornilla el 
mango en la rosca 6, se coloca todo en el soporte 7, se enciende el 
anafre 8, teniendo cuidado que el alcohol no se estienda a la base 
9. Se estingue el fuego con la tapa 10, cuando salga vapor por la 
válvula II, y se invierte la cafetera durante cinco minutos, sirv^ien- 
do después las tazas con ayuda del mango 12. 

Se puede apreciar la importancia que tiene este escape del va- 
por. La primera noche, sin saber cómo, nos sentamos a la mesa mas 
temprano. En medio de las copas y de nuestra modesta vajilla, se 
ostentaba luminosa la nueva cafetera, porque según disposición de 
mi mujer, el café seria confeccionado por nosotros mismos, j-a que 
el plano, con las esplícaciones adjuntas en cuatro idiomas, habría 
sido inintelijible para la sir\'iente. 

Se preparó todo, y se encendió el anafe a la altura de la sopx 
Cuando menos lo pensábamos, y en el curso de una interesante 
conversación, sentimos un ruido estraño, miramos hacia todos la- 
dos, pero sin esplicarnos qué lo produjo, volvimos a distraemos. 
De pronto, un vaho caliente humedece mi cara. ¡La cafetera! — gri- 
to. — Nuestras cuatro manos se precipitan a invertir el depósito 
conforme a las instrucciones, mientras ésta parece sacudida por 
convulsiones interiores. 

Por fin, después de todo, lo<;ramos servirnos, y un líquido de- 
masiado rubio cae a nuestras tazas. Sin embargo, nos vemos obli- 
gados a declarar que la bebida estaba excelente. 
— — Jamas había probado nada nic^'or — digo yo. 



225 

— No me figuraba que pudiera hacerse un café mas aromático, 
agrega ella. 

Trascurrió la noche sin incidentes; pero allá cerca de las doce, 
notando a mi mujer preocupada le digo: 

— No me ocultes nada, ¿te sientes mal? 

— Nó; no siento absolutamente nada. 

—No me lo niegues. Estás inquieta, no hablas, díme francamen- 
te qué tienes. 

— Te diré. Pero no lo tomes a mal. Confiésame que el café ;ísta 
ba mui malo. 

— Detestable. 

—¿No es cierto? Yo no me atreví a decirlo antes, porque te vi 
tan entusiasmado con tu cafetera rusa. Pero eso es intolerable. He- 
mos perdido el dinero y el tiempo. 

Al dia siguiente, volvimos a sentarnos temprano a la mesa, y 
cargamos el filtro con mas café. Pero como el vapor salió mui rá- 
pidamente, y la cafetera quedó invertida cuando apenas nos servian 
la sopa, comenzamos a apurarnos de tal manera en comer, que la 
sirviente corria desaforadamente. 

— Esta es una esclavitud intolerable — dice mi mujer — ya no po- 
dremos comer despacio o lijero, según como nos dé la real gana, 
sino como nos obligue esta cafetera endemoniada. 

El líquido ha resultado mejor y mas oscuro. Pero siempre hai un 
profundo desconsuelo en la sobremesa. 

El tercer dia, al encenderse el anafre, el alcohol se desparrama y 
se incendia una sixperficie de media vara del mantel. Se arroja so- 
bre ella agua, vino, salsa inglesa, pan, y servilletas, hasta eslinguir 
el fuego. 

Yo grito indignado a la sirxdente: 

— Llévese usted ese aparato a la cocina, y que no lo vuelva a 
ver en el comedor. Allá se hará el café en adelante, / allá ha debido 
hacerse siempre. 

Mi mujer aprovecha el momento para decirme con voz mui 
suave: 

—¿Por qué no renuncias al café? 

—Eso nunca. 



226 

— Hazlo por galantería, por buena educación, ¿con qué objeto 
estamos perdiendo la tranquilidad por una tontería? 

En ese instante se siente a lo lejos una detonación; luego los 
pasos precipitados de la sirviente se acercan; la puerta se abre, 
y antes que formulemos una pregunta; ella dice casi sollozando: 

— La cafetera ha hecho esplosion. 




¡DnminH. uehi 



(o 8EA DE CÓMO ME ROBARON MI MALETA) 



SIEMPRE había creído sobradamente necios a aquellos viajeros 
a quienes roban sus maletas, y solo ahora vengo a creer que 
el injenio de los caballeros de industria puede más muchísi- 
mo mas, que el injenio con que una persona medianamente 
lista cuida su equipaje. 
Con absoluta sinceridad contaré cómo me acaban de robar mi 
riquísima maleta de cuero de chancho, con que yo he andado ufa- 
no durante seis meses. Porque, seamos francos, hai muchas perso- 
nas que tienen talento, virtud, coche americano, hijas bonitas, 
bonos de la Caja y hasta palco en el Municipal; pero son bien es- 
casos los que puedan ostentar una lujosa maleta de cuero de cer- 
do, perfectamente curtido y sobajeado. 

Todavía conservaba ella (mi maleta, es decir, la que fué mía) su 
color de nueva, de recien salida del taller; de acabada de coser y 
recortar. Tenia sobre ella, ese aspecto de juventud que en la mu- 
chacha de quince años es el vello finísimo que le cubre las meji- 



22« 

Has; en la fnita recien madura, la pelucilla plomiza que oculta el 
lozano color como una gasa finísima; y en la estatua de bronce, el 
opaco matiz que le da un noble tono de color oxidado. 

Muchos pasajeros se afanan por meter sus maletas bajo los 
asientos, mientras que yo la coloco sobre ellos, para que todo el 
mundo la mire. Así como el recien casado con mujer bonita, sue- 
le acomodar a su cara mitad alguna cinta desprendida en el cuello, 
o algún mechoncito de pelo volante en la nuca, para llamar sobre 
ella la atención y exitar la envidia de los demás, yo me inclinaba a 
menudo durante los viajes para asegurar la cerradura de níquel de 
mi maleta, para afianzar sus hermosas correas engarzadas en las 
hebillas, y hasta para sacudirle los granitos de carbón colados por 
la ventana. 

T^a quería, no lo puedo negar. Cerrada se veiamui británica mui 
tiesa, mui distinguida. Abierta era una especie de hogar ambulan- 
te; naturalmente, el hogar de un soltero. Tenia un gran departa- 
mento para las crmiisas planchadas, otro para los trajes, y numero- 
sas secciones para las demás prendas de uso inmediato y reser\'a- 
do. Habia allí hueco para las escobillas, frascos para el agua de Co- 
lonia y para el Elixir Fierre, sección para el papel de cartas y hasta 
un tintero au ten. ático, cuya tapa saltaba con una lijera presión:;. 

T fP •«• 

Tomé un día mi maleta, y a pesar de que supe por personas 
fidedignas que mi novia estaba enferma en cama y con 39 grados 
te fiebre, me embarque para los Andes a fin de ajustar un intere- 
sante negocio sobre fardos de pasto y otras triquiñuelas. Con la 
cabeza apoyada en la mano y el codo en la ventanilla, vagando la 
mirada al través del cristal, en una llanura estensa sembrada de 
espinos y limitada a lo lejos por una cadena de cerros azules, me 
puse a pensar en ella, que quizas a esa hora, reclinada en un al- 
mohadón de plumas, hacia esfuerzos para mirar si al través de la 
ventana me veia pasar como sieini)re por la calle. 

Casi me puse triste y comencé a dejar que el espíritu se me es- 
capara por la ventanilla para seguir las bandadas de loros quecru- 



229 

zaban el cielo, haciendo conversiones de frente que ya se las qui- 
siera para sí la Escuela Militar. 

Por fin, un último silbato me hizo comprender que estaba 
cerca de los Andes y tomando con delicadeza y cariño mi maleta, 
me negué terminantemente a entregarla a los muchos comedidos 
que se ofrecieron para librarme de su peso. Ella no me pesaba. 
Hoi, ¿a qué negarlo? me pesa su ausencia, me tortura, me des- 
troza. 

La sopa del hotel pasó sin que mi criterio gastronómico la ana- 
lizara. Cuando ya me habia tragado la última cucharada, llamé al 
mozo para preguntarle de qué era. El me dijo que de fideos; aun- 
que yo hubiera apostado que de arroz. Pero el hambre por un lado, 
la sed por otro, y por otro lo fria que estaba, me obligaron a tra- 
garla con una precipitación inconcebible. 

En seguida me sirvieron el criollo cocido, puchero, hervido o 
como se le quiera llamar; que por tener tantos nombres no parece 
sino que fuera plato portugués. Habia allí un pedazo de carne, una 
papa, (sib desmentido) un trozo de coliflor, una tajada de zapallo^ 
un depósito de salsa de tomates y. . . ¿por qué no decirlo? una mues- 
tra del cabello de la cocinera. 

— i Vaya, vaya! — le dije al mozo — ¿Con que aquí se permiten te- 
ner una cocinera rubia? 

~¡Ai, señor! — repuso éste sorprendido y hasta ruborizado — ¿y 
como lo ha adivinado su merced? 

— Pues, por este delicado obsequio que ella me envia. Esprésale 
de mi parte que si tuviera en mi cadena un guardapelo, deposita- 
ría en él este recuerdo. 

Sig^i ) el casero plato, que ya se va marchando de nuestras co- 
cinas, pisándole los talones al charquican, un gran plato de lente- 
jas. A pesar de que estaban buenas y de que yo estaba con mucho 
apetito, me hice cruces de cómo pudo el bárbaro de Esaú vender 
por otro igual su mayorazgo, cuando con él podia atrapar una 
novia buena moza y rica, y dedicarse después a comer lentejas toda 
la vida. 

A las lentejas siguieron una presa de pollo asado y una ensaia- 
dita de apio. Cuando volví en mí creí que todavía no me habían 
servido el plato; tan lamido y tan limpio lo habia dejado. 



Después me pusieron por delante una taza de café, circunstancia 
que yo aproveché para encender un cigarro puro y dármelas de 
millonario, aunque solo fuera en Los Andes. Se fué el humito azul 
en espirales y nació en mí esa sana conformidad del que come 
bien, bebe bien y fuma bien. 

Me encojí de hombros ante la enfermedad de mi novia, cuyo 
rostro palidito, de rosa té, divisé mui perdido al través del humo 
aromático del habano; pensé un instante en la cabellera rubia de 
la cocinera, lamentando que prodigara tanto su pelo en los platos, 
porque al fin se iba a quedar calva como pintan a la ocasión; y 
finalmente fijé mi imajinacion en los fardos de pasto y en las otras 
triquiñuelas que me hablan impulsado a dejar mis comodidades 
rutinarias de Santiago. 

Una voz agradable, pero decidida, me sacó de estas volteretas 
del espíritu: 

— ¿Buen apetito, eh? — preguntaba el recien llegado con una son- 
risita escudriñadora. 

T T T 

— Sí, señor, bueno — le dije — no sin rejistrar mis recuerdos a ver 
si en alguna pelea de perros o en otros sitios en que se reúna jente 
y yo con ella, le habia conocido. Como no lograra averiguarlo, 
eché otra chupada al cigarro y prescindí del recien llegado. 

— Usted parece ser de Santiago, caballero. . . 

— No sé si lo parezco, señor; pero en efecto soi de allá. ¿Y us- 
ted? 

Esta pregunta mia fué algo acometiva, algo cortante, algo fría 

— ¿Yo? de Valparaíso. Vengo por negocios y me gusta la charla. 
Hace dos dias que con nadie converso porque no hai nadie aquí 
que valga la pena. Por este motivo celebro su venida como la de 
un ánjel del cielo. 

— Gracias — le dije — y, metiendo mano al bolsillo, saqué otro 
cigarro y se lo ofrecí. El se inclinó cortesmente, cortó con los 
dientes la punta del cigarro, lo encendió con lentitud, lo chupó 
con fruición y arrojó hacia arriba, en una columna compacta, el 
humo azulejo. 



231 

I 

Un instante después, con dos copitas de chartreuse falsificado, 
por delante, conjeniábamos por completo. Yo conté chistes, chas- 
carros y hasta recuerdo con rubor que me atribuí una frase de don 
Vicente Grez. El no lo hizo mejor, porque me pasó por cuento 
orijinal uno de don Pedro GodoL A poco hablar paramos en las 
ánimas. . . mi laA> ñaco. 

Yo no temo a la guerra, no temo al tifus, no temo a un rival con 
dinero, no temo ni a la tuberculosis, apesar de que la combato con 
eficacia en una Liga. Pero sí, me muero de miedo por las ánimas. 
Y si no, me bastaría recordar que en un tiempo en que estaba me- 
dio incredulUlo, me recé dos rosarios seguidos en la cama, porqué 
sentí algo así como si arrastraran cadenas. 

— ¿Usted cree en las ánimas? — pregunté a mi ya amigo, bebiendo 
el último sorbo de la copita y pidiendo otra. 

— De creer, no sabría decir a usted si creo o no. Mire usted; aquí 
donde usted me vé, tan campechano, debe saber que son poquísi- 
mas las cosas que creo. Sin embargo, las ánimas producen calo- 
fríos. Yo le contaré a usted lo que pasó hace dos meses en este 
mismo hotel. 

Me volví todo ojos y oidos. El comedor estaba ya vacio. El 
mozo habia retirado los platos de las mesas, y se sentía como 
charlaba en la cocina con la rubia. De cuando en cuando el golpe 
de un tenedor caido al sudo, o el choque de dos o mas platos en- 
tre sí, me demostraba que allí se acostumbraba lavar el servicio, 
cosa que me dejó gratamente sorprendido, por tratarse de un 
hotel de cabecera de departamento. 

Una lámpara de parafina, colgada en la pared sobre nuestras 
cabezas, nos alumbraba de alto a bajo, poniéndonos sombras de 
ojeras y alargándonos la naríz con un rasgo oscuro que nos daba 
cierto aire de miembros de la familia borbónica. 

— Si, señor; se lo contaré apesar de que la cosa es algo espeluz- 
nante Estaba aquí alojado don Damián Hinojosa, caballero que 
tiene bodega en Valparaíso. . . 

— Ya, ya; el casado con aquella dama que fué rectora del Liceo. . . 
^' — Justo. Persona cabal, de buen carácter, raui de su casa, tiene 
varios hijos.v 

— Natural; tan de su casa. 



232 

— Le suplico, señor, que no me estravie c hilo del pensamiento. 
Se habia venido a Los Andes, dejando mui enfermo a un hennano 
suyo. 

Un calofrió me comenzó a correr la espina dorsal, porque ¡cas- 
pita! yo no tenia bodega; pero por lo demás, hr.sta el momento la 
historia se me puede aplicar. * 

— El hombre estaba preocupado y casi no de nnia esperanao de 
un momento a otro malas noticias. Una noche. . . 

— . . Una de aquellas — noches que alegran la vida — en que el co- 
razón olvida — sus dudas y sus querellas. . . 

— Lindos los versos. ¿De quién son? 

— De Núñez de Arce. 

— [Ah, ya! De el redactor de l\h Mercurio. 

— Nó, señor; son de un caballero español. Prosigamos. 

— Una noche, el señor Hinojosa, sentado en su cama y con la 
vela 'encendida, estaba desvelado. 

— ¡Oh! ¡Qué retruécanos! Si tenia una vela ¿cómo estaba des- 
velado? 

— Caballero, o me deja usted contar o me retiro. El señor Hino- 
josa, después de mucho poner el oido a ruidos estraños que le pa- 
recía sentir en su nn^ma pieza, apagó de un soplido la vela y se 
acostó. En el primer instante le pareció escuchar ruido de pasos, 
mui leves y mui apagados, sobre la alf(^mbra. Encendió la vela, 
miró hacia todos lados y nada vi(), apagándola de nuevo y conclu- 
yendo por dormirse. De repente despierta sobresaltado y escucha 
algo como un lamento suave a su lado. En seguida, parece 
que una voz mui apagada le gritara desde el fondo de la tierra: 

— ¡Damián! ¡Ven! 

El señor Hinojosa enciende la luz y con la mano sobre el 
corazón trata de sofocar sus latido.-^. Aquello es horrible, de- 
sesperante. Reza durante un larti^o rato, apaga la luz y recli- 
na de nuevo su cabeza sobre la ídiiiohada. Ivn ese instante le 
parece oir que le arrastran la maleta de debajo de la cama. Vuelve 
a prender fósforos y ve con estupefacción que su maleta está como 
a un nutro de distancia del catre bajo el cual la tenia metida.^Salta 
del lecho, enciende luz, se asoma debajo de la cama, busca tras del 
sofá, en el ropero, en la ventana, y nada vé ni nada oye. Vuelve a 



^33 

SU lecho, pálido y desencajado y mete de nuevo la maleta debajo 
de él. Un momento después siente que otia vez se arrastra en el 
suelo la maleta y que una voz enérjica, clara, la misma de su her- 
mano, le dice mui cerca: ¡Damián! ¡Veti! El señor Hinojosa encien- 
de luz, y vé, en efecto, la maleta cerca de la puerta. Se viste en el 
acto, y se va a la estación, donde, paseándose como un loco, espe- 
ra el tren. Llega a Valparaíso y se encuentra con que su hermano 
ha muerto, y lo que es mas horrible, que ha muerto a la misma 
hora en que, por segunda vez, vio su maleta fuera del lugar en que 
la había puesto... 

Mi compañero calló; pero yo me quedé con los dos ojos abiertos, 
casi con lágrimas y sin poder decir una palabra. Tenia el terror 
mas grande que en la vida he sentido. 

— ¿Y esto ha ocurrido en este hotel? — pregunté finjiendo un aire 
distraído. . . 

— Sí, señor; aquí. . . 

— ¿Y en qué pieza? 

— Creo que en la 9. Me parece. 

Di un salto en la silla y casi me fui al suelo desmayado. 

— ¿Qué le ocurre a usted? 

— Nada, nada; es que estaba mal sentado. 

— Bueno, pues; señor. Tengo mucho gusto en conocerlo. . . 

— Y yo lo mismo. 

— Buenas noches. 

—Buenas noches. 

4« 4* •!• 

Xi José al borde de la cisterna seca en que lo metieron, ni Da- 
niel en la cueva de los leones, ni Napoleón III en Sedan, han 
sentido un terror mas intenso que el que yo sentí al venne solo en 
la pieza número 9, en que por una horrible coincidencia me hablan 
metido. Recé todo lo que a mano tuve, incluso el le Deum, Dormí 
un rato con la vela encendida, hasta que despertando, cargado de 
sueño, resolví apagarla. 

Solamente al amanecer, y cuando el sol cayó sobre la cortmita 
de choleta azul que tapaba el tragaluz de la ventana, ilumiq^ndo 



^34 

poéticamente mi pieza, vine a recobrar la absoluta tranquilidad 
que ni un instante debí perder. Acaricié mi maleta como a una 
gata, de la cual se teme un rasguño, y salí ese dia a tratar mi g^ve 
asunto de los fardos de pasto. 

Esa tarde, a la hora de comer, me entregaron un telegrama de 
mi amigo 'Enrique, a quien habia encargado noticias sobre mi 
novia. Decia asi la comunicación: «Fiebre ha subido a cuarenta. 
Hai junta médicos. Sin embargo Oyarzun me espresa no hai peli- 
gro alguno.» 

La cosa no era tranquilizadora. ¡Qué habia de serlo! Mi amigo 
me trató de consolar; pero nada logró, porque el alma se me puso 
negra como la noche. 

jOh! ¡Qué habia de pegar los ojos, teniendo presente ese rostro 
pálido, angustiado, hasta cuando tenia que estornudar y con la mi- 
rada divagando, por la fiebre! Fué un martirio aquel desvelo. Junté 
los ojos y dormité con pesadez y con fatiga, Vagué sin rumbo en 
la anaiquia de mis ideas y en la incongruencia de mis pensamien- 
tos. 

Salté dos veces sobre la cama. . . Pero ¡qué diantres! una de estas 
veces oí claramente un suspiro tristíisimo cerca de mí. Me recojí 
contra un rincón de la cama, contuve la respiración, abrí los ojos y 
los fijé en la oscuridad. Un silencio de muerte se siguió. Allá, mui 
lejos, ladraba un perro, seguramente a la luna. Pero, en un mo- 
mento creí morirme. No me engañaba mi desvelo, no era sueño, no 
era alucinación: mi maleta se arrasrraba por el suelo. Quise gritar 
y la voz no me salió de la garganta, quise llorar y no pude, y me 
contenté con morder la ropa de la cama y con guardar el resuello- 
Así estuve cinco minutos, que me parecieron cinco siglos. . . Después 
encendí la luz, y vi, en efecto, que mi maleta estaba como a dos 
varas de la cama. Se me erizó el pelo, se me saltaron de las órbitas 
los ojos y di diente con diente. La metí de nuevo debajo de la cama 
recé un rosario y después lo quise atribuir todo a mis nervios. Nó» 
señor — decia — no puede morirse la Sarita; basta que el doctor 
Oyarzua diga que no hai peligro. Sí, señor; basta. Pero nó; no bas- 
taba eso para mi tranquilidad, porque volví a sentir que la maleta 
se arrastraba sobre la alfombra y hasta no sé qué me pareció sentir 
com» una voz de mujer que decia: ¡Anjel! Me tapé con toda la 



^35 

ropa, me sumerji entre las sábanas, me cerré los oidos con dos de- 
dos, y así estuve, muriendo, enloqueciéndome. Poco a poco asomé 
la cabeza, sentí lejanos cantos de gallos, volví a la i calidad, me reí 
de mis temores y me dormí como un trompo. 

Llegó el sol a la cortinita azul, el mozo me gritó, al lado afuera 
de ]a puerta, que ya estaban lustrados los zapatos, y yo salté al 
suelo, riendo de gusto al ver que el arrastre de maletas no debia 
ser efectivo, puesto que no estaba allí sobre la alfombra. 

Me jaboné la cara y entre manotón y manotón de agua, entoné 
el salv€ dimora casta e pura; traté de imitar la voz de la Mantelli en 
Carmen y hasta quise recordar unos versos de Musset 

Después me sequé, abrí la ventana por la que entró una cascada 
de luz, marché a sacar mi maleta para cambiarme cuello y casi me 
fui de espaldas. La maleta no estaba allí. Corro afuera, grito, doi de 
puñetazos. El mozo sale aturdido, el patrón llega, todos pregun- 
tan, yo respondo y en un instante arde Troya. 

£1 hecho era que me hablan robado la riquísima maleta de 
cuero de chancho, que me hablan guindado, que me hablan hecho 
creer en ánimas, y que mi amigo habia desaparecido misteriosa- 
mente. . .. 

•F T V 

Ful Es decir, vine. Mi novia sanó después de quince dias de 
fiebre y lo primero que hizo, después de convalesciente, fué darme 
unas calabazas estupendas. 

Esto no me ha dolido tanto, porque novias hai. . Pero ¿dónde 
encontraré yo una maleta de cuero de chancho, como aquella? 




EL ñUEniSTñ 



(p Ajina de un libro desencuadernado) 



EL doctor Belmar era un viejo amigo de mi familia. El ha- 
bia presentido antes que nadie y con maravillosa intuición 
médica mi venida al mundo; él habia acudido con oportunos 
auxilios a mi penosa y lenta dentición; él me habia vacuna- 
do; él me habia recetado Jarabe de Rábano Yodado, bacalao, 
fierro, quinina, etc., etc. 

El doctor afirmaba saberse de memoria mi organismo, y hasta 
salvando con un poco de presunción el abismo que separa el cuer- 
pa del espíritu, creia adivinar perfectamente el porvenir. Debo sí 
declarar que, en esta materia, el doctor Belmar se equivocaba las- 
timosamente. 

Durante cuatro años sostuvo que yo tenia síntomas de locura, y 
que iba a terminar seguramente mis días en un manicomio. Cuan- 
do se convenció de que no perderia la razón a dos tirones, dijo 
que mi porv^enir estaba en la carrera eclesiástica. Conste que hasta 
ahora el facultativo se va equivocando medio a medio. 

El tema de la locura era el lado flaco del excelente doctor. En 
mala hora le hábian llamado «eminente alienista» en una revista 



238 

mqicana, porque don Andrés Belmar se dio a cavilar desde enton- 
ces en una cantidad de sutilezas cerebrales que lo hacían ver ena- 
jenación en todas partes. 

Recuerdo que en numerosos paseos que juntos hacíamos por la 
Alameda, se entretenia en diagnosticarme al paso de las personas 
la enfermedad o tendencia mental que cada una podia tener. Co- 
mencé a recelar de los conocimientos alienistas de mi gran amigo, 
desde el dia en que a un compañero mió le descubrió que tenia el 
cerebro fatigado, cuando el pobre no había tenido que usarlo nun- 
ca ni siquiera por broma, y principalmente cuando a una señorita 
a quien pretendia yo con toda el alma, le encontró en su mirada 
una irresistible tendencia al alcoholismo. 

Resolví esplotar en beneficio mió la mania del doctor Belmar, y 
le referí, bajo secreto y palabra de caballero, que yo solia perder 
la razón; que cuando tomaba un cuchillo me daban ganas de en- 
sartar con él a las personas vecinas; que cuando veia entrar a la 
estación un tren sentia irresistibles dedeos de arrojarme delante 
de la locomotora; y, finalmente, qu . me ocupaba de resolver el 
problema de mi suicidio, cavilando sobre si seria mqor cortarme 
el hilo de mi existencia comiéndome todos los dias una caja de 
fósforos, o llanamente dejándome cqer del balcón a la calle. 

Me pesó habeile contado todo esto al pobre Belmar. Se le nubló 
la mirada, bajó con tristeza la cabeza y nada dijo. Pero en el resto 
del paseo de ese dia, lo sorprendí mirándome con atención y hasta 
creo que con profunda pena. 

A pesar de que estas confidencias fueron dadas bajo palabra de 
caballero, al dia siguiente noté que en casa se hablan desterrado 
los cuchillos, y que se espiaban mis mas insignificantes movi- 
mientos. ^ 
. En la noche de aquel dia se me notificó que no debia seguir 
asistiendo a las clases de la Universidad, y se me dio una suma de 
dinero para que me fuera al teatro «a distraer». Estas fueron las 
palabras, j 

V V Vtf 

Todo se olvida. 

A mi tamb'en se me olvidó que habii^ ^n hombre en la tierra, 



m 

que se habría dejado cortar una mano por asegurar mi enajenación 
mental Advierto que entonces ni aun habia incurrido en el vicio 
de escribir articulitos jocosos, antecedente con el cual mi faculta- 
tivo ya no habria vacilado en mandarme al manicomio. 

Digo qne se olvidó todo aquello, a pesar de que en mas de una 
ocasión noté que en casa me observaban, como tratando de descu- 
brir mi estado mental. 

Un dia me pescó un resfriado fuerte, con el cual caí á la cama. 
Tras el resfriado vino un tifus bastante violento, en que la tempe- 
ratura subió a cuarenta grados, exactamente lo mismo que el 
aguardiente rectificado. La convalescencia fué larga, y el doctor 
Bdmar aconsejó que se me llevara a Valparaíso, donde el aire del 
mar tonificaría mis pulmones debilitados y produciría la natural 
reacción de la vida. 

Andando. Se hicieron los equipajes, y fué encargada de acompa- 
iíanne una tia entrada en años, que me queria entrañablemente y 
a quien creía yo que andando el tiempo, heredaría en una su- 
mita nada despreciable. Hoí estoi convencido de que me moriré yo 
primero. 

Quedamos alhojados en un hotel que no tengo para qué nom- 
brar, porque en realidad de verdad, fuimos allí tratados con mu- 
chísima terquedad, a pesar del pago puntualísimo de la peti- 
sion. 

Mi tia estaba empapada en las opiniones alienistas del doctor 
Belmar y creía a pié puntillas en todos los dislates que el pobre 
decía a cada paso. Creía, pues, la pobre y querida vieja, que si yo 
no era loco de veras, estaba a un paso de serlo. 

Un día, me había quedado en mi aposento sentado en un sillón 
con los pies envueltos en un grueso chai de lana, y la frente pega- 
da a los cristales del balcón para mirar el movimiento de la calle; 
la oia leer, o mejor dicho no la oía leer, la relación del martirio de 
San Ildurito, relación que yo me había aprendido casi de me- 
moria. 

En esta situación, me molestó el cuello de la camisa, y comencé 
a mover la cabeza, como se hace cuando las puntas almidonadas 
molestan, con el objeto de abrirlas suficientemente v dejarlas flexi- 
bles y blandas. 



• 

La cuidadosa enfermera dejó el libro y miró aterrada. Compren- 
dí en ese instante que la sombra de mi locura había pasado rápi- 
damente por su cabeza, y con una malignidad de que nunca me 
arrepentiré bastante y deseoso de que se dejara de leer el martirio 
de San Ildurito, seguí moviendo la cabeza y ooniendo los ojos en 
blanco. 

Dejó mi tia el libro en una silla y salió corriendo del aposento. 
Yo pegué de nuevo la frente a los cristales del balcón y me quedé 
tranquilo sin danne por aludido de nada, al regreso de la señora, 
que me observó con el rabo del ojo, y retirando un poco mas su 
silla siguió tranquilamente con la lectura de San Ildurito. 

Todo lo comprendí cuando en el espreso de Santiago llegó apre- 
suradamente al hotel el doctor Belmar, clavando sobre mí con cier- 
to temor, sus dos ojos oscuros y pensadores. La pobre señora le 
habia llamado por telégrafo, diciéndole seguramente que yo habia 
tenido un ataque. Comprendí que mi situación era mui delicada, 
que habia cometido una niñeria y que me esponia con cualquiera 
otra broma a que me dieran un mal rato llevándome quién sabe a 
qué sitio. 

Usé tal cautela, que mui pronto el mismo Belmar se convenció 
de la falsedad de los temores de mi tia, me felicitó por mi excelen- 
te estado sanitario y me anunció que se venia a Santiago al dia si- 
guiente trayendo a casa tan buenas noticias. 

Aquella tarde, a la hora de comer, mi tia y el doctor bajaron al 

comedor del hotel, dejándome a mí perfectamente arropado en la 
cama. 

^ ^ ^ 

Hojeaba un interesante número del <'Ilustrated London News.» 
No me quiero dar tono, haciendo creer que leo en ingles, nó, se- 
ñor; lo que me entretenia era el desfile de las láminas, en que re- 
cuerdo figuraba mucho Badén Powel el hér^^e británico en el 
Transvaal, entonces mui de moda en toda la prensa inglesa. 

Hacia mucho rato que mi tia y el doctor se habian marchado a 
comer; las dos grandes lengüetas amarillentas del gas flameaban 
incesantemente, dejando oir un rumorcito monótono y enervante; 



241 

hasta mí llegaban los ruidos de la calle y del interior del mismo 
hotel, en forma de conversaciones, carcajadas, pasos, saltos de 
carruajes, golpes de puertas y choque de platos, copas y cu- 
chillos. 

De repente, crujió la puerta y comenzó a abrirse lentamente sin 
que yo pudiera ver a impulsos de quién. Esperé un instante y creia 
que era el viento; pero de súbito alguien tropieza en el umbral, y 
alguien entra. 

Yo salto en la cama. Lo qne tenia ante mis ojos no era precisa- 
mente un hombre era un monstruo. Bajo, mu i bajo, subido de 
hombros, la faz pálida, los ojos enormemente saltados, el pelo eri- 
zado; el recien llegado se habia detenido, con un dedo sobre los 
labios como queriendo decirme: *¡no grite usted! >> 

¡Qué habiá de gritar yo, si apenas tenia en esos momentos áni- 
mos para mirar! ¿Qué era aquello? ¿Qué significaba la misteriosa 
visita de aquel sujeto deforme y horroroso? 

Comenzó a andar en puntillas y en dirección a mi cama, mien- 
tras yo me retiraba hacia la pared, como tratando de huir de aque- 
llo que no sabia si era realidad o aparición o qué. 

El hombrecito se acercó al borde de mi lecho, clavó en mí sus 
ojos, y acto continuo se metió debajo del catre. 

Confieso que si de pié sobre la alfombra, con un dedo sobre 
los labios, me parecía aquello una cosa irresistible, debajo de 
mi cama y oculto a mi vista me pareció algo todavía muchísimo 
peor. 

¿Y si era un anarquista que en esos momentos encendía de- 
bajo una bomba, para hacerme saltar? ¿Y si era un incendiario? ¿Y 
si era?. . . 

Pero no alcancé a hacer mas hipótesis, porque en esos momen- 
tos entraba el doctor Belmar de vuelta de la comida. 

— ¿Eh? ¿Cómo vamos? — alcanzó a preguntar. 

—¡Doctor! ¡Doctor! — articulo yo, pálido y desencajado — ¡doctor! 
Debajo de mi cama hai un hombre; nó, un monstruo; sáquelo us- 
ted de ubi porque me muero. 

Pintar la estupefacción que se reveló en el rostro del pobre Bel- 
mar es imposible. El terror, la lástima, la desesperación, todo aso- 
maba en esa cara pensativa y siempre serena. 



242 

— Calma, hijo mió — me dijo— calma. Usted está un poco exita- 
do. Usted ha leido algo fantástico y se ha puesto nervioso. ¡Calma, 
por Dios, porque si no estamos perdidos! 

— Doctor, no sea usted inocente — grito yo con cnerjia — asómese 
usted debajo de mi cama y saque de ah{ a un hombre pigmeo, jo- 
robado, con ojos de loco, que se ha metido ahí. 

— Calma, calma — vuelve a decirme — sino, nos perdemos, hi- 
jito. 

Entonces, comprendí que estaba perdiendo tiempo, e hice rápido 
ademan de saltar de la cama al suelo. Pero el doctor se avalanzó 
sobre mí, y me mantuvo sentado en el lecho; yo pugné por levan- 
tarme Y comenzó una lucha desesperada y tenaz. 

— No sea imbécil — gritaba yo — sino quiero otra cosa que me deje 
asomarme bajo el catre. 

Pero todo era inútil. Resolví cortar por lo mas sano, y soltando 
mi mano derecha, se la descargué empuñada en la cara al pobre 
Belmar. El gritó en el acto ¡socorro! ¡socorro! pero manteniéndome 
siempre fuertemente sujeto sobre el lecho. En un instante llegó mi 
tia dando gritos horribles y dos mozos con sus delantales blancos 
atados a la cintura. El toctor llamó a los camareros en su ayuda 
diciéndoles que yo me habia vuelto loco; yo gritaba, pero ellos gri- 
taban mas; daba puñetazos de ciego, pero ellos, con sus manazas 
de peón, me tomaban el pescuezo y me tendían sobre los almoha- 
dones. Comprendí, por fin, que debia callarme, porque no lograba 
otra cosa por el momento sino que me estropearan de una manera 
infame. Y me callé. 

Me tendieron, por fin, me amarraron las manos con una gran 
servilleta enrollada, me rociaron con agua el corazón y los mozos 
salieron de la pieza, diciéndole a mi tia que ojalá no quedara loco 
para toda la vida. 

^ ^ V 

Mi tia salió llorando a mares primero y luego la siguió Belmar 
visiblemente conmovido. Oí que redactaban en voz alta un telegra- 
ma para mi familia que decia: « Anjel ha perdido razón. Vénganse 
inmediatamente.» Me dio tal ira, que me puse a gritar como un 



desaforado, haciendo ademanes de echarme al suelo. Pero estaba 
maniatado y la empresa era imposible. Belmar corrió a sentarse 
cerca de mi lecho y me dejó caer su mirada triste, lastimera, como 
diciendo: «¡tan joven. . . y ya loco!» 

A mí me ocurría un fenómeno singular. Me estaba dando risa lo 
que a mi lado pasaba; principalmente el moretón oscuro que yo 
habia dejado en la respetable mejilla del pobre médico alienista. 
Me miraba con las manos amarradas, sentia en el pescuezo el 
dolor que me habían dgado los mozos al apescozarme con sus 
manos brutales... y entretanto, debajo de mi cama, habia un 
hombre. 

Sí, señor, debajo de mi catre era indudable que habia un hom- 
bre, porque yo, bueno y sano, yo en mis cinco sentidos, yo que 
hojeaba una revista, le habia mirado esconderse. 

Pero ¿cómo decirlo sin que esos benditos me creyeran loco? 

Hé ahí la escena. Las lenguas del gas, silba que silba; mi 
tía, en la pieza vecina, llora que llora; el doctor mirándome con 
profunda melancolía; y yo observándolo a él sin poder contener 
la risa. 

—¿Te ríes, hijo? me dijo el doctor en voz baja, 

—Sí, me rio de usted, so alienista. Me rio de usted porque hasta 
ahora se le ha ocurrido a usted amarrarme las manos, armar un es- 
cándalo, decir que estol loco, telegrafiar a Santiago; pero no se le 
ha ocurrido asomarse debajo de esta cama, para ver si es efectivo 
o nó que hai un hombre debajo de ella. • 

Se s(xiríó el pobre Belmar, se sonrió con pena al verme tan per- 
dido. Des lágrimas salieron de sus ojos pensadores, corrieron por 
sus mejillas y fueron a descender sobre su chaleco. ¡Me quería el 
infeliz facultativo! 

De repente, un estornudo, sí, señor; un estornudo sonoro, mui 
sonoro, suena debajo de mi catre. Belmar salta de la silla y escu- 
cha: otro estornudo se deja oir aun mas sonoro que el primero. Se 
echa entonces al suelo, mete la mano debajo del catre y tira de una 
pierna, tras de la cual sale un hombrecillo, siempre con su cara de 
asustado. 

—¿Quién eres tú? ¡Responde? — gri a como una furia Bel- 
mar. 



244 

— Soi Juancho — dice con voz suave el pigmeo. 

En ese instante entra el mozo y larga una carcajada. 

— ¡Juancho, hombre! ¿Qué estáis haciendo aquí? 

En un momento se esplica todo. Juancho es un pobre curcun- 
cho, que ha perdido la cabeza y sufre la mania de persecución: 
es inofensivo y hermano del mayordomo del hotel; jeneralmente 
anda bajo las camas o los sofaes huyendo de un enemigo invi- 
sible. 

El doctor me abraza llorando; pero ya no puedo corresponderle 
sus abrazos porque aun no me sueltan las manos. Mi tia salta como 
una chiquilla y aprovecha la primera coyuntura para volv-er con el 
martirio de San Ildurito. 

— Estábamos — me dice — en que Trajano le exijió al santo que 
renunciara su fé. Veamos lo que él le dijo. 

En fin, que no estoi loco! Y que si alguien ha tenido una oca- 
sión propicia para volverse loco, es el servidor de ustedes. 



8^ S^ 



mi EHFERmeDñü 



(memorias íxtimah) 



Había gozado siempre de una perfecta salud, j amas una mano 
de médico había oprimido mi muñeca, para saber cuántas 
pulsaciones por minuto dqaban sentir los golpes de sangre 
de mis venas. Nunca habia recibido tampoco esa tímida 
cuenta, encabezada con la iónniúa. consabida: por servicios pro- 
festónales. 

Era lo que se llama un hombro robusto; y ¡ai! todavía recuerdo 
con emoción esas gruesas pantorrillas, esos mofletudos cachetes, 
esos lagartos poderosos, que eran el mejor ornato de mi cuerpo 
sano y fuerte. 

Los amigos me daban palmadas en la espalda, diciéndome con 
cierta admiración envidiosa: 

— Pero, hombre, ¡hasta cuándo engordas! Y yo sonreía con esa 
alegre satisfacción del que come bien, vive bien, anda bien y se 
siente bien. 

Pero un dia, mientras entregado al sueño, habia perdido la con- 
ciencia de donde estaba, un gato tuvo el antojo de entrarse a mi 



24^ 

cuarto por una ventana, saltar a mi lecho y sentárseme cómoda- 
mente sobre la cara. Al principio soñé que me hablan salido pape- 
ras, y que el doctor Carvallo me iba a sajar la cara para sanarme 
de ese incomedo peso; después se me ocurrió que alguien, enamo- 
rado de mis buenas cualidades, deseaba tener otro ejemplar igual 
a mí y me estaba copiando en una prensa, ni mas ni menos como 
se copia una carta; pero en seguida, un movimiento del gato, 
que debía ser algo sonámbulo, me hizo darme cuenta del asunto, y 
resolví despertar, tomarlo con cautela y dejarlo en el patio. 

Así lo hice. El cucho era dócil y entendiendo que el sitio que 
habia escojido para sentarse, no era el mas a propósito para el ob- 
jeto, inclinó la cabeza y se dejó tomar. Al abrir la puerta compren- 
dí que habia cometido una imprudencia; una corriente helada me 
hizo temblar, y aunque la cerré de golpe, me quedó cierto inquie- 
tante dolorcillo en la espalda. 

« « « 



No sé cuánto tiempo estuve con cuarenta grados de fiebre, y, 
por consiguiente, sin darme cuenta de lo que pasaba a mi lado. El 
hecho es que abrí los ojos, sentí que en torno mió cuchicheaban y 
hasta me pareció ver al doctor Oyarzun que, sentado frente a una 
mesita de centro, escribía una receta. 

De cuando en cuando, me introducían en la boca cucharadas de 
café helado y varias veces en el dia me aplicaron sobre el pecho 
unas bolsas de hielo que me hicieron 'delirar sobre la Sibería. Se 
me habia puesto entre ceja y ceja, que estaba desterrado por el czar, 
porque yo hahia escrito un artículo poniendo sar, así con ese. ¡Va- 
mos! se trataba de un simple destierro ortográfico. 

Por fin, recobré completamente mis facultades y supe que habia 
tenido una fiebre tifoidea de veinticinco dias de duración. 

Quedé convalesciente, sentado en una poltrona, y envueltas 
las piernas con un enorme chai listado a grandes rayas. Todo el 
mundp me contemplaba. Decia, por ejemplo: ¡quiero águaJ.y diez 
personas corrían atropellándose a buscar agua, diez botellas 'se ali- 
neaban delante de mí y diez vasos se alargaban hasta mis labios 



U7 

sedientos. ¡Quiero leche! ¡Uf! ¡Cómo coman todos en busca de una 
taza, llena del blanco y confortante líquido! Estol seguro que si 
hubiera pedido una estrella habrían corrido a pedirle una al se- 
ñor Obrecht en el Observatorio Astronómico. 

Mejoré completamente, pero sin dejar de sentirme débil y enfer- 
mo. Hice, finalmente, mi primera salida a la calle. 

# « « 

¡Qué brutos son los amigos de uno! El primero que me en- 
contró en la calle la cruzó de carrera al verme, abrió los ojos 
con espanto, lanzó una esdamacion verdaderamente dramática y 
me dijo: 

— ¡Hombre, por Dios! ¿Qué te pasa? Pareces un cadáver. 

— Casi me he muerto — contesté yo con voz desfallecida. 

— Pero tú sigues mui mal. 

— Sí; bastante. 

— Pero tú te mueres. 

— ^Tanto como eso. . . 

— Sí, señor; sí, señor; con ese semblante que tienes solo se pue- 
de ir a la Morgue. No te descuides, Anjel! 

— Nó; yo te lo agradezco mucho. Adiós. 

Y me fui con una puñalada en el corazón. ¡Cómo» ¿Era cierto 
que yo parecía un cadáver? ¿Era verdad que con ese color y esos 
ojos no podia ir sino a la Morgue? 

Me dirijí lentamente al club, con la vista baja, para que nadie 
fuera a notar en mis ojos la opacidad de la muerte, ysopretestode 
lavarme las manos, estuve largo rato frente al espejo de un lavato- 
rio, observando la palidez de mis antiguos robustos cachetes, las 
negras ojeras que circulaban mis ojos vivarachos de antes, y el 
desfallecimiento que se notaba en todo mi ser. 

Un abrazo por la espalda me sacó de mi meditación. Era Diego 
un excelente amigo mió, compañero de la Universidad, recien ca- 
sado ¿on una chiquilla lindísima. 

— ¿Tú por aquí? ¿No te hablas muerto? 

— Ya lo ves. 



—Ven a la luz para mirarte. . . ¡Hijo inio! Tú estas tísico. 

—¿Tísico yo? ¡Imbécil! 

— No me trates mal. Mia no es la culpa de que estes enfermo. 
Yo te digo mi opinión, para que consultes un médico. 

Y desde ese dia, todos mis amigos y conocidos parecieron ha- 
berse convenido en dirijirme el mismo cruel consejo: ve un me- 
dico, 

« » « 

Lo veré, me dije yo; porque, o me muero definitivamente o sano 
de una vez por todas. 

El doctor estaba en la casa. Colgué el sombrero en un mueble 
con espejo, y, al dejar en él mi bastón, aproveché la oportunidad 
para mirarme una vez mas. 

Le dije que sentía vahídos de dos a tres de la tarde; que me da- 
ban unas puntadas en el tobillo izquierdo los lunes, miércoles y 
viernes; que después de comer se me dormía un brazo y después 
de almorzar me sentía sin apetito.. . . 

— No me diga usted mas! — gritó el doctor. — Réjímen amigo mió, 
mucho réjímen. Usted sufre catarro intestinal. 

— Lo creo, doctor 

— Bien. Leche y zanahorias. 

— No entiendo. 

— Sí, señor; a comer leche y zanahorias. No hai otro remedio; si 
no, apróntese usted para doblar la esquina. 

— ¿Y sanaré, doctor? 

—Sí, señor. — A la décima... 

— ...Zanahoria? 

— Nó; a la décima semana estará usted bueno y s^no. 

— ¡Señor! Yo le debo a usted mucho! 

— Nó; solamente cinco pesos: el valor de la visita. 

Me despedí, y ese mismo dia comenzaron a llegar a casa canas- 
tos de zanahorias, enviados por varias vecinas cariñosas. 

¡Qué injenio desplegaron en casa para disfrazarme de zanaho- 
rias! Unas veces me las daban en torrejas y con azúcar, como las 
naranjas; otras, me las hacían en budines calientes y verdadera- 



' 249 

mente artísticos; otras, me daban las zananorias acarameladas y con 
almíbar y otras, en fin, me mezclaban las zanahorias con la leche y 
la leche con las zanahorias. 

¡Oh! Nerón fué un idiota, al no poner en su lista de suplicios el 
réjimen de las zanahorias. 

£n casa no se veian otra cosa que zanahorias. Cuando salia a la 
calle, venían subiendo por la escalera canastos de zanahorias y ba- 
jando por la misnia, baldes con cascaras de zanahorias. Si tenia 
que dispararle a un sirviente imbécil alguna cosa, era con seguri- 
dad una zanahoria el proyectil que quedaba mas cerca. 

Creo que subió el precio de las zanahorias en un 25 por ciento, a 
causa de mi consumo, y que mas de un chacarero pensó sembrar 
una cuadra mas de esta hortaliza para la temporada próxima. 

Pero mi enfermedad no declinaba; por el contrario, seguía de 
mal en peor, descolorándose aun mas mi rostro, y aunmentando el 
cerco violáceo que a modo de ojeras rodeaba mis ojos. 

Al grito de: «¡Abajo las zanahorias!» llamé a otro doctor, queme 
espresó terminantemente que las dejara y adoptara como legumbre 
favorita a los sahifies. Ademas, me aconsejó que me cuidara mucho 
del contajio de la tuberculosis, porque, aunque yo no la tenía," es- 
taba propenso a tenerla. 

— ¡Cuidado con los microbios! — ^fueron las últimas palabras del 
doctor. 

Al poco tiempo, ya estaba yo devorando centenares de salsifíes al 
dia, y espantando a los microbios como podía. En mi dormitorio 
le puse a los umbrales de todas las puertas, polvos de persía y ve- 
neno para los ratones, para que los microbios que franquearan la en- 
tradapor allí, perecieran violentamente. En todas las llaves de agua 
potable hice colocar esos canastillos que se usaban antiguamente 
de coladores para el té, afianzado en el pico de las teteras. En las 
ventanas clavé rejillas de alambre, con el mismo fin, de evitar la 
llegada incómoda de estos audaces insectos. 

A pesar de tanta precaución, sorprendí, sin embargo, uno cerca 
de mi cama, y lo guardé en una cajita de pildoras, para que el doc- 
tor me espresara sí era ese uno de los microbios de la tubercu- 
losis. 

El médico no tardó en llegar, afirmando que, a su juicio, estaba 



250 

yo echando carnes y buen color, que ya era una maravilla. Sin em- 
bargo, alguien me habia dicho que parecía un salsifí animado, un 
espárrago de cuerda. 

Le consulté mi aislamiento de los microbios, y se rió a carcaja- 
das, diciéndome que los microbios eran tan pequeños que cabla un 
ejército por cada cuadrito de la reja de alambres. Le mostré el in- 
secto que tenia prisionero y, riéndose también, me espresó que era 
un inocente cucarachito con cara de buena persona y miembro de 
la conocida familia de los coleópteros, 

Pero a los pocos dias de esto, aburrido ya de los salsifíes, resolví 
cambiar de médico. 

« « « 

— Lo que usted tiene — me dijo el doctor — es apenaicitis. 

— Tradúzcamelo, señor doctor; prefiero estar enfermo en caste- 
llano. 

— Le recomiendo la hidroterepia; agua, mucha agua. Beba usted 
un litro de agua por hora, báñese usted cada dos horas, sumeija la 
cabeza en ag^a, si es posible, siete veces al dia, y otras tantas los 
pies. Viva usted en el agua. 

—Bien. Seré un congrio. 

Desde entonces, dejé el elemento terrestre y me pasé al agua. 
Metido dentro del baño recibía a mis amigos; dentro de la tina es- 
cribía; sumerjido en el agua, almorzaba y comia. 

Suspendí el sistema cuando comencé a notar que me sallan ale- 
tas de pescado. 

Entretanto, enflaquecía de una manera lastimosa, y mis ojos se 
iban saliendo de las órbitas hasta el estremo de resolver quedarme 
en casa y no salir a asustar a las jentes. 

Sin embargo, un dia en que soplaba un fuerte viento, salla a ha- 
cer un paseo a la Quinta Normal, cuando me tomó de los pies la 
ventolera y me llevó por espacio de siete u ocho cuadras dando 
vueltas de camero sobre los adoquines. 

Quedé estropeado y visité a un doctor masajista que se compro- 
metió a dejarme libre de toda enfermedad en el plazo de un mes. 

Me sujeté al masaje. Me tendía primero en una mesa alta, una 



especie de: billar, y me daban martillazos en el estómago con un 
gran maso de madera forrado en paño verde. En seguida, me en- 
rollaban de la misma manera que se enrolla una alfombra y me ha- 
cían rodar por el suelo, con la punta del pie. En uno de estos via- 
jes, me rompí la cabeza en la pata de un catie y tuve un gran dis- 
gusto con el masajista. 

Después me introdujeron en una especie de prensa de copiar, 
donde se me aprensaba de una manera horrible, hasta hacerme cru- 
jir los huesos. Otras veces, se me daba vueltas sobre el suelo apre- 
tándome contra él con una tabla de raulL En esta operación perdí 
mucha sangre de narices. 

Llegó el mes y no habia mejorado; pagué tina barbaridad de 
plata; el masajista me devolvió un paquete de htiesos sobrantes 
que se me hablan salido en el tratamiento; y me fui como había lle- 
gado: pálido, escuálido, vacilante 

« # « 

—No se desaliente usted — me dijo otro médico. — Esto pasará. 
Entre tanto, déjese de verduras y aliméntese todo lo que pueda con 
carne y materias suculentas. 

No esperé que me reiteraran el consejo. En un solo diame comí 
una largosta preparada, cuatro tarros á^ pai/ de fots y grandes tro- 
zos de carne asada a la parrilla. 

Junto con despertar en la mañana, me comía dos perdices en 
escabeche, un pedazo de queso suizo, un plato de jugo y una taza 
de chocolate. Antes de almoi zar, y para abrir el apetito, devoraba 
media malaya fria y dns docenas de lenguas de erizo. En el al- 
muerzo, cazuela de ave, empanadas, costillas de ternera, ríñones 
sur canape\ bisteque con huevos, tortilla de verdura, espárragos y 
panqueques. A las dos de la tarde, para matar la debilidad, me 
comía un pollo asado con papas fritas y ti es docenas de ostras 
con vino blanco. A las cinco de la tarde para hacer apetito para la 
comida, no dejaba rastros de una mayonesa de salmón. A las siete 
sopa de camarones, caviar, hígados, congrio, perdices, paltas, etc. 
etc., etc. 

A las ocho. . . A las ocho de la noche del segundo dia de este 



253 

réjimen, cai a la cama con un cólico atroz y me despedí de la 
vida. 

Sin embargo, merced a las enérjicas medidas del policial del 
punto, que fué encargado de apartar los obtáculos, con las medici- 
nas que se le vinieran al caletre, conseguí salvar, quedando en el 
estado que puede suponerse 

Entonces, llamé en torno de mi lecho cuasi-moríbundo, a todos 
los médicos que me hablan atendido, y les dije- 

— Tenia diez mil pesos ahorrados. Ustedes me han quitado 5 
mil, a fuerza de honorarios profesionales; me quedan, por consi- 
guiente, solo cinco mil pesos. Pues bien, esos cinco mil pesos son 
para ustedes, si logran darme un veneno rápido que acabe conmi- 
go en veinticinco minutos. 

Los médicos se miraron como unos bobos, se sonrieron y co- 
menzaron a discutir mi enfermedad. El mas intelijente de todos o 
mejor dicho el menos bruto, me dijo que lo que yo tenia era un 
riñon suelto. Me reí; pero como todos ¿c pusieron serios, dejé de 
reírme. 

— Pues, señor — les dijo — yo no quiero morirme. Si ustedes creen 
que lo que a mi me añije es este riñon suelto, estoi dispuesto a 
dejar que me lo amarren. 

¡Figúrense, ustedes! Andar durante un año con un riñon suelto. 
¡Qué diria la jente! 

Me cloroformaron, me acuchillaron en todos sentidos y fueron 
directamente a amarrar el riñon suelto, con un nudo ciego, para 
que no volviera a soltarse. 

De resultas de esta operación, mejoré, eché carnes y he vuelto a 
ser el hombre de antes. 







La historia fíóeóigna 

de mí último inuento 



Es indudable que yo debí nacer para inventor; pero esos estu- 
dios de humanidades me perturbaron mi afición al descubri- 
miento de arduos problemas, echándome por el errado cami- 
no de la jurisprudencia y del periodismo. 
Es evidente que, si en vez de enseñarme como me ensexla- 
ron a traducir a Horacio y a Viijilio, m¿ hubieran adiestrado, pon- 
go por caso, en la física industrial y en la mecánica, habria yo 
figurado en primera línea entre los inventores del último cuarto 
de siglo. 

Pero ¿qué ha pasado? Que soi capaz de inventar una cosa sin 
faltas de ortografia, de darle, ademas, un correctísimo nombre 
latino, de describirla, si al caso viene, con cierta vivacidad; pero 
llegada al examen científico resulta la barbaridad mas consu- 
mada. 

De esto se deduce que mis inventos suelen salir literarios, a las 
veces filosóficos, de cuando en cuando jocosos; pero jamas, entién- 
dase bien, jamas científicos. 
¡Y pensar qué gloria habria dado yo a mi pais, descubriendo el 



254 

telégrafo sin hilo! Porque es evidente que si me enseñan la teoria 
del telégrafo con hilo, se me ocurre a mi la del telégrafo sin hilo, 
solo por llevarle la contra a la física. ¡Pensar lo que se hubiera 
dicho de Chile si yo hubiera descubierto el fonógrafo! Porque es 
seguro, como si lo viera, que yo con un poco de aritmética y otro 
poco de sentido común, habría hecho el fonógrafo antes que Edi- 
son. 

Si yo no he descubierto muchas cosas, es porque las han descu- 
bierto otros antes que yo, y se comprenderá perfectamente que no 
es mía la culpa de haber estado estudiando cinco años cosas anti- 
científicas y hasta anti-naturales, como son los códigos y los 
derechos, en vez de estar ensayando fórmulas raras y ajustando 
ruedecitas con engranaje. 

Pero en fin. ¿Quién tiene la culpa de ésto? Yo. Cuando allá en 
años que no quiero nombrar para que no se me calcule la edad 
que tengo, presenté en el colejio un trabajo literario que se llama- 
ba Napoleón en Santa Elena, el profesor debió decirse para sí mismo: 
«Este, por bruto debia dedicarse a periodista.» Recuerdo que mi 
trabajo terminaba con esta atinada reflexión: «¡Ah! Si Napoleón 
no hubiera sido Napoleón, no hubiera ido a terminar sus dias en 
Santa Elena.» Esto me valió una mención honrosa en literatura y 
hasta se corrió por unos dias que yo iba a ser gran cosa con el 
tiempo. 

De ahí que nadie pensara en dedicarme a la ciencia. Estudié 
durante algún tiempo a dirección de los globos por medio de las 
semillas de cardo que sopla el viento a través de los campos como 
si fueran lijerísimas mariposas. No resultó nada. Después estuve 
calculando la velocidad del andar de las baratas, para deducir de 
ellas algunos teoremas de aplicación universal; pero como el reu- 
matismo y la cojera se usan en todas las ramas de los insectos 
llegué solo a las conclusión de que unas andan mas lijero que 
otras. Envié sobre esto una comunicación a don Diego Torres, 
decano de la facultad de matemáticas, y hasta el presente no he 
recibido contestación. 

Seria fatigoso enumerar la larga serie de mis estudios científicos. 
Quiero detenerme en el último, cuyos desastrozos resultados me 



355 

mueven a hacer, pública renuncia de mis inclinaciones a la física y 
a la mecánica. 

Newton descubrió el péndulo por la lamparilla de una iglesia 
que dejó cimbrando el sacristán al sacudirla. Mis inventos se 
deben también a la casualidad. Un dia me encontré en la calle a 
un amigo, mui pálido, casi verde. Este hombre— me dije yo — o 
está anémico o acaba de pasar un susto mayúsculo. Y torcí la 
esquina para no toparme con él y no verme obligado a oir el 
espeluznante motivo de su palidez. Pero el hombre verde me al- 
canzó y me dijo: 

— Me he muerto de susto. 

— Oye; no está bien que un cadáver hable. 

— A un lado las chanzas. Te declaro que me he muerto. . . 

—Entonces cómprame un ataúd usado que tengo en venta. 

—O me oyes o me muero. 

— ¿Otra vez? 

— Entré a mi dormitorio, hoi, después de almuerzo con intención 
de mudarme calzado. Me senté en la cama, como se hace en estos 
casos, e introduje mi mano debajo del catre para alcanzar un za- 
pato que podia divisar, inclinándome algo. Lo tomo, tiro de él, y 
nada, el zapato no se mueve; por el contrario, se encoje y desapa- 
rece. Yo grito; pero antes que pueda hacerme oir, veo salir de 
debaje de mi cama a un roto fornido, que se abalanza sobre mí, me 
acogota y me tira al suelo. Quedé frió, y cuando volví a darme 
cuenta de todo, el ladrón había desaparecido. 

Los pelos se me erizaron al oir esta relación y también me que- 
dé verde y tan estraña pareja de verdura formaba con mi amigo, 
que parecía que hubieran encendido al lado de nuestras caras un 
fósforo de Bengala. 

Desde ese momento, me puse a pensaren los peligros que ofrece 
una cama hueca por debajo. En el primer dia de cavilación, resolví 
construir un catre sólido hasta el suelo; pero me detuve ante la 
idea de que los ladrones se pondrían a esperarme sobre la cama, 
lo que seria aun mucho peor que si me esperaran debajo. 

Estudié entonces una injeniosa máquina fundada en la pesantez 
de los cuerpos y, mas que todo, en la pesantez de los catres. Mi 
hermoso catre de fierro y bronce fué dotado de un manubrio se- 



a 56 

creto, a cuya vuelta caia ruidosamente al suelo, aplastando al mise- 
rable ser que hubiera buscado debajo de él su guarida. 

Como yo tenia poca fé en mis inventos, resolví probarlos con 
un lindo jarrón de terra-cotta que me habia obsequiado un parien- 
te mió, diciéndome con voz emocionada: «Guárdalo durante toda 
tu vida; deposita en él tus esperanzas. . . y basta las colillas de los 
cigarros cuando no encuentres a mano otro recipiente.» 

Puse el jarrón debajo del catre, me subí sobre él y hasta finjí 
roncar para darle al ensayo todo el color local y la veracidad posi- 
ble. De repente, moví el manubrio y ¡pataplum! el catre quedó a 
ñor de tierra, escuchándose sólo la fúnebre sonajera del hermoso 
jarrón de terra-cotta. jQué hago ahora yo! — me dije en seguida— 
¿Dónde deposito mis esperanzas, mis colillas, etc? ¿Qué le digo a 
mi pariente? 

No me contesté estas preguntas, porque son de la clase de las 
intei rogaciones sin respuestas; pero no tardé en recobrar la tran- 
quilidad perdida. 

Desde entonces toda clase de fantasías estrañas me visitaban 
durante la noche. Despertaba con sobresaltos de muerte, echan- 
do manos al manubrio y descargando de golpe contra el suelo, 
mi catre, para ver si reventaba a algún desconocido malhechor. 

Soñé una noche. . . Voi a contar lisa y llanamente lo que soné 
sin ponerle a la historia ribetes fantásticos, porque así no seria 
gracia ninguna que impresionara a mis lectores. Soñé que estando 
dispuesto ya para dormirme, habia sentido en la alfombra el roce 
de una persona que se arrastraba sij liosamente sobre ella, hasta lle- 
gar a mi cama y deslizarse debajo. Era llegado el momento de dar 
una vuelta al manubrio; lo cojí con mano vacilante, di con él una 
impetuosa sacudida y al mismo tiempo se oyó el estruendo de la 
caida del catre y un grito de agonía, lanzado por el infeliz aplas- 
tado. ¡Habia triunfado! Encendí luz para examinar el funciona- 
miento regular de mi maquinaria, cuando vi con angustia y sor- 
presa indecibles, una cabeza asomada por debajo de mi cama. 
El ladrón habia sido aplastado; pero dejando al lado de afuera 
la cabeza y el tronco hacia adentro; uno de los largueros le pa- 
saba precisamente por el pescuezo, guillotinándolo de un modo 
horrible. Yo veia en sueños que esa cabeza se iba poniendo encama- 



^57 

da hasta parecer una betarraga. Pero ¿qué hacer en ese trance? Si 
saltaba de la cama para evitar el cruel suplicio, el ladrón podia 
escapárseme, levantando el catre. Y si permanecía sobre él, 
cometía un vil asesinato. Me limité a preguntarle con voz condo- 
lida. 

— ¿I^ duele? 

No me contestó el infeliz; pero me puso unos ojos tan grandes, 
tau desmesuradamente abiertos, que me dio miedo. Tomé la vela y 
comencé a dejarle caer gotas de esperma sobre las pupilas, hasta 
cubrírselas por entero. . . 

Desperté aterrorizado; pero no tardé en olvidarme de un sueño 
tan macabro. 

Una tarde, cuando comenzaba a invadir la oscuridad mi dormi- 
torio, me recosté para descansar del trabajo del dia. Estaba aun 
despierto y pensando en muchas cosas, cuando un ruido me hizo 
volver a mi tema. Esta vez no me engañaba, debajo de la ca- 
ma estaba alguien, que fatigado seguramente de su incómoda po- 
sición, estiraba las encojidas piernas haciendo estremecerse el 
citre. 

Di la vuelta consabida al manubrio y la maquinaría se estrelló 
ruidosamente contra el suelo; oprimí en seguida el botón de la 
campanilla y pedí ayuda al mozo para ver qué habia ocurrido de- 
bajo de ella. 

Levantamos el pesadísimo bulto, y di vueltas el rostro, para no 
ver el cadáver. Pero la curíosidad venció a la compasión. Me acer- 
qué y miré. ¡Horror! Colibrí, mi perro perdiguero favorito, el que 
decia agú como los niños de pecho y ahullaba como un diputado de 
la oposición, estaba allí aplastado miserablemente. Apenas habia 
quedado de un centímetro de grueso y de mas de dos metros cua- 
drados de estension. 

Me sentía también vivamente impelido a plajiarme a mí mismo: 
«|Ah! Sí Colibrí no hubiera sido perro, no hubiera acabado sus dias 
bajo mi cama.» Pero, en seguida, reaccionando, con el buen senti- 
do que me caracteriza, tomé a mi perro, lo sacudí como quien sa- 
cude un pedazo de alfombra, y lo coloqué frente al sofá a manera 
de piel. Y ademas juré no volver a inventar nada. 



El Tránsito del Demonio 



CLODOMIRO Pérez, es corista varen del Teatro Municipal, Su 
cara de asno joven se destaca vigorosamente en la escena, y 
hace el regocijo de las galerías y del elemento joven que con- 
curre a oir la ópera. 
Como prisionero numida en el segundo acto de Aida^ infun- 
día pavor al mismo Amonasro. En seguida, se le ascendió por su 
fealdad y por su buena conducta a sacerdote ejipcio, y cuando en 
el fondo del templo resonaba pavorosa la ronca y tétrica acusación 
de traidor ala patria, sobre todas las demás se alzaba la voz de 
Clodomiro Pérez, que en esos momentos creia realmente tener en 
sus manos la vida de Radames. 

En Fausto^ en el coro de las cruces, Mefistófeles, mas que por la 
presencia de ese signo odiado para él. temblaba ante la cara que 
ponia Clodomiro Pérez, para vencerlo y aterrorizarlo. 

Pérez era, indudablemente, el rei de los coristas. Sabia abrir los 
ojos desmesuradamente, mirar al vecino como para comunicarse la 
impresión de la romanza cantada por el tenor; mover los brazos 
desmesuradamente, inclinarla cabeza, en fin, dramatizar 2l su manera. 
Clodomiro era casado con una mujer vieja y sorda, un abocastra 
tal, que ni siquiera babia conseguido figurar en el coro femenino. 



26o 

del Municipal, donde son cualidades que se aprecian mucho, la 
fealdad, la vejez y el no tener oidos. 

En la noche del miércoles, el pobre Pérez, dejando a su mujer en 
cama, con una grave enfermedad, se vio obligado a asistir al estre- 
no de Mefistófeles^ donde le correspondía el honroso puesto de de- 
monio, para salir con el gran tenedor de tres dientes en el segundo 
acto, en la escena del infierno. 

¡Qué bien se veia Clodomiro, metido bajo su capuchón rojo fue- 
go, con las orejas salidas hacia afuera y como mandadas hacer para 
servir de receptáculo a tanto golpe de orquesta; los ojos saltados y 
redondos como si fueran los de un loro, con la razón estraviada, y 
finalmente, la boca abierta, con una espresion idiota de muía fati- 
gada! 

Era un demonio real y verdadero, y al divisarlo salir del camarín, 
una bailarina que no debia andar con la conciencia mui limpia, casi 
se cayó desmayada y desapareció como un celaje dándose vueltas 
en las puntas de los pies. 

Llegó, por fin, el acto del infierno, y Clodomiro Pérez hizo su 
aparición en el piño de demonios, saltando sobre los pies y levan- 
tando en alto el gran tenedor dorado. Algunos concurrentes de la 
platea descubrieron con sus anteojos la adorable figura de Pérez, y 
estuvieron contemplándolo en medio de esa atmósfera roja, hasta 
que saliendo por un costado, volvia a bajar por la ladera de la mon- 
taña del fondo. 

Al salir el acto, corrido ya el telón, y cuando todavía no se apa- 
gaba el resplandor rojo que bañaba el escenario, un vecino de la 
casa de Clodomiro le anunció que su mujer estaba agonizando. 

Pérez dio un grito y olvidándose del traje, quizá un tanto im- 
propio que llevaba, salió como un loco por la puerta de la calle de 
San Antonio y echó a correr en dirección a la Alameda. 

O O O 

¡Qué solitaria y triste se encuentra la Alameda pasada la media 
noche! Los quemadores incandescentes, difunden en tomo suyo 
un resplandor pálido que vacilante y confuso, se pierde en la leja- 
nía, moviendo las sombras y dándoles una estraña animación. 



26 1 

De cuando en cuando parece como brotar de un tronco la oscura 
silueta de un transeúnte que, a paso de marcha se dirije al domicilio 
donde alguien lo espera, o donde nadie lo espera. 

Allá, de tarde en tarde, un carruaje muestra a lo lejos sus faroles 
rojos como dos pupilas de borrachos, y golpeando ruidosamente el 
pavimento se acerca al galope de los caballos. 

La ciudad, ajitada y alegre en el dia, se pone medrosa y sombría 
a esas altas horas, en que bien podrían salir duendes y penar 
ánimas. 

Kso decia el guardián que de punto, frente a la calle de San Mar- 
tin, casi se moria de miedo en tal soledad. La campanita sonora y 
armoniosa del reloj de San Borja, habia dado las doce tres cuartos. 
Hl guardián bostezó y naturalmente se santiguó la boca con el pul- 
gar, para que por ella no entrara ningún mal espíritu. 

De repente fijó la vista a lo lejos, hacia arriba, y creyó divisar un 
punto oscuro que corria desaforadamente por el fondo de la Ala- 
meda. Muí pronto y a la pasada de un farol divisó que era rojo, y 
que llevaba algo en la mano que brillaba a la luz. 

¡Cáspita! — dijo — cualquiera creería que eso es el diablo en persona. 
Y volvió a santiguarse 

Pero el bulto crecia, crecía, hasta dejar ver el gran tenedor dora- 
do que llevaba en alto, y el gorro puntiagudo que, rojo como todo 
su traje, le cubría la cabeza. El guardián corríó como un loco a 
refuji^rse al pié de un farol, sin atinar a llevarse el pito a la boca y 
pedir ausilio, y desde allí, con los ojos abiertos, veia acercarse a 
grandes saltos ese demonio color de fuego, que llevaba levantado 
d tenedor con que indudablemente clavaba a los condenados. 

Pérez, olvidado enteramente del traje peculiar que lo cubría, pen- 
só en la necesidad de pasar antes a la botica de tumo mas cercana, 
para llevar a su mujer un calmante. Se diríjió, pues, al guardián, 
haciéndole señas con el tenedor; pero con profundo asombro vio 

que éste, dando un gríto, se trepaba por el farol, semejando a la luz 
del gas, un murciélago jigantesco que cubría el quemador con sus 
alas negras. 

— ¿Qué es esto? — se dijo Clodomiro — y como si tal cosa hizo su 
pregunta de estilo: 

— ^¿Sabe usted dónde está la botica de tumo? 



202 

Hubo un momento de silencio en que se sentía la respiíacioii 
ajitada del guardián. 

El reloj de San Boija dio los cuatro cuartos y en seguida una 
campanada vibrante y arjentina. 

Después con voz apagada, temblorosa, el policial dijo: 

— Ver... ver. .. ga. .. ra. .. es... es... es .. qui... qui... na... de... 
de .. de... de... 

Y nada mas pudo agregar, porque el terror le paralizó la lengua, 
y Pérez, aburrido, echó a correr de nuevo, creyendo sencillamente 
que se habia encontrado con un guardián ebrio. 

O O O 

De repente, allá en una esquina divisa la ventanilla alumbrada 
de una pequeña botica, tras cuya puerta dormita seguramente el 
boticario, reclinado en una silla, después de haber vendido un pa- 
pelillo de calomelano para un cólico, y un franquito con jarabe de 
hipecacuana para un niño con tos convulsiva. 

De súbito, tres golpes suenan en la puerta. El boticario se incor- 
pora, corre a la puerta, asoma su cabeza por la ventanilla y dando 
un salto atrás, la cierra de golpe y le pone nerviosamente el alda- 
bón. Ha visto al demonio, lo puede jurar, rojo, alto, con un tenedor 
en la mano. 

El pobre hombre se da golpes de pecho y jura devolver la plata 
que ha recibido de sus parroquianos, por el calomelano falsificado 
que está vendiendo desde hace tres meses. 

En ese instante, solamente, Clodomiro Pérez lo comprende todo. 
Vestido así, de demonio, no puede entrar a ver a su mujer, es im- 
posible, la mataría. Y como le viene el recuerdo de la pobre que se 
muere, se acerca a un poste de teléfonos y se pone a llorar amar- 
gamente. . . 

Un trasnochador que pasa por allí, con el cuello levantado, el 
sombrero caido sobre los ojos y las piernas un poco débiles, da un 
salto de tres metros al ver ese diablo que solloza; emprende des- 
pués una carrera loca y hasta cree sentir olor a azufre. 





263 

Amanece. Comienza a difundirse sobre la Alameda la luz inde- 
cisa del alba, y un vientecillo frío baja de la cordillera haciendo dar 
diente con diente a los guardianes de punto. 

Un comisaiio encuentra a Clodomiro Pérez, y venciendo el pri- 
mer impulso de temor, se lo lleva a la comisaría arríándolo por 
delante. 

Una cocinera que va al mercado con su canasta de mimbres al 
brazo, se queda con la boca abierta, inmóvil sobre la vereda, sin 
saber qué significa ese oficial de policía que va empujando con su 
caballo a un diablo con cuernos, cola y tenedor en la mano. 

El infeliz de Clodomiro Pérez solloza y solloza; y lo sorprende 
el sol sentado en la comisaría, sobre un piso de juncos, con la ca- 
beza baja y apoyada sobre las dos manos asidas al trídente do- 
rado. 

Un grupo de muchachos lo rodea a cierta distancia, en silencio, 
y hasta con respeto. 

Es un cuadro oríjinal y divertido. 

Pero entre tanto, nadie hace desistir al policial de la segunda 
comisaría, de retirarse del puesto de guardián y perder su sueldo, 
a no ser que lo releven para siempre de hacer la guardia en la 
noche. 



AA 



incEnüiñRio 



DON Serafín Espinosa tenia su tiendecita de trapos en la calle 
de San Diego, centro del pequeño comercio, que, ya que no 
puede tentar por el lujo de sus instalaciones ni por el surti- 
do de la mercadería, atrae por la baratura inverosímil de sus 
artículos. Se llamaba la tienda «La bola de oro», y mostraba 
en el pequeño escaparate tiras bordadas, calcetines de algodón, hi- 
lo en ovillos y carretillas, broches, orquillas, jabón de olor, polvos, 
botines tejidos al crochet, y loros de trapo. Los jéneros se redu- 
cían al lienzo común para ropa interior de pobre, al tocuyo 
tosco y amarillento, al percal barato y de colores vivos, y a 
una que otra variedad de velo de monja para mantos de poco 
precio. 

Don Serafín era el alma mas candorosa de la tierra. Se arruinaba 
lentamente tras del mesón; pero sin perder su encantadora sonrisa, 
modales amabilísimos, su jenerosidad innata y su fina cortesía. Si 
alguna mujer le pedia la ¡lapa, al meter la tijera en el lienzo, corría 
como media vara mas el corte y daba después el vigoroso rasgón 
sin importársele un ardite. Si un chico lloraba de aburrido mien- 
tras la madre regateaba largamente un corte de ocho varas de per- 
cal, corría él a la vidriera y cojiendo un loro de trapo se lo obse- 



266 

quiaba para calmarle la pena. Si una sirviente volvía desolada a 
devolverle tres varas de tocuyo, porque era de otra clase él que 
le hablan encargado, recibía el trozo y daba del otro, guardando 
el inservible pedazo para algún pobre. Y en fin, lo que menos te- 
nia don Serafín, eran cualidades para comerciante. 

Muchas veces, al caer la tarde, su vecino de la esquina, un sim- 
pático italiano, natural de Parma, dueño del almacén de abarrotes 
«La estrella parmesana», se le acercaba en mangas de camisa, des- 
peinado, sudoroso, pero aun no cansado de la fatiga del dia > le 
charlaba una media hora. 

— ¡Buona sera, don Serafine! ¿Cómo va questo? Malo ¿eh? Ma 
¿qué quiere usted, signore? Non se puede ser santo e comerchante 
a la veche, non. Per ganare la plata se necesita malizia, acortare la 
vara, pasare de cuando en cuando una cuarta meno, venderé un 
lienzo de mala calitá. . . ¡Sí, don Serafíne! ¿Come quiere usté, santo 
varone, prosperare cuando lo dá tutto? Usté sirá del chelo derechi- 
to y verá a Dios; pero lo que es el dinero no lo verá, non. 

Don Serafín sonreía, porque él mas que nadie estaba convencido 
de que habría hecho muchísimo mas de lego recoleto que de due- 
ño de «La bola de Oro». Pero, ¿tenia él la culpa de que al frente 
se hubiera establecido ese maldito «Bazar Otomano» con tres puer- 
tas, dos vidrieras y tantas medías lunas? ¿Tenía él la culpa de que 
todos prefírieran a su pobre tenducho con los eternos loros de 
trapo en la vidriera, los brillantes escaparates del vecino, con ro- 
sarios de concha de perla, collares de vidrio y polvoreras de 
cristal? 

Nó, ¿y entonces? Y don Serafín seguía sonriendo amable y en- 
cantadoramente, obsequiando los loros de trapo y dando llap<is de 
media vara. 

Pero el negocio iba a menos rápidamente, y los cinco mil sete- 
cientos pesos que tenia en mercaderias corrian grave riesgo de fun- 
dirse. 

Sí yo fuera un pillastre, un hombre sin conciencia— decía don 
Serafín — ^le prenderia fuego a «La bola de Oro» y luego la Nacio- 
nal me entregaria mis cuatro mil pesos de seguro. Pero como ten- 
go temor de Dios, y prefíóro vivir pobre que deshonrado, no haré 
jamas tal crimen, y me contentaré con ver resignado cómo se van 



267 

escurriendo entre los dedos estos cinco mil pesos, fruto de tantos 
años de trabajo. 

Kn estos únicos momentos de amargura desaparecían de la 
cara de don Serafín la sonrisa amable y el jesto candoro- 
so y en esos mismos momentos acortaba considerablemente la 
üapa. 

La idea del incendio, rechazada tantas veces como criminal y 
pecaminosa, era, sin embargo, la única solución del negocio. Si yo 
le prendo fuego, lo que Dios no permita — pensaba don Serafín — 
hago una cosa mala; pero si llega otro, sin que yo lo sepa, y sin 
que yo se lo aconseje y me quema «La bola de Oro», entonces 
¿qué culpa tengo yo? 

Y desde entonces don Serafín se dedicó a hacer rogativas y 
mandas, por lograr el completo incendio de &us mercaderías. Cre- 
yó conveniente, ya que de fuego se trataba, dirijirse a las ánimas 
benditas del purgatorio que tienen las llamas al alcance de su ma- 
no, y las llenó de promesas, súplicas y oraciones. 

Entonces se le víó a don Serafín Espinosa mas alegre que de 
costumbre, agotando los loros de trapo de la vidriera y llegando a 
dar de llapa hasta una vara larga de tocuyo. 

Por fin, fué oido el constante e incansable tendero, y como la 
Nacional, ignorante de todo, no apeló por su parte, a las ánimas 
para destruir el efecto de las velas, flores y oraciones de don Sera- 
fin, la cosa se inclinó del lado de éste. 

« # « 

Una noche, la tranquilidad de la calle de San Diego fué turbada 
por el repiqueteado toque policial y gritos de ¡incendio! ¡incendio! 
Kn un momento se despertó toda la cuadra, hubo voces, llamados, 
carreras, y cinco minutos después la ronca y fúnebre campana del 
cuartel jeneral de bomberos, sonaba en el silencio de la noche, ha- 
ciendo poner en alarma media ciudad. 

A patadas fué abierta la puerta de una colchonería, vecina a 
«La bola de oro», y una vez caldas las hojas, salió una llamarada 
envuelta en humo, que barrió en un instante con su letrero de ma- 
dera: «Se llenan colchones.» 



268 

Uno de los oficiales de policía fué corriendo a avisar a don Se- 
rafín que dormia como un bienaventurado en su casa. Saltó éste 
de la cama, se impuso de la fausta nueva, se metió un macfarland 
y un par de zapatillas y salió a la calle brincando como un loco. 
T«a sorpresa del policial que tímidamente estaba llamando a la 
ventana: «señor Espinosa; no se alarme usted, pero se le está que- 
mando la tienda», subió a un estremo indecible, al ver don Serafín 
se le colgaba del cuello, lo estrechaba contra su pecho y hasta le 
estampaba un entusiasta beso en la punta de la nariz. 

— Señor oficial ¿no se chancea usted? Es verdad que se me que- 
ma todo? ¡Qué dicha, Dios mío! 

Y corría como uñ desesperado apretándose el macfarland para 
que le cubriera el cutis ante las miradas risueñas de los que lo 
miraban pasar. 

En ese momento ya llegaban las bombas con una algazara de 
mil demonios: campana, gritos, galope de caballos, resbalones, in- 
sultos, órdenes, arrastre de las mangueras, píteos, en fin, un in- 
fierno. 

Ya está un grifo listo, ya arde un fogón, ya late furiosamente 
una caldera, ya puja el agua ruidosamente en uno délos pitones, ya 
sale el chorro y barre a la muchedumbre que se apiña y hace saltar 
la bola de latón sobredorado de la tienda de don Serafín, y cae 
sobre el techo sofocando un penacho de llamas y de humo. 

— Dios quiera que no quede ni un míñaque, ni un ovillo, ni un 
loro, ni un calcetín! — esclamaba el feliz tendero, balbuceando a 
ratos avemarias y atrayendo muí curiosamente sobre sí la atención 
de los vecinos. 

El cielo lo oía; pero lo oia también el juez del crimen de tumo, 
que daba órdenes inmediatas para arrestar a don Serafín. 

Trabajaron tenazmente las bombas; el agua destruyó al par que 
el fuego y cuando ya no quedaron sino tres o cuatro murallas y 
un montón de escombros, se declaró estinguido el fuego, «se tocó 
llamada y se recojió el material 

Un piño de curiosos se detenia delante de las'humeantesvigasy 
de los húmedos adobes, que despedían un olor acre y pegajoso, y 
entre ellos se veían las albas mangas de camisa del dueño de «La 
estrella parmesana» que no había alcanzado a sufrir nada. 



269 

— ^Yo no masusto — decia a su auditorio — per esto se necesita 
calma. Asi son las cosas de la vita. Don Serafine se resolvió a ser 
comerchante, e non santo. Asi no sirá tan derecho del chelo pero 
tendrá en cambio dinero. Questo es la realitá, la realitá pura; el 
comercho non vive del oscurantismo. 

Entretanto don Serafín estaba sentado en un banco con la trabe- 
za sobre el pecho y los brazos cruzados, esperando la hora en que 
debia llegar el juez a instruir el sumario. Se encontraba en un 
vago estado de incertidumbre. Por un lado, daba gracias al cielo 
por el incendio, y por otro, le pedia salir bien librado de la deli- 
cada situación en que estaba. 

Un guardián lo sacó de la incertidumbre, anunciándole que el 
juez lo llamaba. Don Serafín salió del calabozo y apareció con su 
cara serena, candorosa, amable ante el juez que esperaba su lle- 
gada. 

— Señor Espinosa. Parece que el incendio de *%a bola de oro" 
ha sido intencional 

— No solo lo parece — señor juez — sino que lo es. 

—¡Hola! 

— Si, señor juez. Como intencional, pocos lo habrán sido más. 

— De manera que usted, señor, reconoce haber prendido fuego 
a su tienda de la calle de San Diego? 

— Perdóneme, su señoría. ¡Eso no, eso nunca, eso, ni loco! Yo 
soi honrado ante todo. . . Se lo diré al señor juez. Este incendio es 
de lo mas intencional que cabe, pero solo porque yo he puesto 
toda la intención posible en que sucediera. Yo no vendía nada, 
señor juez. En la última semana, solo he logrado salir de un jabón 
de olor, tres varas de huincha blanca y dos carretillas de hilo. Eso 
no era vida. En esta situación, le hice una novena a las ánimas 
benditas. No se ría — su señoría — porque me han oído. . . Por eso 
digo que como intencional lo es ¿a qué lo niego? ¿Pero manchar- 
me, señor juez? ¡Eso nunca! 

Y el simpático viejo se quedó mirando al juez con su amable 
sonrisa de siempre, sintiendo no tener un loro de trapo para de- 
járselo sobre la mesa para que aplastara con él tanto papel, y lim- 
piara en su pechuga la pluma. 

—Quítenme de aquí a este señor — dijo el juez — y déjenle en II- 



ayo 

bertad. Oiga usted, caballero: usted se ha equivocado, aquí no es 
donde debe purgar sus faltas. 

— ¿Y dónde sera señor juez? 

— En el limbo. . . 

Y en medio de una risa espontánea salió don Serafin después 
de hacer una venia. 

* * * 

No habia llegado aun a los humeante restos de «La üola ae 
oro», cuando se topó con su amigo el parmesano, que le dijo: 

— Amico don Serafine, suomo felice. Usted me debe solamente 
tres litros de parafina, que son sesenta centavos. 

— Por qué. 

— Per le inchendie qui io solo lo ha fato anoche. 

—¡Usté! 

— Cállese, don Serafine. que pueden oimos. Yo lo he escuchado 
que usted que dicheba: « ¡anime dil purgatorio, inchéndiame la bola 
de d*oro!» La colchonera dechia pocomeno.Yomaiditto: «nonques- 
to non é il camino. L'ánime dil Purgatorio non tienen parafina, io 
la tengo e mato dos pacaros d'un tiro: hago un favore a due ami- 
chi y vendo parafina». ¿Non e vero? 

— ¡Pero esto es un crimen! 

— ¡Bah! jSilencho, bárbaro! 

Y la férrea mano del simpático parmesano apretaba tan fuerte- 
mente el brazo de don Serafin. que éste, vencido y atónito, se bus- 
caba en el bolsillo los sesenta centavos. . . 




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TENGO para mí, que todas las desgracias del mundo son sopor- 
tables, menos una: la de tener casas en arriendo. Cualquier 
socialista de esos que se llenan la boca diciendo que la pro- 
piedad es un robo, se convenceria al leer estas sinceras y 
verídicas líneas, que la propiedad es una carga sumamente 
molesta. 

Sí, señores. Y si no ¿por qué acabo de echar a patadas al último 
arrendatario de mi casa de la calle de las Claras, y jurado no volver 
a arrendarla en mi vida a nadie, como no sea al mismo Pierpont 
Morgan? 

Pues, porque unos no me pagaban, porque otros me faltaban al 
respeto, porque los mas me la destruían de una manera alarmante; 
y porque todos, sin escepcion alguna me hacian salir mas canas 
que pelos tengo en la cabeza. 

;Ai! Todavía me tiemblan las carnes de espanto, al pensar en 
mis arrendatarios. Estoi resuelto a empobrecerme; estoi resignado 
a que la Caja Hipotecaria me lo saque todo a remate; pero juro, ¿lo 
oyen ustedes? juro que mis casas no volverán a arrendarse a bicho 
alguno, nacido o por nacer. 
Venían algunos arrendatarios con sombrero de copa y corbata 



273 

plastrón y yo decía: Este me parece caballero, debe pagar puntual- 
mente. Ademas, tiene cara de aseado, a pesar de que el cuello no' 
está mui limpio. . . En fin, trato hecho; ciento veinte pesos mensua- 
les, pago anticipado. 

Al poco tiempo, el caballero de sombrero de copa, resultaba un 
píllete. Entre gallos y media noche, me cargaba las golondrinas, 
escapaba hasta con la alfombra de la escalera, y . . . si te he visto, no 
me acuerdo. 

Otra vez llegaba uno de sombrero de paño sudto, zapatos gran- 
des, chaleco algo gastado, nariz larga, boca ancha, espaldas angos- 
tas; y yo me decía: Este debe ser un hombre de trabajo. Nada de 
apariencias, ni sombrero de copa, m plastrón.,. Parece un individuo 
de fondo, modesto, sobrio, económico. Trato hecho. 

A los quince días el ymdam escapaba dejándome de recuerdo, y 
para garantía del pago, un felpudo, una caja con alfileres, dos 
palos de escoba con algunos restos aprovechables, algunas casca- 
ras de papa y un Almatiaque Brisioi^ de esos que se reparten gratis 
en las boticas. 

En fin, del panteón de mis recuerdos escojo un ramillete de 
arrendatarios, y lo ofrezco al público que tenga el feo vicio de ad- 
quirir propiedades para arrendarlas, a fin de que escarmiente en 
ajena cabeza y prefiera el oficio de policial o de alcalde, antes que 
el de arrendador. 



Hace tres dias que en la puerta de calle se leía este letrero: Se 
arrienda esta casa, tratar, etc^ eic. Una mañana aparecía en casa un 
matrimonio joven y de aspecto decidido. £1 era alto, ella baja; el 
ñaco, ella gorda; él rubio ella morena; los dos vestían bien y pisa- 
ban fuerte. 

— Ciéntense ustedes. ¿En qué les puedo servir? 

— Venimos de ver su casa. Pieciosa, bien ventilada, central, ba- 
rata. Ncr: gii^ta. . . 

— Pavcr que uctedes me hacen. 

— Por el pago no habrá cuestión. .. 

— Dios les oirá a ustedes! 



^73 

— Sí; dada nuestra situación — dijo él — y nuestra fortuna— agre- 
gó ella — usted no dudará. 

— Evidente. . . Pero a pesar de todo deberán ustedes darme anti- 
cipado el primer mes. 

— Ah! bien; por fórmula, si, si. Porque si esto fuera una muestra 

de desconfianza, no podríamos admitirlo. Nosotros venimos ahora 

de ver nuestras minas del norte. . . ¿Ño le interesa a usted el cobre? 

¡ Ab! Nosotros estamos realizando en la actualidad, algo así como 

' dieciseis mil quinientos a diecisiete mil pesos mensuales. 

— Mis felicitaciones. 

— Gracias. Ademas, usted sabe que este año las cosechas son 
excelentes. 

— ¿También es usted agricultor? 

— Sí, señor. Tengo un fundo en Cuneó y dos mas pequeños en 
Bio-Bio. En total, quince mil fanegas de producción. 

— Quedamos entonces, en que la casa corre por cuenta de us- 
tedes. 

— Conforme. Quedo a las órdenes de usted... y hasta mañana. 

—¿Pero no me dá usted el canon? 

— ¡Hombre! ¿Se atreve usted a ofender mi ? 

— De ninguna manera. Perdone usted. Será otro dia. Con que, 
hasta luego. 

Los dejé ir, pero algo me decia que esos millonarios se me iban 
a marchar el dia menos pensado, debiéndome la casa. 

Algunas semanas trascurrieron con calma inalterable. Una ma- 
ñana él se apareció en mi oficina a pedirme le hiciera colocar una 
mampara en el zaguán de la casa. 

Le contesté que no podia, me insistió: reñimos con palabras bas- 
tantes duras; me llamó avaro y yo le puse en la calle, cerrándole la 
puerta de un golpe. 

A la media hora recibí la visita de ella. Me dijo que una persona 
de su calidad, relacionada con las mas encumbradas familias del 
pais, no podia vivir sin una mampara. Me espresó que no dormía 
que sentía frecuentes ataques de nervios, que los pulmones le ha- 
cían así (hizo con la boca una especie de resoplido), todo por culpa 
de esa mampara que debía estar en toda casa decente. Sus amigas 
se podían burlar de ella y mirarla en menos; los negocios de su 



^74 

marido podian irse al sudo; las minas podían fracasarle de ttn mo- 
mento a otro. . . ¡y todo por la mampara! 

Indiné la cabeza y a los dos días el maestro Lúeas colocó una 
degante mampara en la casa de arriendo. 

Otra semana de paz inalterable. Una mañana se abre la puerta 
de mi escritorio y entra d: 

— Señor Pino: o usted me cambia todos los picaportes de la ca- 
sa, o me voL 

— ¿Me ha hablado usted de picaportes. . . o le he entendido mal? 

— No admito bromas. Los picaportes! 

— Pero hombre por Dios! ¿Qué le hacen a usted los pica- 
portes? 

— Mire usted (inclina la cabeza como un tordo.) ¿Vé usted esas 
canas prematuras? Pues, son causada:: por los picaportes. Ni d 
peor bodegón del peor barrio de Santiago, tiene iguales picapor- 
tes a los de su caso. Negros, mohosos, duros, chuecos, sor. una 
verdadera vergüenza. ¡Y pensar que pago a usted ciento veinte 
pesos mensuales! 

— Dirá usted que me los va a pagar, caballero. Porque hasta Iioi 
usted no ha venido a otra cosa a esta oficina, qne a pedir mejoras 
y mejoras. Esto cz intolerable. 

— Señor, usted no me conoce, yo coi minero; yo gano de dieci- 
seis mil quinientos a diecisiete mil pesos mensuales. Yo pago pun- 
tualmente pero exijo que se me dé una casa decente, no un depai- 
tamento ruinoso. Si usted no me envia mañana mismo los pica- 
portes nuevos iiic marcho. 

— No, no, caballero, no ze marche usted, tendrá picaportes de 
plata oxidada, picaportes de art nouveau, picaportes grabados por 
Roty. 

Y en efecto, me fui a una joyería de la calle de Huérfanos y ad- 
quirí unos picaportes de metal empañado con flores esmaltadas en 
rojo y azul, que dabau ganas de prendérsdos en la corbata. En se- 
guida los ordene colocar. 

Dos semanas absolutamente inalterables. Pero esta vez, la causa 
era gravísima. La casa c:i arriendo pemianecia cerrada, hermética- 
mente cerrada. ¿Se habrían alcanzado a morirlos arrendatarios, de 
vergüenza por los picaportes antiguos? 



^7S 

La puerta fué descerrajada y rejistrados los departamentos in- 
teriores. La soledad mas grande, mas definitiva reinaba en piezas 
y corredores. 

Naturalmente, los millonarios se hablan llevado también los pi- 
caportes, como recu^do de la imbecilidad del propietario. 

• • • 



Volvió a quedar fijo en la puerta él cartdon de papel con letras 
negras: Sg arrienda esta casa^ etc. Una mañana apareció en mi ofici- 
na un señor de levita mui abrochada. Pareda una escopeta metida 
en su funda. 

— ¿Tengo el gusto de hablar. . .? 

— Con el doctor Alvarez, especialista en enfermedades infeccio- 
sas, hijienista recien llegado de Berlin. 

— Lo celebro. Mi casa vale ciento veinticinco pesos mensuales 
al contado, sin picaportes. 

— No le he oido a usted lo último. 

— No importa. La primera mensualidad es anticipada. 

El doctor se llevó violentamente la mano al bolsillo y crei un 
instante que iba a sacar el revólver para matarme; pero con asom- 
bro, con estupefacción de mi parte, vi que el objeto sacado, era una 
cartera de cuero gris. 

— ^Aquí están los ciento veinticinco pesos — me dijo — arrojándo- 
melos con dignidad' sobre la mesa. 

Quise estrecharlo contra mi pecho, pero creí prudente disimular 
y agregué con un cinismo que jamas olvidaré. 

Hasta hoi he tenido mui buena suerte con los arrendatarios. To- 
dos me han pagado el canon anticipado. Espero que a usted le 
gustará la casa. 

Al dia sub-siguiente el doctor hijienista llegó a casa con los dos 
ojos casi enteramente saltados de las órbitas, y el sombrero colga- 
do en la punta del pelo. 

— [Señor! — me dijo con voz pavorosa — ¿cómo puede usted tener 
esa casa? 

— ¡Hombre! No sé quién me lo pueda prohibir. 



276 

— No, no; me refiero al deplorable estado profiláctico en que se 
encuentra. 

— ¡Cáspita! — ¿La ha encontrado usted ruinosa? 

— No me comprende usted. Su casa está en sumo estado de de- 
saseo. El jérmen de la tuberculosis vaga por todas partes. Hai mi- 
crobios hasta en la escalera. . . 

— No se alarme usted de eso, porque con el tráfico quedarán 
aplastados. 

— No, señor, yo exijo que proceda a hacer una completa desin- 
fección de la casa, so pena de rescindir el contrato. Hé aquí lo que 
yo exijo: i.° Encender en todas las piezas por diez dias y por diez 
noches consecutivas, mechas de azufre; 2,^ Lavar los techos y los 
entablados con una solución de sublimado al uno por mil; 3.** Em- 
papelar de nuevo las habitaciones, usando un engrudo mezclado 
con ácido fénico; 4.<> Cubrir todos los umbrales de las piezas con 
una mano de alquitrán; 5.^ Cubrir el piso de la cocina con una capa 
de carbón de Guyot, y pavimentarla encima con ladrillos someti- 
dos a una alta cocción; y 6.° Poner en todos los rincones escupi- 
deras anti-tuberculosas, conforme al plano adjunto. 

Caí desmayado arrojando espuma por la boca. Cuando volví en 
mí, recapacité cinco minutos y resolví avenirme a todo. 

—Está bien — repliqué con la voz temblorosa. — ^Todo se hará co- 
mo usted lo desea. 

Diez operarios con delantales blancos, dirijidos por el doctor y 
pagados por mí, procedieron a realizar ese programa de sanea- 
miento, con una minuciosidad tal que mi bolsillo se encontró con- 
movido hasta sus entrañas. 

Por fin, quedó todo terminado. El doctor metido siempre en su 
funda o vaina negra, llevó su familia al nuevo domicilio; una fa- 
milia igualmente abotonada de pies a cabeza, de manera que pare- 
cían todos una colección de lápices dentro de sus cápsulas. 

Pasaron treinta dias de serenidad, y uno, quizá el primero del 
siguiente mes, me notificó el doctor que se iba por no encontrar 
del todo salubre la casa, y después de abonarme una mensualidad 
se despidió efusivamente y se marchó. 

Yo quedé enfenno. ¡Perder un arrendatario tan hijiénico y tan 
puntual; pero sobre todo tan hijiénico! 



277 

Llegó el momento de abrir la casa, y casi me fui de espaldas. No 
pondero: quince carretones de basura, no bastaron a sacar de allí 
todas las cascaras, papeles, restos de comida, corchos, cambuchos 
de botellas, plumas de gallina, etc., etc„ que la familia del hijienis- 
ta habla acumulado, en piezas, galenas y rincones. 

Hasta en el salón habia cascaras de naranja, tapones de cerveza, 
restos de plátanos y papeles rotos. 

a fi ^ 

Debo cortar mis memorias, pero con el deseo do seguirlas algún 
dia. Faltan para completar estas verídicas impresiones, una señora 
con hijas y un profesor de baile, que después de los arrendatarios 
enumerados, siguieron sucesivamente, amargando mi existencia. 




UH ñLmUERZO.... 



<— Ha sido reducido a prisión el comi- 
sionado de esta policía Eleuterio Alvarez, 
que fue mandado a dejar un reo a Snn 
Femando. Este convidó en Curicó a al- 
morzar al guardián, bebiendo varías co- 
pas de vino, y resultando al final que el 
guardián quedó embriagado y el reo se 
higó.» 

(Tblegrama db Tai,ca) 

isiON delicada, escabrosa y de indudable responsabilidad Ir. 
de conducir un bandido a Santiago! 

Kl modesto funcionario policial de provincia, llamado 
al despacho del comandante, y hecho depositario de mi- 
sión tan difícil, se atusa orgullosamente los bigotes ante 
sus camaradas en «d cuerpo de guardia y sonrie de gusto. 

— Me voi a la capital — compañeros — llevando al Pcjegallo Con 
esta prueba de confianza me reconcilio con d comandante y nic 
gano él ascenso. ¡Cáspita! No todo ha do acr ruina este año. 

Y él comisionado se soba las manos y mira al través de la 
ventana la luminosa mañanita de febrero, clara, límpida y traspa- 
rente. 
Esa noche se come mas alegremente en la casa del comisio- 

10 




28o 

nado y la mujercita abre un tarro do duraznos al jugo, para 
celebrar ese viaje que puede ser el principio de cosas buenas y de- 
scadas. 

-s-¿Lo ves Julia? Ya se acabó el infierno que se nos habia caído 
encima. Ya te lo he dicho muchas veces: cuando vienen las cosas 
malas vienen en chorrera; pero cuando comienzan las buenas, en- 
tonces, nadie las ataja. Se nos fué Garlitos primero, perdí después 
mi puesto en el correo, el comandante me recibió con ojeriza, tú te 
enfermaste del hígado, perdí cincuenta pesos en las carreras y se 
me dió vuelta un frasco de aceite en mi dolman nuevo. Pero de? - 
pues principiaron las buenas cosas: se murió tu madre, me aumen- 
taron en diez pesos el sueldo, Garcia me pagó los veinticinco pe- 
sos que me habia pedido para el dieciocho, y hoi me encargan ir a 
Santiago nada menos que a llevar al Pejegallo. . . ¿Sabes lo que me 

dijo el comandante?. . . Entré yo, me miró y me dijo: Alvarez: ¿se 

atreve usted a llevarme al Pejegallo a Santiago? Yo me quedé mi- 
rándolo y después le contesté mui tranquilo: Mande no ma";, mi 
comandante, que yo me atrevo a todo.— Bravo — me dijo—tú eres 
de mui buena voluntad y harás carrera. . 

— ;Así te dijo? 

— Así mismo, Julia. Y yo creo que si eso no significa que me as- 
cienden, no sé yo castellano ni tengo dos pies. 

— ¡Qué g^sto! Mira, yo te voi a confesar una cosa. Si te mandan 
con el Pejegallo, es por San Antonio. . . 

— ¡Bali! ¡Tienes tú unas cosas!.. ¿Cómo pegas a nuestro padre 
San Antonio con el Pcjtgallo? 

— ¿Que como? Con siete velas que le he encendidol 

—¿Al Peje? 

m 

—Estúpido. No bromees que te puede castigar Dios. Las siete 
se las encendí á San Antonio, por tres cosas: porque se te quite el 
vicio del cigarro, porque no te juntes con Garcia y porque te as- 
ciendan... 

— Bueno. Tú dices que San Antonio se preocupa de estas co- 
sas . . Puede. . . Lo cierto es que esto me mejora a ojos vista. ¿Me 
arreglas la maleta? 

— ¿Qué llevas? 

— Una camisa, dos pnres de calcetines. 



281 

— ¡Derrochador! ¿No te los cambiastes la otra semana no masi 

9É 9É Hi 

Arreglada ya la maleta, y el comisionado con ella en la p uerts 
de la cárcel esperando la entrega del Pejegallo. Por fin, y después 
de mucha espera, sale éste encojido, con el sombrero en la mano y 
con una cara de mosca muerta, que cualquiera lo creería sacristán , 
antes que bandolero de la high Itfe del bandolerismo. 

— ¡Pajarito! — le dice el comisionado, remeciéndolo úe un brazo 
—¿le gustan a usted las pildoras?. . . Supongo que nó. Bueno! dos 
o tres te voi j'o a meter si tratas de echar el vuelo. ¿Ves esto? 
¿Sabes tú cómo se llama? Esto es un esmitihueso lejitimo de cinco 
tiros. Con dos bastan para \L 

El Pejegallo oye anonadado todo esto, mientras se coloca un ruin 
sombrerito plomo en la cabeza y se suspende los pantalones con 
las dos manos. 

Y los dos, conductor y conducido, echan a andar hacia la esta- 
ción y no tardan en ocupar los asientos de segunda clase, uno al 
frente del otro. Un escritor diría que allí habia un trozo de hielo 
entre ambo?» viajantes; pero nosotros no diremos tal cosa: indife- 
rencia habría, pero hielo. . . ¡cá! ojalá, porque se lo hubieran comido 
para el calor. 

El Pefegallo, hombre de muchísimo mundo, y acostumbrado a 
encontrarse en tales trances, iba divertidísimo al ver la gravedad 
de primerízo del comisionado. 

—¿Fuma usted, señor? — preguntó el bandido alargando amable- 
mente una cajetilla de cigarros cycles. 

—Gracias. No fumo. 

Y el Pejegallo se guardó la cajetilla después de sacar uno, encen- 
derlo y echar el humo despreocupadamente 

—Fumas, como sí no te pasara nada desagradable! — observó el 
comisionado. 

— jPhs! ¡Qué le voi a hacer, pues señor! Estoi en la mala y aga- 
cho la cabeza! ¿Qué vamos a Santiago? Bueno; no seré yo el que 
resista. El que la hace, la paga: yo la he hecho, y la estoi pagando. 

—Pareces razonable. 



282 

— Un algo. Yo soi así. Cuando estol dado, estoi dado. Usted no 
me creerá, pero en llegando a Santiago yo le voi a hacer a su mer- 
cé entrega de todo lo que tengo. ¿Para qué lo quiero yo? ¿Para qué 
me lo roben en la capital? Prefiero que usted lo guarde, y si algu- 
na vez salgo, me lo devuelva. . . 

— ¿Es mucho? 

— ¡Phs! Una miseria. . . trescientos pesos, 

— Dame un cigarro. 

Un momento de silencio reinó entre ambos. El tren corría des- 
bocado. Al través de los vidrios se veia el campo verde, ilimitado, 
convidando a la libertad. . . y al Pejegallo se le hacia agua la boca 
mientras echaba su chupada a la colilla y soplaba el humo. . . 

£1 comisionado, entre tanto, pensaba y pensaba. ¿Tenia algo de 
inconveniente ser depositario del dinero de un bandido? Nada! Si 
el Pejegallo salia de la cárcel, bueno, allí estaban los trescientos 
pesos; y si no salla, también. En cambio ¡qué cantidad de cosas 
podian hacerse con trescientos pesos! Pagarle al despachero los 
veintidós pesos sesenta, para que no chille; comprarle un vestido 
a la Julia y guardarse lo demás para un apuro. Quedaba un punto 
oscuro, un verdadero caso de moral. Esos pesos ¿serian robados? 

— Oye, Pejegallo, Esos trescientos pesos son robados? 

— No me ofenda, patrón. Son mios, y mui mios: dos bueyes y 
un caballo ensillado que le vendí en Parral a mi primo Fundador 
Reinoso. . . 

Y nuevo silencio, y nuevas chupadas, y nuevo sueño. La cara 
niefistofélica del Pejegallo sonríe de una manera atroz, pero vuelve 
a su natural y filosófica indiferencia cada vez que los ojos del co- 
misionado le caen encima. 

— Bueno, pues, Pejegallo, A mi no me gustan estas cosas, ¿eh? 
Pero me has caido en gracia, y acepto. . . 

— ¿Y será usted tan bueno, señor, que me acepte un convite a 
almorzar en Curicó? 

— ¡Ahí eso es imposible, yo tengo obligación de llevarte a San- 
tiago... 

— ¿Y? ¿Que no vamos a Santiago? Si es solo un almuercito 
Pero, en íin, si usted no quiere. . . 

— Bueno; por no desairarte. . . 

•tf kM IV 



283 

V una vez que el tren entró en la estación de Curicó y el freno 
lanzó su silbido agudo y moribundo, los dos viajeros descendieron 
al anden, no sin que el comisionado fijara sus ojos sobresaltados 
en el Pejegaüo. Pero éste iba indiferente como siempre, tranquilo, 
silbando... 

Por fin quedan delante de la mesa y un mozo corre a colocarles 
dos platos con carne fria y rabanitos. Luego la cazuela y una botella 
devino blanco pedido por el Pefegallo, a indicación del comisionado. 

— Mucho tiento, amigo — dice elcomisionado, al echar el primer 
trago — mire que 3*0 estoi haciendo mucho en estar aquí. . 

— Deje, señor, que nos alegremos un poco. jVoi a pasar tanto 
tiempo a la sombra! 

— Tienes razón. 

A la cazuela siguieron unas costillas con pebre, con las que 
ambos se saborearon, remojándolas con lo poco que ya quedaba en 
la botella del vinito blanco. 

Pero el comisionado comenzó a yerlo todo mui bonito: el dia 
mas claro, la mesonera mas buenamoza, al Pefegallo más simpático. 
Y al través de esos cristales vagos y movibles con que se mira 
todo a los primeras copas, el funcionario policial se sentia mui 
feliz, mui joven, mui dichoso... 

— ¿Con que bandidito, eh? Pefegallo travieso? 

— No, señor, se hace lo que se puede 

— Mira, Pejegalliio, pejegalloncito. . . ja!. . . ja! . . ja! . . Mira ¿te has 
divertido mucho en tu vida, ah? cuántos tiritos has apuntado? 

— No, señor; no sea bromista. . . 

— Anda, pillastron... Pefegallo. 

— ¿Señor? 

— ¿Se va el tren? 

— Xo, señor, no se va: atráquele al cordero que está mui bue- 
no .. 

— ¡Oye, Pefegallol Una confianza: ¿tú pagas? 

— Yo, patrón. 

— Entonces pide vino. . . 

Y se pidió vino, y el comisionado se sintió furiosamente atacado 
de risa con el nombre de Pefegallo. 

— ¡Qué gracioso! Es el nombre mas divertido, Mira, cuando tú 



284 

salgas de la cárcel, vamos a sembrar una chacras en inedias ¿ah? 

— Sí, señor. Un maizal. . . 

— ¿Un maizal? No, nó y nó. Un tomatal enorme, de diez cuadras 
y ademas un sandial. ¿Que te parece? 

— Bien, pues señor. 

— ¿Has dicho que te parece mal? 

—No, señor; que bien, que mui bien. 
^ — Me gustas, Pejegallo^ porque eres un hombre dficidido. ¿Tú 
crees que a mi me ha hecho algo el vino? 

—No...' 

— ¡Bah! ¿A mí? jOcurrencias! Estoi fresco cqmo una lechuga 

Y el comisionado se balanceaba sobre su silla y miraba ai ban- 
dido con tiemísimos ojos, 

— Oye, PeJ€gallo\ no sigas esa vida de bandolero, chico. Te lo 
digo por tu bien. A mi me da lástima de verte así, preso. . Me dan 
ganas de llorar. . . 

Y el comisionado larga el llanto y apoya la cabeza sobre sus 
brazos... 

— ¡Peje! Me siento mal. No te vayas a ir, Peje, Acompáñame. Si 
te empeñas sembraremos el maizal. 

% % % 

— ¿Dónde estoi? — preguntó el comisionado al día siguienlc. 
estirando los brazos y desperezándose después de tan largo sueño. 
Debo estar en la capitaL 

— iNo, señor! — dijo burlonamente un centinela lI través de la 
ventanilla — ¿qué ha hecho del Pejegallo? 

Ese nombre hace brincar al comisionado. De un golpe se le 
viene todo a la imajinacion, y piensa lúgubremente 

— Se me heló la chacra! 

Después la pena le coje, y larga el llanto, . . pero esta vez de 
veras. 



c3^ ¿1^ 



rompuTos 



OuiEN no sea de estopa y se dé el incómodo lujo de usar ner- 
vios, no debe asistir en dia de elección a los cómputos que 
se hacen en las secretarias de los partidos. 
Las impresiones mas contradictorias se suceden unas tras 
otras, en interminable serie, sin dar tiempo para que el espí- 
ritu se reponga y vea claro en medio de tanta anarquía. 

Al rededor de una mesa, cuatro o cinco personas inclinan la 
cabeza sobre estensos pliegos de papel blanco, rayado en estrechas 
columnas, donde van aposentándose números y mas números. 
Mas apartados se agrupan otros, estirando el cuello y clavando los 
ojos en esas filas de cifras, que van alargándose como cadenetas 
de hilo negro, irregularmente tejidas. 

De repente, una puerta se abre violentamente y un hombre jo- 
ven, bien vestido, con el sombrero algo abollado, apretando ner- 
viosamente en la mano un papel, entra de sopetón y dice con voz 
estentórea: ¡cuarta comuna! 

Todas las cabezas se levantan, todos los ojos se clavan en él, y 
encontrándose el recien venido con la importancia necesaria, ¿c 
deja caer en un sillón. Después de haber hecho esperar algo la an- 



286 

siada cifra, se deja oin «trecientos cuarenta, contra cuatrocientos 
cuatro.» 

Los que hacen los cómputos, colocan las nuevas cifras en lo^ 
huecos que las esperan > ensayan una suma al márjen, para ver s^ 
ha alterado el cómputo. 

— Caballeros — grita el que ha sumado mas rápidamente — ¡gana- 
mos por veinticuatro votos! 

La noticia cunde, las puertas se abren, una voz clara dice afuera 
al público que pide noticias. 

— Señores: un triunfo colosal corona nuestros esfuerzos. Una 
mayoria de trescientos votos arrojada por los cómputos, nos per- 
mite confíar en la victoria. 

Grandes aplausos y gritos. La jente se abalanza a la calle y un 
momento mas tarde una poblada viva con entusiasmo loco al can- 
didato. 

Las caras de los que hacen los cómputos están sonrientes y 
satisfechas, y como no llegan nuevas noticias, se encienden los 
cigarros y se charla. 

Un instante después, la campanilla del teléfono repiquetea fu- 
riosamente. Alguien descuelga el fono y habla: 

— . .Si. . mal resultado . . ¿cómo?. . .por sesenta y ocho votos? 
¡qué barbaridad!. . . un tuiti. . . ^ los comisionados.' 

Todos los que están sentados se han puesto de pié aproxi- 
mándose al teléfono para ver si se descubre algo de lo que se 
dice 

— ...pero eso es enorme... ¡quién sabe si todavia se puede 
remediar!. . . 

— ¿Qué haL' ¿qué ocurre? — preguntan los que rodean, y2i nenio- 
sos y pálidos por la emoción. 

— Háganme el favor de callarse, caballeros, que no oigo nada. 
replica el otro. . . si. . . perfectamente. . . procure ver a López inme- 
diatamente. . . está bien. . . no lo felicito. . . adiós. 

Junto con colgar el fono, diez preguntas caen sobre el que habla- 
ba, y es menester contestarlas todas. 

— Una comuna perdida por sesenta y ocho votos. Se nos ha he- 
cho un tutti escandaloso. ¿A ver los que llevan los cómputos? 



287 

Apunten: cuatrocientos sesenta votos contra quinientos treinta y 
ocho. 

—¡Perdemos por cuarenta y cuatro' 

— Es menester ocultar. . . 

— Que no se nos conozca en las caras. 

Afuera la algarabía crece. La noticia del triunfo ha recorrido 
las calles, y enjambre de partidarios pide detalles. El clamoreo se 
hace ensordecedor, y hurras y vivas resuenan a cada instante. 

Un audaz sale de nuevo, y haciendo de tripas corazón, grita: 

— Señores: el triunfo se confirma, la mayoria aumenta; los cóm- 
putos ratifican nuestro triunfo. Los enemigos se entregan a las 
mas audaces falsifícaciones; pero nosotros sabremos evitarlas con 

dignidad y con talento! 
Enormes aplausos saludan al orador, que entra de nuevo al 

sanctasanctórum y se deja caer en un sofá, 

— ¿Pero es cierto que vamos perdiendo por cuarenta y cuatro? 
¿no se habrán equivocado en la suma? 

— Xo señor. 

Y las caras se alargan se alargan de una manera atroz. 

Nuevo estrellón en la puerta; un comisionado entra y se acerca 
a la mesa con faz airada: 

— ¡Nos han partidc en la décima comuna! Perdemos por ciento 
cuatro. 

— ¡Qué barbaridad! ¡Pero ahí no se ha trabajado! 

— ¡Cómo que no se ha trabajado! No, señor. Quien tiene de esto 
la culpa es la secretaria. . . 

— ¿La secretaria? usted no sabe donde está parado. . . Los comi- 
sionados de la undécima faltaron a sus puestos. 

— Eja es la injusticia de siempre. Y sacrifiqúese uno para que 
no se lo reconozcan! 

—¡Caballeros! — dice alguien— todo cargo es ahora estemporáneo. 
Todo el mundo ha trabajado como ha podido. 

—¡Duodécima comuna! grita otro, penetrando como un ciclón, 
cuatrocientos sesenta y cuatro votos, nosotros; ciento cincuentn 
ellos. 

— iBravo! ¡Eso es trabajar! ganamos otra vez. 



288 

Y los del cómputo escriben afanados, y suman con vertijinosa 
rapidez: 

— Hemos pasado por doscientos sesenta. 

Gritos aiuera que piden noticias, y oradores que hablan. Todos 
los del sanctasanctórum se lanzan de la pieza a dar las buenas noti- 
cias. I<a algazara sube de punto y los vivas se hacen mas sonoros 
y estruendosos. T^os entusiastas se abrazan y se estrechan las 
manos y tres o cuatro centenares de personas salen a la calle vi 
vando estrepitosamente. 

Los del cómputo han vuelto a sus asientos y miran, con loca 
alegría, esa última simpática cifra que ha cubierto con creces si <!(> 
ficit que dejaban las anteriores. 

De repente el comisionado que habia dado la buena nuev;:, 
vuelve azorado, con los ojos abiertos y rojo como una bcU- 
rraga: 

—Señor, señor ¡si me he equivocado! Yo no sé lo que tengo en 
la cabeza. Es al revés: ciento cincuenta votos nosotros y cuatro- 
cientos sesenta y cuatro ellos. . . 

—¡Qué animal! ¡Pero hombre! ¿Está usted idiota, caramba? ¿Ha- 
bráse visto imbécil? 

— ¡Qué quieren ustedes! si tengo un dolor de cabeza atroz.. 

Y los del cómputo borran resignadamente, cambian las cifra.sy 
sr.can el resultado al máijen: 

—¡Estamos perdidos! ¡quinientos votos de diferencia! 

—¡Ya no nos reponemos! 

—Imposible! 

—Yo no tengo la culpa; me habia equivocado. 

—Salga usted de aquí, so tonto, que ha venido a embromamos. 

Vuelven afuera los gritos a preguntar detalles. Las puertas se 
cierran con llave, para que nadie se aperciba todavía del cambio (': 
situación. 

De diversos puntos telefonean, pidiendo resultados y es. menes- 
ter responder con voz entera que hai buenas noticias, pero qvi: 
aun faltan muchas mesas cuyo escrutinio no se conoce;. 

El candidato en persona, entra, pálido, desencajado, y se deja 
caer en un sillón: 

—¿Hai esperanzas? 



¿«9 

—Pocas. . . pero haL 

—¿Faltan muchos resultados? 

—Como veintidós. 

—Entonces estamos salvados. 

Un rayo de esperanza pasa sobre los pliegos de papel, en que la 
cadeneta negra se ha alargado en muchas fílas. Algunos cigarros 
ae encienden y hasta una que otra risa estalla sofocada. 

La noche avanza y con ella van acallándose los ntmores de las 
calles, y apagándose los vivas. 

Mucho rato trascurre sin que la puerta se abra y entren nuevos 
datos. El peso de los quinientos votos es abrumador y mantiene 
aplastados y mudos a los circunstantes. 

—Yo siento vivas, dice alguien. 

—Sí; parece una poblada 

—¿Vendrán a atacamos? 

—Seria eso tras cuernos palos. 

Y, en efecto, se sentia un rumor como el que imita las turbas 
que se acercan, en el teatro. 

De repente alguien descubre que es el gas el que produce este 
ruido, y disminuye los enoUnes abanicos de luz que se escapan 
sonoramente de los quemadores. Con esta precaución, las turbas 
parecen alejarse. 

Pero el decaimiento vuelve. Por fin, después de larga espera, un 
galope de caballo suena en los adoquines, y se detiene en la puer- 
ta; después un ruido de pasos y espuelas se siente en el pasadizo 
y la puerta se abre con estruendo. Un huaso alto, fornido, moreno, 
con poncho, botas y espuelas de enormes rodajas, se precipita con 
•la sonajera de sus arreos, y alarga un sobre. 

—El propio de Colina— dicen varios. 

—Apunten ustedes — dice otro rompiendo el sobre y dictando 
unas cifras. 

El cómputo se mejora; pero las incertidumbres siguen. Un ca- 
rruaje a cuatro caballos se detiene a la puerta y tres o cuatro per 
senas entran corriendo: 

— iBarrancas! 



290 

Los quinientos votos van bajando] y con ello vuelven a encen- 
derse cigarros y a estallar las charlas. 

Pero como ya despunta la mañana y hace mucho frió y la ten- 
sión del ánimo ha gastado las fuerzas, comienzan a dispersárselos 
computadores y con dios, a apagarse las luces.. . . 

Volvemos a repetir. Quién se dé el lujo de tener nervios que no 
asista a cómputos de ninguna clase. 



Jf Jf 



en mñRCHñ 



PRIOIERñ CLñSE 



El* piteo del conductor, el silbato de la locomotora y el tirón de 
carros en que suenan las cadenas y chocan los topes, ha 
puesto ya en movimiento el largo convoi y quedan solo las 
manos que al través de las ventanillas se ajitan y las que 
desde el anden contestan como queriendo retener y alargar 
ese momento supremo del adiós. 

Siempre nos ha parecido el tren que parte y que se aleja, com- 
pleto símbolo de la ausencia y del olvido. Los seres que hemos 
querido, los deudos que han abandonado la tierra, los recuerdos 
gratos al espíritu, los amores tronchados por la ventolera de la 
suerte, son rostros pálidos, que asomados a una ventanilla, se van 
alejando rápidamente, hasta perderse en las borrosas lejanías del 
horizonte azul. 

Pero no poetisemos, porque el convoi no se desliza como 

una vela blanca sobre la tersa superficie de un verde lago, sino que 

salta, brinca, tiembla y culebrea sobre los ríeles de acero, como 

una ferretería que se desarma y descuaderna. 

Un tren es un completo organismo social. Es un pedazo de ciu- 



292 

dad que viaja. El problema de las clases no se queda en el andén 
de la estación, sino que se cala también el gorro de viaje y se con- 
fia a la buena voluntad de los émbolos. La primera, la segunda y 
la tercera clase, limitadas perfectamente en la boleteria y absoluta- 
mente separadas en los vagones, prueba que aun en marcha hacia 
lo desconocido (porque ¿quién duda de que los trenes marchan 
ahora a lo desconocido?) debe existir la realización del cuerdo re- 
frán español «cada oveja con su pareja» y «tal para cual y Pas- 
cuala para Pascual.»" 

No hablemos del Pullman, como no hablemos tampoco del carro 
fúnebre estraordinario, ni de los palcos cuevas del Municipal, 
porque solo son éstos grados superiores dentro de la primera 
clase. 

Reduciéndonos solo a los trenes, sentamos algunos axiomaii i:i- 
discutibles: 

En primera, viajan los que tienen antojo o placer de vlnjo:. 

En segunda, los que tienen necesidad de viajar. 

En tercera, los que han recibido orden, encargo o mandato de 
viajar. 

Con mas claridad 3' menos palabras: en primera se viaja por ca- 
pricho, en segunda por necesidad y en tercera por obediencia. De 
donde se deduce— como dicen los profesores de matemáticas — que 
en primera clase predomina la satisfacción, en segunda la pacien- 
cia y en tercera la resignación. 

Comenzamos por la primera clase, porque como no somos socia- 
listas, consentimos en admitir los números ordinales y creemos, 
por consiguiente, con sinceridad, que uno está antes que dos y 
mucho antes que tres. 

En primera clase se nota mucho equipaje. Maletas debajo de las 
piernas, sacos metidos bajo los asientos, paquetes, bastones y cajas 
de sombrero en las redecillas y aun maletines y ramos de flores o 
jaulas con canarios sobre las faldas. 

A un estremo del carro, una familia numerosa ha ocupado va- 
rios asientos. La señora, con una capa de viaje un poco antigua, 
capota con violetas de corona fúnebre y velo negro, cabecea acom- 
pasadamente mientras un rayo de sol que pasa por la ventanilla, 
idealiza un poco su tranquila figura de madre de familia \4rtuosa 



393 

y fecunda. En el asiento del frente, dos niñas con velo blanco, con 
ese sentador velo blanco que convierte a las mas vulgares morenas 
en odaliscas ejipcias miran el bienaventurado sueño de la mamá y 
se sonríen. En el otro lado, la mayor délas niñas, una morena alt^, 
de perfil delicado, tiene en su falda a un chiquitín hermanito suyo 
y pierde su vista embelesada en el campo que se estiende intermi- 
nable hasta los cerros azules de la cordillera. La sonrisa leve que 
vaga en su rostro, la viveza con que los ojos están fijos en la leja- 
nía, hacen pensar que no es el mundo esteriorlo que atrae su aten- 
ción, sino el mundo interno de recuerdos y esperanzas. Cualquiera 
diría que tiene la misma manera de mirar que el joven guardia- 
marina que por primera vez se va a lanzar a los azares del océano, 
abandonando las costas de la patria. Flota en torno suyo esa dulce 
embriaguez del espíritu que idealiza la vida y que hace pensar que 
la bellísima morena se va a embarcar para surcar mares descono- 
cidos. . . El chico la saca de su abstracción, dándole una palmadita 
en la mejilla para espantarle una mosca que había buscado allí te- 
rreno firme. 

Otro chico se ha asomado por la ventanilla y el viento le ha 
arrebatado traidoramente su gorra de marinero que ostentaba or- 
gulloso el letrero de (yiltggins, Llorando a mares, el desgraciado 
exije imperiosamente que se haga parar el tren. Por fin se logra 
convencerle que eso no es posible y él entonces, secándose las lá- 
í^imas con la manga, dice sollozando: 

— El conductor lo va a hacer parar a la vuelta y se va robar la 
gorra para sus chiquillos! 

Y otros vastagos de la misma señora, que duerme imperturbable, 
se entretienen en ver cómo los árboles parece que caminaran en 
sentido contrarío al tren, y como los animales se ven tan chiquitos 
que parecen cosa de juguete. 

En otro asiento tres caballeros, dos de ellos diputados y el otro 
agricultor, conversan en voz baja y accionan vivamente. A pesar" 
de que hacen esfuerzos porque no se les oiga la interesante discu- 
sión, es fácil pescar palabras sueltas: 

— . . .es un hombre preparado. . . 

— . . .serio. 

—El país necesita una mano de fierro. . . 



?9A 

— . . .la administración corrompida. . . 

— . . .yo lo prefiero a todos. . . 

Mas lejos hablan dos señores de la cosecha, de engordas, 
del precio de los animales, de la ruina de los árboles frutales. . . 

Mas lejos aun, un presbítero reza en su breviario y de cuando en 
cuando se distrae mirando hacia el campo. 

En un estremo un hombre pálido, desencajado, envuelto en un 
sobretodo de invierno, tose incesantemente: 

— jDon Anastasio! — esclama otro— ¿cómo está usted? 

—Ya lo vé. . . haciendo hora para la tumba. . . 

—No diga usted eso, hombre; usted respira salud por todos los 
poros. . . 

— Es demasiado amable, don Miguel. Yo voi a menos, lo siento 
y no puedo evitarlo. 

Y un nuevo acceso de tos hace ponerse encamado ese rostro 
pálido y cadavérico. 

Un matrimonio cierra el vagón: los dos están juntitos y con- 
versan tan incesantemente como si nunca se hubieran hablado 
nada. 

Y ese es el carro de primera, descolorido, estirado, monó- 
tono. 



5E6UnDñ CLñSE 



El carro de segunda clase es el que lleva el cocavL La canasta 
tradicional con un pollo fiambre, una botella de vino dulce, pan, 
queso, un trozo de longaniza y bizcochuelo. no hace falta nunca 
bajo los modestos asientos de segunda. 

— A mí todo se me puede olvidar — dice una señora gorda — me- 
nos el cocaví para el camino, porque todo es dar el pitazo el tren y 
yo sentir un acabamiento de estómago que me desespera. . . 

Y en efecto, a poco andar, la señora saca de entre sus vestidos 
un trozo de pollo y hace que tire de un estremo su hija tan erape- 
friollada como ciir.sL: 



—Pero, mamá— dice la muchacha— fíjese que ese joven que 
está aquí detras me viene pretendiendo. . . 

— Jesiis! No vayas a perder tu puesto de estUutriz porque te ven 
comiendo. . . Tira, tonta. 

—Pero mamá. . . Me voi a sacar los guantes. 

— No seas ordinaria. Comer con guantes es la suprema disl: li- 
ción. . . Cómete este encuentro. 

La estiiuinz dá una mirada de tortuga agonizante al joven que 
la pretende, para significarle que ella no necesita de encuentros 
para alimentarse. . . aunque a los dos bien le vendría un encuentro 
para hablarse cosas melifluas y amorosas. 

El joven que la pretende, ama en ese instante mas que a la joven 
al pollo, porque sus recursos solo le permiten almorzar dia de por 
medio . . 

— Yo le voi a ofrecer longaniza — dice la señora. 
—Pero, mamá... 

— ;Vé! ¿No va a ser mi hijo polítido el dia menos pensado? ¡Pues 
basta de políticas!. . . Oiga, jovencito, arrímese, que aquí traernos 
cocaví. . . 

El joven se ruboriza, vacila, y concluye por aceptar, estrechando 
con una mano la de la institutriz y con la otra la próvida longani- 
za que se le alarga. . . 

—A mí no me gastan etiquetas. . . A usted le parece bien la 
Amelita, a mí me parece bien usted y nohai mas... ¿Quétal la longa- 
niza, ah? Muí barata. . . Mire usted, aquí donde usted me vé, yo soi 
inui aficionada a las cosas de chancho, y ando en Santiago detras 
de las chancherías a ver dónde hacen las longanizas mejores y 
mas baratas. . . Lo que es para los chorizos, no hai como la calle 
del Puente y para las longanizas, en la plaza misma. . . En cuanto 
a las chuletas no las compre usted en ninguna parte . . 

— Nó, señora, no las compraré. . . 

—No, no las compre, porque tienen unas cosas que llaman tns- 
r^/>raj que viene a ser algo como si lloraran los ojos. ¿A usted no le 
llora algo? 

— Sí, señora, el estómago. . . 

— Coma u.sted con confianza, hombre. Usted ha cdido bien en la 
familia... 



^96 

— Sí, señora, gracias; pero temo que la longaniza no caiga bien 
en la familia, quiero decir, en mi estómago. . . 

— ¡Qué ocurrencMa! Aquí tiene vino dulce. . . Este vino me lo 
manda de Cauquenes mi hermano Simón. . . ¡Ai ese bienaventura- 
do! Es un hombre de Dios. . . ¿Usted no lo conoce? 

— No, señora. . . 

— ¡Cómo! ¿Usted no conoce a Simón? 

— Si, señora, de nombre muchísimo, y hasta de vista, porque un 
día hablé con él por teléfono. . . 

— Bueno, pues ahí, donde usted lo vé, tiene una mujer que es 
un demonio .. 

En fin, doña Úrsula sigue hablando ella sola, mientras el joven 
r!evora a la longaniza con la boca y a la institutriz con la mira- 
da. .. 

— Oiga, Ramón— dice de repente la muchacha — no me gusta 
que sea usted tan espresivo cuando ande con los zapatos nueves; 
fíjese que me los ensucia. . . 

Y hace con la boca un jesto de regalo y de monería, tan esquisi- 
tamente cursi, que se echa de menos una máquina fotográfica. 

Un suspiro suena mas atrás, un suspiro largo, cadencioso, me- 
lancólico. . . ¿Es una garganta de mujer, la que lo ha emitido? No, 
señor. ¿Es siquiera la garganta de un cantante afeminado y sin 
contrata? No, señor; es un peluquero de largos bigotes encarruja- 
dos, de cabeza peinada con arte sin igual y oloroso como una ma- 
ta dejazmindel Cabo. 

Hai en esas ensortijadas ondas, todos los líquidos de todos lo."^ 
frascos de un lavatorio de peluquería. 

Campea sobre todo la esencia de heliotropos, un resto de agua 
de Colonia flota desvanecido, la quinina amortigua un poco al 
penetrante vinagre del tocador, el carUopsis del Japón se mezcla 
con la esencia de violetas, y el agua del Portugal es un lazo dt 
unión tendido entre tanto perfume. 

— Debe ser una persona distinguida — dice la señora gorda— 
porque huele muí bien. 

Al frente del peluquero se sientan dos individuos de manta, pe- 
ro con buena ropa. Uno de ellos es un cuadrino que va a buscar 
animales gordos a la Requínoa, y elotro un comerciante en frqo- 



297 

les que los compra en Curicó y los revende en las bodegas de 
Santiago. Los dos van mareados con las esencias del vecino y no 
tardarán en decirle alguna impertinencia. 

En seguida va una dama gruesa, morena que se puede llamar 
Irsolina Ahumada o Herminia Tapia, eminencia jinecolojistá lla- 
mada con precisión a Chimbarongo. Ella puede oponer una tímida 
defensa a los olores vejetales del peluquero, con cierto tufillo de 
ácido fénico que irradia hacia todos lados. 

Un maestro de escuela ronca con sus gafas en la punta de la 
nariz; un alumno de la Escuela de Clases que regresa a su hogar, 
sueña mirando al través de los cristales; un estudiante pobre lee 
una novela por entregas con adulterios, asesinatos y parricidios; 
y un seminarista arrinconado con timidez en un estremo lee un 
libro que se llama Ilarmonias entre la Ciencia y la F/. 

Al otro lado se vé una muchacha mui pintiparada, con aspecto 
de sirvienta de casa grande que va a la suya con permiso y lleva 
un baúl con diversos obsequios para la familia. Dentro del baúl va 
una tetera de plaqué, la misma que se desapareció en un robo en 
la casa de que es sirvienta, y de que se culpó al cochero por una- 
nimidad de votos; un par de botas de charol «de la señorita», tam- 
bién desaparecidos misteriosamente; un vestido negro de seda, 
metido por distracción en su caja, en vez de hacerlo en el ropero 
de la señora; y un par de pantalones del caballero, destinados a 
cubrirlas formas de su primo, con quien se ama clandestinamente. 

Y en la plataforma, fumándose un cigarrillo endemoniado, un 
italiano con cabeza de violinista, que seguramente piensa en 
Verdi... 

TERCERR CLñSE 

Jaula, mas que carro, el vagón de tercera clase ni es cómodo, 
ni es hijiénico, ni huele bien, ni presenta poesia de ninguna clase. 

Tampoco se ven en él maletas ni sacos de ropa, ni maletines, 
sino canastos de mimbre con huevos, atados de pollos y gallina 
y uno que otro pañuelo listado o a cuadros, con algunas docenas 
de brevas curadas. . . o anti alcohólicas. 



298 



9 



Flota en conjunto, cierto olor a persona, nada grato, el perfume 
natural de las aves, que tampoco es aristocrático, y el de los 
huevos que comienzan ya a sentir en su interior el jérmen 
de una vida oculta, o mas claro, el jérmen de un pollo aún invi- 
sible. 

En primera linea, al alcance de la mano, vá una mujer seca, 
arrugada, verdosa y triste. Lleva envuelto con el clásico desaliñe» 
de costumbre, el pañuelo de reboso que es al mismo tiempo para 
el pobre, abrigo, adorno, traje de fiesta, colcha, frazada y ta|>adera. 
Con ese pañuelo se casan, con ese pañuelo viven, con él trabajan, 
con él se acuestan, con él amanecen, con él bailan, con él se enfer- 
man y con él se mueren. ¡Oh fábricas europeas! Nunca encontra- 
reis para probar la buena calidad de vuestros tejidos, otro objeto 
mas elocuente y mas irrefutable, que el pañuelo de reboso de nues- 
íres del pueblo! 

. Nuestra vieja lleva ademas, dos pedazos de jabón bruto pega 
dos en cada cien, y según vá de preocupada y mal humorada, no 
debe ser mui eficaz el remedio. Una colilla de cigarro humeante 
y puesta detras de la oreja, como colocan la lapicera los oficinistas, 
nos demuestra que la viajera /i/tf. 

A su lado un huaso con manta roja, sombrero de pita, patilla y 
bigotes desgreñados, pero con una cara de bobalicón que es un 
encanto, bosteza, abriendo tamaña boca y cuidando de santiguár- 
sela cada vez para que no se le entren por ella ni las moscas ni los 
malos espíritus. Arde en deseos de entrar en conversación con la 
vecina, a quien conoce, pero no encuentra la palabra; por fin, hace 
un esfuerzo, se rasca la cabeza levantando por un lado el sombre- 
ro y habla: 

— ¿Y qué es de su vida, comaire? 

— Aquí lo estamos pasando, pué; viviendo pá no morirlos. 

— ¿Pal pueblo es viaje? 

— Sí, porque tengo a la Imacia en el espital, con la tis. 

— Y no le ha dado usté comaire, sandilla con vinagre. . .? 

— Nó, compaire. Los meicos le recetan otras medecinas impor- 
taos, que la alivian mucho. ¡Pobre Irnacia! 

— ¿Sortera, comaire? 

— Nó, compaire. 

— ;Casáa? 



«99 

• 

— ^Tampoco. Comprometía estaba cuando la pilló la tis. Pero er 
novio dice que no la espera, porque le apura casarse. ¡Pobre Ir- 
nacia! 

No lejos de esta pareja vá otra; pero de un mismo sexo. lyOS dos 
van de poncho de castilla y sombrero de pita, pero ninguno tiene 
la cara de bobalicón que el que acabamos de oir. Debajo del asien- 
to vá un cajoncito de tablas de álamo que dice con letras negras: 
erfamienias. Si fuera posible poner el cajoncito al alcance de los ra- 
yos Roentgen, sufriríamos una sorpresa al ver que en vez de for- 
mones, garlopas, serruchos y martillos, contiene cuatro carabinitas 
recortadas, convenientemente acuñadas con trapos y papeles. Quien 
sabe si por eso han escrito la palabra sin h, dejando la h para las 
de carpintería. 

Son los dos viajeros, el Zurdo y el Herefe, hombres de decisión y 
de empuje, capaces de descalabrar a un policial si se les pone por 
delante; que no dan a elejir entre la bolsa y la vida como se hacia 
en la antigüedad, sino que piden las dos cosas. Nacidos para el 
banquillo, saldrán el dia menos pensado en unos versos de ajusila- 
mietno; cada vez que tienen hambre se echan la carabina a la cara 
y ipum!; no comen el pan con el sudor de la propia frente, sino 
con el sudor y la sangre de los demás. Esos son el Zurdo y el Hereje^ 
dos abarrajados que acabarán mal. 

¡Qué bienaventurado sueño el de un rotito que afirmado contra 
la ventanilla, se ha quedado con la boca abierta roncando con apa- 
cibilidad de rumiante! Las moscas entran y salen de ella, y se pa- 
sean por su rostro y revolotean y juegan y se aman, y las aficiona- 
das d. las esploraciones suben hasta la punta de la nariz, y se creen 
por eso unos príncipes de los Abruzzos en miniatura. 

Morena, ñata, de ojos negros como el carbón, despeinada, pero 
buenamozona, una muchacha con vestido rosado de percal, se sien- 
ta al lado de su madre. Debe ser sucia como una escoba, pero tie- 
ne tinos ojos tan amorosos, una nariz tan arriscada, una barba tan 
redonda, y unos crespos tan naturales, que no cabe duda alguna 
de que se la disputarán para llevarla al altar y hacerla fecundísima 
e incansable madre de párvulos, destinados a morirse de cualquie- 
ra cosa. Debajo de ellas aletean algunos pollos sofocados. Y se 
comprende. 



300 

Frente a otra ventanilla, un lego de San Francisco, encargado 
de recolectar limosnas en los campos, sonrie apaciblemente, segu- 
ro de merecer la aprobación del superior, con un saco de fréjoles y 
dos de papas que ha embarcs^do en el carro de equipajes. De cuan- 
do en cuando se santigua disimuladamente, ya para desvanecer al- 
guna importuna tentación, ya para acabar algún rezo o meditación 
en que entretiene él espíritu. Su curva nariz se destaca frente al 
límpido paisaje que encuadra la ventanilla y parece un apagador 
de cirios amarrado a la caña. La sonrisa que flota en su pelada 
cara, es la nota mas elevada da este carro tan escaso en elevacio- 
nes y en detalles intelectuales. 

Lo demás es plebe dentro de la plebe, maleza dentro de la ma- 
leza; un borracho de nariz colorada y ojos picarescos, que recono- 
ce él mismo en voz alta encontrarse «algo rascuchin»; un soldado 
de fisonomia indiferente; unas dos o tres mujeres enfermas que 
van en busca de hospital, de ataúd o de médico; y un gasfiter que 
vuelve con todas sus herramientas y el pasaje pagado, de conectar 
unas cañerías y soldar un baño de latón. 

Y esa es la tercera clase, el estado llano, el pueblo o como se le 
quiera llaman mucha incomodidad, muchos olores poca poesía y 
poca hijiene. 




^^9^^^ ^ft^^^k ^ft^^^k ^^4^^k ^ft^^^k ^fttf^^k ^fttf^^k ^fttf^^k 

Sk 532. 92.532. 532. Se. Sk 532. 



Laucdator temporis actls 



(aiabador de los tiempos pasados) 




|amine usted Cañadilla abajo, Cañadilla abajo, y donde vea 
un letrero que dice A la gloria de Balmaceda^ se para, entra 
a un pasadizo y pregunta por don Floridor Cárcamo; él es 
el hombre." 

Estas eran las señas dadas por la persona que se intere- 
saba en que este señor caido el 91 en desgracia, se colocara en un 
puesto para el cual podíamos hacer valer algunas influencias. 

Andando. Pasa Ebner con sus chimeneas; la Escuela de Medi- 
cina con su fachada medio partenónica (perdón); un sin fin de tien- 
decitas chicas, baratillos y bazares; un millón de despachos con 
licores finos y muchas hojalaterías con tarros, palanganas, alcuzas, 
embudos y regaderas de latón colgadas en la puerta. Pasa todo 
eso y mucho mas, y cuando ya queda poca Cañadilla por delante, 
un letrerazo verde, color de la esperanza, nos indica que hemos 
llegado. Allí está La gloria de Balmaceda, Entramos al pasadizo, 
golpeamos y sale un señor de zapatillas, cojeando un poco y pa- 



3^^ 

sándose una mano por una soberbia pera napoleónica de .coronel 
retirado. 

— El señor Cárcamo? 

— Servidor. 

Le esplico la causa de mi visita y soi introducido en un salón- 
cito, modestísimo, en que una arpa con cintas, puesta en un rin- 
cón, me prueba que en la casa hai una niña, y un retrato Francis- 
co Bilbao me indica que también hai alguien qne profesa el radi- 
calismo primitivo. 

— Los pies andan mal, señor? 

— Todo anda mal, caballero. 

— Pero en especial los pies ¿ah? 

— Sí, señor; dolores reumáticos. 

— Su situación me dice que es mala: igual cosa me ha dicho 
don X. 

— Malísima. Calcule usted, estoi aquí de limosna; un correlijio- 
nario mió me tiene por amistad y por lástima. Yo que he tenido 
una buena posición, no puedo sostenerme así por mas tiempo. 
Deseo conseguir cualquier cosa, y trabajar en cualquier puesto por 
mezquino que sea. 

— Bien. Eso es lo principal. ¿Usted se ha ocupado antes?. . 

—Verá usted. Fui el 8o oficial del 2 de línea y llegué a teniente; 
dejéel cuerpo y después el ejército para trabajar en el campo. Mas 
tarUe fui oficial civil. Después me ocupó el gobierno en las elec- 
ciones. . . 

— jTate! Entonces no se usaba esto de libertad electoral ¿eh? 

— ¡Qué se habia de usar! Entonces habia intelijencia (con per- 
dón) y el gobierno estaba para mandar. El presidente de la repú- 
blÍ3a tenia el pais de cola y tirantes, y se metia el congreso al 
bolsillo. ¿Cree usted que entonces se iba a permitir que cuatro ga- 
tos echaran abajo un ministerio? ¡Que se guardaran caballero! (Pu- 
ñetazo en la mesa). El que no pensaba con el gobierno, no salia di- 
putado ¿no es lojico? sino, dígame usted con la mano en el corazón: 
¿El pais, es )»ais o no es pais? Entendámonos caramba! (Puñetazo) 
Llega un parlachin que se permite opinar contra el presidente, 
que se permite discrepar de los rumbos del gobierno. . . ¡Que dis- 
repe en su casa, canastos! (Puñetazo doble, salta al suelo un álbum con 



retratos). Pero no vaya al congreso a poner dificultades al gobierno, 
a cerrarle el camino con vallas, a armar zancadillas. Sino, ¿quién 
gobierna? ¿Para qué se ha nombrado a uno que manden ¿Qué dirá 
-el estranjero? Pero nó. Ahora les ha entrado con la tal libertad 
electoral que es una pamplina, una gran pamplina, una farsa cana- 
lla, caballero. (Triple puñetazo. Cae unjíorerito con rosas). ¿Porqué se 
hizo la revolución? Para recortarles las alas al gobierno, para qui- 
tarle una pata al sillón presidencial y dejarlo cojo, para que Roca 
nos pueda poner el pié encima ¡para eso! Ahora sale el presidente 
con que no intervendrá en la elección presidencial. ¿Ha visto us- 
ted dislate mayor? ¡Para qué está ese hombre ahí, ¡cáspita! sino 
para mandar, para imponer sus rumbos, para hacer pesar su vo- 
luntad? ¿Ese es un muñeco? ¿Es un poste? ¿Es un palo blanco? 
¿Qué es entonces, que no le importa que le suceda Juan o Pedro? 
¡Esto es infame, esto es villano, esto va para abajo! (Puñetazo, y 
vap para abajo una fosforera y un cenicero.) 

jAh, esos eran otros tiempos. Don Domingo Santa Maria, don 
José Manuel Balmaceda (se saca el sombrero), don Pedro Lucio Cua- 
dra, don Demetrio Lastarria, don José Francisco Vergara, ¡esos 
eran hombres! ¡Los de hoi son insectos! Entonces no se movia 
una paja si el Presidente no quería que se moviera. Cuando era 
oficial civil me trajeron de Peumo, y el mismo intendente me dijo: 
«Cárcamo, fuerte y feo con los opositores.» «Mi intendente — le di- 
je yo — ¿fuerte y feo solo? le juro su señoría que no se acerca un 
opositor a la mesa, sin que salga con el mate partido.» Fué en la 
Cañadilla señor, eso es ganar elecciones; se sableó, se dieron caba- 
llazos, hubo muertos y heridos, pero la ganamos. En la mesa en 
que me puso a mi el gobierno, lograron votar treinta y dos oposi- 
tores; pero el presidente les tarjó los números con una raya azul, 
y salió el total por el gobierno. ¿Lo vé usted? Asi sallan los con- 
gresos de un pelo, asi se hacia la voluntad de uno, asi progresaba 
Chile ¡cáspita! (Puñetazo feroz. Cae de cabeza un Mefistófeles de veso). 
El que manda manda, por quien o por la fuerza; sino entienden de 
palabras a sablazos entenderán. iFaltaba mas que porque al con- 
greso se le antoja, pueda un ministerio venirse al suelo! Eso es 
inicuo, señor. ¡Esos eran tiempos! ¿Esos eran congresos! ¡Esa era 
patría! 



3^4 

Y el ganador de elecciones se quedó con los ojos clavados en el 
horizonte de esa época. De pronto se interrumpió. 

— ¿Quiere usted saber una cosa? Si el presidente Balmaceda le 
hubiera dado un par de tiros a cada diputado o senador de oposi- 
ción, no habríamos tenido guerra civil. ¡Es que todo anda mal, 
señor! Es que hoi el gobierno se deja meter el dedo en la boca. 
Que tenga el Presidente su candidato, que lo lleve a las urnas, que 
llame a los niños de entonces, y yo seré su servidor y verá usted 
si no sacamos la unanimidad en todo el pais. 

En ese momento el ganador de elecciones volvió a la realidad, 
tosió, se enjugó el sudor con el pañuelo y tendió la vista hacia el 
tendal de objetos que su vigorosa mímica habia dejado en el suelo. 

Yo aproveché para despedirme pero noté que don Floridor Cár- 
camo miraba con aterrados ojos al suelo, donde yacia maltrecho 
el Mefistófeles de yeso, con su perilla rota y su mueca irónica tri ■ 
zada. 

— Señor — me dijo con dignidad — si tuviera usted ahí cincuenta 
centavos para mandar pagar este mono, se lo agradecería en la 
vida. Estoi aquí de limosna, de lástima 




SUBmñRIHOS 



EN estos momentos en que cada nación del orbe, ensaya su sub- 
marino, debemos dedicar brevísimas líneas a esta máquina de 
guerra, que será, el dia menos pensado, una asombrosa reali- 
dad en las armadas de los pueblos grandes. 

Desde luego salta a la vista, por nuestros telegramas de 
ayer, que los submarinos europeos se ensayan en pleno océano y 

los aijentinos y brasileros en baños de natación. 

En esta materia, es menester proceder con mucho tino. Un se- 
ñor, que habia estudiado durante muchos años el interior de los 
congrios para ver la manera de fabricar un submarino que fuera 
im verdadero pescado de acero, comenzó sus ^speriencias haciendo 
uno tan pequeño, que podia navegar en una copita de coñac. En 
seguida, alentado por el buen éxito, hizo otro mayor, para ensayar- 
lo en un aguamanil. Mas tarde estimulado por la prensa y por sus 
amigos, construyó un tercero, capaz de navegar en una taza de la- 
vatorio. Posteriormente y a impulso de numerosos informes favo- 
rable3, se arriesgó a hacer las esperiencias en un baño de tina. Mas 
tarde, con la ayuda del gobierno, con numerosas suscriciones po- 
pulares, y a los luegos de la familia, lanzó un nuevo modelo a un 
baÍ\o de natación. 



Hasta este momento todo le sonreía al inventor. El submarino, 
desde el agua manil, comenzó a revelar sus condiciones náuticas; 
era un verdadero pescadito que se movia a ñor de agua y se su- 
merjia empujándolo con el dedo, para volver a salir de nuevo a la 
superficie. Mas tarde aun, el submarino fué lanzado a la laguna de 
la Quinta, y allí, el inventor se sirvió de una picana larguísimal 
para sumeijirlo de tiempo en tiempo. 

Llegó el momento de hacer las cosas serias. ¡El océano! El nue- 
vo modelo, hecho naturalmente en forma de puro — porque esto de 
la forma es lo primero, tratándose de submarinos— fué lanzado al 
.mar delante de un escojido concurso. 

Pero allí se acabaron las condiciones náuticas vislumbradas en 
la copita de cotlac, pronunciadas después en el aguamanil, desarro- 
lladas en la taza de lavatorio, acentuadas en el baño de tina, y lle- 
gadas a su apojeo en la laguna de la Quinta. El ájil pescado, e 
congrio de acero, se quedó allí como una boya, bajando y subiendo 
a merced de las olas, hasta que una mui grande lo botó a la playa 
como diciendo: A mí no me vengan con bromitas! 

Esos famosos submarinos, el Ricaldoni de Buenos Aires y el 
Márquez del Brasil, acaban de salir del período del aguamanil y 
han entrado al del baño de natación. Cuando lleguen al mar, pedi- 
remos al gobierno que trate de adquirirlos en calidad de boyas, 
para colocarlas en la bahia de Valparaíso. 

Hoi por hoi, van muchos caballeros pobres por la calle, con cara 
de visitadores de escuela o de militares retirados, y que son, sin 
embargo, inventores de submarinos. Uno a quien, por desgracia, 
servimos de consultor para sus trabajos náuticos, compró en un 
mesón de la calle de Ahumada una cockteUra de plaqué, y se fué a 
ensayarla en el gran pilón cuadrado que se ha hecho últimamente 
frente a la calle del Ejército. Para darle fuerza motriz, ideó con 
gran injenio ponerle en el interior un ratoncito que servia admira- 
blemente de motor. 

Alguien interrogó al inventor sobre cuántos caballos de fuerza 
necesitaba su submarino, y él replicó: 

— Caballos, ninguno. Es un ratoncito solamente. 

Nosotros, con el rubor en el rostro, confesaremos que somos 
también inventores de un submarino. Se nos ocurrió la idea« co- 



30/ 

miéndonos una trucha en el Club de la Union; y, para observarla 
bien, pedimos otra, a la que dimos asimismo pronto fin. Nos pega' 
mes una palmada en la frente, que es lo que hacen los inventores 
cuando se les ocurre algo. . . o cuando les incomoda demasiado una 
mosca; y resolvimos estudiar a fondo el problema de la navega- 
ción debajo del agua. 

Desde luego, nos entregamos a fumar cigarros puros, para fami- 
liarizamos con la forma que debe afectar obligadamente, un sub- 
marino serio. Después buscamos una de las cápsulas de acero en 
(jue va encerrado el carretel de hilo de las máquinas de coser, y al 
través del cual se saca la hebra para meterla en la aguja; y con ella 
nos pasábamos las horas muertas al lado de una gran gamela lle- 
na de agua. 

¡Oh suerte! De repente, descubrimos el submarino. La cápsula 
se nos soltó de la mano y con una admirable seguridad, se fué al 
fondo. Estaba descubierta la inmersión; faltaba solamente descubrir 
la emersión. 

Tuvimos un placer tan intenso, al damos cuenta de que había- 
mos conseguido descubrir > a la mitad del submarino, es decir, la 
función de irse debajo del agua; que pasamos muchas noches de 
claro en claro tratando de resolver la otra parte: el que pudiera 
volver a la superficie. 

Allí nos llevábamos al lado de la gamela, como en otros tiempos 
el inmemorable Simón el Bobito, esperando que la cápsula subiera 
por sí sola o por diversos procedimientos que ensayábamos sobre 
el agua. De repente, una nueva palmada nos damos en la ca- 
beza. Estaba descubierta la emersión; nos subimos la manga, y me- 
tiendo la mano al fondo de la gamela, sacamos nuestro buquecito 
a flote. 

Y hé ahí como quedó inventado el submarino Pino, que por ahí 
anda con el Hoiland, el Zede', el Morse, el Narval, el Ricaldoni, el 
Márquez y el Urzúa Cruzat, 

Sin embargo, como no hemos quedado satisfechos completa- 
mente con nuestro sistema de emersión, pensamos poner en prác- 
tica otro. Para los efectos de sumerjir el buque, todos los tripulan- 
tes del submarino se meterán piedras en los bolsillos, y una vez 
que se necesite ascender a la superficie, dejarán a un lado las pie- 



3o8 

dras y entonces, alivianada la tripulación, el buque subirá como 
una pluma hasta el aire y la luz. Si se quiere bajar de nuevo, bas- 
taría repetir la operación, para lo cual se llevarán dentro de buque 
algunos sacos de adoquines de primera clase. 

Pensamos proponer la compra de nuestro submarino al supremo 
gobierno, y, si no la consguimofs, nos veremos en el caso de ofre- 
cerlo a alguna nación enemiga de Chile, como es costumbre en es- 
tos trances. 



S^ s^ 



El artículo mas difícil 



r^ E encuentra usted capaz de escribir una sección de modas, 

I V para las damas, y firmarla con pseudónimo femenino bas- 
J ^ tante dulce o bien con un título nobiliario de marquesa o 
I ^/ baronesa? 

\P — De encontrarme capaz, me encuentro. Yo sol capaz 

de todo, menos de pronunciar discursos en la tumba de otro. Con 
que, ordene usted. 

— Necesito un artículo frivolo, nuii frivolo, mal escrito, con pé- 
sima puntuación, y con muchas palabras francesas. Debe tratar de 
cintas, plumas, sombreros y vestidos. 

—Está bien. Me permito observar que estas cosas no se leen... 

— No obstante. 

— Me tomo la libertad de creer que no será bien recibida. . . 

— Sin embargo de todo. 

—Creo. . . 

— ¡No crea usted nada! Espero el artículo. 

Tomé una hoja de papel rosado, que sumerjí en esencia de helio- 
tropos. Busqué, en seguida, un alfiler de sombreros, y me puse a 
escí ibir entintándolo en vinagre de toilette. 

He aquí lo que salió: 

Mí ^ itf 



3IO 



PARA LAS DAMAS 



— ;Qué lindo el sombrerito que acaba de recibir madanie Chapo- 
tier! Figuraos un picaflor de alas abiertas; agregad una amapola 
roja como fuego; envolvedlo todo con una cinta molaoré; pasad de 
lado a lado un alfiler con cabeza dorada; ponedle en fin una pluma 

l)lanca, y tendréis una demiere creaiton, que hace sentir la nostaljia 
del boultvard. 

¿Pensáis el efecto que baria, en vez de la amapola, un copo de 
lilas blancas? ;Ah! Las lilas... La^ lilas que sujestionan sentimen- 
talmente, amoureusemenf. 

La lila es una jentil flor; ñorjoyatse, de la mas fina aristocracia; 
si en vez del picaflor, colocáis una mariposa atornasolada, el efecto 
será sorprendente y vuestras amigas se morirán de envidia. 

¡Ah! Qué lindo triunfo, despertar la envidia de las damas, hacer 
volver codiciosamente la cabeza de la íntima y querida prima que 
pasa en sentido contrario. ¡Ah! eso es un placer incomparable que 
compensa la larga jestacion del sombrerito de primavera. 

Sed sencillas y livianas para vuestras concepciones. Flores, mu- 
chas flores. Unas tres o cuatro guindas rojas, no vienen mal. No 
faltará un pajaro voraz que dé sus vueltas con deseo de darles un 
picotón. Podría quizá confundirse y dar en vuestros labios. . . ¡Oh. 
pardon, mis queridas amigas! No os ofendáis; no he querido ser in- 
tencionada. Agregad siempre la cinta, la cinta audaz, anudada con 
vigor pero con sencillez. 

La cinta es a la mujer, lo que el canto al ave. Una cinta mal en- 
lazada, es un delito; un delito de seda, pero un delito. En cambio 
ese lazo charmant, en que la cinta parece una flor, en que los plie- 
gues parecen hechos al descuido, en que la rosa semeja un bullón 
caprichoso ¡oh I no me habléis, porque desfallezco de admiración! 

Cuidad asimismo de las flores; haceos acompañar siempre de un 
Iwuquet delicadamente escojido y engarzado al descuido en el seno- 
Si vais al teatro, buscad una orquídea para la cabeza, y una sola 
rosa para el borde del escote; seréis así el verdadero sueño, la revene 
de un hombre artista. ¡Así os quisiera ver, amiguitas, a la salida 
del teatro, aunque supongo, (pardofi) que ya habréis dejado caer 



3" 

quelque (H>uton de rose en un entreacto, para que algún avisado galán 
lo recoja y se lo guarde como un soiwenir d'amour. 

Viene de Paris la demiere novedad en materia de hiheloU, Se trata 
de una mesita, de una mesita de centro, un verdadero chiche. Sobre 
su tapa, os haréis pintar por un pintor amigo, un crysantheme, aun 
seria preferible una dalia por la novedad. Al abrirla se dejará ver 
un servicio de seis tacitas de té, de loza sobre dorada (es la gran 
atractionj Allí invitareis a vuestras amigas, dándoles alguna sor- 
presa agradable. 

¡Oh! no pue4o cerrar esta revue de modes, sin recomendaros la co- 
quetería en los abatjour. Iluminad bien la salita de conversación: 
gastad en esto vuestro injenio, y triunfareis. El verde nilo, ¡ah! no 
me habléis del verde nilo, visto a la trasparencia de una luz blan- 
ca. .. Es enloquecedor, amigas mias. Yo os diré. En mi último via- 
je, visité eti Paris a Madame la compiesse de Créme Froid, de la mas 
alta nobleza Oidme. — Estaba en un saloncito persa color rojo. Ella 
llevaba tina bata color bleu con chantilly^ el pelo dividido en dos on- 
das, a la Cléo de Merode, dándole en d rostro el reñejo del abat 
jour verde nilo ¡Charmante! No he visto nada igual; la di un beso al 
saludarla, pero la habria mordido de envidia, os lo juro. 

¿Queréis algunos secretos del tocador? Ahí van, mis adorables 
lectoras. ¿Deseáis tener el rostro sano, sonrosado como muchachi- 
tas provincianas que gozan de cabal salud? Usad la ctéme rouge re- 
cien llegada de Paris; es el furor de los centros refinados. ¿Queréis, 
por el contrario, la palidez romántica y demodee de las heroínas de 
folletín? Bebed todos los dias ácido oxálico y para variar mezcladlo 
de cuando en cuando con alcohol absoluto. Os garantizo la pali- 
dez. ¿En cambio, ambicionáis el justo medio, el color suave, deli- 
cado, de pétalo de rosa? Tomad un poco de creme rouge (os he dicho 
que hace furor; creédmelo) j untadlo con leche de almendras y un 
poquito de vinagre áetoileUe, En seguida os frotáis el todo con un 
trozo de seda y os abanicáis por espacio de cinco minutos. En se- 
guida vais a la visita y con seguridad os dirán: — ¡Qué lindo color 
traes! Si no te conociera, creeria que te pintabas! — Y os reiréis vo- 
sotras, amiguitas, de tal sottisse^ porque lo que os recomiendo no es 
artificio ninguno. 

Por último tres renglones de cortesía. ¡Oh! I^a cortesía, Madame 

11 



312 

Sevigné dijo: ^^T^a cortesía en la mujer es la revelación de su espí- 
ritu; en el hombre es el disimulo del mismo». Joije Sand decia: 
«Sed amables, sonreíd, mirad con dulzura; habréis hecho así medio 
camino en la vida». La Pompadour dijo en una ocasión: «La cor- 
tesía es la juventud» y una inolvidable escritora contemporánea ha 
dicho esta admirable frase «¿Queréis ver a la vida el lado plácido 
y líjero? Sed corteses». Y vosotras sabéis, amigas mías, la estupen- 
da frase de Mettemich: «Lo cortes no quita lo valiente». 

Dejaos siempre un rizo del cabello suelto, y así tendréis ocasión 
al acomodároslo muchas veces, de lucir vuestras manos. Sed pre- 
cavidas, y no acomodéis jamas el peinado de tal modo que no se 
descompongan nunca, y no os dé motivo de coquetería. 

Y por hoi termino. Os hablaré en mi próxima de los trajes blan- 
cos para el veraneo en las playas, de las toilettes de baños y de otras 
lindas novedades de París. Au revotr, 

ttí »í Mí 

Presenté mí artículo al director. Lo tomó éste, lo leyó calmada- 
mente y lo arrojó al canasto de los papeles. 

—No sirve. . . 

— ¿Se podría saber? 

—Es poco frivolo, está demasiado bien escrito, tiene buena la 
puntuación y trae poquísimas palabras francesas. . . 

Abrí los ojos desmesuradamente y caí desmayado sobre un es- 
tante jiratorio. 




Lñ 6RñH TRIHCHERñ 



AUNQUE se alce de su tumba la augusta sombra de Cervantes, 
para protestar justamente indignada de nuestra aseveración, 
debemos espresar que ha salido ya del terreno de la hipótesis 
como cosa averiguada, el hecho de que don Quijote y Sancho 
Panza vinieron a América por la época de su descubrimiento. 
Parece que el inmortal caballero andante, no pudo tolerar la 
horrible pesadez de la muerte, y levantándose de su lecho después 
que todos le hablan abandonado, volvió a empuñar la lanza y a 
tomar el camino del heroísmo y del sacrificio. 

No sabemos si Sancho Panza torció el jesto al ver de nuevo en 
pie y como si nunca hubiera agonizado, a su amo, o si el cariño 
que le profesaba pudo mas que el miedo a sus peligrosas aventu- 
ras. 

El hecho es que zarpando por esos dias una carabela con solda- 
dos para la conquista de América, don Quijote propuso a Sancho 
venir a estos apartados paises, en busca de nunca vistas ni oidas 
aventuras. 

Y vinieron. Durante algún tiempo amo y escudero, salvo sus 
eternas discrepancias de opinión, conservaron las buenas amista- 
des, escojiendo como campo de sus locas aventuras la pampa ar- 
jentina. Pero llegó un dia en que el delirio caballeresco de don 



3^4 

Quijote creció tanto, que ya no se le antojaron solo ejércitos, las 
manadas de corderos y jigantes los molinos de viento, sino que 
pudo en su ansia de heroísmos soñar que la cordillera de los An- 
des era la enorme trinchera tras déla cual se parapetaban innúme- 
ras lejiones enemigas. 

Desde ese instante ya no hubo paz entre el caballero andante y 
su sesudo y bonachón escudero. 

Mientras el uno aguzaba su lanza para embestir en febril carrera 
contra el inmóvil baluarte de granito, el otro aseguraba que la 
enorme faja morada que cortaba a lo lejos el horizonte no era 
trinchera, sino cadena de cerros, tras la cual volvían a continuar 
los campos y sembrados interrumpidos. 

Vino la discusión, y a pique estuvo don Quijote de dar una lan- 
zada definitiva al ruin y torpe escudero que no tenia vuelos para 
alcanzarlo en su heroica carrera. 

Es menester que acabara de una vez esa disensión, impropia de 
un caballero andante, y propuso don Quijote a su escudero que 
traspiasara él la cordillera para comprobar si tras ella habia enemi- 
gos o sembrados de alfalfa. 

Sancho Panza aprovechó tan honrosa coytmtura para escaparse 
del lado de su amo que ya le iba cargando, y pasó una luminosa 
mañana de verano por el paso de Uspall^ta, cayendo en el valle 
chileno y convenciéndose de que a este lado habia los mismos 
valles y sembrados que al otro. 

Don Quijote contrajo matrimonio en la pampa arjentina, espe- 
rando siempre la vuelta de Sancho, para saber de una vez por todas 
si eso que parecía cordillera era solo un parapeto militar de ocultos 
y encantados enemigos. 

Y Sancho, por su parte, se casó al pié del Santa Lucia, hacién- 
dose el olvidadizo de la importante tarea informativa que lo habia 
traido a este lado de los Andes. 

Los hijos de don Quijote fueron naciendo todos con la misma 
enfermedad en la retina que su padre. Y apenas nacidos, sus vasta- 
gos miraban hacia los Andes y esgrimían el biberón de cristal» 
en la misma forma que si hubiera sido lanza. 

Murió a una avanzada edad don Quijote, recomendando siempre 
a sus hijos que, mientras no volviera de Chile Sancho Panza, ins- 



3^5 

pector ocular de los enemigos atrincherados en los Andes, creyeran 
apiejuntillas que eso que parecía cordillera, era solo un baluarte 
aspilierado, tras del cual se acumulaba un ejército enorme. 

En cambio, al morir Sancho, espresó a los suyos que no se 
alarmaran mucho de lo que del otro lado de los Andes podia pasar, 
porque en su viaje a Chile habia dejado en plena pampa a tm loco 
insaciable, que aguzaba su lanza para echarse con ella eikrístrada 
contra la cordillera. 

De ahí que, mientras todavía se mira del otro lado con faz airada 
ah cordillera de los Andes, esperando convencerse de que no es 
parapeto sino cadena de cerros; de este lado, echamos todos la 
pierna arriba y miramos con irresistible sonrisa a los incansables 
sucesores del caballero andante. 

Pueden, los que lean esta verídica historia, echarse a reir incré- 
dulamente, pero nosotros ofrecemos en comprobante de su veraci- 
dad una inmediata y definitiva prueba. 

Los aijentinos han puesto el grito en el cielo y la reclamación en 
manos de su ministro, porque de este lado hemos construido un 
camino carretero en dirección al Neuquen. 

Pues bien, los telegramas de Buenos Aires afirman ayer que en 
una conferencia entre el jeneral Roca y Ricchieri, se acordó tender 
una línea estratéjica al Neuquen. ¿Y de este lado, qué hemos hecho? 
Xada; sonreimos, miramos, bostezar. 

¿Y esto qué significa? Que es verdad, mui verdad, que en la época 
del descubrimiento de América, vinieron don Quijote y Sancho 
Panza en busca de aventuras y que, a la vuelta délos años, se esta- 
bleció el primero en Arjentina y el segundo en Chile. 



^áC: 




El oualo de San fTlartín... 



SANTIAGO tiene dos centros de opinión: cerrado el uno, como 
un templo cjipcio, abierto el otro a los cuatro vientos como el 
árbol de Guemica, bajo el cual se celebraban las asambleas po- 
pulares en Navarra 

El primero es el Club de la Union, sancta sandorum del gran 
chisme político, marmita de Papin, donde se echan a cocer las com- 
binaciones y los enredos a ver si cuajan, tela de araña tejida en el 
centro de la ciudad para pescar a las moscas políticas que vienen 
de la Moneda o del Congreso, y taller donde se corta con afiladas 
tijeras toda clase de ropa y aun toda clase de pelos. 

El otro centro de opinión, es el famoso óvalo de San Martin, re- 
sumidero tradicional y lejendario de todas las majaderías políticas, 
económicas, sociales y anti-sociales que han venido haciendo insa- 
lubre a Santiago, hasta la pavorosa cifra d¿ los dieciocho mil di- 
funtos por año. 

No hai que confundir el «óvalo de San Martin» con el «óbolo de 
la viuda,» de que hablan las escrituras, porque son cosas mui di- 
versas y no tienen nada que hacer una con otra. 

¿Que la sociedad de Longanimidad Mutua desea hacer una pre- 
sentación al gobierno para hacer obligatoria, ademas del servicio 
militar y de la instrucción, la conformidad del espíritu en las ad- 
versidades de la vida? 



3'8 

Bien; pues para eso está el óvalo, y allí se dan cita los socios con 
sus familias y allí vocifera el secretario contra el suicidio y contra 
el uso de los pañuelos de narices para enjugar lágrimas, y de allí 
parte una comisión a hablar con el Presidente de la República so- 
bre la longaminidad universal. 

¿Que un caballero particular tiene algunas ideas sueltas y diver> 
sas corazonadas sobre la cuestión económica? 

Pues, se cita por la prensa a los desocupados, a los hombres con 
paciencia, a los sordo-mudos y a los economistas de afición en je- 
neral, y se anuncia, ora el desmoronamiento total de Chile, ora la 
ruina lenta, corrosiva y gangrenosa del erario público. 

¿Que un hombre, inventor de nacimiento y persona que se trata 
con familiaridad con las ciencias naturales, quiere esplicar un sis- 
tema de aprovechamiento de los estornudos, de la atracción de los 
sexos o de las caldas morales, como fuerza motriz? 

Pues se cita al óvalo a todos los creyentes en las ciencias físi- 
cas y matemáticas, y se les dá una conferencia sobre la fuerza mo- 
triz y su influencia duldficadora de las costunibres populares.^ , 

¿Qué alguien ha inventado un quillai para el cabello, un 
desmanchador para la ropa o un refaccionador del cutis deterio- 
rado? 

Al óvalo. 

¿Que la Arjentina nos invade algo? 

Al óvalo. 

¿Que es menester protejer la industria nacional del dulce ae 
membrillo, liberando de derechos de aduana a los cedazos? 

Al óvalo. 

¿Que es menester dirijir insultos escojidos a las autoridades? 

Al óvalo. 

¡En mala hora tengo yo un óvalo! se dirá el benemérito padre de 
la patria, harto de oir barbaridades de todas clase. 

Y, en fin, señores, d óvalo de San Martin es el foro, el verda- 
dero foro romano de esta ciudad. Cuando haya alcantarillado, 
será otra cosa, porque todo ese excedente intelectual saldrá por 
las alcantarillas en estrecho consorcio con los desperdicios de co- 
cina, eta 

Todo este largo y monótono preámbulo, se nos ha ocurndo a 



3^9 

propósito de un caballero que acaba de inventar un HSPi«OSOR 
Automático y que cita al óvalo de San Martin al pueblo de Santiago 
sin distinción de color político para que se convenza (el pueblo, no el 
esplosor) de la necesidad urjente de que se ocupe el Gobierno de 
esto, es decir de lo automático que es el invento. 

El Gobierno, entretanto, yace sumerjido en el sopor que causan 
los 33 grados de calor, o apenas se preocupa de uno que otro asun- 
to internacional; y el esplosor no logra atraer las miradas oficiales 
y se queda solamente en el hogar doméstico del inventor; abriga- 
dito con los sueños, cálculos y esperanzas que há forjado. 

¿Qué hace una persona bien nacida que anda con un esplosor en 
el bolsillo? Pues eso, lo único aceptable: convocar al pueblo ál óva- 
lo, mostrarle él esplosor y hacerlo estallar 

Y después, que vayan también al óvalo los carros-ambulancias y 
recojan los cadáveres. 

Señores: protestemos contra el óvalo, porque el dia menos pen- 
sado San Martin se nos cansa y se vuelve a su provincia de Cuyo* 
Ya sabe bien el camino. 

Sí; protestemos contra él. 

¿Pero dónde? 

En el óvalo, señores, porque no hai otro sitio. 

¡Al óvalo! 




CñRTñ CERTIFICñDñ 

DESíUBIERTñ POR UD CñRRETOnERO ñ ORILLñS 

DEL mñPOCHO 



-»M- 



SANTiAGO, 4 de setiembre.— Querido Juan: Te escribo la pre- 
sente con la incertidumbre en el corazón y el mas absoluto 
pesimismo en la pluma. Tú sabes, por lo que dijo Becquer, 
que los suspiros son aire y van al aire, que las lágrimas son 
agua y van al mar, que las mujeres son curiosas y pueden ir 
hasta al Club de la Union ¿pero sabes, con toda tu esperiencia de 
la vida, a dónde puede ir una carta, confiada al buzón de cobre del 
correo? Tú tendrás que cofesarme, querido amigo, que si Dumont 
perfecciona en estos momentos en Paris, los aeróstatos dirijibles» 
valdria aquí muchísimo la pena que se descubriera la correspon- 
dencia dirijible. 

£n estos momentos te escribo esta carta, gasto en ella hasta la 
pequeña dosis de buen humor que me va quedando en este atolla- 
dero de Santiago; pero me aflije la idea de que irá a las orillas de] 
rio a servir dejuguete del viento, o de útil y poco honesto soco- 
rro, en escenas individuales que hasta media luz vale la pena no 
mirar. 

Deseas que te hable de muchos asuntos; de si irán o no irán 
señoras al Club de la Union: de si vale el trabajo de que te vengas 



a Santiago, el programa de las festividades patrias; de si bal chis- 
mes sociales de cierto bulto; de cómo se usarán los sombreros de 
paja este año; de si el gobierno provisorio será sentido de muchas 
personas y de si diviso por estas tierras algún negocio daro en 
que poder invertir capitales. 

Francamente, se esplica una cargosidad de esta especie, solo en 
un agricultor; en uno de esos seres que no tienen mas trabajo que 
mirar crecer el trigo, engordar los bueyes y parir las vacas. Eres 
feliz, Juan, no lo puedes negar. No tienes ni mujer, ni viña, ni tu- 
berculosis; lo que significa que no tienes que entenderte con Ja- 
cobsen, ni con la Caja Hipotecaria ni con él Consejo de Hi- 
jiene. 

En cambio aquí me tienes tú, compartiendo el tiempo entre el 
.sueño, la oficina, el pelambre y el teatro. De dia hago correr la 
pluma sobre carillas blancas; en la tarde entizo el taco para jugar 
carambolas con cuatro amigotes de buen humor, y en la noche me 
voi al teatro a lamentar que la Bonisegna no sea mas vieja y Ghi- 
lardini mas joven. 

¿Es digna de vivirse tal vida? 

Yo me digo que sí, porque seria mas indigno dejar de vivirla, y 
yo no he nacido ni para contratista fiscal, ni para suicida. Otros 
dicen que nó. Nuestro común amigo Andrés, conversando con el 
doctor Oyarzun, supo que el café era «un veneno lento», y como 
se bebe tres tazas de café al dia, sostiene que se está suicidando 
con lentitud. Nosotros hemos comenzado a llamarle «el intoxica- 
do.» 

Pero dejemos los detalles de esta sonsa existencia, y entremos a 
contestar tu interrogatorio. 

Mira: tú sabes que es mui complicado el problema internacional 
del norte: no ignoras que es eterna y delicadísima la cuestión de 
si conviene que los ferrocarriles sean del Estado o de los particula- 
res; es notoria la trascendencia de la reforma del poder judicial y 
de la inacabable cuestión de la inamovilidad de los jueces; pues bien, 
todo esto es una tonteria, una futileza, una miseria, una broma, 
una nada, al lado del problema de las señoras ante el Club de la 
Union. 

Las opiniones son contradictorias. Don Ambrosio, tu pariente, 



3^3 - 

xne decia anoche indignado en la peluqueria, mientras Pinto le 
jabonaba la cara, que si él iba al club era para dejar de ver siquie- 
ra un rato a su señora; y que se considerarla el ser mas desgraciado 
del pais el dia en que el único albergue masculino, la única forta- 
leza del sexo fuerte que hai en Santiago, diera también entrada a 
las eternas, a las inevitables faldas. 

En cambio, don Ernesto, entre carambola y carambola, dice a 
quien quiere oirle, que se trata de levantarle el nivel moral a la 
mujer. 

Ahí lo ves. La cosa no es para resolverla a dos tirones. Te con- 
taré algo muí reservado, sumamente reservado, que me da un ho- 
rror pánico solamente pensar que pueda saberlo alguien. Me cons- 
ta, por haberlo oido bajo palabra de guardar reserva a cada uno de 
los que apoyan la solicitud de la emancipación de las señoras, que 
ninguno áe ellos piensa llevar a la suya al club. Todos conñan en 
tener por compañeras a las de sus amigos, ¡chit! Que no se te 
vaya a salir que me has oido ésto a mi, 

¿Mi opinión? Que vayan, si señor, que vayan. Las señoras se 
ven perfectamente en todas partes. Ademas, las dos ligas (por fa- 
vor no creas que me refiero a las de las señoras) la Liga contra el 
Alcoholismo y la Liga contra la Tuberculosis, deberían asociarse 
al movimiento feminista del Club de la Union porque se acabaña 
la costumbre de las copitas, la de los cigarros baratos y la de es- 
pectorar en el sudo. 

Ademas, se acabarla aquello de hablar por teléfono con la seño- 
ra y decirle «Encanto: me quedo aquí a comer con unos amigos. 
Te mando unas paltas para que te las comas en mi nombre» y sa- 
lir despue$ a pie o en coche, dejando encargado al telefonista que 
si preguntan de la casa por él, diga que está comiendo con mucho 
apetito, pero que no puede entrar a llamarlo al comedor porque es- 
tá prohibido por los estatutos. 

En cuanto a tu interesante consulta sobre si vale o nó la pena 
que vengas a pasar el dieciocho a Santiago, te diré. . .¿Tienes allá 
en algún árbol vecino a tu casa, algún chincol que cante cada ma- 
ñana aquel estribillo: ^-has visio a mi lio Agustin? ¿A la hora del sol 
divisas alguna lagartija verdinegra con listas doradas, que levan- 
tando la inquieta cabecita, trepa por un tronco o escala una pared? 



334 

¿Al caer la tarde no hai algún toro celoso que lance al aire su ru- 
jido de Otello, o algunos sapos tiernos que ensayen afinadas ma- 
sas corales? Si tienes todo eso, no te vengas a Santiago, Juan mió, 
porque estarás seguramente mucho mas entretenido en tu fundo 
de Palquibudi oyendo y viendo aquello, que asistiendo al progra- 
ma que nos ba confeccionado el municipio. 

Figúrate tú, como será el programita, cuando te aseguro qne lo 
mejor que tendremos en las fiestas del dieciocho, es lo que no figura 
en él. Por ejemplo, saldrá por la mañana el sol de setiembre con su 
rauda cabellera de los dias de fiesta; varias brisas primaverales re- 
correrán las calles de la ciudad: las góndolas eléctricas ajitarán sus 
campanillas, y los atropellados por ellas, ajitarán los brazos pidiendo 
socorro y camillas; se estrenarán corbatas de colores anárquicos 
y hasta dañosos para el hígado, zapatos amarillos y vestidos cursis 
habrá apreturas de las cuales saldrán muchas contusionesiy muchos 
matrimonios; se agolpará, finalmente, el público en las cantinas. . . 
Total: 4.900 ebrios recojidos por la policía; y un número incalcu- 
lable de recojidos en el hogar. 

Tú habrás visto los Hugonotes de Echegaray, es decir, los quedan 
en los teatros de tandas y recordarás aquella escena en que la pia- 
dosa mujer pregunta a los misteriosos encapuchados: "¡Pero uste- 
des no son frailes de verdad! ¡Pero ustedes no tienen vergüenza!" 
Pues bien, lo mismo se pregunta hoi a los rejidores: "Pero ustedes 
no son municipales de verdad! ¡Pero ustedes no tienen ni pizca de 
vergüenza!» Y ellos responderán humildemente: «Es verdad; ni 
somos municipales de verdad ni tenemos vergüenza. . . ni fondos, 
que es lo peor». 

Quedamos en que no vienes a Santiago, y vamos al punto esca- 
broso, que quiero pasar como gato sobre brasas. Me preguntas si 
el gobierno provisorio será sentido o no será sentido. En una pa- 
labra, deseas saber si irá jen te a su entierro. Pues bien, te diré con 
franqueza, que creo que ni cochero se va a encontrar para el carro 
fúnebre. 

Hai quien dice que el Te-Deum del dieciocho se cantará este año 
con dos motivos: i.° como celebración de gracias porque Chile salió 
de la esclavitud de la colonia; y 2.° como espresion de júbilo por- 
que al fin se acabó el gobierno provisorio. Pueda ser que estas cosas 



3^S 

no pasen de bromas irrespetuosas. Como me las dicen te las tras- 
cribo, 

Necio! Hablarme a mi de negocios; a mí, que detesto a la arit- 
mética como se detesta al demonio; a mi, que me desespero de qu^ 
dos y dos tengan forzosamente que ser cuatro, y no diez. Pero en 
fin; estoi con buena voluntad y la pluma corre. Vamos al cuento. 
Creo que tus capitales pueden tener una inversión provechosa, si 
te animas a fundar aquí una sociedad de ahorro, con sorteos y des- 
plumes periódicos. 

Tengo proyectada una, que, no digo un millón, diez millones va 
a valer con é. tiempo, se descuida el senado, y no me la barajan 
a tiempo corla moción de don Eduardo Matte. 

No se pagarían derechos de emisión, no señor, sino un modesto 

servicio de cinco pesos mensuales. A cada tenedor de bonos se le 
obsequiara un cartucho de caramelos, para captarse su simpatía. 

En el mesón de la oficina pondríamos muchachas buenas mozas, 

para p&car mas fácilmente a los imponentes. Los sorteos serian 

períódcos y de a mil pesos cada uno; si tú te empeñas los haremos 
de cbco mil, que para todo dará el negocio. 

¿(Jie dónde están las ganancias? Oye: < Artículo X, Si el imponen- 
te tírda veinticuatro horas en pagar sti cuota de cinco pesos, per" 
dea el total de la suma impuesta. Si por cualquier motivo no se le 
pidiera recibir en la oficina su cuota el mismo dia 31 de cada mes» 
}a sea por la apretura, ya por pereza, ya por mala voluntad de la 
áeñorita empleada, perderá también la suma impuesta. Si por cual- 
quier accidente, incluso el estrellón de una góndola eléctrica, el 
imponente tuviera que ir al hospital o a la botica mas cercana, no 
llegando así a tiempo para pagar su cuota, perderá también todo 
derecho a la suma ya pagada». 

Te parece bien? Bueno: ahora va ia última parte de mi proyecto. 
Como a pesar de todas estas precauciones, habría muchos que lle- 
garían sano y salvos al mesón, pienso que sean socios de mi ins- 
titución algunos ajentes de la policia secreta, para que me los 
detengan so pretesto de investigar un crímen hasta que pase el dia 
31. De esta manera, al cabo de poco tiempo, todos los depósitos 
serian nuestros, y le venderíamos la sociedad a Pierpont Morgan 
en cinco millones de pesos. 



3^6 

Naturalmente, volvería a armarse la gorda, y no faltaría nn se- 
nador bien inspirado que presentara una nueva modon en contra 
de El. Desplume universal, mutuo y colectivo, que así se lla- 
maría nuestra sociedad. 

También hai por el momento campo vasto para firmar con el 
gobierno, contratos beneficiosos. Por ejemplo, la provisión por 
quince años (tres administraciones,) del alimento y ropa de todos 
los empleados públicos de Chile Pero apúrate, poique si llega el 
dieciocho, ya no hai tiempo de hacer nada de esto. 

Y pongo punto final, porque hai cierto límite ente la carta y el 
libro. Si como me temo, ésta no llegara o tu poder, no reclames 
a nadie. Aun no se ha descubierto el medio de qu* las piedras 
oigaxL 







Las pequeñas contra ríeóaóes 




[l número de cartas que hemos recibido aludiendo a un artícu- 
lo nuestro que publicamos hace una semana con el título de 
«Por qué nos envejecemos tan pronto», nos prueba que al 
hablar de las pequeñas contrariedades de la vida diaria, he- 
mos acertado con un tema de universal interés. 
Entre las pequeñas contrariedades que perturban la vida en San- 
tiago, figuran especialmente tres: que nadie cumple fielmente sus 
compromisos; que casi nunca es posible reparar una cosa que se 
ha perdido o quebrado; y que la servidumbre gasta una constancia 
especial para contradecir las órdenes que recibe 

£1 capítulo de las reparaciones tiene algo que ver con el comer- 
cio y es digno de anticiparse a los otros. ¿Se quiebran algunas co- 
pas? Es necesario, o quedarse sin ellas o comprar nuevamente toda 
la cristalería, porque la tienda tiene lá curiosa fantasía de cambiar 
cada seis meses de surtido. ¿Se estravia en una mudanza la perilla 
de un catre? A ningún precio se la puede reponer. O se compra un 
catre entero para poder disponer de cuatro perillas de repuesto, lo 
que seria caro; o se deja incompleto un catre en el almacén, lo que 
es poco menos caro. ¿Se han quebrado unas tazas de té? Hai que 
resignarse a conservar otros tantos platillos sobrantes; porque el 
almacén ha esperado que le compren la loza con franja color lila 



328 

para renovar todo el surtido con la misma franja color rojo encen- 
dido o verde nilo. 

Tienen ustedes una pieza empapelada con flores de lis doradas 
en fondo verde. Un operario al meter un ropero se lleva medio 
metro de pared. Es necesario reparar la avería y se echa uno a la calle 
a recorrer todo el comercio en busca de un rollo de papel. Se ha 
concluido. Hai que encargarlo a Alemania. Ahora lo que hai, son 
flores de lis rosadas sobre fondo celeste: una indecencia. Las tiendas 
de papeles no traen surtido sino para una pieza: el que rompe una 
cuarta de papel debe mudarlo todo. 

Ustedes desean armonizar una carpeta de mesa con el papel, y 
buscan como es natural un paño verde oscuro para ponerle encima 
un galón de oro viqo. Pero no hai paño verde ni galones de oro. 

Lo único que podría hacerse es una carpeta de paño negro con 
galones plateados, con lo que se lograría un catafalco doméstico. . . 
Y lo mismo ocurrirá con las cortinas que hai que comprarlas con 
un matiz turquesa y la alfombra que no podrá conseguirse sino de 
color frutilla, y los globos de la lámpara que saldrán como esas 
belas con líquidos de color que ponen en las vidríeras de las bo- 
ticas. 

No es por mal gusto, sino por esta pobreza del comercio,que los 
interíores de las casas chilenas producen dolor de estómago, a fuer- 
za de charrerías, disonancias y combinaciones disparatadas. 



Don Pedro Godoi, con cuyas anécdotas y frases chispeantes po- 
dría ya formarse un libro, comprobó después de una larga y dolo- 
rosa esperiencia, que despedir a un 3irviente y llamar a otro en su 
lugar, no significaba otra cosa que un cambio de nombres, Y asi 
después de un interminable desfile de sirvientes malos, ladrones 
unos, flojos otros, enamorados en exceso los mas, y borrachos to- 
dos, resolvió poner en práctica un sistema de su invension. Llamó 
al mozo a su escritorio y le dijo: — ¿Cómo te llamas? — Manuel Arra- 
tia. — Está bien. Tú Arratia eres un bríbon, porque cada vez que 
dejo dinero sobre esta mesa te lo robas. Ademas te has puesto a 
escríbir tus cartas amorosas sobre mi papel, lo que es una insolen - 
Toma esa que está principiada: mi querida china, ¿quién es ésaí 
Ademas eres borracho, ahora mismo apestas a aguardiente. Ademas 



329 

no te lavas ni te bañas jamas; no quiero profundizar este capítulo* 
—Ademas eres de una estupidez perfecta, porque el frasco de goma 
me lo has dejado boca abajo. Ademas eres sordo, porque ayer te 
pedi una tetera y me trajiste una escalera y por no gritar mas me 
quedé con la escalera en la pieza. Bien; ahora te vas, es decir, se va 
Manuel Arratia, ladrón, insolente, borracho, estúpido y sordo; y 
desde hoi te llamarás Matias Delgado, que es como si fuera otra 
persona, ¿entiendes? honrado, sumiso, sin vicios, intelijente y de 
buen oido. Vamos, Matias, a trabajar! 

Y cuenta el jeneral que ese mismo dia le dijo: — ¡Saca eso! seña- 
lándole con el dedo una basura, y Matias le tomó el dedo. . .para 
sacárselo. 

Pues bien, esta clase de jentes son las que contribuyen mas al 
envejecimiento prematuro. 

— Durante trescientos dias de los trescientos sesenta y cinco del 
año — ^nos cuenta un amigo — pierdo veinte minutos, al saltar de la 
cama, buscando las zapatillas para salir del dormitorio. Durante 
estos veinte minutos, en camisa, me arrastro por el suelo, miro 
detras del velador, del catre, de los roperos y de las sillas a ver si 
las encuentro, Con los ojos au cerrados, con todo el mal humor 
que es posible imajinar, meto un paraguas o un bastón debajo de 
cada mueble. Si aparece una de ellas, la otra no se puede conseguir. 

Grito, vocifero, hago prometer a la sirviente por la sombra de 
su madre que al dia siguiente las zapatillas aparecerán en su sitio, 

Pero todos los dias represento la misma escena. ¿Ves estas camas? 
Las zapatillas! 

— Ah, si tú supieras— dice otro informante — las batallas que he 
librado al rededor de las peinetas, paños, escobillas y otros utensi- 
lios del lavatorio. He llegado hasta hacer un plano para que el mo- 
zo no tenga dudas de donde debe colocarse cada cosa. Pues nada» 
Al dia siguiente la peineta está metida junto con el jabón. La es- 
ponja destila lentamente agua sobre los paños. La escobilla aparece 
metida por el mango en el frasco del elixir. ¿Sientes mi voz ronca? 
Son las peroraciones diarias sobre esta cuestión. 

—¡Los picaportes!— me dice un tercer informante. — ¡Qué lucha 
incesante para que las puertas tengan sus picaportes metidos! Pero 
inútil todo esfuerzo. Al abrir una hoja se abre toda la puerta. . . 



330 

— ¡Los pedestales!— dice otro. — Después de las sacudidas diarias 
con el plumero, todos los floreros, estatuas o lo que sea, quedan a 
la orilla de los pedestales. £1 otro dia entré a una pieza y habiaun 
Napoleón de «terracotta» balanceándose sobre el abismo. Parecía 
un péndulo. Le libré de un Waterloo próximo y horroroso. 

— ¡Los pelos! — dice una señora — los pelos en la sopa! La coci- 
nera resiste el gorro blanco de hilo; dice que son cosas de gringos. 

En mi casa mi marido sabe siempre si la cocinera es rubia o mo- 
rena, por la sopa. Un dia me dijo: — Has cambiado de cocinera. — Nó; 
es la misma. — Entonces se tiñe el pelo, de rubio veneciano. Es la 
moda. 

— La sal en la mesa — dice otra. — No tendré tranquilidad hasta 
que durante diez días seguidos los saleros sean colocados indefec- 
tiblemente sobre la mesa. 

Y así sucesivamente Las pequeñas contrariedades son inñnitas, 
son de cada momento; es una lluvia que cae sobre la cabeza y no 
hai paraguas que libren de sus goteras. 

Por eso valen pocas de ellas tanto cómo una desgracia inmensa. 

La falta de cumplimiento en todos los compromisos será mate- 
ria de otro artículo, en otra ocasión. 




r 






Por qué nos enuejecemos tanto 



ÜN viajero norte-americano que visitó a Santiago mas o menos 
hace un año, ha escrito en un Magazine cuyo nombre no re- 
cordamos, estas lineas. 
— ^Sentimos mucho no poder observar la población en un 
dia normal, en que todo el mundo se sintiera de buen humor. 
Los tres dias que permanecimos en Santiago, pesaba una grave 
preocupación sobre la ciudad. Los hombres marchaban con la ca- 
beza baja y el ceño duro. Aun la jente joven que saliade los clubs 
y bares iba triste y silenciosa. En la puerta de la principal institu- 
ción social, Club de la Union, se agrupaban algunas personas que 
lo miraban todo con verdadera ira en el rostro. Un hermoso paseo, 
el Parque Cousiño, parecía campo de salud para enfermos, tal era 
el jesto resignado y severo que se veia en las damas mas hermo- 
sas, que seguramente hacian ese paseo por prescripción médica». 
Las observaciones de este turista, son exactas ssguramente- 
pero, a nuestro juicio, no pesaba entonces ninguna especial preo- 
cupación sobre Santiago. Habitualmente en Chile todo el mundo 
está de mal humor. En las calles jamas se ve una sonrisa; las hijas 
de familia reciben instrucciones de sus madres para ir erguidas 
como cisnes y sin jamas reirse/íira qtu no Usjalten al respeto; los es- 
tudiantes universitarios no gritan, no juegan, no levantan la voz. 



33^ 

no se sublevan, no les pegan a los profesores; los ebrios mismos o 
pronuncian discursos o pelean, o lloran, pero jamas cantan o se 
ríen. Una ñesta nacional o tennina a bofetadas y botdlazos o en 
un silencio jeneral precursor de tempestad. Jamas un coro, uno 
de esos coros entusiastas que todos los países civilizados tienen 
para cuando se juntan hombres y están contentos. Aquí se estima 
simpleza que un hombre mayor de veinte años cante en voz alta. 

Si aun vamos a observar al compañero del hombre — al perro— 
que suele tomar algo del carácter de su pais, (y si no ahí está el 
bull-dog^ ingles, que es mal ajestado, de mui mal humor, que no 
hace amistades fáciles, pero sí duraderas; el caniche francés, que es 
lijero y bullanguero, que lo alegra todo, que hace fiestas a todo el 
mundo y va siempre satisfecho de sí mismo y sin miedo a nada; 
el dogo de Ulm, alemán enorme y grande, que presenta un aspecto 
pavoroso, pero es bueno, manso y fiel, que le gustan los vejetales 
y acostarse temprano) si observamos — decíamos — al compañero 
del hombre, hai que notar que jamas dos perros del pais, finos u 
ordinarios, se juntan sin lanzar un mutuo gruñido de mal humor 
y hasta de amenaza. 

Alguien ha dicho que los países montañosos son tristes. Pero 
el mal humor, la irascibilidad ¿cómo se esplicarian? 

Cuando vemos hombres de cuarenta años que representan mas 
de cincuenta, mujeres de cincuenta que parecen ancianas del hos" 
picio; cuando observamos que el que va a Europa vuelve con me- 
nos arruga, mas liviano, mejor equilibrado, ¿cómo resistir a la ten- 
tación de esplicarse el curioso misterío? 

Un médico me lo ha dicho brevemente. 

— En Chile la jente se envejece mas luego que en Europa. Todo 
cliente que tiene recursos, recibe de mí el consejo invariable de ir 
a quitarse años al viejo mundo. Lo que gasta, son las pequeñas 
contrariedades, las dificultades microscópicas, los disgustos chicos 
de cada instante. Mas agotan' cien contratiempos de un minuto de 
de largo cada uno, que una desgracia de un año. Y en un pais 
que se constituye, todo detalle, todo elemento pequeño, resulta in- 
completo, defectuoso, y por consiguiente, enemigo de la tranquili- 
dad y de la paz del hombre. 



333 

Y es así, no hai duda. Un conocido j érente de Banco me lo ha 
dicho un dia: 

— Esta afección cardíaca que me persigue, no me ha venido por 
la muerte de mi mujer, de mi madre, de mis cinco hijos, de mis 
tres hermanos, no señor; me ha venido porque durante seis años 
he tenido que gritarle dos veces por dia al portero, porque no me 
colocaba los fósforos sobre la mesa. 

En el colejio recuerdo que un alumno de historia natural, que 
deseaba vengar algo, tuvo la paciencia de romperle todos los dias, 
duraqte seis meses, los puntos de la pluma al profesor. Puedo ju- 
rar que su palidez primero, sus canas en seguida y su muerte mas 
tarde vinieron tan prematuras nada mas que de esta endiablada 
•venganza, que envenenó la sangre de la víctima. 



Se levanta uno, vé el reloj, no es la hora en que ha encargado 
lo despierten. Salta para ir al baño; el agua está cortada sin previo 
aviso, porque trabajan en la cañería. El paño de manos tiene olor 
a aceite, porque a la lavandera se le dio vueltas sobre la ropa un 
frasco de palma-criste. El desayuno está frió, porque la sirviente 
se ha levantado tarde. La leche se ha ahumado, porque la cocina 
está sucia. El diario no ha llegado, porque se lo está robando el 
vecino. 

Se llama un coche para ir a la oficina. El coche se está desar- 
mando, tiene el fondo inmundo, no se pueden pescar las varillas 
de bronce de la ventanilla para escapar los tumbos en la calle, 
porque otro pasajero las escupió cuidadosamente. Al bajar, uno se 
entierra una pisadera en la rodilla, y es necesario saltar sobre un 
tubo del alcantarillado para entrar en la oficina. En ella están ba- 
rriendo, apesar de que el aseo debería haberse terminado una hora 
antes. 

Al abrirse la correspondencia, nuevos disgustos. «Su jiro no me 
ha llegado». «Me estraña no haber recibido hasta ahora su res- 
puesta». Supongo no deseará hacer usted el negocio, porque su 
contestación anunciada por telegramas no se ha visto por ninguna 
parte». Se grita, se pide el copiador, se comprueba que todo ha 
sido replicado, se reiteran las cartas, se reclama en el correo. . . 

Un amigo que no tiene nada que hacer entra al escritorio, se 



334 

sienta en un sofá y se pone a tararear una romanza. ¿Quieres irte 
a cantar al Conservatorio? (Se ha callado) ¡No me muevas esos 
papeles, hazme el servicio, porque me los vas a confundir! Pero el 
hombre está resuelto a no irse, porque ha tomado mi sombrero y 
le vé la marca cuidadosamente. — ¿Cuánto te costó? — Ocho pesos. 
— ¿Buqué parte? — Donde Wegener. — ¿Cuántos tienes? — Dos. — 
¿No has comprado jipi-japa? Nó. — ¿Piensas comprar? — Nó. — 
¿Estás de mal humor?— Sí. 

El jefe de la casa está de mal humor también, por circunstan- 
cias semejantes, a las que han causado el mió. Me llama, encuen- 
tra que yo soi el causante de que el dia esté nublado, de que su 
señora vaya a tener un hijo, de que el reloj se haya descompuesto. 
Me amonesta severamente. 

Llego a mi casa a almorzar, también de mal humor. Mi mujer 
me corresponde en igual diapasón. Pero el matrimonio no sufre 
en su estabilidad, porque ella ha conocido asi a su padre, a su 
madre, a sus hermanos y a sus tios. 



Es indudable que no todo está aquí absolutamente malo; pero 
sí lo suficiente para abreviamos en cinco o diez años la vida. 

Una desgracia o contratiempo grave, se ve venir, y el ánimo se 
prepara de tal manera, que cuando llega el golpe ya no duele 
tanto. 

¡Pero esta lluvia de piedrecillas. . .! 




^ 




un BñUTIZO 



A Alejandro Murili«o 



UN golpe en la espalda me sacó bruscamente de la honda abs- 
tracción en que marchaba sumerjido. Era Andrés uno de esos 
amigos que pasan los años sin aparecer en parte alguna y, 
sin embargo, son más nuestros amigos que los que diaria- 
mente se ven en todas partes. 
— Te convido al bautizo de mi último chico — me dijo, 
— Entiendo por tus palabras que tienes varios chicos. 
-Siete. 

— ¡Siete! Tienes mi edad. ¡Cómo has hecho para producir tanto 
muchacho! 

— Mi vida es mui tranquila. Tengo ocho años de matrimonio. 
No salgo de noche. 
—¡Ya! ¡Ya! 

—Pero aún no me contestas si vienes al bautizo. Tal vez no quie- 
ras venir. Tú te rozas solamente con los grandes. Mi casa es mo- 
desta.. . . 

— Te encuentro socialista, como antes. Iré a tu bautizo, aunque 
con franqueza le tengo miedo. 
— Temes no comer bien. 



336 

— Por tratar de ofenderme te has descubierto. ¿Qué tiene que ha- 
cer una comida con un bautizo, hijo mió? Hso es precisamente lo 
que temo, que la fiesta sea larga. 

— Ustedes los aristócratas se bautizan en seco; nosotros los de". 
pueblo regamos con abundancia esta ceremonia. No comerás ca- 
viar, ni nidos de golondrinas, ni beberás champagne pero creo 
que lo has de pasar bien. Te queremos mas en casa que en otras 
partes, donde seguramente te pagas mas de los cariños. 

— Dale con la diferencia de clases. Toda la vida te has colocado 
donde has querido : Nosotros los del pueblo, nosotros los pobres, 
entretanto nos hemos criado juntos y tú tienes mas dinero que yo. 
Voi a tu bautizo, adiós. 

Y Andrés me dio un apretón de mano efusivo, me miró con des- 
confianza y se fué diciendo: 

— No iráá», no irás. Te conozco. La fiesta es el domingo. Te 
espero a las doce del dia en casa, Huemul 724. que es la tuya. Pero 



no irás! 



« # # 



Un bautizo a las doce del dia, pensé yo, no es bautizo; es un al- 
muerzo. Será un almuerzo estupendo. En seguida habrá baile y 
onces permanentes. 6e comerá tarde, se bailará en seguida. Trata- 
ré de escabullirme; será imposible salir. Cenaremos al comenzar el 
alba. Y temblaba de pies a cabeza repitiéndome interiormente todo 
este pavoroso programa. Cuando resuelto a sacarle el cuerpo a la 
fiesta, a pesar de mis promesas, de mi buena amistad por Andrés, 
de la susceptibilidad permanente de su carácter, y de mil otras 
consideraciones más, escribía una conceptuosa carta de escusa, en- 
tró a mi oficina Ovalle, el hombre mas alegre y mas vividor de la 
tierra y me dijo que estaba invitado a casa de Andrés y que espe- 
raba acompañarse conmigo. 

—Será un dia entero perdido. 

— No seas loco. Ni será solamente un dia, ni se habrá perdido el 
tiempo. Parece que no fueras artista. Hai que observar, hai que 
gozar. Tú eres aficionado a la despensa y a la cocina nacional; 
pues bien, tendrás vino excelente, pavos gordos, aceitunas estraor- 
dinarias, queso sublime, malayas voluptuosas. Eres también admi- 



337 

rador de la belleza criolla, y puedes tener la seguridad de un 
desfile de ojos negros, de bocas frescas, de orejas pacientes, de pies 
inmóviles... 

« -^ « 

Antes de cinco minutos de entrar en casa de Andrés sentimos 
una confianza estraordinaria. £1 chico habia sido ya bautizado, de 
tal manera que se veia que no era el bautizo lo importante, sino «la 
cola». 

En un salón espacioso con tres ventanas a la calle y otras tres 
al patio lleno de naranjos, con los muebles rigurosamente enfun- 
dados con tela blanca y huincha roja al rededor, con los retra- 
tos de los antepasados alineados en la pared, hechos unos al bro- 
muro, otros al lápiz y casi todos con los pies; con dos enormes es- 
pejos en los estreñios y multitud de cachivaches sóbrennos viejos 
«boules,» nos fuimos reuniendo los invitados. Habia una media do- 
cena de señoras de un mismo modelo, año 65 mas o menos. Todas 
ellas eran bajas, regordotas, bien conservadas, con ojos negros, na- 
rices anchas, bocas espresivas. Todas ellas llevaban un medallón 
al cuello con el retrato de su marido. Todas ellas se balanceaban 
un poco al andar, uq con la peculiar cojera de los patos, sino con 
el rítmico balanceo de la fragata sobre el mar en calma. Todas 
ellas tenian a sus esposos — como los llamaban — no solo en el me- 
dallón sino allí cerca, y a todos ellos y ellas tuvimos el honor de 
ser presentados: el señor Valen zuela dueño de la Mercería Sud- 
Americana; el señor Andonaegui, agrícultor; el señor Jarabran, ex- 
mayor del antiguo ejército; el señor Martínez, dueño de unas mi- 
nas en Maipo; el señor Andraca, especulador en frutos del pais y 
otros dos señores sin nombre que nos fueron señalados con el tí- 
tulo de amigos de la casa y nada mas. 

Hacia poco rato que estábamos reunidos, cuando regresó la jen - 
te que venia de la parroquia. El chico grítaba como un barraco y 
entró a la sala llevado en brazos de la ma(lrina,y escoltado por un 
enjambre de muchachos y muchachas. Nos hicimos lenguas en 
homenaje a la belleza del recien nacido. Declaramos con absoluta 
serenidad que tenia ojos verdes, que se parecía a la madre y que 
seria abogado. 



33» 

La madre, a quien se había dejado el tiempo suficiente para le- 
vantarse del lecho, apareció pálida, displicente y exangüe, y ocupó 
un sillón cerca de una de las ventanas por la que entraban torren- 
tes de sol. No le olmos la voz en toda la jomada. 

-^¿A quién esperamos?— preguntan con esquisita urbanidad al- 
gunos de los seis caballeros— comienza a sentirse hambre! 

—Al amigo de Andrés — contestan varias voces. 

A pesar de que el hambre arrecia, nuevos atractivos distraen 
la vista. Entra a la sala, risueña, pudorosa y lenta, la procesión 
de las señoritas invitadas, hijas de los seis caballeros y de las 
seis señoras presentes, y sus apellidos Valenzuela, Andonaegui, 
Jarabran, Martínez y Andraca, pasan por nuestros oidos acom- 
pañados de los mas dulces nombres de pila, Elena, Adriana, 
Glafira, Leonor, Sara, Raquel, Leontina, Fany y Aida. Unas lle- 
van el vestido hasta el suelo, y el pelo anudado sobre la cabeza, 
indicando que están listas para la vida; las demás usan el ves- 
tido mas corta, desde dos centímetros hasta media vara del suelo, 
y el pelo caido sobre los hombros para indicar que aun no están 
preparadas. Sin embargo, sus ojos demuestran que los capítulos 
de las cosas conocidas y de las cosas ignoradas, son familiares y 
tienen igual estension para todas ellas. 

— ¿Qué hai, Andrés? — pregunta impaciente el señor Jarabran. — 
No vemos de hambre. 
—Un instante. Espero a mi amigo. 

—Sí, sí— decian las señoras— hai que esperar al amigo de Andrés. 
Ovalle se me acerca y me dice en voz baja: 

—Dejando a un lado esos seis mastodontes, de los que pienso 
prescindir en absoluto; a la enferma que me parece muda; a todas 
esas damas gordas que se me sientan en la boca del estómago; y 
a este famoso amigo de Andrés, que no conozco, pero a quien con 
el favor de Dios y Maria Santísima he de darle de botetadas hoi 
mismo, la cosa me parece bien simpática y agradable. ¿Has visto 
muchachas mas livianas de sangre? ¿Ves esa morena de ojos verdes 
que se rie con un tono gangoso de patito nuevo? ¿Has visto nada 
mas alegre que esta otra de azul, con los labios en forma de 
trompa? 



339 

La descripción fué interrumpida por un solo grito: 
—¡El amigo de Andrés! 

# # « 

Nunca cuatro palabras han producido mayor efecto. Los masto- 
dontes avanzaron en una ala desplegada, las fragatas se pusieron 
de pie. Andrés recibió al recien llegado y lo condujo en triunfo 
hasta él sillón de la enferma la cual pronunció dos palabras y 
cayó desfallecida: 

— ;Cuánto gusto! 

£1 amigo de Andrés era un estranjero, a juzgar por su aspecto, de 
raza sajona, mas bien anglo-sajona, de cara rojiza, ojos azules pe- 
queños, bigote color de zanahoria, abultado de abdomen, con la 
cabeza erguida con injustificada soberbia. Fué saludando a todos 
con un apretón de mano, pe: o cuando el apretón le tocaba a un 
Qombre lo acompañaba con un jesto de desprecio. Debo declarar 
que la antipatía de este señor se me comunicó con la rapidez de 
un pistoletazo. 

Andrés aprovechó el tumulto de la pasada al comedor para 
decirme 

—Mira a mi amigo con simpatia; no es aristocrático pero tlen^ 
una cabeza estraordinaría para los negocios. 

—¡Se gasta sus modales! 

—Son jenialidades. Se le puede permitir todo porque es un indi- 
viduo superior. 

El aspecto del comedor, me cortó la palabra, y me embargó por 
entero. Lo primero que llamaba la atención era una larga mesa en 
una sala mucho mas larga. Sobre ella estaban alineados tres 
grandes castillos de dulces, en cuya cima, un anjelito de azúcar 
soDre un alambre en espiral se movia lijeramente. En torno de 
estos castillos que marcaban la espina dorsal de la mesa, se acu- 
mulaban en desorden jamones planchados y azucarados; jelatinas 
temblorosas con violetas dentro de cada figura; pavos asados 
wOn sus patas encojidas y con una ramita de perejil en el pico, 
aceitunas aliñadas con torrejas de naranjas agrias; naranjas dulces; 
íimas, plátanos, pastelillos auesos de varias clases; botellas de 



-xii 



tndx% la» marcas imajínables y ixi*a p^ofü^áoc de fiares verdadera- 
njfrr.te anir^^'jíca. 

Kl ami^o de Andrés, que fué sestado a la derecha de la nraJre 
dijo con U/no sentencioso, apenas calmado ¿ b-zZicsoc 

— Xom^tie be visto en Londres, nn cesa ca.- bocha! 

Sino hoíñera sido porque ocupaba d asiento a la izquierda de 
la señora, habría preguntado al amigo de Andrés: 

^;E1 señor ha estado en Londres alguna vez? 

La concurrencia exasperada por la larga hora de espera en el 
salón, se dedicó a los pavos, jelatinas y jamones con verdadero 
rencon E! silencio que se hizo bruscamente era interrumpido solo 
por el ruido de Ic^ cuchillos y tenedores y por las c ai i aas de do^^ 
roímstas y cha5Kronas muchachas que atendían la mesa. 0\ alie. 
colíjcado en medio de la juventud femenina, había logrado captar- 
Me rápidamente su simpatía, y según pude ver y oír, comenzaba a 
organizar una formidable coalición en contra dd amigo Andrés. 

Kf»te era el aspecto que a la una y medía del dia presentaba la 
casa de mi amigo y sus diversos invitados. 

• • • 

No conocía el suplicio de un almuerzo iniciado a la una del dia 
y terininado después de la cinco de la tarde. A la cazuela de ave 
de caldo suculento, matizado con vetas rojas de puro ají, siguieron 
numerosos platos entre los cuales se destacaban gloriosamente las 
empanadas de horno, una mala3'a con fréjoles, unos tallerínes, unos 
pejerre/es, los inevitables ríñones, las ensaladas de diversas clases, 
las costillas, las jaivas, la calveza de ternera y, finalmente, la torti- 
lla de erízos. A la larga lista de guisos, siguió una larga lista de 
postres, tortas, jelatinas, alfajores, dulces en almíbar y frutas. 

Kl amigo de Andrés devoró cada plato como si fuera el único 
que se le ofrecía después de un largo ayuno, dijo y juró que jamas 
en Londres se podría dar un almuerzo mas rejio y diríjió a cada 
persona una impertinencia. 

Me tocó ser el primer blanco del amigo de Andrés. 

— ¿B\ señor es periodista? — preguntó. 

- -Sí, señor,— le replicaron. 



341 

— Encargado quizás de recojer novedades en la calle, ¿eh? 

— Nó, nó; — interrumpió galantemente Andrés,— es uno de nues- 
tros mejores periodistas, un redactor lleno de injenio. 

—En Inglaterra se ocupan de este asunto los que no sirven 
para otra cosa. Antes de ir un hombre a la cárcel, se le mete aden- 
tro de un diario. 

Andrés tendió suplicante una mano en dirección mia diciéndome: 

—Déjalo, déjalo. El no es aristocrático, pero tiene buena in- 
tención. 

Pero Ovalle, que babia averiguado que el amigo de Andrés tra- 
bajaba en una bodega y acababa de hacer una especulación en co- 
chayuyo que le habia dado algunos pesos, dijo desde su estremo: 
—En Chile no pasa lo mismo, señor mió. Aquí, cuando alguien no 
sin^e para nada se le dedica a comerciar en frutos del pais. Yo he 
visto condenar a un criminal a prisión perpetua o a especular en 
cochayu3'os. 

El amigo de Andrés enrojeció, todos los demás disimularon, es- 
cepto el mayor Jarabran, que con temeraria imprudencia se frotó 
las manos, y también las muchachas que se sonrieron y bajaron los 
ojos hipócritamente. . 

El señor Andonaegui, preguntando por Andrés sobre sus nego- 
cios de la mercería, contesta que el fierro galvanizado se vende en 
mayor cantidad que antes, lo que le hace esperar buen éxito para 
el año. 

—No lo crea usted — dice el amigo de Andrés. — Usted tendrá que 
cerrar su ferretería dentro de poco, porque sus empleados no en- 
tienden de vender, y maltratan al público. 

A Jarabran, que habla de la batalla de Tacna, le dice: 

—¡No ha sido tanto este batallo, hombre! 

—¡Cómo! — ruje el ex-mayor. — Usted un estranjero se atreve a 
hablar así de una de las mas grandes pajinas nacionales! 

—Calma, — calma, — dice Andrés de un lado. 

—¡Bravo! — grita Ovalle. 

Yo hago también vigorosos jestos de asentimiento. 

—¡Era mui fácil ganarle al Perú, hombre! — insiste el bárbaro. 

—¿Y no era mas fácil ganar a los boers? — replica lívido de ira; 
Jarabran. 



34a 

Uno de los señores Innominados que está cerca, me dice a me- 
dia voz: 

— Poco le importará a éste lo que dice el maj'or, porque es tan 
ingles como yo. 

— ¡Cómo! 

— Sí, señor; ha nacido en Iquique: es ciudadano peruano y no 
ha estado jamas en Inglaterra. 

Andrés habla calmando la natural irritación que han causado to- 
das las torpezas de su amigo, y logra ganar algunos minutos de si- 
lencio. El au-e está insoportable, los guisos han concluido; pero los 
postres no parecen conduu: en todo el dia. Cuando se cree que ya 
ha terminado todo, entran bandqas con biscochos y hojaldres en 
almíbar. Después de tres o cuatro platos mas, aun se ofrecen plá- 
tanos, uvas, «huevo molle», miel de palma. 

Todos están encendidos, hinchados, hablan en voz alta, en me- 
dio de un entusiasmo desproporcionado con lo que dice. Por fin, 
después de una prudente esplicadon mia, se levanta, el almuerzo 
y podemos salir al patio. 

« « « 

¡Al fin! La artificial distribución de los asientos toma aquí un 
mismo nivel, como las aguas en los vasos comunicantes. Soi arras- 
trado violentamente por Ovalle al grupo de las chicas donde dice 
él que se me llama. 

— Usted es demasiado serio — me dice una de ellas — y es menes- 
ter que se alegre. 

— Bueno. Estoi alegre: basta mirarles los ojos a ustedes para sen- 
tir buen humor. 

— Entonces lo aprovechamos, usted escribe en A7 Mercurio ¿ah? 

— Si, señorita. 

— Bueno. Dígame cómo acaba la novela que están publicando 
ahora en la tarde, que estamos con tanta curiosidad. 

— Apúnteme lo último que usted haleido. 

— Bueno. El barón de Cantilano está enamorado de la marquesa 
Luisa de Flejury y le acaba de declarar su amor. Ahí vamos. ¿Se 
casan o no se casan? 

— Se casan. 



ili 



v^ 



— ;Aí qué gusto! Pero entonces sale bastante pavo. 

— Es decir, se casan, pero se mueren los dos, 

— ¡Cómo! ¿Oyes Glafira? Dice el señor que se mueren el barón y 
la marquesa. 

El amigo de Andrés tiende su sombra funesta sobre el grupo. 

— Señorita, ¿puede usred bailar conmigo? — pregunta a la mas 
jentil de las chicas. 

— Nó, señor; yo no bailo todavía. 

— Sí, pero en cambio ya estar leyendo usted novelas. 

— Sí, señor; no veo que tenga que hacer una cosa con otra. Se 
baila con los pies y se lee con los ojos. 

La salida es celebrada con hostilidad para el hombre de las im- 
pertinencias. 

Apenas se retira, estallan las invectivas de todo jénero. Una de 
las chicas, aludiendo a la famosa especulación en cochayuyos, pro- 
pone que en adelante se le llame «Mr. Cochayuyo». 

Dd agradable grupo me estrae con solemne jesto el señor An- 
draca: 

—Venga usted acá, periodista, que tenemos que echar un párrafo 
con los amigos sobre política. 

Caigo en medio del grupo formado por los seis señores, inclu- 
sos los sin nombres, y comienza una serie de preguntas, respues- 
tas y objeciones sobre la cuestión económica, sobre el Consejo de 
Instrucción Pública, sobre la esterilidad de la labor parlamentaria 
y otros problemas no menos graves. 

El señor Andonaegui es partidario de una revolución; el señor 
Andraca insinúa diversas ideas para resolver la crisis económica y 
me aconseja defenderlas editorialmen te. Una de ellas es un em- 
préstito de quince millones de libras para prestarlas a todas las 
sociedades anónimas a diez años de plazo y con seis por ciento de 
interés: 

— Así la prosperidad del pais no sufre; los papeles se entonan y 
todo revive! 

Uno de los caballeros innominados se muestra partidario del 
papel moneda, y el ojtro dá argumentos en contra de la inmigra 
cion creyendo darlos a favor de ella. 

Ovalle y Jarabran me buscan para que vea al^o interesante. 



11' 



344 

— Oye — ^me dice aquel — ven a ver a Mr. Cochayuyo. 

Y llevándome a una ventana del comedor, me hacen ver el cs- 
traordinario espectáculo del amigo de Andrés. .. comiéndose un 
sandwich! El salvaje habia quedado con hambre. 

» « « 

Durante dos horas, hasta que se enciende la luz en el salón la 
concurrencia se reparte entre una danza frenética, incesante y la 
atención al ponche y otras bebidas que se sirven en el comedor y 
a domicilio. 

Noto que la atmósfera se hace candente, que todo el mundo se ha 
puesto cariñoso y espresivo. La chica locuaz que se interesaba por 
saber en qué hablan parado el barón con la marquesa, me pone en 
apuros preguntándome si se besan bastante antes del matrimonio. 
Una de las fragatas me hace confidencias literarias, mientras depo> 
sita sobre mí dos ojos húmedos de corvina. Ella lee bastante y pre- 
fiere la lectura amorosa de 40° a la sombra. Desea escribir una no- 
vela y durante media hora me narra el argumento. Se lo encuentro 
cursi e indecente; pero la estimulo al trabajo, prometiéndoli* bajo 
palabra de honor que figurará en la historia literaria, y que te pu- 
blicaré en el diario como folletín el primer tomo. 

El mayor Jarabran se ríe solo en un rincón. ¿Por qué seretxá? 

En vano trato durante mucho tiempo de bailar con alguna com- 
pañera simpática, porque Mr. Cocha5aiyo desaparece como una 
exhalación con cada una. Ovalle no lo hace mal. 

Con Andrés me empeño infructuosamente en que me permita 
retirarme. Tengo un compromiso para la comida, y después debo 
ir al teatro. Todo es inútil. La puerta de calle está cerrada. 

Jarabran se rie siempre. 

Una corta interrupción del baile deja ocasión a otra de las fra- 
gatas para acercarse al piano y cantar una romanza « vorrei morir», 
que enternece al señor Andraca sobre manera. Tras ella canta un 
joven, y en medio de una nota alta enronquece súbitamente. Jara- 
bran se vé obligado a espresarle todo avergonzado que le perdone, 
que no se rie de él, sino de algo mui diverso. 

Un nuevo baile se inicia y Mr. Cochayuyo brinca en el medio, 



345 

atropellaiido a todo el mundo, llenando todo él salón, rompiéndola 
el vestido a su compañera, pisándole los pies a los espectadores y 
enjugándose con un pañuelo sobre el rostro la mas copiosa traspi- 
ración que he visto en mi vida. Al concluir la polka, se me acerca 
con el cuello convertido en acordeón y me dice 

— Mi no baila per baila; mi baila per suda. 

Ovalle lo mira con indignación. Jarabran continúa sonriéndose. 

De pronto, Mr. Cocha3ruyo palidece, se lleva las dos manos al 
estómago, se deja caer en una silla y comienza a lanzar quejidos 
sofocados en el primer momento y desgarradores mas tarde. 

—¿Qué üai? — ^preguntan todos. — Tin dolor de estómago. ¡Que 
le den bicaitx>nato! [Que lo acuesteol \Ohl ¡qué desgracia! 

Pero el hombre está realmente aíiljido. 

Se lo llevan a un dormitorio, Andrés corre de un lado a otro, 
y, por fin, resuelve hacer llamar un coche y acompañar al infeliz 
a su casa que está situada a pocas cuadras. 

Con la ausencia del pobre hombre, se produce un jeneral alivio. 
Durante media hora el baile queda suspendido y cada cual dá di- 
ferentes esplicaciones del suceso. ¡Si comió tanto! ¡Si bebió tanto! 
¡Si es una esponja! ;Si es tan pesado de sangre! 

Por fin, una nueva polka suena en el piano y todo el mundo se 
lanza en un febril movmiiento. £1 mayor Jarabran se me acerca, 
me lleva a un ricon y me dice: 

—¿Qué le parece el dolorazo del gringo? 

— Lo siento. 

— Yo no señor. Tenia que pagar lo que dijo de la batalla de 
Tacna. ¿Sabe usted de qué le ha venido el dolor? 

— No caigo. 

—Fué de esto! 

Y me mostró un papelillo, que hoi, no sabría reconocer. Me con- 
tó cómo Ovalle habia salido a comprarlo a la botica, y cómo él se 
lo habia dado revuelto en el ponche. 

—Tiene para gritar toda la noche — me agregó con absoluta 
tranquilidad. 

Desde ese momento las horas se precipitaron en la mas horrible 
algazara. Andrés no dejaba irse a nadie. Dos veces fui sorpren- 
dido cerca de la puerta de calle y depositado nuevamente en e| 



346 

salón. Hl ponche habia hecho sus víctimas y cada vez que se can- 
taba el *'vorrei morir" el señor Andraca lloraba a mares. La chica 
del folletin me hizo nuevas preguntas indiscretas y la señora lite- 
rata modificó, el último capitulo del primer tomo en homenaje a 
mí, haciéndolo bastante mas colorado de lo que parecía posible. 

Poco a poco desaparecieron todas las chicas y algunas de las 
señoras, fatigadas por el baile y la dura jomada. Pero el piano 
siguió marcando valses, mazurkas y polkas que encontraron siem- 
pre entusiastas parejas. 

Por fin, rendido caí en una silla. Andrés se me acercó en el 
acto: 

— Hai que ser hombre, Anjel! Déjate de historias. Todavia es 
temprano. 

— Déjame irme. 

—Estás despreciando mi fiesta. 

—Si no te desprecio nada, hijo mió. Es que son mas de las tres 
de la mañana y me caigo de sueño. 

' Nó, señor) hai que divertirse. 

Y aun tuve que bailar, beber, conversar y hasta opinar sobre di- 
versos asuntos. 

Cuando apareció un primer débil rayo del alba, rozando las co- 
pas de los naranjos, quise disparar y salí con mi sombrero. 

Andrés me tomó de un brazo, me llevó hasta cerca del pasadizo 
que conducía al fondo de la casa y con la mirada resplandeciente 
me dijo: 

—¡Escucha! 

Se sentía un ruido sordo, como el de una piedra cayendo sobre 
una superficie blanda: 

—Están machucando el charqui para el valdiviano. ¡No te 
vayas! 

Debí morir en ese instante. Pero Ovalle y Jarabran que venían 
de la calle hablando ruidosamente me llevaron a un aparte 

—Hemos dado una carrera hasta la casa del gringo. Todavía 
está gritando. Se siente en li calle. Ahora ¡vamos al valdiviano! 




Fantasía óe Pascua 



PARIS-SAXTIAGO 



Soñamos que regresábamos de París (hai sueños disparatados, 
eh? y que abríamos nuestras maletas dejando sobre mesas, 
sofaes, sillas y chimeneas, esa infinidad de cachivaches que 
se compran en una esposicion. 

Entre ellos venían algunos objetos de térra -cotia, otros de 
bronce, de níquel y hasta de plata oxidada. Modelos del llamado 
arte nuevo, figuras de mujer alargadas y vaporosas, perfiles de me- 
dalla, hojas de trébol, lirios de esmalte morado en fondo negro, 
cobre verde, etc Todo ese pequeño museo, comprado en la reali- 
zación de una joyería ambulante, fué colocado cuidadosamente so- 
bre una mesa, en el medio de la cual se destacaba una Cleo de Me- 
rode de plata oxidada, con las manos cruzadas tras de la nuca y 
con una maliciosa sonrisa, símbolo del París de las revistas ilus- 
tradas. 

Aquello quedó allí mientras no instalábamos de una manera defi- 
nitiva nuestro escritorio, encontrando albergue a tanta monería. 

Llegó la Pascua (es sueño ;ah?) y naturalmente, como recien lle- 
gados, nos fuimos a dar una vuelta por las fondas para apreciar si 



348 

Chile había progresado o nó en nuestra ausencia. Con el hábito del 
turista que se complace en comprar objetos pequeños y llenarse 
de ellos los bolsillos, adquirimos una colección de oUitas de las 
monjas, de esas que huelen a incienso y lucen sus vivos colores y 
sus esmaltes dorados. 

Tarde ya, rendidos por la caminata, pusimos sobre la mesa las 
oUitas de las monjas, que ocuparon modestamente los huecos dga- 
dos por los cachivaches de Paris, y no tardamos en sumerj irnos en 
el mas profundo sueño. 

Vino el no ser— como dicen los poetas — y abrimos los ijjos aese 
otro mundo en que todo se vé indeciso, notante, vaga 

La mesa se nos acercó al lecho. Los recuerdos de París, del bou- 
levard, de la esposicion, de Sada Yacco, la actriz japonesa, de la 
Réjane, la artista parisiense, se nos revolvían con la horchata con 
malicia, con los claveles y albahacas y con las oUitas de las mon- 

A3. • • • 

Cleo de Merode, la estatuita de plata oxidada, con sus manos 
cruzadas detras de la nuca, había bostezado. ¿Aburrida de Santia- 
go? ¿Con nostaljia de París? ¡Eso le íbamos a preguntar cuando 
¿lia habló:. 

— ¿Dónde estoi? Me habia quedado dormida No veo sino una 

oscuridad muí profunda. Una vez que me acostumbre veré mas 
claro. . ..sí, pero ¿qué es esto? ¡AL' ¿Qué c'est ce petit monstre? 

Indudablemente se refería á mi colección de ollitas de las mon- 
jas y con especialidad al huaso de a caballo que se levantaba er- 
guido al lado de una monjita, vecino a un «brasero» y entre una 
infinidad de jarritos y ollas. 

— ¡Jesús! — dijo la monjita, santiguándose— esa gabacha no huele 
bien. I Y qué lijera de ropas! ¡Y qué ojos. Y se dio vueltas como un 
trompo, dándole las espaldas a Cleo de Merode, que se quedó mi- 
rándola con ojos tamaños. 

. . ¡Oh! Cette dame de chanté est vraíment terrible! 

Leí conversación siguió entonces entre la monja y el bracero de 
esta manera: 

— Creo que hemos caído entre jente mala — dijo la monja— bus- 
cando calor al lado de aquel bracero destinado a darlo. 

— Sí; todo está malo ahora. Ya no son esos tiempos en que yo 



349 

tostaba azúcar para el mate, y estaba siempre al medio del salón.. . . 

—Y ahora fíjese usted qué manera de vestir la de esta francesa 
que tengo detrás de mí. . . 

— ¡Uy! Qué economía de ropa. ¿Cómo se llamará? 

— Cleo de Merode — interrumpió con una vocesita arjentina el 
«bibelot» parisiense, 

— ¡Cleo! ¡Dios santo! Si ni siquiera tiene nombre cristiano. ¿Qué 
es esto de Cleo? 

— Como no ha de ser cristiano, maire— interrumpió el huaso, el 
«petit monstre» a que se había referido la bailarina de plata oxi- 
dada — cuando así principio yo mis rezos: « Cleo en Dios paire!» 

— Ah! sL. . . 

— ^Ah! si— corearon los dos — mientras Cleo miraba con una cara 
llena de risa a su pésimo defensor. 

Pero Cleo de Merode hacia mucho tiempo que no estiraba las 
piernas y quiso ensayar su arte. Destrenzó las manos de detras de 
la nuca y se desperezó. Y un momento después se descolgaba del 
pedestal de un saltito y quedaba a mui poca distancia de la mon- 
jita de greda, cada vez mas indignada. 

— Qué maneras de esta mujer — decia — y qué modo de mirar y 
de reirse. No, no; esta no es persona buena. 

— Oh, mi querida señora — esclanió Cleo — permítame usted que 
la bese — y antes que la monjita hubiera podido cubrirse la cara con 
sus dea manos ya le había estampado en un ojo un beso ruidoso, 
estupendo. 

Hl escándalo que se produjo fué enorme. El brasero lanzó un ru- 
jido, varias ollas se enrojecieron de indignación. 

Pero ya era tarde. Cleo no oia ni veia a nadie; bailaba. Lamonji- 
ta no solo cerró los ojos, sino que aun se puso las manos encima 
de los párpados: el brasero se puso patas arribas, y varias ollas ro- 
daron por la mesa. Poco a poco, el baile aumentaba 3' se hacia mas 
desenfrenado, hasta que la monjita, insegura de sí misma, se lanzó 
de un salto al suelo haciéndose trizas en él. La siguieron un mo- 
mento después, el bracero, y una por una todas las ollas con uso 
de razón. 

Quedó sólo, aislado, sereno, el huaso, ese mamarracho de greda 
que le había merecido a Cleo el nombre de monstruo. 



.'5" 



— Mira «petit monstre > — dijo Cleo tú eres el líiiico tolerante, 
tú la única cara amiga que diviso, y aunque no la tienes mu i lava- 
da, no importa. 

Y dando un salto quedó montada en ancas y se aferró convulsa- 
mente a la cirtura del huaso. 

— Austin, Austin— esclamó éste — ¿Donde te habis visto en otra? 

Pero su alegria quedó cortada de repente y siguió: 

— Ai, patroncita; si esto hubiera pasado en vida jcómo habríamos 
galopiao! Habríamos ido a topiar en la vara, a tomíir tin chacolí 
superior, «un cauceo»...Pero nada puedo hacer ahora, patroncita, 
porque soi de greda.. . . 

— ;De greda! ¡De greda! — gritó Cleo con voz histérica — ¡Ai, qué 
amarga realidad! ¡Austin, Austin! de buena te has escapado. Si hu- 
biera estado viva, ¡cómo nos habríamos divertido! Habría cantado, 
reido, bebido. Te habría contado cuentos.. . Pero soi de plat?» oxi- 
dada! 

—¿De plata.. . .? luitíSnces está emparentáa con mis espuelas, pa- 
tnmcita, que son de plata.. . . 

— ¿También están oxidadas?.. . . 

— No, señorita: están empeñáas.... 

lui ese momento se desvaneció el sueño. Entró la luz del alba 
por la ventana, y junto con ella el mozo con los zapatos lustrados. 

—Ai, señor, — me dijo — cómo se han caído estas cosas déla mesa! 
Mejor seria acomodarlas en otra parte, porque ya no caben. ¿Dón- 
de pongo esta virjencita? — y me mostraba a Cleo de Merode que 
estaba con tina carita de mosca muerta. 



.Y así terminó la fantasía parisiense-santiaguina de Noche 
Buena. 



S^ t^ 



nimacen óe Conciencias 



Las conciencias se venden. — La AV- 
fornui. 

A nadie le remuerde su conciencia. 
- 'La ünion^ 



iQué cosas mas estranas se encuentran en una ciudad grande, a 
la caída de la noche! Es la hora en qtte el oficinista, cansado de la 
tarea del dia, regresa a su casa o al Club con paso desnia^-ado y 
voluntad inerte. Es la hora en que todo destella con una última 
luz, como lámparas próximas a apagarse. 

Es, en fin, la hora en que el transeúnte se deja tomar por el pri- 
mer recien llegado y vaga a merced del ajeno deseo. 

Tyos vagos siempre se preguntan: ¿qué se hace en este pais a tal 
hora? Para ellos deberla fabricarse un reloj en cuya esfera se gra- 
bara esta pregunta tanta veces como horas hai. Y sin embargo creo 
que hai una hora difícil de emplearla en algo útil, yes la última de 
la tarde, o la primera de la noche. 

Vagábamos hace una semana en este momento de indecisión y 
demedia sombra. En una de las muchas vidrieras, apagadas unas, 
a poca luz otras, entre una paqueteria y im almacén de provisio- 
nes, un botón eléctrico golpeaba contra el cristal llamando la aten- 






352 



don del transeúnte hacia cierta tienda estraña que lucia una plancha 
con letras doradas: «Almacén espiritual». 

' Tratamos de investigar, mirando atentamente la vidriera qué 
podia significar ese letrero. Nada mas que un ventilador eléctrico 
ajitando incesantemente sus aspas con el rumor de un inmenso 
moscardón, se veia en la gran ventana. La puerta, por otra parte 
no tenia indicación alguna y dos cristales esmerilados impedían la 
vista hacia el interior. 

Naturalmente, nos provocó esta especie de indiferencia por el 
público, y empujando la mampara nos encontramos en una sala 
estensa, desnuda en tres de sus murallas y con un pequeño armario 
en la cuarta donde una serie de frascos envueltos se alineaban 
ordenadamente. 

Un dependiente avanzó con una amable venia, aunque no sin 
cierta ironia en los labios: 

— ¿El señor se ha equivocado? 
' — No creo— respondí, algo confuso. — He visto que éste es un 
almacén espiritual, y deseo saber qué pueden venderme en este 
ramo. 

— No es la costumbre de la casa, — me dijo con tranquilidad, — 
tomar clientes nuevos. Nuestro ramo es restrínjido y no aspira 
absolutamente a difundirse en las clases bajas. . .—No me coloque 
usted tan sencillamente en las clases bajas. SI este es un almacén 
espiritual y yo estoi dotado de espíritu, creo que podria ser un 
cliente. 

El homore pareció convencerse, y tomando de una mesa un plie- 
go de papel que parecia un prospecto, me lo alargó en silencio. 
He aquí su contenido: 

«Gran almacén de conciencias, por mayor y menor; de las mejo- 
res marcas conocidas; y de todas clases y modelos. Hechas y sobre 
medida. Conciencias anchas y angostas, de madera, de cartón-pie- 
dra, de fierro con porcelana y de papel». 

Lo miré asombrado; pero él no titubeó. 

— Las hai a todo precios — me agregó en voz baja, 

— Yo^necesitaria una; pero no mui angosta. 

— Son las mas cómodas. Peimitame que le tome la medida. 

Durante un largo cuarto de hora el hombre me aplicó un compás 



353 

pequeño en todo el cuerpo, y en seguida tomaba notas sobre la 
mesa en un papel. A ratos me sentí tentado a la risa, porque no 
veia qué relación podía tener, la dimensión tal o cual de algunos 
de mis miembros con la clase de conciencia que podia necesitar. 

— Permítame usted— me dijo al terminar — no quiero ser indis- 
creto; pero usted debe ser diputado . . Necesita una conciencia tan 
desmensuramente ancha que no fabricamos de ese número. 
— Nó, señor; no soi diputado. . . pero soi periodista. 
— ¡Oh, la, la! Dá casi lo mismo. Son números mui altos. Aqui 
quedaba una conciencia de sistema algo anticuado, sumamente an- 
cha y se la llevó hace poco un Ministro déla Corte. Yo le observé 
respetuosamente que tanto valia no usarla, tratándose de algo tan 
ancho; pero me dijo que su puesto le obligaba a llevar una cual- 
quiera, por holgada que le quedara. 
—¿Se interesa alguien por las angostas? 

—Casi nadie. Cada dia se venden menos. Uno que otro clérigo, 
uno que otro vejestorio, algún comerciante que pierde la cabeza, 
alguien que ha consultado al médico y le ha dicho éste que sufre 
de arterio -clorosis. 

El empleado parecia hablar con gusto; seguramente a causa de 
su habitual silencio en una tienda tan solitaria. Mientras yo revi- 
saba algunas marcas nuevas de conciencias, me decia éste: 

— Hai jentes que jamas, ni por curiosidad han venido aquí a 
preguntar los precios siquiera de nuestro artículo: los corredores 
de comercio, por ejemplo. En cambio los tutores, curadores, repre- 
sentantes de menores y otros piden siempre «la conciencia tam- 
bor»... 
—¿Qué es eso? 

—Una especialidad de la casa. Es una conciencia sonora, es 
decir, que mete bulla, que llama la atención. Con ella uno logra 
fama de honrado, aunque no lo sea. Antes que llegara este sistema 
se usaba solamente la conciencia de bolsillo que, en la misma for- 
ma que los guantes y el pañuelo, podia llevarse consigo o dejarse 
en la casa. Este sistema era el preferido por todos. 

—¿Tiene usted alguna conciencia silenciosa, que no se sienta ni 
sienta, que palpite, que no remuerda? 
[ — Precisamente nos han llegado de Estados Unidos, algunas que 



nosotros llamamos con sordina. Estas sirven mucho para jueces, 
comerciantes, tesoreros fiscales y abogados. 

Me esplicó el dependiente el variado surtido que dentro de poco 
se pondría a la venta. Desde luego me llamó la atención, y pensé 
que podría escribirse algo para la vida social, al oir que llegarían 
algunas conciencias para señoras, con diferentes perfumes en el 
interíor. 

—Son mui curiosas, me agregó. vSe les da cuerda como a un re- 
loj, para seis u ocho dias. . . 

— Pero supongo que las señoras las andarán llevando como sus 
relojes: jeneralmente parados. 

—No lo crea usted; de esto se encargan los mandos. Pueden 
ellos no llevar conciencia, pero se cuidarán mui bien de darle cuer- 
da a la de la mujer. 

—Dígame usled— pregunté de pronto- me estraña no vtr los gu- 
sanos. 

—¿Qué gusanos? 

— El gusano de la conciencia: 

De la conciencia el velador gusano 
les roe inexorante el corazón... 

— ¡Ah! Sí, sí. Esas son antiguallas. Hoi dia se suprime el gusano 
También se ha dulsificado mucho el papel de la conciencia. Casi 
podría decirse que ésta ha pasado a ser artículo de pastelelería. Hoi 
nos reimos de aquello: 

Conciencia nunca dormida 
mudo y i)ertinaz tentigo 
que no dejan nin cantigo 
ningún crimen en la vida. 

Me interesé profundamente en el almacén espiritual, y pregunté 
si no seria posible desarrollarlo en algún otro departamento, como 
por ejemplo, la venta de talento y de sentido común. 

—Se ha estudiado el ramo — nio dijo— pero tiene muchas dificul- 
tades. Desde luego el talento es imposible fabricarlo. Se han hecho 
verdaderos aparatos de joyería, pero luego se descomponen. Noso- 



^55 

tros importamos de Holanda dos talentos marca btiena estrella,'p2X2i 
la política; pero a los pocos años de uso fallaron, y los clientes 
quedaron en descubierto. Asi puede desprestijiarse la casa. En 
cuanto a los aparatos de sentido común, aun no he visto nada com- 
pleto. 
Cuando me iba ya a retirar me dijo: 

—Tenemos también im pequeño artículo que se llama: «Laener- 
jia al alcance de todos»; yo la llamada mejor «la efervescencia al 

alcance de todos»; porque consiste en una carga de ácido carbónico 
que se aplica a las personas. Es necesario, si, renovarla a menudo. 
Hai hoi dia cinco diputados que vienen aquí cada semana a car- 
garse de gas. El otro dia se nos pasó la mano en uno, y se destapó 
ruidosamente. 

Aun oia hablar al dependiente, cuando de nuevo me encontré en 
la calle. La tienda parecía haberse oscurecido por completo. La 
oscuridad de la calle me hizo marchar a tropezones. De repente 
alguien me tomó del brazo. Al dar vuelta la cara me encontré con 
el dependiente que al pasarme una caja me decia: 

—Llévese usted esta conciencia para políticos. Llévela gratis, 
porque su valor es tan insignificante que las estamos relagando. 



OiUi 




Ho SEñs municiPñL 



CARTA DE UN PADRE A SU HIJO 



Mi queribo Juax: 

He recibido \fx carta y aun no vuelvo de la sorpresa que ella me 
ha producido. Me pides, como si nada me pidieras, la auto- 
rización para presentar en Rancagua tu candidatura a muni- 
cipal, en el puesto vacante que dejó el señor Marín. 

Créeme que he llorado de pena, al ver como se ha maleado 
tu buen criterio y relajado tu estricta conciencia. Pareces creer que 
el oficio de municipal es un oficio honesto, y que puede desempe- 
ñar un hombre digno con la frente levantada. Mira; este punto no 
lo discutiremos. Tengo para mí que es mas honroso ser en ésta tu 
ciudad natal, canastero o sacristán, que allá miembro del Muni- 
cipio. 

Te diré que en nuestra familia tenemos una mancha. Tu abuelo 
cometió un asesinato y estuvo diez años en la Peniteciaría. Alguien 
me dijo^ cuando tú naciste, que el aiavismo era una verdadera lei, y 
que debía temer fundadamente que tú salieras con la herencia del 
homicidio. Inútil fué que yo te educara con los escrúpulos con que 



35» 

lo he hecho, buscando una defensa contra esa mancha hereditaria. 
¿Pero qué he sacado? Ya lo ves; la mania homicida ha brotado por 
todos tus poros: quieres ser municipal; quieres tener, por consi- 
guiente, en tus manos la vida délos habitantes de Rancagua,^' de- 
jarla abandonada a las continjencias de los conventillos ruinosos y 
de las cloacas abiertas. 

Mira, Juan. Si quieres ser malo, sé falsificador de estampillas, 
profanador de tumbas y escalador de conventos; pero, por favor, 
por la memoria de tu madre, por mi, por tí, no seas municipal. 

. La familia está ya decaida, sin nombre, sin prestijio. ¿A qué se- 
guir deshonrándola? Si fueras mujer, no te dejaría, por ningún 
motivo, ser conductora; no te éstrañes, pues, que siendo hombre, 
te impida, con enerjia irresistible, ser municipal. 

Si te dá por los oficios humildes, tienes a tu vista la profesión 
de campanero. Subirte a una torre, repicar, doblar a muerto, ser un 
verdadero heraldo de las cosas tristes y de las nuevas alegres, do- 
minar la ciudad entera, vivir a la altura en que vuelan los pájaros; 
en fin, ahí tienes tú un oficio pobre, sencillo, modesto, pero que no 
nos humillarla. Tiene, es cierto, la profesión de campanero, el in- 
conveniente que no se puede repicar y andar en la procesión; pero 
¡qué quieres! nada hai sin dificultades. En cambio, seguirás estan- 
do siempre en materia de fondos «a tres dobles y un repique.» Tam- 
bién podrías ser policial del punto, guardián del orden público, 
firme sosten de la tranquilidad de las calles. Es verdad que es un 
oficio frió y sumamente propenso a catarros; pero también es hon- 
roso poderse llamar a si mismo: colaborador de la paz social. Po- 
drías en este terreno de los oficios humildes, ser palanquero de 
ferrocarril, arreador de pavos, vendedor de sustancia de aves o 
faltes. 

Si te dá por los oficios honoríficos, puedes fundar una sociedad 
cualquiera y hacerte presidente de ella. Seria escelente idea una 
liga permanente en pro de los damnificados de Guayaquil, para 
pasarles una pensión mensual a las viudas ecuatorianas o una dote 
a las jóvenes solteras de buena cara, que están dudosas entre ca- 
sarse o abrazar el estado relijioso. 

Si te da por los oficios audaces, puedes hacerte diputado, inven- 
tor, andarín.. . o tenor Sotorra. Si eres lo último, aborda el O para^ 



359 

dito sin temor alguno, que lo mas que puede pasar es que el públi 
co se tape les oídos. 

En fin, busca, elije, adopta cualquier oficio, menos el de muni- 
cipal. Sé bailarina, si quieres; pero no seas edil. 

No es menester que pura hacer fortuna e&plotes un sillón muni- 
cipal; puedes esplotar una viuda rica, con mas éxito y menos des- 
honra. 

No sabes cuánto me ha aflijido la idea de que tú quieres ocupar 
d puesto vacante que hai en el municipio de Rancagua. Este es un 
mal de familia: tu hermanita quiso ser a todo trance cantinera del 
Buin; tu hermano mayor queria ser tesorero fiscal; y tu tío Ramón, 
taquero, o, mejor dicho, limpiador de acequias. No sigas tú ese ca- 
mino errado y pernicioso, Juan mió; y, si algún mal consejero te 
sopla tales picardías, y tu espíritu desfallece, y vas a las urnas, y 
los ciudadanos te elijen; entonces, o dejas de llamarte como te lla- 
mas, o te olvidas de este viejo que te dio el sc'r^ sin sospechar que 
te iba a dar el ser municipal. 

Vente a Linares, donde se respira buen aire, se l^ebe leche pura 
y no hai microbios. Esa ciudad de Rancagua es un charco donde no 
se puede vivir. 

Te guardaré secreto de lo que has querido hacer, para que las 
¡entes honradas de aquí no comiencen a mirarte en menos. 

Debo, sí, advertirte que no publiques esta carta, porque, como 
me he espresado algo mal de ese municipio, es capaz de tomar al- 
guna medida en contra mía, como hacerme pagar patente de vehí- 
culo con cuatro caballos, por salir a la calle. Tu afectísimo padre. 




A A A Á. A Á. Á. 



▲ A ▲ ▲ A 



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RELIQUIñS... 



DB cuando en cuando la crónica de los diarios anuncia el descu- 
brimiento, casi arqueolójico, de algún veterano que le ensi' 
liaba el caballo al jeneral San Martin y se encontró en Can' 
cha Rayada y en Rancagua. El veterano pasa, naturalmente 
de cien años de edad y se acuerda, como si fuera ayer, de los 
gloriosos hechos de armas de la independencia nacional, que mira- 
mos ya como pajinas históricas consagradas por un siglo. 

Pues bien, es necesario que nuestros lectores no crean absoluta- 
mente en esas reliquias históricas. Los veteranos de cien años para 
arriba, no tienen de soldados sino los sucios pantalones azules 
con rodilleras y manchas antiquísimas. Andan con los pies juntos, 
se mué ven temblorosos como si fueran jelatinas ambulantes, no 
ven ni conocen a nadie, abren la boca como espantandos de la luz, 
del ruido, del movimiento y se marean con aquel torbellino que' 
se desenvuelve en tomo suyo sin respeto ninguno a la reliquia 
Un diario de hoi se refiere a un anciano Narváez que ha llega- 
do a Valparaíso, de no sabemos dónde. Tiene 105 años, yes seguro 
que también le ofreció un cigarrillo de hoja al jeneral O'Higgins y 
conversó una vez con Freiré y le dio otra vez la mano a Búlnes. 
En ñn, se trata de otra reliquia histórica. 
El viejito se mueve por las calles de Valparaíso, con su figura de 



362 

chincol entumecido, tratando de despertar sas recuerdos y evocar 
algo que siente cerca de su corazón apagado ya. Ha tenido una 
mujer y una hija; viven allí mirando ese mismo mar que él divisa, 
cerca de esos mismos cerros que tienen al alcance de su mano; 
pero ¿en qué calle? 

A Narváez debe pasarle algo de lo que le ocurre al enfermo que 
quiere hablar pero que siente apagársele la voz en la garganta, y 
se contenta con lanzar un suspiro. Kl espera que el recuerdo bata 
sus largas alas de seda y se acerque. Cree ya que posa la tibia ves- 
tidura al lado de su p>echo, se lleva la mano al corazón, pone el oido 
atento al ruido que lo cerca... pero nada, absolutamente nada. 
Todo ha muerto, todo ha pasado. £1 está sobreviviendo a su cora- 
zón, sobreviviendo a su cabeza, sobreviviendo a su espíritu. . . 

Por eso le llaman el sobreinviente. Es algo asi como un buque que 
ha desarbolado la tempestad y ha deshabitado la muerte y se aleja 
brincando, de ola en ola, sin mas rumbo que el azar. 

Hace mas de tres años, estuvieron de moda los veteranos de la 
independencia, los sobrevivientes de Chacabuco y Maipo. Salieron 
muchos de sus modestas casitas, vestidos dentro de los informes 
casacones de otra épc»ca. Mr. Spencer los enfocó un dia y nos dio 
un abanico de rostros arrugados, miradas opacas, de un color de 
tierra amarillenta y plomiza. Los cronistas se pusieron literatos 
todos, entintaron sus plumas nuevas en la mejor tinta del mercado, 
y liablaron con absoluto candor de las reliquias sagradas, de esos 
lazos de unión entre cuatro jeneraciones, de esos narradores verba- 
les de la epopeya de 1810. 

La curiosidad nos arrastró, y una linda mañana pasábamos el 
puente de la Recoleta, y nos presentábamos al pequeño hogar de 
uno de ellos. Estaba sentado al sol frente a un jardincito con 
pelargonias y verbenas, en un sillón de cuero, los pies envueltos 
en un pañuelo de mujer, y metida la colilla de un cigarro tras de 
la oreja. Parecia una perdiz disecada con naftalina y puesta al sol 
para que se murieran las polillas. 

Nos acercamos con veneración sagrada. 

— ¿Hablamos con un sobreviviente de la epopeya de 1810? 
Por los ojillos de pájaro del veterano no pasó nada. Nos miró 



363 

con cnríosidad, e hizo un movimiento de narices parecido al del 
conejo cuando huele una ramita de alfalfa. 

— ¿Podria contarnos usted la carga de O'Higgins en Chacabuco. 
los sentimientos patrióticos que animaban su pecho, el júbilo de la 
victoria, el entusiasmo de los soldados? 

El veterano nos volvió a mirar, ajitó de nuevo su nariz y dijo, 
moviendo la cabeza: 

— Sí; sí, O'Higgins era godo. 

Quedamos estupefactos. La reliquia histórica descendió en nues- 
tro concepto hasta parecer un pajarraco momificado, indigno de 
seguir viviendo para decir atrocidades tales. 

Cuando un hombre, por mui reliquia que sea, llega a un estado 
tal, debe ser retirado compasivamente de la circulación, y alberga- 
do en un asilo. Las reliquias se encierran en un estuche; no se 
deja que les caiga la lluvia encuna, ni las hiera el sol. 

La relación de la vagancia de ese pobre Narváez nos ha llegado 
al fondo del alma. Ese hombre ni es reliquia, ni es lazo que une 
jeneraciones, ni siquiera es persona. Montón de huesos que toda- 
vía no caen desarmados al suelo; organismo cuya desgregacion ha 
retardado la vitalidad asombrosa de los soldados de antaño; cadá- 
ver que se cree todavía pertenecer al gremio de los vivos. 

Si los asilos para ancianos no sirven para retirar de la interperie 
esos despojos respetables por mas de un titulo, para nada sirven. 



S3^ gJ^ 



^^^^^ ^^^^^ ^k^^^ ^kálk^ ^kíÉ^^ ^^lÉ^^ ^klt^^ ^hlÉ^^ 



no uERñneo 



en uiniE 



NO veraneo. Como hombre de principios fijos, inamovibles y 
sujetos ya a larga esperiencia, declaro que no veraneo. 
Recibí una prolija lección objetiva de lo que es un vera- 
neo a pleno campo. Prefiero, por cierto, desde entonces, un 
veraneo a pleno infierno. 
Mi amigo Antonio Puentes decidió llevarme el año pasado a su 
fundo JS¿ Atolladero, distante pocas leguas — así decia él — de una es- 
tación de ferrocarril. Inútil fué que le demostrara que la época en 
que Santiago se muestra menos aborrecible, es de enero a marzo. 
Las legumbres bajan, y un atado de espárragos llega a valer 
menos que una pina al jugo. Bajan también las aves y cuesta me- 
nos un pollo qne una langosta de Juan Fernandez. Desaparecen 
de Santiago los diputados, los acreedores, los jueces > los aboga- 
dos. Kn fin, es casi un crimen emigrar de una ciudad durante los 
dos meses en que se hace habitable, hijiénica y hasta simpática. 

Pero ¡qué hermoso cuadro me trazó Fuentes con su tropical ima- 
jinacion de miembro del Ateneo y dueño de ciento cuarenta vacas 
de apellido Durham! 



366 

— ^Vén— me decia — te levantarás apenas asome el sol sobre las 
crestas del arrayan. Nos bañaremos en un recodo del estero, fresco 
y cristalino. Beberetíios uña leche gorda como crema, blanca como 
nieve, fresca y suave como miel. Iremos a la quebrada de los Bol- 
dos a buscar heléchos, a cazar perdices, a gozar de la mas encan- 
tadora vista del mundo. Almorzaremos las mas ricas cazuelas, los 
bisteques mas blandos, los corderos mas gordos, las lechugas mas 
tiernas, las longanizas mas picantes, las empanadas mas jugosas y 
las malayas mas zazonadas. Dormiremos la siesta bajo el sauce 
llorón. Pasaremos el dia leyendo versos de Musset bajo los na- 
ranjos en ñor. Al llegar la tarde oiremos a caballo el canto de los 
pidenes y ese silencioso recojimiento de la oración. Comeremos 
temprano. Mi mujer te tocará en el piano, un rico Steinway, la «So- 
nata pasionata» que es tu delirio. . .y nos dormiremos en el mas 
suave de los sueños. 

Cautivado, como los navegantes con el canto de la sirena, touié 
un dia el tren y llegué a El Atolladero, 

i» i» i« 

Eran las ocho cuando un pitazo del tren anunció el fin de mi 
viaje, — Mi break te espera, me habia dicho Fuentes. No tienes sino 
que llamar. Gritas jMarcelino! y tendrás un fornido mozo a tus 
órdenes 

Único pasajero, bajé del tren, cargado con dos maletas, un rollo 
con bastón y- paraguas, y un cesto de mimbres con algunos obse- 
quios a la esposa de Fuentes, y esperé que el convoi partiera para 
gritar conforme a las instrucciones, el nombre del leal servidor. 

Mis clamores se perdieron en la silenciosa y profunda oscuri- 
dad de la estación. £1 ahuUido cercano de un perro, fué la única 
réplica que pude percibir. 

— ¡Marcelino! — volví a gritar. 

Nuevo silencio, nuevos ladridos, luego larga y prolongada in- 
certidumbre. Ni una luz en el vasto cercado de la estación; ni un 
palanquero dormido sobre los vagones que apenas alcanzaba a co- 
lumbrar a lo lejos; ni siquiera uno de esos farolillos rojos o verdes 
que anuncian la proximidad de un cambiador. 



367 

Fuera de la diferencia de donnir en tina cama blanda y tibia a 
pernoctar bajo ese galpón abierto a todos los vientos, la cosa no 
habría sido grave, a no ser porque los ladridos del perro se iban 
acercando con insistente gradación. Nuevos gritos a Marcelino, 
con el mismo desesperado resultado. Esta vez el perro avanzó co- 
rriendo y sin dqar de ladrar. A tientas encontré un banco donde 
me trepé ájilmente sin soltar el rollo del bastón, paraguas y otros 
útiles, y me apronté a una larga y silenciosa lucha con los elemen- 
tos: la fatalidad y el perro. ¿Qué podia haber ocurrido para segar 
al nacer las hermosos esperanzas que Fuentes me haí)ia hecho abri- 
gar sobre su hospitalidad? ¿Marcelino habria sido asesinado en el 
camino por algunos forajidos? 

Entretanto, el perro se acercaba, deseando seguramente entrar 
conmigo en un desigual combate. Era un enorme dogo de Ulm, 
absolutamente fuera de sí. Habria sido inútil hacerlo escojer un te- 
rreno conveniente para ambos. Su actitud resuelta no admitia lugar 
a dudas. Como diera dos o tres saltos para trepar al banco, me vi 
obligado a repelerlo con mi bastón; con lo cual las hostilidades 
quedaron declaradas. 

Pero de pronto se operó en el dogo una favorable evolución. 
Husmeó en tomo de mis mí^letas y con ttn buen criterio, de que 
no lo hubiera creido capaz, elijió la canasta para hacer en ella un 
examen de vista de Aduana. 

Con el mas profundo dolor adiviné que el perro escojia para co- 
menzar su cena, una hermosa longaniza que iba a ofrecer en ren- 
dido homenaje a la señora de mi amigo. Crujieron sus dientes y 
llegó hasta mis narices el picante olor de salchicha. 

Inútil habria sido disputar con el perrazo lo que quedaba en el 
canasto. Entregárselo a su avidez era pagar una prima de seguro 
sobre vida Pero como el hambre apretaba también para mí y tenia 
la risueña espectativa de una noche en ayunas y en vela, resolví 
retirar del canasto algunos víveres con toda la diplomacia posible. 

, Avancé mi bastón: rujido sordo. Engarfié la oreja del canasto y 
lo atraje hacia mi: salto furioso del mastín, y colocación estratéjica 
entre el cesto y el banco. 

Todo era inútil. Resolví esperar qtie la salchicha hiciera su efecto 



368 

sobre el organismo del animal, para salir de mi sitio cuando la di- 
jestion lo llamara a mas benévola actitud. 

Terminada la suculenta parte, el dogo de Ulm, introdujo su hoci- 
co en otros paquetes, y a juzgar por el ruido de huesos quebrados 
y la agradable fragancia despedida, fueron cuatro perdices en esca- 
beche las que tomaron el tumo. 

Un momento después el insaciable can estraiaunjamon, un ver- 
dadero jamón de Valdivia. Pero dudando de tener tranquilidad 
suficiente para acabarlo en paz, lo arrastró hacia si y se sumió en 
la laboriosa tarea, mascando suavemente la grasa azucarada y plan- 
chada. Aproveché ese momento para intentar bajar a tierra: pero 
un oportuno rujido me contuvo. 

Lancé un nuevo grito a Marcelino, y la nada, el vacio, la oscu- 
ridaJ por todas partes, me respondieron. Entretanto las horas vo- 
laban y a la luz de un fósforo vi en el reloj las once de la noche. 
Tres horas mortales hablan pasado. 

El perro entietanto parecia satisfecho, se acercó a mi maleta, a 
mi gran maleta, husmeó y luego ¡horror! quiero ahorrarme la 
angustia de repetirlo y a mis lectores el bochorno de oirlo. 

Resolví salir de la inacción; salté a tierra y ajité el bastón. Hl 
dogo era práctico, demasiado práctico, porque sin siquiera un la- 
drido desapareció a escape y se perdió en las sombras. 

Me lancé entonces a dar desesperados golpes sobre todas las 
puertas de la estación. 

— Esto es una vergüenza — gritaba— esto es an salvajismoe yo 
tengo derecho al sueño. Yo necesito un hombre Esta estacicm 
está a cargo de perros. Yo se lo contaré todo a Darío Zañarto. 
Infames! ; Dormilones! 

Una puerta se abrió. Una plácida cara de jefe de estación con 
sueño, apareció alumbrado débilmente por una linterna. 

— ¿Quien grita? 

—¿Qué quién grita? Un ser humano tratado como presidiario 
Un hombre que se ha depositado en una estación como un fardo 
de pasto. Una victima de la pereza de los jefes de estación y del 
hambre de los perros. ¿Quién me devuelve ahora mi sceeño per- 
dido, mi comunicación con seres civilizados, mis salchichas, mi 
perdices, mi maleta.^ 



3^ 

^¿Salchichas, gerros, perdices?— balbuceaba espantado el hom- 
bre—Pero qué diablos tiene usted? ¿Quiere usted dejarme en paz? 
No hubo un instante de vacilación. Me lancé sobre el hombre. 

—O rae atiende usted como a una persona—le gritaba— o le es- 
trangulo como a un gusano. 

El jefe entró en esplicaciones. El despachó el tren de ocho; pero 
no vio pasajero alguno. Como no pasaba otro tren hasta la media 
noche, habia aprovechado para dormir, dejando arreglado su des- 
pertador para no atrasarse. Sentia de cuando en cuando cierto 
grito que parecía decir ¡Marcelino! pero como él se llamaba Andresi 
no le dio mayor importancia al incidente. 

Se ponia, por otra parte, incondicionalmente a mis órdenes. El 
break de Antonio Fuentes no habia estado en la estación. Segura- 
mente un olvido, la pérdida de la correspondencia . . Podía darme 
un guia para que memovilazara a pié. Dos leguas de buen camino 
podían salvarse fácilmente. 

Veinte minutos mas tarde me ponia en marcha precedido del 
compañero sumamente esperto en las cavernosas oscuridades que 
se estendian delante de mi. 

—Las casas están cercarme decia para consuelo. Hai que andar 
fírme dos legñitas. 

Y andábamos a largos pasos, llevando él delante mis dos male- 
letas, siguiéndolo yo cuatro o cinco pasos mas atrás, sin ver ni 
mis propias manos, tal era la profunda negrura de esa boca de 
lobo. 

El hombre me iba contando una eterna historia de cierto salteo 
ocurrido en El Atolladero, Oia atentamente las largas peripecias de 
la narración, cuando de pronto su vot pareció alejarse. Como de 
detras de un grueso muro salían sus palabras, esta vez mui angus- 
tiosas: 

— Cuidado, cuidado, que es mui hondo! 

No tuve tiempo de dar un paso: Caí sobre una cosa blanda, mo- 
vible y entendí por los gritos que era mi guia que en ese instante 
me servia de colchón en el fondo de un pozo. 

— (Estamos lucidos! dijo mi acompañante. Hai que aguardar 
el alba. 



370 

Y allí me quedé samidi a cnatro metros bcgo tierra, cuerpo^a 
cueipo con mi suerte y con mi guia, maldiciendo de Marcelino, del 
break, del campo, del veraneo, del dogo de ülm y de Antonio Fuen- 
tes, el embustero, el truhán que me habló de su Atolladero como de 
un Edén. 

un compnnERo oinni 

Con las primeras luces dd alb^, sentimos, después de un largo 
diálogo de gallos que duró como dos horas, el canturreo Iqano de 
un hombre y los chillidos de una carreta que seguramente avan- 
zaba lentamente hacia nosotros. 

Era tiempo ya de salir de ese hoyo infecto donde todos los olo- 
res tenían su sitio respectivo. A nuestros gritos desolados el 
hombre detuvo su carreta, se acercó cautelosamente al pozo, en- 
cendió luz y reconociendo en el guia a un antiguo amigo suyo, 
volvió de prisa por un cordel. Por fin, después de mucho esfuerzo 
fui estraido, y ayudé poderosamente al salvamento del acompañan- 
te, que no quiso soltar las maletas. ¡En qué estado las vi Dios 
mió! 

Pensé volver a la estación por el mismo camino quehabia hecho» 
para no presentarme forrado en esa inmunda paja y en ese barro 
mal oliente, a la casa de mi amigo. Pero resolví después ser un 
acusador mudo de su desidia, de su olvido, de su falta de conside- 
ración. Y emprendimos la marcha. Acosados por los perros de los 
inquilinos, seguidos por sus gansos y hasta acometidos por un gran 
chivato overo, llegamos a la casa de Fuentes. ¡Qué gritos, qué es- 
clamaciones, qué jes tos! La carta no habia llegado; y para consuelo 
la señora decia en medio de esclamaciones regalonas: 

— ¡Si aquí no llega nunca una carta! 

Fui empujado hasta una pieza donde me desvestí mas muerto 
que vivo. El agua en que tuve que lavarme era poco mas clara que 
el barro que me envolvia. 

— Agua de campo, hijo, me decia alegremente mi amigo. — Al to- 
mar un sucio paño de manos para enjugarme la cara: — ¡Cosas de 
campo! Al alarganue una vieja levita que me hizo ponerme mien- 
tras se secaban mis trajes: — ¡Ropa de canipol 



371 

La mañana pasó rápidamente. £1 cuento de mi llegada, mi no- 
mérica lucha con el perro, el viaje al través de las sombras, mi esta- 
día en el fondo del pozo, todo esto regocijó a la familia Fuentes 
hasta la hora de almuerzo. 

Desde el corredor donde estábamos reunidos, sentia yo los gritos 
de la gallina destinada a la cazuela, que era perseguida a piedra y 
garrote a lo largo del huerto. 

—¡Cómo estará de blando el animálito! pensaba, cuando lo van a 
matar un cuarto de hora antes de sei virio. 

Cuando llegó el momento solemne y rodeado de la prole áe 
Fuentes, entré al comedor, una pieza baja, algo oscura, en que zum- 
baba un enjambre de moscas, y en que daba vueltas lentamente uno 
de esos viejos negros abanicos hechos para espantarlas; pero que 
no las espantan. 

—[Almuerzo de campo! me decia jovialmente mi amigo. Y yo 
temblaba, no por el almuerzo, sino por lo de campo. 

Se sirvió la cazuela. Un gran plato lleno de un caldo en que flo- 
taban todos los vejetales conocíaos, y algunos no rejistrados toda- 
via; un choclo de dimensiones estraordinarias, y un ají entero abier- 
to en varias partes, para que su sustancia penetrara en el caldo y 
el caldo en él. Habia ademas granos de pimienta, hojas de perejil, 
trocitcs de cebolla, torrejas de zanahorias y también arroz papas y 
tomates. Me olvidaba decir que ademas divisé dos moscas y hasta 
lili pequeño cucarachito que no se sentia bien en el hirvi ente caldo. 

Cada cucharada de esa infusión me parecía plomo derretido. El 
ají me ahogaba. Gruesas lágrimas saltaban de mis ojos. Dejé a un 
lado un grano de pimienta creyéndolo un insecto y me tragué el 
pequeño caleóptero tomándolo por pimienta. 

—¡Animo! me gritaba Fuentes. ¡Cazuela de campo! 

De pronto, uno de los niños,, con la cara embarrada, que pugna- 
ba denodadamente por clavar su choclo^ lo hizo saltar disparado 
hasta mi plato. El tenedoi maternal de la señora entró en mi caldo 
como si fuera d suyo y pescó el prófugo pedazo. En cambio el ni- 
ño dijo lleno de jentileza: 

—No me lo como, porque se cayó en el plato de ese caballero. 

—¡Niños de campol me dijo Fuentes, sonriendo paternalmente. 



373 

Se sirvió después sobre una fuente una verdadera pieza de mu- 
seo. Era un gran cráneo perforado en distintas partes. Cabeza de 

ternera según supe 

— Papá — gritó uno de los chicos — ¿ésta es la ternera que murió 
ayer de fiebre? 

—No te asustes — ^me dijo Puentes — realmente murió ayer, ptrro 
no de fiebre, ni de picada. Es inofensiva 

— Talvez era tuberculosa, interrumpió la señora. 

— Pero no tengas miedo decia Fuente, ¡es carne de campo! 

— Sírvanle un ojo, recomendó alguien. 

— Y la lengua, agregó otro. 

— Los sesos que son tan buenos. 

— Los hocicos que son mejores. 

Era una escena de antropófagos. Pero hube de comer bajo li mi- 
rada fiscalizadora de la familia. Uno de los chicos, Julito, m# dgo 
caer un ojo de ternera sobre mi plato, agregando con un gtidoso 
jesto: 

— Tengo las manos limpias. No crea! 

La cabeza fué primero aserruchada en la mesa, golpeada en se- 
guida con un martillo y después operada con una maestría de ci- 
rujano. A cada instante una nueva pregunta: 

— ¿Quiere otro pedazo de labio? ¿Por qué no se sirVi este otro 
bocado de nariz? 

Por fin acabó el suplicio de la cabeza, y una nueva lliente entró. 
Eran fréjoles. Después otra con picarones y otra con bisteques su- 
culentos, por último una torta en que habian entrado 300 huevos, 
unas sandias descomunales, espolvoreadas con haHfta tostada; té 
en seguida y biscochuelo hecho en la casa y manjar blanco del mb- 
mo oríjen. 

Salimos cerca de las tres de la tarde al viejo pafi'on de un huer- 
to pintoresco. Alegre sitio; ¡pero qué lleno de peligros! Cada paso 
mió era acompañado alternativamente por Puentes o por su mujer, 
con estas o parecidas frases: 

— jTen cuidado con esos tábanos! Hacen unál ronchas mui en- 
conosas. 

— No ande por el pasto Jaramillo. A esta hOfa hai muchas cule- 
bras y se suben por las piernas. 



— No te espaate ese abejorro, t^érbaro, porque es mucho peor. 

— No vaya a tocar esa yerba Jaramiüo porque engranuja las 
manos. 

— Alerta c<»[ esos castaños, pofque ahí está el colmenar; y hai 
que acercarse con máscaras. 

— ¡Uf! No pises ahí. 

— ; Ai! no pises acá. 

Pero ya habia |Msado. ¡Horror! [Cosas de campo. 

— Qué agradable el aire ¿eh? — pregunta Fuentes! 

— Muí agradable. 

— ¡Qué melancólica esta hora!-<-dice la señora. 

— Muí melancólica. 

— ¡Qué aroma tan suave! 

— Muí suave— contesto, mirándome desolado los zapatos. 

La tarde pasó larga y aburrid^ Un piño de ovejas lo oscureció 
todo de tierra, y la melancolía y f¡L aroma se cambiaron en estor- 
nudos. 

Poco antes de llamársenos a oonier, apareció un invitado. Un 
hombre gordo, colorado, con un pjo y dos narices: es decir, con un 
ojo aprovechable y una nariz. 

partida pqf gala en dos 

como dijo el poeta, comparando con un rubí los labios de una 
dama. 

Este señor se llamaba don IJtrmóienes, era alcalde de [la muni- 
cipalidad y gran ájente electoral, que venia a conferenciar con Fuen- 
tes y a pasar una noche bajo su techo. 

El hombre se colocó la servilleta amarrada al rededor del cuelgo, 
como para afeitarse, se arremangó como para boxear, y comenzó 
la para él importantísima tarefi de comer. Lo hizo como un rinoce- 
ronte, y bebió como una tierrn jamas regada. Tomando una pechu- 
ga de gallina a dos manos y optre las furiosas acometidas que le 
daba, decia horrores contra el gobernador, y contra un don Mauro 
que no supe nunca quién er^. 

Por fin llegó la hora de dqrmir. Todos estaban molidos y se fue- 
ron pronto a sus piezas. Me tocó hacerlo en compañía de don Her- 
mójenes. 



374 

Cuando comenzábamos a desvestimos y mi compañero me ex- 
plicaba prolijamente cómo don Mattro le habia robado cinco cua- 
dras de tierras a un don José Maria, de la localidad, yel goberna- 
dor no habia pagado unas deudas de juego a no sé quién, entró 
Fuentes con dos fusiles al hombro. 

Mi emoción habría sido intensa, si no fuera por sus inmediatas 
esplicaciones: 

—Es una precaución conveniente, me dijo. — No te diré que aquí 
salteen seguido; pero puede suceder . . 

Salido Puentes prosiguió la historia de las cuadras. De pronto 
el narrador se iniemimpió dirijiéndose decididamente hacia el la- 
vatorio. Ajitó el jarro cómo para apreciar su. contenido, asomó su 
ojo al interior, y levantándolo después con aire triunfal esclamó: 

— ¡Qué linda ponchera compañero de mi alma! De aquí sale mas 
de un litro. Y salió disparado dejándome en la estupefacción mas 
completa. 

Un momento después, y mientras hacia esfuerzos para dormir- 
me, pude oir un diálogo en que se alternaban voces de hombre 3' 
de mujer. 

— No te apures tanto hombre, decia la voz del alcalde, si he ve- 
nido a buscar una botellita de pisco y dos de vino blanco para ha- 
cerme un ponchecito de verano. 

— Si no me apuro por eso. . Tú bien sabes. Pero es que no tolero 
que vengas aquí con pellizcos a mis sirvientes. . . 

— Pero tú vez Antonio, interrumpió la señora, que a este hombre 
hai que vijilarlo a toda hora. Si no hubiera estado allí... 

—Bueno, ya no habrá mas historias, Julia. 

— Así lo espero. 

—Buenas noches. 

— Buenas. 

Y don Hermójenes hizo irrupción a mi pieza con las tres bo- 
tellas. 

— Cáspita, amigo Jaramillo. He hecho una plancha mayúscula- 
Entré al comedor. Sentí bulla en un estrenio, y por no perder la 
costumbre di un pellizco. 

—¿Al aire? 

— Xo, pues, a un bulto que quería escabullirse. Un bofetón me 



dejó ciego de un lado. £1 bulto desapareció, y al salir del comedor 
me encontré con Fuentes y la señora. . .Yo creo que fué ella la del 
pellizco. 
Qué chasco! 

Y mientras el hombre comenzaba a fabricar su ponche en el ja- 
rro del lavatorio, yo hacia esfuerzos por conciliar el sueño para 
reponerme de las fatigas de la jomada. 

—Me hace falta un limón, murmuraba entre dientes él alcalde, o 
mejor un duraznito. Si tuviéramos un amargo, no andaría mal la 
cosa. 

Y salió en puntillas. 

Entre sueños lo sentí entrar poco después. 

— ;Diablos!-^eciar-esta Julia es un policiaL Me ha seguido aho- 
ra hasta la cocina Y es claro, no he conseguido dar un solo pelliz- 
co. En fin, el ponche está listo compañero. 

Yo ñnji roncar, resuelto a no probar ese líquido de dormitorio 
que contrariaba tanto mis hábitos. 

—¡Compañero! ¡Arriba! ¡Llegó el Buin! ¡Arza! 

Tuve que despertar, desperezándome. 

— Xo señor, yo no bebo. Y menos en la escobillera. ¿Cómo cree 
usted...? 

—No sea dengoso hombre. Cuando no hai vasos se bebe en la 
mano si es necesario. Arriba. 

Y me alargó la escobillera rebalsando de un líquido detestable 
que bebí, dejándome caer de nuevo, como después de un purgan- 
te matinal 

La oscuridad se hizo al fin. Algunos resoplidos de don Hermó- 
jenes iniciaron una serie de robustos ronquidos y después no supe 
mas... 

Habian pasado dos largas horas cuando desperté sobresaltado. 

-•¿Quién va? 

Una sombra se acercaba a mi cama sin responder. 

—¿Quién es? grité nuevamente. 

—No hai que asustarse, me decía don Hermójenes! Abra la boca, 
que aquí traigo lleno el cachito. 

La escob* llera se acercó a mis labios, ahogando mis inútiles 
orotestas. 

u 



37» 

HERñCLlTñ y DEmOCRITñ 

Don Hermójenes desapareció como un demonio: dejando olor a 
azufre. 

La señora Julia me ha encargado galantemente que me haga 
cargo de sus tres hijitos, y los acompañe a andar por el campo. 

Las tres delicadas criaturas revelan en sus caras de chimpancés de 
tierna edad, las mas perversas inclinaciones. 

— Confio en usted, Jaramillo. Que no corran mucho, que no les 
dé el sol, que no se mojen los pies y que no coman frutal 

— ¡Ahí es nada! 

Los tres pequeños cerdos echan a correr delante de mí. Uno 
vuelve a los cinco minutos con un pajarillo que según parece es el 
que pregunta todas las mañanas: ¿Has visto a mi tio Austin? 

—Caballero— me dice el desfachatado— ¿quiere ver lo que hai 
adentro del pájaro? 

— Nó; no quiero ver eso. 

—Es que se puede ver. Yo he dado vueltas varios chineóles al 
revés para verlos por dentro. 

—¿Quién te ha enseñado eso, coleóptero? ¿Y si te diera yo vuelta 
a tí por el revés? 

Pero no era tiempo de impedirlo. A3nidado por otro de sus tier- 
nos hermanitos, y tomando cada uno del pico, abrieron el pájaro 
departe a parte. La anjelical criatura me puso los pelos de punta. 
Hubiera querido deshacerlo en el suelo como a una araña vene- 
nosa. 

Un momento después pierdo de vista a los inocentes bichos y 
me lanzo en su busca. 

— ¡Manuelito, Julito, Duardito! 

Dos de ellos vuelven, con las fisonomías impasibles y me dicen 
con mucha calma: 

— Duardito se está ahogando. 

—¿Dónde? 

—En el estanque de los patos. 

Corrí desolado y en cuatro saltos estuve al lado de un charco 
fétido en que el chico lloraba tendido de bruces. 



379 

— ^Quién te ha metido aquí? 

— Manuelito. 

— No es cierto, embustero, fué Julio. 

— Nó; fuimos los dos. 

— Vamos a ver. Contármelo todo, porque si no los voi a arreglar. 

— Yo dije: el que quiera ser sapo que diga ¡Yo! Duardito dijo Yo 
Yo le volví a decir ¿quieres ser sapo? Y él volvió a decir que sí. En- 
tonces lo tomamos con Julito y lo metimos al pozo. Entonces 
éste que no sabe hacer sapos, se comenzó a ahogar. 

— Mentira, yo se hacer sapos; pero no en el agua. 

—Pero no llores tonto; los sapos no lloran. 

Una hermosa perspectiva se me ofrecía por delante: manejar esos 
monstruitos durante medio dia! Resolví dejar que la suerte, la jus- 
ticia divina y el sol obraran sobre ellos en cualquiera forma; y 
echándome a la sombra de un castaño abrí un libro y me puse 
a leer. 

Por suerte para los chimpancés, y para mí, llegó Fuentes poco 
después y me llevó a hacer una rápida escursion a caballo que 
duró tres mortales horas. 

I^a conversación era, por supuesto, para mí sumamente agrada- 
ble. Me enseñó a apreciar en qué se conoce que una vaca es buena 
lechera y qué es necesario hacer para que los quesos no salgan 
duros. Me hizo pronunciarme con calor en favor de una clase de 
cameros y en contra de otros. Me discutió que la galega se debia 
estraer con azadón y no con la pala. Para dar base a la discusión, 
supuso él mismo que yo era partidario de la pala, y me decia a 
grandes voces: 

— Tú crees como todos los de la Sociedad Nacional de Agricul- 
tura que basta la pala. . . 

— Te aseguro. . . 

— Me vas a decir que la pala sirve para es traer la correhuela. 
Pero ¡qué absurdo, Jaramillo! ¡Yo no te creia capaz de tal contra- 
sentido! ¿Qué idea tienes entonces del azadón? 

Iba a contestarle que no habia oido antes hablar de este aparato, 
a no ser en las cuentas del Gran Capitán: «palas, picos y azado- 
nes». Pero me callé para que triunfara luego la pala, y Fuentes 
ine dejara en paz. 



3^ 

Hice lo posible para daniie a conocer como hombre entendido 
en trabajos agrícolas. Creí que era cuestión de urbanidad. Natu- 
ralmente, mi escasa preparación me hacia dar traspiés inolvidables 
Recuerdo que pasando un dia por su sementera de trigo me dijo: 

—¿Creerás que aquí ha entrado el polvillo^ 

— ¿Y esto te trac perjuicio? 

— Mas de 50*^/0 de pérdida. 

— ;Pero hombre! ¿Y te quedas mano sobre mano? 

—¿Y qué quieres que haga? 

—Sacudirlo .. Poner cien hombres con plumeros.,. Y acabar 
con él! 

Fuentes lanzó unos bramidos horrorosos que después compren- 
dí que eran de risa. Se tomaba el estómago entre las manos y de- 
cía entre estallidos de hilaridad. 

— ¡Sacudir el polvillo negro con plumeros! ¡Qué gracioso este 
Jaramillo! 

Traté de enmendar este yerro en lo que fuera posible. Un mo- 
mento después se quejó de la dificultad de cosechar la avena, el 
nabo y otras semillas pequeñas, que la trilladora dejaba escapar. 

— ¿Por qué no usas una draga? — le dije. 

— jUna draga!. . . ¡Pero hombre! ¡Qué cosa mas estupenda! 

—Una draga aplicable a la agricultura. 

—¡No seas bruto, Jaramillo! ¿Por qué no hablas de un violin 
aplicable a la agricultura? 

A pesar de mi ignorancia reconocida, cada vez que Fuentes de- 
seaba discutir un tema agrícola, me suponía a mí la opinión con- 
traria. Por desgracia yo no he aprovechado nunca mis amistades 
agrícolas, y así es la materia en que sé menos. Durante mucho 
tiempo creía que la galega era una nueva raza de ovejas. Hasta 
hace poco estaba en la convicción de que el trigo y la cebada se 
daban en una misma mata, como las brevas y los higos en un mis- 
mo árbol. Esto depende de que mi amigo Eduardo Guzman, secre- 
tario de la Sociedad Nacional de Agricultura, no me hablaba nunca 
sino de la falta de brazos y de la fotografía artística. 

Entre éstas y otras amenas divagaciones, — que Fuentes cree me 
entretienen sobremanera, por la espresion de carnero intelijente 
que pongo al oirías,— sobre el carbunclo, la tela de arañas y el cardo 



38i 

negro, llegó la noche. Dos mil sapos y otros tantos grillos entona- 
ron su melodía crepuscular. Nada hai que me produzca mas tris- 
teza que esta salmodia de los campos. . . 

La familia Fuentes deseaba distraerme a todo trance. Se me 
ofrece desde luego una de esas encantadoras, veladas de que me 
hablaba mi amigo, y se envia a un fundo vecino en busca de dos 
señoritas Gamboa, Fanny y Lucy, respectivamente. Ignoro por qué 
llevaban sus nombres en ingles, porque ellas estaban evidentemente 
en castellano corriente. 

Para que ambas señoritas desarrollaran toda su productividad 
artística, se invitó también a dos jóvenes del pueblo: Cid y Ruiz, 
tan cortos de apellidos como de jenio y de palabras. Se les podía 
llamar los galantes monosilábicos. 

Antes de comenzar la velada, me advirtió Fuentes que no era 
tarea fácil agradar y parecer bien a las señoritas Gamboa. La seño- 
rita Fanny es de temperamento triste y melancólico; en cambio 
Lucy es de una alegría sin límites. A la primera, todo lo que sea 
desgarrador, lastimero, le viene bien. A la segunda le complacen 
los juegos de palabras, los dicharachos, las aventuras. La pri- 
mera es la Morgue, la segunda el Circo Bravo. 

Cuando fui presentado a Fanny, me dijo en el acto: 

— No le digo que tengo mucho gusto en conocerlo, como se dice 
jeneralmente, porque no sé si lo volveré a ver. 

— Se vá usted... 

— ¡Quiensabe! Uno no puede decir si se vá o se queda. Líi muerte 
viene sin sentirse. • 

—Sí; pero a su edad. 

—A mi edad, como a cualquiera otra. . . ¿Le gusta a usted el 

arte? 
—Así, así. ¿Y a usted? 

—A mí el arte triste, el arte con lágrimas. Me gusta ver cuadros 
impresionantes, leer lamentaciones en prosa y verso, y en el teatro 
solamente tolero «Las dos Huérfanas», ¿Sabe usted versos bo- 
nitos? 

—Si Fanny; pero solamente versos tristes: 



Lloro en áspera Uannra 
y sobre espinas suspiro, 
soi espectro de amargura 
soi cadáver que aun respiro! 

— Qué sentidos son. Yo también soi un cadáver! 

— Permítame que lo dude. 

Cinco minutos mas tarde se me acercó lyucy que se puso a reir 
como una loca. 

— Usted es periodista. Los periodistas me encantan, porque son 
alegres y se están riendo siempre. . . 

— Usted nos confunde con los clowns, señorita. 

— Nó, caballero. La alegria es natural en un periodista. Ademas 
ustedes saben cosas alegres. Dígame usted algunos versos que 
hagan reir. 

— Paco Peco, chico rico 
insultaba como un loco 
a su tio Federico. 
Y él le dijo: — Poco a poco 
Paco Peco, ¡poco pico! 

— ¡Ai! qué lindo! Yo voi a apuntarlo. 

— El piano — me dice la señora Fuentes — es de primer orden; 
pero tiene algunas inovaciones. 

-i ! 

— Cuando lo mandamos al fundo, la carreta se dio vueltas, se cayó 

el piano al rio y naturalmente se quebró en varias partes. Costó 
mucho sacarlo, y los peones lo arrastraron a lazo como siete cua- 
dras. Una parte del piano §e la llevó el agua por supuesto . 

— ¿Podria saberse cuál? 

— La mitad del teclado, algunas cuerdas y los pedales. Pero hai 
aquí un maestro López que es una maravilla, un verdadero jenio. . . 
Es el que hace los yugos, el que arregla los alambrados de los 
potreros, y el que le compone a la trilladora cualquiera pieza que 
se quiebre. El le ha puesto al piano lo que le faltaba.' Las teclas 
las ha hecho de huesos, admirablemente. Las cuerdas las ha su- 
plido con alambres. . . 



383 

—¿No habrá puesto alambres de púas para las notas agudas? 

— No s^ pero suenan admirablemente. Los pedales los sacó de 
un pedazo de 3aigo. ¡Son espléndidos! 

— De manera que este ya no es un piano Steinway, sino un pia- 
no López. 

—Precisamente. ¡Pero ya verá usted qué sonidos tiene! Lo mas 
curioso es que cuando lo tocamos la primera vez, hubo que sa- 
carle varios pejerreyes que se hablan cazado en la encordadura^ 
cuando estuvo en el rio. 

La señorita Panny se me acerca y me dirije un mirada llena de 
amargura: 

—¿Le gusta a usted la música? 

— Sí, señorita; me agrada mucho el De Profundis. 

— Y los ayes ¿no le gustan? 

—¡Ai! También me gustan. 

—Usted es un espíritu mui selecto. 

— Sí, y mui triste. 

— Dígame otros versos tristes. 

— En el carro de los muertos 

ha pasado por aquí 
Uevaba una mano fuera, 

por eUa la conocí! 

Fanny se alejó enjugando una lágrima. Los jóvenes Cid y Ruiz 
escojen en silencio, piezas musicales para el piano del maestro 
López. Yo tiemblo. Lucy me asalta de pronto. 

— ¡Qué risa me da mirarlo! 

—Señorita. Greo que yo no he dado motivo. . . 

— Nó; no es por eso; pero es que yo me rio de todo. 

— En eso nos diferenciamos de los animales, Lucy. En la risa. 

—De veras. Los animales no se ríen. 

^En jeneral, pero ahí tiene usted una escepcion. Los señores 
Cid y Ruiz están riéndose. 

—¡Ai! Pero esos no son dos animales. Son dos jóvenes. 

— Sí; pueden ser dos jóvenes animales. 

— No murmure, Jaramillo. Dígame mejor otros versitos alegres 



5^4 

— Cuántas jen tes por el mundo, 
andan mostrando las piernas: 
unas por faltas de medios, 
y otras por faltas de medias. 

— ¿Qué se toca? — pregunta Fuentes. 

— cl^as lamentaciones de una joven» — esclama Cid, pretendiente 
dolorido de Fanny. 

— «La primera risa del Bebé» — dice Ruiz, jubiloso pretendiente 
de Lucy. 

— «La muerte del poeta» — solloza Fanny desolada. 

— «Jente alegre» — grita Lucy, a carcajadas. Nadie se entiende. 

— ¡Que decida Jaramillo! 

— Temo no saber armonizar ios sentimientos tristes y alegres de 
las señoritas Gamboa. Propongo un valse de Lucero, que no se 
sabe si es tristre o alegre, ni siquiera se sabe si es valse o si es de 
Lucero. Se llama «Mírame y no me toques». 

— iQue se toque! 

Y comenzó a tocarse. Naturalmente, toda la parte fabricada por 
el maestro López no suena, o suena a medias. La parte Steinway 
se hace oir como avergonzada. Es una verdadera lucha de la marca 
López con la marca Steinway. Cuando la sección López da un gran 
bramido, la sección Steinway se apaga hasta enmudecer. Algunas 
veces, mientras las teclas Steinway suenan, comienzan simultánea- 
mente a tocar las teclas López. En la parte mas estúpida del valse 
y cuando todos oian con silencio, una de éstas últimas se despren- 
dió estrellándose en la cara de Fuentes. Fué necesario traer un 
martillo para ponerla. 

— ¿Qué tal el piano? — pregunta orgullosamente la señora. 

— Magnífico. Las notas altas suben bastante, y las bajas casi 
están al nivel del sudo. 

Cid y Ruiz asienten gravemente. Fanny enjuga una^lágrima, y 
Lucy sofoca una risa. Fuentes se dedica a cazar tres o^ cuatro in- 
sectos que se dan de cabezazos sobre la pantalla de la lámpara. 

Cuando las señoritas Gamboa se retiran, pregunto a Fuentes: 

— ^¿Cómo se las aviene la señora madre de estas jóvenes para lle- 
rarlas al teatro, y evitar que una desespere? 



385 

— Solamente hai una piaza a la que pueden ir juntas. tVida ale- 
gre y muerte triste» de Echegaray. 

Pero el dia se ha acabado al fin. Nos decimos todos buenas 
noches, y cada mochuelo a su olivo. 

• « • 

Kstoi encerrado en mi habitacian, donde la cama de don Hermó- 
jenes me recuerda la abominable noche del dia anterior. Hai que 
reconocer, sin embargo, que en medio de ese silencio, de esa oscu- 
ridad absoluta y con el recuerdo del asalto en las Máquinas, habría 
preferido la compañía del bebedor incansable a la soledad amena- 
zante en que me encontraba. 

Rejistré una vez mas j;no de los enormes fusiles que Fuentes 
habia tenido la precaución de dejar al lado de las camas y comencé 
a desvestirme. Cuando abría la ropa para introducirme entre las 
sábanas, algo, blando me topa. Al estender la mano, logro cazar un 
pequeño sapo, luego otro y otro. Es una injeniosa y delicada broma 
con que los chimpancés de mi amigo, quieren recordarme su exce- 
lente educación a toda hora. 

Arrojados los batracios poruña ventana, y cambiadas las sábanas 
por un instintivo movimiento de repulsión, logro tenderme al fin 
y entregarme a ese gratp descanso en que no se duerme, pero tam- 
poco se está despierto. 

Ruidos estraños me vienen desde afuera. De pronto parecen 
pisadas cautelosas sobre el corredor, luego un perro se abalanza, 
después un silencio largo se hace en todas partes. Reconozco que 

un gran miedo me domina. Esa soledad, ese campo inseguro 

Luego, no es todo tener un fusila hai que manejarlo bien. Los la- 
drones ademas no vienen armados de guatapiques japoneses. ..• 

Las pisadas se repiten. ¡Cáspita! se acercan... mi ventana cruje 
Un formidable golpe la abre de par en par. Sudor frió me recorre 
la cara, y no puedo dar un salto. . . Un hombre se aferra en los pos- 
tigos, asoma una pierna, y cae al interíor. 

— Compañero — grita la voz de don Hermójenes — me he atrasado 
dos horas. Debia estar aqui a las once. 

— Tiene usted tmos modos encantadores de llegar... 



386 

— Sí, ¿lo cree usted? Vi que la puerta estaba cerrada, y resolví 
saltar. 

— ¿No contaba usted con un disparo a quema ropa? 

— Nó, porque sé que esos fusiles no disparan. 

— ¡Hombre! Supongo que este es un secreto de la casa. . . Porque 
si los ladrones se enteran. . . 

Vi con irritación que mi compañero se ocupaba en abrir un pa- 
quete y estraia de él un par de robustos chorizos. Resolví ser enér- 
jico antes de esponerme a un ofrecimiento. 

— ^Vea usted don Hermójenes — le dije — Usted puede comer y 
beber todo lo que quiera. (Siento haber tirado por la ventana unos 
sapos que habrían podido servirle). Pero le prohibo terminante- 
mente que me ofrezca usted nada. 

— Está bien. Me gustan los hombres claros — me dijo. 

—¿Todo el mundo duerme don Hermójenes? 

—Todo el mundo, menos esa chica Gamboa que le dá con los 
muertos. La vi en el jardin parada como un poste. Parecía un 
ciprés... 

— Buenas noches. 

— Buenas. 

BñlO LOS PEumos 

El recuerdo de las azañas de los niños, de las repentinas apari- 
ciones de don Hermójenes, de la velada musical, de las señoritas 
Gamboa, de las conferencias sobre agricultura, me hizo pasar una 
mala noche. Resolví al amanecer despedirme cordialmente de mis 
amigos y regresar a Santiago. 

Fuentes al saber mi resolución puso el grito en el cíelo. 

--No te puedes ir así. Comienza el veraneo agradable y liviano. 
Hai para esta semana un programa delicioso, te divertirás bastan- 
te: tenemos un paseo en perspectiva. 

— ¿Paseo? ¿Paseo campestre? ¡Me vuelvo a Santiago! Te lo rue- 
go por lo que mas quieras. Déjame en paz sentado en esta mece- 
dora. Olvídate de mí. Yo no vengo a pasear sino a dormir una 
siesta debajo de un sauce o de un nogal. 

— Es imposible. Van al paseo las Gamboa. . . 



_1?7_ 

— No me importa 

— Las Loj)ez. 

—Me tienen sin cuidado. 

— Las Garcia. 

— Menos. Aunque vaya la bella Otero y la Cleo de Mérode, por 
favor, te lo ruego, déjame tenderme de espaldas sobre el pasto, sin 
tener que guardar buenos modales, ni galantear, ni decir tonte" 
rias. 

— Es inútil. Ademas irán las Flick, ese par de gringuitas deste- 
ñidas, menudas, ajiles, que parecen dos polillas de ojos azu- 
les. 

—Renuncio al paseo. 

— ¡Pero, hombre! ¿Qué tienes tú? Si ademas van las Silva. ¿Re- 
nuncias sabiendo que van las Silva? 

— ;Por favor! déjame aquí. 

— ¡ Ah! Me olvidaba, Jaramillo. Me olvidaba de lo mejor. . .Aquí 
te rindes. Van las dos Vallejos, las dos ¿oyes? la de ojos ne- 
gros como carbón y la de pardos y dormidos ojos como ci- 
ruela. Las Vallejos de cuerpo jentil como bambúes que se ajitan al 
viento... 

— ¡Hoi estás de remate! ¿Quieres entender que ni las Gamboa, ni 
las López, ni las Garcia, ni las Flick, ni las Silva, ni las Vallejos, 
me importan un pepino? Yo vengo a descansar. 

— Descansarás. . . 

—¡Gracias! 

—Sí; descansarás en el paseo campestre. 

— ¡Dale con la tontería! Ahí no descansaré. Tendré que celebrar 
los ojos de las Vallejos, el cuerpo de las Flick, oir las tristezas de 
Fanny y las sonserias alegres de Lucy; lo estol viendo. Si no hago 
esto, me tildarán de mal educado. ¡Maldito paseo! 

La esposa de mi amigo llegó luego a reforzarme. Me dijo que la 
fiesta tendría lugar bajo unos peumos al borde de una vertiente; 
que se tocaría, se cantaría y se bailarla con absoluta independen- 
cia; que se mataría una ternera y diversas aves de corral; que las 
Vallejos eran un prodijio de belleza y que seguramente me encan- 
tarían. 

— Voi— dije con resolución — voi, en primer lugar para comer la 



388 

ternera y después para irme a acostar detras de un peumo y echar 
una siesta sin que nadie me incomode. 
— Convenido. 

V V V 

A las siete de la mañana, mi amigo entró ruidosamente a mi pie- 
za, haciéndome saltar sobre la cama. 

— ¡Ya es hora! 

— ¿De qué? 

— Del paseo, poltrón, perezoso, estúpido. 

Me vestí lo mejor que pude. Suprimí el chaleco, poniéndome en 
su lugar una camisa de color bastante decente, y me lancé a la 
puerta de calle donde, según sentí la algazara, debia esperar la ca- 
balgata lista para partir. 

Junto con asomarme en la puerta, una ovación burlona y provo- 
cativa me dejó de una pieza:— ¡Viva Jaramillo! ¡Viva el madruga- 
dor! ¡Hurra! 

— Estamos de bromitas me dije yo — ¡malo! 

Después de montar a caballo, fui presentado a una serie de se- 
ñoritas y de jóvenes, porque lo que en estos casos se llama el 
«estado mayor», es decir, los casados, se dirijian a los peumos en 
carruajes y carretas. 

Quedé al lado de una de las mentadas señoritas Vallejos. Lleva- 
ba un ropón a?iul nada mal cortado, y una pechera encamada que le 
venia a las mil maravillas. Dos ojazos negros, rodeados de pesta- 
ñas también negras, eran manejados con maestría. La señorita Va^ 
Uejos estaba lejos, mui lejos, de ser bonita; pero tenia derecho de 
figurar en primera línea entre la categoría de las llamadas interesan- 
tes. Lo era: es decir, interesaba. 

En un sitio de veraneo, no se puede uno acercar a una señorita, 
sin decirle a boca de jarro un galanteo de esos que son suficientes 
para que si lo oye el hermano o el padre, le rompan a uno cual- 
quiera cosa, de una paliza. Nosotros que siempre hemos pecado de 
tímidos con el bello sexo, dejamos a un lado la timidez, so pena de 

pasar por estúpidos. 

— Mucho me hablan hablado, señorita Vallejos de su belleza; 



3^9 

muchisimo. Pero, créame usted, que la idea qne de su cara me ha- 
bía formado, queda pálida al lado de la realidad. 

— Es favor que usted me hace — replicó ella con voz temblorosa, 
y bajando los ojos como turbada ante el peso de mi impertinencia. 

Me aturdí, comprendí que merecía ser un cuadrúpedo cualquiera, 
y arrepentido de mi falta de educación, le hablé a la señorita Va- 
llejos del buen clima que se sentía allí, de los hennosos árboles 
plantados a la orilla del camino y de otros temas igualmente nue- 
vos e interesantes. De repente la señorita Vallejos levantó sus ojos 
negros, los pasó en mí con suavidad, como se puede pasar una 
pluma que vaga en el aire, sobre un objeto cualquiera, y me dijo: 

— ¿Pero la verdad que me encuentra usted buena moza? 

Me sujeté a la cabecilla de la montura para no caerme, y vuelto 
de la sorpresa, me resolví a no quedar corto. 

— Señorita; no le miento a usted. Hasta ahora no había visto 
jamas unos ojos mas encantadores que sus ojos. 

— ¡Mire lo que son las cosas! No hai gustos iguales. Usted me 
encuentra bonitos los ojos: pero hai otros que dicen que lo mejor 
que tengo es la boca. 

— ; Ah! Pero el que yo le encuentre a usted demasiado lindos sus 
ojos, señorita Vallejos, no quiere decir que no me parezca su boca 
una dé las obras mas perfectas de la naturaleza. 

—Es usted muí galante. 

— Nó, señorita; se lo aseguro a usted. Jamas le he dicho a una 
mujer que es hermosa. . . 

¡No me habia topado con usted todavía! 

— Como se conoce que es periodista. Casi no le creo. . 

— Créame usted. Soi verídico. 

— Así le dirá usted a otras. 

— Ñó; jamas. 

Un rato de silencio. La cabalgadura se mueve en medio de una 
nube de tierra, con indescriptible algazara. Las dos Flick pasan a 
mi lado con ropones de brin crema. Son, en efecto, dos mariposi- 
tas ajiles, livianas como semillas de cardo, insignificantes en su 
pequenez. Las Silva, las Pérez, las García, nos adelantan tam- 
bién, cada una con su c^da uno. Fanny, que marcha sola, me di- 
rije una mirada desgarradora. 



390 

En este intervalo, la Vallejos me da una lenta y húmeda ojeada 
y suspira. Yo le doi otra y suspiro. En seguida, notando que nos 
hemos quedado rezagados, galopamos un trecho y volvemos a 
ocupar un lugar en primera fila. 

Oigo a un señor gordiñon, que va sobre el caballo como puede 
ir un saco de lana abandonado sueltamente al compás del galope, 
que dice a la pasada: 

— El periodista se quema las alas. 

— ¡Imbécil! — pensé para mí, lleno de la mas horrible indignación. 

— ¿No puedo ir al lado de la señorita Vallejos enumerándole sus 
bellezas físicas por orden alfabético, sin quemarme absolutamente 
nada? 

Por fin, se divisa a lo lejos un grupo de arboles, frondosos y 
apretados, y el galope aumenta. Son los peumos: el centro social 
de aquel bendito pueblo en que las señoritas le preguntan al que 
llega si las encuentra hermosas, con la misma sencillez con que 
aquí se les pregunta como está la salud y si va a quedarse algunos 
dias en la ciudad. ¡Los peumos! Teatro de la mas esquisita y pro- 
vinciana sociedad que hemos conocido; centro de idilios cursis con 
olor a aguaflorida\ sitio de horribles cólicos misereres a consecuen- 
cia de los almuerzos y onces al aire libre; nido de sueños, ilusio- 
nes, esperanzas y desengaños de amor. 

Muí pronto toda la cabalgata echó pie a tierra y las parejas se 

distribuyeron entre el follaje, separándose como el agua del aceite 
el elemento viejo de la bullanguera y animosa juventud. 

Muchas horas trascurrieron de alegre espansion para unos y de 
mortal aburrimiento para mí. A poco rato, la señorita Vallejos me 
pareció la mas empalagosa criatura; pura miel de abejas. Sus ojos 
razgados, bajándose siempre con una mentida muestra de turba- 
ción, sus mejillas infladitas y llenas de una pelusita de durazno 
maduro, sus labios colorados como guindas; todo en fin, me iba 
cargando horriblemente en esa pequeña morenita que no me ha- 
bria atrevido a calificar de desenvuelta, pero sí de cursL 

Por fin, llegó el almuerzo y a pesar de los esfuerzos desespera- 
dos que hice por alejarme de la señorita Vallejos, fui a quedar a 
su lado. 



39 <. 

— ¡Usted estará ya mui aburrido conmigo!— me dijo de pronto. 
— ¡Qué ocurrencias! Hstoi en la gloria. 

¡Qué incansable desfile de comestibles de toda clase! Cazuela de 
ave, empanadas, salpicón, aceitunas; jamón y frutas, todo servido 
con una abundancia desesperante y obligado a la repetición mas 
fatigosa. Allí se comía de una manera salvaje, primitiva, absurda. 
Don Hermójenes mascaba y tragaba con el ruido con que masca y 
traga una chancadora las piedras que se le arrojan. Varias damas 
entradas en años apelaban a las manos y esgrimían sendos encuen- 
tros de gallinas que dejaban mui luego reducidos a su mas simple 
espresion. 

Allí luí víctima obligada de las mas atroces observaciones. La 
madre de las señoritas Vallejos, una señora algo nerviosa que ha- 
cia a cada instante con boca y nariz el mismo jesto que hacen los 
conejos cuando se les acerca una ramita de alfalfa, me dijo de pronto 

— Lo felicito, Jaramillo, por el folletín que usted está publicando. 
Gracias, señora. Se hace lo que se puede. 

— ¡Pero qué incansable es usted! Mire, diga aquí con toda fran- 
queza cuánto se demoró usted en hacer "La Ultima Pasión" que 
está publicando £/ Mercurio. Confiéselo. 

— Nó; yo le diré a usted, señora, que allí metió mano un señor 
Uchard. 

— ¡Ah! Algo le ayudarían, es claro; pero ahí estaba patente su 
mano. Luego ¡miren que es gracia estar haciendo novelas cuando 
se tiene que escribir los telegramas, la crónica y los avisos ¿no es 
cierto? 

Un señor colorado y con cara de zorro me mira a cada instante 

sorriéndose maliciosamente, y hasta se permite hacerme algunas 

señales con la cabeza. En el primer momento creí que se trataba 

de que mi corbata estaba chueca y la enderecé; mas tarde se me 
ocurrió que todas esas miradas y señales podian advertirme que 

mi prendedor se salia de su sitio y lo afirmé con sumo cuidado; y 

por último, como las señas y miradas irónicas continuaban, se me 

ocurrió que podria estárseme pasando la mano, en las 1 ibaciones y 

comencé a echarle agua, mucha agua, a cada copa de chacolí que 
me servían. Sin embargo, el caballero con cara de zorro seguia 



39^ 

observándome con el rabo del ojo y sonriéndose en seguida, como 
diciendo: ¡ah, pillo! 

Una señora comenzó á decir en voz alta que me compadecía pro- 
fundamente por ser periodista. 

— A los periodistas— decia con una voz gangosa y desafinada — 
les pegan casi todos los dias. ¿Dan la noticia de un matrimonio? 
Pues unas veces los padres de los novios, otras veces los rivales 
del que se casa, y jeneralmente el novio mismo, van donde ellos y 
los hacen pedazos a bofetadas. ¿Publican la noticia de que se ha 
llevado el cadáver de una persona a la Morgue y resulta que la per- 
sona no ha muerto? Pues va el cadáver a la imprenta y les pega. 
¿Escriben un nuevo folletín? Pues saltan las personas que salen en 
el folletín y por cada vez que las nombran, le dan una bofetada. 

— ¡Pero, señora! — dije yo con acento convencido — a ese paso ya 
no estaríamos vivos. Usted exajera mucho. 

— Nó, uó, caballero. A ustedes les pegan por lo menos dia de por 
medio, no me contradiga usted, porque lo sé. 

Junto con acabarse el almuerzo, el caballero con cara de zorro 
se vino hacia mí, abriéndose paso entre todo el mundo. Lo esperé 
ansioso de saber el motivo de su irónica sonrisa. Se puso al frente, 
me miró con fijeza y en seguida me dio una palmada en la cara, 
diciéndome al mismo tiempo: 

— ¡Ah, pillo! ¡Buenas piezas son ustedes los periodistas! ¿Con 
que, por allá en Santiago ustedes son los arbitros de la situa- 
ción, eh? 

— No le entiendo a usted, 

— No se me haga el de las monjas, hombre! ¡Yo me esplico! 
(Otra palmada).. Esos bastidores, esos camarines, esas tiples jjá! ^á! 
jal ¡Ah, pillo! Cuente usted, hombre, cuéntelo usted todo, venga 
usted aqui al pie de este peumo y conversaremos largo. ¡Já! 
já! Já! 

— Usted me perdonará, caballero. No cultivo el ramo de basti- 
dcres. Yo no sé lo que allí ocurre. 

Pero el señor colorado, animado muchísimo por el chacolí, me 
instaba vivamente a que lo recreara con detalles que él estimaba 
pintorescos y deliciosos. Mucho trabajo me costó convencerlo de 
que ser periodista no era precisamente ser petimetre. 



393 

Entretanto, se habia susarrado entre los comensales que mis 
asuntos con la señorita Vallejos marchaban viento en popa. Aun 
llegó a mis oidos, por conducto de mi amigo, que la señora de 
Vallejos, poniéndose ya en el caso de un matrimonio posible, ha- 
bía dicho: 

— T.a lástima es que este hombre se llame Jaramillo. No puede 
ser de la high-li/e. Yo conozco unos Jaramillos del Romeral y esa 
es jente de tres al cuarto. 

Kn ñn, aquél paseo campestre se estiraba de un modo lamenta* 
ble. Pero yo desesperado de la señorita Vallejos que como un mos- 
cardón me rondaba, monté a caballo y emprendí algo así como la 
retirada de los diez mil diez mil veces mas pequeña. 



gi§^ 



FRE60LI...5 



Viene Frégoli. ¿Y quién es Frégoli? Una celebridad. Celebridad 
universal porque le disputa la atención de la prensa a la Re- 
jane, a Rostand, al cardenal Parocchi, al jeneral Kitchener, a 
la bella Otero y a Waldeck Rousseau. Celebridad universal 
porque si para unos no hubo Pirineos, para él no liai ni Atlán- 
tico ni Pacífico, ni distancias apreciables. Tan luego está en los sa- 
lones del «Fígaro» como en Méjico. A lo mejor aparece en Iquique- 
A Buenos Aires llegará en dos meses mas, disfrazado de Mr. Hol- 
dich, y se lo comerán a abrazos y le ofrecerán banquetes colosales 
y cuando se haya devorado el último, a la hora del «champagne» 
que es la de las confidencias, se quitará la careta y dirá: 

— Soi Frégoli No vengo en nombre del arbitro. Pero no habéis 
perdido los banquetes, porque si alguna vez tenéis con Chile liti- 
jio de límites intelectuales, el arte me mandará a mí de perito para 
demarcarlos. 

Bien. ¿Pero cuál es el motivo de la celebridad de Frégoli? ¿Qué 
hace Frégoli? ¡Mudar de caras! Cuántos chilenos dirán al oir esto: 
— ¡Quién hubiera sabido que podia llegarse a la gloria mudando 
de caras! ¡Nosotros que no hemos hecho otra cosa en la vida! 

Y la verdad. Frégoli es transformista de profesión; pero los hai 
en abundancia que se dedican al transformismo por afición, por 
placer y por necesidad. Si existe el disimulo y la hipocresía, debe 



39^ 

existir espontáneamente el arte de transformar el rostro. Basta pen- 
sar que la cara reñeja lo que pensamos y sentimos, para creer que 
en muchas ocasiones es indispensable poder finjir el rostro. 

Un candidato a diputado va a su departamento poco antes de la 
elección. Encuentra a todos sus electores, poco cultos, escasamen- 
te educados, antipáticos y hasta repulsivos. Pero necesita sonreír 
y sonríe; necesita iluminar los ojos con un destello simpático 7 los 
ilumina; necesita hablar con voz insinuante y pone en ella el acen- 
to mas amable. Ha sido sin quererlo un Frégoli espontáneo. 

Pasa la elección. Se vuelve a Santiago con los poderes en el bol- 
sillo, la satisfacción en el espíritu y el contento en el rostro. Ha 
hecho muchas promesas, pero a las promesas se las lleva el viento 
como a las semillas de cardo. I<os electores, que también tienen 
piernas, llegan a Santiago y cobran las promesas. Kl candidato 
hiela en los labios una sonrisa seca: pone tiesa como un riel la es- 
pina dorsal; no saca las manos de los bolsillos para no verse obli- 
gado a estrechar otras; no mira jamas hacia el lado donde listos 
para saludar, pacientes para aguardar, ansiosos por pedir, están los 
antiguos electores recordando la música de las antiguas promesas. 
Ha vuelto a ser un Frég«li hecho y derecho. 

Y así es la vida. Nadie puede tener una cara. Lo malo es cuando 
una persona tiene de un mil de caras, para arriba. 

La transformación puede estudiarse en análisis. Se escoje una 
persona «del montón *, es decir, del común de las jentes y a ella se 
le presenta un señor cualquiera: 

—Le present© a usted al señor Castro. . . 

Se aguarda un instante para ver el efecto que la presentación 
produce en su fisonomía. Es nula: una venia indiferente, una son- 
risa fría, un apretón de manos casi imperceptible. Nada. Pero en- 
tonces se continúa: 

— . . Encargado de negocios de. . . 

La fisonomía se ilumina. Los ojos destellan simpatía, ctuiosi- 
dad, casi respeto. Sigamos: 

— Nicaragua. 

La fisonomía se vuelve a poner fria. Es poca cosa. Pero ade- 
lante: 



397 

—El señor es un millonario de su pais, que viene mas bien en 
viaje de placer, que por carrera diplomática, 

La fisonomía se alumbra como si sobf e ella hubiera caido un re- 
flector de luz eléctrica. Los ojos se abren, rodean al presentado de 
una oleada cariñosa, respetuosa y solemne. Entonces, el apretón de 
mano que ha empezado frió, suelto, mezquino, termina violento y 
nervioso acompañado con un elocuente: 

—Mucho placer de conocerlo. Estoi a sus órdenes. 

FrégoD espontáneo. 

Descompongamos ahora la transformación. Presentamos al señor 
Garcia, modesto agrimensor, natural de San Femando, que va bien 
vestido, fuma un buen cigarro abano y usa bastón con cacha de 
plata, de arte nuevo, 

— Le presento a usted al señor Garcia. 

El sujeto que nos sirve para el esperimento ha oido decir que 
viene de Iquique un salitrero Garcia que tiene cosa de cuatro mi- 
llones de pesos y una hija soltera. Confunde en un instante las 
cosas^ y apreta la mano al agrimensor creyendo apretarla al sali- 
trero. 

— ¡Cuánto gusto! 

Su rostro sonrie, jesticula, se hace especialmente insinuante. Por 
fin pregunta: 
— ¿Su familia de usted está buena? 
— No la tengo, señor; soi soltero. 

¡Hum! El sujeto comprende que hai un error; pero la apostura 
del señor Garcia, su bastón, su cigarro, lo confirman en la idea de 
que se trata de un hombre mui rico. 

— ¿Vamos a comer juntos al Club? Me seria mui agradable que 
usted aceptara esta modesta invitación. 

A media comida, él invitante pregunta: 

—Y los rendimientos del salitre, como andan? 

— No lo sé, señor; me interesa poco el norte. Yo me preocupo 
mas del sur. De salitres no entiendo nada. 

La fisonomía del festejante se ha nublado. La risa ha desapae-r 
cido de los labios, como un grano de sal de la superficie del agua 
don^^e cae. Los ojos se han puesto sombríos. 



398 

— Su profesión de usted es. . . 

— Sí, señor, la de agrimensor. El trabajo da para poco. Hai me- 
ses en que saco doscientos pesos; pero otros ni ochenta. 

El rostro se ha irritado. Los ojos demuestran despecho. 

Al terminar la comida, el señor Garcia aprovecha la ocasión para 
decirle 

— Si usted pudiera hacer algo por mí, se lo agradecería mucho. 
Alguna colocación, por modesta que fuera me vendría bien. 

El festejante cree morirse. Está pálido, molesto, aburridísimo. 
Busca un pretesto para levantarse y huir. 

Antes de separarse, el agrimensor le dice en voz baja: 

— ¿Podría facilitarme usted diez pesos, y se los devolveré ma- 
ñana? 

Frégoli viene con sus grandes cajas de personajes. Ha logrado 
reducir al menor espacio posible, a cada uno de esos jigantes de 
la gloria. Napoleón que conquistó la Europa porque no cabía en 
Francia, viene metido en una caja de corlees; Bismarck, que tam- 
poco cabia en Alemania, cabe en una sombrerera, en compañía de 
Pío IX y de Sara Bemhardt Cuando el señor alcalde se muera— 
que ojalá no suceda nunca — cabrá también en una cajíta de pape- 
lillos, después de no haber cabido ni en la sala de la alcaldía. 






^0^^ ^É^^^ ^É^^^ ^É^^^ ^É^^^ ^É^^^ ^É^^^ ^Él^^^ 



GE LOS ñRREPEnriDOS... 



ÜN modesto guardián, Jara, de la policía de Chillan, se escapó 
llevándose una carabina y un tiro, con el ánimo de hacer la 
gran cabriola y desaparecer de la faz de la tierra. Escribió en 
seguida las acostumbradas cartas de adioses a su esposa, a sus 
acreedores y a sus amigos: "Te escribo estas líneas al borde 
de la tumba. Tú calculas que esta es una mesa incómoda y que se 
puede por ello disculpar la ortografía. Pongo fin a mis dias, por- 
que soi desgraciado. Compadéceme y no te cases con otro.— /ara". 
En seguida el guardián se alejó a un sitio oscuro, lleno de som- 
bras. Allí se sentó sobre el pasto y se puso a oir ese jadeo fatigoso 
del silencio. En medio de aquellos encontrados rumores, de aque- 
llas palpitaciones vagas, de esos estraños secretos de la noche, 
creyó sentir a su alma que le decia: 

— Jara, no seas tonto, no te mates. Si te vas a la eternidad, tu 
puesto de guardián se lo darán a otro. . . 
Jara dio un salto, y volvió a oir. 
— Tu mujer se casará con otro . . 
Otro salto. 

— Tu caballo mulato será de otro. 
— Eso no lo tolero — grita Jara. — Mi caballo es mió. 
—Pero si te matas simplón, dejará de ser tuyo. 
— Entonces no me mato. 



400 

Y Jara volvió del monte con la carabina al hombro, resuelto a no 
abandonar la vida en dos tirones. 

Llegó a su casa y golpeó a la puerta. Su mujer salió a abrirle 

— ¿Eres tu Jara? 

— Sí yo sol 

— ¿Pero, no me escribes diciéndome que has puesto fin a tus 
dids? 

— Sí, te he escrito pero me arrepentí. 

— ¡Vaya! No me gusta a mi que me engañen. Yo no te he po- 
dido nunca que te mates; pero ya que lo habias resuelto, debiste 
hacerlo. 

Y Jara se presenta al día siguiente donde el intendente a devol 
ver su carabina y a pedirle perdón. He aquí lo que decia nuestro 
telegrama: 

"El guardián Jara que habia desaparecido llevándose una cara- 
bina y un tiro a bala con el ánimo de suicidarse, según una carta 
que habia dejado a su esposa al partir, ha vuelto rogando al inten- 
dente le perdone su falta". 

El suicida arrepentido, no se puede negar que es un ser profun- 
damente ridículo. Sus amigos le golpearán la espalda en la calle, 
diciéndole familiarmente. 

— Hola! Hola! ¿Con que te querías despachar de este mundo? 
¿Qué es lo que te pasa? ¿Pierdes dinero? ¿Tu mujer . .? ¿La caja de 
fondos. . .? ¿Amores contrariados? 

En materia de suicidios no caben paños tibios. Un hombre o se 
mata; o no se mata. Pero no debe escribir cartas, y despedirse de 
la vida, y después quedarse tranquilamente en su casa. 



vff 1^ 



Uíljoen y Mapoleon 



OS. telegramas de hoi anuncian que el jefe boer Viljóen ha lle- 
gado a Santa Elena junto con otros prisioneros boers. Viljoen 
no ha podido, seguramente, librarse de una fuerte emoción ai 
recordar al primer jigantesco prisionero que llegó a Santa 
Elena. 
Al caer la tarde de su primer dia de prisión, Viljoen ha salido a 
caminar por el campo, con las manos atrás y la cabeza inclinada 
sobre el pecho, que es como andan los boers después que les quitan 
el rifle Mauser. De lepente, como quien dice a la vuelta de una 
esquina, aparece una sombra. 
— ¿Qué veo? — pregunta Viljoen. 

— Seguramente ves algo — replica la sombra— ¿no me reconoces? 
— ;Hum! — dice para sí, el jefe boer— yo he visto en alpina re- 
vista ilustrada esta silueta: un hombre bajo, un sombrero de dos 
picos enorme sobre la cabeza, y una mano metida en la abotona- 
dura del largo gabán. ¡Cáspita! Este no puede ser otro que Napo- 
león I! 
—Exacto. 

—¡Cómo! ' ¿Tú eres el gran Napoleón? 

— Sí, hombre, ¿tiene esto algo de particular? Sin embargo, ha- 
blando en plata, debo decirte que soi solamente la sombra de Na- 
poleón. 



402 

— ^Vea usted lo que son las cosas. Creí que un hombre tan gran- 
de, debia tener también una gran sombra. 

—En primer lugar no me confunda usted con un quitasoL 
Después, bien sabrá usted amigo Viljoen, que los cuerpos no echan 
casi sombra cuando tienen él sol encima. . . 

—Me permito advertirle que hoi el sol ya se ha ocultado. 
— Nó, señor; el sol que Napoleón tiene encima no se oculta 
jamas. 

— Es un sol permamente como las boticas de tumo. ¿Ah? 

—Sí; es el sol de la gloria. 

— ¡Cáspita! Le quedan a usted los modales. 

—Es lo que no he perdido. Usted recordará aquello de las pirá- 
mides, cuando dije a mis soldados que cuarenta siglos los contem- 
plaban desde la cima. . 

— Lo recuerdo. 

—Pues, se me pasó la mano en los siglos. Can la esperiencia que 
hoi tengo habría hablado solo de veinte siglos a lo sumo. 

— Bueno. ¿Y qué le parece a usted esta guerra en que estamos 
empeñados? 

— Interesante. 

—¿Nada mas? 

—Conmovedora. 

— ¿Nada mas? 

-Inútil 

— jCómo inútil! 

— Sí, señor Viljoen. Créame usted a mí, que en materias de gue- 
rra tengo bastante esperiencia. Inútil. 

—No comprendo. 

—Comprendo 

—No comprendo. 

—Digo que comprendo que usted no comprenda. Pero óigame 
usted. En principiojeneral no se debe pelear con Inglaterra. Créame 
usted a m¿ 

— Waterloo ¿eh? 

—Hombre no me toque usted ese punto. Ese fué un cuadrillazo 
miserable. No lo recordemos. 



403 

Y lá sombra de Napoleón se desvaneció, mientras Viljoen se que- 
daba pensando. 

— En principio no se debe pelear con Inglaterra. ¡Pero eso no 
es el principio! Es la consecuencia. El principio deberla ser que 
Inglaterra no debe pelear con los demás. 



c3^ c3^ 



Historia de un piano 



TODA mi ambición habia sido siempre ser piano de cola] sin em- 
bargo me hicieron sin cola; es decir: salí coleado en mis pre- 
tensiones. 
Sin embargo me consolé de ser piano parado, porque recien 
llegué a Chile y acabado de desencajonar, un alemán me pro- 
bó el teclado y dijo en voz alta: 
— Rico piano, parece de cola. 

—Es claro, dije yo para mis cuerdas, si no soi de cola, merezco 
serlo. 

Y tuve tanto gusto, que quedé silbando interiormente como me- 
dia hora, y todos decian: 
— ¡Qué piano tan sonoro! 

El alemán me compró y me llevó a su casa, donde quedé en me- 
dio de un salón cerca del busto de Bismark y de un cuadro de la 
Loreley, en ropas menores. 

Siempre me tocaba a oscuras, y solo trozos de Tanhausery Lohen- 
grin. Yo sufria mucho, porque mi dueño era un pianista de mucha 
ejecución, y no hai cosa que nos machuque mas a los pianos sen- 
sibles, que la ejecución. 

Lo mismo les pasa a los bombos. De la misma fábrica en que yo 
nací, salió un bombo que maldecia a VVagner por tradición y por 
instinto. 



4o6 

Un dia se reunieron también a oscnras varíes alemanes, mbios, 
patilludos y con gafas, para tocar algo de Beethoven. 

Quise probar que era todo lo de cola posible, y me porté tan 
bien, que los alemanes se fueron levantando de sus asientos, des- 
pués poniéndose en puntillas, después subiéndose sobre las sillas; 
y uno se arrebató tanto, que cuando terminé, resultó que estaba 
trepado sobre el coronamiento de la cortina: 

Pero nada es durable en este mundo. El alemán resolvió irse a 
Europa y don Ramón Eyzaguirre me sacó a remate. 

Debí salir en los diarios, porque fué mucha jente a verme y oí 
los juicios mas curiosos. 

— Tiene buenos sonidos — dijo una señora. 

— Es demasiado caro — decian otros. 

— Buena marca. . 

El único que hablaba de mi cualidad de parecerme a los de cola, 
era don Ramón, por lo cual le guardo gratitud eterna. 

Por fin me compró una familia y fui conducido a un gran salón» 
lujoso pero de mal gusto. 

Primera estrañeza: encima de mí, sobre mi tapa, que tanto había 
respetado mi primer dueño, colocaron unos jarrones que me pare- 
cieron antipáticos desde el primer momento. 

Segunda estrañeza: una niña bonita y con unos dedos suavísi- 
mos toco sobre mí, algo que no entendí. Solo sé decir que le agra- 
decí que no tuviera ejecución. Después supe que lo que habia 
tocado era una charanga de un tal Puccini que han dado en llamar 
Boheme y que debia llamarse Sirop o Sucre o Mermelade. 

Confieso que como instrumento musical eché de menos a Lo- 
hengrin; pero que como piano frájil e inclinado a la comodidad, 
pieferí el repertorio y la manera de tocar de mi remonísima dueña. 

Vuelvo a decir que todo termina en esta vida; y que un piano 
;iene vida demasiado larga y vé muchas cosas. 

Comencé a notar que cuando mi dueña tocaba, le daba vueltas 
as hojas a la música un joven larguirucho y sumamente pesado de 
>angre. Comprendí que estaban de novios y lo lamenté por ella 
Cuánto mejor que se casara conmigo! pensaba, porque si un piano 
ís mui pesado de cuerpo, ese señor es mui pesado de alma. 



4o7 

V se casaron. Y como nadie mas tocaba en ta casa, me entrega- 
ron a otro martiliero para que me rematara. 

Otra vez las visitas, otra vez las pruebas. Por los elojios conocí 
que yo iba a menos; nadie nombró la cola para nada i en cuanto a 
los sonidos dijeron que eran regulares. ¡Oh tremenda desgracia! 
Caí como piano de estudio y tuve que soportar el método Le- 
moine. 

Escalas y ejercicios todo el dia, con una constancia atroz. 

Dia por medio una señora lea y de mal humor, que hacia la clase 
de piano i le daba pellizcos a las chiquillas, me hacia sonar. . . 

De ahí viene la frase hacer sonar a una persona, por tratarla 
mal. 

Resolví no tocar, sino sonar, y a veces rujia y chillaba, basta que 
un dia entró un afinador, me desatornilló y me rejistró enteramente, 
se robó las cuerdas y me puso unas mas viejas, y se fué. 

«Cómo protestar de esa infamia? ¿Con qué derecho me robaban 
la juventud? 

Después de eso caí en una postración de ánimo mui grande, y 
dijeron que tenia los sonidos apagados, y volví a la casa de marti- 
llo para ser rematado de nuevo. 

Temblando de mi suerte, fui adquirido por una familia honrada; 
pero que vivia en la calle de Eleuterio Ramírez. 

En el salón, habia un retrato del jeneral Canto y otro de don 
Jorje Montt, y una litografía de un cuadro de Mocci. 

Encima de mi tapa, pusieron unos canastillos de paja con cintas 
de color, traídos de Linares o de no sé dónde. 

Este detalle me hizo temer por el repertorio musical de mis nue- 
vos dueños. Habia en la casa dos niñas, una aficionada a la mú- 
sica clásica y otra a la música lijera ¡ai de mí! y las dos aficio- 
nadas al matrimonio ¡ai de ellos! de los novios. 

La ma>or, la clásica, tocaba algo de Hugonotes, un poco de Chopin 
y trozos de Africana, La menor, la lijera, tocaba Málaga, Jlambur-* 
go, Jente Alegre, Los Zuavos, Dolores. 

Y la mamá— el recuerdo me espanta — Estrella Confidente, 
¡Me encanallé! 

Habia tertulias en la noche, y yo sonaba con cualquiera mazur- 

14 



4o8 

ca. . . Una noche soné con una polka alemana nacional, No mas mo^ 
raiorias, y me desafiné enteramente. 

Asi desafinado y sin que nadie lo notara, seguí prestando mis 
servicios. Un dia cuando la menor tocaba ^^/^ Alegre o Los Zuavos, 
su novio que le daba vueltas a las pajinas de la pieza, y que toca- 
ba con mucho romadizo, dejó caer una gota en la mano déla niña. 
Ella creyó que lloraba emocionado, se ablandó, y le concedió la 
mano. 

Seguí con la clásica y con Estrella Confidente^ hasta que resolvie- 
ron en un apuro pecuniario, sacarme a remate. 

Y aquí estoi escribiendo estas verdaderas líneas, entre un cíitre 
que perteneció a un tísico, una mesa escritorio, y un aparador ba- 
rato. 

Al frente tengo un retrato del Arzobispo Valdivieso, y al lado» 
uno de Francisco Bilbao con ataque de epilepsia. 

Sobre mi tapa hai un busto de Pió IX y una ponchera trizada 
y debajo de mí, tiestos pocos decentes que me afrentan y me hu- 
millan. 

Nadie me toca, y tengo tal afán de sonar, que gustoso repetiría 
aun No mas moratoria. 

Me han venido a ver personas de mala apariencia, i como soi un 
instrumento de buenas costumbres, me desespera la idea de ir a 
parar a mala parte. 

Tengo para mí que un piano, cuando llega a cierto precio al 
alcance de todos, debe hacerse pedazos antes que seguir viviendo. 

He oido decir que en la guerra del Peni, los pianos les servian 
a los chilenos para hacer cazuelas. 

Envidio esos pianos. 

He escrito estas líneas para que ningún piano bien nacido se 
envanezca. 

Se las dedico especialmente a los de las casas de Kirsinger y 
Becker, que están mui orgullosos con su virjinidad. 

Yo casi era un piano de cola • 

Ahora soi una //¿///a. 

He sentido el cambio de sexo. 



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A don JULIO BOZO 



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La entrada al gran país 



El, viqo Athos despedía a su hijo, que partía para el mundo 
elegante caballero en el mas brioso y bien nacido potro de la 
comarca. La tarde estaba pálida, triste y como enmohecida 
por el velo tenue y húmedo de la neblina de la tarde. Allá, a 
lo lejos, como una promesa de ventura y de dichas no cono- 
cidas, se perfilaban las cadenas de cerros azules tras los cuales co- 
menzaba el bullicio de un país comercial, próspero y opulento. 

El joven abandonaba el apartado asilo de ese hogar silencioso y 
sereno, para ir a buscar horizontes nuevos. Su guia era un viajero 
que traficaba a menudo por aquellos contornos, ofreciendo merca- 
derías en cambio de ganados. 

—Ya es la hora de partir— dijo éste — subiendo a su caballo y ha- 
ciendo ademan de lanzarse por la llanura. 

El viejo estrechó la mano de su hijo, y le alargó un saco que 
contenia dinero. 

— Esta es la ofrenda — dijo el viejo — que desde tiempo tradicional 
se áa al que parte. Pero yo quiero darte algo mas, ya que tú no 
partes para un punto cualquiera sino para el mundo. Aquí tienes 
este otro saco, el cual deberás abrir muchas veces; contiene él 
«prudencia». Este otro que pesa mucho, pero que luego se hace 
liviano, contiene '^virtud k Jvste otro, hijo mío, está lleno de algo 



412 

que necesitarás muchas veces: «talento». Y, finalmente^ este otro 
encierra un depósito sagrado, que debe acompañar a todo hombre: 
«valor». Aquí los tienes: acomódalos sobre el aderezo de tu silla. . . 
Y ¡adiós! 

Los viajeros tomaron galope, sintiendo en el rostro la humedad 
de la neblina. Poco a poco se borró en la lejanía la columnita de 
humo que subia de la chimenea del hogar, y los cerros azules per- 
filáronse, sombríos como una muralla de carbón. 

A las dos horas de camino, el guia comprendió que era difícil 
marchar por la oscuridad. Una multitud de barrancos y quebradas 
cortaban el sendeio y se hacia menester muchísima cautela para no 
rodar por las pendientes. ¡Animo y adelante!— dijo a su joven com- 
pañero — aquí es necesario mucha audacia y mucha lijereza. 

— Sí; lo comprendo — replicó éste — pero encuentro mui pesado 
mi caballo y siento algo así como si me sujetara una mano invi- 
sible. 

— Es que llevas mucho peso. Bota uno de los sacos que te dio 
tu padre. 

— ¿Cuál debe ser? 

— El mas inservible, el de la prudencia. 

Y el saco rodó por la quebrada, haciendo un estraño ruido, que 
mui pronto fué devorado por el silencio de esa noche. 

Y la marcha continuó al través de mil precipicios, como borde- 
ando el abismo y persiguiendo a la muerte. 

El silencio de los campos era enorme, la incertidumbre del ca- 
mino que llevaban, matadora. De repente, allá en el fondo del 
abismo, clareó un resplandor como de luces agrupadas, como de 
fogatas encendidas. Hasta los viajeros llegaba, entrecortado por el 
viento, el rumor de cantos en que claramente se percibían voces de 
mujer y clamoreo de orjia. 

— Allí está la posada de la Sirena — dijo el guia — buen albergue 
para los viajeros. Será menester pasar allí la noche, en compañía 
de mui alegres y hermosas camaradas. 

No creo alcanzar hasta allá — replicó el joven— siento de nuevo 
algo secreto que me detiene: tengo temor de avanzar. 

— Alijera tu caballo. Bota otro saco. 

—¿Cuál? 



413 

—El que menos valga y el que mas pese; el de la virtud, por 
ejemplo. 

Y el saco rodó por el abismo, arrastrando a su paso los guijarros 
sueltos y formando el ruido sordo de un trueno lejano. 

V los viajeros emprendieron de nuevo el galope hacia el punto 
luminoso, que fué surjiendo como una aparición. Mui pronto llega- 
ron a sus oídos las canciones, y el chocar de vasos y botellas. 



Al amanecer, los caballos volvieron a quedar listos para la mar- 
cha que debia ser pesada y fatigosa. El guia llamó a un esperimen- 
tado mercader que hacia muchas veces en el año esa misma travesía, 
con el fin de que alijerara en lo posible el caballo de su joven pro- 
tejido y no volviera a presentarse en el camino obstáculo alguno. 

— ¿Qué llevas en este saco tan grande? — preguntó el mercader. 

—Valor. 

—¿Valor? ¡Oh! ya han pasado los tiempos en que era menester 
llevar de un lado a otro tan incómoda carga. Deberás arrojarla al 
suelo, y poner en su lugar el que lleva tu compañero, lo que suple 
el valor, lo que lo hace enteramente inútil 

—¿Y qué es ello? 

—Este rifle. Con él apuntarás a la distancia sin que nadie te vea. 
Puedes estar temblando de miedo y arrojando al suelo mortalmen- 
te heridos a tus enemigos. Pueder tener deseos de huir, y, sin em- 
bargo, infundirás el mismo deseo en ellos. Ya el valor es solo 
mercadería para museos, anticuarios e insensatos. 

Y los caminantes partieron, confortados con el sol de una her- 
mosa mañana. Volvieron a divisar en el horizonte, dibujadas con 
audaces líneas y tomando ya un relieve considerable, las montañas 
azules del gran pais a donde iban; y ya perdieron para siempre el 
último picacho de la última sierra del pais natal que abandonaba 
el joven. 

Por fin, después de una larga y penosa marcha, comenzaron a 
atravesar las que, a lo lejos, parecían azules montañas, y llegaron 
a las puertas del gran pais. Un guardia avanzó hasta los caminan- 
tes, les detuvo y comenzó a examinar el bagaje de cada cual. 



—Joven — dijo — diviso entre tus sacos uno que debe quedar fuera 
de esta puerta. La leí coloca aquí entre las sustancias esplosivas 
al talento. Entrégame el saco que lo contiene y lo destruiremos 
para que no sea una amenaza para nadie. 

Y el joven entregó al guardia su saco y se quedó con el único 
que, ajuicio de todos, debia servirle en el grcn pais a que entraba: 
el dinero. 

Y como la mañana estaba luminosa, serena, apacible, el guia 
entonó un cantar alegre, mientras a su lado vibraban, ajitados por 
el viento, los alambres de cobre que unian las ciudades. 

Estaban ya en el centro del gran pais. 







El Sello de 6uatemala 



LuisiTo había escrito desde el colejio y mui apresuradamente 
a su madre, esa mañana, un papel que decía con la peculiar 
gramática de los nueve años; "Mamasíta mándeme el albun 
de sellos lo mas luego que pueda porque tengo que pegar 
muchos hoi supe las lecciones no crea que estoi enfermo*'. 
Luisíto era el priniojénito de un matrimonio joven. Y esa «ma- 
masíta» era la mas encantadora morena que ha formado la sangre 
española desde la dominación romana hasta nuestros días. Luisíto 
era, pues, el regalón, el que ocuj)aba todo ese corazón bueno, jene- 
roso, formado solo para el amor y animado también por el amor . 
No titubeó, pues, un momento al leer el papel ito escrito con la 
tinta de anilina morada del colejio de los jesuítas, y envió con ei 
sirviente el álbum de sellos, no sin quedar preocupada de ese "no 
crea qué estoi enfermo", que revelaba tan inocentemente el deseo 
del chico de ocultar algún dolor o molestia. 

Y efectivamente, Luisito habia amanecido ese dia con el color 
de la cara algo encendido, los ojos mas inquietos y luminosos que 
de costumbre, y con poquísimas ganas de jugar. 

Rehusó tomar parte en una «barra ínglesa^>, reñida y sumamente 
interesante, en un partido de pelotas v en una «troya», en que tenía 
muchas probabilidades de ganar. 



4i6 

Apenas recibió el álbum, lo abrió precipitadamente, y sus ojitos 
negros y saltones se fijaron con viveza singular en un hueco ro- 
deado de numerosas estampillas de Guatemala. Ese hueco era el 
sitio en que tenia reunida todas sus ambiciones y todos sus sueños. 
Era nn sello azul, — «azulito», como decia él—con una cabeza en el 
medio, que habla visto un dia en la vidriera de una cigarrería de 
la calle de Bandera, y costaba tres pesos. 

¡Tres pesos! Una fortuna, una verdadera fortuna, siete veces su 
semanal de cuarenta centavos que le daba su mamá al salir del 
colejio! ¿Qué hacer? ¿Cómo podría seguir ese hueco blanco, solo, 
en medio de toda una pajina de sellos? 

Luisito acudió a un compañero que también tenia colección y le 
espuso el horrible estado de la suya. "Yo telo conseguiré— le con- 
testó el otro chico — «mira» te lo voi a conseguir de un tio mió que 
escríbe en un diárío, y recibe cartas de todo el mundo y, ademas 
de la China». 

Luisito estaba visiblemente ajitado, sentia la cabeza abombada, 
y un calorcillo fastidioso le hacia latir las sienes constantemente 
Un inspector se acercó a él, lo miró un instante, le tocó la frente 
con la mano, y no pudo menos de alarmarse. 

— ¿Qué tiene usted, Luis? — le preguntó. 

El chico le mostró su álbum, apuntando tristemente el hueco 
blanco. 

—¡Me falta un sello de Guatemala! 

Pero momentos después, el niño era conducido a la cama y exa- 
minado por el doctor. . . cuarenta grados de fiebre. . . podia ser ti- 
fus . . podia no serlo. . . tal vez una infección. . . en fin, las dudas y 
las incertidumbres de siempre. 

Se acordó que no se avisaría a la casa hasta el dia siguiente, por 
si la fiebre bajaba con algunas cápsulas convenientemente dis- 
tribuidas de tres en tres horas. 

Cuando Luisito quedó solo, tendido en su blanca camita de cole- 
jial, y miró toda la sala, al travez de las cortinillas, solitario, sin un 
solo compañero, sintió miedo. Pero mui luego el sello «azulito», 
el sello de Guatemala, llenó enteramente su afiebrada cabecita y 
volvió a abrir el álbum para mirar ese hueco desesperante. 

¡Tres pesosl ¿Seria muí difícil ganar tres pesos? ¿Tendrán tres 



417 

pesos en casa? ¡No haber nacido en Guatemala! ¡SI -hal niños en 
Guatemala, deben ser mui felices con el sello azul, y tendrán mu- 
chos sellos a tres pesos cada uno! 

La fiebre apretaba, apretaba, y el colejial habia echado atrás la 
cabeza y fijaba los ojos en el techo, viendo reproducirse millones 
de-veces d sello azul. 

Llegó la noche, y con la noche los colejiales, que ocuparon sus 
camas, tosieron, dejaron caer los zapatos sobre el entablado y des- 
pués se durmieron profundamente. 

Uno solo velaba. Luisito no separaba los ojos del techo, delei- 
tándose en esa loca abundancia de sellos azules. ¡Cómo tomar al- 
guno! 

Entraron al dormitorio el médico y un jesuita, y apartaron el 
álbum de las manos del chico. El termómetro marcó cuarenta y un 
grados. El doctor salió moviendo la cabeza^ remate obligado de 
tantas curaciones! 

Luisito deliraba. Con los ojos fijos en el techo, hablaba a media 
voz con los ánjeles que revoloteaban al rededor de su cama. 

Ellos lo llamaban desde lejos, haciéndole señales misteriosas, y 
él les preguntaba si en el cielo hacian colecciones de sellos «di- 
fíciles». 

De repente, Luisito hizo un esfuerzo convulsivo y se incorporó 
de un salto en la cama, alcanzó con la mano su blusa azul, colgada 
de un perilla del catre, buscó en los bolsillos y sacó un lápiz. Apo- 
yó el álbum sobre el mármol del lavatorio, pegado a la cama y 
comenzó a escribir con el pulso tembloroso: 

«Mamá cómpreme un sello de Guatemala en la cigarrería, cues- 
ta tres pesos, yo se los pagaré cuando esté grande como mi papá 
sino me lo compra me voi al cielo porque un ánjel me ha dicho 
que allí no cuesta nada». . 

De repente, Luisito fijó de nuevo los ojos en el techo, se le ilu- 
minó la cara de risa y se dejó caer sobre la almohada. 

Habia muerto el colejial, y a la mañana siguiente lloraba como 
una loca, sobre la blanca camita, la señora Fernandez, que habia 
adivinado la enfermedad de Luis en esa frase " no crea que estol 
enfermo". 

La primera salida de la viuda a la calle, lacrimosa aun y roja de 



4iB 

llorar, fué para comprar el sello azul y pegarlo en ese hueco, últi- 
mo delirio del colejial. 

Y cuando soñaba la morena, porque también era buena como su 
hijo, y veia ánjeles, divisaba entre todos ellos a uno i^al a Luis, 
con dos sellos azules en vez de las alas de plumas de los otros. 



giS^ 



Un recuerdo a los ausentes 



Ai«BGRBS y risueños están los días de la patria; brillante el bol, 
fresca la brisa, azul el firmamento y abierto el horizonte. La 
bandera flamea sobre las ciudades, como una querida enseña 
^ de gloria, de recuerdos, de paz, de dicha y de tranquilidad. Al 
amanecer, tos bronces tocan una diana vibrante y arrebata- 
tadora que parece la voz de Kxcelsior de una juventud vigorosa que 
se educa en los cuarteles; y al caer la tarde retumba el estampido 
del cañón, como un trueno lejano de tempestades pasadas y de 
homéricas borrascas. 

La patria esta con nosotros, y nosotros dentro de su corazón. 
Bajo su bandera desplegada al viento, nos estrechamos las manos, 
todos los que hemos nacido en el mismo suelo, y nos reconoce- 
mos hermanos y nos perdonamos las distancias y nos amamos con 
altruista y jenerosa afección. 

Pero hai un recuerdo que atraviesa ese firmamento azulado y 
llega a posarse sobre el alero de nuestro hogar, como una golon- 
drina huérfana que busca calor. Hai un recuerdo que parece un 
suspiro lejano, venido con alas de seda desde mui remotas tierras, 
para que se mezcle aquí con esta brisa fresca que hace flamear las 
banderas» remecerse los copos blancos y morado? de las lilas y 
despeinar los rizos de pelo de las muchachas que van a las fiestas. 

Es el recuerdo de los chilenos ausentes, de los que no pueden 
sentarse a nuestra mesa y acercar a sus labios la copa de vino, de 



43 o 

los que no pueden, como nosotros, derramarse por las calles, riendo 
a carcajadas y lanzando vivas enérjicos y sonoros a la patria. 

Hai muchos que han partido buscando*unos la fortuna, otros el 
nombre, y los mas el pan de cada dia. Desterrados voluntarios 
náufragos de la vida, galeotos amarrados al duro banco del trabajo; 
han salido a bordo de un buque, ajitando hasta mui lejos sus pa- 
ñuelos para enviar el último adiós a la patria. 

¿Y después? Una noche, el viento estranjero que es inhospita- 
lario y no habla nada al oido, ha arrancado una hoja del calendario 
dejando esta leyenda: i8 dk setiembre. 

¡Qué de recuerdos agolpados en un instante! ¡Qué cúmulo de 
sensaciones fuertes y de estremecimientos del espíritul De un salto 
queda a un lado el lecho revuelto por la fiebre, y la ventana se 
abre de par en par. Allí está delante la nebulosa y ajitada Londres, 
o el bullicioso infierno de Paris, coliseo en que se sigue arrojando 
a los mártires del escándalo para que se los devoren las fieras de 
la publicidad, anárquica confusión de elementos contradictorios 
en que cada cual es indiferente y desconocido para el que vive a 
su lado. 

Allí está todo ese mundo que jira sobre su eje de siempre, sin 
preocuparse un ardite de que apoyado en una ventana, haya un 
viajero que llore de nostaljia y suspire de pena; allí está ese remo- 
lino de vertijinosa marcha, que no puede oir lamentarse a los que 
sufren, ni reir a los que se alegran. 

Abierta esa ventana, entran otras brisas, que no son las que aquí 
sentimos, pero en sus alas parecen ir los jérmenes de una reminis- 
cencia de la patria. El ausente abre los ojos y dilatada y húmeda 
la pupila, la fija en el espacio donde cree ver surjir su hogar, la 
silla vacia que él ocupaba apegada a la mesa, y los seres queridos 
dirijiendo hacia ella, de cuando en cuando, esa mirada que es un 
recuerdo, un llamado, un deseo, casi una conversación. 

Pensemos también en los compatriotas que van en la tripulación 
de un buque mercante, bajo bandera inglesa, navegando en alta 
mar. Apoyados en la borda, fija la vista sobre la estela blanca que 
dqa el barco, creerán sentir entre el rumor del océano y los golpes 
de la máquina, algo así como los acordes de una guitarra y el 
acompasado tamboreo con que se preludut la oueca. Quizás, verán 



4^1 

surjir como una aparición ideal, la figura de la muchacha que ama- 
ron, cuya mirada perseguian en el baile y cuyas veloces vueltas no 
podian preveer. 

Y pensemos finalmente, en el aventurero y nómade gañan que 
ha partido a pie, con el saco al hombro, para buscar trabajo y riñas 
en otras tierras. Pendenciero, provocador y soberbio, rodeado de 
enemigos que lo odian porque lo temen, se emborrachará una vez 
mas en nombre de la patria y caerá a la vuelta de una esquina in- 
sultando al peruano al arjentino o al boliviano que le tocó el pun- 
to flaco de su patria. 

Esos son los ausentes, buenos unos, malos otros; pero chilenos 
todos, y por ende hermanos nuestros. A todos ellos llegue un eco 
de estas salvas, una racha de estas alegres brisas, un jirón tricolor 
de estas altivas banderas, un destello de esos ojos que van por las 
calles como luminarias encendidas. 

Y por último, salgamos del Parpue Cousiño, donde en un dia 
mas va a resonar la algazara de todo un pueblo que se divierte, y 
corriendo apenas dos cuadras lleguemos hasta los muros rojos 
custodiados por centinelas, qu^ guardan a los infortunados hijos 
del crimen. 

I/as pupilas dilatadas otras veces por el odio, están ahora vela- 
das por las lágrimas; es el ansia de libertad que les llega con el vien- 
to, la promesa de vida que les cae con el sol, la esperanza de per- 
don que les revive con el estampido de esas salvas que anuncian 
el gran dia de la patria. 

Allí, al lado, apenas a un paso, están los antiguos amigos bai- 
lando sobre la alfombra verde que la naturaleza les brinda. Allí 
están ellas ..! 

Recordemos a todos los chilenos que lejos de la patria o lejos de 
la sociedad, se unen con todo su espíritu al júbilo de estos grandes 
dias. Formemos al rededor del mundo una corriente magnética, y 
así brillará mas el sol, se verán mas soberbias y altivas las bande- 
ras y se deshielará con mas solemne pompa la diadema blanca de 
los Andes. 

¡Que no falte en la mesa mas modesta y humilde, en las fondas 
mas apartadas, un recuerdo para los compatriotas ausentes! 



lUüO UERHE 



Lñ ñ60niñ 



OuiEN haya sido niño alguna vez — que ya van siendo pocos — 
y leido a Julio Verne, y soñado sobre las láminas de sus 
libros y seguido con el corazón palpitante y el alma en un 
hilo, los arriesgados viajes a los polos, al centro de la tierra, 
a la luna y al fondo del mar, se habrá sentido conmovido al 
leer la noticia de sus últimos momentos. 

Naturalmente la imajinacion tiende a representarse en estos ins- 
tantes al amigo de los muchachos de todo el orbe, emprendiendo 
un último viaje mas arriesgado que los que ha descrito en sus li- 
bros, y del cual no podremos tener láminas porque ya sus retinas 
muertas y opacas no reflejarán nada del mundo esterior, cerrán- 
dose para ver solo lo mucho que comienza a ajitarse y a bullir en 
el mundo interno. 

Nos lo figuramos en el «Nautilus», el largo cigarro de acero 
que navegó veinte mil leguas debajo del mar. Revestido bajo la 
estraña figura del capitán Nemo, apoyada en la mano su barba 
blanca, y fijos los ojos a través de los gruesos cristales del subma- 
rino, verá Verne en vez de las exóticas revelaciones del fondo del 
mar, el paisaje ceniciento y frió de una agonia sin dolores pero con 
angustias dd espíritu. 



434 

£1 buque avanza con velocidad silenciosa, en medio de rejiones 
desconocidas. Hai también como en aquel misterioso viaje, el va- 
por de las sombras, la atracción de lo ignoto, el silencio de la muer- 
te. Quizá alcance a ver la moribunda vista de Veme, almas suspen- 
didas en la atmósfera fria; errantes figuras de palidez cadavérica 
buscando un sitio en que descansar de su larga fatiga; estrellas de 
brillo confuso, alborando a lo lejos como tina sublime promesa 

Aquellas veinte mil leguas que recorrió el «Nautilus», abrién- 
dose paso entre jigantescas algas, y rosando con su bruñida super- 
ficie de acero las escamas de los monstruos marinos, fueron eter- 
namente largas, en medio del silencio^ de la oscuridad y del hielo 
del mar. Pero este último viaje, que ya no con la fantasía sino con 
sus potencias todas, emprende el anciano escritor, tiene su término 
inmediato en un paraje lleno de luz, que ya no es sm Isla Misteriosa^ 
sino el conocido fin de las jornadas de la vida. 

La muerte de Cánovas del Castillo conmovió a los estadistas, la de 
Humberto, a todos los hombres de orden de la tierra; pero la de 
Julio Verne tendrá profunda resonancia en la jeneracion de quince 
años de todo el mundo. 

¡Ai de los que no han sido niños! dijo un filósofo, ;Ai de los que 

no han leído a Julio Verne, de los que no han soñado sobre sus 

láminas, de los que no han vivido con sus personajes y de los que 

no se han propuesto una sola vez en su vida hacer un viaje de es- 

ploracion al centro del África! 
Traducidos a todos los idiomas del mundo, incluso al chino y 

aljapones, Julio Verne ha sido el iniciador de millares de inteli- 
jencias jóvenes en los misterios déla ciencia. jCuántos hombres 
de cuarenta años, apoyados en la baranda de la cubierta de un bu- 
que, o balanceándose sobre la canastilla de un globo, o saltando 
al áspero paso de un camello, enviados por un gobierno a espedi- 
cionar o impulsados por el propio espíritu a conocer rejiones 
nuevas, habrán tendido la vista al través de los años al libro de 
Julio Verne, que por primera vez los hizo ambicionar la gloria de 
esploradores! 

Lñ CE6UERñ 

Nuestros telegramas de ayer decian lo siguiente: 

«^Paris, octubre 19 de 1901. — El eminente y popular novelista 



425 

Julio Verae ha quedado completamente ciego, de resultas de su anti- 
gua afección a la vista. 

Ksta noticia ha producido la mayor impresión en £uropa. Kn 
esta capital, Londres y otras ciudades, se organizan suscriciones 
en favor del ilustre literato, cuya situación es en estremo preca- 
ria.» 

No ha sido soberano^ ni estadista, ni jeneral; no ha sido cantan- 
te famoso, ni eximio campeón de esgrima, ni inventor, ni sabio. Ni 
siquiera ha sido uno de esos literatos, audaces innovadores, que 
rompen el viejo molde, y vacian el metal fundido de su jenio, en 
un marco de forma exótica y sin embargo bella. 

No ha sido nada de eso Julio Verne, y, sin embargo, no hai una 
sola ciudad del mundo, en que su nombre no sea querido de los 
niños y recordado por los viejos con la grata fruición de los re- 
cuerdos. 

Verne ha sido un campeón de la fantasia, que ha atravesado los 
espacios sin mas alas que las de un espíritu jovial y vivaz, y que se 
ha internado en el fondo de la tierra, sin mas ariete que el de una 
estraña potencia creadora de visiones científicas. 

Verne no ha sido poeta, ni colorista, ni sicólogo. Para llegar 
hasta la luna no ha subido por un rayo de luz plateada, anudado 
en las nubes como una cinta de seda, encontrando a su paso ban- 
dadas de ánjeles y oyendo coros celestiales. Nó: Verne va a la luna 
dentro de una enorme bala, disparada por un cañón monstruoso, y 
queda por fin su proyectil, jirando alrededor del astro de la no- 
che, como envuelto por ese eterno movimiento de rotación y de 
traslación. 

Antes de que el Narval hubiera realmente bajado al fondo del 
mar en Tolón, realizando así la soñada concepción del submarino, 
Julio Verne habia recorrido veinte mil leguas de un maravilloso 
viaje bajo las aguas del océano, en medio del silencio profundo de 
esas honduras llenas de sombra y de misterio. Era el Nauiilus^ ese 
buque constniído en los astilleros de la imajinacion, y el capitán 
Ncmo su estraño piloto. Al través de los movibles cristales de las 
aguas, se perfilaban sombras estrañas, siluetas fantásticas, tentá- 
culos blandos y carnosos, algas y plantas marinas agrupadas en 
bosques oscuros y silenciosos. 



426 

El cable nos comunica ahora la triste nueva de que Julio Veme 
se ha cegado. Trabajo grande cuesta alaimajinacion. bajaralaudaz 
esplorador del aire, tierra y mar, desde esas rejiones en que no 
hai lazos, trabas ni ligaduras para la fantasia hasta la vereda de 
su ciudad natal, donde, llevado por un lazarillo, irá encorbado, 
triste y enfermo. 

Pero, entretanto, al cerrar Julio Verne sus ojos al mundo esterior, 
ha quedado a solas con su alma, y otro inmenso mundo se le ha 
revelado por primera vez. Ha conocido él, cuando tenia ojos para 
la luz, para el color y para los cuerpos, los viajes al través de la 
atmósfera inconsútil, de las montañas escarpadas y del mar sin lí- 
mites; comenzará hoi a conocer la peregmnacion de las almas por 
los senderos estrechísimos de la dicha y por los anchos caminos 
del dolor. 

¡Cuántas almitas se sentirán conmovidas hoi por la ceguera de 
ese maestro que las conducia velozmente de sueño en sueño y de 
ilusión en ilusión! 

Y pueda ser que así, como en la superficie de una laguna, una 
piedra arrojada va formando ondas y círculos que llegan hasta la 
orilla, llegue con estas líneas hasta el pobre ciego un estremeci- 
miento cariñoso de tantos espíritus a quienes ha hecho calmar su 
sed de sueños y de aveturas. 






r>Qn eOn 






oOo cOr> cQ>> cQo cOn cOn cOn eOn 



T T T 




Ueróí y su lecho óe muerte 



LOS pueblos tienen su corazoncito, y a veces su corazonazo. . . 
Hai pueblos que sienten el dolor y no lloran: Inglaterra al 
lado del féretro de su reina es un simbolo pálido, sombrío, de 
ojos desmesuradamente abiertos, pero mudo. Italia al lado 
del lecho de Verdi es una mujer enlutada que llora a mares 
con sus hermosos ojos negros y entrelaza sus manos con desespe- 
rado dolor. . . Y sin embargo, cada uno de estos pueblos asiste ala 
muerte de un trozo de su alma. Victoria encamaba para los ingle- 
ses la sobriedad, la fuerza y la virtud de la raza; Verdi simboliza 
para los italianos el arte, el amor y la luz del alma italiana. 

El pueblo consternado, la reina Margarita condolida, una mu- 
chedumbre que se agolpa a la puerta de la morada de su gran 
músico, son elocuente testimonio de que con Verdi agoniza una 
fibra del corazón italiano y se corta una cuerda sensible de su 
alma. 

Ya nos olvidábamos que Veidi era un hombre; al través de los 
ojos de la fantasía, le veíamos ya idealizado por la gloria, tañendo 
en una harpa de cuerdas de plata y rodeado de ese ambiente azul 
con que se sueña el paraíso. 

Forma ideal, purísima, 
De la belleza eterna, 

le veíamos desligado ya de las terrestres ligaduras, y vuelto de 
nuevo A la juventud del espíritu y del cuerpo. Cuesta ahora volver 
los ojos al lecho en que está recostada su blanquísima cabeza, y en 



42» 

que las manos inquietas por la fiebre, buscan un invisible tedadó 
para dejar escrito en el pentagrama el último jeraido de su agonia. 

Rotas en un rincón las cuerdas de su harpa, solitario y lleno de 
polvo en otro, el órgano en que ha ensayado sus coros de peregri- 
nos; mudas las trompetas de plata al travez de las cuales ha emi- 
tido las sonoras armonías de sus marchas, y abierto el piano sobre 
cuyas teclas de marfil han corrido sus manos en busca de delicio- 
sas melodias, el maestro lucha con la muerte y defiende con todas 
las fuerzas de su alma ese cuerpo que era una caja de música y ese 
corazón que era una fuente inagotable de inspiraciones. 

A cada instante se levanta un estremo de la cortina, y una ca- 
beza de artista se asoma descubierta y clava los ojos en la mori- 
bunda mirada del maestro. Ahí está él, el que ha iniciado en el 
arte multitud de almas sedientas de armonia, el que bajo su batuta 
ha hecho jemir los violines, estallar la orquesta en una esplosion 
de alegría, o erizarse el cabello ante el grito de dolor de una mori- 
bunda. ¡Ahí está Verdi! Y las cabezas de sus discípulos inclinadas 
por el estupor, inmóviles por la pena, parecen querer escuchar lá 
última nota y la última cadencia de esa arpa eólica, que solo el 
viento italiano hacia vibrar. 

Verdi llegará al cielo después de haber llegado allá sus himnos. 
Y quizá cuando en el umbral espere el momento de traspasarlo, 
reconozca en los coros anjélicos algunos de los suyos, y sienta 
alas en sus espaldas y vuele a ponerse frente de ellos y a dirijirlos 
trasformado en inconsúltil y celeste aparición. 

Aquí ha llegado un hombre — dirán — que pasó por la tierra can- 
tando y elevando a las almas a lo alto. Como las golondrinas ha 
volado sin tocar el suelo, y sin rozar sus alas. 

Y ocupará su trono vicino al sol como canta en lírico arrebatado 
Radamés y pasará a ser símbolo del arte, forma ideal del senti- 
miento, nota musical cristalizada en la gloria. 

Italia elevará a Verdi un monumento análogo al que hizo en 
bronce España, para Gayarre: un ánjel con una ala desplegada im- 
pone silencio con su diestra, mientras aplica el oido al féretro a 
ver si se escapa una última armonia de su espíritu. 

r2S r2S 



U - HUHS - CññH6 



Li - Hung - Chang se muere. 
Asi lo dicen los telegramas de hoi, evocando con ese solo 
nombre, toda la historia del complicado drama de la China 
Tendido en un lecho bajo sobrecama de seda amarilla y 
grandes pájaros de un azul intenso, está el viejo chino, con 
stis párpados alargados velando las pupilas vidriosas y moribun- 
das. Sueña. Enervado por esa embriaguez agónica de los últimos 
momentos, no siente los pasos de sus fieles servidores que se arras- 
tran silenciosamente con sus zapatillas de lana, y parecen en torno 
del lecho, con los rostros flacos, alargados, estupidos, grandes la- 
g^artos que han salido de sus cuevas a tomar el sol. 

Li-Hung-Chang vuela en su imajinacion asiática, abultada por 
el opio, hacia las rej iones donde los misioneros cristianos le han 
dicho, muchas veces, que está el descanso eterno. 

Vé mucha luz en torno suyo, una luz intensa, azulada, maravi- 
llosamente azulada. Desaparece mui lejos el amarillento paisaje de 
su tierra, con su pálido color de acuarela sucia; se vé como línea 
de tinta china, disipada con la distancia esa gran muralla qne ha 
altado d mundo; y se hunde en la sombra de esa noche eterna el 
rumor de ese ejército internacional, que ha profanado a la sagrada 
China, desgarrándole el corazón y dejando esfumarse en el aire su 
^píritu. 



430 

En seguida, el moribundo vé que la luz azul, se hace mas inten- 
sa, hasta obligarle a cerrar sus ojos. Alguien murmura a su oido 
que es. la rejion de que han hablado los misioneros cristianos, y 
Li-Hung-Chang pretende entrar. Pero una espada de acero que 
brilla a la luz como una ascua encendida, se le atraviesa a su paso. 

— Yo soi la Europa — le dice una voz plateada — yo soi la Europa 
que te persigue hasta después de la muerte. Al cielo solo llegan 
las potencias de primer orden. . . 

— ¿Y yo dónde me voi? 

— Al seno de Ahraham. 

Y Li-Hung-Chang se estremece de ira, sobre su lecho de muerte 
bajo el baldaquín con grandes cortinajes, entre los cuales asoman 
las cabezas de lagarto de sus servidores anonadados. 

La Europa! El la conoce, la ha estudiado, la ha observado con 
la felonía silenciosa de un buen chino. Es mala, injusta, corrom- 
pida, mezquina, viciosa, hipócrita, mercantil y ruin. Ha clavado 
sus zarpas en la China, como las dava un buitre, en la débil presa 
cojida en un palomar. Ha esperado la ocasión de las discusiones 
intestinas, ha mirado todo lo que pasaba dentro del palacio impe- 
rial por las cerraduras de las puertas, como observan los lacayos, 
y ha descargado, en fin, sus masas de ejército, juntando cinco 
naciones para vencer una sola. 

Y Li-Hung-Chang, lanza un jemido débil. Las cortmas del bal- 
daquin se abren, y las cabezas de lagarto de sus ssryidores se 
acercan en actitud interrogativa. Alguien le deja escurrir en sus 
labios un liquido, una viejísima droga, conservada durante tres si- 
glos en una ampolleta de porcelana blanca, con signos y dibujos 
dorados. 

Pero de nuevo se siente lanzado en un vuelo loco, a ese espacio 
inconmensurable, donde nota la fantasía calenturienta de los mo- 
ribundos. Hasta allí llega, apagado como una lejana armonía, el 
rumor del viento que azota en su jardin las campanillas de plata, 
arrancando una melodía quejumbrosa y vaga. Allí ve dibujarse en 
el espacio, jigantesca, enorme, colosal, la figura pálida de la Gran 
China. 

jLa China! Nadie la conoce como él. Es una gran araña, que 
durante muchos años ha bordado una tela con hilos finísimos, re- 



_Í2Í_ 

cojiéndose después en el centro de ella para vivir de su pasado 
envuelta en una atmósfera de opio que hace soñar con imájenes 
pálidas. Ella ha descubierto la pólvora para que después los euro- 
peos la destrozaran con ella y la hicieran empaparse en sangre, 
Ella ha descubierto la imprenta, para que después la Europa predi- 
cara en ella la cruzada que ha capitaneado Waldersee. Ella ha ela-. 
horado la seda, la porcelana, el marfil, para que la Europa sintiera 
despertarse su insaciable codicia; y resolviera devorarla. Durante 
muchos años logró ocultar la Gran China, envolviéndose en el 
misterio que era un trono devorado por la carcoma de los siglos, 
hasta que el tacón brutal de los ingleses, hizo saltar un pedazo de 
corteza, tras del cual saltaron otros y otros. 

Y el moribundo da un nuevo salto sobre su lecho, y se arrebuja 
con la sobrecama de seda amarilla, ornada con pájaros de un azul 
intenso, porque siente frió, un horrible frío. 

Quiere pedir a sus fieles servidores que llenen la estancia con el 
humo ceniciento del opio, para morir como debe morir un buen 
chino: soñando imájenes dulces y placeres livianos. 

Pero no puede hablar, porque ya los labios no obedecen. Y levan- 
tando entonces su cabeza para mirar todo aquello que deja para 
siempre, vuelve a dejarla caer con la pesadez del sueño eterno. 

Las pesadas cortinas de seda del baldaquín, se juntan silencio- 
samente. Y una voz fúnebre recorre las estancias* 

— Li-Hung-Chang, el último chino, se muere. 



No de otra manera murió Boabdil, el último moro. 



s^s^ 



UICTORIñ 



HACIA muchos años que el cable no trasmitía por el mundo, 
noticia mas sensacional que la enfermedad y agonía de Vic- 
toria, la reina de Inglaterra, Sesenta años del mas glorioso 
reinado del siglo, sesenta años del mas firme y esplendoroso 
poderío, forman a la reina Victoria un altísimo trono que casi 
tiene nubes por dosel. 

Sobre la frente de la augusta soberana irradian las glorias ¿e la 
vieja Inglaterra; vela echado a sus pies el león británico, llegan 
hasta su trono los vítores de triunfo lanzados desde los confines 
de la tierra, y una música celestial se difunde en torno suyo con las 
majestuosas y graves notas del God save the queen. 

Mas que virtuosa y augusta soberana de im gran pueblo, Victo- 
ria es el alma de Inglaterra encamada en el cuerpo de su reina; 
son las glorias de una nación, simbolizadas en un espíritu; son las 
conquistas de un siglo colocadas bajo la éjida de una mujer. 
Y superior a la humana frajilidad, superior a la contextura débil 

de sexo, ha sido durante sesenta años, conductora de los mas gran- 
des destinos de su pueblo, lumbrera de una raza y reina de un 

siglo. 

Jamas testa alguna coronada ha sentado su trono en mas firmes 
cimientos y ha levantado su cetro a mas soberana altura. Un pue- 
blo laborioso, un aguerrido ejército, una invencible escuadra, una 



434 

nobleza leal; he ahí los puntos de apoyo del primer trono de la 
Europa, he ahí también las fuentes de gloria de la primera poten- 
cia del mundo. 

¿Habrá rincón del globo donde no se hp.ya visto ñamear al vien- 
to la bandera de Inglaterra, y oido lanzar al espacio un viva a su 
reina? 

En medio del brillante apojeo de la gran nación, e^i medio de su 
cielo de gloria, azulado y sereno, algunas nubes han venido a en- 
toldar el horizonte. Victoria de pie sobre la cubierta de su nave, 
ha palidecido mirando a lo lejos desencadenarse la tormenta. . ..Ha 
visto llena de mortales inquietudes partir a sus ejércitos, ha sopor- 
tado con dolorosa entereza las traiciones de la suerte y ha llorado 

como mujer y como reina sobre la tumba de sus soldados Las 

lágrimas de la anciana y augusta reina, han pesado en la misterio- 
sa balanza que rije los destinos de los pueblos, y el pabellón de In- 
glaterra ha vuelto a erguirse sobre el suelo africano, chorreando 
sangre, pero orgulloso siempre. 

En la noche de la guerra, noche oscura en que no luce en el es- 
pacio ni una estrella, la reina de Inglaterra ha velado ansiosa en la 
cubierta de su nave, escuchando a lo lejos el apagado rumor de las 
batallas y orando a Dios por los destinos de su pueblo. De repente 
ha visto suijir del mar las gloriosas naves hundidas en Trafalgar, 
y Nelson, el héroe del siglo ha surjido envuelto en el pabellón 
británico y ha hecho misteriosas señales a la augusta soberana. Y 
Victoria ha comprendido que se acercaba su fin y en medio del 
relijioso silencio de su pueblo ha inclinado la nevada cabeza sobre el 
pecho. 

El mundo entero ha suspendido un momento su marcha, para 
ser mudo y respetuoso testigo de la agohia de la reina de Ingla- 
terra y un estremecimiento eléctrico, ha llevado por el cable a todos 
los confines del mundo su nombre glorioso. 

Mas que tristeza, ha sido estupor y asombro el que ha conmo- 
vido a los pueblos. Sesenta años de reinado hablan hecho creer in- 
mortal a Victoria, y casi habia desaparecido la mujer para quedar 
el símbolo inmaterial del cetro de Inglaterra. 

La reina no pasará ahora a la Historia, habia pasado ya con el 
siglo que acaba de cerrarse. 



435 

En estos solemnes momentos en que Inglaterra está llena de 
nerviosa ansiedad, rodeando el lecho de muerte de su soberana, 
los estandartes ensangrentados del ejército del Transvaal se han 
abatido hasta tocar el suelo con sus astas, las naves de la China se 
han estremecido bajo el pabellón británico, las tropas de la India 
han descubierto al sol sus rostros tostados, los cañones de Jibral- 
tar han tronado al caer la tarde, el pueblo del Canadá ha corrido 
ner\áosamente a las puertas del palacio de gobierno y en todos los 
puertos del mundo ha habido alguna bandera melancólicamente 
abatida sobre el trinquete de una nave. 

Ya no son serenas voces, que llenas de felicidad saludan a su 
reina, las que cantan con apagado clamor de plegaria el God save 
THK QUEEN. Es la súplica de un gran puelo que quiere retener so- 
bre su trono a una gran reina. 




LUCHñS GECLñSES 



ALCANFORES Y CRISANTEMOS 



NO vamos a trazar uno de esos cuadros otoñales con matices 
descoloridos de japonerias traducidas del francés, a que tan 
aficionados se ponen nuestros literatos delante de los hermo- 
sos y elegantes alcanfores cultivados con el mas refinado 
artificio de los jardineros modernos. Nó; no caeremos noso- 
tros en esas mezclas híbridas en que se injertan orquídeas en copi- 
hues, crisantemos en cardenales y camelias en coliflores. Sabemos 
que de ellas no resulta, como pudiera creerse, una flor nueva, 
hermosa, orijinal, mitad japonesa, mitad chilena; sino la inevitable 
semilla del cardo que vuela sin rumbo fijo y va mas lejos a sem- 
brar en buen terreno la yerba mala. 

No sabemos ni cómo ni cuándo vino del Japón, modestamente, 
sin resonancias, sin crónicas de Lemaitre, ni de Houssaye, ni de 
Fran9ois de Nion, la forma natural, sencilla y casi anónima dd hoi 
bullicioso crisantemo. 

Llegó y supo aclimatarse bajo nuestro cielo, siguiendo segura- 
mente con la inconsciencia de una flor, el refrán español que en- 
cierra como en un evanjelio pequeño y vulgar el gran principio de 
tolerancia social: en la tierra a que fueres, haz lo que vieres. 



438 

Miró a su lado el primer crisantemo y vio a los cardenales redu- 
cidos a una forma modesta y limitada, a las rosas encerradas con 
todo su aroma y lozania en un vaso de pétalos relativamente pe- 
queño, y aun a las mujeres bellas, graciosas, intelijentes, con una 
estatura diminuta y moderada, y resolvió entonces contener las 
fuerzas de su savia y amoldarse a esa lei fundamental de la flora 
chilena: ñores pequeñas; pero abundantes. 

Y entonces el crisantemo japones enorme como una erizada 
cabeza de bacante, se deshizo en cien flores pequeñas, livianas, ale- 
gres, que florecieron bajo el sol chileno y se multiplicaron dentro 
de las cercas de coligues de los pequeños jardines, bajo el nombre 
de alcanfores. 

El crisantemo traia la teoría francesa de la familia; un solo hijo; 
pero al llegar a Chile se vio obligado a adoptar la teoría chilena: 
todos los que Dios mande. Mui pronto pudo convencerse la flor 
japonesa de que en Chile, el sol, la luz y el aire, ni se tasan, ni tie- 
nen límite alguno: miéxjtras mas flores mejor. 

I^a lucha de clases, tan cruda y ardiente en la sociedad de los 
hombres, ni existe ni puede existir en la de la flores. Si una mano 
de artista reúne en un solo ramo, flores de trébol, de yuyo, de aca- 
cia, de rábano y de cedrón, modestas y humildísimas flores criadas 
a todo sol y a todo viento, ningún ojo habituado a descubrir la 
belleza al través del mas tosco vaso, dejará de reconocer que es 
bello el ramillete y de sentir, al aspirar su perfume, una grata emo- 
ción. Pero si alguien osa mezclar esas sencillas flores en un ramo 
de rosas, jazmines, azahares y lilas, la mano mas delicada, mas 
sensible y mas piadosa, se verá obligada a arrojarlas lejos al esta- 
blecer la cruel comparación entre los pétalos brillantes y aterciope- 
lados de las unas, y las sutiles y delicadas hojitas de las otras. 

Si las mujeres hermosas que han nacido pobres 3' humildes se 
juntaran entre sí, se agruparan entre sí y no buscaran mas altas 
ramas para colgar su nido; no tendrían tarde o temprano que sen- 
tir en su pecho esa ansia venenosa de envolverse con sedas y ador- 
narse con joyas. Sin la comparación, no existe la lucha de clases; 
y como nadie, tratándose de flores, se atreve a revolver las senci- 
llas del campo con las artificiosas de los jardines, aun no ha naci- 
do el socialismo en la jardinería. 



439 

wSin embargo, hemos creído ver en la ufanía con que los nuevos 
crisantemos se alzan solitarios sobre una sola vara, cierto despre- 
cio nial disimulado hacia los fecundos y desparramados alcanfores 
chilenos. El crisantemo japones, cultivado con el egoísmo de una 
sola flor, es un símbolo artístico llamado para la orla y el cartel de 
ndamr, pero el alcanfor de abundantes y pequeñas flores, es el me- 
jor ornato para las canastillas de alambre o para las estendidas 
piezas de cristal y bronce. 

Harán los crisantemos su paseo triunfal por los jardines, con- 
quistando adepto.% y recorriendo un camino bordado con los ribe- 
tes de oro y nácar de una literatura enfermiza \' amarillenta. Pero 
hiego la moda que adoró las orquídeas para olvidarlas pronto, 
echará también a un lado las enormes corolas amarillas, asalmona- 
das y blancas. 

Y nadie, entre tanto, dejara de seguir encontrando bellos los 
pequeños alcanfores que son lejítiniu y espontáneo fruto de una 
tierra joven. 



víf vi? 



1.". 



\ 



iü^s^ll^ 



/ 



mmpoñmoR 



EN los tiempos pasados, existían los filósofos. Eran hombres 
adustos, graves, que se creian llamados a grandes destinos, 
que amargaban la vida de los demás con sus sentencias y 
que terminaban sus dias bebiendo un vaso de cicuta por or- 
den superior. 
Hoi que lo trascendental va desapareciendo, y que flota como una 
niebla azuleja que lo envuelve todo, un vago escepticismo, una 
embriaguez del alma y im cansancio del espíritu, los filósofos vis- 
ten frac y guante blanco, se deslizan entre las parejas que danzan y 
.apenas se les conoce la filosofía en cierta irónica sonrisa que llevan 
estereotipada entre los labios. 

Si los propagandistas y misioneros han necesitado revestir de 
modernísimas y tentadoras formas, las austeras palabras de la fé; 
si la ciencia para llegar al pueblo ha tenido que salir de los gabi- 
netes y ataviarse con deslumbradora poesía; si la farmacia ha nece- 
sitado de los comprimidos y de las tabletas para no hacer odiosas 
sus fórmulas; la filosofía llamó en el siglo que acaba de pasar, a 
Cámpoamor para que la condensara en sus doloras > la hiciera 
entender hasta de las almas femeninas. 

Y Cámpoamor surjió en un pueblo en que el espíritu tiende a los 
estremos, ennegreciendo ya la vida con criterio fatalista, o ya can- 
tándola con inspirado y lírico acento, y sentándose en el fiel de la 



balanza ypulsardo uní* lira de finísimas cuerdas, anunció su ¡le- 
grada con esa frase que pudo ser bandera de su vitis y programa 
de su jenio: 

En este mundo traidor 
nada es verdad o mentira; 
todo se vé del color 
del cristal con que se mira. 

Y enseñó Canipoamor una risueña, real y despreocupada filoso- 
fia; y la eiicer.ó en el frájil vaso de sus doloras, como se encierra 
la esencia de rosa, para que el aire no la desvanezca. 

El escepticismo de Campoamor es vago, lánguido, sonriente casi- 
no cierra horizontes, no ennegrece espíritus, no anubla las con- 
ciencias, no per\nerte los corazones; deshoja las rosas como Ofelia 
y se rie como Hámlet. 

Allí está aquella dolora que comienza: 

Queriendo un rci discutir 
Las creencias, llama jente 
De Ocaso, Sur, Norte, Oriente. 
Tanto, que puedo decir 
Que está allí el mundo presente. 

Pasan ante Ir. vista del rei, la belleza la gloria, la justicia, la vir- 
tud y la relijion y termina así: 

Calló, y a una cortesia 
que hÍ7,o al pueblo el rei, de pié; 
todo el concurso aquel dia 
creyendo lo que creia, 
por donde hc vino se fué. 

Y allí está el alma de Campoamor, constituida especialmente 
para el contraste, para el examen, para el desfile, para el desequi- 
libro desesperante de la vida, para la movilidad de las opiniones, 
para la filosofía de la humanidad en una palabra. Allí está el es- 
píritu que convierte en una imájen de Maria, la abandonada efijie 
de una Venus, el mismo que oye las opiniones de la multitud 



443 

viendo el paso del féretro de una niña, y el mismo que burlona- 
mente pone a Heráclito frente a Demócrito y con un a leve ironia 
escucha el llanto del uno y la risa del otro. 

Campoamor que era ya mas un recuerdo que una realidad, no 
pudo mantener su sonrisa escéptica ante los males de su patria, e 
impotente para encerrar en una última y suprema dolora las angus- 
tias de España, se alejó de una tierra en que ya las heridas eran 
tan grandes que toda la fisolofia del mundo habria sido poca para 
contemplarlas sin tortura. 

Por lo demás Campoamor habia esperado la muerte a pié firme, 
como el soldado veterano que no pierde el paso, sonriéndose ya 
desde antes y encojiendo sus hombros sobre el dia en que le toca- 
rá el último viaje: 

Piensa con ojos serenos 
Cómo y cuándo morirás; 
Que siendo el morir lo mas, 
El cómo y cuándo es lo menos. 

A Campoamor debia erijírsile un monumento análogo al que se 
levantó en París a Guy de Maupassant; su estatua arriba, y a sus 
pies una mujer hermosa y elegante que ha dejado caer el libro de 
las doloras sobre su falda y ha entornado los ojos para pensar . . 

Ha muerto un poeta y un prosista; se ha cortado también un 
vinculo intelectual entre España y América. 




lOHn pnBER 



NuRBMBBRG i6.— Hoi falle- 
ció en esta ciudad el famoso 
industrial Mr. John Faber, fa- 
bricante de lápices. 

Difícilmente habrá muerte alguna de estadista, sabio, literato o 
soldado, que tenga mayor resonancia que la que indudable- 
mente puede tener la de Faber. La plombagina de cincuenta 
mil millones de lápices esparcidos por todo el mundo, se ha 
estremecido ante la infausta noticia. Los lápices Faber nú- 
mero I, que son los mas sensibles, han teñido en el papel mas ne- 
gro que nunca, trazando veidederas orlas fúnebres. 

¿Quién no se ha detenido muchas veces pensativo, con el lápiz 
entre los labios, en el momento de escribir, acudiendo a leer por 
centéciraa vez la marca John Faber núm, 2, y encariñándose con 
esos signos dorados impresos en el estremo? 

¡Los lápices! Los primeros que se toman en la vida, son los lla- 
mados «de piedra», para trazar sobre la pizarra las cantidades y 
aprenderlas a leen unidad, decena, centena, unidad de mil, decena 
de mil, centena de mil, unidad de millón. . .;Y pensar que después, 
a medida que se crece, se van olvidando las unidades de millón y 
borrándose las decenas de mil, y quedando en la memoria en el 



44^ 

bolsillo las simples unidades y decenas, y solo allá por los días de 
pago, las centenas! 

Desde el diplomático que traza el borrador de un protocolo en 
que salen las partes contratantes^ basta el mas modesto cabo de escua- 
dra que encabeza su misiva con la acostumbrada fórmula: «negra 
de mi alma«, todo el mundo necesita del lápiz: el rico para sumar 
lo que tiene, el pobre para sumar lo que necesita tener. 

Se pide un lápiz como se pide un fósforo, un cigarro, un cara- 
melo. Está perfectamente admitido por el uso, que el que no tiene 
un lápiz, lo pueda pedir prestado y después hacerse el distraído y 
metérselo en el propio bolsillo. 

Faber dedicó su vida a fabricar lápices, así como otros se dedi- 
can a comer, a pronunciar discursos, a ser ministros o a tener fa- 
milia. A fuerza de colocar su nombre en cada lápiz, en cada pa- 
quete, en cada caja, habrá muchos que ignoren quien fué Gladstone 
pero mu i pocos ignorarán quien fué Fiber, Lo que prueba que mu- 
chísimas personalidades que andan por ahí, no se fundan en 
propios méritos, sino en la debilidad de los tímpanos ajenos. 

A fueza de leer en las crónicas de los diarios: el señor X., distin- 
guido publicista; el señor J, hijienista estraordinarío; el señor N., 
representante europeo, llega un momento en que los tímpanos ya 
no separan a X. ni a J. ni a N. de sus respectivos epítetos, y todo 
es que le digan a uno: «¿conoce usted a N.?» para que se responda 
al instante: ¡quién no lo conoce! lis una reputación europea». 

Faber es un rei de la industria, como lo es Rodgers, el de los cu- 
chillos, Amstrong, el de los cañones y Scott, el de la emulsión. Indi- 
viduos humildes que no han podido perforar esa costra de la indi- 
ferencia, por el lado de la ciencia, -de la política o de la sangre, han 
trepado por sus chimeneas y han mirado desde allí hacia abajo las 
cúpulas de los palacios y los monumentos de los héroes. Y así co- 
mo el carbón de piedra que encienden en sus hornos, se va una 
parte en humo, y deja otra en fuego y calor; así estos soberanos de 
la industrja gastan sus fuerzas y sus enerjias en el molejón del tra- 
bajo, pero dejan el residuo de esas fuerzas, en reluciente oro que 
se amontona á sus pies. 

Faber hal)ia ideado no solo el lápiz plebeyo, sino ademas el lápiz 
artístico. Ya era una llave que, merced a un tornillo alargaba la 



447 

punta de plombagina, ya era un revólver para escribir con el cual ha- 
bía que apretar un gatillo, ya era una jeringuilla liipodérmica, ya 
una bala, ya un tirabuzón. 

Es indudable que en su testamento ha dejado establecido que el 
ataúd que debe contener sus restos, será una caja cilindrica que 
imite un lápiz jigantesco. En el estremo llevará esta inscripción: 
Faber núm, /, para distinguirlo de sus tres hijos, que son Faber 2, 

374- 
Si el fabricante de lápices no fué creyente, pudo trazarse con su 

ataud-lápiz, antes de meterlo en el nicho, una gran interrogación 

que signifique lo que se pregunta Becquer 

¿Vuelve el polvo al polvo? 
¿V^uela el alma al cielo? 
¿Todo es vil materia 
Podredumbre y cieno? 



síP vÍ7 



Un drama del mar 

perpetuaóo en un reloj 



SIMPÁTICO y siempre elocuente obsequio, es el de un reloj. Co- 
locado sobre la mesa de escritorio, parece un ser vivo que 
repite en cada tic-tac el recuerdo cariñoso de la persona que 
lo ofrendó. Acompañando hora a hora y dia a dia en el peque- 
ño bolsillo del chaleco, es un compañero que marca el tiempo 
limita el trabajo y encauza la esperanza. 

Quien espera, desespera— dice el refrán — pero quien al esperar 
mira, correr sobre la esfera de porcelana los punteros, no perma- 
nece indeciso sin saber si lo que pasa son minutos que parecen 
sfglos o siglos que parecen minutos. 

Todo esto hemos pensado al leer un corto párrafo de la prensa 
de Punta Arenas. 

Don José Leoni^ capitán del vapor Elenas de la matrícula de ese 
puerto, ha recibido en medio de su ruda labor de marinero, un 
lindísimo reloj de oro, encerrado en un estuche postal con estam- 
pillas de un lejano pais. 

El reloj, a fuerza de venir viajando, tenia inmovilizada la cuer- 
da y no señalaba hora alguna. Era, al parecer, un reloj mudo, casi 
un mensajero como aquellos esclavos negros que ni oian ni habla- 
ban y que las Cleopatras de otros tiempos solian mandar en busca 
de aventuras estrañas. 



1.° DEnOUIEfnBRE 



DURANTE trescientos sesenta y cinco dias nos ocupamos de la 
vida; vale, pues la pena que dediquemos uno solo a los 
muertos. Ellos nos piden en el primer dia de noviembre, un 
recuerdo que puede cristalizarse en una plegaria, en una co- 
rona de rosas o en una visita a la calada reja de sus tumbas. 
En medio de este incesante cinematógrafo de la vida que se desa- 
rrolla con la rapidez de relámpagos consecutivos, asoman hoi los 
rostros pálidos y desencajados de los deudos ausentes que parecen 
pedimos algo al través de sus labios inmóviles y descoloridos. 

Es menester detenerse en la jornada, volver hacia atrás la vista 
y contar el número de los que han desertado en silencio. No han 
sido paladines que se han marchado como en los tiempos antiguos, 
con la espada en la mano y ondeando sobre el casco la alba pluma; 
han sido oscuros soldados de esta batalla silenciosa, peregrinos de 
los estrechos senderos del dolor, errantes esploradores de la vida. 
Han partido como se va la hoja seca llevada por el viento; y al 
dar vueltas la cabeza, ya no hemos visto de ellos sino la huella de 
su paso, y el último eco de su voz. 
Necesitamos, pues, poner atento oido a las voces misteriosas que 



454 

hoi cruzan el aire con invisibles alas, y contestar a sus súplicas 
con un recuerdo, con una plegaria, con una corona de rosa^ 
blancas 

T '«• TI* 

En todas las casas de los barrios apartados donde la baratura 
del terreno permite tener jardines y huertos; en las quintas veci- 
nas a Santiago, donde florecen los rosales a ambos lados del pa- 
rrón de desnudos sarmientos; en las fincas y chacras que a todos 
los lados de esta ciudad, van encadenándose entre alamedas y cer- 
cas de espino; se nota un movimiento inusitado que ajtta las pun- 
zantes ramas de las rosas, destroza los cardenales y arrastra des- 
piadadamente con los juncos. 

Es que ha llegado el dia en que los vivos se acuerdan de lo^ 
muertos; y las rosas blancas caen en menuda lluvia de pétalos ti- 
bios y delicados, sobre la reja de hierro o la lápida de mármol. 

Todavía no se desprenden las últimas flores rosadas del durazno, 
ni desaparece el sello malancólico que deja sobre los huertos el 
otoño. Kn cambio un hálito de vida, se derrama por la alfombra 
verde, trepa por las tapias v prende él rosetón de musgo hasta en 
el tronco seco destinado a la fogata. 

Toda la exuberancia de botones que estalla en el rosal, está des- 
tinada a formar la guirnalda, las cruces, los corazones y los rami- 
lletes, que simbolizando recuerdos o esperanzas van a caer sobre 
las tumbas. 

También se vé en esta ofrenda, la lucha de las clases, la diferen- 
cia de las fortunas; de la corona de flores dobles y perfumadas, a 
la pequeña guirnalda de papel encarrujado, va mas di.stancia que 
desde el templete ejipcio, griego o indio, de bronce y mármol, hasta 
la simple cruz de álamo plantada sobre el suelo. 

4. .§. 4. 

Todos los años, cuando la ciudad entera se levanta con bulli- 
ciosa algazara a llevar flores a los muertos, nos acordamos de ese 
enorme cementerio del mar. 



455 

En las noches calladas, han descendido por la borda de los bu- 
ques, deslizados con una cuerda y envueltos en su bandera, los 
tripulantes, los viajeros y los esploradores, que han muerto a mi- 
liares de lejj^uas de su patria. 

¿Quién podria fijar el sitio en que reposan hoi sus restos? ¿Quién 
podría plantar una cruz sobre esas ondas enteramente movidas? 

Los náufragos no tienen el consuelo de las coronas, de las cru- 
ces, ni de los epitafios. Cuando llega la noche del i.° de noviembre, 
>ale la luna y deja caer sobre las olas una corona plateada que pro- 
yecta hasta el fondo del mar su tibia y azulada claridgd. Talvez 
entonces, allá en lo mas profundo de esa soledad tenebrosa, se es- 
ireniecerán los huesos y entreverán a lo lejos u la esperanza celeste 
y divma. 






El acorazado de carne 



"Vale la pena de rendir este homenaje a una verdad que 
debia ser familiar y que representa para la arjentina mas 
que una escuadra en el mar, mis que un arsenal y un ejér- 
cito en tierra: el soldado chileno es un ser moral e inielfc- 
iualmente inferior lo forma el roto, producto^ étnico de 
baja estraccion, dejenerado por la consanguinidad en la 
especie y por el abuso de toaos lo vicios. El roto es inven- 
cthlemente un ebrio consuetudinario antes de llegar a los 
veinte años 



Kl soldado inconsiente puede ir con bravura a la refrie- 
ga; pero si espera morder en blando y siente que hai . ries- 
go de dejar los dientes, se acobarda con igual facilidad 



De allí saldrán, sin duda, hordas mas o menos jermani- 
zadas; pero no lejiones de hombres movidos por la con- 
ciencia del deber, que es invencible, por ideas de abnega- 
ción, por ambiciones altas. — (De El Diario de Buenos 
Airtrs). 



EN la enorme polvareda levantada poi la prensa bonaerense, 
han sobresalido los chispazos de El Diario, chispazos que 
brotan del pedernal de la vanidad arjentina, herida por el 
acero de unos dcstroyers que no son suyos. Chispas que nada 
duran ni nada encienden; que ni siquiera levantan ampollas 
sobre la piel, que se las lleva el viento y las apaga carbonizándo- 
las; pero que, en fin, son chispas arrojadas por ese soberano des- 
precio que finje para nosotros el epíritu bonaerense. 

No vamos a gastar calor porque se diga que el soldado chileno 
es un ser moral e intelectualmente inferior. Esta esuna declaración 



45^ 

escrita; y bien sabido es que no se pniebael nivel moral de un 
soldado, con derramamientos de tinta Stephen, sino de sangre roja. 
No son tampoco los puntos de la pluma de acero los que pueden 
ir a probar el empuje de los pechos, el ardor de los espíritus y la 
fuerza de los brazos. Hai otros puntos mhs fuertes, mas agudos, 
mas vigorosos, mas cortantes, que pueden barrer con trincheras de 
carne, detener avalanchas humanas, ensartar las coronas de triunfo 
y brillar al sol como diamantes de oro. 

Es verdad que representaría para la Arjentina mas que una es 
cuadra, saber que ese roto, * producto étnico de baja estraccion», no 
era el fiero y valeroso guardador del suelo chileno, que fecunda 
con su sudor la tierra y vela incansable por la paz. 

Es verdad. . . Pero inútil será que se le' rebaje de nivel en las ca- 
rillas de un periodista que no le conoce; porque volverá a subir él, 
en las carillas del historiador que le juzga. 

No es un desconocido para nadie. Tiene su lej^enda larga, f|ue 
brilla como una patena al sol, su larga tradición que es un himno 
de trabajo, su epopeya triunfal que está recamada con la .seda de 
los estandartes enemigos, hollinada con el humo de las batallas, 
teñida en sangre, empapada en sudor, escrita en hojas de acero. 

Decir del roto que es ebrio, es como juzgar a Napoleón I. di- 
ciendo que no era aficionado a la nuisica. 

Conocerán probablemente los redactores de El Díovíq una pe- 
queña zarzuela representada en los teatros por secciones de Bue- 
nos Aires, y últimamente en Santiago por una tiple recien ligada 
Se llama El Tio de Alcalá, En ella figura una nuichacha sola en el 
mundo, que habita un piso alto, cose para ganarse la vida y vela 
incansable por su honra inmaculada. 

Hai muchos antropófagos de veinte años que la cercan, que osan 
hablarla y que suelen asomar de pronto su cabeza por la puerta 
entreabierta. I^a muchacha ha desconfiado de sus fuerzas, y resuel- 
lo buscarse una defensa, Un tio suyo, que ha estado a verla hace 
tiempo, dej() olvidado tras de una puerta un enorme garrote, que 
usaba como bastón, y un sombrerazo, que abandonó por viejo. La 
chica cuelga estas prendas en una percha, y cuando entra im galán 

lleno de frases ardorosas en los labios, se pone ella los dedos so- 
bre los suyos y le dice: 



459 

— Chitl... No despierte usted a mi tio que duerme al otro lado 
de la cortina. 

Y asi va pasando la vida, colgado siempre el bastón, durmiendo 
siempre el tio y bajando en puntillas los galanes. 

Hace tiempo que fuimos nosotros en compañía del roto a librar 
unas batallas de que puede dar testimonio fidedigno don Roque 
Saenz Peña. Las ganamos y nos volvimos. Temerosos de que al- 
guien nos molestara sabiendo que el roto tenia que marcharse a su 
trabajo, dgamos colgado en una percha el corvo. 

Y asi ha ido pasando el tiempo, colgado siempre el corvo, tra- 
bajando siempre el roto y descendiendo en puntillas los vecinos. 

¿Creen los redactores de El Diario que los pretendientes de la 
muchacha aquélla le tendrían rabia al tio de Alcalá? 

Pues, tomen nota en este caso, de que nosotros nos esplicamos 
perfectamente su mala voluntad al roto. 

En cambio, ¿quién es él? Valeroso, fuerte, dócil, paciente, hábil, 
no cuenta el tiempo para el trabajo, ni mide las dificultades para 
el combate. Sale el sol y está inclinado sobre la tierra; su espalda 
humea bajo el fuego del dia; su rostro se enciende por el sudor 
que arde sobre la piel tostada; se hinchan los brazos con el esfuer- 
zo de la barreta; y el pecho late como el caldero de una máquina 
que se fuerza hasta estallar. 

Cruza las distancias como incansable aventurero. El rifle no le 
pesa sobre el hombro, y el cansancio no le cierra los labios con el 
mntismo del aniquilamiento. Habla y canta, insulta y amenaza; 
pero no es fanfarrón... ¡Bien sabe el Morro de Arica que no es 
fanfarrón! 

Si es máquina de trabajo es también máquina de guerra. No ne- 
cesitamos ir a comprarle en los astilleros de Armstrong: el roto es 
acorazado, que se hace solo en Chile. La carne de su pecho es 
acero que mana sangre, hierro que siente, coraza que palpita. 

Para ponerlo de pié no necesitamos tocar \o% fondos de la con- 
versión. Cuando mucho es necesario que en las puertas de los 
cuarteles se toque zafarrancho. 

Bien sabe El Diario que el roto no provoca, lis paciente, es 
retraido, es silencioso. Tiene que entusiasmarlo la esplosion de 
luz, de brillo y de sol de la trilla, para arrancarle el chiste de los 



46o 

labios. Tiene que exitarlo la voz del combate para arrancarle del 
pecho el clamor del insulto. 

Entretanto, no hai mas que mirar lo ouepasaaqui y lo que ocu- 
rre allá, Andes de por medio. 

Aquí todo el mundo trabaja, calla y hace su camino. Allá se en- 
ciende un reguero de pólvora, y se alza un clamoreo de ciclopes 
que fabrican rayos, bajo la dirección de un Vulcano de opereta. 

Vale la pena que desde el otro lado fijen la vista en este poiten- 
toso equilibrio de los humores de un pueblo que parece hecho de 
troncos de espinos. 

Y los troncos de espinos bien están como troncos... 

No como mazas. 



c3^ c3^ 



üummoT 



YA se ha conquistado la tierra y el mar; es menester que tam- 
bién se pueda conquistar el aire. 
Cayó cautiva la tierra desde el momento en que el hombre 
puso sus plantas sobre ella. Desde entonces ha sido madre 
" fecunda, compañera fiel y guardadora eterna. El surco abier- 
to ha compensado los sudores con la espiga lozana; la llanura ili- 
mitada ha prometido estensiones para la ambición, riquezas para 
la codicia, y base firme para la edificación del hogar; y sus entra- 
ñas trasformadoras han sido tumba para los muertos, y eterno la- 
boratorio para la naturaleza. 

El mar se resistió durante mucho tiempo a esta imposición de 
la fuerza humana, y los primeros poetas cantaban la libertad del 
mar, como la suprema libertad. Hoi dia, subyugado a todas las ca- 
denas, se doblega también ante el éxito de los combates, pasa de 
un poder a otro como botin de guerra, y hasta entra como muía de 
noria a llevar fuerza motriz a la maquinaria injeniosa. 

Quedaba el aire, el aire solo; porque el fuego habia sido servil 
desde su cuna. Quedaba el aire, libre de todo yugo, de toda inva- 
sión, de todo límite; y los poetas al cantar la libertad han esclama- 
do cien veces: «;Solo el aire es libre!» 
Desde que Montgolf ier lanzó al espacio el primer globo de papel 




Lo que hablan dos bocas 



SI vemos algo lejano, imposible, quimérico, es la realización de 
la paz universal. Así como no eremos posible que la ciencia 
descubra un dia la fórmula de la dicha, no pensamos en la 
posibilidad de que se equilibren los humores terrestres y quede 
la guerra proscrita para siempre. 
Si hubiera hecho la distribución jeográfica de los pueblos en la 
misma forma en que los boticarios hacen la de las cápsulas de qui- 
nina, igual contenido para igual continente; ya habría una base 
sobre la cual fundar esperanzas menos locas sobre un próximo 
advenimiento de la paz. En seguida, la igualdad de los productos, 
la similitud de las aspiraciones, la identidad de raza y aun la co- 
munidad de lenguaje, vendrían a pasar sobre todo el mundo una 
plana niveladora y a hacer creer entonces en una posible paz uni- 
versal. 

Hace pocos dias, una mujer distinguida entona un himno en 
honor de la paz y fulmina maldiciones elocuentísimas en contra 
de la guerra. Y, sin embargo, de la elocuencia de sus frases, de la 
nobleza de sus sentimientos, de la sentimental pasión de la madre 
y de la esposa, habia algo de retórico y de académico en su dis- 
curso. ¿Por qué? Porque la guerra descansa por el momento en la 
naturaleza humana, en lá organización de los pueblos, en las dife- 
rencias de sus espíritus. Si la marcha de las naciones fuera para- 



466 

lela, como una apuesta de carruajes, la paz estaría impuesta sin 
necesidad de predicarla; pero, como no hai nadie que tuerza d 
rumbo de los unos y enderece el de los otros y restablezca la pa- 
ralela en los destinos de cada cual, es inútil aconsejarla. 

¿Quién no estará convencido de que la paz es conveniente? Quién 
seria tan insensible, tan loco, que deseara la guerra por la guerra? 
Nadie, absolutamente nadie. .Pero la guerra existe y continúa cer- 
niendo sus alas ensangrentadas sobre la tierra. 

Hemos oido hablara una elocuente predicadora de la paz. . . Una 
boca de bronce, lanza ahora desde Europa, un «hurra» alaguen a. 
Un nuevo cañón de larguísimo alcance — por consiguiente de mas 
alcance que la frájil voz de una mujer virtuosa — recien salido de^ 
molde, limpio y brillante como un bruñido espejo de oro, ha lanza* 
do su mensaje bélico con un sonoro y entusiasta estampido de 
triunfo. 

¿Quién convence mas? ¿La madre que habla dulcemente al co- 
razón, aconsejando y persuadiendo, o el cañón de bronce que al- 
canza una milla mas de distancia? Perdónenos la ilustrada confe- 
rencista de la paz, señora de Laperriére; perdónenos si creemos que 
hal)la con mas elocuencia el nuevo cañón inventado en Inglaterra. 

La voz que predica la paz, es una voz que conmueve, indivi- 
dual. El nuevo cañón que mata mas hombres en menos tiempo, es 
una voz que conmueve gubernativamente. 

Una cátedra mas que se levanta enseñando el odio a la guerra, 
es un acontecimiento literario que puede afectar mas o menos los 
espíritus. Pero un cañón de mas alcance y rapidez que los conoci- 
dos, es una voz que encuentra eco en todas las oficinas militares 
del globo, que tiene resonancia en las cancillerías, que mueve el 
dinero para encargos secretos, que ajita a los adictos militares, y 
que prueba que lo único real, existente, humano, es la guerra, y lo 
único retórico, académico, utópico, la paz. 

Desaparecerá el cuadro de horrores que con majestad de artista, 
nos ha trazado Mme. de Laperriére, a medida que estos cañones 
crezcan en el alcance y progresen en velocidad. Desaparecerá el 
estampido de la pólvora, elemento decorativo que con las llamas 
>' el humo sirve para pintar el fatídico campo de batalla; se acalla- 
rán los gritos inarmónicos y fieros de la carga; se estinguirán las 



467 

maldiciones y jeniidos de los moribundos. La guerra llegará a ha- 
cerse en el silencio de un gabinete quirúrjico en que se use el clo- 
roformo. La artillería matará silenciosa y traidoramente, trazando 
en las líneas enemigas un abanico mortal que se abre paso y deja 
el suelo sembrado de cadáveres. Y con esto la conferencista de la 
paz perderá el brillante calor de sus inspirados discursos, y tendrá 
<iue reconocer que merece maldición la guerra salvaje, pero que 
debemos dejar tranquila a la guerra civilizada que nace y que pro- 
gresa. 

jAli! los países sin héroes, sin glorias militares, sin soldados! 
Seria establecer en el mundo la burguesía de los pueblos! 



SiS^ 



La resurrección óe luóít 



LA esposa de Botha visita a dos ministros», dice sencillamente 
el epígrafe de un cablegrama de liendres, publicado ayer en 
la sección estranjera de este diario. Y seguidamente, con el 
tono narrativo y sobrio del cable, se cuenta algo que tiene que 
conmover profundamente y que obliga a pensar un poco mas 
que de costumbre sobre la escueta noticia que viene cada dia de 
Europa. 

«La esposa del jeneralísimo boer visitó al ministro de la guerra 
Mr. John Brodrick; al de las colonias, Joseph Chamberlain; y al 
gobernador de la Colonia del Vaal, lord Milner. Parece indudable 
que a todos ellos presentó las bases de paz de que es portadora y 
sobre cuyas condiciones nada se ha traslucido» 

No sabemos si a todos habrá causado la simple lectura de este 
cablegrama el profundo sentimiento de simpatía y respeto que 
inspira esa mujer, que abandona valerosamente la tierra del ene- 
migo llevando en su corazón el anhelo de la paz, y en sus manos 
las instrucciones escritas con sangre por su marido y sus hijos. 

Nos parece que hai algo en ella, que la acerca a la bíblica figura 
de Judit, saliendo de la ciudad sitiada hacia el campamento de 
Holofemes. 



470 

Sil patria arde en el incendio de una guerra espantosa. La vasta 
llanura del Transvaal está cortada por trincheras, batidas unas, in- 
domables las otras, Kl sol africano no alcanza a consumir sóbrela 
tierra caldeada la sangre de los héroes, sin que vuelva a hume<le- 
cerla la de los que caen tocándolas con sus labios entreabiertos. 

Hacia todos lados el horizonte violáceo con tintes de sangre y 
celajes de humareda, cierra la vista con un marco que parece el 
cerco de una enorme tumba. Rodeados como por un torlxíllino 
que se fuga, dando vueltas sobre la tierra y levantando mangas de 
polvo, pasan rápidos los comandos al galope desesperados de sus ca- 
ballos hambrientos. Alli está la guerra en la tierra que se pisa, en el 
aire que se respira, en la luz que alumbra y en el sol que quema. 

En esta situación, no es posible <iue salga un solo hombre para 
ir a pedir paz, porque es un rifle que se va y iira brecha que se 
abre. Hai un hogar, en que el jefe de la familia y los hijos se han 
ido a la guerra, para defender sus umbrales hasta la muerte. Y en 
ese hogar ha quedado solo una mujer, que mira siempre a lo lejos 
para ver si se abre el horizonte, se despeja el color de sangre de 
las nubes y aparece la luz de la aurora. 

Esa mujer, es la esposa del jeneralísimo Botha. A ella le toca 
partir, y parte. Y de allí, que el enviado del pueblo mas viril de la 
tierra, sea una mujer. 

La nueva Judith no lleva oculta una daga para castigaren Cham- 
berlain el error de que tal vez nadie tiene la culpa. Va a Inglaterra 
a implorar paz, y solamente paz, y al subir las gradas del palacio 
de gobierno, enlutada como una viuda, se ha estremecido al ver en 
las bayonetas de los guardias, las mismas con que ha visto en su 
tierra atravesados los pechos de los héroes. 

¡Estos son! — se habrá dicho, llena de infinita amargura — ¡son 
ellosl Y mientras allá se están acabando los hombres y las muje- 
res, aquí quedan todavia, hasta para montar guardia de honor a los 
ministros! 

Los marimachos feministas, los seres estraviados que creen que 
la mujer para cumplir destinos altos debe dejar de ser mujer, no 
deberían dejar pasar esta pasional embajada de la esposa de Botha, 
sin medir la profunda y melancólica belleza que lleva envuelta en 
sus pliegues. 



47t 

Grande es la figura de la mujer que pide perdón para un des- 
graciado, indulto para un criminal y piedad para una víctima. Pero 
es sublime la de la embajadora que cruza medio mundo, para im- 
plorar paz para su pueblo. 

La esposa de Botha habrá hablado ante la estirada y correctí- 
sima figura de Chamberlain, con lágrimas en los ojos y sollozos 
en el pecho. Habrá dicho allí, sin jactancias de que no es capaz 
una mujer, que solamente cuando muera el último boer, podrá fla- 
mear en paz la bandera británica. 

Y Mr. Chamberlain la habrá oido, sin dejar de pensar un solo 
instante^ que vale mas que muera el último boer, para que pueda 
flamear en paz esa bandera. 



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16 




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Batallas silenciosas 



HABÉIS oido hablar de la poesía de 1^ guerra? 
Seguramente; por mas que las naturalezas sensibles no 
puedan encontrar poesía en la matanza, en la desolación y 
en el incendio, 

Y sin embargo esos ejércitos que avanzan con cautela, 
que alargan por el caminó solitario, por el faldeo quebrado, por el 
monte casi impenetrable, sus tentáculos de esploracion, y de repen- 
te se encojen con la sensibilidad del caracol que se siente tocado, 
o de pronto se lanzan como un torrente a la batalla, lleno de humo 
y de fragor, forman indudablemente un poema grandioso al que 
presta alas el amor de la patria y dá poderoso nervio el coraje de 
los héroes. 

Alguien ha dicho que las batallas antiguas ganaban en poesía a 
las modernas. Eran aquellas mas bulliciosas, éstas mas mecánicas, 
lylegaban los soldados de entonces como se llega a un torneo: re- 
luciendo al sol las corazas bruñidas, y ondeando las plumas sobre 
el casco, rompiendo el aire los cuernos de guerra y piafando los 
inquietos corceles llenos de jaeces y aiinaduras. Hoi dia, una fila 
de humitos blancos que parecen copos de algodón, revienta a lo 
lejos. Es la infantería que pelea tendida. Otra fila mas lejana esta- 
lla en nueva línea de humos en el faldeo de los cerros. Es la artí- 



474_ 

Hería que toma posiciones. Y las ondulaciones del estampido que 
marcan las peripecias del combate, semejan un trueno lejano que 
se aleja o acerca en dia de tormenta. 

Pues bien: la guerra va a hacerse de un momento a otro en un 
silencio de tumbas. 

€ El coronel Humbert— dicen nuestros telegramas — ha inventado 
un aparato, mediante el cual quedan suprimidos el fogonazo, el 
humo y la detonación de todas las armas de fuego. 
Este aparato puede también adaptarse a los glandes cañones. 

Será el campo de batalla un verdadero gabinete de cirujia. Los 
soldados andarán en puntillas, los jefes se pondrán un dedo 
sobre los labios las filas se irán raleando en un silencio sepulcral 

El caminante distraído que a lomo de muía llegue por un sen- 
dero hasta esta pantomima, preguntará asombrado: ¿Aquí se está 
ensayando El Tambor de Granaderos} 

— Nó, señor, le replicarán— aquí se decide la suerte de Europa. 

Y así como se juega una partida de ajedrez a largas distancias, 
y desde el sosegado silencio de una mesa de trabajo, así se des- 
cuartizaran los ejércitos: en puntillas. 

No tardarán en hacerse las batallas en el laboratorio de un quí- 
mico. Ese matraz — dirá el sabio — con un líquido rojo, es el ejér- 
cito enemigo de cien mil hombres, que esta muriendo. Esa olla que 
hierve al fuego, es el equilibrio europeo, sujeto a una cocción espan- 
tosa. Este frasco contiene un ácido que borra las naciones del mapa. 
Basta usarlo con una esponja, en una disolución al uno por ciento! 

Y entretanto, la poesía de las batallas se vá' Vemos alejarse los 
trenes de artillería al galope de sus troncos de caballos. Vemos 
huir en carrera desenfrenada los rejiraientos de húsares, dragones y 
cosacos. Es la guerra que se aleja, con toda esa decoración que la 
hacia disimular sus horrores. Queda hoi solamente el rio de san- 
gre que corre por el campo, el tendal de cadáveres que queda inse- 
pulto, el silencio de la muerte. 

Y dicen todos, héroes y pusilánimes, que vale mas la pena mo- 
rir con bulla! 



rf^ik^^^^^ ^Mh^^^Mk d^^k^^^Mk 



LOS PñRñOUñyOS 






UNA orden de su gobierno obliga a partir, para su patria, a tres 
de los distinguidos oficiales paraguayos que se educan mili- 
tarmente en nuestro ejército. 
Nos daba ayer la noticia un pundonoroso oficial del Buin 
y nos agregaba con acento de tristeza: 
— Le aseguro a usted que siento a los tres paraguayos como a 
tres camaradas de la infancia. Al despedirlos, me parece que asisto 
a su entierro y debo llevar franja negra al brazo. 

Los horticultores no se equivocan jamas en el para los legos 
dificilísimo arte de injertar un árbol en otro. Se necesita, para que 
el injerto entre en la ajena sustancia, similitud de tejidos y de sa- 
via. Entonces las células se confunden, se identifican y tarda la 
primavera en hacer subir la yema precursora del brote verde. 

Los paraguayos vinieron a Chile, y no tardamos en comprender, 
ellos y nosotros, que la composición de nuestra sangre era una 
misma y conocida fórmula: 33 por ciento de resistencia, 33 por 
ciento de valor y 33 por ciento de nobleza. Fórmula ensayada en 
los laboratorios de las batallas, fórmula sin mezcla de algo que 
tienen otros pueblos vecinos, fanfarronería; fórmula en fin, cuya 
eficacia ha sido recomendada por esos grandes químicos que mez* 



476 

dan sangre, pólvora y humo para conseguir la aleación de la vic- 
toria. 

Los paraguayos llegaron.a Chile y creyeron que llegaban al Pa- 
raguaL Eraun curioso efecto de óptica internacional, que les hizo 
encontrar aquí a la vuelta de cada esquina, conocidos y amigos 
con los que creian haber conversado antes muchas veces, 

Y era que bajo la tierra fértil de Chile, palpitaba también un 
gran poema guerrero como el Paraguai; y era que en el rótulo de 
la calle, en la vitrina de la tienda, en el cuarto de banderas del 
cuartel, en el museo, en la galería de pinturas, en todas partes, ha- 
bía una reliquia de las guerras pasadas, con una rotura abierta a 
bala y una mancha gris de sangre seca. 

Vimos a los paraguayos recien incorporados a los cuerpos. Ha- 
bían caído en elfos, como cae una gota' de agua en otras gotas. 
Permaneciendo en el casino de oficiales, viendo circular el alemán 
vaso de plaquet lleno de cerveza Pilsener, oyendo las animadas 
militares, era difícil averiguar cuáles eran los huéspedes y cuáles 
los de la casa. 

Pocas veces, productos de este revuelto suelo amencano en que 
todo se dá, desde la palma jigan te hasta el cardo negro, desde el 
estadista de vuelo hasta el mandatario ladrón, hablan podido en- 
contrarse hermanos al travez de muchas leguas y de una altísima 
cordillera que a veces parece un abismo insalvable. 

Kl Buin y los Cazadores abren sus casinos, los iluminan con es- 
plendidez; destapan el «champagne» guardado en sus bodegas, y 
beben una copa, en la que fácilmente podría mezclarse ima lágri- 
ma, por aquello de que hai quienes prefieren el espumante líquido 
con una gota de « amargo j». 

Es una despedida, y una despedida larga. Los que se van, vol- 
verán muchas veces con el pensamiento, no con el cuerpo. La pa- 
tria los ha llamado y han debido partir. ¡Que partan! Pero que 
cuando lleguen al Paraguai y vayan a formar en las filas de su 
ejército, enseñen en ellos que este es un pueblo pacífico, laborioso y 
sano; que un hombre honrado y un americano de corazón no debe 
creer la calumnia internacional que se nos lanza de ciertas forta- 
lezas en que flotó un tiempo nuestra bandera; y que aquí hai en 



477 

las filas de los batallones, huecos que podrían ocuparse con mu- 
chachos paraguayos de espíritu y de valor. 

¡Que al levantar en los casinos de su tierra la copa de cerveza» 
vean al través de los cristales del fondo, el cielo azul de Chile, los 
ojos negros de sus mujeres, las manos francas y abiertas de sus 
hombres! 

¡Que sientan nostalüa de Chile! 




FRIEDEnTHHL 



NO se ausente nadie; que no se trata del relato técnico de su 
último concierto, ni siquiera de una íntima semblanza suya, 
en que figura el número de cigarrillos que se fuma al dia y 
otras prolijas nimiedades de que se hace gala en este jénero 
periodístico. 
Por otra parte, muchísimo menos bulla ha causado la llegada de 
Friedenthal, que la del andarín Soreilk. Es cuestión de gustos. No 
se crea que vayamos por esto a aprovechar esta ocasión para in- 
crepar a la sociedad de Santiago porque no acude a oirle al eximio 
pianista sus maravillas musicales. 

¡Quiá! El público tiene sus veleidades y sus cosas. La romería 
que incesantemente desfila frente a la jaula de los monos en la 
Quinta Normal, bastaría para enriqíecer en una sola noche a Frie- 
denthal. ¿Y qué? 

El público no se da siempre cuenta exacta de las cosas. Un jo- 
ven bastante culto nos decia la otra noche, al leer en el programa 
del concierto Friedenthal La cabalgata de las Walktrias: Yo, de buena 
gana iria, si supiera que con el viento se les iba a levantar un poco 
el ropón... 
Ya lo hemos dicho: todo es cuestión de gusto y como sober 



4So 

gusto no hai nada escrito, seria sencillamente torpe que quisiéra- 
mos imponer el nuestro. 

T T "l* 

El viernes en la noche hacia frió en todo Santiago; pero, en nin- 
guna parte tanto como en tomo del pobre Friedenthal, que 
desarrolló maravillas delante de una escasa concurreneia. 

El teclado que recorre el distinguido pianista, es como todos. Y 
allí mismo donde una señorita cursi podría arrancamos lágrimas 
con Un suspiro en tu ausencia^ Friedenthal nos arrebata en el Navio 
Fantasma, nos cautiva en la Rapsodia húngara de Lizt, y nos arranca 
aplausos en las filigramas de la Gavota de Corelli. 

Esta Gavotte antigüe, es un tejido de sartares de perlas. Es mas 
que eso; es un enrejado de oro, sobre el cual se hubiera engastado 
un millón de brillantes. Friedenthal lo desenrolla, y como un buen 
comerciante, lo ajita a la luz para venderlo. Es conjunto de deste- 
llos azules, opalinos, rojos, verdes, blancos y morados; ciega, em- 
briaga, enerva; y si la materia se sobrepone, y los ojos tratan de 
ver al través de ese relampagueo musical, se siente la sorpresa de 
dos prosaicas manos que golpean febrilmente el teclado de un 
piano de cola. 

La Gavotte antique no es trabajo de músico; es labor de joyero. 
A ratos uno encuentra en las notas la dureza y frialdad de un 
mosaico de mármol; en seguida la trama musical aparece como 
una sencilla filigrana de plata; de repente, salta la pedreria, como 
si se estuvieran deshaciendo collares de piedras; y en seguida todo 
este conjunto se revuelve, se entremezcla y se confunde. 

Sin embargo, la Gavota de Corelli no hace pensar como la Sota- 
na appasionata de Beethoven. Allí hai un espíritu grande y filosófi- 
co, que se envuelve como con una capa luminosa y algo etérea. 
Es el jenio musical que pasa de incógnito. . . Nos descubrimos 

El Navio Fantasma es la imajinacion wagneriana, condensada por 
Friedenthal en un tema corto, casi estamos por decir rápido. Un 
loco queria trasladar el océano Pacífico al Atlántico, por medio de 
una cucharita de té. Friedenthal ha logrado este inmenso absurdo, 
condensando a Wagner en una fantasía nebulosa, antigua, quetie- 



481 

ne sin embargo colores frescos, y que dura inedia hora en desarro- 
llarse y morir. 

El tema «...j^ (uiormece*^ es lo mas admirablemente sujestivo que 
hemos oido. J^a música no moria, no se acababa, no cesaba; se 
deshilaba Uno veia cómo se iban escapando las notas, y cómo al 

fin vibraba una, una sola, huérfana, solitaria, sin punto de apoyo. . . 
£n seguida, las manos de Priedenthal hablan dejado de moverse; 

pero el alma seguia la nota escapada, y la seguia mui lejos por una 

peregrinación silenciosa y como agonizante 

* T V 

Un soñador que se sentaba á nuestro lado, pocos momentos 
antes nos trazaba el cuadro de lo que él deseaba que fuera su di- 
cha. Y venia aquello del saloncito abrigado, del piano abierto, de 
la esposa alegre y joven; tema que solo por ser bello se salva de 
ser cursi. Concluía su cuadro, asegurando que solo se casaría con 
una mujer que tocara el piano con el alma, en vez de hacerlo con 
los dedos. 

Al salir al aire frió, y en el momento en que nos subíamos los 
cuellos, el soñador dijo con voz enérjica: 

— ^Estoi resuelto. . .¡Me caso con Friedenthal! 





La carpa blanca 

— %•« — 

EL, circo Frank Brown levantará pronto su carpa blanca y em- 
prenderá el vuelo hacia otras ciudades y mas tarde hacia 
otros paises. Vida errante en busca de fortuna, que se desa- 
rrolla eternamente con el ansia del éxito que se ambiciona, y 
que suele tener también amarguras con el resultado de las 
esperanzas que se desvanecen. 

Siempre es un mismo acto en varios cuadros el que va dando 
vueltas, a la vista de esa íroupe que ya no tiene patria, o que mejor 
dicho, tiene por patria a todo el mundo. Primero la navegación, 
donde van los caballos amaestrados metidos en una jaula, donde 
las hermosas equitadoras disimulan bajo la bata de viajera y el des- 
mayo y languidez del mareo, esa ajilidad desenvuelta y provoca- 
tiva con que saltan desde la arena a la grupa del caballo levantando 
los brazos y saludando con ellos al público, y donde los clowns, 
rapados y vestidos como todo el mundo, fuman sus pipas apoya- 
dos en la borda, y evocan en su espíritu el recuerdo de esos triun- 
fos de la risa que han provocado a fuerza de piruetas y tonterías. 
~ Mas tarde, la carpa blanca que se levanta en medio de una ciu- 
dad nueva; el hotel frió e inhospitalario que nada habla al alma y 
que por el contrario hace sentir aun a los que no lo conocen el 
vacio del hogar; la primera noche de espectáculo en que la orques- 
ta toca la galoppe eterna y salta a la pista el caballo blanco de cri- 
nes sueltas; después, la entrada con un vestido celeste, los brazos 



484 

desnudos, ceñidos con una argolla dorada, él pelo levantado sobre 
la cabeza con una camelia blanca, los pies con zapatillas de seda 
y lentejuelas; y en fin, la salva de aplausos que estalla, los millares 
de ojos que miran, las manos que se ajitan, los labios que murmu- 
ran y sonríen. 

Y después, vuelve la carpa a hundirse, a caer, a doblarse, a me- 
terse en los enormes cajones, como un gran globo de tela que 
pierde el aire que lo bincha. Los caballos salen del corral hacia la 
estación de embarque. Las equitadoras vuelven a disfrazarse con 
el vestido sencillo de viaje y a ponerse el velo blanco v ^ 1 sombre- 
rito ingles, y a pasar en ei tren o en ei vapor por pudorosas hijas 
de familia que van buscando aires para la anemia. Los clowns se 
desatan la enorme corbata blanca, se lavan los signos pintados en 
el rostro y vuelven a encender la* pipa, que los hará soñar en la 
larga travesía. 

Es una vida orijinal y pintoresca; pero debe sentirse hastío des- 
pués de vivirla mucho. Allí, al través de esos camarines pequeños, 
divididos por tabiques de tela, en que con el mismo pincel con que 
se retoca a los payasos se han pintado narices enormes, corazones, 
relojes, soles con rayos, letras y nombres, deberán sentirse infiden- 
cias, traiciones, hostilidades, murmuraciones crueles, todo ese ba- 
gaje de naturalezas mal inclinadas, que ni siquiera, como las pie- 
dras de rio. han perdido las puntas y aristas con el roce de la 
vida. 

Puesta frente a frente del Congreso, la carpa blanca del Frank 
Bronw equivocó a muchas personas de buena fé, que por querer 
ver al saltón Highins, se metieron a las tribunas de la cámara, y 
por oir juzgar a la administración Errázuriz, se encontraron de 
manos a boca con Rosita de la Plata, bailando en traje de torero. 

La troupe del circo se irá de Santiago, mas o menos al mismo 
tiempo que la írojipe pariamentaria: unos a armar la carpa en otra 
parte, y los otros a veranear para reponer las perdidas fuerzas. 

Y don Andrés Bello, que entre el ruido del parlamento y la cha- 
ranga del circo, preferirla a ésta sobre aquél, se quedará hoi tran- 
quilo a todo sol, contento con no oir ninguna. 

^ ^ ^ 



Una ¡nuítadon 



UNA mañana de las recien pasadas, el correo urbano tiró por 
debajo de las puertas de muchas de las casas de Santiago, 
un sobre blanco con el nombre déla señora y de las jóvenes 
de la casa. 
No podía contener, pues, ese sobre, la citación para una 
reunión política, ni cualquiera de esas banales cartas de negocio 
que se abren con distracción y se leen con fastidio No podía ser 
tampoco uno de esos frecuentes anuncios de las grandes tiendas, 
enviado bajo la dirección: «Señora dueño de casa». (Reservada). 
Esta última palabra con el objeto de que el marido se la lleve a su 
escritorio y rompa el sobre nerviosamente creyendo sorprender un 
secreto, para encontrarse con la poca grata noticia de que han lle- 
gado de Europa unos trajes de color punzó, al inverosímil precio 
de doscientos pesos. No podia ser tampoco una de esas ceremo- 
niosas invitaciones sociales «a tomar el té a las 9 y media», tan 
conocidas por el sello con el monograma del invitante, y el riquí- 
simo papel imitación de pergamino viejo. 

Entretanto allí estaba el sobre al pie del umbral de la puerta, con 
una fina letra inglesa de mujer, con cierto olor a incienso y a flor 
de la pluma, esperando que alguna de las blancas manos a quienes 
iba especialmente dirijido, lo desgarrara y se impusiera de su in- 
terior. 



486 

Creemos adivinar las caras sonrientes, placenteras y de buen hu 
mor, que pusieron esa mañana todas las niñas bonitas de Santiago, 
o casi todas, y todas las señoras virtuosas y respetables o casi todas, 
al abrir el sobre blanco y desdoblar con ansiedad la esquelita me- 
tida en el. 

La primera línea debió ser toda una májica y encantadora visión 
de alegres años pasados: Sagrado corazón, Maestranza, £n un 
momento, de un solo golpe, impensadamente, una brisa fresca, 
llena de perfumes de huerto, llena de recuerdos, llena de risas, sa- 
lió de esa esquela en que una monjita habia escrito con lindísima 
letra inglesa una invitación a todas las antiguas alumnas, para ce- 
lebrar el centenario de la orden. 

Las antiguas colejialas, tan olvidadas muchas de esos votos, de 
entrar a un convento, hechos en momentos de microscópicos de- 
sengaños de una vida que todavía no habían vivido, se encontraron 
repentinamente detenidas delante de un espejo en que se veía una 
doble imájen: el pasado y el presente. 

¿Cuántas querrían volver a esos años tan irrevocablemente pasa- 
dos, en que vestían el uniforme blanco, y en que su única ambición 
era ganai la banda azul? 

¿Cuántas al verse en ese espejo, con las primeras canas, hojeado 
ya todo el libro de la vida, no quisieran volver a tener los desali- 
ñados buceles rubios de las colejialas, sublevados siempre después 
de cada recreo, por el salto de la cuerda? 

Hubiéramos querido presenciar muchos de esos cuadros, y 
creemos que mas de algunos de ellos habrá sido digno de una tela. 
Nos figuramos la algazara y sorpresa de la pollita recién entrada 
al colejio, al saber que su abuela ha sido también niña, y también 
colejiala de la Maestranza. 

— Sí — dirá la abuela con los ojos fijos en esa esquela, en que lee 
mucho mas que lo que hai escrito — sí, mi almita, yo también he 
sido colejiala de la Maestranza.. . . 

— ^¿Pero así? ¿Y como se reían las niñas de sus canas? ¿Y las 
monjas no le prohibían sus capotas? 

— ¡Ah! — Yo también he sido como tú, loquilla, y he tenido pelo 
rubio, y he jugado al pillarse, y he corrido mucho. . . 

Y esa oleada de juventud, de primavera, de recuerdos, ese chaber 



48; 

corrido mucho» que es tan cruel verdad, le ahogan la voz en la 
garganta. . . 

— En fin. . . en un. . . esas son historias demasiado viejas. 

¿Habrá caído una de las esquelas en medio de una tormenta ma- 
trimonial de esas en que se han recreado tanto los pintores? Kl, 
despreocupado, indiferente, leyendo el diario del dia, sin pronun- 
ciar una palabra; ella, con la vista clavada en el suelo^ apoyada la 
barba sobre la mano. Y pensar en seguida en sus tiempos de co- 
lejiala, recordar el pilar al lado del cual, con la convicción incons- 
ciente de los quince años, decia a sus compañeras: «¡Ah! yo no me 
casaré jamas!» 

Ese llamado jeneral a las antiguas alumnas, se nos ocurre que 
debe tener los encantos de un grupo de viejos soldados. ¡Qué de 
cosas de contar! ¡qué mundo de recuerdos que evocar unidos! Hai 
las batallas del corazón, que suelen ser tan reñidas como las ba- 
tallas de sangre y fuego. Hai las luchas del alma que suelen tener 
tantos heroísmos como las luchas de los ejércitos. 

En los largos corredores, con pilares verdes, y los muros eterna- 
mente blancos, como si mano alguna los hubiera rozado, ¡como 
se formarán grupos de las contemporáneas a contarse cosas y mas 
cosas! 

— ¡Tú, casada! — esclamará una — mirando con risueña y picaresca 
sonrisa a la antigua compañera, que ha perdido el inocente aire de 
tortolita huérfana, para tomar el despreocupado, el sereno, el equi- 
librado aspecto de la esposa y de la madre de familia. 

Otra tomará alegremente de la muñeca a una antigua condis- 
cípula y la arrastrará hasta un banco, sentándola a su lado. 

— Oye. Te tengo que contar un mundo de cosas. ¿Entiendes? 
¡Pero un mundo! Hacia tanto tiempo que no nos veíamos. ¿Te 
acuerdas cuando hiciste voto de no ir nunca al teatro? 

— Sí, sí. 

— jAh! picarona! Y hace mui poco tiempo que te vi, lindísima, 
en Carmen.,, y (bajando la voz) miraste a las bailarinas... y note 
pararon los ojos.... y.... 

— No sigas, loca. Y tú ¿no decías que los hombres eran malos? 

— Y lo sigo diciendo.... 

— ¿De todos? 



488 

— De todos. . . menos uno. 

Y allí se pasarán las dos como un par de canarios, descubrién- 
dose el corazón, sorprendiéndose secretitos menudos, en fin, con- 
fesándose! 

¿Quedará rincón de la antigua jaula, que no recorran las anti- 
guas prisioneras? T^a sala de estudio, las clases, el comedor, la 
capilla, el coro donde cantaban en el mes de Maria, el salón donde 
los domingos recibian las visitas... 

Mas de un marido esperará impaciente ese dia, la vuelta de su 
mujer, la antigua colejiala, para preguntarle con aire socarrón: 

— ¿Y mucho me has pelado, con tus antiguas compañeras? 

Nosotros también esperaremos ese dia, para ver si recordando 
muchas esos tiempos felices en que eran bonitas y todavía no lo 
sabian de boca de ningún impertinente, adoptan de nuevo el aire 
sencillo de colejialas, y dejan el aspecto desdeñoso y aburrido de 
piincesas cautivas.... 




Lñ CñPITULñClOH 



DEBER O HEROlSmO 



TELEGRAMAS de InglataiTa nos anuncian que el ministro de la 
guerra británica, Mr. Saint John Bredrick, ha espresado que 
colocará en las listas de retiro a diez oficiales de graduación, 
a consecuencia de haber capitulado en la guerra de Sud Áfri- 
ca, sin haber justificado satisfactoriamente ese procedi- 
miento. 

La severa medida del ministro ingles, presenta ante la intelijen- 
cia y el corazón un problema que afecta profundamente al honor 
militar. 
¿Es lícito rendirse ante la impotencia? 
¿Es obligatorio el heroísmo? 

Desde los tiempos en que Guzman el Bueno presenció desde las 
murallas de Tarifa, el sacrificio de su hijo, hasta la última batalla 
de las guerras contemporáneas, parece que el honor militar y las 
gpravísimas responsabilidades de su cargo, lejos de corromperse en 
el universal positivismo que nos ha alejado moralmente millones 
de millones de años, de la Edad Media, se ha acrisolado v tomado 
nuevo vigor y alientos nuevos. 



490 

Las proezas heroicas por la conquista de dos blancas manos, los 
hechos maravillosos por la redención del Santo Sepulcro, los admi- 
rables torneos y porfiadas justas por obtener la primada déla jen- 
tileza y la palma del valor, han sido relegadas a ese viejo arcon de 
la caballería donde está también el traje de lentejuelas de los bufo- 
nes y el complicado laboratorio de los brujos y alquimistas. 

Solo la patria, ese alto concepto de amor, de virtud y de gran- 
deza, que se empeñan en encontrar falso, hueco y sin sentido los 
anarquistas, mantiene intacto su cetro, sin bajar una linea su trono, 
sin disminuir un átomo su influencia. Y si por ello comenzó el 
siglo pasado con los épicos sacrificios de Trafalgar, por ella se ha 
cerrado con ese velo de sangre, al través del cual presenciamos 
una lucha a muerte en el estremo del África. 

Pero la interrogación que dejamos abierta, inquieta al espíritu y 
le urje. 

Ksos altos oñciales ingleses, que van a recibir una severa cen- 
sura en un pais escencialmente puntilloso en materias de honor y 
de dignidad ¿merecen el calificativo demasiado rudo de cobardes? 
Seguramente nó. Nada nos permite hacer una suposición desdo- 
rosa del valor de los oficiales ingleses, cuando el cable ha estado 
constantemente atestiguando su heroísmo. 

Es probable, casi seguro, que los diez oficiales tienen honrosas 
menciones en los partes de las batallas, y se han encontrado en va- 
lerosos episodios incidentales. Se trata en cada uno de ellos, de un 
solo acto, de una capitulación, que, ajuicio de las autoridades in- 
glesas, no está esplicada satisfactoriamente 

Tenemos, pues, ante la vista un caso curioso. Son oficiales con 
honor, con perfecto conocimiento de sus deberes, con refinada y 
escrupulosa conciencia para apreciar los casos de dignidad, los que 
van a recibir un castigo talvez severo en demasía por haber capi- 
tulado ante el enemigo. 

Con esta medida las autoridades militares de Inglaterra, hacen 
sumamente estricto el criterio con que deben juzgarse los hechos 
de armas. La capitulación, es la rendición ante la impotencia; y el 
que debe juzgar el momento, en que sobreviene esta impotencia, es 
el jefe superior de la tropa sitiada o amenazada. 

Pero viene aquí la duda. ¿Cuando se pronimcia el desequilibrio 



49' 

entre la fuerza que ataca y la fuerza que se defiende? ¿Kn qué mo- 
mento la desproporción es superior a las fuerzas humanas? ¿En 
qué instante el cumplimiento del deber llega al límite dei heroísmo 
o, sobrepasándole, entra en la temeridad? ¿Dónde está «la línea im- 
perceptible en que coincide» — como dijo Núñez de Arce — la luz 
con la sombra, la prudencia con d miedo, la intelijente retirada con 
la temeraria resistencia. 

El caso es complicado y casi se encuentra envuelto en una re- 
finada y sutil psicolojia díficil de apreciar. Acudamos a un caso 
que todos los chilenos conocemos por ser una de las mas brillan- 
tes pajinas de nuestra historia. 

Después de afianzada la independencia de Chile, hubo enemigos 
de O'Higgins, que le acusaron de temerario por haber atravesado 
el formidable cerco de Rancagua con setecientos hombres. Aunque 
el héroe de la independencia pudo encojerse tristemente de hom- 
bros, ante tan necio y mezquino ataque, prefirió contestar y lo hizo 
en una carta que, autógrafa, se conserva, en términos llenos de 
dignidad y de grandeza. No teniendo a la vista ese nobilísimo do- 
cumento, solamente podemos trascribir su idea. lyos que me acu- 
san de temerario — dice el concepto — no saben lo que estremecía 
mi alma en esos momentos solemnes y lo que se agolpaba con des- 
conocida fuerza a mi corazón, ignoran los altísimos sentimientos 
que rodea el espíritu y lo engrandecen, y no pueden apreciar el im- 
pulso, casi sobrenatural que me hizo cargar, en medio del incendio 
y de la matanza, sobrepasando las trincheras enemigas. 

Pues bien, eso desconocido, eso misterioso, eso casi sobrenatural 
que forma al héroe, cuando hai en él materia prima para formarlo, 
¿no tiene su equivalente en ese otro también peculiar del asedio, 
también esclusivo de la muerte que cerca, del fin que amenaza, de 
la esterilidad de los esfuerzos que desalienta? 

¿No puede presentarse en el instante mismo, necesaria, inevi- 
table y sobradamente justificada la capitulación, que mas tarde, 
ante la frialdad del consejo de guerra, vá a aparecer a los mismos 
ojos del jefe que la ordenó, precipitada, lijera y hasta censurable? 

Porque, aunque del carácter británico se trate, es menester reco- 
nocer que la sangre fria no basta para mantener en idéntico estado 
psicolójico al que sudoroso el rostro, lleno de pólvora los labios, y 



492 

de sangre el desgarrado uniforme, con la espada en la mano incita 
&1 combate, que al que de guante blanco, severo uniforme de pa- 
rada, y el kep{ en la mano, está de pié ante el consejo de guerra ro- 
deado de Maldad física, de hielo intelectual y de hostilidad en 
todos los ojos. 

El que en uno de esos críticos momentos de la vida ha hecho 
una fogosa y lírica declaración de amor, arrodillado en tierra, mano 
sobre el corazón y ojos frenéticos, según todas las reglas del código 
de los Tenorios, y después a la distancia de unos meses se mira y 
se reconoce en tan ridicula, cursi y rematada aventura, larga in- 
conscientemente esa espontánea carcajada que es la peor condena- 
ción y la mas definitiva protesta contra la propia personalidad. 

Estas contradicciones del espíritu, tan comunes, tan repetidas, 
tan ciertas, deben presentar ante los ojos de los militares, con es- 
cepcional interés, este problema: 

Es mejor ser héroe y llegar a la temeridad — se dirán — que ser 
prudente y consentir en la capitulación. 

En estos casos la intelijencia es un estorbo y debef meterse en la 
mochila junto con el capote de invierno. 




Torneo de ñudacía 



Ucgado el placo, al despuntar del dia 
con gran gozo de muchos esperado 
luegro la bulliciosa compaflia 
comenzó a rodear el estacado. 
Era tal el aprieto, que no habia 
árbol, pared; ventana ni tejado, 
de donde descubrirse algo pudiese 
que cubierto de jente no estuviese. 

(I«A Axaücajta). 



NO estamos cegados por necia pretensión al encontrar en esa 
estrofa de Hrcilla algo sintético de la gran fiesta de ayer. No 
estamos cegados por ese orgullo que hoi nos echan en cara 
los periodistas asalariados de medio mundo. Cerca de noso- 
tros, la voz hidalga de un marino español contestó ayer, a 
quien le preguntaba su opinión sobre el torneo: 

— No habia visto jamas tales cosas.. . . pero las habia leido en La 
Araucana! 

Cuando a las dos de la tarde estaban las graderías del picadero 
totalmente cubiertas de la mas primaveral ostentación de trajes y 
sombreros, de flores y cintas, de ojos inquietos y de abanicos en 
incesante movimiento; cuando un enorme jen tic se estrechaba con- 
tra las barreras, ganando a puñetazo limpio el derecho de primera 
fila; cuando las seis bandas de cometas recorrieron la pista levan- 



494 

tados al aire los trompetines de bronce y lanzando, a la manera de 
los antiguos heraldos, el primer anuncio del torneo; nosotros mira- 
mos mas lejos que ese vasto recinto en que íbamos a hacer una 
estupenda ostentación de nuestro soldado, mas lejos que esta ciu- 
dad que entera se habia agolpado a aplaudirlos y a aclamarlos, y 
vimos una borrosa fila de puños cerrados y amenazantes que ha- 
cían irónico marco a ese pedazo de alma de Chile desenrrollándose 
sobre las puntas de las lanzas y frente a la desordenada carga de 
los escuadrones. 

Durante cuatro horas desfilaron en medio de estruendosos víto- 
res, el escolta, los cazadores, los granaderos, los guias, los lanceros 
y los dragones, soldados morenos, rudos, tostados, audaces y fuer- 
tes, como dignos descendientes deTucapel y de Rengo, que llevan 
dentro de la casaca, cortada a la prusiana, el alma indómita de 
Arauco, y la brutalidad potente de sus hijos. 

La estratejia chilena está condeiiada en un solo toque: caíacuerdtr, 
representado en infantería por la bayoneta, en caballería por la 
lanza y en el mar por el abordaje. 

Kl roto chileno ama el choque, necesita el choque, siente la atrac- 
ción del choque de ahí que en batallas memorables, ha habido je- 
fes que han ordenado cargar al galope cerro arríba, o caer como 
avalanchas de muerte, despeñadero abajo. 

Ayer se ha hecho un repaso a nuestra historía militar. Ese tor- 
neo ha sido, mas que torneo, una mirada hacia atrás, pero la mi- 
rada soberbia del que tiene abolengos. £1 roto, montado sobre su 
caballo de combate, con la lanza en la mano, simboliza todo un 
viejo y no olvidado poema de batallas, que nosotros creíamos sen- 
tir en las marciales sinfonías de las cornetas. 

Nuestro soldado y su caballo son dos inseparables hermanos, 
que forman un solo monumento ecuestre de nuestras glorías mi- 
litares. 

¿Quién no conoce al primero? Sufrido en las privaciones, audaz 
en las corazonadas, héroe en las batallas, no sentirá jamas el ham- 
bre en sus jornadas, ni el desaliento en la campaña, ni el temor en 
la pelea. 

¿Quién no conoce al segundo? Pequeño, vivo, inquieto; exhala- 
ción y ra>o en la carrera; amenazante y cruel ante la vara, dócil 



495 

conductor a lo largo de las alamedas; vadeador intrépido a lo 
ancho de ios rios; incansable devorador de las distancias y mudo, 
sufrido y silencioso ante la privación y el hambre. 

Parece el primero, de pólvora amasada con sangre dehéro^. Es 
el segundo descendiente de los caballos árabes de las antiguas jus- 
tas, y de las heroicas yeguas que han cosechado bajo el incansable 
galope de la trilla, la mitad de la riqueza agrícola de este 
pais. 

Hra, pues, ayer la fiesta de estas dos entidades de nuestro poder 
militar, perfectamente unidas en armoniosa y admirable com- 
binación, en los cuerpos de caballería de la República. 

O O O 

Primero desfila la refinada coquetería de la equitación: el jinete 
derecho sobre la silla, las piernas membrudas moldeando el cuerpo 
del caballo, la barba militarmente recqjida, y la mano derecha em- 
puñando airosamente la lanza araucana de colihue. 

Después, comienza la rivalidad del soldado y del caballo, en que 
centellean los ojos, se adivinan las voces de mando, se salvan con 
coraje los obstáculos, se estremece el suelo con el galope y se ha- 
cen con la lanza, incontables bizarrías de ajilidad y de cer- 
teza. 

Después sigue la poderosa tiranía del jinete sobre su caballo, que 
que se tiende dócil bajo los fogonazos del tiroteo, y que apenas le- 
vanta la cabeza como para darse también cuenta de las punterías 
y de la dirección de los fuegos. 

Y como si esto fuera poco, y como si ya no se creyera que esos 
jinetes estaban perfectamente unidos y compenetrados con sus ca- 
ballos, vienen los volteos a la carrera, en que el soldado tan pronto 
cae cuadrado sobre la tierra como recupera su posición correcta 
sobre la silla o vuelve a caec al otro lado en la mas inverosímil y 
asombrosa ajilidad y coraje. 

La impresión ante estos diversos despliegues va cambiándose 
poco a poco. Comienza el agrado y cierto orgullo ante la correc- 
ción del jinete; sigue el aplauso ante la maestría con que se salvan 
los obstáculos; sobreviene la admiración por la docilidad incompa- 



rabie del caballo ante la orden de su dueño; y asalta el estupor y 
el asombro ante la soberbia y temeraria audacia de esos lidiadores 
de hierro. 

Ayer los hemos visto colgando de las sillas y casi tocando el 
suelo con la cabeza para levantar un sable a la carrera del caballo; 
o tumbándose con flexibilidad estraordinaria en el momento de 
trasponer el salto; o pasando por los delgados inestables tablones 
de un puente suspendido. Todo esto, hecho sin esfuerzo, sin apa- 
ratos, sin soberbia, como la manifestación sencilla de lo que es en 
la actualidad la caballería chilena y de lo que puede llegar a ser con 
el tiempo. 

Cuando ayer, llenos de admiración y de orgullo nos acercamos 
a un oficial de granaderos para estrecharle efusivamente la mano, 
el nos contestó con modestia y con naturalidad: 

— Todavía se puede hacer mucho mas. 

£n las filas de los guias y de los granaderos venían los mas her- 
mosos y fuertes soldados que hemos visto en nuestro ejército. 
Rostros cobrizos, brazos cuya musculatura se veia estremecerse al 
través del dormán, ojos vivaces que destellaban chispas al partir 
de galope con la lanza en ristre, verdaderas resurrecciones de los 
atletas que cantó Ercilla y que inmortalizó en el bronce Plaza. 
Esos soldados vienen del sur, del corazón de Arauco, donde todavía 
llena el aire el recuerdo de las antiguas guerras, y donde basta ten- 
derse en tierra y acercar los labios al suelo para recibir las emana- 
ciones de tanta sangre heroica derramada allí en una lucha de 
siglos. 

Y ¿qué decir de los dragones de Curicó? — Fué ayer el remate de 
la fiesta, pero un remate soberbio e inesperado, la aparición de los 
dragones. Partieron por la pista, llevando todos los caballos mar- 
cha de parada, muestra estupenda de trabajo y de paciencia; si- 
guieron inimitables en los saltos, y dieron la mas alta nota del 
torneo hípico con los portentosos volteos a la carrera del caballo. Es 
indudable que los dragones de Curicó son los primeros jinetes de 
América. 

O O O 

Muí oportunamente ha venido la bizarra y espléndida revista de 
ayer, a demostrar a los que nos acusan de belicosos y de provoca- 



497 



dores, que no necesitamos de armamentos ni de cañones para con- 
fiar tranquilamente en las enormes fuerzas vitales de nuestra raza. 
Un pais, cuyo pueblo siente desde la cuna la obsesión de la pelea, 
que pasa la mitad de su existencia sobre el caballo, que desprecia 
la vida soberanamente, que es soldado de alma, de sangre y de an- 
tecedentes, no tiene nada que temer del porvenir, por mas que a 
ratos parezca oscurecerse con las neblinas internacionales que tan 
a menudo están cayendo sobre Sud- América. 

— No necesitamos mas armamento, — nos decia ayer un oficial 
de la cuarta zona — las lanzas son demasiado largas para un chileno; 
bastarla cortarlas por la mitad y tendríamos el doble! 




El Salón de Bellas ñrtes 



ññO 1903 <> 



LA inauguración del Salón de Bellas Artes es la única fiesta in- 
telectual y artística que va quedando en este pais, cada dia 
mas invadido por el prosaísmo en todas las esferas de la ac- 
tividad. 

Ese salón, sobre cuyas claraboyas tejen las arañas cada año 
sus telas impalpables, resucita luminoso y triunfal. Un rayo de sol, 
pero un rayo ideal, de esos que forman el nimbo de los santos, el 
resplandor de las visiones y los destellos de los triunfos, envuelve 
en una gloriosa claridad nuestro pequeño templo partenónico, único 
y último reducto de la belleza, de la imajinacion y del arte chilenos. 
Los árboles, los jardines y los boscajes de la Quinta Normal 
exhuberantes de color y de vida, invitan a esta visita que trae 
calma para el espíritu y gratísimas emociones para la vista. Se abre 
el Salón de Pinturas en la época en que se abren los jardines y los 
huertos a la plenitud de la eflorescencia y de la vida, y así es fácil 



(i) Estos artículos escepto algunos que no incluimos en esta colección, 
aparecieron firmados Guerin, 



500 

comparar la luz, el aire, el sol y los colores que ponen nuestros ar- 
tistas en sus telas, con los colores, el sol, el aire y la luz que ha 
puesto Dios en la naturaleza. 

O O O 

Los que sufren la invencible tendencia a encontrar que todo 
decae en este país, no pueden darse el placer de esta afirmación 
ante el afortunado grupo de telas presentadas este año al Salón. 

El cuadro de jénero, el paisaje, los animales, el retrato, las flores 
y la naturaleza muerta, tienen en él ejemplares dignos de conside- 
ración y de estudio. El conjunto es brillante, digno de un progreso 
artístico mas avanzado que el nuestro, y merecedor de un aplauso 
entusiasta y franco. 

Con escepcion de los cuadros de Rafael Correa, las telas dd 
Salón son jeneralmente fuertes de color y menos vigorosas en el 
dibujo, soportando con mas facilidad una impresión de síntesis que 
una de análisis. 

Es natural que Rafael Correa sea llamado el primero ante el ju- 
rado del público. De la joven jeneracion es el que ha llegado al fin 
de un camino erizado de escollos. 

Sus dos telas de animales se completan, para damos una con- 
cienzuda esposicion de su arte. «En la pradera», el gran cuadro 
pintado en Francia, se despierta una estension de paisaje claro y 
luminoso, con verdad atmosférica y un colorido alegre y traspa- 
rente. No es una tela de animales, sino un paisaje por el que cruza 
en un instante dado un grupo de vacas. Estas se muestran por 
consiguiente bocetadas, sin mayores detalles porque la distancia ni 
la unidad del paisaje lo permiten. En la otra tela de menores di- 
mensiones, «Entre Cardos», Correa ha hecho el verdadero retrato 
de una vaca con su ternero. Retrato es, según el diccionario de la 
lengua, la «pintura o efijie que representa con semejanza la figura 
de una persona o de un animal». Correa ha mostrado «En la pra- 
dera » el grupo de animales que componen el cuadro armonizándose 
con el paisaje; pero ha querido en «Entre Cardos» damos uno de 
esos animales componiendo él solo un cuadro de esquisita sen- 
sación. 



$Q^ 

Bs la hora en que el sol comienza a morir y en que los mujidos 
de los animales rompen el solemne silencio de los campos. Los 
rayos del sol se han hecho mas rojos; pero ya no queman sobre la 
tierra ni producen esa volatilización de los colores que forma una 
gasa impalpable y vacilante sobre las cosas- La vaca, el techo de 
paja, el árbol, bañados en esta luz, desnuda por decirlo así, mues- 
tran sus contomos mas seguros y las sombras mas precisas sin ser 
mas fuertes que al' medio dia. La vaca tiene la gracia elegante del 
animal sorprendido en altiva posición de escrutar en torno suyo. 
El sol muere en su pelaje rojo y blanco cayendo en un golpe ma- 
ravillosamente tratado que rodea el cuello espirando sobre el pecho 
carnoso y fuerte. Al pie un pequeño ternero aun no bien desarro- 
llado, recibe parte de esta luz y completa el cuadro. 

Correa siente el campo en este momento que no es todavia el 
crepúsculo. Es una hora de silencio en que todo se pone rojo: los 
cardos del fondo están pintados de mano maestra y con un éxito 
indiscutible. Es la hora en que la mirada del artista siente toda la 
emoción de la llanura verde, y de los animales soberbiamente ais- 
lados sobre el horizonte. Es seguramente la hora en que Carducci 
sintió el sereno y sosegado reposo de su soneto: 

Tamo, o pío vove, e mite un sentimento 
de vigore é di pace al cor m'infonde 
o che solenne come un monumento 
tu guardi i campi liberi e fecondi. 

El público admira mas la gran tela «En la pradera», y los artis- 
tas elojian mas el cuadro «Entre cardos». Y es que la sensación de 
lalijereza aérea de un dia luminoso y claro, es mas fácil que la de 
una tarde larga y arrebolada. Sin embargo los dos cuadros son dos 
hermosas y acabadas obras de arte. 

Alguien ha dicho en el Salón, que la tela de animales ho vale lo 
que el cuadro de figura humana. Profundo error el animal es siem- 
pre la figura desnuda, yjeneralmente en el cuadro de figura, el 
plegado de la ropa salva muchísimos escollos de dibujo. Se dice 
también que un defecto de dibujo en un animal, pasa inadvertido, 
mientras que en la figura no. Suponemos que un jurado está siem- 



Tfr« n sitiiscion de descubrir los errores de dibujo cualquiera que 
<«• U clase de temas sobre que versen las telas. 

TíT» «testiguar la nobleza de la pintura de animales allí están 
IVJ>civtÍ3t con sus leones, Durero con su liebre y llegando a nues- 
— ;ís ilias, Rosa Bonheur con su último cuadro de «Vaches et 
íííívíu dauvergne», Charpin, Chaigneau y otros que han hecho 
tvr.i»>leros poemas a las vacas de Normandia o de Flandes, 
TUwftefoy con sus caballos, bueyes y corderos y el norte- americano 
H«r\^y con sus jaguares. 

Rjifael Correa es entre nosotros el único pintor de animales, y ba 
"^;)do a ser un maestro interpretándolos a pleno aire y a plena 

Pos «Efectos de nieve» hechos también en Francia, completan 
;,» presentación de Correa en el Salón de Bellas Artes. Son her- 
■:)>,>sísimas telas en que las facultades del colorista y del artista 
vMUcienzudo vuelven a presentarse con enerjia y con cmn|dido 
«■xtto. 

Correa estudiará de nuevo nuestros campos y encontrará en la 
brillante gama de sus colores, nuevas armonías para los paisajes- 
Pintará nuestros animales vagando en los campos feraces del cen- 
tro del pais, y sus telas encontrarán para las elegantes líneas dd 
fondo, los grupos de álamos que son la marca comercial del paisaje 
diileno. 

Nuestro pintor lia obtenido un gran triunfo por todos recono- 
cido y por todos encomiado. No necesita estímulos para seguir 
iniciante en su abierto camino, pero el jurado seguramente le con- 
cederá el que merece. 

junn FRñncisco BonzntEZ 

Hai entre nosotros un pintor de gran independencia de espíritu 
de carácter que tiene credo propio y vive en tienda 
ha batido cara a cara con su suerte en una lucha 
IOS años y ahora ha vencido plenamente; Este pintor 
risco González. 

ichos años sus manchas no eran entendidas sino por 
>B. No conseguía por ellas, ni aplausos ni dinero. Era 



S03 

una batalla penosa, agotadora de las fuerzas, que le reservaba al 
artista un desengaño para cada dia. Pero González, tenia como los 
antiguos paladines, una dama por quien seguia librando los com- 
bates, dama caprichosa y altanera, no siempre dócil a sus deseos, 
pero mui a menudo vencida por su constancia. A ella la ha buscado 
el artista en el breve crepúsculo fujitivo, en la corta alborada que 
pasa como un relámpago, en el medio dia que enerva las fuerzas 
y hace caer los brazos fatigados. La naturaleza lia sido para nues- 
tro pintor buena amiga y alegre camarada. Ella ha dejado caer so- 
bre sus cuadros la relijiosa entonación de la tarde, el roció del alba, 
y el inquieto oleaje del aire bajo los rayos verticales del medio dia. 

Se ha acusado a González de pintar pequeñas telas. Alguien 
encontró también cortos, demasiado cortos los cantares de Heine. 
La sinceridad absoluta a que se sujetan en el dia los pintores de 
paisaje, les obliga muchas veces a abandonar la gran tela com- 
puesta en el taller, para buscar solamente el pequeño lienzo pin- 
tado en el momento mismo en que dura la sensación de color. 

González reza su oración corta, pero ferviente. No soportaría su 
inspiración la larga tirada de telas mayores, sin descender y en- 
friarse y hacerse falsa y prosaica. 

Miremos el rincón de huerto que a González cautiva. Allí no hai 
árboles cuyo elegante contorno armonice con el faldeo de cerro y 
el rancho viejo. Solamente algunos pedazos de tronco, un montón 
de hojas secas y alguna hierba que brota en medio de ese fin de 
invierno. . . Pero allí la entonación del color se mezcla en deliciosa 
suavidad, los matices se funden, las tonalidades se compenetran, 
y la combinación dulcísima, delicada, amable, de esas luces y de 
esas sombras, cantan una verdadera e inspirada melodía que con- 
mueve y que emociona. 

El paisaje moderno se simplifica. Cada vez mas tiende a hacerse 
de tanta fisonomía, de tanta intensidad, de tanta reí ij ion, de tanto 
misticismo podría decirse, como la figura humana misma. 

Ya no se componen paisajes poniendo un árbol a la derecha, 
unos cerros al fondo y una figura en el centro, ya no se busca la 
línea elegante, artificialmente, sino que se la encuentra. El paisaje 
es justo, preciso, breve, lacónico; pero hai una fuerte intensidad eu 
su lenguaje, una profunda emoción en su espíritu. 

17 



504 

Por esta razón se ha hecho justicia a González. Y esta es la causa 
de que, espuestos sus cincuenta cuadritos en el salón de El Mer- 
curio^ vinieran a comprárselos, diplomáticos, estranjeros, señoras, 
aficionados y hasta algunos que antes resistían con vigor la manera 
osada de González. 

En el Salón de Bellas Artes, un grupo de paisajes da una vivaz 
impresión de color y de vida. Las «Torres de Santo Domingo» ba- 
ñadas por el sol de la tarde, se destacan vivamente en el grupo. 
La patina con que el sol y el tiempo han cubierto la piedra de la 
vieja iglesia, ha atraído el alma del artista y le ha arrancado una 
estrofa cálida y .sentida. «La casa del poeta»... un paisaje otoñal, 
tibio y melancólico, es un rincón de callejuela cerca del Seminario, 
donde una pequeña casita y un álamo amarillento dan la sensación 
acabada de la poesía, de la simplicidad y del silencio. 

Los «Parrones de otoño», los cBarriales de invierno» y los «Pai- 
sajes de verano tienen cada uno su representante en los números 56, 
52 y 62 del catálogo. Preciosos paisajes llenos de elocuencia y senti- 
mentalismo hablan al espíritu en su idioma de los colores y de la 
luz; orquestan deliciosamente Ixijo el sol; rezan su inspirada ple- 
garia a la naturaleza viviente y pasional de los campos chilenos. 

Los que siguen a González en su camino van a su táller y se 
llevan estas manchas elocuentes. El número de entendidos aumenta, 
y ya hai pocos salones de Santiago que no tengan una de esas 
deliciosas orquestaciones de color. 

Este artista seguirá produciendo sus poemas cortos y fervorosos. 
Buscará los colores que como mariposas traviesas se esconden en- 
tre las sombras o aletean bajo el sol. Pintará con maestría ese re- 
flejo del azul del cielo, que llueve en una finísima lluvia de ópalos 
sobre las hojas, las flores, el polvo y las sombras. Traducirá el 
misterio melancólico de las tardes de otoño; el alegre estallido de 
las primaveras que florecen; o la desnuda soledad de los inviernos 
que se deshojan. 

Entre las muchas telas que pinta González cada año hai algunas 
que sobreviven. Las demás se borran y se pintan otras mas afor- 
tunadas sobre ellas. 

Hai también algunas manchas wagnerianas que permanecen en 
un rincón del taller, sin mas admiradores que su autor mismo que, 



505 

probablemente, en sus horas de entusiasmo las encuentra jeniales. 
Pero, entretanto, he aquí que un pintor sincero y atrevido triunfa 
entre nosotros. 

UñLEHZUELñ LLnnOS 

Don Alberto Valenzuela Llanos es un distinguido y lóven ar- 
tista que ha luchado con verdadero denuedo para realizar sus triun- 
fos en el paisaje. Antes de conocer los secretos que hoi le dan la 
victoria, estudió concienzudamente la naturaleza; pero no logró 
sino felices impresiones de detalles. Fuera de una marina suya, 
vigorosa y fuerte de color que adquirió el museo hace algunos años, 
conocimos algunos paisajes de tarde con efectos de nieve en la cor- 
dillera a la puesta del sol. Tenían una tonalidad caliente, sentida 
y mui discreta. Valenzuela entendía esas horas tranquilas y silen- 
ciosas del paisaje chileno, le dedicaba inspiradas canciones de 
color, pero todavía luchaba con las dificultades de la luz y de la 
impresión atmosférica. 

Hoi dia sus apuntes europeos y sus cuadros chilenos muestran 
una coloración segura, lijereza de aire, y vivo sentimiento de la 
luz. Los árboles, las praderas, el mar los reflejos de sol sobre las 
cúpulas, los blancos fundidos de la nieve, tiene todos en la paleta 
de Valenzuela Llanos, un elocuente y osado intérprete. 

Su «Primavera en Lo Contador» es el gran paisaje presentado 
por Valenzuela al Salón. Un árbol casi sin follaje deja caer a poca 
altura del suelo ima rama florida. La vista que se recrea en esa 
blanca y poética eflorescencia de almendro o de peral, se siente in- 
vitada a pasar bajo la rama que columpia el viento buscando mas 
adentro un rincón tibio, misterioso y sombrío. Un grupo de árbo- 
les de huerto se juntan en segundo plano y producen bajo su fo- 
llaje esa vaguedad de las sombras y de las cosas, que impiden al 
caminante saber si la figura que se mueve en el fondo de una ala- 
meda, viene hacia él o se aleja... Una casa de campo se deja ver 
entre ramas en último orden, medio hundida entre la verdura que 
comienza, y esa brisa de perfume y de brote nuevo que lo inunda 
todo. El cielo azul, mui azul, uno de esos cielos de raso, luminosos 
y calientes, que tenemos en Chile, arroja sobre toda esta primavera 



So6 

que florece, un reflejo que hace mas verdes las hojas, mas blancas 
las flores del almendro, mas alegre y blanda la hierba que tapiza 3* 
borda poéticamente el suelo. 

Unos piensan que el color del cielo deberla ser menos intenso, 
otros, que un cielo tan azul deberla proyectar luz mas fuerte sobre 
el paisaje. Valenzuda Llanos sabe lo que hace, y es absolutamente 
sincero; bai artistas a quienes se debe creer bajo su palabra. 

Entre tanto, su «Primavera» tiene la luz viva, la atmósfera lijera, 
la tonalidad sonriente de las primaveras chilenas. Es la época en 
que las ramas del durazno cuelgan sobre las tapias musgosas, re- 
balsando del huerto; en que las diucas vuelven a ensayar por las 
mañanas su canción alegre y gozosa; en que el sol es vivo, el aire 
limpio, el cielo azul, y el campo lleno de verdura y de color. Son 
esas mañanas frescas y vivas de primavera, las que cantó Rubén 
Darío en unos versos fáciles y livianos: 

Qué alegre y fresca la mañanita! 
me agarra el aire por la nariz; 
los perros ladran, un chico grita 
y una muchacha gorda y bonita 
junto a una piedra muele maiz. 

La «Tarde en Lo Contador», es un paisaje de menores dimen- 
siones, pero de indiscutible valor. El cielo con nubes es uno délos 
mas hermosos trozos de pintura que hemos visto en paisajes chi 
leños. Hai en esta tela un suave aliento de poesia, una entonación 
sincera y perfectamente sentida. Como en pocos paisajes, la sobrie- 
dad en los procedimientos y una justa armonía en los colores, leda 

a esta tela la serenidad de una estrofa clásica, o de un salmo an- 
tiguo. 

El • Efecto de nieve» en los alrededores de Paris, y el «Fin de 
Otoño « en Charenton, son dos telas traidas de Europa, con her- 
mosísimo colorido y una atmósfera trasparetite. Los tonos blancos, 
suavemente fundidos por un pincel maestro, recuerdan los mejores 
paisajes nevados de la moderna escuela francesa. Son telas de 
mérito en que el estudio y el talento se han hermanado para hacer 
la obra de arte. 



507 

Un pequeño cuadríto «La iglesia de la Salutte», en Venecia, es 
una joya. Un dikttanHi de buen gusto lo adquirió apenas abierto 
el Salón. Un apunte mui hermoso «Hn alta mar», constituye otra 
linda mancha de color que produce una impresión elocuente délas 
olas y tumbos del océano desde la popa del buque. Los cuadritos 
de «Lisboa», «Verano» a «Orillas del Maine», «Puerto de Pernam- 
buco» y otros, afianzan la victoria del jó /en artista que va en la 
primera fila entre los luchadores de la nueva escuela. 

Valenzuela Llanos es como el ya maestro Juan Francisco Gon- 
zález, de los iniciados en el misterio del colpr. Esa interrogación 
que hai para todo profano en las coloraciones del paisaje, tienen 
pronta respuesta en la paleta de estos privilijiados. Las audacias 
de la plena luz, los misterios velados de la sombra, la poesia de la 
hoja que muere en el otoño, y de la hoja que nace en la primavera, 
son interpretados con vigor, con certeza, con absoluta conciencia, 
y con esa sinceridad artística que constituye la honradez del pintor. 

Los cuadros de Valenzuela, principalmente sus primaveras y sus 
tardes, hacen pensar y soñar. Ante esas telas con verdad y poesia 
surjen los versos de un poeta español: 

Kl viento de la tarde un delicado 
olor de primavera me ha traído 
y entornando los ojos he soñado! 

••LOS FUnOIDORES" 

El juicio del público y el de la prensa han designado a Araya 
como uno de los vencedores del Salón. Su cuadro «Fundidores» 
es una tela que habla con elocuencia de los progresos del artista y 
que gana para Araya un sitio espectante al frente de la joven jene- 
racion de luchadores. 

Cuando se piensa toda la enerjia gastada por este artista para es- 
tudiar sus modelos, todos los sacrificios hechos para costearlos, 
toda la intuición puesta de su parte para comprenderlos, y ademas 
sus pocos años de labor y su falta de esperiencia en estas lides, 
uno se siente inclinado a ser mas benévolo, aunque en realidad el 
juicio de su obra no necesite mucha benevolencia. 



5o8 

Los «Fundidores» constituyen una gran tela en que las ñguras 
son mayores que el tamaño natural. Se impone a la vista sorpresi- 
vamente por la viveza de los colores: un efecto rojo vivo en fondo 
oscuro y opaco. Es la escena de vaciar el metal en el molde, según 
entendemos. Cinco o seis figuras de operarios se agrupan alrede- 
dor del reverbero en que estalla el resplandor mas vivo y reciben 
su reflejo, manejado audazmente por el artista. 

La escena es fria y no habla al alma con la elocuencia con que 
esos episodios del trabajo suelen hablar. Cuando el curioso pene- 
tra al taller en que la fragua arde incesantemente como el fuego 
sagrado, los golpes de los martillos que caen alternativamente so- 
bre el hierro, entablan un diálogo que el espíritu interpreta en forma 
sentimental y poética. Los operarios con la faz contraída por el 
sudor y la fatiga, muestran la vigorosa musculatura de los brazos, 
y la fuerte y ruda modelación de la espalda que parece también 
formada a golpe de yunque. Todo es allí caliente y brutal. Hai ca- 
lor emanado de las brasas incandescentes que arden en las fraguas 
y caldean como ascuas encendidas al aire; hai calor en la tonalidad 
del taller animada por el reflejo del fuego y por el contacto de ese 
trabajo rudo y pertinaz; hai calor en fin, en los rostros encendidos, 
en las manos que doblan el hierro, en las espaldas que se encorvan 
y en las piernas que se afianzan al suelo. 

En la tela de Araya hai algo de convencional, seguramente pro- 
ducido por una escena ficticia y preparada ad-hoc El espectador 
no siente ese calor, no se abre a ese sentimiento de poderosa ener- 
jia, no suelta ese /a/t/ contenido que arranca la escena realista y 
elocuente. Por el contrario, mira fríamente aunque con interés y 
espresa con absoluta tranquilidad que el cuadro es bueno. 

Por otra parte, el público, poco versado en los secretos del arte, 
tiene que preguntarse si los reflejos de la luz están estudiados de 
la escena real. No podríamos nosotros contestarlo. Tampo cocon- 
testan las figuras algo acartonadas aunque de excelente dibujo, si 
en el fondo de ese metal ardiente hai color verdadero o solamente 
luz de bengala. 

En cambio, vemos en esa tela, aparte del dibujo, preciosas cua- 
lidades que ponen a Araya en situación de disputar las mas valio- 
sas recompensas. Espíritu fuerte, audacia bien dirijida, talento 



509 

sano y bien. templado no ha tomado los efectos del maestro y ha 
sabido volar con alas propias. Araya ha vencido esta vez y seguirá 
venciendo, porque salvada la parte mas escabrosa del camino le 
queda la ancha y fácil senda en que su solo estudio le seivirá de 
guia. 

«Fundidores» es, seguramente, un cuadro de aliento que servirá 
de heraldo a muchos otros, fuertes, vigorosos como éste; pero con 
mas sentido íntimo, con mas vida, con mas elocuencia. 

Hoi por hoi, Araya es la esperanza mas sólida entre nuestros 
pintores. Hai seguridad de que no fallará, dejando decepcionados 
a los que confian en sus fuerzas. 





ÜUOUñY TROUin 



HA tocado las playas chilenas el barco francés que pasea por 
todas las costas del mundo, la mas escoj ida y brillante juven- 
tud de su marina. Bajo el glorioso pabellón de la República, 
se mece en la bahia de Valparaíso el buque escuela que lleva 
uno de los nombres mas célebres de la marina europea, y 
desde su cubierta el estampido del cañón saluda fraternal y noble- 
mente. 

Después de heridas sangrientas, Francia recojió sus enerjiás y 
su vitalidad secular para volver a hacer de su ejército y escuadra 
las mas poderosas de Europa. Nunca un propósito tan heroico ha 
tenido mas rápida coronación, El ejército francés es uno de los 
primeros del mundo; y su escuadra adelanta bajo los mares un 
tentáculo invisible que aun no encuentra valla enemiga que lo de- 
tenga: los sub-marinos. 

Duguay Trotlin fué el rei de los corsarios. Jamas ha surjido en 
una época heroica, un hombre que simbolice con mas enérjico re- 
lieve el espíritu de su raza y la impresión de su época. 

Aun no nacian las escuadras de Inglaterra y Holanda, cuando 
por lei histórica debían batirse cada pulgada del mar con la ar- 
mada francesa. Era el corso el que desplegaba entonces los heroís- 
mos, la nobleza y el espíritu que después levantaron las escuadras 



5'^ 

de linea. Y Dugnay Trouin fué el mas glorioso corsario que re- 
jistran los anales del mar. 

Habia nacido en 1673. Vivia en uno de esos pueblos pequeños 
en que la torrecita de la parroquia cubre como con una ala des- 
plegada toda una población tranquila. Lo destinaron a la Iglesia; 
pero el aventurero jenial de mas tarde comenzó a estallar bajo las 
infantiles formas del pequeño aldeano. 

A los 16 años fué embarcado en un buque corsario el «Trínité» 
que se lanzó como un león a hacer difíciles presas en los barcos 
ingleses y holandeses. Duguay Trouin pasó de un salto del nido 
a la pelea. También pasaba de la tranquila somnolencia de una 
aldea a la vida de la inmortalidad. 

Kn esa edad en que comienzan a despuntase en el alma los pri- 
meros sentimientos de la vida y del amor; y en que la juventud se 
estiende y se abre en miles de horizontes claros, como un rosal 
silvestre en millares de botones, Duguay Trouin, junto con cum- 
plir los dieciocho años saltaba al puente de la fragata «Douycan» 
para mandarla él solo en sus campañas incesantes. 

Viene entonces en su vida una pajina de poema. Por primera 
vez la sinfonía guerrera de su existencia, cesa un momento para 
dejar oir una voz de mujer. 

Era el año 1694. Duguay iba a bordo del cDilijente», a combatir 
la escuadra inglesa de Sir David Mitchell, compuesta de seis bu- 
ques. El muchacho corsario se lanzó a la batalla, ebrio de arrojo y 
de valor. Durante una hora tronó la pólvora, se levantó de las na- 
ves horrible gritería, y los barcos se fueron sobre los barcos bus- 
cándose cada cual el corazón. 

El «Dilijen te» se encontró acorralado; su tripulación de héroes 
fué cayendo sobre el puente, y quedó solo Duguay Trouin desa- 
fiando al orgulloso pabellón de Sir David Mitchell, que ñameaba 
elegantemente sobre el palo de la nave capitana, como pudiera ña- 
mear en la cúpula de un teatro. 

El muchacho de veinte años fué apresado y conducido a Ply- 
mouth. Era el otoño y la tierra estaba cubierta da hojas secas. . . 
Al caer la tarde, el corsario, abstraído en su pensamientos, sentia al 
rededor de su cárcel, el crujido de las hojas bajo la planta de los 
curiosos que se reunían a mirarle. 



513 

Entre ellos principió a acudir una linda muchacha, hija de un 
comerciante de la plaza. Ella sabia la historia de ese joven rubio, 
de ojos claros y talla jentil y vigorosa. Sabia que era enemigo de 
su patria; pero el amor salva todas las fronteras, suaviza todos los 
odios y olvida todos los dolores. 

La niña le abrió de noche las puertas de la prisión y se contentó 
con verlo cruzar el canal de la Mancha, sollozando de angustia. 
Duguay llegó a Saint Malo, de donde habia partido, para hacer su 
primer estreno en el «Trinité». 

El león estaba libre de nuevo. 

Un año reunió una flota y esperó en alta mar a la escuadra por- 
tuguesa que llevaba al continente las riquezas del Brasil. No llegó 
a tiempo, y la presa escapó. 

Preparó de nuevo su espedicion y se volvió a dar cita con la 
suerte, para aguardar el paso del codiciado convoi de barcos. No 
fué posible librar batalla, porque el mar levantó enormes vallas de 
olas y salvó las naves portuguesas de los osados aunque débiles 
buques de Duguay. 

Pero éste volvió de nuevo otro año. Ya hasta las olas lo cono- 
cían y al verlo se dijeron: ,«Este es el corsario, que viene todos los 
años a esperar a la flota del Brasil». Pero atemorizados los portu- 
gueses de la presencia de este hombre no convidado a la fiesta, no 
enviaron ese año la remesa anual al tesoro portugués. 

Duguay Trouin se volvió pensando algo. Al año siguiente cayo 
sobre Rio Janeiro. Si no salia la flota portuguesa, habia que bus- 
carla en el puerto. Las fortalezas tronaron muchas horas segui- 
das. Duguay se batió con implacable zana, y por fin saltó a tierra. 
La población habia huido dejando una ciudad solitaria. El capitán 
corsario hizo volver a los habitantes y les. impuso condiciones. 

La juventud le dio, por fin, un adiós a Duguay, mientras que la 
victoria seguia acompañándolo. 

Una noche el corsario velaba apoyado en la borda de su buque. 
En medio de la sombra creyó ver surjir un barco con bandera 
negra. Por primera vez tuvo miedo. 

El barco se acercó y un espectro saltó a su cubierta al abordaje. 

— ¿Quién eres tú?, le gritó Duguay. 



5'4 

— Soi la muerte, dijo el espectro. En poco tiempo mas deberás 
embarcarte en mi nave. 

Fué una noche larga y triste. El corsario recorrió su vida. Vio 
la blanca torrecita de su pueblo. Recordó la corona que alcanzaron 
a ponerle en su cabeza de seminarista. Pensó en la rubia mu- 
chacha de Plymouth, que le salvó la vida, y sintió por primera vez 
angustia horrible. 

Duguay murió en Paris rodeado del respeto y del amor de todos. 

Fué valeroso, noble, desinteresado. 

Todos se enriquecieron a su lado. El quedó pobre solamente. 

Llegó el espectro al lado de su lecho y le recordó que era nece- 
sario embarcarse. 

Y el corsario partió para no volver. 

Era ese el único mar que no habia surcado antes. 

4. 4. 4 

Y ahora su grande espíritu cruza los mares de nuevo y lleva de 
costa en costa y de puerto en puerto, un grupo de jóvenes marinos 
franceses que hacen las primeras armas de una gloriosa carrera. 

¡Salud a la sombra inmortal de Duguay Trouin, y a los marinos 
franceses que tripulan la nave erijida eu su nombre! 





La Sinfonía del Miagara 



«El príncipe Enrique de Pru- 
sia, con su comitiva, pasó el dia 
de ayer en el Niágara». 



LA gran república ha conducido al huésped real que recorre 
atónito sus ciudades, hasta la catarata del Niágara, una de las 
maravillas del mundo. 
Allí donde la naturaleza humana se rinde ante la fuerza 
tormentosa de esas aguas, Enrique de Prusia puso atento el 
oido, despierto el corazón y ájil la fantasia. 

— Creo oir — habrá dicho— algo así como preludios de orquesta- 
ción wagneriana. Me parece que del medio de estas aguas que sal- 
tan en un haz jigantesco de chispas y de espuma, brotarán estam- 
pidos de cañón, gritos de batallas, cantos de mujer, estortores de 
agonia y burras de triunfo. 

Y el espíritu de Mac-Kinley, separándose de aquella revuelta 
tempestad de truenos y rujidos, como un jirón de impalpable gasa, 
susurra al oido de Enrique: 

— Príncipe: oye atentamente lo que dice al viajero la catarata del 
Niágara. Este clamor sordo, enorme, de gradaciones terribles y 
jigantescas, discorde a veces, concertado y unísono otras, es el 
poema sinfónico de mi patria. Lo que entre estas aguas que saltan 



Si6 

con ímpetu titánico, llega hasta el oido del caminante, es la epo- 
peya del trabajo, de la civilización y de la victoria. Aquí oyes tú 
el himno triunfal de un gran pueblo. 

Y la sombra, desapareciendo en el aire como si fuera una chispería 
de la misma catarata, fué a confundirse con ese torrente que se 
lanza al abismo durante siglos. 

Y Enrique oyó con el silencio relijioso con que en Bayreuth 
oyen los adoradores de Wagner la cabalgata de las Walkirias. Y 
el Niágara decia asi: 

Recorriendo la tierra americana, he visto sus ciudades, sus fá- 
bricas, sus campos, y he resuelto lanzarme de la altura antes que el 
vértigo me despeñara en el abismo. Han cruzado mis aguas los 
injenieros mas intrépidos, los soldados mas fuertes, las mujeres 
mas hermosas de la tierra. He sentido contar a los millonarios sus 
caudales y después, de sobremesa, me han arrojado a mi cauce mi- 
llares de doi/ars, mientras cantaban alegremente. Sobre mí, que me 
arrastro a flor de tierra, hai otra gran serpiente que vibra en el aire. 
Es el rio de la palabra humana que se aleja cabalgando en alam- 
bres de cobre, con carrera vertijincsa v frenética. Viajero: mira 
donde quieras, y en lugar del viejo bosque de robles y de pinos, 
encontrarás la selva de cañones que alzan sus bocas al cielo y 
arrojan espirales de humo. Mira donde quieras, si vienes de Rusia, 
y verás a todo el mundo libre. Mira donde quieras, si vienes de 
Jermania, y verás que el sable de acero brilla solamente en las ba- 
tallas. Mira donde quieras, si de Inglaterra llegas, y verás que las 
guerras se inician y se acaban de un golpe. 

& f^ 9É 

Y en ese momento, cayendo el sol sobre el torrente de las aguas, 
se formó en la blanca chisperia el arco iris, como si se hubieran 
echado pinceladas de color sobre el mas trasparente cristal de roca. 

Y del fondo de la sinfonía wagneriana pareció salir un coro de 
voces dulcísimas, arjentinas, celestiales, que cantaban a la libertad, 
a la paz y al progreso. 



JP JP 



"íDe mata tu ¡nóiferencia** 






El* párrafo de crónica que anuncia la aparición oe un nuevo 
valse, jeneralniente un valse brillante, tiene la majia de atraer 
sobre cualesquiera otros la mirada de un centenar de chiqui- 
llas filarmónicas, que tanto se ensayan en tocar el piano forte 
como en recorrer por primera vez el teclado del amor. Por 
cierto que los bemoles de estos últimos ejercicios son mucho mas 
difíciles que los de los primeros. 

En un diario de la mañana se da la noticia de la publicación de 
tres composiciones pira piano, del finado compositor nacional don 
Rodolfo Lucero. Suj estivos estos títulos como siempre lo han 
sido los del malogrado Lucero, se llaman las obras inéditas: Los 
ojos de un Arcánjel, Acuérdate de mi y Me mata tu indiferencia. 

La noticia, tardia para que el recuerdo a la memoria de Rodolfo 
Lucero sea una nota de actualidad palpitante, viene, sin embargo, 
en los diarios de hoi. Acuérdate de mi^ dice una de sus composicio- 
nes; y se nos ocurre que, en efecto, en algún pequeño salón de la 
calle Eleuterio Ramírez o de Gálvez adentro, el pequeño salón en 
que los muebles están metidos en fundas blancas y hai sobre el 
piano canastillos con flores de trapo; el salón en que, debajo de 
cada florero, se ha puesto un pañito bordado por las niñas de la 
casa y en medio de la mesa de centro, una mistelera obsequiada por 



5i8 

un pretendiente ya olvidado, durante un noviazgo ya fenecido; se 
nos ocurre, decimos, que allí se ha sentado la muchacha de ojos y 
pelo negros, fijando los ojos en las pajinas recien impresas del 
valse de Lucero, y dejando volar ta fantasía a muchos almibarados 
recuerdos de antaño. 

Y mientras las sencillas melodías de tono quejumbroso, blandas 
y suaves como motas de algodón, verdaderas melopeas cursis que 
parecen hablar de artículos de tocador, y sujteren imajinaciones es- 
polvoreadas con polvos de arroz, van saltando del teclado y ca- 
yendo a la gastada alfombra, donde comienza ya a aparecer la trama 
de cañamazo, la muchacha recuerda el primer valse de Lucero y las 
primeras emociones del baile, cuando en el piano tocaban Por amor 
cantan las aves, y ella jiraba como una ondina en brazos de un Romeo, 
traidor mas tarde, ingrato y fementido. 

Todo esto se recuerda. Y el modesto Lucero, que luchó por la 
vida y consiguió un dia que le llamaran iluslrisimo señor en una nota 
brasilera en que le daban las gracias por una composición de ca- 
rácter diplomático mas que musical, sonriendo mas allá de la 
muerte, se preguntará lleno de dudas: ¿Será esta la inmortalidad? 

Nó, no es la inmortalidad. Pero hai injenios modestos que logran 
dejar con obras de escaso valor artístico, huellas profundas e im- 
borrables. Ni Chopin el clásico, ni Shaminade el esquisito, logra- 
rían hacer comprender en ese salón cito que hemos apuntado mas 
arriba, el mas sencillo de sus admirables compases. Entre tanto, el 
valse de Lucero, con su nombre de cursi intención, con ese tono 
melancólico y acuecado^ con el compás señalado hasta la exajera- 
cion; inspira idílicas sujestiones, hace brillar los ojos con emoción 
sencilla, y convierte en desenfrenado baile la reunión modesta en 
que unas parejas se aman y otras desean amarse. 

¡Lucerol El comprendía perfectamente que, como a Lázaro, le 
tocaba sólo recojer las migajas del banquete musical a que están 
invitados los grandes maestros; él veia lejos de sí, niui lejos, des- 
tellando en el horizonte como una aurora boreal, la luz de la 
armonía y la esplosion del jenio; pero como el loco que quiere alcan- 
zar con sus manos una estrella, pretendía en vano recorrer ese cami- 
no; pero reconocida la impotencia de sus esfuerzos, se contentaba al 
fin con caer de rodillas y rendir culto relijioso a la suprema belleza. 



5^9 

Y el maestro tenia que reconocer que las hojas de sus valses no 
llegarían a posarse sobre el atril de los aristocráticos pianos de 
cola, esas enormes cajas sonoras de tapa levantada, que parecen en 
el rincón de la lujosa sala, una enorme ave herida, que despliega 
una ala negra al viento. En esos pianos tenian sólo entrada res- 
petuosa los grandes concertistas encabezados por Listz, y no los 
modestos soñadores, que pasaban las veladas recorriendo el teclado 
con mano febril, sin conseguir una sola melodía feliz, de esas que 
estallan como un cohete de luz y quedan silbando en el laire, sino 
pobrísimas concepciones de escaso vuelo, prosaicas armonías de 
frialdad imponderable. 

Si una composición musical de los grandes maestros puede com- 
pararse con una ave que vuela, los valses de Lucero no llegan a 
ser otra cosa que volantines chupetes. Pero ¿qué culpa tenia él? 
Cada cual llega donde puede. 

Entre tanto, que ningún osado se atreva a deprimir al finado 
maestro Lucero delante de sus parroquianos de 20 años. Delante 
de ellos se podrá decir que Verdi era un organillero; pero que no 
se diga que Lucero no era uno de los primeros jenios musicales 
del siglo pasado. 

Los valses de Lucero se vendían en Chile y en la costa del Pa- 
cífico, mucho mas que esos simpáticos valses de Ramenti, el com- 
positor arjentino. Naturalmente, aquellos son mui inferiores a 
éstos. En realidad, no admiten comparación. 

La casa editora llamaba muchas veces-a Lucero para demandar 
con ansias su último valse. El maestro lo sacaba de^ bolsillo y lo 
tocaba al piano. 

— Está bien,— le decia un alemán. — Pero deberá usted agregarle 
tres pajinas para poderlo vender a un peso. 

— Muí sencillo: se da vueltas el motivo de abajo para arriba. 

Y lo daba vueltas del revés, como se puede hacer con un cal- 
cetín. 

Los valses de Lucero son una especie de diccionario cursi del 
amor. ¿El joven se ponia desdeñoso con su novia? Se sentaba ésta 
al piano y tocaba Me 7Ío de tus desdenes, ¿Insistía en su frialdad e in- 
diferencia? Le llegaba el tumo al vals: Quiéreme y uo te pesará. Por 
el contrario, ¿se ponia él demasiado fervoroso, mui elocuente, mui 



520 

apasionado? Abría ella en el atríl un valse y le decía: — ^Voi a to- 
carte El corazón ardiendo, 

Hoi dia, muerto Lucero, y prodncida en tomo suyo una simpatía 
deferente, seguirá hablando la carátula de su último valse 

Acuérdate de mi, 

Y nos acordaremos de él, que fué un hombre bueno, modesto, 
luchador abnegado y artista humilde. 





HO mñS TUBERCULOSIS 



EL TRIUnFO DEL PñLQUI 



LA Academia de Medicina, según nuestros telegramas de ayer, 
confirmados por los de la mañana de hoi, ha recibido infor- 
maciones sobre la curación del 84 por ciento de los casos de 
tuberculosis, por medio de la inyección de un líquido estraido 
de ciertas plantas orijinarias de Chile y Colombia. 
¿Qué dicen esos médicos que han salvado los Andes, cruzado el 
Atlántico, recorrido la Hurppa, en busca de un remedio contra la 
tuberculosis, al encontrarse con que la panacea estaba en la casa? 
Cuentan que un dia estuvo un príncipe mui joven, mui hermoso 
y mui rico — como deben ser los príncipes — en una pequeña aldea 
donde habia cinco o seis muchachas sumamente hermosas. El 
príncipe las atendió a todas, las obsequió a todas y al parecer se 
fué de todas enamorado — que es lo que también suele ocurrir con 
los príncipes. Pero, al poco tiempo, se supo que al llegar a su pa- 
lacio, el príncipe habia resuelto casarse con una de las cinco o seis 
muchachas de la aldea. Y aquí fueron las incertidumbres, las es- 
peranzas, las ansiedades, los temores, las consultas largas en el 
espejo, de todas esas candidatos a princesas, porque cada cual se 



creía, al mismo tiempo que las otras, la única preferida del prín* 
cipe. 

Demos una mirada a las yerbas chilenas que esperan su senten- 
cia de fama y renombre universal, y las veremos a todas diciendo 
con suprema esperanza: ¿Seré yo la afortunada? 

Jfaó/a elpalqui: Aquí estoi yo, humilde yerba que crezco a todo 
aire y a todo sol, en el potrero ilimitado. Soi veneno para los ter- 
neros, es verdad, ¿pero ignora alguien en Chile que, golpeándolas 
con mis varillas, caen súbitamente muertas las culebras? Y la tu- 
l>erculosis ¿no han dicho todas las eminencias que es una culebra 
que se arrastra sin sentirse y se enrosca cuando menos se piensa? 
Soi yo; no hai duda. jSoi yo la del premio gordo! Me cultivarán en 
largas melgas abiertas al sol, me guardarán en invernáculos en los 
paises helados, me empaquetarán en fajas de colores, con etiquetas 
vistosas y elegantes. En la cuarta plana del Fígaro apareceré en 
grandes letras: Palqui, Palqui, la célebre herbé du Chili. Lasculcqut 
peut 7>oiis gnérir de la tuberculosis. Se méfier des conirefafons. 

En el AWí' Vork Herald una pajina entera cantará mis virtudes: 
¡Palquif ¡Palgtfi! Tlte great Chillan plant, SoU remedy for ihe tuberculosis. 
Bel vare of imitations. 

Y quedaré en los escaparates de las droguerías dentro de her- 
mosísimos frascos de cristal! 

Habla el culen: ¿Y yo? Me dice el corazón que mis florcitas azules 
son señal de buena suerte. Mis raspaduras han librado a una buena 
parte de la humanidad de los retortijones de estómago. El que se 
ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Me da 
en el corazón que el palqui se va a quedar para matar culebras so- 
lamente. iSi me sacara el premio gordo! Pasarla a ser The cuUn. Le 
culen^ etc., etc. 

Habla el nafre ¿Y todavía no se les ocurre que la elejida soi yo? 
¡Se conoce que no han tenido ustedes fiebres! Denme cuarenta gra- 
dos y junta de médicos, rodeen al enferme de sollozos y suspirosi 
llamen al confesor si es preciso. Y en esta decoración entro yo. . . (No 
me pregunten ustedes cómo entro, porque eso seria revelar secretos 
que, a pesar de ser secretos, los conocen todos ustedes). Entro yo, 
decia, y la fiebre baja. Créanlo, la Academia de Medicina no tardará 
en declararme jerba célebre, yerba académica, y yerba inmortaL 



523 

Habla el holdcr. ¡Cuidado conmigo! Sirvo para el hígado, y si no 
me engaño, los hígados no están mui distantes de los pulmones. 
Yo no ambiciono nada. Levanto mi follaje verdinegro en el faldeo 
de los cerros. Sirvo de paradero a los pájaros, de sombra a los 
arrieros, de orientación a los cateadores de entierros o de minas. 
Pero si viene la inmortalidad, que venga. 

Hablan varias: ¿Seremos nosotras? Nos tratan de maleza, pero las 
yerbateras nos recetan. ¡Cuidado! 

Y así sigue la cosa. Podria de todo ello hacerse -una zarzuela 
nacional que se llamara La Yerbatera, 

Pero, volviendo a nuestro tema, ;qué grata sorpresa la recibida! 

Que alce ahora el gallo la Arjentina, que hagan propaganda en 
contra nuestra el Perú y Bolivia, que se niege Inglaterra a fallar en 
favor nuestro el litijió de límites, y les diremos nosotros con ener- 
jia: «¡No hai palqui, caballeros! A morirse todos de tuberculosis!» 

Pero puede resultar ¡ai de nosotros! que las potencias delicadas 
de pulmones, acuerden conquistarnos por razón de humanidad, 
diciéndonos: «¡o el palqui o la vida!» Nosotros contestaríamos lle- 
nos de arrogante soberbia: «Ni el palqui ni la vida*. Pero con se- 
guridad nos quitarían ambas cosas. 

Al elefante lo dejaron en paz, mientras no se corrió que tenia 
colmillos de marfil. 

¡Alerta con la yerba! 



v^ vff 




El caballero Bartes 

(A una amiga de doce afios) 



ERAN esos tiempos en que había justas y torneos, en que los 
caballeros vestian casco y cora/a, en que las damas escu- 
chaban las trovas cantadas al pié de sus ventanas, y en que 
subian por la noche los trovadores a decir frases de amor, con 
una mano sobre el puño de la espada y la otra rodeando el 
blando talle de la castellana. Eran esos tiempos en que la guerra 
y el amor se disputaban el imperio del mundo, y en que los casos 
graves y difíciles se resolvían por el ministerio de las hadas. 

£1 joven caballero Bartes habia sido trovador. En las noches de 
luna pulsaba el laúd al pie de los castillos, y era fama en toda una 
vasta comarca, que a sus notas habían caído desmayadas de amor 
muchas mujeres hermosas. Las manos del joven caballero Bartes 
eran blanc&s y finas, y tan bien pulsaban las cuerdas del laúd 
arrancándoles notas hasta entonces desconocidas, como acaricia- 
ban cabelleras negras de las morenas castellanas, haciéndolas lan- 
guidecer de dicha. 

Bartes aspiraba a unirse a una princesita de quince años, mui 
rubia, con unos ojos mui verdes, distinta a las ardientes mujeres 
de su país, que habia conocido en unas tierras lejanas. Siete du- 
ques habían solicitado su mano, y la princesita Silma pensaba y 
meditaba plácidamente para resolverse, porque era mui niña muí 
inocente y muí poco aficionada a los guerreros. 



5^ 

Muí a menudo había en el castillo de los padres de Silma, que 
eran hijos de reyes, torneos en que los siete duques lucían la des- 
treza de sus lanzas de plata y la ajilidad de sus caballos, blancos 
como la nieve. 

Pero, en cambio, en las noches de luna, Silma oia al pie de sn 
ventana unas armonías desconocidas, que ni eran voces de ánjdes, 
ni música guerrera, y que le conmovían esa alma y ese cuerpecito 
de virjen, que habian formado quince primaveras seguidas, con la 
esencia de las flores del contomo. 

Un dia Silma separó las ramas verdes de la madreselva, que ya 
entonces servia para encubrir castamente las imprevistas desnu- 
deces de las veladas de amor, y asomó la rubia cabeza. Abajo, 
parado al pié de la tupida enredadera, un trovador moreno y de 
negros ojos pulsaba el laúd y clavaba en su ventana la amorosa 
mirada que jamas habla encontrado en los siete duques de caballos 
blancos. 

¿Me querrá a mi ese hombre? — pensó Silma. Y en su almita de 
quince años, cerrada aun a los misterios del amor, sintió un estre- 
mecimiento. Quisiera irme con él — pensó — a un país en que las mu- 
jeres tengan también los ojos negros y negro el cabello, en que se 
ame mucho a la luz de la luna, en que no se sienta ruido de armas. 

Pero Bartes habla terminado j-a su canción, y se alejó tristemente 
a la luz de la luna hacia el pais en que todos tenían ojos negros, 
en que habia un cielo mui azul, unas montañas verdes y unas mu- 
jeres de mirada ardiente. 

« « « 

En un bosque cerca del castillo del joven caballetu Bartes, en 
que sucedían cosas misteriosas y no oídas, habia una hada joven, 
que aparecía sólo en las noches de luna y que protejia los amores 
contrariados. Ella habló a Bartes de la viíjencita rubia, y sopló en 
el oido de Silma el primer incendio de amor. Y hubo escala de 
cnerdas, y hubo un caballo negro en que escapó Silma al lado de 
Bartes y llegaron ambos al castillo, y ya no pudieron ver a la hada 
joven que aparecía en las noches de luna y protejia los amores 
contrariados. 



527 

Esa noche los siete duques llegaron con muchísima jente armada 
de lanzas, rodearon el castillo de Bartes, que no tenia servidores, y 
tomando a Silma por la cintura, huyeron con ella sin dar oidos a 
su llanto de niña. 

Bartes quedó solo, y resolvió no seguir viviendo, ya que, sin ser- 
vidores, no era posible poner sitio a los siete duques. Y cuando iba a 
Isinzarse desde la torre del castillo hacia el foso mas hondo que lo 
circundaba, una voz de mujer le dijo: 0\r. Trovador. Era el hada del 
bosque. 

«En el bosque en que yo vivo hai antiguos combatientes que 
murieron en una batalla mui lejana. Sobre cada combatiente creció 
después un árbol — créelo, Bartes — y yo tengo facultad para hacer- 
los revivir. Marcha tú sobre los siete duques, sin mirar nunca hacia 
atrás, y de cada árbol del bosque irá saliendo un combatiente ar- 
mado, y cuando salgas del bosque irá tras de ti un ejército mas 
numeroso que el de los siete duques unidos». 

El hada estrechó a Bartes con sus largos y jóvenes brazos, y 
Bartes salió de Castillo, animado por estraña fortaleza. La noche 
estaba serena, plateada, sobre la negra silueta del bosque. Bartes 
sentia sonar sus pasos solitarios sobre el suelo, y dudaba mucho 
de la hada joven, porque, aunque era su amiga, no tenia todavía el 
saber de las hadas viejas. 

Entró al bosque cuando el silencio era intenso, y avanzó con va- 
lor. Un estremecimiento recorrió su cuerpo; otros pasos sonaban 
tras de sí, otros que no eran los suvos y que parecían de un hom- 
bre pesado por las armas. 

Los pasos aumentaban a medida que se internaba en el bosque. 
Ya no era un guerrero, eran cien guerreros que marchaban con el 
sordo rumor de sus zapatos de acero. Bartes no miraba sino hacia 
el frente, y mentía con honda emoción y estraño temor cómo au- 
mentaban los guerreros y cómo el rumor de la marcha parecía ya 
un trueno. 

Había roce de las mallas de cuero con la corteza de los árboles, 
ruido de choques de las lanzas con las corazas, acompasado golpe 
de los pies calzados de acero reluciente. Y el rumor era cada vez 
mas grande, porque los guerreros iban centuplicándose cuanto se 
iba haciendo mas espeso el bosque. 



5»» 

A lo Igos se dibujó la silueta del castillo de los siete duques, y 
un agudo sonido del cuerno de cobre de la atalaya armada en la 
mas alta torre, rompió los aires y fué saltando en ecos cortados y 
deshechos, hasta ya no sentirse 

Al sonido de ese cuerno de alarma respondieron los guerreros 
que seguían a Bartes con un clamoreo de otros tiempos mui anti- 
guos, que ya no se usaba entonces, ni habrían podido darlo las 
gargantas humanas. 

El combate comenzó cuerpo a cuerpo, porque los siete duques 
salieron fuera de los muros, y los guerreros de Bartes, vestidos de 
estraña manera, los decapitaron al cabo de una hora de reñida pe- 
lea, y dejaron millaies de cabezas tapando los fosos del castillo. 

Silma cayó desmayada en brazos del joven caballero Balites, que 
se volvió al castillo, sin mirar hacia atrás. 

Al entrar al bosque, los pasos fueron disminuyendo gradual- 
mente. Ya no eran miles sino cientos, ya no eran cientos sino uno, 
ya no eran sino los pasos de Bartes, que llevaba sobre sus hombros 
la liviana carga de la pálida y desmayada virjencita. 

A la puerta del castillo estaba la joven hada con los ojos lloro- 
sos, sentada en la escalinata de piedra. 

«Convídame en pago — !e dijo a Bartes — a presenciar muda este 
festin de amor. Yo no tuve hada que me uniera al hombre amado. 
Hoi, inconsútil ya, me contento con ver cómo se aman los que yo 
uno a la luz de la luna. 

Y es fama que al día siguiente se encontró al pie de cada árbol 
del bosque una mancha de sangre. 



\lé \íá\lá 



Lñ RIQUEZñ DEL COBRE 



(FANTASÍA HINEKA) 



Se nota mucha activi- 
dad en el mercado del co- 
bre... 

El cobre disponible se 
vende a xio^ libras ester* 
linas... 

ESTAS palabra.s del cable, que dicen muí poco para el que va le- 
yendo distraídamente las noticias de Europa, cantan al oido 
del minero como las sirenas de los viejos cuentos al oido de^ 
navegante. 
¿Qué cantan? El eterno himno de los sueños y de las es- 
peranzas, en medio de la luminosa aureola de la riqueza que se le- 
vanta a lo lejos como un sol naciente. 

* T * 

El minero va a caballo internándose por el cajón de cordillera, y 
bordea lentamente la cuesta al pie de la cual ruje el rio, arrastrando 
inmensas piedras que simulan un lejano cañoneo. El mmero va 



S30 

pensativo, con la cabeza caída sobre el pecho, repitiéndose esa do- 
cuente cifra, ;ciento diez libras! y figurándose con desesperación la 
lentitud con que los apires sacan sobre los hombros el metal, y la 
desalentadora pereza con que las muías lo conducen hasta d fe- 
rrocarril. 

La cabeza se puebla de proyectos, que luego la realidad ahuyenta 
como una bandada de golondrinas posada sobre el hilo dd tde- 
grafo. ¡Cómo hacer! De pronto le parece que alguien ha repetido a 
su lado la interrogación: ;Cómo hacer? Es el murmullo del río 
que le habla: 

— ¿Sientes mi fuerza? ¿Aprecias la velocidad con que avanzan 
mis aguas? ¿Sabes calcular? ¿Ignoras que un solo litro cayendo 
desde mil metros de altura desarrolla un caballo de fuerza? ¿Sabes 
cuántos millones de litros van pasando en este instante a tu\dsta? 
¿Oyes esa campana que suena a lo lejos, como un colosal gongo 
golpeado por un martinete jigante, 3' que te pide cobre, cobre, co- 
bre? Encajóname, lánzame desde la altura, deja caer la cascada im- 
ponente sobre la turbina silenciosa, y yo fundiré tus piedras y de- 
jaré en la orilla del mar el chorro de cobre que la cordillera ha 
cristalizado en sus entrañas. 

Y las aguas pasaron con su estruendo, y al chocar entre las ro- 
cas de la orilla, saltaba la espuma y heríala el sol! 

•fr 4 4 

El minero llegó al pié del cerro y comenzó la ascención. Sus 
ojos ávidos miraban la faja oscura que cntzaba la montaña en mi- 
llares de metros. Esa faja era el cobre, el cobre solicitado con ansia 
por todos lf)s mercados, el cobre de que va hablando el ño en sü 
nimor incesante. 

La faja sube y sube, asomando sobre el suelo sus crestones du- 
ros y negruzcos, en los cuales brilla de cuando en cuando una 
manchita morada con reflejos de zafiros y de oro. Se hunde des- 
I)ues con el cerro mismo, aparece turjente con sus macizos, o desa- 
]>arece en la quebrada honda e impenetrable, para asomar mas lejos, 
CMi la cumbre de otros, hasta perderse de vista, incansable en su 
(ostentación de riqueza. 



531 

Al caer el dia, el minero llega a la cancha, una mezquina esten- 
sion plana formada a barretazos en la roca dura y suspendida como 
un nido de águila sobre el espacio. Siente a lo lejos retumbar en 
la quebrada el estampido de los últimos tiros dados en el fondo 
del socavón, y rendido por la jomada, se desmonta en silencio y se 
recuesta entre los sacos cargados de metal. 

Hs un sueño largo^ interminable, poblado de figuras que danzan 
sobre la cancha y se despeñan al abismo. 

El río ha hablado la verdad. Las aguas han sido ya encajonadas, 
y se despeñan desde enorme distancia, formándose un" arco-iris 
en la chisperia de espuma que se levanta. Una inmensa turbina 
jira en el silencio solemne de esa tarde, y los hilos de cobre van en 
todas direcciones llevando la luz, el calor y la fuerza. Otro cable, 
pero este es de acero retorcido, baja desde la cima del cerro; y pasan 
sobre él, silbando como balas, los carros cargados de metal. Hai 
un silencio enorme en todo esto. Ni un hombre cruza, ni una voz 
humana se siente. £s el agua que se ha convertido en todo, en 
vida, en sangre, en cerebro, en voluntad, en fuerza. 

V V 9 

El minero ha despertado. La tarde se oscurece. La realidad se 
presenta de un golpe. Los apires aparecen negros, sudorosos, can- 
sados, en la boca de la mina, y silban, silban como, siempre para 
aliviar los pulmones que parecen estallar. 

El último tiro no da buenas esperanzas. ¡Es la eterna batallal 
Son las muías, son los arrieros, son los fundidores los que se en- 
riquecen. 

El cobre está ano libras; pero el minero seguirá recostándose 
cada noche sobre esos sacos, y el rio seguirá cantando su eterno 
poema de la fuerza. 



<r>5 




-^^ 








La Feria Popular 



/\ uÉ pintoresco campamento el del Parque Cousiño! ho que 
^ I I la vista alcanza a abarcar es una pequeñísima parte de ese 
III infierno humano que bulle como un enjambre bajo los ár- 
I \mW boles y se ajita como un reguero de pólvora encendido. 
I ^ Si el curioso se detiene un solo instante en el medio 4e 
la ancha avenida que rodea la elipse, verá pasar en un solo grupo» 
formando una sola compacta corriente, coches, carretones, golon- 
drinas, jente de a caballo, htiasos, militares, hombres de a pié, mu- 
jeres con elegantes y chillones trajes de percal. Todos van tan jun- 
tos, que parece pueden quedar envueltos de un momento a otro en 
las ruedas y las patas de los caballos; pero es esa una madeja que, 
perpetuamente enredada, se va desenredando sin cesar. 

AHÍ están las fondas, formando una improvisada población, tra- 
zada por el capricho y edificada por la. alegría. Allí está esa insa- 
ciable boca, que se traga una ciudad entera y todavía espera pa- 
rroquianos. 

El campamento no ha acabado todavía de instalarse. Entre las 
velas blancas de las carpas, circulan aun esos arquitectos que, con 
una pieza de tocuyo, edifican en cinco minutos La antigua gloria de 
Balmaceda, dando los últimos toques a su obra. 

Desde allí se ve la elipse levantando al cielo, azul y sereno, una 



534 

enorme columna de polvo dorado, mientras que cada vez que una 
racha de viento sopla con fuerza, se logran divisar los puntitos ro- 
jos, amarillos y azules de la tropa. 

La alegria mas franca y espontánea es el carácter de esta feria 
tradicional, que amanece como por encanto el diezinueve, lo mismo 
que si hubiera nacido sobre la alfombra de césped verde, regada 
con el relente de las noches anteriores. 

Allí pasa en gordo y cuidado caballo tordillo o alazán, el huaso 
de las inmediaciones de Santiago, con arreos nuevos y lujosas es- 
puelas de plata. Allí pasa la gran carretela equipada por alemanes, 
que lanzan al aire las mas sonoras carcajadas de su repertorio, y arro- 
jan a los transeúntes serpentinas de papel, que van a enredarse en el 
pelo enmarañado de las cantoras, o en los gallardetes de las fura 
buríos tradicionales. Pasan los breaks llenos de muchachas alegres 
que han comprado en la puerta un canasto de naranjas durísimas, 
y van disparándolas en la travesia y levantando protestas de unos 
y menos cultas respuestas de otros. Allí pasan las niñas que van 
montadas en ancas, v asidas, mitad por cariño y mitad por seguri- 
dad personal, a la cintura de los jinetes. Y allí van, en fin, los que 
ya han probado demasiadas veces el ponche, y se sienten co\\ 
vahídos. . . 

Aquc4 desfile no cesa, va errante en busca de su centro. De re- 
pente se desbanda, y de repente vuelve a recibir refuerzos. Es una 
cintura animada que rodea el Parque, un verdadero hormiguero 
que .se alarga hasta la lejana guarida. 

CUECA CON TAMBOREO V HUIFA 

Lo que se desarrolla ante la vista atónita y mareada, es un ver- 
dadero kaleidoscopio, en que cada dos pasos hai cuadro nuevo, co- 
lores nuevos y figuras nuevas. 

Allí están las tradicionales fondas: la de la Sucesión de T. Campos, 
la de la Gloria de Balmaceda, la de La znuda RojaSy la del A/>earse, »j- 
üas, que aquí hai ponche! la inolvidable y tantas veces descrita de 
cueca con tamboreo y hitifa y, finalmente, una pintoresca y pequeña 
fonda con el sujestivo título de Cantina del Ci)ngreso, 

Muchas de estas fondas están perfectamente alfombradas, tienen 
grandes espejos en el interior, piano forte, sofaes, mesas y sillas. 



^ 



535 

Naturalmente, se levanta en lugar principal la elegante arpa que 
mas tarde sonará incesantemente, dando el diapasón altísimo de la 
embriaguez lírica. 

[Calumnia! La cueca no ha muerto; aun no ha nacido el sepul- 
turero que la eche encima la última palada de tierra. Y a la cueca 
no se la puede enterrar viva. . . ¡Se mueve tanto! 

Que está decaída, que desfallece como una flor arrancada de la 
mata, que ya no es la hija de Andalucía y Arabia, que ya no des- 
tella chispas si no la ilumina la llama azul de alcohol; eso es ver- 
dad, tristemente, aunque haya falsos voceros que lo nieguen! 

La hemos buscado, la hemos perseguido, tras de los árboles de 
los bulliciosos bosques laterales del Parque. 

La vimos muchas veces, desgreñada, sucia, mal vestida, beoda, 
arrastrando por el suelo la serpiente dorada de sus gracias, la ten- 
tadora culebra de sus encantos femeninos, el inimitable y alegre 
laberinto de sus vueltas. ¡No era ella! 

Pero en cambio la encontramos de repente, a la vuelta de una 
avenida. Nuestro coche se detuvo. El público paró también, y se 
hizo en torno el silencio de la ansiedad. Había allí algo que im- 
ponía y admiraba: se bailaba la cueca clásica^ el jenuino baile que 
queda sólo bajo las ramadas de la trilla, y allá al remate délas lar- 
gas y sombrías alamedas de Colchagua y Curicó. 

Era difícil verlo todo y observarlo todo, porque la jen te se arre- 
molinaba furiosamente, abriéndose paso a fuerza de codos. 

Ella era jentil, esbelta, pálida, con ojos negros; él no tenia ga- 
llardía ninguna; pero sí, una ajilidad estraordinaria. La muchacha 
llevaba un vestido negro, con un gran ramo de flores en el pecho 
y una cinta celeste sobre el pelo negrísimo, acomodado en ondas 
y con cíen peinetas sobre la cabeza. Apenas se movía, mientras que 
su compañero la enredaba con cien mil jiros y vueltas. Sus movi- 
mientos eran airosos y elegantes, pero sobrios: la cabeza, las cade- 
ras, las rodillas y los píes, marcaban el compás con suavísima in- 
clinación. Se veía pasar la graciosa curva del baile al través del 
seno alzado por la respiración y el cansancio, y bajar por sobre la 
líne^ de las caderas, para llegar hasta los pies. Era una real baila- 
dora. En cambio, él, bullicioso, procaz, saltimbanqui, la rodeaba, la 
envolvía, arrastraba los pies, tocaba con las rodillas el suelo, abría 

18 



53^ 

los brazos, se alejaba y volvía a acercarse, incansable, a esa figura 
romántica, injerta en una muchacha morena y fuerte, 

Et ALCOHÓI, ES VENENO 

Pero la gran nota, la pintoresca nota de la feria del diecinueve 
era la fonda de la liga anti-alcohólica. 

En medio de un infierno de cuecas, donde corria el ponche y 
sobresalían ruidosos los huifas^ habíase alzado la cátedra anti-al- 
cohólica. 

Una gran fonda de tela blanca, espaciosa, cómoda, elegante, de- 
jaba humildes y avergonzadas a todas las carpas vecinas, donde se 
rendia piadoso homenaje a Baco. El alcohol es veneno^ decia un gran 
rótulo de la fachada, y en seguida: Te\ café, chocolate, horchatas, li- 
jnonadas, . . y agua cristalina. 

La sobria voz del anti-alcoholismo se perdia entre el clamoreo 
alcohólico de los alrededores. 

No era predicar en desierto^ sino* en poblado; pero eu un po- 
blado sordo. 

AHÍ estaba la blanca carpa de la sobriedad, en medio del cam- 
pamento del desborde, como se alza en Santiago el Consejo de Hi- 
jiene en medio de la capital del desaseo. 

Kn esos momentos, una comisión de curiosos se acercó al re- 
jen te de la fonda anti-alcohólica, para solicitar permiso para armar 
una gran cueca en la carpa blanca, llevando, naturalmente, él pon- 
che para los aros. 

El empleado rujió de indignación, y dio como única y lacónica 
respuesta el lema del establecimiento: ¡El alcohol es veneno! 

Uno de la comisión se rascó la cabeza, a ver si salia una resolu- 
ción de su caletre, y dijo con aire de triunfo: 

— ¡Pero, señor! si este ponche lo hacemos con chacolí! 

Pero la cátedra anti-alcohólica, sitiada tan rudamente, salió ilesa, 
sin dejar siquiera, como José, en manos de Putifar un pedazo de su 
albísima vestidura. 

Un roto, que se paraba con las manos en los bolsillos, frente a 
la fonda, balanceándose algo, decia con voz vinosa: 

— Será veneno.. . . ¡pero no se conoce! 



537 

Otro, que quería sacar de tino a los empleados, entró seriamente 
a preguntar ai también era veneno la huifa, 

I«A CX)SA ARDK 

Son las seis de la tarde» y el dia va declinando. £1 largo cre- 
púsculo de primavera tiñe el occidente cofl arreboles amarillos, 
verdes y rojos. Sopla una brisa fresca, helada casi,^ y el regreso de 
muchos comienza. 

Pero ese es el momento en que la fiesta arde. Las fondas ilumi- 
nadas, surjen en todos lados como jigantescos faroles chinescos; la 
cueca es un infierno; los huifas se alzan en enorme clamoreo. 

Se sienten carreras de caballos, carretelas en que van tocando 
acordeones, coches en que la voz de una soprano popular canta a 
grito herido: tira, tiía^ carretero!.... 

Allí queda resonando esa enorme feria en que veinte mil perso- 
nas se divierten. 

Y sobre el clamor de la cueca, las voces alcohólicas y los gritos, 
se alza serena, blanca, impertérrita la fonda de la Liga: 

El alcohol es veneno. — Té^ cafe, chocolate, cocoa, Icche^ as^ua! 



M M 



HOCHE mñLñ 



HAi el curioso capricho del que se encuentra mezclado en una 
corriente humana, de pensar y filosofar sobre los pocos o los 
muchos que no siguen esa corriente. Cuando vamos en un 
cortejo fúnebre y sentimos vivamente la ausencia de un ser 
querido, pensamos y seguimos con la vista a los que indi- 
ferentes desfilan riendo por las calles, o a los que, despreocupados, 
no conceden ni una mirada de curiosidad al féretro. 

En la noche de Pascua, cuando la Alameda parecia un reguero 
de pólvora encendida, y rodaba la regocijada muchedumbre levan- 
tando a la luz de los farolillos y luces una ondulante nube de pol- 
villo dorado, pensamos repentinamente en los que a esas mismas 
horas, cerrados los oídos al bullicio humano, y llenos los ojos de 
lágrimas, llaman a esa misma noche, noche mala. 

Las largas hileras de farolillos chinescos, tan viejos ya y, sin 
embargo, tan nuevos siempre, se enlazaban entre las ramas de los 
árboles y se columpiaban con el viento de un lado a otro. Al volver 
de cada una de estas danzas aéreas, se apagaba dentro del plegado 
papel alguna luz, e iban quedando las hileras, saltadas, entre faro- 
les encendidos y cascos de papel oscuro y medio quemados. Cada 
uno de esos farolillos apagados de repente, en medio de la algazara 
de las ventas, ¿no corresponderia a la almita de un niño, escapada 



540 

en medio de las angustias de una madre, allá, en una silenciosa 
casita de los arrabales? ¿Llegaba hasta allí, impía y burlesca, la 
espontánea y honrada alegría de acá? 

Nos fué mui fácil, al leer ayer los diarios de la mañana y ver, 
como siempre, la ya aterradora frase j' t^etnte niñítos menores de un año, 
reconstituir mas de una de esas dolorosas escenas, aisladas en 
medio de una ciudad desbordante de fiesta. 

La pieza está a media luz. La cuna, en un rincón, permite ver al 
través de la suave penumbra, un niñito tendido de espaldas que 
deja escapar, al través de la boquita entreabierta, y con la regula- 
ridad de un péndulo, ronquidos tenues, mitad lamentos, mitad es- 
tertores de agonia. Al lado está la madre, con la cabeza apoyada 
sobre el borde de la cuna, sintiendo cada uno de esos jemidos, como 
si una fatiga de muerte la asediara. 

Por afuera, al pie de la ventana, pasa un mundo déjente Quien 
se ríe a gritos, quien tararea un aire alegre que otros cercan con 
una carcajada ruidosa, quien da vueltas en la mano un cencerro 
comprado en un bazar, quien grita al través de la ventana que tan- 
tos dolores encierra: esta noche es Noche Buena, 

Si, Noche Buenal—dirá sollozando la infeliz — noche amarga, 
noche de espinas! y seguirá contando esos quejidos que van apa- 
gándose, muriéndose, como si algo se interpusiera entre esa cuna y 
sus oidos anhelantes. 

De repente, la ciudad parece reconcentrar todas sus fuerzas; los 
claveles lanzan mas perfume; suenan mas fuerte los acordeones; 
se eleva el diapasón de las risas, y un repique jeneral estalla como 
una esplosion de notas alegres y vivaces, desde lo alto de las to- 
rres: ¡es la misa del gallo! Y mientras la muchedumbre que pasa 
por las calles prorrumpe en una sola alegre frase: ha nacido Jesús, 
una puerta se abre con horrible violencia y una mujer, desgreñada 
y llorosa, les increpa con una sola desesperada protesta: se me ha 
muerto el niño! 

Pero nadie puede oir ese grito de angustia en medio de tanta 
algazara, y la infeliz volverá al nido caliente y solitario a arrodi- 
llarse ante el niño Dios que ha nacido y que se sonrie dentro de un 
fanal antiguo, bajo el cual ha presidido muchas Pascuas alegres. 

En el suelo está el polichinela de raso lacre, con cascabeles en 



54» 

las manos, que había pedido el eníennito en sus fiebres de mori- 
bundo, y que solamente soltó de su pecho en el último momento. 

Nunca olvidaremos que una noche, al volver de la Alameda rui- 
dosamente con un grupo de muchachos festivos, haciendo talvez 
mas alboroto que lo necesario, salió a una ventana un viejito de 
pelo blanco, y poniendo el dedo sobre sus labios, nos dijo con voz 
queda: 

— Chistl El niño acaba de dormirse!... 

Hra talvez un abuelito que oficiosamente guardaba el sueño de 
su nieto enfermo, proponiéndose acallar con un dedo sobre los la- 
bios toda la algazara callejera de Pascua. 

Veinte niñiios menores de un año se han escapado en la Noche 
Buena, haciendo la Noche Mala de otras tantas angustiadas mu- 
jeres. Muchos han recordado las alegrías y los goces de Noche 
Buena; hemos querido nosotros pensar un instante en las tristezas 
y angustias de Noche Mala, (i) 



(i) En la mañana en que apareció este xnsig^ifica!nte artículo, muí tem- 
prano, llegó a la imprenta una carta nerviosamente escrita con letra de 
mujer, que decía: «Señon Acabo de leer su artículo. Soi una de las madres 
que llamarán para siempre noche mala la que acaba de pasar. Gracias! » 







La Batalla del día 

EL ülDERO COnTRñ Lñ DOBLEZñ 

A Salvador Nicosia (i) 



«Florencia 19. — El mi- 
llonario americano Mr. 
Pierpont Morgan, compró 
ayer una valiosa colec- 
ción de mármoles y bron- 
ces, en la suma de un mi- 
llón deliras. 

Esta colección pertene- 
cía a la familia Strozzi». 
(Cablegrama). 




iSTA colección pertenecía a la familia Strozzi" — dice el ca- 
ble — refiriéndose a esta transacción en apariencia vulgar. 
Morgan tiene doUars, los Strozzi tienen mármoles y 
bronces viejos, ¿qué cosa mas natural que aquél compre 
y éstos vendan? 
Pero es necesario que se sepa — supliendo esta cruel y prosaica 
información del telégrafo, que no se admira de nada, porque cada 
palabra de admiración le cuesta muchos pesos — qué significa lo 
que ha comprado Morgan, y quién es esa familia burguesa que 



(1) Que lo tradujo para Vitalia de Valparaíso. 



544 

cambia mármoles viejos, y bronces gloriosos por los dollars gana- 
dos en la industria de los cerdos, del petróleo y de la banca. 

•f 4> 4* 

La silenciosa batalla se ha librado en Florencia, en el Palacio 
Strozzi, edificado en 1489 sobre la via Tomabuoni, y que es el iiins 
hermoso tipo de los palacios florentinos que han desafiado los si- 
glos, las batallas y los incendios. 

Terminadas las transacciones en el claustro sombrío del palacio, 
donde aun pueden evocarse los gritos de maldición contra los 
Médicis, implacables enemigos de los Strozzi, el millonario ame- 
ricano ha debido sentar su planta atrevida, como antes la sentara 
gloriosamente Bonaparte, después de la jomada de Marengo. 

Al caer la tarde, las sombras se han estendido sobre la ciudad, 
penetrando en jirones al Palacio Strozzi por sus hermosas venta- 
nas divididas por columnas, que los arquitectos medioevales de 
Florencia abrían en las fachadas, con la misma inspiración con que 
el Dante escríbia uno de sus cantos inmortales. 

Morgan ha recorrido el gran vestíbulo donde antes se ostenta- 
ban las vírjenes de Baticcelli, de Felippo Lippi, de Rafael Sanzio 
y de Andrea del Sarto, y que otro millonario, llegado antes que él, 
habia arrancado con profana audacia y pagado en mezquinas mo- 
nedas. Ha entrado a las salas oscuras artesonadas al través del 
tiempo por los obreros mas sabios de la tierra; ha tocado los mu- 
ros donde, cansados de la guerra y de la traición, reposaban sus 
fatigas los Strozzi de los siglos pasados, se ha detenido en silencio 
ante el sarcófago de mármol donde duermen 

. . . Ces vieux chátelains de pierre 
aux yeux clos, 
dont les corps sur les mausolées, 
inmobiles et tout vétus, 
loin de leurs ames envolées 
se sont tus... 

y ha sorprendido todavía, al través de cada bronce, de cada arma, 
de cada reja, y hasta en el ruido de los cipreses del estrecho jardir. 



54$ 

un eco del odio y de la injuria contra los Médids, que tantas veces 
ajitaron sus espíritus llevando el incendio a sus palacios y la con- 
ñscacion a sus estatuas, cuadros y riquezas. 

Morgan ha recorrido insolentemente todos los viejos claustros 
donde la noche se aposenta sin ser turbada; pero no ha entendido 
la poesia de esas arcadas, al través de las cuales enviaron sus sol- 
dados los primeros guerreros Strozzi, ordenaron sus barcos los 
Strozzi comerciantes y banqueros, y suspiraron de amor las bellí- 
simas mujeres, una de las cuales, Luisa, inspiró la novela de Rosini, 
y otra, Laurencia, se cubrió bajo el velo de relijiosa en el monas- 
terio de San Nicolás del Prato. 

Tampoco Morgan ha entendido la poesia de esa antigua familia 
que alimentó guerras seculares y tuvo en su seno, capitanes, co- 
merciantes, eruditos, poetas, cardenales, navegantes y filósofos. 
Como tampoco ha entendido allí, al arrancar esos mármoles y bron- 
ces, el acento irónico y profundo de Nicolás Macchiavelo, el diplo- 
mático de la gran República florentina, en la época en que los 
Strozzi comenzaban a echar las primeras piedras de su vieja di- 
nastía, y los primeros encuentros de muerte con la no menos vieja 
dinastía de sus enemigos. 

4. i. 4. 

Al entrar el millonario americano a la gran galería en que aun 
cuelgan, patinados por los años, los retratos de la gloriosa jenera- 
cion que acumuló tantas riquezas, ha sentido miedo. Algo ha ha- 
blado por primera vez a su alma helada, algo ha vibrado en su 
cerebro, que sólo los números conmueven, algo ha hecho estreme- 
cer sus fibras, nunca heridas. 

Una visión del pasado lo ha sorprendido, como se sorprende al 
ladrón que empuja una puerta con jesto medroso, y se detiene a 
escuchar. 

De los cuadros se han desprendido, pálidas y desvanecidas, pero 
vivientes, las figuras de los grandes señores. Primero aparece el 
mas viejo, el primer Strozzi que conoce la historia. Pallas, el di- 
plomático florentino. 

— ¿Quién eres tú que llegas a llevarte la herencia de la familia 
trasmitida de padre a hijo durante seis siglos? Si quieres conocer 



546 

quiénes somos, anda oyendo lo que cada una de estas figuras te 
cuente. Después nos dirás quién eres tú. Yo gané riquezas com- 
batiendo por mi fe y mis principios. Batallé de dia, y estudié en 
las noches. Entregué al mundo los manuscritos de las obras de 
Plutarco, de Platón y de Aristóteles, que nadie habría conocido sin 
mí. Gané victorias para Florencia en el Congreso de Ferrara, dirijf 
su Universidad y fui el primero que luchó contra Cosme de 
Médicis. 

Y mientras la estraña imajen se alejaba, una nueva pasó al lado 
suyo. Llevaba, como el Dante, una corona en tomo de su cabeza de 
pensador. 

— Soi Tito Vespasiano Strozzi, dijo. Fui poeta y soldado. Canté 
al amor, á la gloria, a Florencia y a sus batallas. Sumé riquezas a 
las riquezas de mi antepasados, y agregué a su biblioteca secular 
los versos latinos y griegos que las guerras me dejaron hacer. 

Y otro le seguia, también mostrando una diadema. Era Hércules 
Strozzi, poeta, a quien asesinaron su mujer y Alfonso d'Este. Pasó 
en silencio, llevando un jesto de desprecio en los labios. Pero en 
seguida se acercaba otro: 

— Soi Philipo Strozzi, que construyó el palacio que hoi saqueas. 
Fui el primero de mi familia que ganó dinero fuera de la guerra. 
Los Médicis, ladrones, incendiarios y ambiciosos, confiscaron 
nuestra fortuna, la mas grande de la tierra. Yo la rehice. Para 
demostrar que ella no podía pasar con los siglos, vinieron a mi 
llamado los artistas del Renacimiento y edificaron esta mansión. 

Pasó también Juan Bautista, que después de combatir largos 
años a la familia odiada, se casó con Clarisa, hija de su enemigo 
lejendario, y acompañó hasta la Corte de Francia a Catalina de 
Médicis. Luchó contra los Papas y estuvo al lado de ellos. Com- 
batió al gonfaloniero Soderini, y murió de cansancio. También 
cruzó en silencio. 

Y pasó Pedro, el mariscal de Francia, que murió en Thionville 
bajo la bala de un mosquetero; y el almirante León, al servicio de 
Francia también, que murió en el sitio de Scarlino; y otro Felipe' 
que combatió asimismo por la nación aliada; y Laurencio, el car* 
denal de perfil a lo Savonarola, muerto en Aviñon; y Ciriaco, el 
erudito; y otro Juan Bautista, literato; y otro Pedro, sabio y espío- 



547 

rador; y finalmente, Bernardo, el capncbino de largas barbas enca- 
llecidas; todos fieros y atrevidos, todos indomables, todos artistas, 
todos alimentando el eterno y sangriento odio contra los Médicis. 

Y cerrando este inmenso desfile, pasaron todavía otros poetas y 
dos mujeres: una que compuso inspiradas cantatas y dúos llenos 
de amor, y otra, compañera de la Beatriz del Dante, Laurencia, 
envuelta en su velo de relijiosa y cantando místicos himnos en 
medio de la desolación y de la guerra. 

La procesión de fantasmas se alejó, se alejó, mientras el primer 
rayo del alba cruzó al través de las viejas vidrieras. . . 

•p f|* ^ 

• 

El millonario se restregó los ojos, como después de una pesa- 
dilla eterna. Miró en tomo suyo, recordó las enormes chimeneas 
humeantes de su tierra, sobre las cuales se hablan alzado su fortuna 
y su vanidad; y al verse tan pequeño, tan improvisado, tan men- 
digo, inclinó la cabeza, y salió tropezando como un ebrio. 

Pero en ese momento llegaban a la puerta del palacio los carros 
que iban a llevar su botin, y al mirar mármoles y bronces oxidados 
y amarillos, pensó que habia hecho un gran negocio al comprar 
tanta gloria por tan poco dinero. 



ww w 



El guarda Faro 



(I) 



LAS aguas profundas, corren tranquilas — dice un viejo proverbio 
francés. Siempre hemos recordado esas superficies de los la- 
gos, serenas y azuladas, que esconden bajo misteriosa inmo- 
vilidad el abismo insondable de su hondura, al escuchar al 
viejo maestro que hoi se ha separado de improviso de los que 
hacen la jomada de la vida. 

Desde la peída austera, de paredes blancas, donde el viejo misal 
estaba siempre abierto sobre el atril, este anciano apacible parecía 
llenar las funciones solitarias y, sin embargo, intensas, del guarda 
de un faro. En medio del silencio del claustro, el pensador estu- 
diaba las verdades profundas e inmutables, mientras sobre su ca- 
beza se proyectaba hacia el camino el fanal de luz, guia cierto de 
muchos hombres. 

Nunca el dia de un obrero de la verdad ha sido mas noblemente 
¿cupado por el pensamiento y por el espíritu. La mañana estaba 
ílestinada a la plegaría: una plegaria corta e intensa: no esa larga y 
bulliciosa oración de los que tienen miedo de no ser oidos, y que, 
como el rezagado que cruza ya de noche el bosque desierto, cantan 
en voz alta para disipar su propio temor. 



(i) Con motivo de la muerte del relijioso jesuíta y maestro de filosofía, 
Francisco de P. Ginebra, 



5 so 

Al comenzar la tarde la biblioteca lo atraía a su retiro preñado de 
p romesas y visiones de claridad. Hasta que cegaron sus ojos can- 
sados, hojeó toda la obra filosófica del mundo, y aprendió en ella 
el concepto de la vida y de la muerte. 

Andando el dia, iba a la cátedra a enseñar. Muchas jeneraciones 
lo han oido, invariable en su ciencia, invariable en sus métodos, 
invariable en su visión de las cosas. 

Al caer la tarde, volvía a la lectura recorriendo los largos y de- 
siertos corredores del convento, donde los otros servidores de la 
orden bajaban respetuosamente la voz para no perturbar la intensa 
atención de sus facultades. 

En la noche oía a los que venían desde afuera, desde el mundo, 
a someter a su conciencia no turbada jamas, los problemas de con- 
ciencias siempre turbadas. 

Y esta era su misión, la misión de los antiguos ermitaños, que 
iban al desierto a vivir a solas con sus pensamientos, y cada ma- 
ñana encontraban, al salir de sus grutas, los peregrinos de la vida 
que acudían a buscar el consuelo de la verdad. 

* * é 

Dentro de la reclusión de un claustro hai muchos grados de sa- 
crificio que apenas perciben los profanos. Es un calmante de las 
austeridades del convento la predicación a los fíeles, el majisterio 
de la escuela, la dirección de las almas. Mitiga el sacrificio de la 
renuncia del mundo, ver a ese mismo mundo doblegado, como las 
espigas bajo ti viento, al rayo de la elocuencia relijiosa o al golpe 
del silojismo inespugnab^e. 

A todo eso fué renunciando el relijíoso jesuíta, en una sublime 
labor de desnudar su espíritu del vaso material que lo envolvía. 

Sus alocuciones fueron crudas y sintéticas, sin una frase, sin una 
iniajen, sin una chispa. Abandonó la cátedra del colejio. Dejó un 
dia la dirección de la academia filosófica. Fué solamente a los con- 
ventos a guiar a otros monjes y a encender en ellos el santo espí- 
ritu del sacrificio. 

liemos visto llegar hasta algunos claustros la púrpura del epí- 
cospado, en medio de lisonja universal. Jamas la celda de un je- 
suíta se ha abierto para esas insignias de los príncipes de la Iglesia 



551 

Y el sacerdote Francisco de Paula Ginebra representó lo que las 
raices ocultas, en el bosque que estalla en vigoroso follaje a la luz 
del sol. 

▼ T T 

Nadie, ni materialmente, ni con la iniajinacion, ha dejado caer 

flores sobre el féretro cíe este filósofo ermitaño. Nunca lo rodearon 

a él en la vida; y jamas tocaron su frente fatigada, ni las hojas -de 

laurel de la popularidad, ni los pétalos de rosa del amor, ni siquiera 

la calma embalsamada del árbol a cu va sombra se encuentra el 

descanso. 

Era como esas rocas eternamente rodeadas del mar, pero que 

parecen sordas a su eterno combate. 

Sobre la tumba del venerable maestro, y entre las algas que el 
océano de la vida dejó en esa abrupta e inamovible roca de su cri- 
terio, se podrían poner como símbolo las alas con que se remontó 
a la verdad, el ancla con que ayudó a los náufragos y las espinas 
que guardó para sí en la jornada. 



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Uióa óe Campaña 



SimULñCRO DE COmBñTE 



UNA tarde, cerca ya de la hora de salir francos, los aspirantes se 
agrupaban ansiosos al rededor de una pizarra negra, que es- 
taba siempre apoyada en la muralla al lado de la puerta del 
teniente. La pizarra estaba allí de ordinario, muda, sin decir 
nada con su tablero vírjen de toda raya de tiza; pero es claro 
que ese día estaba escrita, y escrita con algo mui importante desde 
que los aspirantes leían y releían y se perdían en mil conjeturas- 
He aquí lo que resaltaba con las chillonas rayas de tiza blanca so- 
bre el negro profundo del tablero: 

«De orden superior, la cuarta de aspirantes del. .. debe hallarse 
« prevenida para cualquier evento. — El f efe del destacamentos , 

— ¡Evento! ¡destacamento! — dice uno aficionado a los consonan- 
tes — hasta en verso les ha salido! 

Todos nos preguntábamos qué significaba aquello tan misterio- 
samente aparecido allí, como la inscripcicn Manes Tesel^ Phares, en 
el iestin de Baltasar. 

Pero todo el mundo se encojia de hombros, incluso el sarjento 
Garcia que también se rodeaba para ver el efecto de una sonrisilla 
socarrona y misteriosa. 

19 



554 

— Díganos, mi sarjen to, ¿qué significa todo eso? 

— Un inferior no debe nunca interrogar a su superior sobre las 
órdenes dadas por éste. 

— Está bien, mi sárjente. 

Nada podíamos sacar en limpio, y nos vestíamos para salir de 
mui mala gana, intrigados por aquella advertencia colocada allí 
con tanto misterio y concebida en términos tan vagos. 

Cualquiera nos habría creido locos, cuando salimos francos para 
ir a comer en nuestras casas, al vernos cabizbajos y comentando a 
media voz las palabras de aquella pizarra estúpidamente amena- 
zadora. 

— De orden superior. . . ¡caramba! esto es mui serio, por lo menos 
mui nuevo. La cuarta de aspirantes, . . es claro que somos nosotros y 
nadie mas. . . debe hallarse prevenida. . . ¡Hum! o mucho me engaño o 
esto me suena a botasilla esta noche. ¡Pues, señor! quiere decir 
que nos acostamos vestidos. Pant cualquier evento. . . cualquier evento. . . 
¡Hombre! esto sí que me parece mui mal; aquí se envuelve algo, 
una jugada que nos van a hacer, seguro. Y luego ese /efe del desta- 
camento^ que es un pájaro raro, que sólo ahora se da a conocer. . . 
¡Caramba! ¡qué bromas tiene esta milicia! 

Esa tarde dormimos de mal humor y con poco apetito. En nues- 
tras casas nos pregtmtaban alarmados: 

— Pero ¿qué tienes? ¿Estás enfermo? ¿Sientes algo? 

— Sí; estoi aquejado de ese maldito jefe del destacamento. 

Llegó la hora de volver al cuartel; al entrar diviso un cometa. . . 
¡Malo! esto es de mal agüero, pienso. 

— Cometa ¿te ha dado alguna orden el teniente? 

Ninguna. 

— Cuidado con tocamos botasilla, porque te afusilo. 

En la cuadra hai conciliábulos: casi todos opinan porque se debe 
dormir vestido; cuando mucho, sin botas. Y de todas maneras, 
cada cual junta todos los arreos de ensillar y los deja listos para 
una probable botasilla. 

Aun, cuando ya hai algunos roncando, siento todavía el resongar 
del jefe del destacamento. 

— ¡Caramba! — dice uno — que para todo tenga que ser tan em- 
bromada esta milicial ¿Qué les costará decir: se avisa a los aspiran- 



555 

tes que a tal hora les vamos a tocar corneta y después esto, y lo de 
mas allá? Pero nó, señor de orden superior, prevenirse para todo 
evento!... Es decir que lo tengan a uno con los nervios chucaros 
todo el dia. 

— No resonguis tanto — y quédate dormido, dicen desde otro es- 
tremo. • 

Acaban de tocar diana y, como siempre, ha entrado el sarjento 
Garcia como una avalancha. ¡LeDantane! Por las puertas abiertas 
entra un aire helado que nos hace temblar de pies a cabeza. Nos 
han tocado diana una hora antes que de ordinario y todavía está 
oscuro, cayendo la luz de la luna sobre el suelo raso del picadero» 
militarmente, como todo lo que cae dentro de las cuatro murallas 
del cuartel. 

Mientras pase de «aquí la jugada del jefe del destacamento, deci- 
mos todos, está bueno. Pero la risa maliciosa, con que nos oye ha- 
blar el sarjento Garcia, nos hace entrar de nuevo en temores y re- 
celos. 

Apenas vestidos, se nos da orden de ensillar con la mayor bre- 
vedad posible; y en pocos minutos más la voz del teniente suena 
desde el medio del picadero. ¡A caballo! 

La cosa se va poniendo seria; la cuarta está formada a caballo 
en el picadero. El teniente avanza, también a caballo, y con un pa- 
pel en la mano a que parece va a dar lectura. Digásmolo 

«La cuarta de aspirantes a cargo del teniente... y del alférez... 
€ debe avanzar hasta el camino carretero a Valparaiso y hacer alto 
€ pasada la línea férrea, donde recibirá órdenes del Estado Mayor. 
« Parece que una patrulla de caballería enemiga recorre el campo, 
« al NO. de Pudahuel.» 

Salimos del cuartel en dirección al punto indicado, llevando lan- 
zas, carabina a la espalda, y sable en el porta-sable de la silla, y 
ademas un buen número de tiros a fogueo en la cartuchera. Aca- 
bamos de pasar la via férrea en la prolongación de la calle de San 
Pablo, y se nos ordenó hacer alto y desmontamos. Nos hacemos 
todo ojos y oidos para ver llegar al enviado del Estado Mayor tra- 
yendo las órdenes; pero nada, éste no aparece por ningún lado. 

De pronto el teniente saca un nuevo papel de su cartera de cam- 



556 

paña y dice un ayudante del Estado Mayor Jeneral acaba de en- 
tregarme la siguiente orden: 

«La cuarta de aspirantes seguirá hasta Pudaliuel para defender 
« el puente del Mapocho amenazado por la fuerza de caballería 
€ enemiga que esplora ese punto.» 

¡Defender el puente! Hé ahí un objeto digno de nosotros, y no 
esa maldita vida de cuartel en que los nervios pasaban en conti- 
nua tensión! Hemos montado de nuevo y tomado la formación de 
marcha, separándonos a ámbo9 lados del camino para dejar el cen- 
tro libre y espedito para el tráfico. 

Vamos en absoluta discreción, cada cual tiene derecho a fumar 
y a cantar. Uno me rompe los oidos cantando una chinchosa y 
cargante cancioncita: «¡Oh ñores que nacéis triste!» otro silva un 
trozito del Mikado, y otro entona algo de la Cavaüetia Rusticana^ so 
pretesto de que nosotros también somos de caballería. 

^oy trota en el medio, haciendo dos veces el camino de los ca- 
ballos, pues llega hasta la punta y llega hasta la cola, para seguir 
en este incesante vaivén. 

Las lanzas causan cierta novedad en el camino. Los chicos sa* 
len corriendo de las casas, chillando como locos; lel baialloni ¡El ba-- 
iaüon con handeriiasl 

Un huaso fomidote que enyuga unos bueyes rosillos en una 
curva del camino, nos mira de arriba a bajo y esclama: 

— ¡Bah! con esa picanita no no se me qwaba niun buei tam- 
poco! 

Durante el viaje se hace un riguroso servicio de avanzadas y 
llevamos permanentemente a trescientos metros delante la pan/a 
o desctibieria que esplora el camino en dirección a PudahueL 

Los compañeros que van en \2l punta hacen el servicio de segu- 
ridad con todo empeño. Uno se topa con un huaso de a caballo a 
quien grita ¡altoi 

— ¿Ha visto usted algunos cuyanos mas arriba? 

— Nó, señor. 

— Unos que andan con unas banderitas blancas con celeste 
como vestidos de novias pobres. . . 

— Nó, señor. 

El huaso se rie y pregunta humildemente si puede continuar. 



557 

— ¡Sí, hombre! pero cuidado con darles noticias de noaobroa a 
los cuyanos. 

Otro le grita a un viejo ladino que sigue por el medio del cami- 
no al trotecito de un caballejo flaco y gastado: 

— ¡Como está don Pepe! 

—Bien, señor. 

—¿Cómo están todos por allá? 

— Muí bien, para servirle. 

— ¿Se acuerdan de mí las niñas? 

— Mucho, señor, y de la cazuda que se nos fué debienda 

Todos celebran la ocurrencia y lo aplauden. 

— {Toma por meterte a gradosol le gritan al acholado aspi* 
rante. 

Se acerca el momento del combate, h^ punta vuelve al galope en 
dirección a nosotros, denunciando que a una legua mas al norte 
se ha divisado un grupo de jinetes que debe ser la punfa de la 
avanzada enemiga. 

Confieso francamente que comencé a tomar en serio todo aque- 
llo, y me latia el corazón, aprontándome para las nuevas y desco- 
nocidas emociones de un combate. 

Seguimos avanzando con toda cautela. Al llegar a un recodo 
del camino, el teniente ordenó alto y desmontarse para el combate 
de infantería. 

La caballería, que hac^ según la táctica moderna, los servicios de 
seguridad y esploracion en todo cuerpo de ejército, debe también 
combatir como infantería para dar tiempo al grueso de las tropas 
que siguen a retaguardia, para llegar al lugar amagado y tomar 
posesiones convenientes. Y en este caso consiste la prudencia en 
hacer creer al enemigo que la fuerza es de infantería de lineai 
para aprovechar así la superioridad moral que da la instrucción y 
disciplina a los cuerpos de infantes. 

Ocultamos, pues, los caballos y las lanzas tras un espeso mato* 
rral de espinos, desmontándonos tres de cada cuatro; y entregando 
al número 4 los caballos y las lanzas de los tres restantes. 

Formamos a la carrera, a la espalda del teniente, quien ordena 

— ¡Sobre la base de tiradores!. . . En tiradores. . . ¡mart. . . 

Y avanzamos en línea de tiradores, con la carabina bajo él brazo 



55» 

estendiendo nuestra línea en un potrero erizado de espinos, y si- 
guiendo adelante, agazapados, silenciosos. . . 

La voz del teniente vuelve a sonar 

— ¡Arrodillarse!. ..Ala derecha. . . I caballería f . . . ¡mil trescientos metros/. . . 
Fuego de titadoresl. . . 

Los cabos de escuadra repiten las voces de orden y corren tras 
de la línea comprobando la exactitud de las alzas. Comienza el 
fuego: el olor de la pólvora hace ensancharse los pulmones; una 
emoción de empuje, de enardecimiento, de coraje, comienza a co- 
rremos por las venas. La imajinacion se nos enciende como con 
una descarga eléctrica y hacemos las punterías, allá a lo lejosi 
tras una línea de álamos macilentos y amarillos, donde creemos 
ver la caballería enemiga que se repliega sorprendida por nuestro 
fuego, con una bandera blanca y celeste, que acribillamos desde 
mas de un kilómetro de distancia. 

— Salto.'. . . adelante/. . . grita el teniente, carrera, mar! 

Y partimos a todo escape, saltando las zanjas, trepando por las 
cercas de espinos que se ensañan con nuestras piernas, metién- 
donos en los fosos y dejándonos rodar por la pendiente. 

— Tenderse/. .. A la derecha. . . tiradores arrodillados. . . novecientos metros/ 
Fuego rápido. 

Hemos quedado tendidos en la zanja, sobre un barrito claro, una 
especie de chocolate a la española, sumamente helado. 

El fuego rápido aumenta, disminuye, vuelve a crecer para estin- 
guirse casi y recomenzar con nuevos ímpetus. 

Los sueños forjados al través del humito tenue de la pólvora, 
siguen desarrollándose al frente, en un panorama fantástico y 
sangriento. 

Seguimos avanzando al través de los ranchos, donde las mujeres 
nos miran asombradas, saltando tapias, cercas, murallas, zarzamo- 
ras, todo lo que se nos pone por delante. Ya tenemos el puente a 
la vista; ya estamos descubiertos ante el enemigo. 
'^ Ahora disparamos de pie, apoyando las carabinas en una barrera 
de troncos cortados, a trescientos metros. Las punterias deben de 
ser soberbias; nos figuramos el puente lleno de cadáveres, y apun- 
tamos con verdaderas ansias de disparar. 

De repente nos gritan ¡reunión! Estamos formados en dos filas y 



559 

hacemos cinco o seis descargas simultáneas^ en vez de la carga a 
bayoneta de la infantería. 

— A los caballos! 

Corremos como locos hacia los caballos que vienen siguiéndo- 
nos a cierta distancia por el camino. 

Kn un instante estamos arriba y con la carabina a la espalda. 

— Al galope f marf 

El pelotón de caballería vuela por el camino en medio de una 
polvareda inmensa; las banderillas de las lanzas silban con el vien- 
to y un /¡Viva Chileü. . . grandioso, inmenso, resuena en el faldeo de 
los cerros vecinos. 

Hemos llegado al puente tomado. Pero, oh sorpresa! en vez de 
cadáveres enemigos y de charcos de sangre, encontramos allí un 
arguenero que trae pollos y huevo*? a Santiago, y en vez de la bande- 
: ¿ blanco y celeste, un trozo de tela de colchón que cuelga en un 
. incho vecino secándose al aire. . . 

¡Oh desilusión de los simulacros! 

Sin embargo, un compañero grita con todo entusiasmo: ¡Los 
hemos hecho bolsa! 

En el puente mismo, desde donde se domina perfectamente el 
campo 'del combate, el teniente nos esplica el camino recorrido y 
el plan de ataque. 

Aquello nos parece ahora tan hermoso y tan claro, como un 
problema matemático resuelto. 

Hemos sentido todas las emociones de un combate; cuando 
avanzábamos con la carabina bajo el brazo, la vista al frente, con 
la ansiedad de los cazadores humanos, sentíamos por todo el cuer- 
po esos estremecimientos eléctricos que se sienten al oir un trozo 
de música esquisito, delicado, de esos que cuando ya han cesado, 
aun parecen que continúan en el aire. 

— Caramba! hubieran sido cuyanos! dicen varios. 

Nos volvemos a Santiago comentando las mil peripecias del 
combate, y llevando ahora la punta a retaguardia, que es el lado 
enemigo, 

Uno cuenta que al tenderse le tocó caer sobre una mata de cardo- 

—Feliz tú — dice otro — yo hubiera preferido el cardo. 

Todos se miran el dormán y se ríen. 




S6o 



— El Consejo de Hijiene — dice otro — le debía prohibir por insa- 
lubre. 

Aquella noche {qué dormir tan bien! Los ratones pudieron co- 
merse toda la cuadra de aspirantes, sin que nadie se hubiera dado 
cuenta. 

Confieso que nunca hemos soñado mas delirios patrióticos y bé- 
licos. Veíamos correr en las calles jentes de toda clase que anun- 
ciaban haber estallado la guerra. Y veíamos a nuestro rejimiento 
correr a galope por los campos en dirección a la cordillera. Todos 
los compañeros íbamos juntos, con las espadas desenvainadas a 
todo el correr de los caballos, en una carga desenfrenada y loca. 

Hermoso cuadro para Detaille! 

£n una cuadra menguada, estrecha, un grupo de muchachos de 
veinte años, estudiantes, mozos de sociedad, regalones, duermen 
con un coro de ronquidos uniformes, alineados^ por decirlo asL 

Y encima, notando como un vapor vago y nebuloso de los sue- 
ños, un desfile guerrero de lanceros a caballo, de rejimientos al 
galope, que se estrellan a lo lejos en la barrera de los Andes. 

cT cuando va a trabarse con loca gritería 
De la hórrida batalla la enorme confusión. 
En las montañas próximas despunta el nuevo día 
Y el tropel de soldados, que creó la fantasía. 
Vuelve a quedar inmóvil en recta formación». 

Y es claro, la diana, la inevitable diana con su melodía dulzona 
y pegajosa, suena al lado afuera de la puerta, como siempre, como 
todos los días! 

Abrimos los ojos. . . y se ha disipado el sueño. . . queda la cuadra 
con sus paredes desempapeladas y su techo cubierto por las hue- 
llas de las moscas. . . 

BfllO LflS CñRPñS 

I^a salida del Escuadrón o su llegada al cuartel puede ser para un 
pintor un tema riquísimo en colorido y movimiento. Las caballe- 
rizas son el teatro de toda esa algazara, fecunda en mil inciden- 
tes divertidos. Todo el mundo habla y grita al mismo tiempo; por 




56i 



tin lado pasa uno al trote conduciendo de las bridas su caballo; 
por otro corren vanos tras un caballo que ha emprendido las de 
Villadiego; aquí un animal chucaro reparte patadas a diestra y sin- 
iestra; allá otro se encabrita y sale de la pesebrera, resbalándose y 
relinchando. 

Aquella tarde habla todo ese movimiento en el cuarta, porque 
se nos habla ordenado ensillar, para hacer durante la noche un 
nuevo viaje de campaña. Naturalmente, ya nos habíamos reconci- 
liado con el jefe del destacamento y esperábamos, con mal disimu- 
lada impaciencia, que nos ordenara salir del cuartel con cualquier 
objeto. 

Cada cual habia traido comestibles lijeros y mas o menos con- 
densados para llenar una de las vizcacheras, que no tenia por el 
momento otro destino; y algún liquido para la cantimplora^ la mejor 
amiga del soldado, tan popularmente conocida de los cincuenta 
mil hombres que han pasaao por el cuartel. 

£1 objeto de nuestro viaje era reunimos al comandante de la 
JSran Guardia establecida a tres o cuatro leguas de Santiago y 
ponernos bajo sus órdenes para seguir viaje o ejecutar lo que se 
nos ordenara. Para el efecto se suponía a Santiago defendiéndose 
de un probable ataque del enemigo por el norte y, por consi- 
guiente, haciéndose con todo vigor a sus alrededores un perfecto 
servicio de seguridad. 

La noche estaba lindísima; la luz de la luna alumbraba perfec- 
tamente el camino, permitiendo distinguir todas las sinuosidades 
de éste y sus obstáculos. No se podia negar que el viaje tenia algo 
misterioso y clandestino, sumamente nuevo y agradable, 

Ahora no solo llevábamos punta o descubierta a la cabeza, sino 
también nnsL patrulla de oficiales al mando de uno de los compañe- 
ros que hacia de alférez. La cuarta con su punta respectiva mar- 
chaba por el interior de un potrero, y la patrulla por el camino real 
y a la altura de la punta, conservando la alineación por medio de 
silbidos. , j 

Los de la patrulla éramos tres y avanzábamos con nuestras lan- 
zas como nuevos caballeros andantes, conversando en voz baja y 
oyendo a ratos los coros de zapos que gorgoreaban a lo lejos con 
la acompasada e intermitente matraca de las ranas. 



562 

De repente, en el fondo del solitario camino, sentimos un canto 
y el rechinar de las ruedas de una carreta; luego se destaca ésta al 
volver una curva y uno de nosotros le sale al galope gritando con 
voz estentórea: ¡altol 

El carretero se detiene en medio del estupor mas grande. Lo 
interrogamos sobre dónde va, qué lleva, y él nos contesta dócil- 
mente todo: va a Santiago y lleva leche. 

— ¿No lleva Ud. armas y esplosivos? 

— No se dá ^opuaqui, señor.. . . 

El enviado vuelve a reunirse a la patrulla a preguntamos qué 
se hace con la carreta. 

— Por de pronto — dice nuestro jefe — llenamos las cantimploras 
con leche. 

El carretero, fin dificultad ninguna, nos llenó las tres cantimplo- 
ras con una leche riquísima, aun no bautizada. Y es claro que el 
tarro lo volvió a completar con agua, a costa de sus consumidores. 

Llegado al punto en que debíamos ponernos a la orden del co- 
mandante de la Gran Guardia, supimos de la misma peregrina ma- 
nera que del a3rudante del Estado Mayor en nuestro primer viaje a 
Pudahuel, que la Gran Guardia habia avanzado hacia el norte y 
debíamos nosotros, por consiguiente continuar la marcha. 

Habia ya avanzado la noche y el silencio del campo era absoluto. 
Los ranchos de las orillas de camino, llenos de bulla y animación 
en el dia, estaban sumerjido en la oscuridad de los árboles que 
los rodeaban; los perros, únicos centinelas fieles a la guardia 
de sus amos, se acercaban a las puertas y cierros del camino, la- 
drándonos desesperadamente. 

Ya estamos reunidos a la cuarta; los compañeros que han sabido 
el cuento de la carreta, nos piden leche de todos lados, y la can- 
timplora circula con gran aceptación de los que la empinan y ma- 
yor mengua de su contenido. 

Hemos llegado al pie del puente que defendimos en nuestro 
primer simulacro como caballeros bayardos, y lo saludamos emo- 
cionados, a él que ha sido testigo de nuestras proezas y hazañas. 
Ahí se nos ordena desmontar porque parece que ya no apura 
mucho reunimos a esa Gran Guardia que avanza delante de noso- 
5n os como las frutas del suplicio de Tántalo. 



I<a infantería hubiera armado inmediatamente sus carpas y ha* 
bria reposado tranquilamente pero el soldado de caballería lleva 
en su caballo una segunda persona de quien cuidar! 

Tuvimos que desensillar primero y colocar en riguroso orden 
de alineación esas pesadas sillas con el equipo de campaña. 

Secar después con el sudadero el lomo de los caballos; condu- 
cirles al borde del estero para que bebieran; arreglar el freno y la 
cabezada de modo que sirvieran durante la noche de jaquimón-, 
amarrarlos de un modo conveniente en los lazos tendidos al 
efecto entre los postes del puente; sacar el saco forrajero que 
va asido a la silla con la correspondiente ración de cebada y pasto 
seco y hacérselas recibir a los caballos, que al principio se 
resisten. 

Ya va hora y media desde que nos desmontamos y aun no comen- 
zamos ni a armarlas carpa. Hai que arreglar todavía el armamen- 
to sobre las sillas, ayudar a descargar el bagaje y mil otros detalles. 

Por fin comenzamos a armar las carpas! Pero ¿qué significa esta 
orden? ¡Debe ser equivocación indudablemente!... Nos han hecho 
armar las carpas al borde del estero sobre un pedregal en que cada 
guijarro es del tamaño de un puño. . . Buena noche vamos a pasar! 

Hemos levantado ya una carpa colectiva, uniendo cada carpa 
individual y formando así una grande, estensa y bien sujeta al 
suelo movedizo del pedregal. 

Pero todavía nos llaman a formar, cada cual frente de su silla; 
después numerarse. ¡Cómo iba a omitirse esta circunstancia! 
Organizar el servicio de centinelas (aquí palidecen todos) haciendo 
principiar la guardia por el numero uno y durando cada cual una 
hora, por lo que los últimos números nos congratulamos estre- 
chándonos calurosamente las manos. 

Por fin empieza cada aspirante a entrar a la carpa arrastrando 
ponchos y frazadas, y a acomodarlos de modo de destruir lo mas 
posible las puntas délas piedras. 

Durante una media hora se cruzan multitud de frases, recomen- 
daciones y diálogos. 

— Pasa tus piernas para el otro lado. . . Pon la cabeza mas allá. . . 
Caramba! me ha tocado una piedra afiladísima de almohada! ¡Quién 
me da un cigarro! Aquí traigo un poco de cauceo. 



Á 



564 

El techo se eleva de la carpa ochenta centímetros; de modo que 
ésta piroduce una sensación deprimente de ratonera. 

Estamos ademas sobre él pedregal mas o menoscomo debió estar 
San ]>)renzo sobre la parrilla. 

¿Nos ponemos de costado? Se nos incrustan las piedras en las 
costillas. 

¿Nos ponemos de barriga? ídem y con retortijones. 

¿De espalda? Hai el peligro que el espinazo se amolde a las pie* 
dras y nos levantemos con dos o mas potras, como los camellos. 

Como no nos hemos sacado ni las espuelas, si estiramos una 
pierna, le metemos a uno el espolín en la oreja; si movemos la ca- 
beza, nos lo mete otro a nosotros. 

Un ronquido enorme que parece silbato sirena de vapor de la 
carrera, no nos dga dormir; hai que despertar al roncadcM". 

Por fin cada cual ha reclinado la cabeza donde puede, no faltan- 
do algunos que lo han hecho en las posaderas del vecino; y ya co- 
menzamos a olvidamos.de la carpa y de todas las pellejerías del 
camino, cuando gritan afuera: 

— Aspirante Tal! su caballo está sudto! 

Y el aspirante sale tastabillando y dando al diablo su caballo. 

Y toda la noche sigue la misma historia, y parece que las piedras 
se van afilando mas y mas a medida que viene el alba; y para re- 
mate, los centinelas que salen, y los que llegan que tienen que ha- 
cer el tráfico a tientas y en cuatro pies, van poniendo sus patasas 
con botas y espuelas en el estómago de uno, en la cabeza de otro' 
en la pierna de aquel, en la mano de aquel otro, dejando dentro la 
gritería de los machucados. 

Pero, en fin, ya hacer a toque no gritan: centinda! un caballo mdtol 
ni pasa nadie picándonos la barriga, y ya el costado ha logrado ha- 
cerle hueco a las piedras. . . en fin, vamos a dormir y ya comienzan 
algunos ronquidos a marcar con su monótoma cadencia. 

Pero de repente un peso enorme se desploma encima de la car- 
pa y nos achata 

Es un centinela que vuelve a la carpa medio dormido, y no ha 
visto una de las estacas, y «iredándose en los cordeles ha caido 
rendido sobre el techo de ella. 

Sentimos los reniegos del pobre, porque las carpas no son ¿»- 



;^fi»^i 565 

permeables para las interjecciones, sino para el agua, y nosotros lo 
acompañamos en las mas enérjicas protestas. 

Por fin logramos quedar un instante dormidos, cuando las dia- 
nas que nos han venido siguiendo en el camino en forma de un 
cometa, suenan vibrantes como en los mejores dias del cuartel. 

Comienzan a salir de los estremos de las carpas, a gatas como 
coleópteros, los aspirantes dormidos aun, con el cuerpo dolorido 
por las piedras, acalambrados, mustios. Pero en en instante esta- 
mos formados con dos pasos de intervalos, haciendo jimnasia 
muscular. Santo remedio! Los músculos comienzan de nuevo a 
funcionar libremente, las caras patibularias toman vida, en fin, ya 
estamos repuestos del pedregal. 

Al toque de la diana las jentes de los alrededores despiertan so- 
bresaltadas y salen a las puertas de los ranchos. Un momento des- 
pués; una lluvia de granujas afirmados en las barandas del puente 
celebran a gritos la jimnasia, alguno de cuyos movimientos, como 
tironeo hacia adelante doblen^ excitó de un modo especial su hilaridad. 

Una vez en discreción, cada cual corre a su silla respectiva 
para sacar las cantimploras, donde de un modo mas o menos frau- 
dulento se ha traido algún líquido jeneroso y confortante. . . Un 
coro de reniegos y protestas estalla en todas partes; las cantim- 
ploras están absoluta y definitivamente vacias. . . I^os centinelas se 
han resguardado del frío de la noche empinando en riguroso orden 
numérico las cantimploras de todos los aspirantes. 

Nos hemos repartido en grupos, diseminados al rededor de las 
casas vecinas para cocinar el café, y cada uno despliega sus dotes 
de cocinero, haciendo uno el fuego, otro el líquido que debe calen- 
tarse y graduando un tercero la, azúcar. 

Aquello sale mas o menos pasable y nos deja de nuevo en situa- 
ción de alcanzar a la Gran Guardia, aunque sea en el infierno. 

La mañana está preciosa. Los grupos de aspirantes se divisan 
diseminados en los alrededores del puente, en medio de los ciga- 
rros y del café que comienza a hervir. 

El humor esta espléndido, y al sorprendemos nosotros mismos, 
olvidados de todas las pellejerías pasadas, reimos estrepitosa- 
mente, no podemos menos de esclaman {Caramba que estamos 
de línea! 



566 

Y esa es la verdad. La comenzamos a sentir con intenso cariño 
al cuerpo cuya franja llevamos, y un afecto todavía pero naciente 
I la misma vida de cuartel que tanto hemos maldecido. Y es que 
los tres meses de instrucción comienzan también a hacemos sol- 
dados por i dentro I 

£1 teniente se acerca; por primera vez trae una franca y abierta 
sonrisa en el rostro. Todos nos ponemos de pie, 
— ¿Qué tal está el café? nos pregunta. 
Espléndido, mi teniente. 

Y pasa de largo sonriéndose siempre en medio del estupor 
nuestro. 

— ¿Simpático, nó? decimos todos-r-Es un buen muchacho. 

Uno de los compañeros se sonrie maliciosamente y nos pre- 
gunta: 

— ¿Y la paliza que hace un mes pensábamos darle? 

Todos se apuran en vaciar de un trago el tarro de café, que está 
riquísimo y disimular asi el acholo que les ha salido al rostro. 



* \ff 



>ast. 
la bal. J 



La marcha de Resistencia 



nOCHE TRISTE 



JUAN Silva encontraba temerario a todo el mundo: y es claro que 
así también me llamaría a pí, y esta vez con razón, porque 
abuso tanto de la paciencia de mis lectores. Sin embargo, ha- 
ber escrito sobre el cuartel y sus peripecias y pasar por alto 
el viaje de resistencia seria mucho mas temerario, y así quiero 
que salgan los últimos recuerdos del cuartel, que me quedan, uni- 
dos y vinculados a la marcha de resistencia a Valparaíso. 

El viaje de resistencia era todo nuestro anhelo, pues saoiamos 
que esta era la última prueba a que se nos sujetaba, antes de licen- 
ciarnos. Así, pues, cada aspirante cuidaba de su caballo con redo- 
blada atención, duchándole los tendones de las patas, aumentán- 
dole clandestinamente la ración de cebada, y temblando ante una 
enfermedad inoportuna por cualquier síntoma o detalle que en él 
se notara. 

Nunca hemos sentido mayor simpatía, casi estoi por decir ter- 
nura, que la que sentíamos en esos momentos de la partida, por 
nuestros caballos. ¡Se encariña tanto el soldado de caballería con 
esos pacientes y jenerosos animales que parecen entender los de« 



568^ _ 

seos de sus amos, inflando las poderosas narices y abriendo espre- 
sivauíente sus grandes y humanos ojos! 

Fijóse el día de la partida y redoblóse el entusiasmo de todos. 
Habian aspirantes que antes de acostarse volvian a las caballeri- 
zas a acariciar el cuello de sus caballos y a conversarles como si 
fueran cristianos. 

El dia mismo en que debíamos emprender la marcha, n-s sen- 
tíamos atraídos a la pesebrera en que estaba /íw«í/, valerosa yegiia 
que aprendió con el entusiasmo de una colejiala aplicadr i saltar 
y a entender las voces de órdenes, y cediendo a esa a¿i est''^* ^°" 
contramos a varios compañeros sentados en las vara^ < separan 
cada pesebrera, mirando a sus caballos, que comían tranquilamente, 
sumiendo sus cabezas en los comedores repletos de pasto seco y 
cebada. Uno habia cojido al suyo por las orejas, un alazán suma- 
mente simpático, y le decia con voz insinuante: 

— Viborita: vamos a trotar de lo lindo esta noche, y no parare- 
mas hasta dar con el puerto. Pórtate bien, que con esto se te acaba 
^ sufrimiento y después te largo a potrero. 

Salimos del cuartel a la una de la mañana; la ciudad dorraia 
profundamente: atravesamos la Alameda, envuelta en la sombra d? 
sus árboles, y seguimos haciendo zig-zags por varias calles, también 
escuras y silenciosas. 

Resonaban las patas herradas en los adoquines, haciendo en el 
silencio profundo de la noche un ruido inmenso: a nuestro paso se 
desperezaban los guardianes en las esquinas, restregándose los 
ojos; y en una que otra puerta, tras de la cual sonaban acompaña- 
das de una mala guitarra tres o cuafro voces vinosas, se asomaba 
una mujer o un hombre, desvelado, y decia entrándose: ¡Son 
soldados! 

Al llegar a la calle de San Pablo, atravesamos la línea férrea y 
tomamos trote por ese camino tantas veces recorrido en nuestros 
viajes de campaña. 

Solamente que ahora teníamos un plazo fatal de dieciseis hora^ 
para recorrer las treinta y seis leguas que separan a Santiago de 
Valparaíso. 

Y así ese trote, que comenzó a las 2 de la mañana en los límites 
déla ciudad, nos soi prendió, al alborear el dia, envueltos en los 



569 

ponchos y dando diente con diente, al bajar la cuesta de Prado; 
siguió en el dia con un calor horrible que nos hacia echarnos el 
kepí atrás; y llegó la tarde, una tarde con un huracán desenfre- 
nado y unas nieblas arrastradas, y nosotros, trotando y trotando, 
con la carabina rozándonos cariñosamente la espalda, el sable 
saltando y sonando como un cascabel al costado, y la lanza er- 
guida, siempre en la estribera y haciéndola esquivar las ramas del 
camino. 

Al pasar por Curacaví y Casablanca tomamos el paso, desenro- 
llamos la banderilla de las lanzas, y formando la cuarta, hacemos 
una entrada triunfal en la calle principal enbanderada, donde la 
policia presenta armas y nosotros terciamos lanzas. En Casablanca 
nos acompaña, ademas, el orfeón, que ejecuta estrepitosamente la 
in archa del Tannháuser. — Wagner; ¡si hubieras llevado como todos 
nosotros una lanza en la mano!. . . 

Esa marcha es algo como una función de linterna májica por la 
velocidad con que va quedando atrás todo; tan luego vamos des- 
cendiendo un deshecho abrupto sujetando las riendas de los caba- 
llos; tan luego ascendem<^s una cuesta inclinándonos hacia ade- 
lante; tan luego pasamos por un núcleo de población compuesta 
(le varios ranchos con sus duraznos floridos y la ropa blanca ten- 
dida a secar en largas hileras que columpia el viento de un lado a 
otro; tan luego seguimos un camino recto, desesperadamente 
recto, sin un árbol, ni un pájaro, ni un animal siquiera 

Saliendo de Casablanca, comienza a caer una lluvia con un 
viento que nos hace torcer el jesto a todos. No llueve verticalmente 
como en Santiago, sino horizontalm ^nte; nos azota la cara como una 
huasca jigantesca y nos hace cerrar los ojos. ¡Caramba con la lluvia- 

En pocos momentos, el agua que nos entra por el cuello corre, 
corre con delgados hilos primero, y a chorros después hasta las 
botas, donde ya van acumulados algimos litros. 

La laguna de Peñuelas, que tenemos a la vista, está convertida 
en un lago, en un inmenso lago y ha inundado parte del camino; 
al principio la hemos creido el mar. Atravesamos un brazo con el 
agua hasta las rodillas, y entonces las botas quedan convertidas en 
estanques de agua, y ya no hai ni un pedazo del cuerpo ni de la 
ropa que no vaya completamente empapado. 



570 

La neblina descuelga por todas partes sus fuentes blancas de 
gasa, la noche se anticipa una o dos horas, y comienza a rodear- 
nos una oscuridad vaga, de huracán. 

Como si fuera poco, la lluvia duplica su furor y nos azota con 
ensañamiento; nosotros sacudimos el cuerpo dentro de la ropa, que 
está tomando una tiesura de coraza, y seguimos el trote de siem- 
pre, mientras los pobres caballos sacuden sus orejas empapadas y 
hacen de tripas corazón. 

— ¿Y Valparaíso? preguntan todos. 

— Falta una hora, nos contesta el teniente que marcha a la ca- 
beza hecho una sopa; pero animándonos incesantemente. 

Y seguimos al trote, inclinando un poco la cabeza para esquivar 
el golpe de la Uuvia en la cara y resignados a seguir una hora to- 
davía. 

Pero pasa la hora, y nada; la misma oscuridad delante, la misma 
neblina a los lados. 

¿Y Valparaíso? Una hora, una horíta sólo, nos gritan, y segui- 
mos por un deshecho gpredoso, lleno de grietas, en que se van dando 
vueltas los caballos y por el que baja impetuoso un torrente de 
agua rojiza y turbia. 

Vamos helados, ateridos; y la hora pasa de nuevo, y parece que 
ese Valparaíso tan ansiado se aleja delante y huye de nosotros 
como las ciudades encantadas de los cuentos de hadas. 

Para animarnos, lanzamos gritos y burras estrepitosos a nuestro 
escuadrón; pero llevamos la procesión por dentro, y a poco andar 
nos callamos de nuevo. 

¿Y Valparaíso? Una hora, nos dicen de nue/o, y aquello, que 
parece el cuento del gallo pelado ya comienza a desalentamos. 

Los pobres caballos van jadeantes, resbalando en el piso gredoso 
de la cuesta, y preguntándose quizá si van a seguir eternamente 
trotando en aquel infierno, como premio de sus afanes y esfuerzos 
jenerosos. 

— Pero entendámonos, dice uno, ¿vamos a llegar esta noche a 
Valparaíso? 

— Sí, sí, Valparaíso a la vista! 

Y efectivamente, a lo lejos, en el medio de las brumas, oscilan 
temblorosas y diluidas algunas lucecitas apiñadas que culebrean 



571 

estínguiéndose y apareciendo al compás incesante de nuestro 
trote. 

— Aló, chico, le digo a un compañero ae trota a mi lado sumi- 
do en las mas tristes reflexiones; mira el puerto. 

Las luces se acercan, son ventanas alumbradas; un puñado de 
casas se abren a ambos lados del camino ¿Será una calle de Valpa- 
raíso? Pasan las casitas y ¡oh decepcionl vuelve la oscuridad, la 
misma oscuridad de antes, y volvemos a embutimos todos en 
nuestras sillas empapadas y a preguntar si llegaremos a Valparaíso 
alguna vez. 

Por fin, el compañero que nos guia por aquellos endemoniados 
revoltijos de la cuesta, nos grita que Valparaíso, el auténtico, el 
lí^'ítimo, el único, está a la vista. 

Y realmente, en el fondo de aqti^lla oscuridad, de aquel caos, 
suije como uñ reguero de pólvora que se enciende, una serpiente 
de luces, de cien mil luces, que se retuerce y recuesta en los 
cerros vecinos. ¡Valparaíso! Un ¡ah! de asombro, de admiración se 
nos escapa a todos; los jinetes se enderezan sobre sus sillas, y 
desechan las ideas tristes, y hasta los caballos que parecen enten- 
der que aquel trote interminable va a terminar, ajitan sus orejas y 
aumentan, sin necesidad de espuela, el aire de marcha. 

En medio del cansancio y del hielo que nos traia mudos y cabiz- 
bajos, no nos saciamos de mirar aquel panorama de luces, que pa- 
rece una pieza de efecto de fuegos artificiales. Luego el olor amar, 
un olor fuerte, acre, nos acaricia y nos saluda, dándonos la bien- 
venida. 

El castillo encantado que tenemos a la vista, se acerca: las luces 
crecen, y ya distinguimos las líneas tortuosas de las calles diseña- 
das por los faroles^ y al frente, un poco abajo, en el fondo del ca- 
mino que seguimos, ya comenzaban las casas. Y luego un desfile 
de puertas y ventanas se mue\'e y cambia a ambos lados de la calle: 
aquí una cocinería, allá una botica, mas allá una panadería, en una 
vuelta un bazar, al doblar de la esquina, un almacén. . . 

Ya estamos en Valparaíso, ya es un hecho que estamos 
en él! 

Las calles están llenas de barro y de agua, el estero de las Deli- 
cias está rebalsando, los carros están desrielados y abandonados a 



572 

un lado de las veredas; y todavía llueve, llueve incansable- 
mente. 

Hemos llegado a la Comisaria de la Palma, donde van a alojar 
nuestros caballos. Al querer bajar, notamos las piernas tiesas, ríji- 
das, pegadas al cuero de la silla, con el agua. Estamos tullidos, y 
tenemos primero que juntar las piernas como quien cierra un com- 
pás, y seguir después andando apoyados en la pared y en los 
pilares. 

En una sala larga, inmensa, alumbrada por gas, dejamos, el ar- 
mamento y equipo. 

Hemos hecho el viaje en las dieciseis horas convenidas, y esto, 
unido al consuelo de haber llegado ya a poblado, nos resucita 
completamente. 

Cada cual hace buscar un coche, tarea inútil a aquella hora y 
con aquel temporal deshecho. En fin, después de mucho sumir- 
nos en el agua de las calles hasta la rodilla, logramos pescar un 
coche y llegar a las puertas del hotel de Francia e Inglaterra. 

Ahí nos espera Mr. Noel, que está vinculado a los recuerdos de 
campaña como una figura simpática y divertida. Mr. Noel estaba 
con una bata colorada; nos recibe con los aspavientos mas cómi- 
cos y habla sin descanso: 

— j Pobres criaturas!... ¡Si vienen hechos una lástima!... 

— ¡Mr. Noel! Una sábana para secarnos, una cama, una taza de 
café, un par de huevos. . . 

Los mozos corren de un lado a otro, los pasajeros se asoman a 
sus puertas, y nosotros desfilamos con un poncho al hombro que 
gotea incesantemente, el sable que viene negro de moho, y el kepí 
que por lo pesado ya no puede estar sobre la cabeza. 

Luego vienen los esfuerzos para sacamos las botas y las ropas 
que parecen de cartón-piedra y que están furiosaiiiente pegadas 
al cuerpo. Por fin, nos hemos metido a la cama con un trago de 
café que nos hace volver al buen humor y alegría de siempre, y 
nos da ánimos para embromar a Mr. Noel con su bata colorada de 
kakalin brasilero. 

Al dia siguiente ya amanecemos repuestos, y nuestra primera 
salida es para ver los caballos, que están también bastante resuci- 
tados, aunque mui ñacos. 



573 

Aquella parte de noche tan tremendamente pasada entre la llu- 
via, el cansancio de los caballos y la oscuridad del camino, fué 
bautizada universalmente por los aspirantes, la noche triste. 

Las lanzas y la franja amarilla de nuestros trajes son una nove- 
dad en el puerto, y asi cuando hacemos nuestro camino hasta Playa' 
Ancha para ser revistados por el Comandante de Armas, atrave- 
samos la calle dé Victoria en medio de una multitud de pueblo^ 
llevando al frente la banda de músicos de la Artillería de Costa. 

Estamos de nuevo a caballo para volvemos. La mañana está 
preciosa, llena de luz y de sol. El viaje de regreso será mucho mas 
suave, pues lo haremos en tres paradas, alojando dos noches en el 
tránsito. 

La cuarta sale de la Comisaría y atraviesa esas calles, que vimos 
de noche y llenas de agua y lodo, hoi claras, atestadas de jente y 
de movimiento. 

Tomamos el trote y momentos después perdemos de vista en un 
recodo del camino las últimas casitas de Valparaíso, suspendidas 
en los cerros como los juguetes de un nacimiento de cartón. 



\f \í? 




El último día de Cuartel 



EnrRE6ñ DEL EQUIPO 

ENTRAMOS al cuartel, llenos de tierra, sudorosos, cansados, de 
vuelta de nuestro viaje a Valparaíso. 
El cuartel está como siempre; al medio, la muralla, el 
foso, las ramas, teatro de nuestras primeras proezas de jine- 
tes; al costado, las caballerizas con sus ventanas abiertas que 
parecen saludar y dar la bienvenida. 

Los soldados de línea nos saludan sonrientes como a viejos 
compañeros, y volvemos como antes a conducir de las bridas nues- 
tras pobres y aporreadas cabalgaduras, a las pesebreras, que las 
esperan con las camas de paja limpias y recien hechas, y los co- 
medores repletos. 

Desensillamos ayudados por los soldados que^ nos preguntan 
cien cosas al mismo tiempo; y formamos de nuevo en el sitio de 
costumbre con el correaje en la mano, esperando que el sarjento 
Garcia — porque el teniente apenas sacudido del polvo del camino, 
ha emplumado a dar cuenta del viaje al comandante — nos ordena 
lo que tenemos que hacer. 

Se acerca d sarjento; todos esperamos nerviosos, algo, una 
buena noticia, a juzgar por la risa que trae en el rostro. 



57» 

presenciado un acto digno de la menox censura en esos individuos 
reclutados en las humildes clases obreras. 

Los soldados, limpios, perfectamente aseados, incesantemente 
trabajando, desde el alba hasta la noche. Las clases, cumplidoras 
de sus deberes, dignas de llevar un galón en el kepL 

¿Y qué decir de la oficialidad? ¡Ese ya no es un sporí, es un sa- 
cerdocio! Los muchachos que ve el público en la calle, elegantes. 
termanizados^ llevando airosamente la gorra alemana, han demos- 
trado tener un temple de veteranos aguerridos. 

¡Qué trabajo tan horrible aquel de la instrucción del recluta! 
¡Gritar todo el dia, gritar hasta enronquecer, hacer en tres meses 
la tarea de tres años. 

Esos cuarteles, que en nuestro antiguo Ejército eran un foco de 
ociosidad, son ahora una colmena. 

Esos cuarteles, por cuyos frentes no se atrevían pasar antes las 
mujeres honradas para no oir frases y dichos inmundos, son ahora 
una escuela de hidalguía, una escuela de caballeros. 




¡Se ua el batallón! 



No hemos tenido el placer de oirías, pero se nos ocurre que así 
dirán las beldades de Liniache, sin distinción de clases socia- 
les^ al saber que los lanceros han sido destinados a Valdivia. 
Y los mismos lanceros no podrán menos de esclamar, como 
aquel individuo que resolvió suicidarse dejándose caer desde 
una torre,- y que retrocedia cada vez que llegaba a la orilla, dicién- 
dose para su capote: «¡cáspita, qué salto!» 

Porque la verdad, salir del fiavs ou fleuri t oranger^ es decir, donde 
se dan las chirimoyas, que no son otra cosa que pedacitos de cielo 
envasijados, las paltas negras, reinas de las legumbres todas, los 
claveles de cien colores distintos, y las morenas de todos los mati- 
ces imajinables, para ir a la tierra de las manzanas acidas, de las 
alemancitas desteñidas y de los fuertes españoles en ruinas, es dar 
un salto capaz de hacer perder el equilibrio de los humores a cual- 
quiera que no sea un lancero de a caballo. 

La salida del rejimiento del pueblo en que ha estado de guarni- 
ción por algunos años, debe ser algo triste y poético. 

Triste, por el brusco rompimiento de tantos vínculos forma- 
dos; poético, por el sello que a todas las separaciones imprime la 
ausencia. 



580 

El rejimiento es el alma de un pueblo, su espina dorsal, su sangre; 
sus nervios, su vida. Para las tertulias de los sábados, en que la 
niña recorre en el piano todos los valses, desde Chopin hasta Lu- 
cero, y donde se baila con un frenesí verdaderamente primitivo, se 
cuenta por lo menos con un par de tenientes, que, con los dormanes 
ajustaditos y los bigotes tan aguzados y punzantes como convie- 
ne a un lancero, sacan de quicio a todas las muchachas menores 
de veinte años y mayores de quince. Para la misa del dominga 
para la misa parroquial, eterna de larga, se cuenta con la banda de^ 
rejimiento que «ejecutará» la Muda de Porttct\ algunos trozos de la 
Sonámbula y otros del Profeta, distrayendo al cura y llenando de pá- 
jaros la cabeza de todos los oyentes jóvenes. 

¿Y para la plaza? ¡Ah! ¡Qué sería el paseo de la plaza, si al caer 
la noche no se pusieran al rededor de un árbol los atriles y, encen- 
didos los faroles, no comenzaran los músicos a soplar sus enormes 
cometas! Quien conozca un paseo en una plaza de pueblo, y la 
manera dulce, idílica, casi primitiva con que se ama, apelando eü^ 
a la luna «¡candida consejera de los amantes!», a las estrellas, «oji- 
tos de ánjeles que pestañean de sueño», a las mariposas nocturnas, 
«ánimas en pena de las flores muertas», y eiias a la eterna y arrulla- 
dora cantinela: «¿Y no se olvidará usted de mí? ¿No lo querrá a 
usted otra? ¿No se reirá después con sus amigos de las cosas que 
le he dicho? ¿No le contará a nadie lo del otro dia? Míreme s¿rio< 
a ver si es cierto lo que dice. ¿Vé como se ríe?» quien conozca todo 
esto — decimos — ¿comprenderá la necesidad que hai de música 
para que acompañen esos madrigales, que no por ser alumbrados 
con parafina son menos tiernos, menos apasionados y menos sin- 
ceros que los que de tarde en tarde suele alumbrar la luz incandes- 
cente o la eléctrica? 

¿Y el cigarrero? Bien sabido es que los meliiares son unos fuma- 
dores locos, de esos que encienden el primer cigarro al canto de las 
diucas, y van después encendiendo los demás en la colilla del ante- 
rior, hasta que en la noche los sorprende el primer ronquido- 
ronquido de caballeria —con la última colilla entre los labios. Cada 
dia, cada oficial y cada soldado, a la hora en que la corneta los deja 
francos, van con absoluta franqueza a la cigarrería, y sin necesidad 
de cruzar una palabra con nadie, reciben el paquetillo de la clase 



58i 

que acostumbran y salen dejándolo a la cuenta. Hl mismo 
dia 31 ya está el cigarrero en la puerta, recibiendo el valor 
adeudado. 

Naturalmente surjen discusiones sobre si los paquetillos eran 
doce o catorce; pero discusiones amistosas que se solucionan ami- 
gablemente. 

Kl batallón saldrá una mañana con el equipo de campaña arro- 
llado bobre la silla; los jinetes no irán derechos como de costum- 
bre; mas de una lanza temblará en la mano de su dueño al 
ver al través de una ventana dos ojos grandes, mui grandes, que 
hacen un esfuerzo por no soltar una lágrima delatora; los oficiales 
desde una cuadra antes de pasar por la casa donde tantas veces se 
han detenido a dirijir un galanteo, para recibir en cambio un ramo 
de violetas, o un botón de rosa, irán haciendo ánimos para saludan 
llevándose la mano al kepí y diciendo a media voz; «¡Escríbeme!», 
y un cabo bajará la cabeza para no ver el rostro airado del cigarre- 
ro, a quien le queda debiendo ochenta centavos, que se cancelarán 
el dia del juicio. 

Y el rejimiento, al salir de los límites del pueblo, tomará el trote, 
se encenderán los cigarros, íntimo recuerdo de Limache, y se echa- 
rán a la espalda, junto con la cartuchera, los recuerdos tristes. Un 
soldado hecho a estar de guarnición, sabe que estas cosas se repi- 
ten a menudo y que no hai que tomarlas en serio: 

— Oye, Braulio— le dirá a su compañero que va mudo y cabizba- 
jo sobre su silla — no seas tonto. El aire del mar te va a refrescar y 
te hará olvidarla. . . En Valdivia se hace vida nueva. ¡Qué diantreí 
así es la carrera. . . 

Y un momento después, en medio del trote y al través del polvo 
levantado por los caballos, y entre los ruidos de las espuelas y el 
choque de los sables, se sentirá la voz de Braulio: 

«¡Quisiera verte y no verte!» 

Dejémonos de historia: es en los pueblos pequeños donde se 
vive mas y con mayor intensidad. No turba allí la tranquila activi- 
dad del dia ni el sereno reposo de la noche, la algarabia de la ciu- 



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edad grande que no nos deja tranquilos hasta que no apagamos d 
un soplido la vela y nos sumerjimos de un cimbrón entre las sá- 
banas. 

Olvidemos un instante esta ajitada discusión de los preliminares 
de una campaña política, y pensemos en esa escena que, induda* 
blemente, pasará en Limache el dia que abandónela ciudad el biza- 
rro rejimicnto de Lanceros. 



KIN 




Pijina 



L — Pajinas Chilenas 2 

Juan Neira 3 

Segovia 13 

Glorias de la Chicotera 21 

Meterse con cristianos 31 

El mas bruto de los héroes 39 

Los Chunchos 47 

La Trilla 53 

Una figura de antaño 59 

Bascando un hombre 63 

Las sandillas y las sandias 69 

El combate de Iquique 73 

Poder escrutador de antaño 81 

Historia de un cuadro 89 

Giacabuco..^ 95 

Retrato viejo 105 

El maestro Tin-Tin 109 

La muerte de las arboledas 115 

Signiendo el pavo 121 

Rubia 125 

Cuento de Reyes 1 29 



I2«U2CII 



Pajina 



£1 Último cucurucho 133 

La Compañía 137 

Los dos patios 145 

Por una vaca 159 

Paisajes de verano 163 

Del carro de carga a la Morgue 167 

La Cruz de la Misión 171 

Villarroel , 1S3 

Sol y sombras 189 

Tin siglo en una noche 197 

La muerte de O'Higgins 209 

II.— Artículos en Broma 219 

La cafetera rusa. 221 

¡Damián, ven! 227 

El Alienista 237 

Mi enfermedad 245 

La historia fidedigna de mi último invento 253 

El Tránsito del Demonio 259 

Incendiario 265 

Arrendatarios 271 

Un almuerzo 279 

Cómputos 2S5 

En marcha (Primera clase) 291 

(Segunda clase) 294 

(Tercera clase) 297 

Laucdator temporis actis 301 

Submarinos 305 

El artículo mas difícil 309 

Lagran trinchera 3I3 

El óvalo de San Martin .^... 317 

Carta certificada 320 

Las pequeñas Contrariedades 327 

Porque nos envejecemos 331 

Un bautizo 335 

Fantasía de Pascua 347 

Almacén de conciencias. 351 

No seas municipal 357 

Reliquias 361 



INDIOS 

t *_ 

Pajina 



• 



No veraneo 

En viaje 3^5 

Un compañero difícil 37o 

Heráclita y Demócríta. 37S 

Bajo los Peumos. 386 

FrégolL 395 

Dfe los arrepentidoa 399 

Wiljoen y Napoleón 401 

^Historia de un piano 404 

BÍICKZ«ANBA. 409 

La entrada al gran país. 411 

El sello de Guatemala. 41S 

Un recuerdo de los ausentes 419 

Julio Veme 423 

VerdL 427 

lyi-Hung-Chang 429 

Victoria. 433 

Luchas de clases 437 

Campoamor. 441 

JohnFaber 445 

Un drama del mar ' 449 

1.9 de Noviembre 455 

El acorazado de carne 457 

Dammont 461 

Los que hablan dos bocas. 465 

La resurrección de Judith 469 

Batallas silenciosas 473. 

Los paraguayos 475 

Fnedenthal 47^ 

La carpa blanca 48j 

Una invitación 485 

La capitulación 489 

Torneo de audacia 493 

El Salón de Bellas Artes (año 1903) 499 

Juan Francisco González 502 

Valenzuela Llanos 505 

Los fundidores 507 

Duguay Trouin ¿it 



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